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Sobre la unión civil

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


I. La ley natural

Creo que hay que aclarar el término “ley natural” cuando la Iglesia y en general los filósofos y teólogos de corte escolástico lo emplean. Significa el hecho de que en su propia naturaleza humana el hombre encuentra obligaciones morales que se ve constreñido a observar para obrar bien moralmente. Si las viola, su misma conciencia moral le acusará de haber obrado moralmente mal.
Percibimos así que hacer daño a otro (como Caín matando a su hermano Abel por envidia) es algo moralmente malo y que agradecer un favor o cumplir una obligación con otra persona son moralmente buenos.
También percibe de la misma manera un conjunto de actos posibles, que, si otra persona los quiere hacer, está moralmente mal que se los impida; y percibe también que él mismo tiene también semejante facultad sobre otros actos, que nadie puede impedírselos so pena de obrar moralmente mal. A estos actos se les llama “derechos naturales”.   
Todo este conjunto de obligaciones y derechos, que existen previamente a toda legislación ideada por el entendimiento humano, llama la ética escolástica “ley moral natural”. Basta que el entendimiento humano reflexione sobre el propio yo y se dará cuenta que el mundo “moral” es algo que lo lleva “dentro”, en su naturaleza y que es algo especial y distinto de otros elementos de su yo, como puede ser el mundo del placer, de lo estético, de la utilidad, valor económico, etc.
Por eso el Sr. Bruce se equivoca cuando dice que él no ha visto ningún código en que este promulgada esta ley. Está promulgada en la misma naturaleza humana. Analizándola, “leyéndola”, el hombre puede descubrir con su propia razón natural que la lleva “escrita” en su naturaleza. Así sabe una madre que amar a su hijo es moralmente bueno y cualquiera que robar es moralmente malo, etc.
Además todos los códigos legislativos positivos (o sea escritos), al menos en gran parte si no en todo, lo que hacen es puntualizar, desarrollar o aplicar a situaciones la ley natural. ¿Qué podría legislar un código sobre el uso de la propiedad privada si no admite el derecho natural de poseer algo como propio? Suprimir, pues, la ley moral natural lleva a suprimir las bases racionales de la moral y el derecho.
Por eso la primera pregunta a hacerse sobre uniones y matrimonios homosexuales es: ¿Dicen algo sobre ella la moral y el derecho natural?


II. La Iglesia católica y la ley moral natural.

Como fuente de su doctrina, tanto dogmática como moral, la Iglesia asume como base la Revelación que ha recibido de Dios y que está contenida en otras dos fuentes: la Sagrada Escritura y la Tradición.
Pero es claro y ha sido un hecho en su historia que ha aceptado y usado siempre la razón natural como vía cierta de conocimientos tanto en el orden dogmático como sobre todo en el moral. Para la Iglesia es un tópico que no puede haber contradicción entre verdades reveladas y verdades de razón natural. Admite que la razón natural es medio de conocimientos ciertos en el orden moral y usa de ella con frecuencia tanto para aplicar correctamente normas morales reveladas, como para conocer mejor el valor de la misma ley moral revelada y descubrir la conducta moral correcta en problemas nuevos que el sucederse de la vida humana suscita. Por fin usa de la razón natural, y sobre todo la ley moral natural, como instrumento de diálogo con los no católicos en cuestiones morales.


III.  La sexualidad humana.

Es clarísimo que por naturaleza el género humano es bisexual. Como también lo son los animales y aun en el reino vegetal se puede hablar de bisexualidad, aunque, careciendo de libertad, la vida de todos estos seres carece de dimensión moral. Lo moral es exclusivo del hombre.
Y basta abrir los ojos para entender que tal bisexualidad tiene como fin la procreación. Los órganos sexuales del género masculino producen espermatozoides y los del género femenino los óvulos. Ambos se diferencian claramente entre sí y, cuando se unen, surge un nuevo ser con un dinamismo propio.
El proceso no es meramente fisiológico. Antes ha surgido tanto en el hombre como en la mujer el mutuo interés, la simpatía, el afecto, la mutua atracción sexual y el deseo de mutua entrega y posesión, y el amor mutuo con la exigencia de exclusividad y la vocación de perpetuidad. Este complicado proceso, que surge entre los cónyuges enamorados, incluye el futuro de tener hijos como fruto de ese amor, siendo tal ilusión algo natural y fundamental, así como la especial alegría al ver colmados sus deseos con la paternidad y maternidad. Es natural así mismo el deseo de hacer felices al cónyuge y a los hijos y el sentir como mal propio el mal del cónyuge amado y de los hijos. Todo esto se pretende, se busca aun con sacrificio, se goza y se sufre de forma natural.
Toda esta riqueza, cuyo logro o pérdida son fundamentales para la realización personal de los cónyuges, está mostrando con claridad que la diferencia de sexos, la unión matrimonial y la familia son algo precioso y bueno para cada uno de los cónyuges, los hijos y la sociedad, y por tanto natural.
Es cierto sin embargo que la experiencia atestigua que tal logro exige dominio de la sexualidad y sacrificio. La ley moral natural, que toda persona experimenta y que manifiesta que ciertos actos son “buenos” y otros “malos”, también está presente en el campo de la sexualidad humana aprobando o condenando. Esta es la razón por la que ciertos usos de la sexualidad, como el sexo con menores, con personas del mismo sexo y otras conductas, todos las “vemos” todos como aberrantes. 


IV. El matrimonio

De los factores recordados en el apartado anterior se ve con claridad que el matrimonio como unión estable de hombre y mujer para procrear y educar a los hijos es algo natural. La investigación antropológica e histórica lo prueba con abundancia. No ha existido en la historia humana cultura sin familia como institución dentro de ella, formada por un hombre, una mujer y los hijos. El proceso psicológico del mutuo enamoramiento y el del crecimiento también psicológico del crecimiento de los hijos también exigen un verdadero padre y una verdadera madre.

La poligamia, frecuente en culturas primitivas, no invalida la afirmación anterior. Las sucesivas esposas se unen al varón también con el mutuo deseo de tener hijos. Por lo demás la debilidad moral humana es muy grande, como lo vemos por la experiencia, y ello explica la frecuente obscuridad del hombre para conocerla bien y la frecuencia y gravedad de sus violaciones. Los gulag y holocausto, en unos tiempos “superlúcidos”, nos deben recordar siempre la enorme fragilidad moral del hombre. Las aberraciones morales practicadas hoy por el hombre, sin poder justificarse, explican suficientemente la poligamia y otras violaciones de ley natural en culturas del pasado; pero no invalidan lo que la razón natural puede conocer mejor hoy sobre la misma.

Por lo demás de una familia en que hombre y mujer siguen enamorados, que quieren a sus hijos y éstos quieren a sus padres y se quieren entre sí, se ayudan en el dolor y en el trabajo y procuran hacerse mutuamente felices, nadie negaría que han logrado algo maravilloso y que forman una familia envidiable y admirable.      


V. La unión civil

De lo que por naturaleza es el matrimonio fluye obviamente que une a un hombre y una mujer. Sólo estando formado por dos personas de sexo distinto, puede realizar su fin natural procreador. Las mismas dinámicas naturales del varón y la mujer manifiestan lo mismo.

Una unión matrimonial entre personas del mismo sexo sería pues contradictoria, ya que por naturaleza no es procreadora. De aquí que la ya larga existencia del género humano no conozca una cultura en que haya estado reconocida como institución social una cosa como el “matrimonio homosexual”. El mismo lenguaje popular, con frecuencia de modo irónico y burlón, pone de manifiesto lo aberrante de la conducta homosexual, no digamos ya de una cosa como un matrimonio homosexual.

El Estado no tiene derecho a hacer lo que le da la gana. Su fin de promover la paz social, que es prioritario, exige el respeto de los derechos naturales; aunque sí pueda y deba ordenarlos, garantizando su ejercicio mediante una apropiada legislación. Y condición mínima de un Estado es que sea moralmente “decente”. No se trata de cuestiones religiosas. Se trata de Moral. Existe una ley moral natural. Esta ley moral es cognoscible por la razón humana, cuya verdad y bondad aparece por sí misma.

Por lo demás la formación de sociedades humanas con fines diversos lícitos, económicos, culturales, religiosos, deportivos, educativos…, no está en discusión y su estructura y funcionamiento debe ser aceptado por el Estado siempre que no vaya contra el “Bien común”. Pero hay que advertir que la idea de la “Unión civil”, tal como se ha presentado, ha demostrado Mons. Cabrejos, Arzobispo de Trujillo, que es contraria a la Constitución peruana e inútil para lo que se dice pretender (v. La República, 21 abril del 14). Cualquier pareja, sea o no homosexual o lesbiana, puede compartir un apartamento y pagar sus gastos en la proporción que acuerden. No hay ley que se lo impida y además “el actual ordenamiento jurídico permite la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco” (v. docum. Cabrejos 4).

Nótese también que la propuesta suscita la sospecha de deshonesta por tramposa. Porque oculta el propósito último de instaurar el “matrimonio homosexual”, es decir la unión de dos homosexuales o lesbianas con los mismos derechos y obligaciones mutuas que los de una familia normal. Que esto sea así lo ha reconocido Ana Araujo (“Más allá de la unión civil”, en El Comercio).

Esto incluiría, entre otros, el “derecho” de adoptar hijos. Esto es gravísimo. Y me extraña que no haya sido sometido a un análisis serio. Porque ¿de dónde nace el “derecho” sobre la suerte presente y futura de un ser humano sin contar con él para satisfacer la conveniencia (o si se quiere “necesidad”) psicológica de una pareja homosexual? Quienes tratan de cerca estos asuntos, saben de la extraordinaria dificultad del encaje de un niño adoptado por un matrimonio aun en las condiciones más favorables. Educar no es nada fácil, aunque se trate de hijos propios. Pero la naturaleza, bien hecha por Dios, da normalmente a los padres naturales capacidad de amor y autoridad; asimismo la misma naturaleza da a los hijos un sentido de obediencias y de respeto a los padres, de la que no gozan, por ejemplo, los abuelos. Los padres (en el caso de la madre es proverbial) aman a sus hijos por encima de la respuesta deficiente de los mismos, a veces hasta el heroísmo. Son sus hijos y con esto está dicho todo. Pero con los hijos adoptados no sucede así, aunque los padres adoptivos hayan procedido con amor y generosidad y previendo el sacrificio necesario que les va a suponer. El deseo de realizar sus anhelos de paternidad y maternidad es tan grande que aceptan el desafío que supone, en su caso superior al normal. Un pequeño desliz en un momento difícil, por ejemplo la alusión al hecho de la filiación meramente jurídica en un desahogo impaciente, pueden destrozar el fruto de sacrificios grandes y largos. No es nada fácil educar a un hijo adoptado.

En España alrededor de 1960 se produjo el hecho de niños nacidos fuera de matrimonio que eran entregados en adopción a matrimonios sin hijos y que deseaban intensamente tenerlos. Para aquellas madres solteras y sus familias era muy doloroso el problema de la aceptación. Alguien ideó el procedimiento de que, apenas dado a luz el niño y sin que la madre lo viera, se entregaba a la familia de adopción y se inscribía como hijo/a suyo. A la verdadera  madre se le decía que el niño tenía problemas y había muerto en el parto. Se esperaba sin duda solucionar así de la mejor manera los problemas de conciencia y psicológicos de la madre y también los deseos legítimos de un matrimonio que deseaba adoptar; y esto de la forma menos dolorosa. Sin embargo no han faltado ocasiones en que, deseando la madre conocer la suerte de su hijo/a y arrepentida de su primer rechazo, hizo con angustia todo lo que pudo para encontrarlo, Igualmente hubo quienes sospecharon que sus “padres” no lo eran y durante años se esforzaron con angustia por deshacer la madeja. Algunos lo consiguieron y por eso se ha conocido el hecho. Conviene tener en cuenta que la familia adoptante era normalmente de buena posición y que dio normalmente una infancia y juventud en mejores condiciones económicas que las que hubiera tenido en su familia natural.

La gravedad cobraría aún mayores proporciones si se considera que muy probablemente el método más normal que se usaría para dar satisfacción a los deseos (¿”derechos”?) de las parejas homosexuales sería produciéndolos en tubos de ensayo, guardándose total silencio sobre los donantes. No es fácil de imaginar la magnitud de la frustración de tales personas cuando, llegados a una edad madura (y aun antes), nadie pueda ni quiera hablarles de su historia: hijos de nadie.


VI. Estado laico, moral, ley natural.

A favor de la aceptación legal del matrimonio homosexual se ha argumentado que el estado peruano es laico y por tanto no debe aceptar razones religiosas. ¿Qué decir?

  1. En primer lugar los argumentos aducidos en estas consideraciones no son “religiosos”, sino de razón y ley natural; se basan en la naturaleza humana del hombre que tiene una dimensión moral innegable. No hemos citado a la Biblia, ni aludido a libro alguno de fe religiosa.
  2. Todo Estado debe respetar la ley moral natural. Sostener como principio lo contrario es volver al Holocausto, al Estado arbitrario y sin moral. El Estado Nacionalsocialista llegó al poder de manera formalmente democrática y sostenido por una sociedad de lo más culta y moderna en su tiempo.
  3. Ser laico un Estado no significa ser perseguidor de todo lo religioso, sino el no tener como fin propio el fomento de alguna fe religiosa (aunque pueda y deba contar y colaborar con asociaciones religiosas cívicas y con las mismas iglesias en cuestiones de Bien Común).
  4. Todo gobernante debe tener en cuenta el modo de pensar y sentir de los ciudadanos, para los cuales la fe religiosa es en general un elemento muy importante en su vida personal, familiar y social.
  5. La razón natural es capaz de llegar a conocer la existencia de Dios. Y el derecho natural más importante del hombre es el del ejercicio de su relación con Dios, es decir de su fe religiosa.
  6. Cuando los católicos y otros creyentes rechazamos el matrimonio homosexual, es porque lo consideramos muy perjudicial para al Bien Común por dañar gravemente la familia, la misma educación de los jóvenes, la valoración de la persona humana y de la sexualidad. Y esto por razones puramente naturales. No hace falta ser profeta para vaticinar que una sociedad cuyos valores fundamentales sean el sexo y el placer, marcha hacia su ruina. Y hasta es mejor que desaparezca.

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