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El orden del Universo: camino para la ciencia y para Dios (1).

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


Anteriormente probamos cómo la razón puede llegar y de hecho ha llegado a demostrar que Dios, como necesario creador del conjunto de seres que comenzaron y comienzan a existir, es una realidad existente. Lo probamos con el principio metafísico de causalidad, que la ciencia supone y utiliza constantemente en sus investigaciones. Si el principio metafísico de causalidad no fuese real, no habría ciencia. Con ese principio y tomando como punto de partida la existencia real del mundo, hemos demostrado que ese ser, al que llamamos Dios en castellano, existe, es una realidad.

Muy popular es la prueba basada en la existencia del orden en el universo. Para las personas profesionalmente dedicadas a las ciencias experimentales este argumento resulta especialmente persuasivo. Cierto que el universo que conocemos está sujeto a un orden tanto en el sistema total como en otros más reducidos. Gracias a ello podemos conocer con exactitud cuándo se producirá un eclipse o dónde estará el sol en una fecha que nos prefijemos. Este orden es tenido en cuenta en el uso que hacemos de la naturaleza. Este orden se da en los cuerpos inanimados y también en los vivientes. Cada cuerpo de un viviente está perfectamente ordenado y organizado. Cuando más amplio y profundo su estudio más admiración produce.

Este orden tiene algunas características: Es una realidad compuesta de muchos seres. Están en movimiento continuo; es un orden dinámico; sus mismos componentes están en continuo cambio y se mantienen constantes muchos de estos cambios; y esta ordenado (con sistemas parciales y complejos) de modo finalístico. Tal finalidad aparece clara, aunque no siempre (la naturaleza tiene también misterio). Los elementos de los ojos están ordenados para ver; la distancia del sol a la tierra es la apta para que se den las estaciones, etc. Existe, pues, un orden complicadísimo y constante en el universo.

Pero es característico de un orden (y más en el caso de un orden dinámico, constante y finalístico) la intervención del fin al que se orienta, que combina las acciones y dinámicas parciales. Es decir que el fin actúa en las causas antes de existir de hecho. Esto sólo es posible si tal fin es conocido y querido antes de que exista. Pero esto sólo es posible para una causa inteligente. La razón suficiente de la constancia del orden (y más si es finalístico) no está en cada uno de los seres sino fuera de ellos, en una causa ajena e inteligente (que es la única que puede intentar y ver lo que aun no existe) que lo haya intentado.

Esta causa debe estar dotada de una inteligencia cuasi-infinita y cuasi-omnipotente, pues asegura la existencia de un universo tan enorme y complicado, que, pese al enorme grado de conocimientos alcanzado por el hombre en tantos años, todavía no ha sido desentrañado del todo. Tal causa podría ser ya Dios, el ser necesario; pero hay que reconocer que el argumento no llega a probar la existencia de un creador ordenador y también ser necesario. Para concluir con toda certeza metafísica en la existencia de Dios, el ser necesario y no hecho, el argumento hay que entroncarlo en el que ya se expuso: la existencia de un ser hecho demuestra que tiene que existir Dios, el ser increado no hecho. Se vuelve así al argumento anterior. Pero el argumento del orden resalta más la necesaria inteligencia, voluntad, personalidad espiritualidad y providencia de Dios, que aparecen en esa voluntad ordenadora de Dios.

A esta ventaja se añade que la existencia de ese orden y de órdenes inferiores sujetos al superior es clarísima para el mundo científico, de forma que con frecuencia se pueden calcular distancias y tiempos con extraordinaria precisión, como en el caso de eclipses y conjunciones de planetas. Como hecho real no hay científico que dude de la existencia de tal orden. Sin suponerlo no habría ciencia. El orden en el universo se considera tan real que en cualquier fenómeno físico la ciencia busca identificar sus componentes y las leyes que lo rigen y hacen lo posible; incluso trata siempre de encontrar una ley matemática que lo formule, pues lo consideran así de constante y preciso.

Entre los seres vivos especialmente maravillan una y otra vez a los científicos los órganos e instintos en los seres vivos. El instinto de las abejas soluciona en los panales el problema de gastar el mínimo de material obteniendo el máximo espacio para almacenamiento de la miel. Los procesos vitales como el clorofílico, con el que la planta absorbe oxígeno en la noche y lo produce en el día y otros muchos en los animales, son la admiración del entendimiento humano, cuando los descubre.

Ese orden es tal que, si por ejemplo variase brevemente la fuerza de la gravedad sería imposible la vida del hombre sobre la tierra. En el caso de nuestro planeta tierra, si las condiciones de su movimiento variasen ligeramente (por ejemplo la orientación del eje de rotación) la vida del hombre hubiera sido imposible. Es lo que se llama “principio antrópico”.

La ciencia constata estos hechos y otros muchos. No incursiona en el problema de Dios, porque no es su objeto de estudio. Pero el hombre busca respuestas últimas que le den una respuesta satisfactoria a sus interrogantes espontáneos sobre qué significan estos y otros hechos tan ciertos y seguros. Estas preguntas no son de mentes enfermas sino de cualquiera y son más tenaces en los más inteligentes.



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