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Comentario sobre la Bula Misericordiae vultus - Punto 10




10. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia » [Ev. Ga. 24]. Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.


De todo lo anterior saca el Papa una conclusión impactante: “La Misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. Tal vez asalte a alguno la objeción: pero la más fundamental de la misión de la Iglesia es Cristo, darlo a conocer y comunicar su gracia; o la fe, sin la cual no hay salvación; o hacer presente y actuante a Cristo resucitado en el mundo presente; pero, si se reflexiona un poco a la luz de la revelación, se ve enseguida que el Cristo, que predique la Iglesia y que haga presente, el Cristo en el que hay que creer, es el Cristo misericordioso, el que viene a salvar y no a condenar. Es decir sólo se predica a Cristo, sólo se le hace presente y actuante, sólo se cree en el Cristo real si se trata del Misericordioso, del Dios-hombre venido a salvar y no a condenar. Cualquier otro cristo ni es real, ni salva. La fe en Cristo no puede dejar de incluir expresamente su Misericordia.

Por eso la Iglesia no puede olvidar jamás la necesidad de explicitar y resaltar la Misericordia de Dios y de Cristo en el ejercicio de su misión. Pero la Iglesia no es una mera reencarnación de Juan el Bautista, que preparaba el camino para “otro”, sino la presencia permanente y actuante hasta el final de los tiempos (el cuerpo) de Cristo. Por eso la Iglesia debe SER misericordiosa, debe actuar siempre como tal, y debe manifestarse como tal; y no con cualquier grado de misericordia sino con misericordia que actúe con la Misericordia de Jesús: “nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia”. Invito al lector a que relea en este clima las palabras del texto y se deje impresionar y contagiar por ellas.

El Papa, y como cabeza de la Iglesia, incluso siente y expresa un cierto mea culpa: “tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia”. Comentario de esta frase podría ser todo lo que el Papa ha adelantado ya en los nn.4-5 de la Bula; pero voy a copiar sólo el final del n. 5: “¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros”.

Llegado a este punto parece que el discurso debería seguir concretando las consecuencias que lo dicho tiene para la teología y la pastoral de la Iglesia. Lo hará más adelante, pero ahora se desvía para solucionar una tentación contra lo dicho. Es la prevalencia que ha llegado a tener en nuestro modo de pensar hoy la realización de la justicia, con lo que se ha hecho de ella un absoluto. Logremos la justicia y basta, la misericordia no hace falta.

El reconoce la necesidad social de la justicia; pero añade que a la Iglesia no le basta la justicia, que “necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa”. Se refiera con esta expresión a la misericordia y al perdón. El Papa se lamenta (“es triste”) de que en la cultura actual se vaya perdiendo como valor social la virtud de perdonar. El juicio de valor del Papa sobre esta deriva de nuestro mundo (del así llamado “pensamiento correcto”) es durísimo: “Sin el testimonio (porque debe ser  visible) del perdón queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado”. El juicio valora en general a toda la humanidad, pero es claro que afecta más a los grupos humanos con mayor influjo en la cultura, en el modo de pensar y valorar sobre la vida humana, su fin y sus valores. De ellos forman parte muchos católicos; es bueno que reflexionen sobre esas palabras del Papa; porque también tales palabras deben influir sobre la vida individual, familiar, profesional y social de cada uno.


Las siguientes tres frases (“ha llegado de nuevo para la Iglesia” etc.) vienen a ser como la arenga de un jefe que pretende estimular al máximo el entusiasmo y coraje de su gente a una acción heroica. Cualquier comentario les quitaría fuerza y belleza. Por eso creo mejor que el lector las lea y relea, las guste y reguste, deje que le estimulen en lo profundo de su ser, y pida a Dios la luz y ayuda necesarias para hacerlas realidad en su vida normal.



P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.
Director del Blog.


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