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Homilía del Domingo 4° T.O. (C), 03 de Febrero del 2013

Enseñanzas de una visita

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Jer 1,4-5.17-19; S 70; 1Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30



El texto y contenido de la primera lectura sintonizan con otras llamadas del Señor. Jeremías tiene una misión muy dura. Dios lo elige para que anuncie a su pueblo el castigo del destierro, les pida su aceptación y la sumisión al invasor. No le escucharán. Lo perseguirán, morirá en sus manos. Jeremías es un símbolo profético de Jesús. Jesús mismo se lo recuerda el día de su resurrección a los dos discípulos que van a Emaús: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso?” (Lc 24,26). El recuerdo de este principio cristiano, muy presente siempre en San Pablo, es también frecuente en Lucas, su discípulo y acompañante. Utilizar a Dios para obtener riquezas y honores y huir del sufrimiento prueba que se rechaza a Cristo como compañero de la vida. Nuestra oración debe ser para pedir gracia para llevar nuestra cruz.    
El texto de la segunda lectura continúa el tema de la presencia del Espíritu Santo y de sus distintos efectos y carismas en nosotros los fieles. Más importante que otros carismas, aun muy admirables como el de hacer milagros o hablar en lenguas, es el don de la caridad o amor a Dios y al prójimo. San Pablo lo recuerda, porque fácilmente se olvida. Santa Teresa del Niño Jesús no sabía un día en su oración qué carisma elegir para que su vida fuera un mejor servicio para la Iglesia. Le parecía que elegir uno era renunciar a otros tanto o más preciosos y útiles para la Iglesia. Hasta que, recordando este texto, se dio cuenta de que, obteniendo el don de la caridad, estaba, como el corazón, impulsando y dando vida a todos los miembros del cuerpo. Este es el gran carisma y el gran don. Es lógico que sea el más importante, teniendo en cuenta que todos los mandamientos se resumen en los de: “amarás a Dios con todo el corazón y amarás al prójimo como a ti mismo”. El amor siempre está activo, no descansa. Tiene siempre presente que Dios le ama, cae en cuenta y agradece sus favores, confía y pide ayuda en las pruebas. “Es comprensivo”, sabe de la debilidad humana, porque tiene experiencia de la propia, y excusa la de los demás. “Es servicial y no tiene envidia”, porque el bien del otro lo pone por delante del propio. “No presume ni se engríe”, porque lo que tiene lo recibió de Dios y de la ayuda de otros y ha de dar cuenta de su administración. “No presume ni se engríe, no es mal educado ni egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal”, perdona 70 veces siete. “No se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad, disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites, el amor no pasa nunca”. El que más se acerca a este ideal, es el amor de la madre.
Estas exigencias del amor cristiano es bueno recordarlas cuando nos vamos a reconciliar con Dios. Así nos amó Cristo, “quien me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20).
Y añade Pablo otro argumento que nos estimule aun más. “El amor no pasa nunca”, el amor queda, el amor es eterno. Porque en el cielo la misma fe y la esperanza desaparecen, porque, viendo a Dios cara a cara y poseyéndole, la fe y la esperanza no son ya necesarias; pero la caridad permanece, porque entonces nuestra vida será amar.
El texto del evangelio continúa el del domingo pasado. Sigue refiriéndose a las palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret. La reacción de los oyentes es al principio muy favorable, pero después se malogra, hasta el punto de que los nazaretanos quieren arrojar a Jesús desde una peña que cuelga sobre el vacío. Los biblistas se dividen en la interpretación de los hechos. La mayoría piensa que Lucas junta en una dos visitas de Jesús a Nazaret, una más temprana que transcurre de modo positivo y otra, en cambio, posterior, cuando las opiniones habían cambiado mucho, que anduvo al borde de la tragedia. Sea de ello lo que sea, en el texto de Lucas aparecen las dos opiniones extremas la obra y la doctrina de Jesús, que me parece que hoy se repiten.
La primera reacción es la de aquellos que no acaban de encontrar una explicación humana suficiente a la doctrina, sabiduría, milagros y autoridad de Jesús. Nada humano explicaba la obra de Jesús, aceptaban la existencia de un misterio en su persona y de una relación especial con Dios; en definitiva acabarán creyendo plenamente. Pero será una actitud minoritaria.
La otra opinión es la de los que presumen de sabios y científicos. No les basta oír y aun ver hechos sorprendentes, que por lo demás admitirían y admiten en otros terrenos. Porque lo creen prácticamente todo, ya que, sin creer, en la vida moderna no puede uno moverse. No hay sabio que pueda serlo en nada sin leer continuamente libros y revistas de otros muchos dedicados a los mismos estudios. Y un enfermo no se curará si exige, para obedecer al médico, entender perfectamente las causas de su enfermedad y el modo de obrar de los remedios.
Pero este evangelio muestra otra verdad, que también recalca San Lucas en otras ocasiones, él, el gentil, compañero de San Pablo, el Apóstol de los gentiles. Jesús recuerda los milagros que Dios hizo a una mujer fenicia y a un ministro sirio, paganos ambos. Las palabras de Jesús, citadas por Lucas al comenzar su vida pública, manifiestan que no basta la raza, que Jesús no ha venido a salvar sólo a los judíos, sino a todos los hombres y que para recibir las gracias que trae es necesaria y suficiente la fe.
En este Año de la fe no nos creamos más que nadie. Nuestras mismas deficiencias religiosas y morales nos pueden ayudar a aumentar nuestra humildad de corazón y obtener de Dios su benevolencia y gracia abundantes. Que la Virgen María nos lo haga sentir.



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