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Teología fundamental. 7. El depósito de la revelación: El Magisterio de la Iglesia




P. Ignacio Garro, jesuita
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

3.6. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA 

El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado por Dios únicamente al Magisterio de la Iglesia. Ya hemos dicho cómo es el Magisterio quien sanciona la infalibilidad de una verdad contenida en la Tradición; ahora nos detendremos a hablar de su intervención respecto a la Biblia.

1°. La Iglesia depositaria de la Palabra de Dios

Tres poderes corresponden a la Iglesia respecto a los libros sagrados: fijar su canon, determinar su sentido y velar por su integridad (cfr. Const. dogm. Dei Verbum, n. 10)

a.- Fijar el canon de las Escrituras significa determinar qué libros se deben tener por revelados, y cuáles no.

Canon significa aquí lista u orden de los libros revelados. Cristo, al dejar a su Iglesia la facultad de velar por su doctrina, tuvo que darle el poder de determinar en qué libros se hallaba esta doctrina. De otra suerte los fieles no hubieran sabido a qué atenerse en materia de tanta trascendencia. Es de advertir que en los primeros siglos muchos libros no revelados trataron de pasar por revelados.

2º. Determinar el sentido significa interpretar cuál es la verdadera manera de entenderla, especialmente en los pasajes obscuros y difíciles. 

La Sagrada Escritura es un libro divino y misterioso, en el cual, como dice San Pedro, "Hay cosas difíciles de entender, cuyo sentido falsean los indoctos para su propia perdición" (II Pe. 3, 16). Habrá muchos pseudoprofetas seguidos por muchedumbres dice el mismo apóstol (II Pe. 2, 1 y 2).

3º. Velar por su integridad quiere decir estar alerta, para que la Escritura no vaya a sufrir alteración o menoscabo. 

Sólo la Iglesia tiene este triple poder, porque sólo a ella confió Cristo el depósito de la fe, y le dio la misión de enseñar.

4°. Falsedad del libre examen

El libre examen de la Escritura, doctrina fundamental del Protestantismo, consiste en admitir que cada uno "tiene derecho" de interpretar a su gusto la Sagrada Escritura.

El libre examen no puede aceptarse, porque resultarían tantas doctrinas e Iglesias cuantas interpretaciones; y es evidente que Cristo no quiso fundar sino una sola Iglesia con una sola
doctrina.

Como consecuencia del libre examen el Protestantismo se halla dividido en innumerables sectas, que profesan doctrinas contradictorias.

Otra prueba de que el libre examen conduce al error, es que los herejes de todos los tiempos han preferido defender sus errores con falsas interpretaciones de la Escritura.

Así, en vista del peligro de interpretaciones subjetivas o heterodoxas, la Iglesia indica que las ediciones de la Sagrada Escritura "sólo pueden publicarse si son aprobadas por la Sede Apostólica o por la Conferencia Episcopal" (CIC, c. 825 & l), con notas aclaratorias necesarias y
suficientes, porque son muchos los pasajes difíciles.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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