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Homilía del 3º Domingo de TO(C), 27 de Enero del 2013

El Espíritu Santo en Cristo,
el Espíritu Santo en nosotros

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Ne 8,2-6.8-10; ICor 12,12-30; Lc 1,14;4,14-21


Esdras, un sacerdote, y Nehemías, un laico, funcionario  nombrado gobernador de Judea por el rey persa, son los elegidos por Dios para realizar su voluntad de acabar con el destierro en Babilonia, castigo de sus idolatrías. No fue fácil, pero ayudados por Dios lo consiguieron. Lograron animar a la vuelta a miles de sus hermanos y repoblaron Jerusalén, reconstruyeron la ciudad y las murallas y el templo. Los libros bíblicos de Esdras y Nehemías, que originalmente formaban un solo volumen, narran su obra.
Aquel pueblo, pese a sus gravísimos desvaríos del pasado, seguía siendo el “Pueblo elegido”. Dios es fiel y como lo prometió, no les fue mal en Babilonia. Muchos judíos tuvieron puestos importantes en  la administración del estado; la religión y la cultura judías eran apreciadas. De hecho un buen número de judíos quedó todavía en tierra de Babilonia.
Tales hechos nos muestran que Dios no está ausente, sino dirige el mundo con su providencia. Ninguno de los hombres le somos indiferentes y todo lo organiza para bien de los que quiere salvar, que son todos los hombres (c. Ro 8,28). Y como vemos en esta lectura y otras muchas que podríamos seleccionar, Dios tiene una voluntad sobre cómo ha de ser nuestra conducta en este mundo, que debe estar integrada por actos religiosos y también por actos, digamos, profanos. Entiendo por actos profanos aquellos que no se dirigen inmediatamente a Dios, sino a las cosas del mundo, a la atención de las propias necesidades y también ajenas de esta vida terrena.
El hombre es el único ser en el mundo semejante a Dios, que le puede conocer, agradecer, alabar, reconocer, amar. Es tan importante este fin del hombre, que para él ha creado todo el resto de la creación. La vida ciudadana, la familia, el necesario trabajo, toda actividad que desarrolle los dones que Dios ha puesto en nuestras manos, deben integrarse en un conjunto, inspirado por la palabra de Dios, donde se realice y brille la fe en la bondad y amor de Dios. Por eso no es buen cristiano quien vacía su vida religiosa de deberes profesionales o sociales, ni lo es el que en el otro extremo prescinde de Dios en su vida y se limita a simplemente a no hacer mal a nadie. Cristo condenará en el juicio final a los que se limiten a no hacer el mal. Al comienzo de la misa pedimos perdón también por los pecados de omisión.
La segunda lectura desarrolla la explicación de la Iglesia como cuerpo de Cristo, que es su cabeza y fuente de vida, siendo sus miembros todos nosotros, animados por el Espíritu, que nos da Cristo y hemos recibido en el bautismo y la confirmación. El mismo Espíritu suscita en cada uno misiones diferentes y complementarias, que sirven al conjunto de la Iglesia en el cumplimiento de su misión en el mundo. Misiones y ministerios diferentes son los propios del Papa, los de los obispos, sacerdotes, profesores de teología, padres y madres de familia, religiosos y religiosas, etc. Es imposible hacer una lista completa. Lo importante es estar activo.
Pero quisiera advertir una cosa. Un miembro del cuerpo, por ejemplo el oído, necesita que participe de la vida del conjunto para oír y distinguir los diversos sonidos. Cada uno de nosotros necesitamos de la participación del Espíritu para poder servir a la Iglesia. Por eso la unión con Cristo por los sacramentos, la oración y las virtudes sobrenaturales (fe, esperanza y caridad). Por eso es tan importante la misa dominical. Nos pone al pie de la cruz; en ella el Corazón de Jesús nos da a beber del agua y sangre que brotan de su costado y nos da una inyección de Espíritu que renueva nuestras fuerzas espirituales.
El texto del evangelio contiene primero los cuatro versículos del comienzo del libro y luego salta los misterios de la infancia de Jesús, su bautismo y tentaciones, y nos lleva directamente al comienzo de su apostolado. En rigor no parece que Jesús empezase su obra apostólica en Nazaret, pero a Lucas interesa subrayar que Jesús, lleno del Espíritu Santo en el bautismo, es llevado por su fuerza a la oración del desierto y en toda su vida apostólica, y que esto cumplía lo predicho por Isaías en las profecías del Siervo, que anuncian lo más destacado de la figura del Mesías.
“El Espíritu Santo está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos (del pecado) la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor… Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír”. Lucas quiere subrayar que la humanidad de Cristo fue capaz de ser instrumento y transparentar la presencia de Dios porque el Espíritu Santo habitaba en ella. Lucas indica también, cuando recuerda las últimas recomendaciones de Jesús antes de la ascensión, que ese mismo Espíritu Santo necesitaban los apóstoles y todos los creyentes para realizar su misión. Por eso les dice: “Quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto” (Lc 26,49).
Recordemos que estamos en el Año de la fe. Para testimoniar nuestra fe y dar razón de ella (1Pe 3,15) debemos estudiarla, sí; pero sobre todo debemos pedir que el Espíritu Santo nos llene. Esto es lo que hizo aquella primera comunidad de Jerusalén y por eso fue tan fecunda. Esto deben hacer las familias, las personas, los grupos, las parroquias.
Que María Santísima, que por obra del Espíritu fue hecha Madre de Dios, como Madre también de la Iglesia, nos alcance esa gracia.



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