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La Iglesia - 23º Parte: El Ecumenismo

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


26. Ecumenismo

El término “ecumenismo” deriva de la palabra griegaoikoumene”, y significa la “habitación donde vive todo el orbe universal”. En la actualidad significa por analogía la relación fraternal y amistosa entre las iglesias cristianas, que durante siglos estuvieron en estado permanente de división y que intentan hoy día superar sus mutuas rivalidades por medio del diálogo doctrinal, y del acercamiento entre las jerarquías y los fieles de las distintas comunidades y de la plegaria común para que se haga realidad aquella unidad de los discípulos de Cristo por la que Él mismo oró al Padre antes de padecer, Jn 17, 21: “Padre, que sean uno como tu y yo somos uno”.

La palabra “ecumenismo”, en su sentido teológico y eclesiástico primero significa universal, católico. Sólo a partir del período 1920 – 1930, “ecumenismo” o “ecuménico”, comenzaron a ser utilizados en el ámbito teológico y eclesial como expresión para indicar el movimiento intereclesial de la Unión de las Iglesias. Es el movimiento cristiano nacido bajo la acción del Espíritu Santo, que tiende a la unidad de fe y comunión entre las comunidades cristianas divididas.


26.1. Breve Historia del Movimiento Ecuménico
         
1º Cisma de Oriente

Es la ruptura que se da entre la Iglesia Roma y la Iglesia  oriental de Constantinopla.
         
a. Primer período: (857-881) Por el planteamiento del tema teológico trinitario del “Filioque”, problema que venía desde el S. VIII; en el S. IX el ambiente estaba preparado para una ruptura con Roma, el artífice principal fue Focio, Patriarca de Constantinopla. El papa Juan VIII en 881 excomulgó solemnemente a Focio y a sus legados infieles.
         
b. Segundo período: (889-1054)En este estado siguieron las cosas cerca de dos siglos. Los orientales seguían fomentando los antiguos prejuicios contra Roma. El patriarca que dio el golpe definitivo fue Miguel Cerulario. En 1503 dio la orden de cerrar en Constantinopla todas las Iglesias y monasterios latinos. Roma reaccionó y después de muchas vicisitudes el 16 de julio de 1054 los legados del papa León IX, al no ser recibidos por el patriarca Miguel Cerulario pusieron el decreto de excomunión de Roma contra Constantinopla sobre el altar de la basílica de Santa Sofía y abandonaron la ciudad. Fue el acto oficial de rompimiento definitivo y principio del cisma oriental. Miguel Cerulario respondió lanzando excomunión contra los latinos de Roma.  
         
2º Cisma de Occidente

Es la ruptura que se da en la Iglesia Católica dentro del ámbito de la Iglesia en Europa.
         
a. Reforma Luterana: Martín Lutero, monje agustino rebelde, en 1517 Lutero expone públicamente en Wintenberg sus 95 tesis sobre las indulgencias. Después de un proceso muy dificultoso de disputas teológicas con Roma, diálogos, rebeldías, advertencias, y otros procesos jurídicos, Lutero es excomulgado definitivamente por el papa León X el 3 de enero de 1521.
b. Iglesias Reformadas: Ulrico Zuinglio, en 1523 rompe con la Iglesia Católica, en Zurich (Suiza) organizó una disputa teológica de 67 tesis, en las que proclamaba la suficiencia de la Sagrada Escritura para salvarse, rechazaba la Misa, los sacramentos. Juan Calvino en Ginebra (Suiza), en 1533 rompió con la Iglesia Católica.
c. Iglesia Anglicana: 1531 el rey de Inglaterra Enrique VIII hace que el parlamento lo reconozca como “cabeza de la Iglesia inglesa”. 1533 El rey Enrique VIII se casa con Ana Bolena y el papa Clemente VII lo excomulga. 1534, se da la ruptura definitiva con el Acta de supremacía: “El rey es el único y supremo cabeza de la Iglesia en Inglaterra.
         
Desde estos dos cismas que se dan dentro de la Iglesia única de Cristo, se producen una serie de acontecimientos históricos ya conocidos en la Historia de la Iglesia.    

26.2. El Ecumenismo, la Iglesia  y las demás confesiones cristianas

El Conc. Vat. II en el Decreto “Unitatis redintegratio” ha descrito el movimiento ecuménico de la siguiente manera: “Muchos hombres en todas partes han sido movidos por esta gracia (es decir, de remordimiento por la división, y a la vez anhelo de unión), y también entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento cada día más amplio, por la gracia del Espíritu Santo , para restablecer la unidad de todos los cristianos. Participan en este  movimiento de la unidad, llamado ecuménico, los que invocan al Dios trino y confiesan a Jesús Señor y salvador; y no sólo cada uno individualmente, sino también congregados en asambleas, en las que oyeron el evangelio y a la que cada uno llama Iglesia suya y de Dios. Sin embargo, casi todos, aunque de manera distinta, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al evangelio y de esta manera se salve la gloria de Dios”. Nº 11.
         
Como hemos afirmado anteriormente, puesto que existe un solo cuerpo de Cristo, a saber, la Iglesia por él mismo fundada, la verdadera unidad de los cristianos únicamente puede lograrse por ella y en ella.
         
Aún cuando, en lo esencial, se haya realizado ya, dicha unidad no se consumará sin embargo plenamente hasta que se dé la unión en esa única Iglesia de todos aquellos que creen en Cristo e invocan su nombre.
         
El Ecumenismo no es sino un aspecto y una consecuencia de la “unicidad” y “universalidad” de la Iglesia. Pero su importancia y los delicados problemas históricos que plantea requieren que examinemos lo siguiente:
         
a. El planteamiento correcto del problema
b. Los principios que presiden la actitud de la Iglesia
c. Por qué la Iglesia católica desea la unidad de los cristianos y qué espera de ella
d. El espíritu que debe animar al Movimiento Ecuménico.



26.3. El Problema Ecuménico

         
El Concilio Vaticano II en el decreto “Unitatis redintegratio”, dice del ecumenismo: “el conjunto de actividades e iniciativas que, de acuerdo con las diversas necesidades de la Iglesia y las circunstancias del tiempo, buscan y promueven la unidad de los cristianos”, Nº 4.
         
La primera observación es que hay que constatar que esta división que separa a los cristianos es un hecho que invita a una reflexión e implica una responsabilidad muy seria en todas las partes que lo componen. Es una realidad que nos afecta directamente, porque de alguna manera pone en tela de juicio nuestra identidad y nos obliga a preguntarnos acerca de si estamos cumpliendo bien la voluntad de Cristo: “que sean uno como tu y yo somos uno, Padre”. Jn, 17, 1.
         
Esta división como que es una traición que ignora esta última voluntad de Cristo, pues el estado de separación real parece indicar que “Cristo mismo esta dividido”, y esta separación es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa sagrada de la predicación del Evangelio”, U.R. nº 1.
         
El hecho histórico de la separación revela un estado de infidelidad y nos recuerda las palabras de 1 Jn 1, 8-10: “si decimos que no hemos pecado (en este caso, tocante a la división), dejamos a Dios por embustero, y la palabra de Dios no está en nosotros”, nº 7; y propone un programa concreto, según el cual: “todos deben” examinar su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y ... emprender animosos la obra de renovación y reforma”, nº 4.

De suyo, nunca hubiera podido plantearse un problema ecuménico distinto del problema de “catolicidad”, puesto que en el pensamiento de Cristo existe una sola Iglesia verdadera, “universal”, o “católica”. El término “ecuménico” no significa otra cosa que “universal”. En este sentido etimológico, la Iglesia de Cristo es necesariamente “ecuménica”, por tanto ha recibido de Cristo el deber y el poder de congregar “en él” a todos los hombres, cualesquiera que sean sus países de origen, sus razas o su idiosincrasia, sus condiciones de vida.

Si hay un problema específicamente ecuménico, es porque, históricamente hablando, a consecuencia de dramáticas divisiones de la unidad visible de la Iglesia única, “muchas comuniones cristianas se presentan a sí mismas antes los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo”. U.R, nº 1.
         
El segundo sentido que el adjetivo “ecuménico” ha tomado en nuestros días, apunta precisamente a los esfuerzos emprendidos para remediar esta situación de división dentro del seno de la única Iglesia de Cristo. La gravedad de esta crisis para el ejercicio mismo de su misión en el mundo ha suscitado, tanto entre los católicos como en sus hermanos separados, una búsqueda de unidad perdida, búsqueda que alcanza actualmente una amplitud sin presentes. El decreto del Conc. Vat. II sobre el Ecumenismo es una prueba de ello.
         
Estos esfuerzos, católicos, ortodoxos o protestantes, arrancan de tres sentimientos:
         
1. La conciencia dolorosa de esta división y del escándalo que ella misma constituye para todos, en particular para los nos creyentes;
2. La voluntad firme y ardiente de remediarlo, y de lograr un día la unión efectiva de todos los cristianos;
3. La certeza de que el Espíritu de Dios es más fuerte que nuestras divisiones



26.4. Los principios católicos del Ecumenismo


El Concilio Vaticano II ha puesto de relieve dos principios fundamentales:
         
1. Primer principio: “Existe una sola Iglesia de Cristo, la Iglesia católica. Dicha Iglesia está ya realizada y es a la vez visible e invisible”.
         
Este primer principio ha sido establecido en el artículo precedente que dice: “La Iglesia de Cristo es única y universal y fuera de la Iglesia no hay salvación”. Este principio es imposible ignorarlo, so pena de meterse en un callejón sin salida. Pero se puede ser infiel a dicho principio, ya sea admitiendo una pluralidad de Iglesias, todas ellas virtualmente válidas, ya sea no reconociendo a ninguna como verdaderamente digna de este nombre.
         
a. Una pluralidad de Iglesias igualmente salvíficas: Esta hipótesis implica una contradicción, puesto que equivale a admitir una pluralidad de congregaciones universales.
         
b. Una Iglesia que no estuviera realizada hasta el término de la congregación de todas ellas y de la unión. Esta segunda tentación es, en un sentido, más peligrosa por ser más sutil.

Habría la posibilidad de caracterizarla del modo siguiente: La Iglesia, hoy, existe solo en estado de miembros dispersos, de fragmentos inconexos e incompletos; únicamente al final del camino, cuando el esfuerzo ecuménico los haya reunido efectivamente en un solo cuerpo, la Iglesia será, por fin, ella misma y se hará de tal nombre.
         
En realidad, remitir así la unidad de la Iglesia al término del camino, o a un más allá escatológico, contradice flagrantemente los datos más claros y sólidos de la eclesiología, así el Decreto sobe el Ecumenismo, nº 4, dice: “Esta unidad la concedió Cristo a su Iglesia desde el principio. Creemos que subsiste indefectible en la Iglesia Católica y esperamos que crezca cada día hasta la consumación de los siglos”.
         
Por parte de la Iglesia, el hecho de permitir el menor equívoco acerca de este principio sería no solamente traicionar su misión de verdad, sino también renegar de sí misma y comprometer por esto mismo definitivamente la causa a que querría servir. En efecto, si la unidad visible de la Iglesia no se halla actualmente realizada en su esencia, es que el Espíritu Santo no está ya presente en medio de nosotros.
         

2. Segundo principio: “Las Iglesias y comunidades separadas, aun cuando presentan deficiencias, no están en modo alguno desprovistas de significación y de valor en el misterio de la salvación”. Esta palabras están tomadas del pasaje nº 3 del Decreto sobre el Ecumenismo. Este segundo principio es también de importancia capital. Aunque les haya empobrecido, la separación no es obstáculo, en efecto, para que aquellos a quienes llamamos hoy “nuestros hermanos separados” no conserven una parte, a menudo muy importante, de la herencia cristiana. Cuatro elementos conviene destacar aquí:
         
a. Las Iglesias o Comunidades separadas conservan una parte de la herencia cristiana y poseen auténticas riquezas religiosas. “Las venerables cristiandades orientales han conservado una santidad tan venerable es su objeto que merecen topo el respeto y también toda la simpatía”. Pío XI.
         
En el Decreto sobre el Ecumenismo, nº 15, y 17, 20-23, pone de relieve todas las riquezas cristianas de nuestros hermanos ortodoxos (riqueza litúrgica y sacramental en particular) y de nuestros hermanos protestantes (fe en Cristo, amor a la Escritura, vida sacramental, vida cotidiana vivida en unión con Cristo), e insta a todos a reconocer “gozosos” y a apreciar en su justo valor esas riquezas que tienen su origen en el patrimonio común, porque Dios debe ser siempre admirado en sus obras.
         
b. Esas riquezas cristianas se dan no sólo en el nivel de los individuos, sino también al nivel de las comunidades eclesiales mismas. Dichas Iglesias “tienen significación y valor en el misterio de salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de ellas como medios de salvación, cuya fuerza deriva de la misma plenitud de gracia y de verdad que fue confiada a la Iglesia católica”. Por esto no vacila el Concilio en hablar oficialmente de “Iglesias” o, por lo menos, de “comunidades eclesiales”.
         
c. Estas Iglesias y comunidades eclesiales separadas presentan, sin embargo, un cierto número de “deficiencias”, debidas precisamente al hecho mismo de hallarse separadas y de no poder gozar así de “aquella unidad que Jesucristo quiso dar a todos los que regeneró y convivificó para un solo cuerpo y una vida nueva ... Porque únicamente por medio de la Iglesia Católica de Cristo, que constituye el “medio general de salvación”, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación”, Ad Gentes, nº 6.
         
Tocamos aquí, evidentemente, el drama preciso de la separación, puesto que, como escribe el cardenal Journet: “Está claro que se trata de un patrimonio ambivalente, en donde se entremezclan la luz y las tinieblas; capaz de ayudar una veces en cuanto contiene valores cristianos de vida; y engañoso otras, por hallarse alterados dichos valores”.
         
d. En razón de los valores que han conservado, estos cristianos separados merecen con toda justicia el nombre de “hermanos” y están ya “en cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica, puesto que todos aquellos que, en el bautismo, han sido justificados por la fe, se hallan por este mismo hecho incorporados a Cristo: Todas estas realidades, que provienen de Cristo y a él conducen, pertenecen por derecho a la única Iglesia de Cristo”. Decreto sobre el Ecumenismo, nº 3.

      
  
26.5. Por qué la Iglesia católica desea la reunión de los cristianos y qué espera de ella


1. Una vez más, la Iglesia no espera de esta reunión la realización de una unidad supuestamente inexistente todavía.

2. La Iglesia espera de esta reunión tres cosas:

a. En primer lugar, el final de una situación dolorosa y anormal, situación que es un desafío evangélico y un escándalo para los no creyentes.
         
b. En segundo lugar, la “culminación” de todas estas riquezas cristianas, cuya existencia en nuestros hermanos separados así como sus límites hemos indicado.
         
Ahora bien, esta culminación sólo puede alcanzarse mediante la restauración de la unidad y la reunión efectiva de todos los cristianos en la única Iglesia de Cristo. El decreto sobre el Ecumenismo, nº 3 dice: “Creemos que el Señor encomendó a un único colegio apostólico, del que Pedro es cabeza, todos los bienes de la nueva alianza, a fin de constituir en la tierra el único cuerpo de Cristo, al cual es necesario que se incorporen plenamente todos los que de algún modo pertenecen ya al pueblo de Dios”.
         
c. En tercer lugar, un enriquecimiento y una plenitud de catolicidad para la iglesia católica misma. En efecto, en un estado de división, “incluso le resulta bastante difícil a la misma Iglesia expresar bajo todos los aspectos la plenitud de la catolicidad en la realidad de la vida”, decreto sobre el Ecumenismo, nº 4.

Evidentemente, la reunión con nuestros hermanos separados no aportará a la Iglesia verdades o riquezas que no posea ya, pero sí podrá ayudarnos a ser más conscientes de las mismas y a vivirlas mejor. En efecto, una cosa es poseer una riqueza, y otra muy diferente vivir de ella. Nuestros hermanos separados pueden ayudarnos a esto último, porque unos u otros se han mantenido particularmente sensibles a determinados valores (liturgia, ortodoxos; la Escritura, protestantes) que, por nuestra parte, corremos el riesgo de descuidar demasiado.



26.6. El espíritu que debe presidir el Ecumenismo


El Conc. Vat. II consagra a esta cuestión todo el capítulo II del Decreto sobre el Ecumenismo, en donde se insiste en la necesidad de que se den los puntos siguientes:
         
a. Un propósito de renovación dentro de la Iglesia. Semejante renovación no solamente es esencial a la vitalidad de la Iglesia, sino que puede ser decisiva para el propio ecumenismo.
         
b. La conversión profunda del corazón. En su defecto, no puede hablarse de verdadero ecumenismo. De aquí que el Conc. Vat. II recuerde a todos los fieles que podrán favorecer, o mejor, que podrán llevar a cabo la unidad entre los cristianos “en la medida misma en que se apliquen a vivir más puramente el Evangelio” Decr. Ecumenismo, nº 7.

c. La plegaria, sobre todo en común. Junto con el espíritu de conversión y la santidad de vida, debe de considerarse la oración profunda y sincera como el alma del ecumenismo.
         
d. El conocimiento y respeto mutuo. Se trata, a un tiempo, de conocer mejor a nuestros hermanos separados, y de mostrarles nuestra fe de un modo más adecuado.
         
e. La colaboración mutua con nuestros hermanos separados, tanto en el ámbito social y cultural como en el combate por la paz y las miserias de nuestro tiempo. Semejante colaboración, en efecto, no puede por menos de “exponer a más plena luz el rostro de Cristo siervo”, decreto sobre Ecumenismo,  nº 12.
         
f. Finalmente, la Iglesia Católica reconoce en el ecumenismo un movimiento que viene del Espíritu Santo; le asigna como fundamento la obediencia a la Escritura; espera de él un mejor testimonio de Cristo ante las naciones y un mejor servicio para la conversión del mundo. 


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.



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