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Homilía del 21º Domingo TO (B), 26 de Agosto del 2012

Palabras de vida eterna

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Jos 24, 1-2. 15-18; S 33; Ef 5, 21-32; Jn 6, 51-69




El texto del evangelio de hoy pertenece a la parte final del capítulo 6 de San Juan, dedicado al misterio de la Eucaristía y al que con el de hoy dedica la Iglesia cinco domingos seguidos, lo que indica su gran importancia. No habiendo podido explicarles la perícopa del domingo pasado, la he añadido precediendo a la de hoy para que la explicación no quede incompleta.
Resumo el hilo de las ideas que Jesús ha desarrollado. Les ha prometido un pan, mejor que el multiplicado, que bajará del cielo y que es el que da la vida sobrenatural; quitará el hambre y la sed y es Jesús mismo; ese pan será su propia carne. Se necesitará tener fe, pero quien la tenga y coma vivirá para siempre. Esto será así y Jesús lo reafirma del modo más enfático; porque –concluye –“el que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él; porque el Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre. Y del mismo modo el que me come vivirá por mí”. Jesús ha llegado así al punto culminante. Nada parecido se podría ni soñar del maná de Moisés, del pan aquel que comieron sus padres. No se puede ni comparar una cosa con otra.
Esto, además, lo dice Jesús en plena sinagoga de Cafarnaúm, “enseñando” dice el texto. ¿Es con motivo de la reunión del sábado? No lo sabemos; pero la seriedad del contexto, el tono, la rigurosidad, la insistencia no permiten la menor duda sobre el sentido de sus palabras. Jesús asegura –“en verdad, en verdad les digo”– que su pan son su carne y su sangre, que habrán de ser comidos y bebidos y comunicarán la vida de Jesús; porque harán que Jesús viva en quien le comió y que éste viva en Jesús. De esta forma Jesús transformará al que comulga y éste se transformará en Jesús, “vivirá” por Él. Y para siempre, porque su vivir es participar de la vida de Jesús resucitado, que no muere más.
Nada semejante se había dicho nunca en Israel. Tales afirmaciones provocan el rechazo de la gran mayoría, aun entre quienes hasta entonces habían sintonizado con su enseñanza. Pero aquello era ya demasiado: “Este modo de hablar es duro. ¿Quién puede hacerle caso?”.
La respuesta de Jesús se hace a su vez tajante, clara, exigente y sin concesiones: ¿Cómo van a poder creer esto ustedes? Imposible. ¿Y cuando Yo, éste hombre, el Hijo del hombre, el que existía desde el principio y vino del Cielo, suba y me siente a la derecha del Padre para juzgar a todos los hombres? “Ya les he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede”. Con su sola razón no entenderán jamás nada, porque “la carne de nada sirve”. “El Espíritu es quien da la vida”, la vida de la que yo hablo; la que no muere, la que solo puede dar el Hijo, la vida sobrenatural, la que hace al hombre hijo de Dios. De esa vida hablo Yo; por eso “las palabras que les he dicho son espíritu y vida”. Vienen del Espíritu de Dios y en quien las recibe surge el espíritu y aparece la vida.
Jesús ha hablado claro; Jesús lo ha dicho todo. Pero no son pocos los que no pueden creer tales maravillas. “Nadie lo puede si el Padre no se lo concede”. Se van; es demasiado para ellos. Creer no es fácil, incluso entre los doce hay dudas. “Desde entonces muchos discípulos suyos se retiraron y ya no andaban con Él”. Es en la vida de Jesús uno de los momentos más decisivos y más graves.
“Entonces Jesús dijo a los doce: ¿También ustedes quieren irse?”. Podemos imaginar que les mira a los ojos uno a uno y su mirada penetra hasta el fondo del alma. “Pero Simón Pedro contestó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. El sentido de la respuesta es que su palabra obra lo que significa. Es palabra que realiza el don de la vida eterna; es palabra del “Santo”; palabra que hace del pan el cuerpo de Cristo; palabra que incorpora y da ese cuerpo humano en que Dios está cercano y actúa curando, perdonando, salvando. “El Santo” era, sobre todo, el Mesías (Mc 1,24); y lo menos que hay que aceptar en la respuesta de Pedro es su fe en que Jesús es el Mesías, esperanza y salvador de Israel. Pero, cuando Juan lo usa en su evangelio al final del siglo I, “Santo” tiene sentido divino, como autor de la vida (Hch 3,14; 4,27.30; Jn 10,36). 
Cuando cada domingo tomamos el camino para participar en la Eucaristía, ojalá nos veamos retratados en cualquiera de los doce, mejor en Pedro. Venimos a escuchar a quien tiene “palabras de vida eterna”. Venimos porque estamos invitados al banquete del Hijo de Dios hecho hombre, a tener un encuentro con ese Jesús, cuyo cuerpo sana y da vida a todo lo que toca. Y escuchamos la palabra de Dios como lo que es: palabra que nos abre la puerta de la vida, la puerta del Amor, la puerta del Corazón de Cristo; y también abre nuestro propio corazón para que la vida de Dios entre en él. Cada domingo, por ello, dejémonos sumergir en ese océano de gracia y de amor que son la Eucaristía y las palabras de vida eterna de Jesús, que están y se nos dan en la Iglesia. 
Pidamos sin temor, invoquemos a María nuestra Madre para que todo esto se haga en nosotros una gran realidad, pues “de verdad somos hijos de Dios”.


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