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III Domingo de Adviento - A: Anunciando la llegada de Jesús




P. Adolfo Franco, jesuita.

ADVIENTO
Tercer Domingo

Mateo 11, 2-11

Juan, que estaba en la cárcel, oyó hablar de las obras de Cristo, por lo que envió a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les contestó: «Vayan y cuéntenle a Juan lo que ustedes están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y una Buena Nueva llega a los pobres. ¡Y dichoso aquél para quien yo no sea motivo de escándalo!»
Una vez que se fueron los mensajeros, Jesús comenzó a hablar de Juan a la gente: «Cuando ustedes fueron al desierto, ¿qué iban a ver? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué iban ustedes a ver? ¿Un hombre con ropas finas? Los que visten ropas finas viven en palacios. Entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un profeta? Eso sí y, créanme, más que un profeta. A éste se refiere el texto de la Escritura: Yo voy a enviar mi mensajero delante de ti, para que te preceda abriéndote el camino.
Yo se lo digo: de entre los hijos de mujer no se ha manifestado uno más grande que Juan Bautista, y sin embargo el más pequeño en el Reino de los Cielos es más que él.
Palabra del Señor.

Juan Bautista con su ejemplo nos anima a que también nosotros anunciemos la llegada de Jesús.

¿Cómo podían los contemporáneos de Jesús saber si El era el Mesías? Se nos manifiesta en este pasaje del evangelio de San Mateo la señal por la que se reconocería al Mesías.

Juan Bautista envía a algunos discípulos a que le pregunten a Jesús mismo, si El es el Mesías. Juan Bautista sí lo sabía: él había presenciado la manifestación de la Santísima Trinidad, cuando bautizó a Jesús; y después había señalado a Jesús como el Mesías a dos de sus discípulos. ¿Por qué envía entonces a sus discípulos a que le pregunten a Jesús si El es el Mesías? Seguramente quería que lo constatasen por si mismos.

Lo importante es que con esta ocasión se revela una vez más esa realidad asombrosa de que Jesús es el Mesías esperado. Cuando esos enviados están ante Jesús y le preguntan si es el Mesías, Jesús responde con hechos más que con palabras: los enfermos de toda clase son curados y se anuncia el evangelio a los pobres. Era la señal mesiánica que había dado siglos antes el profeta Isaías. Sanar y evangelizar: es la misión de Jesucristo. La curación de la enfermedad es de verdad un símbolo de una curación más interior de nuestro ser, que es la salvación espiritual, que Jesús con su venida nos viene a traer. Esa es la señal de que Jesús es el Mesías el Salvador, que El nos cura, nos salva, nos libera de todas las ataduras; El activa en nuestro interior los sentidos espirituales, para que también vean y oigan, para que salgamos de toda parálisis y de toda lepra interior.

Ya Jesús ha respondido a la pregunta de los discípulos de Juan Bautista; les ha dicho quién y cómo es el Mesías. Pero va a añadir ahora quién es Juan el Bautista, y va a destacar sus características.

Y al destacar la figura del Bautista, Jesús señala varias características, varias cualidades: su entereza, su personalidad, su fuerza, su austeridad fuera de medida, y su cualidad de profeta, y no cualquier profeta: “no ha surgido entre los nacidos de mujer uno más grande que Juan Bautista”. Y como profeta era el que servía de mensajero de Jesús mismo; no es un profeta más, sino el más especial. Realmente que las cualidades personales, que Jesús destaca de este profeta del desierto, son incomparables, y más viniendo esta alabanza de quien viene. No es una caña agitada por el viento: no es un extravagante que suelta palabras incoherentes; ni es un sujeto amante de la buena vida. Tiene un mensaje fuerte que comunicar y es coherente con ese mensaje en su propia vida personal.

Pero además de destacar sus cualidades personales, quiere destacar su vocación, su papel, su conexión con el Mesías: “envío mi mensajero delante de ti”. Toda la razón de ser de Juan Bautista es el Mesías. Es una maravillosa vocación, un buen destino: existir como el pórtico de Jesucristo mismo. Y esto lo cumplió Juan en toda su vida y en todas sus acciones a la perfección. Tan a la perfección que alguna vez lo confundieron con el Mesías mismo. Fue tan deslumbrante su predicación, que muchos pensaron que él era el Mesías. Y Juan dirá con toda humildad que no es digno ni de desatarle las sandalias al Mesías. Juan será testigo en el Jordán de la manifestación de la Trinidad sobre Jesús, en el momento de su humilde bautismo. Y cuando lo vea aparecer, para comenzar su vida activa de predicador, Juan se lo señalará a sus propios discípulos, aun con riesgo de perderlos; de hecho sabemos que los dos primeros discípulos de Jesús (Juan y Andrés) eran del grupo del Bautista; y lo dejaron a él, para irse con Jesús. Y en diversas oportunidades su dedo señalará, para todo el que lo quiera saber, que Jesús, es el Mesías “el Cordero de Dios”. Es el pórtico de Jesús: como en un templo, el pórtico nos abre de par en par el paso al santuario.

Esta es la tercera etapa de nuestra preparación a la Navidad: Juan Bautista, su figura austera, como modelo de vida; y su misión (que también debe ser la nuestra) anunciar que el Mesías está cerca.

De verdad nos preparamos a la Navidad, que es la venida del Mesías, con una vida austera, aunque no podamos llegar a los límites de la vida de Juan el Bautista; quitar lo demasiado fácil, dar primacía a lo espiritual sobre lo material, y tener una vida consistente, no ser cañas movidas por el viento. No vivir para el lujo y la comodidad, y así ser anunciadores del Señor que está cerca.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

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