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P. Francisco Del Castillo, jesuita - Labor apostólica en El Baratillo



 

LA PLAZUELA DE EL BARATILLO

El comienzo del trabajo sacerdotal del P. Francisco del Castillo en la plazuela del Baratillo podemos determinarlo con precisión gracias a las indicaciones que él mismo nos proporciona. Fue el 1° de marzo de 1648, primer domingo de cuaresma.

“En el tiempo en que estaba leyendo Gramática en la primera clase de mínimos, andaba con unas entretelas y luces grandes ante los ojos y una singular propensión y esperanza de alguna cosa de gran servicio y gloria de Dios, en el barrio de San Lázaro, sin acabar de saber ni entender lo que era hasta que el primer domingo de la cuaresma, a primero del mes de marzo de 1648, corrió la Providencia divina la cortina y el velo al misterio, porque yendo a hacer la doctrina cristiana en la parroquia del señor San Lázaro, aquella tarde, en donde se hacía la misión aquel año, y pasando como una cuadra del Baratillo, que es como la feria de España, me dijo el hermano compañero que iba conmigo, que volviese el rostro y viese la mucha gente que había en El Baratillo; volví el rostro y viendo el gran gentío que había, me dio un ansioso deseo y un gran fervor y determinación de ir allá, fui y rompí por entre la gente y con la cruz que llevaba en la mano, puesto sobre una piedra y arrimado a la peana de adobes que estaba en medio de la calle, en que estaba una cruz de mangles, comencé a levantar la voz poniendo y ponderando a la gente las palabras del capítulo cuarto y tercero de San Mateo, en que Cristo, Redentor nuestro y su santísimo Precursor, comenzaron su sagrada predicación, diciendo: “Poenitentiam agite, appropinquavit enim regnumcoelorum.” Exhorté a penitencia a la gente, y díjeles, entre otras cosas, que supuesto que aquel lugar se llamaba del Baratillo, lo era por lo barato que se vendían allí cielo, sólo por la penitencia y por un acto de contrición verdadera. Acabé la exhortación y la plática cantando y ponderando un ejemplo, y con un acto fervoroso de contrición”.

Era El Baratillo un concurrido mercado, que se extendía en una plazoleta amplia y capaz, cercana a la ribera derecha del río Rímac y en diagonal de la recta del Puente de piedra hacia el norte de la ciudad. Todavía hoy existe, con el mismo nombre, la plazuela donde se halla el edificio del Mercado, situados una y otro en el jirón Paita. Ese es el sitio señalado por el P. Francisco del Castillo. Como todo mercado popular, la compraventa trajinaba toda clase de géneros y productos. La vecindad del matadero favorecía el expendio de carnes en el rastro.


LA CRUZ DE LA PLAZUELA DEL BARATILLO

Por sus referencias sabemos, pues que ya existía una rústica peana de adobes sobre la que se levantaba una cruz de mangle. También consta que no fue Francisco quien primero se detuvo de intento a efectuar la predicación en ese lugar. Unos siete años antes el P. Gabriel Perlín había ya predicado en ese popular mercado y se valía de una cruz de madera. Había nacido en Madrid en 1577. Vino al Perú siendo todavía niño, con sus padres. Sus hermanos Juan y Francisco habían ingresado en la Compañía de Jesús en 1586 y 1588 respectivamente. Por treinta años se consagró al ministerio de los negros en calles y plazas de la ciudad, pero también acudía a las chanclas próximas donde impartía la doctrina a esclavos y mitayos (trabajos obligatoria de la mita). Les obsequiaba con rosarios, medallas y tabaco, pero él se alimentaba de camotes yucas y raíces. Gabriel Perlín murió el 24 de febrero de 1656 con fama de santidad, no sin transmitir a P. Francisco del Castillo un ejemplo digno de ser continuado. A los funerales asistieron el arzobispo de Lima, el Virrey y gran cantidad de gente.

El P. Francisco del Castillo siguió usando por un tiempo la cruz manual del P. Gabriel y al cabo de siete años la colocará en el camarín de la capilla de la Virgen de los Desamparados; y él mismo retuvo una de madera de chonta que le fue regalada por el P. Juan Del Portillo. Decía el P. Francisco del Castillo que, siendo aquello una reliquia de un santo -el P. Gabriel Perlín- no estaba bien que la llevase en las manos un pecador como él, y así desde ese tiempo ya no la llevó, considerándose indignísimo no solo de llevarla sino aún de tocarla. La cruz de chonta, con la cual se representa al P. Francisco del Castillo en algunos grabados y estampas, fue utilizada en la misión del Baratillo por muchos años, y es distinta de la gran cruz de madera –“la Cruz del Baratillo” –  que se conserva y venera en la iglesia de San Pedro Santuario Arquidiocesano del Corazón de Jesús, al lado de la tumba del venerable P. Francisco del Castillo.


TALENTO DE PREDICADOR Y LOS TRES VOTOS

Regresó al domingo siguiente, 8 de marzo de 1648, reiterando con nuevo ardor la predicación. Sencillo y directo, inculcaba las verdades fundamentales de la fe. Pero ponía tal fuerza y acento, que no se veía en él a un Misionero rutinario que pronuncia un sermón de estilo convencional, sino a un auténtico hombre de Dios, que llegaba con penetrante unción a los corazones de los oyentes. “Tenía el fuego y el Celo de San Vicente Ferrer” se atreve a decir el P. Juan de Goicochea, testigo de vista. “Si predicaba los negros Dios, le inspiraba lo que ellos podían comprender, si a los españoles, lo mismo”, dice el exprovincial de los mercedarios Francisco Mejía. El P. Gaspar de Sobrino, provincial jesuita del Nuevo Reino, luego rector del colegio de San Pablo, quiso saber por sí mismo en qué consistía la tan alabada predicación del P. Francisco del Castillo y acudió una tarde de domingo a la plazuela procurando pasar inadvertido. Impresionado de lo que había visto y oído, regresó a San Pablo e hizo el siguiente comentario: “Esto es predicar, convertir armas y ¿qué predicamos si no predicamos así?”

Llevaba ya casi dos años empeñado en el apostolado de aquella con corrida feria, cuando los Superiores le comunicaron una noticia que no dejó de sorprenderlo: el Padre General le había concedido la profesión solemne de tres votos. Era sin duda algo excepcional para quien como el P. Francisco del Castillo no había completado el curso de teología en sus años de estudiante.

En realidad, la profesión solemne de los sacerdotes de la Compañía de Jesús, incluye además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, un cuarto voto de obediencia al Romano Pontífice. Se podrá otorgar a jesuitas que hayan dado “mucha satisfacción de su talento y virtudes a gloria de Dios Nuestro Señor”. Así lo precisa San Ignacio de Loyola en las Constituciones. Pero el mismo Santo previó la posibilidad, aceptada luego por el Papa, de que “raras veces, algunos miembros de la orden, por su vocación y por la calidad de la persona, con licencia del Propósito General podrán hacer los tres votos solemnes”. En esa excepción fue incluido el P. Francisco del Castillo en 1650.


LABOR APOSTÓLICA EN EL BARATILLO

Domingo tras domingo continuaba el padre Francisco difundiendo en la palabra de Dios, invitando a la conversión y a la penitencia, enardeciendo los corazones en el amor a Dios y al prójimo. ¿Sus métodos? No podían ser más sencillos y hasta triviales: se subía a un escaño o a una rústica mesa, teniendo detrás de sí una cruz grande: primero fue la cruz de mangles que él ya había encontrado en la plazuela; luego, la que él mismo dispuso. El cambio de la cruz se realizó, según apunta en su autobiografía el 2 de marzo de 1653. Ese día, en la vecina parroquia de San Lázaro, el arzobispo de Lima Don Pedro de Villa Gómez bendijo una nueva Cruz, la cual fue llevada en una solemne procesión en hombros de sacerdotes con sobrepellices y estolas “y la música de la Catedral hice enarboló y colocó por mano de los mismos sacerdotes que la llevaron, en la peana en que está”. A partir de entonces, con el apoyo de la autoridad eclesiástica, la predicación del Apóstol de Lima parece como que cobró nueva frescura y vigor.

Para mayor comodidad de los oyentes pensando sobre todo en los meses del calor veraniego decidió construir una Ramada que cubriese parte de la plazuela. Solicitó una limosna para costear los gastos y vino de inmediato la respuesta. Apenas bajó de la tarima, un caballero le entregó 700 piezas de a ocho, lo que costaba la citada cobertura de ramas. También donaron contribuciones otras personas y su hermano el Lic. Alonso Rico, que entregó cuatro mil pesos.

Para la predicación y la catequesis recorría a láminas y cuadros muy expresivos que tenía como tema los novísimos. Era el mismo método que había seguido San Pedro Claver en Cartagena de Indias. Efectivamente según declaró el intérprete angolés Andrés Sacabuche, San Pedro Claver predicaba mediante cuadros ilustrados. Hablaba de la inmortalidad del alma, del Infierno, el cielo, y para ello “mostraba unas estampas sobre todo del infierno, un alma en pena y también un alma que estaba en la gloria. Con recursos simples San Pedro Claver y el P. Francisco del Castillo se adaptaban a mente sencillas e ingenuas. No podía pensarse de otro modo la pedagogía catequética.

Todos los domingos del año en la fiesta de la Virgen se iniciaba hacia las tres de la tarde la doctrina cristiana leía un trozo de un libro espiritual continuaba por media hora con el catecismo para los niños y también para aquellos adultos que nunca tuvieron ocasión de aprenderlo a las cuatro de la tarde daba comienzo la predicación de pie sobre la peana exponía con voz fuerte “los misterios de nuestra santísima fe la malicia y gravedad del pecado mortal los novísimos la hermosura el aprecio y estima que hemos de tener de la gracia los mandamientos de la ley de Dios y de la iglesia la necesidad e integridad de la confesión las obras satisfactorias oración limosna ayuno y Obras penales y finalmente la necesidad y utilidad de la contrición.”

Más que razones sutiles y conceptuosos términos buscaba transmitir a los corazones el fuego de su convicción prefería tomar texto de la escritura y ejemplos sencillos hay imitación de San Pablo que anunció a Jesucristo no con persuasivos discursos de humana sabiduría sino en la manifestación y El poder del espíritu (1 Cor 2,4)

Culminaba la plática con un ejemplo sobre la devoción a María y el acto de contrición La invocación final a la virgen era invariablemente esta:

·         Dios te salve hija del Dios Padre

·         Dios te salve Madre del Dios Hijo

·         Dios te salve Esposa del Espíritu Santo

·         Dios te salve Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad.

Intercalaba un padre nuestro y un ave María y añadía:

María madre admirable, consoladora de los afligidos, Reina de Todos los Ángeles, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus misericordiosísimos ojos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén, Jesús.

Cuando andando el tiempo estuvo lista la capilla de Desamparados el P. Francisco del Castillo invitaba a acudir a ella para venerar al Cristo de la agonía mientras se cantaba el miserere que con acompañamiento de arpa.

Junto con los mercachifles, compradores y curiosos de toda laya que acudían a la plazuela, se acercaban indígenas venidos del interior, que ignoraban el castellano. Si bien no dominaba el quechua, el padre Francisco del Castillo logró que se les enseñe la doctrina en esa lengua “y se predicase en su misma lengua a los indios, por ser muchos los que allí acuden.”

La triste situación de los más pobres y marginados, fue preocupación constante. Lo demostró el dedicarse por tantos años al apostolado del Baratillo y en Desamparados, y al ir con frecuencia los obrajes, haciendas y míseras chozas, allí donde pudiera llevar, con el consuelo de su presencia, la palabra de alivio y los sacramentos que fortalecen y reaniman. El contacto con los pobres lo abrió a una realidad lacerante: los indios y negros que padecían necesidad y menosprecio en la Ciudad de Los Reyes.

El hermano Pedro de Quintanilla, que había sido de niño alumno del padre Francisco del Castillo en el colegio de San Martín, "le oyó decir, muchas veces, que había pedido licencia a sus superiores para ir a predicar a los infieles, y que no habían querido concedérselo, para cuyo fin compuso e hizo imprimir tres catecismos en las tres lenguas: castellana, de indio y de negro; la tenía manuscrita para ir a las misiones de las chacras y para los obrajes, plazas y calles, preciándose de enseñar a la doctrina cristiana a la gente de más baja condición, que son los esclavos".


FRUTOS DE LA PREDICACIÓN

Salida de él una fuerza especial transformante. De allí que su fama de santidad se hiciese proverbial. Muy pronto comenzaron a divulgarse y comentarse relatos de conversiones sorprendentes y aún de hechos prodigiosos que tenían como escenario la plazuela del Baratillo. Lo mismo ocurrirá más tarde en la capilla y, luego en la iglesia de Nuestra Señora de los desamparados, al punto que la ciudad le impuso el nombre de Apóstol de Lima.

Fray Antonio de Morales, dominico obispo electo de la Concepción en Chile, afirma que conoció al Venerable en 1665 cuando vino a Lima como Prior del convento de Santo Domingo. Muchas veces, desde los corredores altos del convento, desde donde podía divisarse El Baratillo -al otro lado del Río- vio el gran concurso de gente que rodeaba al P. Francisco del Castillo, atraída por su celo y predicación. Era tan grande el fervor que mostraba, que, si bien la distancia era considerable, podía percibir los ecos de la fuerte voz del P. Francisco del Castillo. Esa predicación no se acreditaba - continúa diciendo el obispo Morales - con palabras rebuscadas o floridas, o por conveniencias humanas. Habiéndolo tratado luego de modo más cercano, vio en el P. Francisco del Castillo a un hombre lleno de afable serenidad y amabilidad, incapaz de alterarse, afectuoso sobre todo con los pobres.

Raro es el testigo que no hubiese sabido de transformaciones operadas por la irradiación del siervo de Dios. Un día es un hombre resentido porque su amante había resuelto dejar de convivir con él, después de un sermón del Baratillo. Decide por ello, vengarse del P. Francisco del Castillo. Dispuesto a todo, siguió sus pasos y llegando al puente, el siervo de Dios se vuelve tranquilamente al sujeto y le dice: "hijo, Dios no te da licencia para cumplir tu intento" y apunto aquel hombre, turbado y confuso, deja caer el arma en tierra.

Otro día es un hombre rico de la capital, que se siente tan conmovido por las palabras del P. Francisco del Castillo, que lo busca para decirle "Ya el mundo se terminó para mí, disponga a su voluntad". Y a los pocos días pide ingresar en el noviciado de Los Agustinos Descalzos. Y el testigo que lo cuentan, el hermano Juan Antonio Inga, coadjuntor jesuita, añade que él mismo hallándose todavía de seglar, resolvió entrar en la vida religiosa luego de escuchar al P. Francisco del Castillo en El Baratillo.

Alejado de toda práctica religiosa, Juan de Vergara había venido en viaje de negocios desde Potosí, donde llevaba una vida desarreglada. Se acercó por curiosidad a escuchar al P. Francisco (pues le habían hablado de su predicación). Vergara se sintió retratado en el sermón. Con la estupefacción del caso se apoderó de él una gran vergüenza, pero también, despechado, el deseo irreprimible de venganza. Al no poder ponerla por obra, cayó en la cuenta de su dañada intención, se arrepintió, confesó su vida pasada y resolvió hacerse hermano lego de San Francisco en Lima y vivió ejemplarmente en el convento hasta su muerte. Por su parte, el jesuita Martín de la Cerda recibió de muchas personas la misma confidencia: el Padre Castillo nos ha cambiado.

Se le prestaba atención y se seguía sus consejos. En Cuaresma su predicación era escuchada por gentes de todas las clases sociales. Eran muchas las carrozas que llevaban hasta El Baratillo a un público que unía con frecuencia superficialidad o frivolidad con prácticas religiosas exteriores. Pero querían escuchar al padre Francisco, porque su palabra conmovía. Y como no había en El Baratillo localidades de preferencia, se juntaba la nobleza al lado de gente humilde. No silenciaba ninguna verdad. Recordaba la malicia del pecado, el rechazo que la santidad de Dios opone a la culpa moral; y los castigos del pecador impenitente. El P. Francisco no fue una excepción en el conjunto de Santos que no vacilaron en mencionar por su nombre la gravedad del pecado mortal y la realidad del infierno. Su percepción del evangelio no podía consentir que sus oyentes considerasen triviales las transgresiones de un corazón apegado al mal. Más tampoco -mucho menos- callaba los tesoros de la misericordia del Señor y de su infinito perdón para quienes se arrepentían sinceramente de sus pecados.

En las informaciones de 1677 encontramos uno de los testimonios más interesantes y sinceros del proceso de beatificación del P. Francisco del Castillo. Proviene del alférez Antonio de Valladares, de 59 años. Cuenta que siendo joven escuchó predicar al P. Francisco del Castillo, supo de sus virtudes y su apostolado entre los pobres y los esclavos y de las extraordinarias conversiones que lograba. Pero -añade- concepto tan excelente del P. Francisco se cambió en displicencia y poca estima cuando comenzaron ciertas murmuraciones de la gente. Se criticaba al P. Francisco del Castillo que el virrey Conde de Lemos lo hubiese escogido como confesor y que tuviese libre entrada a Palacio de Gobierno. Molestaba especialmente a Valladares que el Virrey "por consejo del siervo de Dios hubiese desterrado a algunas mujeres del mal vivir, y entre ellas a una con la que este testigo (Valladares) estaba mal amistado."

La buena opinión de otro tiempo había derivado a rencor y resentimiento. Pero un día, pasando por El Baratillo, advirtió que el padre predicaba, como lo hacían las tardes de domingo. Se detuvo a escucharlo hasta que terminó el sermón. Vio con asombro que la figura del sacerdote estaba "circundada de una luz muy resplandeciente, que lo cogía de pies a cabeza, como media vara de distancia de su cuerpo". Quedó maravillado y estupefacto, pero atribuyó el fenómeno a la refracción del ambiente. Concluido el sermón cesó la irradiación. Intrigado por lo extraño del hecho, pasó la semana dándole vueltas al asunto. Para cerciorarse volvió al domingo siguiente y vio al P. Francisco "todo rodeado de luz como el domingo antecedente, lo cual duró todo el tiempo del sermón" Antonio de Valladares conoció entonces que Dios "le había querido dar a entender con aquel prodigio la gran virtud y santidad de su siervo y que le tuviese en la estimación y concepto que merecía, como efectivamente lo tuvo después, venerándolo y reverenciándolo como un gran santo, justo y amigo de Dios".

Las Cartas Anuas suelen registrar los principales sucesos y características de la vida interna y Apostólica de cada provincia de la Compañía de Jesús. Las del Perú en 1655 destacan la notable trascendencia del trabajo del P.  Francisco del Castillo en la feria del Baratillo. Siguiendo el uso de la época el documento emite fechas y nombres de personas:

"El sermón del Baratillo o feria de gente ordinaria, todos los domingos en la tarde es una de las acciones más gloriosas y provechosas que en muchos años se ha visto en esta ciudad. Cuida de este ministerio fervoroso operario, a quien Dios da el espíritu a manos llenas y la eficacia en el decir y persuadir a la que dicta la retórica humana.

Concurre dicha feria la gente por ruin más necesitada de doctrina, copiosa en el número y muy corta en las noticias de lo que importa para salvarse. A ésta se predica y a vueltas de ella a mucho de lo granado de la ciudad, que en carrozas asisten, y toman lugar muy de antemano.

Es el fruto y cosecha tan copiosa, como temprano; de allí salen heridos, y no de muerte, sino de vida, que corren a lograr en fervorosas confesiones y éntranse por nuestras puertas desalados, buscando al Padre del Baratillo, porque el mismo que les causó la herida, se la sane, y en fe de su celo y calidad alcancen la última salud de la que necesitan. Predica dicho Padre en pie sobre una peana elevada, que sirve a una hermosa Cruz, colocada allí para este fin con el aseo y piedad que no es fácil pintar, y es fácil de entender de quién tan ilustrado y favorecido de Dios acude a este ministerio."

 

DIFICULTADES QUE VIVIÓ POR SU LABOR PASTORAL EN EL BARATILLO

El trabajo del Baratillo no dejó de traer contrariedades, aún por parte de algunos hermanos de orden. Suscitó la oposición de ciertos miembros del Cabildo de Lima, disgustados porque la feria sufría perturbación e interrupciones debido a la predicación del P. Francisco, a la peana y a la Cruz levantada en la plazuela. Buendía manifiesta que "la ciudad intentó quitarle el púlpito, arrojándolo del sitio, por alegar embarazaba la feria común del Baratillo y el trajín más frecuente de las recuas". A tanto llegó la oposición de los regidores que estaban dispuestos a arrendar el lugar a unos comerciantes que ofrecían seis mil ducados. Informado el Virrey Conde de Alba de Liste de cuanto se pretendía en el Cabildo, envió a decirles que "no hiciesen escritura del lugar del Baratillo por ningún dinero, sino le destinasen al empleo de la doctrina y predicación del venerable... Con esto se pudo extender más la enramada".

Dentro de la compañía de Jesús, los escépticos y opositores eran algunos sacerdotes rutinarios que resistían a la obra del P. Francisco por tratarse "de una novedad". Efectivamente ello ocurrió a los comienzos del trabajo en la plazuela del Baratillo, pero también en la capilla de Desamparados. Incluso "personas de autoridad" del colegio de San Pablo se opusieron, según admite con franqueza el P. López de Lara. Coincide con él don Francisco Messía Ramón cuando atribuye la oposición a "celos" de quienes creían que la "novedad" restaba asistencia de fines a la iglesia de San Pablo. "Ah, Padre Maestro, -le confío el Siervo al P. Mejía, antiguo provincial de los mercedarios-, fuertes combates son éstos, pero cosas mayores tenemos que superar con la gracia de Dios". Todo lo sobrellevó en paz. El P. Alonso Rodríguez de León decía a sus compañeros jesuitas: "El Padre Castillo es verdaderamente santo por el gran sufrimiento que tiene, y no se ocupa de saber las vidas ajenas ni de criticar los defectos de los otros, que en la comunidad no faltan, sino solamente de sí mismo."

 

LA SANTA CRUZ DEL BARATILLO

La colocación de la Cruz bendecida en la iglesia de San Lázaro por el Arzobispo Villagómez fue el comienzo de una corriente de devoción popular que aún hoy no cesa. Desde el 2 de marzo de 1653 en que se realizó la ceremonia hasta la actualidad, la Cruz del Baratillo -conservada a pesar de tantas vicisitudes- se inscribe en la tradición religiosa de Lima. El P. Francisco del Castillo no dejó de gestionar ante la autoridad eclesiástica indulgencias y favores para los que recurren en oración al sagrado Madero.

De mano del Venerable son probablemente dos folios que se guardan en la biblioteca Nacional de Madrid, en que se detallan los jubileos e indulgencias que convenía pedir a la Sede Apostólica para La Santísima Cruz del Baratillo. En la época que se redactó esa petición la Cruz ya se había colocado en la peana de la plazuela. Los jubileos e indulgencias podrían ser lucrados por los fieles en la forma usual. Entre las intenciones recomendadas se hallan la conversión de los indígenas, la exaltación de la fe católica, la paz y concordia entre los gobernantes, pero también que Dios "nos libre de los temblores que cada día están amenazando esta ciudad". También se enumeran además de las predicaciones y la explicación del catecismo los ministerios de carnavales y cuaresma.

No obstante, el respeto general en la devoción que suscitó siempre la Santa Cruz del Baratillo entre los vecinos de Lima, no faltó vejaciones al signo de la redención, que el P. Francisco del Castillo atribuyó a "personas apasionadas y de dañada intención" que trataban de desacreditar el ministerio de su predicación. "A dos de junio de 1663, sábado, a media noche, echaron en la peana en donde se hacen las pláticas y en que se está enarbolada la Santa Cruz, cosas asquerosas e inmundas." Rápidamente se divulgó la noticia de la profanación. A la mañana siguiente el arzobispo de Lima Don Pedro de Villa Gómez, informado por el P. Francisco del Castillo, dispuso si hiciese una procesión de desagravio. En hombros de sacerdotes fue conducida la Cruz, era domingo por la tarde, a la Catedral, en donde se celebró los siguientes días un novenario con misa cantada. El sermón final estuvo a cargo del P. Diego de Avendaño, provincial entonces de los jesuitas muy apreciado por sus insignes cualidades de inteligencia y gobierno. Al terminar la novena la Cruz fue reconducida al Baratillo otra vez a hombros de sacerdotes.  La solemne procesión se vio muy concurrida y contó con la presencia del arzobispo, el Cabildo Metropolitano, el Virrey Conde de Santisteban con la Audiencia y el regimiento de caballeros de la ciudad.

La Cruz del Baratillo fue trasladada, en fecha que no hemos podido precisar, a la Iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados. Allí quedó después de la expulsión de los Jesuitas en 1767 y aún después de la segunda inauguración del templo, en 1897. Al ser demolida la iglesia en 1938 para permitir la ampliación del Palacio de Gobierno, la Cruz fue llevada primero al colegio de la Inmaculada y luego a la iglesia de San Pedro, Santuario Arquidiocesano del Corazón de Jesús, donde se conserva en la actualidad. La Santísima Cruz del Baratillo, como ya la llamaba el P. Francisco, recibe de continuo el homenaje de los fieles, y el día 11 de cada mes, al conmemorarse el día del fallecimiento, es conducida en procesión por las naves de San Pedro con numeroso acompañamiento.


Para acceder al Especial sobre el P. Francisco Del Castillo, jesuita

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Referencia bibliográfica: Francisco Del Castillo, El Apóstol de Lima. P. Armando Nieto Vélez S.J. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial 1992. 








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