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Las exigencias del seguimiento a Jesús



P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 9, 51-62

El Señor invita a seguirlo cargando con la cruz; pero hay muchos pretextos para eludir esa invitación.


San Lucas comienza con estos versículos la narración de la última parte de la Vida de Jesús, y la narra como un largo viaje a Jerusalén. Viajar a Jerusalén aquí significa encaminarse a realizar la Pasión, la Obra  de la Redención.

Y en este párrafo se presentan varias situaciones de personas a las que se les invita a seguir a Jesús, en las que surgen problemas ante este seguimiento, porque no es fácil acompañar a Jesús en este camino a Jerusalén, en este camino a la Pasión. Primero que ya en algunos pueblos ni los reciben, segundo que ni los apóstoles entienden esto, y por eso Juan y Santiago quieren que Jesús barra a esos pueblos con fuego. Y luego tres que aspiran a seguir a Jesús, y que presentan dificultades para decidirse a seguirlo: decididamente es muy difícil caminar con Jesús por este camino por el cual El va acercándose a ese momento decisivo de su vida que es la Pasión.

Todo este viaje está enmarcado entre dos montes: el monte Tabor de la Transfiguración, en que Jesús aparece entre Moisés y Elías (con los que habla sobre lo que iba a realizar en Jerusalén) y el monte Calvario en que estará entre dos ladrones. Este es el camino que traza San Lucas, desde este momento hasta el final de su evangelio.

Varias confrontaciones de personas ante el camino de la Cruz de Jesús. Y los primeros, sus propios discípulos, que quieren que caiga fuego sobre las poblaciones que no los reciben. La Cruz no es compatible con la violencia: el mensaje no se puede imponer por el fuego. Seguir a Jesús es con frecuencia, aceptar la violencia injusta, pero no proceder con ira, ni con soberbia. Es la primera lección que Jesús da a los que ya están en su seguimiento, pero que están lejos de comprender, por ahora la lección de la Cruz.

Y después de esto, vienen tres personas que quieren seguirlos, cada uno de los cuales pone primero un pretexto, para dilatar el seguimiento, y tres respuestas de Jesús a cada uno de ellos, que explican aspectos particulares de este seguimiento a Jesús que se encamina a la Pasión, que camina hacia Jerusalén.

Al primero de los “candidatos” al seguimiento Jesús le habla de desprendimiento total: el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza, no tiene vivienda, ni ninguna clase de seguridades materiales. Este es un componente importante de la Cruz a la que Jesús invita: no tener nido como los pájaros, ni madriguera como las zorras. Para caminar detrás de Jesús hay que estar libre de toda clase de preocupaciones materiales: no se puede servir a Dios y al dinero; y esto ya es Cruz, porque es desarraigar del corazón todo afán de acumular seguridades, las seguridades que se ponen en las cosas materiales.

El segundo es un caso diferente, y de más difícil comprensión: el que quiere primero enterrar a su padre. Es claro que Jesús no rechaza esta obra de misericordia y de cumplimiento del cuarto mandamiento. Quizá pone de relieve una vez más, cómo algunos lazos familiares a veces impiden el cumplir con el primer mandamiento, como cuando Jesús decía: el que ama a su padre o a su madre más que a mí no es apto para el reino de los cielos. Y éste es otro aspecto de la cruz, el desarraigar todos los afectos del corazón que pueden distraernos de Dios. Nada puede haber en el corazón que nos distraiga de Dios. Romper con esos afectos es cruz, supone muchas veces sufrimiento.

Y finalmente el tercero, al que Jesús le dice que no se puede poner la mano en el arado y volver para atrás: es decir, hay que mirar siempre hacia delante. Seguir siempre avanzando: el llamamiento de Dios cada vez va a exigir seguir caminando a nuevas exigencias, Dios pide cada vez más y más: una vez empezado este camino, ya no se puede retroceder, solo queda el horizonte de lo que hay delante. Seguir siempre avanzando, dejar que Dios cada vez pida algo más, puede producir temor. Hay que tener absolutamente confianza y eso supone muchas veces dolor, es camino de la Cruz.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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