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La Iglesia - 43º Parte: La Comunión de los Santos

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


32. EL CARÁCTER ESCATOLÓGICO DE LA IGLESIA PEREGRINANTE Y SU UNIÓN CON LA IGLESIA DEL CIELO


Por ser la Iglesia el Cuerpo de Cristo, existe entre todos sus miembros, por medio del Bautismo, una unión íntima que llamamos “comunión de los santos”. Esta es una verdad que la vivimos aquí en la tierra y  señala la tensión escatológica de la Iglesia peregrina en su camino hacia la casa del Padre. Esta es una verdad de fe que le enunciamos en el símbolo de los Apóstoles, verdad atestiguada por la enseñanza universal de la Iglesia.


32.1. “LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS”
         
El dogma de la “comunión de los santos” no representa solamente un aspecto más del dogma eclesial. Constituye más bien una especie de recapitulación total del misterio de la Iglesia. La comunión de los santos es precisamente la Iglesia «Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros... Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia.  Pero el miembro más importante es Cristo, ya que El es la cabeza... Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia». «Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común».  La expresión «comunión de los santos» tiene, pues, dos significados estrechamente relacionados: “comunión en las cosas santas y comunión entre las personas santas”.
         
Para mejor explicar esta parte del dogma lo dividiremos en tres partes:
         1.- La comunión de los fieles entre sí
         2.- La comunión de los bienes sobrenaturales entre los fieles
         3.- La comunión de acción entre los fieles


32.2. LA COMUNIÓN DE LOS FIELES ENTRE SÍ
         
Entendida en este primer sentido, la “comunión de los santos” no es sino el misterio mismo de la Iglesia, considerado bajo uno de los aspectos más fundamentales, el de la comunión entre todos aquellos que componen el Cuerpo de Cristo. Este punto es capital: sólo Dios puede unir perfectamente a los hombres entre sí. Propiamente hablando, no puede haber comunión digna de este nombre entre los pecadores, ya que, por su misma naturaleza, el pecado divide y opone necesariamente.
         
Pablo en Gal 3, 26-27 expresa el vínculo de esta unión: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo”; y luego añade en 1 Cor 12,25-27: “para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros. Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno a su modo”. Y en Efes 2, 17: “que Cristo habite por la fe en vuestro corazones para que arraigados y cimentados en el amor”.
         
Supuesta esta realidad de la comunión de los santos queremos subrayar cuatro puntos particularmente importantes:
         
1. El término “santo” debe entenderse  aquí en su sentido más amplio, es decir, en toda su extensión:
         
  • Designa pues a los santos que ya están la gloria del cielo (Iglesia triunfante)
  • A los santos que atraviesan la última purificación del purgatorio (Iglesia purificante)
  • A los santos que deben de vivir aquí en la tierra siguiendo e imitando a Cristo en la lucha contra el mal, las tentaciones, y todo pecado. (Iglesia  militante y peregrina).

         
2. Esta comunión de los santos, es un misterio de crecimiento. No se consumará del todo hasta la Jerusalén celestial.
         
3. El principio vivo de esta comunión interpersonal es el propio Espíritu Santo: él es quien asegura la unidad en la comunión, a imagen de la unidad trinitaria.
         
4. El sacramento privilegiado de esta comunión es la Eucaristía. Se celebra el misterio de la cena del Señor para que por medio de la carne y de la sangre del Señor, quede unida toda la fraternidad.


32.3. LA COMUNIÓN DE LOS BIENES SOBRENATURALES ENTRE LOS FIELES
         
¿Cómo podría hablarse de una verdadera comunión entre las personas, si no incluyera un intercambio vital y una puesta en común de los bienes sobrenaturales?
         
El Concilio Vat. II dice en Lumen Gentium, Nº 49: “La unión de quienes están todavía en camino con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, no queda en modo alguno interrumpid, antes bien, según la fe constante de la Iglesia, se robustece con la comunicación de los bienes espirituales”.

En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones», (Hech 2, 42). La comunión en la fe. La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte.
         
La comunión de los sacramentos. «El fruto de todos los Sacramentos pertenece a todos. Porque los Sacramentos, y sobre todo el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres entran en la Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que unen a todos y los ligan a Jesucristo. La comunión de los santos es la comunión de los sacramentos... El nombre de comunión puede aplicarse a cada uno de ellos, porque cada uno de ellos nos une a Dios...   Pero este nombre es más propio de la Eucaristía que de cualquier otro, porque ella es la que lleva esta comunión a su culminación».

La comunión de los carismas: En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo «reparte gracias especiales entre los fieles», para la edificación de la Iglesia. Pues bien, «a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común», (1 Col 12, 7). «Todo lo tenían en común», (Hech 4, 32): «Todo lo que posee el verdadero cristiano debe considerarlo como un bien en común con los demás y debe estar dispuesto y ser diligente para socorrer al necesitado y la miseria del prójimo». El cristiano es un administrador de los bienes del Señor. La comunión de la caridad: En la «comunión de los santos», «ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo», (Rom 14, 7). «Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el Cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte», (1 Cor 12, 26-27). «La caridad no busca su interés», (1 Cor 13, 5).

El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.


32.4. LA COMUNIÓN DE ACCIÓN ENTRE LOS FIELES
         
Todos los bautizados somos discípulos y seguidores de Cristo, “cada uno según el don que se le ha dado”. Este papel de unión de los miembros del Cuerpo de Cristo no está justificado solamente por una especie de eficacia apostólica, sino que tiene su fundamento último y principal en el ser mismo de la Iglesia, la Iglesia es una y actúa como un solo Cuerpo para el bien y para el mal. Por ser todos los bautizados miembros de un mismo cuerpo, el cuerpo vivo del Señor resucitado, todos los cristianos son de derecho y deben ser de hecho, miembros activos y responsables del crecimiento, aumento y desarrollo de ese cuerpo.  Aquí se da la estrecha colaboración entre la Jerarquía y los fieles laicos, y las diversas actividades que se puedan dentro de la Iglesia. “hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión”, Decreto sobre el Apostolado de los laicos, Nº 2.
        

32.5. LA VOCACIÓN ESCATOLÓGICA DE LA IGLESIA
         
El Concilio Vaticano II ha querido reflexionar sobre la índole escatológica de la Iglesia. Sabe que la Iglesia es "peregrina" en la tierra, su misión no culmina aquí en la tierra, sino que apunta a la restauración de todas las cosas en Cristo. Esta Iglesia, a la que están llamados todos los hombres, sólo tendrá su plenitud en la gloria del cielo; sin embargo después de la Ascensión de Cristo a los cielos, constituye su Cuerpo en la tierra, y como sacramento universal de salvación, está viviendo en la expectativa escatológica de los nuevos cielos y la de la nueva tierra.  Por eso en L G, Nº 48, a, dice:
         
"La Iglesia, a la que todos somos llamados en Cristo Jesús y en la cual, por la gracia de Dios, conseguimos la santidad, no será llevada a su plena perfección sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas, Hech 3, 21, y cuando, con el género humano, también el Universo entero, que está íntimamente unido con el hombre y por él alcanza su fin, sea perfectamente renovado en Cristo, Efes 1,10; Col 1, 20; 2 Petr 3, 10-13."
        

32.6. EL PORVENIR ESTÁ YA PRESENTE EN LA SITUACIÓN TERRENA DE LA IGLESIA
         
Estamos en el punto de contacto donde el "ya desde ahora" y el "todavía no", es decir, el presente y el porvenir, se entrecortan. de tal modo que el presente anuncia los rasgos del porvenir y constituye ya un anuncio real de lo que se ha de consumar al final de los tiempos. En L G, Nº 48, b, dice:
         
"Porque Cristo, levantado en alto sobre la tierra, atrajo hacia Sí a todos los hombres, Jn 12, 32; habiendo resucitado de entre los muertos, Rom 6, 9, envió su Espíritu vivificador sobre sus discípulos y por El constituyó a su Cuerpo, que es la Iglesia, como sacramento universal de salvación; estando sentado a la diestra del Padre, sin cesar actúa en el mundo para conducir a los hombres su Iglesia y por Ella unirlos a Sí más estrechamente, y alimentándolos con su propio Cuerpo y Sangre y hacerlos partícipes de su vida gloriosa.
          
Así que la restauración prometida que esperamos, comienza ya en Cristo, es impulsada con la venida del Espíritu Santo, continúa por El en la Iglesia, en la cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, en tanto que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos ha confiado en el mundo y labramos nuestra salvación, Filp 2, 12. Así pues los tiempos finales han llegado ya a nosotros 1 Cor 10, 11, y la renovación del mundo esta irrevocablemente determinada y empieza a realizarse en cierto modo en este siglo, puesto que la Iglesia aparece adornada ya en esta tierra de una verdadera aunque imperfecta santidad. Hasta tanto no lleguen los nuevos cielos y la nueva tierra, en los cuales habita la justicia, 2 Petr, 3, 13, la Iglesia peregrina lleva consigo la figura de este siglo que pasa, en sus sacramentos y en sus instituciones que pertenecen a este tiempo, y ella misma vive entre las criaturas que "gimen entre dolores de parto hasta el presente en espera de la revelación de los hijos de Dios", Rom 8, 19-22.

        
32.7. EL TÉRMINO PROMETIDO
         
La Iglesia peregrina se dirige hacia la patria celestial, a la "visión beatífica" de todo el pueblo de Dios glorificado, pero antes deben de ocurrir una serie de acontecimientos, muerte, juicio, condenación eterna y salvación eterna, infierno y cielo, resurrección corporal de todos las criaturas humanas, gloriosa transformación de todo el género humano. La escatología alcanza su madurez y plenitud en las enseñanzas de Cristo. En esta parte de la L G, nº 48, c, se nos ofrece una equilibrada visión escatológica de la vida. Veamos:
         
"Unidos, pues, a Cristo en la Iglesia y sellados con el Espíritu Santo, que es prenda de nuestra herencia, Efes 1,  14, con verdad recibimos el nombre de hijos de Dios y lo somos 1 Jn 3, 1, pero todavía no se ha realizado nuestra manifestación con Cristo en la gloria, Col 3, 4, en la cual seremos semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es, 1 Jn 3, 2. Por tanto, mientras moramos en este cuerpo, vivimos en el destierro lejos del Señor, 2 Cor 5, 6, y aunque poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, Rom 8, 23, y ansiamos estar con Cristo Filp 2,3. Ese mismo amor nos apremia a vivir más y más para Aquel que murió y resucitó por nosotros 2 Cor, 5, 15. Por eso procuramos agradar en todo al Señor 2 Cor 5, 9 y nos revestimos de la armadura de Dios para permanecer firmes contra las asechanzas del demonio y resistir en el día malo, Efes 6, 11-13.
         
Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena Hebr 9, 27 merezcamos entrar con El a las bodas y ser contados entre los elegidos Mt 25, 31-46, y no se nos mande como a siervos malos y perezosos Mt 25, 26, ir al fuego eterno Mt 25, 41, y a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes Mt 22, 13; 25, 30. Pues antes de reinar con Cristo glorioso todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya hecho en su vida mortal 2 Cor 5, 10; y al fin del mundo saldrán los que obraron el bien para la resurrección de vida, los que obraron el mal, para la resurrección de condenación Jn 5, 29; Mt 25, 46.
         
Teniendo pues, por cierto que los padecimientos de esta vida son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros, Rom 8, 18; 2 Tim 2, 11-12, con fe firme aguardamos la esperanza bienaventurada y la llegada de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo Tit, 2, 13, quien transfigurará nuestro abyecto cuerpo en cuerpo glorioso semejante al suyo Filp 3, 21, y vendrá para ser glorificado en sus santos y mostrarse admirable en todos los que creyeron 2 Tes 1, 10 ".


32.8. LA COMUNIÓN ENTRE LA IGLESIA CELESTIAL Y LA IGLESIA PEREGRINANTE
         
Se trata de la consideración de la comunión de los santos y procura llevarnos a encontrar el justo medio entre un desmesurado culto a los santos, o por otro lado, una reserva excesiva en lo que respecta a la veneración e invocación de los santos que están en el cielo, en L G, Nº 49, dice:
         
"Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de sus ángeles", Mt 25, 31, y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas 1 Cor 15, 26-27, de sus discípulos unos peregrinan en la tierra; otros ya difuntos, se purifican; otros finalmente, gozan de la gloria, contemplando claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es; más todos, en forma y grado diverso, vivimos unidos en una misma caridad para con Dios y para con el prójimo y cantamos idéntico himno de gloria a nuestro Dios. Pues todos los que son de Cristo por poseer su Espíritu, constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen en El, Efes 4, 16. La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen  el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación 1 Cor 12, 12-27.
         
Porque ellos, habiendo llegado ya a la patria y estando en presencia del Señor, 2 Cor 5, 8, no cesan de interceder por El, con El y en El a favor nuestro ante el Padre, ofreciéndole os méritos que en la tierra consiguieron por el Mediador único entre Dios y los hombres, Cristo Jesús 1 Tim 2, 5, como fruto de haber servido al señor en todas las cosas y de haber completado en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia Col 1, 24. Su fraterna solicitud contribuye, pues, mucho a remediar nuestra debilidad".


32.9. RELACIONES DE LA IGLESIA PEREGRINANTE CON LA IGLESIA CELESTIAL 
         
Se trata de desarrollar la función que los miembros de la Iglesia celestial cumplen con respecto al Cuerpo Místico, en general, y especialmente respecto a los miembros del mismo Cuerpo de la Iglesia que todavía peregrinan por el mundo. Podemos dividir esta sección en los siguientes puntos.

  • El recuerdo de los difuntos en general basado en la certeza de que por la comunión de los santos estamos unidos a ellos. L G, Nº 50, dice:  "La Iglesia peregrina, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el Cuerpo Místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos de la religión cristiana guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados, 2 Mac  12, 46.
  • La memoria de los apóstoles y los mártires: "Siempre creyó la Iglesia  que los Apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado el supremo testimonio de fe y de caridad con el derramamiento de su sangre, nos están más íntimamente unidos en Cristo.
  • La veneración a la Virgen María y a los ángeles:  "Les profesó especial veneración junto con la Bienaventurada Virgen y los santos  ángeles e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión.
  • Y finalmente están aquellos santos y santas que se han destacado por su imitación y seguimiento de Cristo: "Y, finalmente, todos los demás, cuyo preclaro ejercicio de virtudes cristianas y cuyos carismas divinos los hacían recomendables a la piadosa devoción e imitación de los fieles".
  • La imitación de los santos: "Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura, Hebr 13 , 14; 11,10, y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro pro el que, entre la vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo en santidad, según el estado y condición de cada uno. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros se transforman con mayor perfección a imagen y semejanza de Cristo, 2 Cor 3, 18".
  • La invocación de los santos: "Veneramos la memoria de los santos del cielo por su ejemplaridad, pero aún más con el fin de que la unión de toda la Iglesia en el espíritu se vigorice por el ejercicio de la caridad fraterna, Efes 4, 1-6.".
  • Los Santos en la celebración Litúrgica: "La más excelente manera de unirnos a la Iglesia celestial tiene lugar cuando,  especialmente en la sagrada Liturgia, en la cual la virtud del Espíritu santo actúa sobre nosotros por medio de los signos sacramentales,  celebramos juntos con gozo común las alabanzas de la Divina Majestad ... y todos congregados en una sola Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza a Dios Uno y Trino. Así, pues, al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celestial, entrando en comunión y venerando la memoria, primeramente, de la gloriosa siempre Virgen María, más también del bienaventurado San José, de os bienaventurados Apóstoles, de los mártires y de los Santos".


         
Después de haber hecho esta exposición se comprende claramente que toda la exposición eclesiológica referente a la Iglesia celestial y a nuestras relaciones con ella, está centrada en el principio teológico de que toda la Iglesia es un solo Cuerpo, y como tal debe de alabar y adorar, por Cristo, con El y en El, como su Cabeza, a la Santísima Trinidad.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.



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