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La Vid y los sarmientos



P. Adolfo Franco, jesuita.

PASCUA
DOMINGO V

Jn. 15, 1-8

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.
Él corta todo sarmiento que en mí no da fruto, y limpia todo el que da fruto, para que dé más fruto.
Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he dicho.
Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, tampoco vosotros podréis si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
Si alguno no permanece en mí, es cortado y se seca, lo mismo que los sarmientos; luego los recogen
y los echan al fuego para que ardan.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis.
La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
Palabra del Señor.



Jesús habla de su relación con nosotros con una parábola hermosa: La de la Vid y los sarmientos. El es la vid y nosotros las ramas. Y nos afirma que las ramas que no están unidas a la vid, se secan y no producen fruto, simplemente son ramas inútiles, que solo sirven como leña para el fuego.

Lo que está encerrado en estas afirmaciones es muy serio: Jesús es el centro de la vida, y si nos separamos de El, el flujo de la vida no nos llega. Esto lo ha dicho de muchas formas y en diversos momentos: por ejemplo cuando nos dice que El es el pan de la vida, y que si no nos alimentamos de El no tenemos vida. Y en el comienzo del Evangelio de San Juan se dice: por El fue hecho todo lo que existe. Y San Pablo, en forma similar, dice: todo fue creado por El y para El.

Se trata de un asunto esencial: algo que toca a la esencia del ser. Sin Cristo estamos privados de las conexiones vitales, que nos hacen vivir. No es sólo un asunto religioso, sino más hondo, no se trata solo del comportamiento moral, sino de la esencia misma del ser. Esa es la afirmación de Jesús: El está en el centro de toda vida, y toda vida se alimenta en la medida en que mantiene nexos vitales con El.

¿Cómo haremos para mantener esta unidad con El? Hay muchas cosas que podemos hacer, para mantener y reforzar esta unión. Pero también hay que afirmar que aquí se trata de la ayuda de Dios, imprescindible para toda obra buena. Esa ayuda de Dios la podemos suponer, porque Dios siempre está dispuesto: El quiere que todos los hombres se salven; por tanto lo que queda es ver cuál es nuestra parte en este trabajo de estar unidos con Jesús.

Primero hay que evitar todo corte de los vasos vitales por los cuales nos llega su aliento de vida: claro está que con el pecado se corta o se debilita esta unión vital con Cristo. Esta es una condición previa, para poder después progresar en la unión. Hay que subrayar de nuevo que se trata de unión substancial, y no simplemente concordancia moral con Cristo: cumplir lo que El dice. En esto nos va la vida, en estar unidos a la fuente de donde nace y se alimenta toda vida.

La unión se hace entonces por la gracia, ese flujo vital, por el cual la vida de Dios vive en nosotros. Y que se alimenta por los sacramentos y por la oración. Lamentablemente los sacramentos no producen en nosotros todos sus efectos, porque el rito se nos convierte a veces en una barrera, por nuestra falta de penetración en el misterio. El sacramento no es un “encuentro”, como debería ser. Se trata de una cita de verdad con Aquel que nos ama. Pero cuando se recibe, o se acude a El, sin fuerza, sin apertura de corazón, nuestro espíritu queda en la periferia de la fiesta, como un invitado que se queda sólo a la puerta. Es verdad que el Sacramento está rodeado de una especie de muralla, que es la forma ritual en que se celebra. Y hay que penetrar en esa muralla, para que se produzca el encuentro.

Aquí hay dificultades que se pueden ir eliminando poco a poco, con un poco de interés personal, y con mucha ayuda del Señor. El quiere que vayamos vislumbrando poco a poco el tesoro escondido, y que tengamos como meta, atravesar la cortina del tesoro. Dios entrará en nosotros para hacernos recibir  el milagro de su amor. Así se irá produciendo más y más el fruto de la unión, así nuestra ramita (nosotros) estaremos unidos a esa vid, que nos provee de frutos tan maravillosos, como la paz y el gozo de vivir en El.

Y de forma similar la oración debe intensificar esta unión con El. La oración en sí misma es estar unidos a Cristo, para que se produzca un flujo de El a nosotros y de nosotros a El. Esta oración viene siendo un proceso en que progresivamente vamos pasando de los círculos exteriores hasta el centro de la intimidad. Pero el que persevera en la oración poco a poco se irá adentrando, cada vez estará en una órbita más cercana al Centro, al Sol. Así la oración irá produciendo el fruto de la unión.

Esa es una tarea importante para nuestra vida, ya que El nos ha dicho que si no estamos unidos a su tronco, no tenemos vida, no tenemos fruto. Y ponerse en marcha hacia esa unión le da a la vida una plenitud insospechada. Marchar decididos a una unión tal que podamos exclamar: Vivo yo, pero no soy quien vive, es Cristo quien vive en mí.



...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.


El Bautismo: La fuerza para vencer el mal





PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 25 de abril de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos nuestra reflexión sobre el bautismo, siempre a la luz de la Palabra de Dios. Es el Evangelio que ilumina a los candidatos y suscita la adhesión de fe: «el Bautismo es de un modo particular “el sacramento de la fe” por ser la entrada sacramental en la vida de fe» (Catecismo de la Iglesia católica, 1236). Y la fe es la entrega de sí mismos al Señor Jesús, reconocido como «fuente de agua […] para vida eterna» (Juan 4, 14), «luz del mundo» (Juan 9, 5), «vida y resurrección» (Juan 11, 25), como enseña el itinerario recorrido, todavía hoy, por los catecúmenos ya cercanos a recibir la iniciación cristiana. Educados por la escucha de Jesús, de su enseñanza y de sus obras, los catecúmenos reviven la experiencia de la mujer samaritana sedienta de agua viva, del ciego de nacimiento que abre los ojos a la luz, de Lázaro que sale del sepulcro.

El Evangelio lleva en sí la fuerza de transformar a quien lo acoge con fe, arrancándolo del dominio del maligno para que aprenda a servir al Señor con alegría y novedad de vida. A la fuente bautismal no se va nunca solo, sino acompañados de la oración de toda la Iglesia, como recuerdan las letanías de los santos que preceden la oración de exorcismo y la unción prebautismal con el óleo de los catecúmenos. Son gestos que, desde la antigüedad, aseguran a quienes se preparan a renacer como hijos de Dios que la oración de la Iglesia les asiste en la lucha contra el mal, les acompaña en el camino del bien, les ayuda a escapar del poder del pecado para pasar en el reino de la gracia divina. La oración de la Iglesia. La Iglesia reza y reza por todos, ¡por todos nosotros! Nosotros Iglesia, rezamos por los demás. Es algo bonito rezar por los demás. Cuántas veces no necesitamos nada urgente y no rezamos. Nosotros debemos rezar, unidos a la Iglesia, por los demás: «Señor, yo te pido por esas personas que tienen necesidad, porque aquellos que no tienen fe...». No os olvidéis: la oración de la Iglesia siempre está en marcha. Pero nosotros debemos entrar en esta oración y rezar por todo el pueblo de Dios y por esos que necesitan de las oraciones. Por eso, el camino de los catecúmenos adultos está marcado por repetidos exorcismos pronunciados por el sacerdote (cf. ccc, 1237), o sea, por oraciones que invocan la liberación de todo lo que separa de Cristo e impide la íntima unión con Él. También para los niños se pide a Dios liberarles del pecado original y consagrarlos como casa del Espíritu Santo (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 56). Los niños. Rezar por los niños, por la salud espiritual y corporal. Es una forma de proteger a los niños con la oración. Como prueban los Evangelios, Jesús mismo combatió y expulsó los demonios para manifestar la llegada del reino de Dios (cf. Mateo 12, 28): su victoria sobre el poder del maligno deja libre espacio a la señoría de Dios que alegra y reconcilia con la vida.

El bautismo no es una fórmula mágica sino un don del Espíritu Santo que habilita a quien lo recibe «a luchar contra el espíritu del mal», creyendo que «Dios ha mandado en el mundo a su Hijo para destruir el poder de satanás y transferir al hombre de las tinieblas en su reino de luz infinita» (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 56). Sabemos por experiencia que la vida cristiana está siempre sujeta a la tentación, sobre todo a la tentación de separarse de Dios, de su querer, de la comunión con Él, para recaer en los lazos de las seducciones mundanas. Y el bautismo nos prepara, nos da fuerza para esta lucha cotidiana, también la lucha contra el diablo que —como dice san Pedro— como un león trata de devorarnos, de destruirnos.

Además de la oración, está después la unción en el pecho con el óleo de los catecúmenos, los cuales «reciben la fuerza para que puedan renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida» (Bendición de los óleos, premisas, n.3). Por la propiedad del óleo de penetrar en los tejidos del cuerpo dando beneficio, los antiguos luchadores solían rociarse de óleo para tonificar los músculos y para huir más fácilmente de ser tomado por el adversario. A la luz de este simbolismo, los cristianos de los primeros siglos han adoptado el uso de ungir el cuerpo de los candidatos al bautismo con óleo bendecido por el obispo, para representar, mediante este «signo de salvación», que el poder de Cristo Salvador fortifica para luchar contra el mal y vencerlo (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 105).


Es cansado combatir contra el mal, escapar de sus engaños, retomar fuerzas después de una lucha agotadora, pero debemos saber que toda la vida cristiana es una lucha. Pero debemos saber que no estamos solos, que la Madre Iglesia reza para que sus hijos, regenerados en el bautismo, no sucumban a las insidias del maligno sino que le venzan por el poder de la Pascua de Cristo. Fortificados por el Señor Resucitado, que ha derrotado al príncipe de este mundo (cf. Juan 12, 31), también nosotros podemos repetir con la fe de san Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Filipenses 4, 13). Todos nosotros podemos vencer, vencer todo, pero con la fuerza que me viene de Jesús.


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Tomado de:
http://w2.vatican.va

Los escritos de San Pablo: La vida del Apóstol IV



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

Continuación


1.6.7. Tercer viaje misionero (53 - 58) 

En Hech 18, 22-23, se nos narra el comienzo de tercer viaje misionero de Pablo: “Desembarcó en Cesarea, y después de subir a saludar a la iglesia, bajó a Antioquía. Después de pasar allí algún tiempo marcó a recorrer una tras otra las regiones de Galacia y Frigia para fortalecer a los discípulos”. Después de haber recorrido las regiones de Galacia y Frigia llego a Efeso. Aquí estuvo más de dos años. Encontró discípulos que conocían solo el bautismo de Juan el Bautista, Hech 19, 1-7. Tuvo grandes éxitos apostólicos, Hech 19, 8-20. "Resolvió, después de esto, ir a Jerusalén, atravesando Macedonia y Acaya, porque se decía: Desde allí iré a Roma. Enviando a Macedonia dos de sus auxiliares, Timoteo y Erasto, él se detuvo algún tiempo en Asia", Hech 19, 21-22.

La sedición movida por el platero Demetrio, fabricante de templos votivos en honor de la diosa Artemisa, eran reproducciones del templo de la misma, el Artemisón, le obligó a salir de Efeso, Hech 19, 23-40: “Por entonces se produjo un tumulto no pequeño con motivo del Camino. Cierto platero, llamado Demetrio, que labraba en plata templetes de Artemisa y proporcionaba no pocas ganancias a los artífices, reunió a éstos y también a los obreros de este ramo y les dijo: “Compañeros, vosotros sabéis que a esta industria debemos el bienestar, pero estáis viendo y oyendo decir que no solamente en Efeso, sino en casi todo el Asia, ese Pablo ha persuadido a mucha gente a cambiar de idea, diciendo que no son dioses los que se fabrican con las manos.  Y esto no solamente trae el peligro de que nuestra profesión caiga es descrédito, sino también de que el mismo templo de la gran diosa Artemisa sea tenido en nada y venga a ser despojada de su grandeza aquella a quien adora toda el Asia y toda la tierra”. Al oír esto, llenos de furor se pusieron a gritar: “¡Grande es la Artemisa de los efesios!”. La ciudad se llenó de confusión. Todos a una se precipitaron hacia el teatro arrastrando consigo a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de viaje de Pablo. Pablo quiso entrar y presentarse al pueblo, pero se lo impidieron los discípulos” ... “Cuando el magistrado logró calmar a la gente, dijo: “Efesios, ¿quién hay en el mundo que no sepa que la ciudad de los efesios es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua caída del cielo?. Siendo, pues, esto indiscutible conviene que os calméis y no hagáis nada inconsideradamente. Habéis traído acá a estos hombres que nos son sacrílegos ni blasfeman contra nuestra diosa. ... Y si tenéis algún otro asunto, se resolverá en asamblea legal. Porque además corremos el peligro de ser acusados de sedición por lo de hoy, no existiendo motivo alguno que nos permita justificar este tumulto”. Dicho esto se disolvió la asamblea”.

En esta ciudad había escrito la carta a los Gálatas y la primera a los Corintios, 1 Cor 16, 8.
Dejando Efeso, capital de Asia, fue a Tróade con el corazón angustiado, 2 Cor 1, 8; Hech 20, 1. Esperaba encontrar allí a Tito y sufrió al no hallarlo, 2 Cor 2, 13. Fue hacia Macedonia y allí lo encontró, 2 Cor 7, 6-7. Atraviesa entonces Macedonia exhortando a los hermanos, Hech 20, 2, es decir, visitando las iglesias fundadas por él. De Macedonia baja a Corinto. Antes les había escrito desde allá la Segunda Carta a los Corintios, 2 Cor 9, 3. En Corinto permanece tres meses, Hech 20, 3, y escribe la carta a los Romanos. Es el invierno del 57 - 58.

Pasado el invierno, deseaba Pablo volver directamente a Siria, pero a causa de las insidias de los judíos cambió de  parecer y decidió volver a través de Macedonia. Con algunos compañeros llego a Tróade Hech 20, 3-12. Los compañeros de Pablo se adelantaron por mar y llegaron a Aso. Allí, por tierra, los alcanzó Pablo y, por mar, continuó el viaje con escalas en Mitilene, Quíos, Samos, Mileto. A Mileto hizo venir a los presbíteros de esa Iglesia, y pensando que no iba a volver a verlos más en este mundo, les dio sus últimas recomendaciones, Hech 20,  17-38. Después de Mileto, las etapas del viaje son: las islas de Cos y Rodas y el puerto de Pátara. De aquí directamente y por mar, dejando a la izquierda a Chipre, navega hasta Tiro, donde permanece siete días; va a Tolemaida y después a Cesarea y se hospeda en casa de Felipe. Durante los días de su permanencia en Cesarea, un profeta llamado Agabo, atándose los pies y manos con el cinto de Pablo dijo: “esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos a Jerusalén al varón cuyo es este cinto y lo entregarán en poder de los gentiles”, Hech 21, 11. Los compañeros de Pablo le ruegan que no vaya a Jerusalén, pero, él responde que está dispuesto a morir por el nombre del Señor Jesús, y sale para la ciudad Santa. Es la primavera del año 58.


1.6.8. El prisionero de Cristo (58 - 63) 

En Jerusalén, Pablo sigue el consejo de Santiago y de los presbíteros y se asocia a cuatro que habían hecho el voto de nazareato, paga sus gastos y se purifica con ellos, Hech 21, 17-26: “Llegados a Jerusalén los hermanos nos recibieron con alegría. Al día siguiente Pablo, con nosotros, entró en casa de Santiago; se reunieron también todos los presbíteros. Les saludó y les fue exponiendo una a una todas las cosas que Dios había obrado entre los gentiles por su ministerio. Ellos, al oírle, glorificaban a Dios. Pero le dijeron: “Ya ves, hermano, cuantos miles y miles de entre los judíos han abrazado la fe, y todos son fervientes partidarios de la Ley. Pero han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones. ¿Qué hacer, pues? Porque va a reunirse la muchedumbre al enterarse de tu venida. Haz, pues, lo que te vamos a decir: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen un voto que cumplir. Tómalos y purifícate con ellos; y paga tú por ellos, para que se rapen la cabeza; así todos entenderán que no  hay nada de lo que han oído decir de ti; sino que tú también te portas como un cumplidor de la Ley, ... Entonces Pablo tomo a los hombres y, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el Templo para declarar cuándo se terminaban los días de la purificación en que se había de presentar la ofrenda por cada uno de ellos”.

Del comienzo de la  cautividad de Pablo nos habla los últimos capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles 21, 27 – 28: “Cuando estaban ya para cumplirse los siete días, los judíos venidos de Asia le vieron en el Templo, amotinaron a todo el pueblo, le echaron mano y se pusieron a gritar: “¡Auxilio, hombres de Israel!” Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra el pueblo, contra la Ley y contra el Lugar; y hasta ha llegado a introducir a unos griegos  en el Templo, profanando este lugar santo”.

Los enemigos de Pablo suscitan un tumulto en el Templo y tratan de matar a Pablo. El tribuno de la cohorte romana lo encarcela. Pablo consigue que el tribuno les deje dirigirse a la multitud para hacer su defensa, Hech 21, 30–36: “Toda la gente se alborotó y la gente concurrió de todas partes. Se apoderaron de Pablo y lo arrastraron fuera del Templo, inmediatamente cerraron las puertas. Intentaban darle muerte, cuando subieron a decir al tribuno de la cohorte: “Toda Jerusalén está revuelta”. Inmediatamente tomó consigo soldados y centuriones y bajó corriendo hacia ellos; y ellos, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. Entonces el tribuno se acercó, le prendió y mandó que le azotasen con dos cadenas; y empezó a preguntar quién era y qué había hecho. Pero entre la gente unos gritaban una cosa y otros otra. Como no pudiese sacar nada en claro a causa del alboroto, ordenó que le llevasen al cuartel... Cuando iban a meterle en el cuartel, Pablo dijo al tribuno: “¿Me permites decir una palabra?” Él el contestó: “Pero, ¿sabes griego? ¿No eres tú entonces el egipcio que estos últimos días ha amotinado y llevado al desierto a los cuatro mil terroristas?”. Pablo respondió: “Yo soy un judío, de Tarso de Cilicia, una ciudad no insignificante. Te ruego que me permitas hablar al pueblo”. Se lo permitió, Pablo, de pie sobre las escaleras, pidió con la mano silencio al pueblo. Y haciéndose un gran silencio, les dirigió la palabra en lengua hebrea”.

Pablo habló al pueblo judío con gran elocuencia y valentía. Los judíos no querían oír a Pablo y vociferaban cada vez más. El tribuno da órdenes para que azoten a Pablo. Éste apela a su ciudadanía romana y la flagelación es suspendida, Hech 22, 25-29: “Cuando le tenían estirado con las correas, dijo Pablo al centurión que estaba allí: “¿Os está permitido azotar a un ciudadano romano sin haberle juzgado?” Al oír esto el centurión fue donde el tribuno y le dijo: “¿Qué vas a hacer?” Este hombre es ciudadano romano”. Acudió el tribuno y le preguntó: “Dime, ¿eres ciudadano romano? Sí, respondió. Yo, dijo el tribuno, conseguí esta ciudadanía por una fuerte suma”, “Pues yo, contestó Pablo, la tengo por nacimiento”. Al momento se retiraron los que iban a darle tormento. El tribuno temió al darse cuenta que le había encadenado siendo ciudadano romano”.

Al día siguiente Pablo fue conducido ante el Sanedrín. Allí se defiende hábilmente hablando de la resurrección, tema que dividía a fariseos y saduceos. Con esto suscitó una terrible discusión entre ellos, Hech 23, 1-10. Por la noche, Pablo en la prisión es confortado con una visión del Señor. Los judíos juraron: “no comer ni beber hasta matar a Pablo”, Hech 23, 12, y urdieron un plan para apoderarse de él y matarlo. Pablo logró librarse de esa conjuración, gracias a un sobrino suyo, hijo de su hermana, Hech 23, 16-21: “El hijo de la hermana de Pablo se enteró de la emboscada. Se presentó en el cuartel, entró y se lo contó a Pablo. Pablo llamó a uno de los centuriones y les dijo: “Lleva a este joven donde el tribuno, pues tiene algo que contarle. El entonces lo presentó al tribuno diciéndole: “Pablo, el preso, me llamó y me rogó que te trajese este joven que tiene algo que decirte. El tribuno le tomó de la mano, le llevó aparte y le preguntó ¿Qué es lo que tienes que contarme?. Los judíos, contestó, se han concertado para pedirte que mañana bajes a Pablo al Sanedrín con el pretexto de hacer una indagación más a fondo sobre él. Pero tú no les hagas caso, pues le preparan una emboscada más de cuarenta hombres de entre ellos, que se han comprometido a no comer ni beber hasta haberle dado muerte; y ahora están preparados, esperando tu asentimiento. El tribuno despidió al muchacho dándole una recomendación: “No digas a nadie que me has denunciado estas cosas”.
El tribuno, conocida la conjuración, envía a Pablo escoltado a Cesarea con una carta para el procurador Félix que residía allí. Ante él, Pablo se defiende de las acusaciones de los judíos. Félix espera que Pablo le dé dinero y, por esto, deja pasar dos años sin interesarse por llevar a su fin el proceso. Hacia el año 60, Félix viene depuesto. Le sucede Festo, quien reanuda el proceso de inmediato. Pablo entonces apela al César. Pocos días después, Pablo se defiende ante Festo, en la presencia de Agripa II y de Berenice. Agripa concluye: “Podría ponérsele en libertad si no hubiera apelado al César”, Hech 23, 22-26.

Para ser juzgado en el tribunal del César, Pablo emprende, bajo la custodia del Centurión Julio, el viaje a Roma. Acompañan a Pablo en el viaje a Roma Lucas y Aristarco. La nave comercial que toma se dirige a Adramicia, ciudad de Misia. Era el otoño del año 60. Al llegar a Mira, ciudad de Licia, Pablo y sus compañeros son trasladados a una nave alejandrina, que navegaba hacia Italia. A causa de los vientos contrarios la nave se vio obligada a navegar hacia Creta, llegados allí, Pablo aconseja pasar allí el invierno. Se hallaban en Puerto Bueno, cerca de Lasea. Los tripulantes prefieren navegar a otro puerto de la misma Creta: Fenice, porque, “miraba contra el nordeste y sudeste”. Apenas habían salido de Puerto Bueno cuando cayeron en una terrible tempestad que los arrastró y los llevó a desesperar de su salvación. Pablo, que tuvo una visión del Señor, les hace cobrar ánimos con la seguridad de que podrían salir bien librados. Después de 14 días encallaron en la isla Malta, donde fueron bien acogidos por, "los bárbaros". En Malta permanecieron tres meses, al cabo de los cuales se volvieron a embarcar en otra nave, que iba a Italia. Llegaron a Siracusa, donde se detuvieron tres días. De allí, “costeando, llegamos a Regio, y un día después comenzó a soplar el sur, con ayuda del cual llegamos el segundo día a Pozzuoli”, Hech 28,13. Allí permanecieron siete días. De Pozzuoli, por tierra salieron para Roma. Los cristianos de Roma salen a su encuentro en el Foro Apio y Tres Tabernas.

En Roma se le permitió habitar en una casa particular bajo la custodia de un soldado. Tres días después de su llegada Pablo convocó a los judíos y les explicó el motivo de su prisión. “Dos años enteros permaneció en una casa alquilada, donde recibía a todos los que venían a él, predicando el reino de Dios y enseñando con toda libertad y sin obstáculos lo tocante al Señor Jesucristo”, Hech 28, 30-31.

Pablo escribe en esos dos años las llamadas Cartas de la Cautividad: Colosenses, Efesios, Filipenses, Filemón. La cautividad romana de Pablo produjo frutos abundantes: la iglesia de Roma progresó en favor y en número. En este largo periodo Pablo no disminuyó sus relaciones con las iglesias por él fundadas. Muchos de sus discípulos en esas regiones vienen a visitarlo, como Epafras de Colosas, Col 4, 12, Tíquico de Efeso, Col 4, 7, Epafrodito de Filipos, Filip 2, 25-31; 4, 14-18. A estas manifestaciones de afecto corresponde Pablo enviando cartas en las que da las gracias, aconseja, advierte.

Cerca de Pablo están Lucas, Col. 4, 14, Aristarco, Film 2, 4, Timoteo, Filip 1, 1 y Marcos, Col 4, 10; Film. 2, 4. La narración del libro de los Hechos no nos dice más sobre Pablo. El Apóstol hace alusión a su próxima liberación en la carta a los Filipenses, 2, 24: “Y aún confío en el Señor que yo mismo podré ir pronto”. Probablemente, después de cinco años de prisión - incluidos los de Cesarea - fue puesto en libertad. Era la primavera del año 63.


1.6.9. Último período de la vida de Pablo (63 - 67) 

Este periodo es el menos documentado y, por consiguiente, el más oscuro de la vida del Apóstol de los Gentiles.

Nos preguntamos: ¿Qué pasó entre la prisión de Pablo en Roma, y su muerte? Veamos que nos dice Hech  28, 17-22: “Tres días después convocó a los principales judíos. Una vez reunidos, les dijo: “Hermanos, yo, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las costumbres de los padres, fui entregado preso en Jerusalén en manos de los romanos, quienes después de haberme  interrogado, querían dejarme en libertad porque no había en mí ningún motivo  de muerte. Pero como los judíos se oponían, me vi forzado a apelar al César, sin pretender con eso acusar a los de mi nación. Por este motivo os llamé para veros y hablaros, pues precisamente por la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas”. Ellos le respondieron; “Nosotros no hemos recibido de Judea ninguna carta que nos hable de ti, ni  ninguno de los hermanos llegados aquí nos ha referido o hablado mal de ti. Pero deseamos oír de ti mismo lo que piensas pues lo que de esta secta sabemos es que en todas las partes se le contradice”.

Según lo acordado Pablo declara a los judíos de Roma la finalidad de su Evangelio, en Hech 28, 23-31: “Le señalaron un día y vinieron en mayor número adonde se hospedaba. Él les iba exponiendo el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirles acerca de Jesús, basándose en la Ley de Moisés y en los Profetas, desde la mañana hasta la tarde. Unos creían por sus palabras y otros en cambio permanecían incrédulos. Cuando, en desacuerdo entre sí mismos, ya se despedían, Pablo dijo esta sola cosa: “Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías:

“Ve a encontrar a este pueblo y dile:
Escucharéis bien, pero no entenderéis,
Miraréis bien, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
Han hecho duros sus oídos, y sus ojos se han cerrado;
No sea que vean con sus ojos,
Y con sus oídos oigan,
Y con sus corazones entiendan y se conviertan, y yo los cure”

“Sabed, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la oirán”. Pablo permaneció dos años enteros en una casa que  habían alquilado y recibían a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno”.

Para responder tenemos pocos elementos: algunas informaciones ocasionales de las Cartas Pastorales, si se consideran escritos paulinos auténticos, algunas informaciones extrabíblicas, la tradición eclesiástica, algunas deducciones indirectas apoyadas en propósitos apostólicos de Pablo manifestados en sus cartas. No nos debe, por tanto, sorprender el hecho de que cualquier reconstrucción de este último periodo tenga que quedarse dentro de los límites de lo probable o posible.

Después de su cautiverio en Roma, libre nuevamente, Pablo emprende sus viajes misioneros. Podemos preguntarnos hacia dónde. Probablemente visite España. Ya en el invierno de los años 57 - 58, el apóstol había decidido firmemente visitar España, Rom 15, 23-24: “Mas ahora, no teniendo ya campo de acción en estas regiones, y deseando vivamente desde hace muchos años ir donde vosotros, cuando me dirija a España, espero veros al pasar y ser encaminado por vosotros hacia allá, después de haber disfrutado un poco de vuestra compañía”.

No se trataba de un simple proyecto, sino de una decisión tomada. Podemos pensar legítimamente que Pablo, arrestado en Jerusalén pocas semanas  después de haber manifestado sus planes a los romanos, los cumpliría cinco años después, cuando pudo tener la oportunidad  de hacerlo. Tenemos además el testimonio de Clemente Romano, quien 35 años después de la muerte de Pablo, escribía en una carta suya a los Corintios que Pablo: “después de haber instruido al mundo entero, llego hasta los confines de Occidente”.

Tras de haber permanecido algún tiempo en España debió haberse dirigido nuevamente a Aso, Macedonia, Creta y Acaya. De tales viajes tenemos algunos rastros en las Cartas Pastorales, aunque no podemos con ellos precisar el itinerario. Podemos con todo, elaborarlo con una cierta aproximación: de España Pablo viajó a Italia; de aquí a Asia: visitó Efeso, donde dejó a Timoteo, 1 Tim 1, 3. Probablemente visitaría Colosas para saludar a Filemón, según se lo había prometido, y también Laodicea y Hierápolis. Pasó después a Macedonia y allí visitó Filipos, Filip 2, 24. Desde aquí enviaría a su primera carta a Timoteo para animarlo en su difícil misión de gobernar la Iglesia de Efeso.

Probablemente volvió a pasar por Corinto y de allí se dirigió a Creta - isla que había tocado en su viaje a Roma- y allí dejó a Tito para que organizara la Iglesia, Tit 1, 5. El invierno de los años  65 – 66, lo pasó en Nicópolis de Epiro, Tit 3, 12. En la primavera del 66 hizo el viaje a Tróade y después a Efeso, 1 Tim 3, 14; 4, 13. De aquí fue a Mileto, donde enfermó Trófimo, 2 Tim 4, 20. De aquí navegaría hacia Corinto, 2 Tim 4, 20. Aquí, según una tradición del S. II, Pablo se encontró con Pedro y juntos fueron a Roma, para sostener a los cristianos perseguidos por Nerón. Para otros, habría sido hecho prisionero en Tróade, 2 Tim 4, 13.

La segunda cautividad romana de Pablo es diversa de la primera. Podemos dar por supuesto que Pablo, una vez en Roma, estuvo en prisión hasta que se reanudó el proceso legal y se pronunció la sentencia que fue favorable y pudo vivir en plena libertad. Quizás durante este segundo período de encarcelamiento fue encomendado al prefecto de la guardia romana (praefectus pretorius). En ese tiempo era prefecto pretorio Afranio Burro. No sabemos  cuáles fueron las causas por las que fue condenado a muerte, el Apóstol Pablo, como ciudadano romano, tenía derecho a morir decapitado con la espada. De este modo se libraba de la infamante ejecución por medio de la cruz.

En la segunda carta a Timoteo nos habla de su situación y narra que: “está preso como malhechor”, 2 Tim 2, 9; y que “todos lo han abandonado”, 2 Tim 4,10. Solo Lucas esta con él. Solo lo sostiene la esperanza de la eternidad: “El Señor me librará de todo mal y me guardará para su reino celestial”, 2 Tim 4,18. En este mundo solo espera la muerte y una muerte muy próxima: “Cuanto a mí, a punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente al tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez, y no solo a mí, sino a todos los que aman su venida”, 2 Tim 4, 7-9.

En una situación similar, Pablo había puesto toda su confianza sólo en Cristo. Podemos trasladar sus palabras de entonces al final de su vida en Roma, como les escribía a los cristianos de Filipos, Filp, 1, 21-24: “Pues para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia.... Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros”.

Según la tradición fue decapitado en el año 67. Una tradición no muy antigua, afirma que el lugar de su martirio fue Aguas Salvias (hoy Tre Fontane), en las afueras de Roma. Fue sepultado - siempre según la tradición (en este caso del s. II) - en una propiedad de la matrona romana Lucina. Es aquí donde se levanta actualmente la Basílica de San Pablo “extra muros”, en Roma, fuera de las murallas.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.


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