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Los Primeros Viernes - 3º Parte: El por qué de esta gran promesa

P. José Luis de Urrutia, S.J. †


Después de la fundamentación que hemos expuesto, y de haber visto que las objeciones no disminuyen su valor, será conveniente, a fin de profundizar en el misterio de los Primeros Viernes y aprovecharlos mejor, que nos preguntemos: ¿Por qué tanta insistencia del Corazón de Jesús para que le dediquemos los primeros viernes, que hasta nos impulsa a ellos prometiéndonos la salvación eterna?

La respuesta es sencilla y grandiosa; es la iluminación definitiva de esta práctica tan controvertida y abandonada hoy: Lo que quiere Jesucristo es que los primeros viernes participemos, con amor agradecido, en su sacrificio redentor.

Para darnos cuenta de lo que esto supone, recordemos que lo más importante de la misión de Cristo es su sacrificio redentor, el hecho más sublime de la historia y de la creación. Y lo más importante de todo cristiano es participar en este sacrificio de Cristo: Participación que se realiza los primeros viernes en circunstancias las más adecuadas, porque:

· Siendo el viernes litúrgicamente el día penitencial de la semana por ser el de la muerte del Señor, el primer viernes de cada mes es el día más apto, ya que también aquel viernes que murió Cristo era primer viernes de mes (7 de abril del año 30, según el calendario romano y el nuestro; 14 del mes lunar de Nisán, según el calendario judío); y aunque lo recordamos cada año el Viernes Santo – y, no tan especialmente, todas las semanas- es natural, y lo quiere Cristo, que no sólo sea una vez al año, sino todos los meses dediquemos al menos un día a conmemorar especialmente su muerte y nuestra Redención, que para nosotros lo es todo, ¡qué sería de nosotros sin ella!

· Lo que nos pide Cristo: la comunión reparadora a su Corazón en unión con el Corazón Inmaculado de nuestra Madre, contiene la meta más elevada y el camino más fácil de la vida espiritual; pues:

a. La Eucaristía es la cumbre y la fuente de toda la liturgia y de toda la actividad de la Iglesia (cfr. Vat. II, SC 10); máximo acto de adoración y ofrenda a Dios, alimento que nos da la gracia, prenda del cielo, y las fuerzas sobrenaturales, especialmente para practicar el mandamiento nuevo de Cristo: la caridad fraterna universal.

b. Adquiere toda su virtualidad si comulgamos precisamente para reparar al amor de Cristo, por las ofensas nuestras y de otros; queriendo así unir a su sacrificio los nuestros (aceptar su voluntad costosa, cumplir con nuestras obligaciones, ejercer la caridad fraterna…), y consiguiendo una aplicación mayor de la Redención a nuestro pobre mundo.

c. Se ha de hacer con amor agradecido; esto es, en un plano de amistad (no, por ejemplo, como los jansenistas, que situaban nuestras relaciones con Dios en un plano de temor, o como los modernistas que conciben un Dios alejado y sordo a nuestras peticiones): que nos queramos Cristo y yo. El, bien lo ha mostrado y lo muestra; yo no he de cansarme de agradecérselo, de acudir a El, de conocer su vida, sus sentimientos, su doctrina, de ofrecerle cuanto soy y tengo como prueba de mi afecto, y preferirle a El antes que a todas las cosas.

d. Mediante la intercesión de la Virgen. Enseña Pío XII («Haur. aquas»): «Para que obtengan frutos más abundantes del culto al Corazón de Jesús, procuren los fieles unirlo íntimamente con la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios». (La cual quiere decir: contemplarla llena de amor hacia Dios y hacia nosotros, y corresponder con nuestra consagración y reparación al Corazón de Jesús) ¿Qué mejor, más fácil e imprescindible para conocer el Corazón de Cristo que acudir a nuestra Madre, unida como nadie a su Hijo desde Nazaret hasta el Calvario, y que guardaba en su Corazón todas sus enseñanzas y sentimientos? ¡Madre amable, llévame hasta la perfecta imitación e intimidad de mi Señor! Ella quiere también que se lo pidamos rezando el rosario.

e. Esta unión con Cristo por amor y en sacrificio, junto a Santa María, debe invadir todos nuestros días y nuestras noches, pero será sumamente provechoso renovarla cada mes el primer viernes, y vivirla más intensamente ese día.

El Corazón, símbolo y puerta del amor

Para que captemos mejor la relación de amistad que quiere establecer con nosotros («Vosotros sois mis amigos» Jn 15,14), al realizar la redención mediante su muerte, como testimonio de ella y de que muere por amor (Jn 15,13) hace que sea atravesado su Corazón – cumpliéndose con toda solemnidad dos profecías –. Queda así el Corazón abierto, llamando nuestra atención («Mirarán al que traspasaron») al tiempo que brota de Él el agua ya anunciada (Jn 7,37-39; 4,10), que nos da a beber y es el gran don de Dios, el Espíritu prometido a los que crean en el amor de Cristo Jesús.

Sobre el conciso y denso relato evangélico (Jn 19,34 s.) que encierra los más profundos misterios de amor y de gracia, volvió nuestro Señor cuando, entre otras cosas, revelaba a Santa Margarita: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha perdonado nada, hasta agotarse y consumirse, para testimoniarles su amor, y en agradecimiento no recibe de la mayor parte sino ingratitudes». «Lo cual siento más que todo lo que sufrí en la Pasión, tanto que si correspondiese a mi amor, estimaría en poco todo lo que he hecho por ellos». «Pero me duele aún más que se porten así corazones que me están consagrados». «Tú, al menos, dame el placer de suplir su ingratitud cuanto puedas». «Me hizo ver, dice la santa, que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y de apartarlos del camino de la perdición por donde Satanás los precipita en masa, le había hecho concebir el plan de manifestarles su Corazón con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación y de salud que contiene… y que esta devoción es como un último esfuerzo de su amor que quiere favorecer a los hombres en estos últimos tiempos con esta redención amorosa».

En este ambiente de amor agradecido y de reparación penitencial hemos de enmarcar la práctica de los Primeros Viernes, y toda nuestra vida espiritual.

Principales actos complementarios a la promesa, para obtener un mayor fruto de los Primeros Viernes

1. La Consagración

Es la entrega total de sí mismo a cumplir la voluntad de Dios: «Hágase tu voluntad»; (también puede hacerse la consagración del hogar…). Conviene repetirla diariamente, y con más detención los primeros viernes. Mejor tener una propia, escrita. Santa Margarita asegura: «Quiere que nos dirijamos a Él en todas nuestras necesidades, con una confianza humilde y respetuosa, pero enteramente filial, abandonándonos por completo a su solicitud amorosa» (¡Corazón de Jesús, en ti confío!)

2. La Hora Santa

El Señor pidió a Santa Margarita le acompañase en su agonía una hora todas las noches del jueves al viernes, de 11 a 12. Ejercicio particularmente indicado como preparación al primer viernes. Pío XI extendió el tiempo: desde la puesta del sol hasta su salida. El Corazón de Jesús – escribía en la «Mis. Red.» - «para reparar las culpas recomendó esto, especialmente grato a Él: que usasen las súplicas y preces durante una hora – que con verdad se llama Hora Santa – ; ejercicio de piedad que la Iglesia no solamente ha aprobado, sino enriquecido con abundantes gracias espirituales». Y añadió después (21.III.33): «Su fin principalísimo es recordar a los fieles la pasión y muerte de Jesucristo, e impulsarlos a la meditación y veneración del ardiente amor, por el cual instituyó la Eucaristía». En ella se puede hacer el viacrucis, rosario, lecturas de la pasión, salmos…, bien en la Iglesia o en la propia habitación.

¿Puede haber práctica religiosa superior a esta de los Primeros Viernes? Por tanto, ¿no sería digna de realizarse aún sin ninguna promesa? Luego no ha de hacerse sólo por lo prometido. Pero se comprende que dada su excepcional importancia, el Corazón de Jesús nos impulse a ella con una promesa y que debido a su inmensa generosidad sea la «GRAN PROMESA»


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Para leer la primera entrega:

Los Primeros Viernes - 1º Parte: Razones a favor

Los Primeros Viernes - 2º Parte: Causas de la nueva oposición


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El texto es una Comunicación Nacional del Apostolado de la Oración - Madrid, enero de 1969, del P. José Luis de Urrutia, S.J. †, en ese tiempo Director de la revista "Reino de Cristo" de dicho AO.


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