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Practicar la justicia



P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO XXIX
del Tiempo Ordinario

Lucas 18, 1-8

El Señor nos invita a ser justos con Dios y con los hombres.


Jesucristo enseñando sobre la oración nos narra esta parábola del juez injusto, que, ante la insistencia de la viuda, termina atendiéndola debidamente. Y simultáneamente nos indica que Dios velará siempre por la justicia de sus hijos.

La injusticia es algo detestable, que todos hemos padecido alguna vez, y que nos subleva; y nos subleva que se pisoteen nuestra dignidad y nuestros derechos. Cómo no se va a sublevar una persona a la que por leguleyadas se le arrebata su vivienda. Pero es algo de lo que difícilmente estamos libres; injusticias pequeñas o injusticias grandes, no hay quien no las haya padecido.

Pero, uno no debería quejarse de la injusticia, si uno mismo es injusto; uno no puede clamar a Dios, contra la injusticia padecida, si uno mismo ha cometido injusticias. Y es que somos muy lúcidos para detectar las injusticias que se cometen contra nosotros, pero no caemos en la cuenta de las injusticias que nosotros mismos cometemos: uno, por ejemplo, fácilmente detecta que le pagan un sueldo injusto por el trabajo que realiza, pero no piensa en lo poco que paga él mismo, cuando tiene que determinar un salario doméstico.

Pero demos un paso en otra dimensión: con quien más nos importa ¿somos justos? ¿Somos justos con Dios? Nuestra relación con Dios, que es tan esencial, también podemos verla a través de esta perspectiva de la justicia. Claro que en esta consideración hay un problema: los términos de la relación son muy diferentes; Dios y nosotros. Pero de todas formas podemos reflexionar en nuestra justicia para con Dios.

Justicia: dar a cada uno lo que se merece. ¿Le damos a Dios lo que le es debido? ¿En tiempo, en atención, en interés? Siempre encontraremos un déficit grande, en esta relación con Dios. Es demasiado lo que Dios se merece, porque se merece todo. Y nosotros tenemos en la vida tantos puntos de atención: la casa, la familia, el dinero, las amistades, el descanso. Y todos esos puntos de atención reclaman nuestro tiempo y nuestra dedicación. Cierto; no podemos ser utópicos al plantearnos esta relación de “justicia con Dios”, como si fuéramos seres desarraigados del espacio y del tiempo.

Pero ¿será utópico darle a Dios al menos un puesto muy importante? ¿Será utópico darle el mejor tiempo, darle la preferencia en todo? ¿Será utópico dar a Dios el puesto central en nuestro corazón? Cuando Dios es asunto de segunda clase, cuando no se le da tiempo porque hay cosas más urgentes en ese momento ¿se le hace justicia a Dios? Cuando se recurre a Dios porque no queda más remedio y ya estamos desesperados ¿se le hace justicia a Dios? Cuando se le echan a Dios las culpas de los errores humanos ¿se le hace justicia a Dios? Una mujer abandonada por un marido sinvergüenza, a veces le pregunta a Dios ¿por qué me has hecho esto? Somos los seres humanos, tan injustos con Dios y encima a veces le echamos la culpa de nuestras propias maldades, o de nuestros errores; y es importante examinar nuestra vida con El, desde este ángulo de observación de la justicia.

Hay más que añadir, hay más que profundizar en nuestra justicia con Dios: ¿le hemos “pagado” debidamente sus dones? Todo lo que hemos recibido, ¿de alguna forma se lo hemos pagado? Y acierta el que diga dos cosas: primero, que esos dones son regalos, y los regalos no se pagan; y segundo, que son impagables; no habría forma de retribuir a Dios, ni en forma pequeña todo lo que El nos ha dado. Pero no es ocioso tampoco examinar los dones que hemos recibido de Dios; y plantearnos ahí el problema de la justicia.

Por lo menos el agradecimiento; devolverle a El en forma similar la abundancia y generosidad con que El nos regala. Estaríamos hablando del amor a Dios, en reciprocidad del amor que El nos tiene. Querer que todo lo que somos sea para El, ya que todo lo que somos nos lo ha dado El. Como dice el dicho popular “amor con amor se paga”. Hemos recibido tanto ¿cómo no darle a El todo? Y ya sabemos que todo lo que le podemos dar son cosas que El mismo nos dio; pero hay algo que es lo más propio y quizá exclusivo nuestro que es nuestra libertad: que nuestra libertad se decida por Dios.

Finalmente hay otra consideración del “pago a Dios” por sus beneficios, para intentar ser justos, o para disminuir nuestra injusticia. Dios nos dice que todo lo que le debemos a El, se lo paguemos en nuestro prójimo; y así El se dará por bien pagado. El ha transferido al prójimo todo lo que a El le debemos, todas nuestras deudas con El. Así la justicia con Dios nos abre el horizonte del primer mandamiento, del Amor a Dios por encima de todo, y al prójimo como a nosotros mismos.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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