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Trabajamos para vivir



5º Parte - Problemas al vivir en pareja: El descanso en familia.
P. Vicente Gallo, S.J.



Otra fuente de problemas en la vida de relación de pareja puede estar no ya en el tema del trabajo, sino en el caso del descanso. No vivimos para trabajar, sino que trabajamos para vivir y para poder gozar del fruto de nuestro trabajo. El ocio del descanso es necesario para no quemarse tanto trabajando, para reponer las fuerzas a fin de trabajar mejor, y para gozar de lo que se ha trabajado. Son las horas necesarias para dormir, comer, y saber divertirse. Son los obligatorios fines de semana, y las vacaciones anuales. Ese ocio no solamente es un derecho, es una verdadera obligación tomarlo y disfrutarlo con verdadera suficiencia; ojalá en pareja, y por lo menos cada uno por su parte, si no pueden hacerlo juntos.
Pueden, sin embargo, surgir sentimientos negativos en el uno o en el otro, y de ahí provenir los reproches: «porque tú no piensas más que en dormir», o bien «porque te estás matando al no tomarte el descanso necesario», acaso «porque no podemos nunca estar juntos», o «porque eres un ocioso, y en la casa no haces sino estorbar». El simple preguntar «¿Cuándo tendremos un fin de semana para vivirlo y disfrutarlo juntos?» Quizás el decirse uno y el decirle al otro: «nunca hemos visto la ocasión de gozar juntos como otros el mes de vacaciones». Acaso porque no tienen recursos para tanto.


Es fácil adivinar los sentimientos negativos en esos reproches manifiestos u ocultos, y lo que daña la relación de la pareja. Es claro el peligro del recurrir a una confrontación, que será una pelea, causando las heridas inevitables con esa pretendida solución. El simple conversar acerca de ello una y mil veces, no llevará a ninguna conclusión positiva. Una vez más ha de primar el deber de ponerse a dialogar sobre los sentimientos que se están teniendo; para que el amor no se quebrante, sino que se logre la verdadera comprensión y la unidad de la intimidad en la relación de la pareja. Como es el plan de Dios para el matrimonio.


Se tiene vida de pareja trabajando el uno para el otro y para ambos. Pero solamente se gusta con el tiempo que saben dedicarse para vivir juntos y gozar de la compañía mutua. Necesitan saber emplear el tiempo del ocio para el otro, y tratar de disfrutarlo juntos. Ellos dos solos cuando todavía no puede ser con los hijos. Todos como familia, cuando los hijos pueden ya compartir ese disfrute del ocio junto con sus padres. Pero deben aprender a disfrutar del debido descanso como un regalo que proporciona Dios y que se goza mejor viviéndolo en compañía de verdadera pareja unida.




Otros problemas pueden surgir por el ambiente ingrato de la casa o de la vida en familia dentro del hogar. Porque hay demasiados gritos, o porque hay demasiados silencios. Porque, en la televisión, si uno agarra el mando a distancia todos los demás prefieren irse de casa o a dormir para no terminar peleándose por causa de algo que tenía que ser un modo de convivencia en la familia. Acaso también, cosa común en nuestros días, porque hay quien se apodera del internet, lo acapara, y llena de cólera a los demás con su abuso. El mal ambiente en la casa puede quizás venir de recibir visitas demasiado frecuentes, aunque sean de familiares del uno o del otro, mucho más si son amigos de uno pero extraños para el resto de la familia.


Pueden venir también los problemas porque la mamá manifiesta tanta obsesión por el orden y la limpieza en todo, que haga insoportable vivir así. O porque, contrariamente, hay tanto desorden en la casa, que «eso es un verdadero asco». Acaso porque se piensa que «tenemos la casa hecha una miseria», sin aquellos lindos muebles o artefactos que otros tienen; no atreviéndose a recibir invitados, por pensar que se quedaría mal. También porque de ese modo, por lo que sea, no apetece ni estar en casa; y los hijos, o acaso también los padres, prefieren estar fuera de casa todo el tiempo que les sea posible, aunque lo sufra la convivencia armoniosa de la familia.


Los sentimientos de despecho, de rabia, de hastío, surgen fácilmente en uno de los cónyuges. Un malestar permanente invade la vida de relación. El amor mutuo se ve negativamente afectado. La intimidad de la pareja queda reducida sólo al acto de unión sexual, si es que se tiene. Con los hijos, más bien abundarán los gritos y reprensiones. Si por la estrechez económica no se puede arreglar alguno de esos detalles, de todas las maneras siempre se tendrán que buscar medios para que el problema sea menor o no se dé.


Es un caso más en el que nada se soluciona con una confrontación o con una pelea, sino que se agravará con heridas que entonces se ocasionen. Tampoco se gana mucho conversando sobre el asunto, pues cada uno pensará tener él la razón y que el otro está equivocado. Solamente valdrá el dialogar sobre los sentimientos que por esa causa se tengan, y buscar así el modo de amarse asumiendo la realidad para compartirla en buena relación y corregir lo que acaso se pueda corregir o mejorar. Son los esposos quienes deben buscar el arreglo de tal situación de un ambiente no grato, tratando siquiera de mejorarlo. Y para ellos todo habrá de comenzar dialogando de esa manera que proponemos, que es creadora de unidad en la pareja, buscando vivir la intimidad en el verdadero amor que se juraron al casarse juntos. «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».


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Agradecemos al P. Vicente por su colaboración


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