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La Iglesia - 22º Parte: La visibilidad de la Iglesia

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


25. Visibilidad de la Iglesia

Acerca de la visibilidad de la Iglesia podemos preguntarnos ¿qué es la Iglesia? La respuesta de la revelación, se resume en estas dos frases:

  1. La Iglesia es primordial y fundamentalmente una comunidad de vida, un misterio de comunión, en Cristo, entre Dios y los hombres. Es Cristo comunicado en el Espíritu Santo.
  2. La Iglesia es también, aquí en la tierra, el instrumento, el sacramento de esa comunión. Es una institución de salvación.           


La visibilidad de la Iglesia es aquella propiedad de la Iglesia por la cual se manifiesta al exterior y aparece a los sentidos. El Magisterio de la Iglesia dice: "La Igle­sia fundada por Cristo es una sociedad externa y visible", (sentencia cierta). Hay que distinguir entra la visibilidad "material" de la I­glesia y la visibilidad "formal". La "material", consiste en la mani­festación sensible de sus miembros. La "formal" en una notas deter­minadas por las cuales los miembros de la Iglesia están unidos de manera externa y visible en una sociedad religiosa. Nadie discute la visibilidad material de la Iglesia, (la constituyen todos los cristianos bautizados, como personas que se benefician de la redención traída por Cristo); la dificultad recae únicamente sobre la visibilidad "formal". Ella es el fundamento y presupuesto de la cognoscibilidad de la Iglesia.

Hemos afirmado anteriormente que la Iglesia nace de un designio sal­vífico de Dios (de una voluntad divina), que la llama a ser Pueblo de Dios, como sacramento universal de salvación, como Cuerpo de Cristo. Sin esa volun­tad divina que la llama a la existencia, jamás podría constituirse como verdadera Iglesia por la mera asociación de hombres. Lumen  Gentium, Cptlo 2, nº 9 dice: Y porque Dios quiso: "salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna, unos de otros, sino constituyendo un pueblo... Y así como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es lla­mado alguna vez Iglesia,  Esdr 13, 1; Num, 20, 4; Deut 23, 1,s.s., así el pueblo de Dios, el nuevo Israel, que va avanzando en este mundo hacia la ciudad futura y permanente, Hebr 13, 14, se llama Iglesia de Cristo, Mt 16, 18, porque El la adquirió con su sangre, Hech 20, 28, la llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social. La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la vida, de la salvación y de principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios para ser sacramento visible de esta unidad salvífica para todos y cada uno".

Por todo esto es la Iglesia pue­blo de Dios visible. Pero este pueblo no es un pueblo amorfo; ni el Cuerpo de Cristo es un cuerpo indiferenciado (donde todas las partes son iguales). Por el contrario, tiene multitud de miembros y multi­tud de funciones esenciales que se ligan a la voluntad expresa de su divino fundador.

Ahora bien, fundada en las fuentes de la revelación, la Iglesia Católica ha sostenido 

  1. Que la Iglesia de Cristo tiene una estructura visible y espiritual al mismo tiempo (índole y estructura sacramental de la Iglesia).
  2. Que esa estructura es jerárquica, es decir, edificada sobre los  apóstoles y los obispos, sus sucesores, y sobre Pedro y sus sucesores, los obispos de Roma.
  3. Que el laicado forma también parte de la estructura visible del pueblo de Dios, y tiene una función trascendental y responsable en la Iglesia.


León XIII en su encíclica "Satis cognitum", (1896), nos enseña: "Si tene­mos ante la vista el fin último de la Iglesia, y las causas próximas que operan la santidad, la Iglesia es, efectivamente, espiritual. Pero si consideramos los miembros que la constituyen así como también los medios que conducen a los dones espirituales, entonces la Iglesia se manifiesta de forma externa y necesariamente visible".

Existe un tri­ple vínculo sensible que une entre sí a los miembros de la Iglesia y hace que aparezcan como tales:

a. La confesión de una misma fe
b. El uso de los mismos medios para conseguir la gracia.
c. La sumisión y obediencia a una misma autoridad.

La prueba bíblica en favor de la "visibilidad" de la Iglesia es la institución divina de la "Jerarquía". Así, a la obligación de "en­señar" que tiene el Magisterio eclesiástico corresponde, por parte de los creyentes, la obligación de obedecer a la fe, Rom 1, 5 y de profesarla, Mt 10, 32, s.s.; Rom 10,10. Al ministerio eclesiástico de "santificar" corresponde, por parte de los fieles, la obligación de beneficiarse de los medios de adquirir la gracia que se les facilitan, Jn 3, 5; 6, 54. Al ministerio de "gobernar" corresponde por parte de los creyentes gobernados según la caridad y la servicialidad de Cristo, la obligación de aceptar libremente a la autoridad eclesiástica, Mt 18, 17; Lc 10, 16.

Fueron los gnósticos en el Siglo II del cristianismo quienes de un mo­do sistemático intentaron por primera vez establecer una dicotomía en la Iglesia de Cristo, a saber: la Iglesia "invisible" de los espiri­tuales y la Iglesia "visible" la de los eclesiásticos. Tras los gnósticos, fueron  en mayor o menor grado, todos los movi­mientos rigoristas que ya se vislumbran en el "Pastor de Hermas" (140 - ­165) y que continúan con Novaciano, Donato y todos aquellos que en la Edad Media oponían una Iglesia espiritual de selectos a la Iglesia visible y multitudinaria de Roma, los "fratriccelli" (l294-1318).

Tam­bién hay que situar en esta misma línea a los movimientos espiritualistas de la Edad Media, como los cátaros, valdenses, albigenses, wiclefitas, husitas y algunos de los reformadores protestantes. Frente a todos estos movimientos, destacaron los apologistas (defensores) católicos el elemento "visible" de la Iglesia. Pero esto no quiere de­cir que ignoraran los apologistas los lazos invisibles que ligan al creyente con el ser íntimo de la Iglesia.

El Concilio Vat. II exige una incorporación plena al organismo de la Iglesia y el estado de gracia. Y en esto no hace más que formular una verdad que ha sido tradicional­mente mantenida, pero expresada en otros tiempos de manera distinta, como cuando se hablaba de la pertenencia al cuerpo de la Iglesia (lazos vi­sibles), y al alma de la Iglesia (estado de gracia). Tampoco quiere decir que los reformadores de los que hemos hablado negaran todo ele­mento visible de la Iglesia, pero al poner éstos el acento en el as­pecto invisible de la Iglesia cono pertenencia a ella; ejemplo: la predestinación (Wicleff, Calvino), o el estado de gracia por parte del sacerdote que administra los sacramentos, para la validez de los mismos, (valdenses, husitas), son gravísimas las implicaciones que de esta doctrina de derivan. Por ejemplo, nadie podría saber si era o no miembro de la Iglesia, aunque fuera el mismo Romano Pontífice, por­que no se sabe si está predestinado; los sacramentos conferidos por un ministro en pecado mortal serían inválidos etc. Es decir, nunca se po­dría decir con certeza quién pertenece a la Iglesia visible ni ser re­conocida la Iglesia.

Los católicos decimos que dado el carácter divino ­humano la Iglesia es visible de modo parecido a como lo fue Cristo, Dios - hombre. En el protestantismo actual se maneja la tesis de que la Iglesia es una comunidad pneumática personal, la Iglesia no es, según ellos, una comunidad visible, estable, sino un acontecimiento que ocurre tantas veces como se reúnen dos o tres creyentes en nombre de Cristo, en este encuentro de los creyentes con Cristo es continuamente renovada la Igle­sia. En esta concepción protestante se niega toda objetivación del Rei­nado de Cristo en una comunidad visible, que es precisamente la tesis de la Iglesia católica. (R. Barth, E. Brunner, R. Bultman, etc).

El actual protestantismo cree poder expresar la diferencia entre su Iglesia y la católica diciendo, que a la Iglesia Católica competen las categorías de lo ontológico, de lo objetivamente dado, de lo estático, mientras que a la iglesia protestante le competen las categorías de lo personal, de la relación, de lo dinámico. (H. Thielicke).


La Iglesia católica al destacar el aspecto visible de la Iglesia no ignora el invisible e interno, lo mismo que su Fundador Cristo, Dios y hombre verdadero. Es invisible el fin de la Iglesia: la santifica­ción interna de todos los bautizados; son invisibles los bienes de salvación que la Iglesia distribuye por medio de los sacramentos: la gracia: "ex opere operato"; es invisible el principio vital interno de la Iglesia que es el Espíritu Santo y su labor difusora de la gracia. Así, mientras que la faceta externa y social de la Iglesia es objeto de percepción sensible, la faceta interna y mística es objeto de la fe. Por eso la manifestación visible de la Iglesia no excluye la fe en la misma, como institución salvadora establecida por Cristo.

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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.
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