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Homilía del Domingo 2º TO (C), 20 de Enero del 2013


La Iglesia esposa de Cristo

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas Is 62,1-5; S 95,1-3.7-10; 1Cor 12,4-11; Jn 2,1-12




Las lecturas de hoy nos ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre la Iglesia como esposa de Cristo. La primera es parte de una profecía del final del exilio en Babilonia. El pueblo de Judá, identificado en los textos sagrados con los nombres de Sión, el antiguo de Jerusalén, y del mismo Jerusalén, conquistada por David y erigida capital del reino, fue castigado por sus pecados de idolatría. Perdió su independencia política, que de hecho no la recuperaría ya hasta tiempos muy recientes. Jerusalén fue conquistada por el rey Nabucodonosor, el templo fue destruido, sus habitantes fueron llevados al destierro de Babilonia y allí estuvieron por unos 70 años. No les fue mal, porque Dios los protegió. El año 538 a.C. el rey Ciro permitió la vuelta a Palestina. La Biblia habla de Ciro como del instrumento que Dios usa para mostrar su benevolencia y protección con su pueblo. Dios se designa a sí mismo como el esposo fiel a su esposa, pese a sus gravísimas infidelidades y traiciones constantes. Porque Israel ha traicionado a Dios repetidamente. Ha ido tras dioses falsos, les ha erigido santuarios y ofrecido sacrificios, incluso les ha ofrecido sacrificios humanos, hasta hubo reyes que  sacrificaron a sus propios hijos.
Pero también el pueblo de Israel y su capital Jerusalén, son también un símbolo de la Iglesia. De ella está perpetuamente enamorado el esposo y le hará compartir  todos sus bienes. Incluso aunque ella le traicione, como en el caso de la esposa del profeta Oseas, Dios el esposo, al que representa Oseas, no dejará de ser fiel a su amor. También en la Virgen María ve la Iglesia realizada, ahora en forma positiva, la figura de la esposa fiel y predilecta del Señor. Por eso lo que la Biblia canta de Israel, Jerusalén, María y la Iglesia se intercambian con frecuencia.
Dios se regocija en su Iglesia, es decir en todos nosotros que la formamos por el bautismo y el don del Espíritu, siendo verdad esto: «Ya no te llamarán “abandonada”…a ti te llamarán “mi favorita”, y a tu tierra “desposada”, porque el Señor te prefiere a ti y tu tierra tendrá esposo. La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo». Que éste sea el talante más frecuente de nuestra relación con Dios, con esta alegría vengamos a la misa de cada domingo, abramos la Biblia para leerla, iniciemos la jornada para servirle.
También en el Nuevo Testamento la unión de Cristo con la Iglesia aparece bajo el símbolo matrimonial. Pero la lectura de hoy de la carta primera a los Corintios utiliza la comparación de la unión del cuerpo y del espíritu humano. Ambos símbolos se complementan y llaman uno a otro. Porque Dios creó a la mujer del cuerpo del hombre, infundiéndole de su espíritu y Cristo hizo la Iglesia de la sangre de su costado y continúa dándole vida con la eucaristía y el bautismo, simbolizadas en la sangre y agua que brotan del costado de Cristo tras la lanzada. De esta manera explica San Pablo la unidad de los miembros entre sí y con Cristo y la presencia del Espíritu en el todo de la Iglesia y en cada uno de nosotros, sus miembros. Como Eva es creada del cuerpo de Adán, la Iglesia, como esposa nace del cuerpo de Cristo. Forma con Cristo un solo cuerpo. Cristo es la cabeza, el miembro más importante, del que todo fiel vive por estar unido a Él. El Espíritu de Cristo, siendo uno y el mismo en cada uno de sus miembros, está en cada uno, aunque desarrolle funciones diversas. Un miembro del cuerpo oye y otro, por ejemplo ve, así en la Iglesia todos somos miembros con el mismo Espíritu, pero tenemos distintas funciones. Unos sirven a la Iglesia enseñando, otros gobernando, otros orando, otros hacen milagros, otros atienden a los enfermos…otros son unos magníficos padres y madres,… Estos son los diversos ministerios, dones y carismas. Todos son dones de Dios para el servicio de la Iglesia. El don más importante es el de la caridad. El valor de nuestro servicio es el de nuestra caridad.
El evangelio nos enseña que Jesús acepta y bendice la institución natural del amor humano y del matrimonio. Establece una continuidad entre el orden natural y el sobrenatural. No sólo con la oración y los sacramentos; también con el trabajo y la actividad en las instituciones humanas naturales, el cristiano, obrando según el Espíritu, se eleva a sí mismo en el orden divino y eleva las mismas cosas para que sirvan a Dios. María está allí, al comienzo de una nueva familia, como estará al comienzo de la vida de la Iglesia en sus dos momentos cumbres: el Calvario y Pentecostés. María, como Madre de la Iglesia, atiende a sus necesidades fundamentales, como fue entonces la del vino, y hace que sean satisfechas en abundancia. María está donde los discípulos de su Hijo están. No les falta el vino del Espíritu.
La Iglesia no olvida nunca a María como intercesora de nuestras oraciones. Ella misma representa a la totalidad de la Iglesia, nacida de la fe, nacida de haber acogido la “Palabra”, cuyo alimento fundamental es meditar la palabra en su corazón.
No quiso la Madre que en Caná faltase el vino, como no quiere que en su Iglesia falten el don de la Eucaristía y el del Espíritu. 
“Hagan lo que Él les diga”, dijo y nos dice María. El discípulo de Cristo aprecia la Eucaristía. Vive de ella. El domingo es el día más importante de la semana, porque ese día con toda la Iglesia universal se reúne con Cristo, escucha atento la Palabra como María, llena su corazón con el vino de la Eucaristía y, como la Eucaristía es “el culmen y la fuente de la vida cristiana”, participa en ella con el corazón más abierto, la felicidad más grande y un amor a Dios y a sus hermanos los hombres que carece de fronteras.
Por medio de nuestra Madre demos a Dios gracias y dejemos a la Palabra que transforme nuestro corazón.



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