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El mandamiento principal



P. Adolfo Franco, jesuita.

DOMINGO XXXI
del Tiempo Ordinario

Marcos 12, 28b-34

Acercóse uno de los escribas que les había oído discutir y, advirtiendo lo bien que les había respondido, le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.» Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.
Palabra del Señor.

Jesús nos enseña de nuevo qué es lo central, el mandamiento principal en nuestra vida de cristianos.

En esta pregunta que un maestro de la Ley le hace a Jesús, hay muchas cosas importantes que merecen una reflexión. En primer lugar le preguntan a Jesús por los mandamientos de Dios.

¿Qué son estos mandamientos? En realidad ¿Dios ha venido a la tierra para proclamar leyes? O lo que es lo mismo ¿tiene Dios una voluntad manifestada por leyes y mandamientos para guiar la vida de los hombres? Entonces debemos plantearnos nuestra vida así: ¿cómo debo actuar para cumplir la voluntad de Dios? ¿Y es tan importante esto? ¿no basta guiar la vida por la propia voluntad?

Ahí se plantea algo fundamental: la vida humana ¿debe regirse por la voluntad de Dios, para ser “exitosa”? O sea una vida que no realiza el plan de Dios ¿se puede decir que se ha frustrado? Claro que aquí entramos en muchas complicaciones al plantear la vida en términos de éxito y de fracaso. Pero de todas maneras, si Dios es quien nos ha criado, y El se preocupa por nuestro bien, El escoge lo mejor para cada uno. Si El manifiesta su voluntad para cada uno, entonces tendremos que reconocer que es fundamental conocer la voluntad de Dios para cumplirla. Y esto para que nuestra propia vida llegue a la plenitud a la que puede llegar.

Y ahora viene otro asunto ¿cómo conocer la voluntad de Dios? En el Evangelio tenemos una respuesta; la principal respuesta nos ha de venir por toda la Revelación, en que Dios nos habla. La Palabra de Dios es la fuente para conocer lo que Dios nos pide; y ahí están los mandamientos de Dios. Pero hay muchas situaciones de nuestra vida que no están directamente declaradas en la Biblia. Y la voluntad de Dios debe ser buscada ¿cómo buscarla? Hay una reflexión espiritual llamada “discernimiento espiritual” y otra práctica también, la “dirección espiritual”, que nos ayudarán a salir de las tantas dudas que nos pueden venir al buscar la voluntad de Dios. Son ayudas para encontrar la voluntad de Dios en situaciones muy personales. Pero lo central es determinar que buscar la voluntad de Dios y cumplirla, es la tarea central de una existencia cristiana.

Todo esto puede ser complicado o puede aparecer como complicado. Por eso la respuesta de Jesús en este Evangelio simplifica todo: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el resumen luminoso de la voluntad de Dios, de su plan sobre el hombre, de toda su búsqueda. Y esa es la tarea de la vida, la fundamental; la que pone al descubierto si “nos realizamos” o si vivimos una vida equivocada.

Esto tiene una lógica contundente. Y por otra parte en nuestras entrañas llevamos grabado el mandamiento de Dios: hemos sido criados para amar a Dios y al prójimo; y nuestro ser se frustra cuando no amamos de verdad.

Buena tarea para una vida: plantearse en serio ¿cómo voy a amar a Dios de esa forma que me plantea Jesús? Con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente, con todas mis fuerzas. Es decir que mi ser esencialmente, totalmente, con todo lo que soy por dentro y por fuera, tiene que ser un continuo ejercicio de amor. Plantearse como tarea de la vida el amor a Dios, de forma que todo lo demás pase a segundo plano, que quede en la penumbra, y que solo valga en la medida en que se dirige o deriva de ese amor, apasionado, auténtico y total. Vivir amando y vivir para amar a Dios: con todo el corazón, el alma, las fuerzas. Esa forma tan explicita de declarar el mandamiento del amor nos indica la totalidad y la determinación firme de vivir así y para este fin.

Y al prójimo como a nosotros mismos. Buena meta también de la existencia humana en nuestras relaciones con nuestros semejantes: que cada hombre sea visto por mí como un objeto de amor: decidirse a no hacer nada contra el amor, ni de pensamiento, ni de palabra, ni de obra. Y esto en cualquier circunstancia; con el ser que me es simpático y con el que me fastidia, incluso con el que me es hostil. Y esto además es lo que finalmente me dirá si mi amor a Dios mismo es auténtico o no.

Hemos sido hechos por Dios para el amor; eso en el fondo significa el mandamiento. El mandamiento significa cuál es el sentido de la vida humana y en qué consiste la esencia del ser hombre.





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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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