Páginas

Homilías - Su carne para la vida del mundo - Domingo 18° T.O. (B)




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.†

Lecturas: 1R 19,4-8; S 33; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-52



Sigue este evangelio con la promesa de la Eucaristía en Cafarnaúm al día siguiente del milagro de la multiplicación de los panes y peces. Jesús ha pedido fe y les ha dicho que el Padre les quiere dar otro pan, que viene del cielo, que da vida y es Él mismo. Así nadie tendría ya hambre ni sed.

El texto da ahora un pequeño salto que contiene una reafirmación de esta necesidad de fe. Fe que es una gracia del Padre, que envió a su Hijo para que quien crea en Él obtenga la vida eterna.

Prosigue ahora el evangelio con el texto que ustedes han escuchado. A los “judíos” –nota Juan– les ha sonado mal eso de que “Yo soy el pan vivo, que he bajado del cielo” y lo condenan por lo bajo. Hago notar que Juan llama “judíos” a los fariseos, saduceos, escribas y doctores de la ley, que aparecen en los sinópticos como adversarios y críticos sistemáticos de todo lo que hace y dice Jesús. Tal vez sea porque Juan escribe hacia final de siglo, cuando Jerusalén y el templo han sido destruidos en el año 70 por los romanos, ha desaparecido el estado judío y muchos de sus habitantes han dejado Palestina. Los que quedan se unen muy estrechamente para conservar y defender su fe y costumbres con mucha intransigencia. Son los herederos ideológicos de los antiguos enemigos de Jesús, los más judíos entre los judíos. No admiten opiniones ni costumbres distintas, y menos contactos con los judíos convertidos a la fe cristiana. Estos son como renegados y no connacionales. El rechazo de los judíos “de verdad” al mensaje de Cristo es cerrado. De aquí que Juan llame “judíos” a los adversarios de Jesús durante su vida pública. Usa el término con este sentido hasta 60 veces.

“Criticaban los judíos a Jesús porque había dicho «yo soy el pan bajado del cielo» y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?”. Este verso indica cómo Jesús, hasta su bautismo por Juan Bautista, había vivido en su familia como una persona más sin nada que lo señalase como extraordinario. La mención de los padres tiene un sentido de desprecio; no destacaban por nada. Pero lo que más les indignaba de las palabras de Jesús, es la afirmación de que había “bajado del cielo”. ¿Entendían que se llamaba a sí mismo Hijo de Dios? Desde luego en el Antiguo Testamento de nadie, ni siquiera de Abrahán o Moisés se decía que “hubiera bajado del cielo”.

La respuesta de Jesús explica que para poder creer lo que ha dicho, a lo que llama “ir a Él” –“nadie puede venir a mí”–, es necesario que “lo traiga el Padre –es decir Dios Padre– que me ha enviado”. Necesario que lo traiga el Padre. La fe no es el resultado del esfuerzo intelectual del hombre. Previa al acto del hombre es la llamada de Dios al hombre. En el acto de fe, con el que el hombre “va a Dios”, se necesita que Dios venga antes al encuentro del hombre y llame a su corazón; por eso la fe es una gracia; Dios viene al encuentro, encuentro al que nada ni nadie le puede obligar –por eso es gracia–, y el que será creyente lo acoge.

Jesús señala expresamente que esa gracia viene del “Padre, que me ha enviado”. Es muy claro que Jesús habla aquí de Dios y que manifiesta que Él es su Hijo. Y prosigue afirmando que al que acepte esa invitación del Padre, Jesús “le resucitará en el último día”, que para un creyente judío es claro que es el día del juicio final.

Vuelve a repetir la idea de la fe y su gratuidad, añadiendo otra idea que enriquece y completa lo dicho de una forma muy propia de Juan: “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a Mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios: Ése ha visto al Padre”. Repite la idea de que Él es el Hijo de Dios, que tanto rechazan ellos, y añade otra cosa: “En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida”. Jesús habla dando a sus palabras el mayor acento de verdad que puede: “Los padres de ustedes comieron en el desierto el maná y murieron: éste es –es decir Yo soy– el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre”. Repite lo dicho y añade todavía: “Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Resumiendo: Con una fuerza inusitada, que no ha puesto hasta ahora Jesús a ninguna de sus palabras, Jesús, después de haber preparado a sus oyentes con el milagro de la multiplicación de panes y peces, ha afirmado la realidad de que Él es el pan que viene del cielo, que Él es el Hijo de Dios, que ha visto al Padre, que el Padre lo ha enviado para que dé la vida eterna a quien lo coma, que quien coma de ese pan vivirá siempre y que ese pan es su carne, es decir toda su persona con toda su riqueza de hombre verdadero y de Dios, el Hijo, engendrado y nacido de una mujer, María.

Todo esto se va a realizar un día. Nadie sabe entonces cómo. El cómo se desvelará un año más tarde en la Última cena. El misterio se desvela ahora en nuestra Eucaristía. La Eucaristía provoca nuestra fe: éste es el misterio de nuestra fe. Con el don de la fe que nos atrae, los creyentes tenemos la alegría de tener a Jesús a nuestro alcance, de meterlo en nuestro interior más hondo, para que con nuestro amor y nuestra fe entremos en lo más profundo de su Corazón y nos transformemos más y más radicalmente en hijos de Dios a imagen de Jesús. ¿Nos va a extrañar que en nosotros se repitan sus milagros?: ¿Que sus manos, que sanaban, nos sanen a nosotros? ¿Que su voz, que resucitaba muertos y expulsaba demonios, nos dé vida y fuerza? ¿Que en nuestra intimidad con Él, cuando nos explique las Escrituras, conmovidos tengamos que reconocer que “nadie habla como Él”?

“Cuando Jesús está presente, todo es bueno y no parece cosa difícil… Si Jesús habla una sola palabra, gran consolación se siente… Estar sin Jesús es grave infierno; estar con Jesús es dulce paraíso… El que halla a Jesús, halla un buen tesoro. Y el que pierde a Jesús, pierde muy mucho y más que todo el mundo” (Kempis, Imit. de Cristo, l. 2, c. 8).





Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

...


P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog



No hay comentarios:

Publicar un comentario