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Matrimonios: Ser sarmientos de la única Vid, 1º Parte

P. Vicente Gallo, S.J.




“Oigamos de nuevo las palabras de Jesús: ‘Yo soy la vid verdadera y mi Padre el viñador; ... permaneced en mí y yo en vosotros’ (Jn 15, 1-4). Con estas sencillas palabras se nos revela la misteriosa comunión que vincula en unidad al Señor con los Discípulos, a Cristo con los bautizados; una comunión viva y vivificante, por la cuál los cristianos ya no se pertenecen a sí mismos sino que son propiedad de Cristo, como los sarmientos unidos a la vid. La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del Espíritu Santo”.


“Jesús continúa: ‘Yo soy la vid; vosotros los sarmientos’ (Jn 15, 5). La comunión de los cristianos entre sí nace de la comunión con Cristo: todos somos sarmientos de la única vid que es Cristo. El Señor Jesús nos indica que esta comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la vida íntima del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por ella pide Jesús ‘Que todos sean uno: como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado’ (Jn 17, 21). Esta comunión es el misterio mismo de la Iglesia”, dice Juan Pablo II (CL 18)



1. Ministerios, Servicio y carismas


“La misión salvífica de la Iglesia, en nuestro mundo, se lleva a cabo no sólo por los ministros que tiene en virtud del sacramento de Orden, sino también por todos los fieles laicos. Estos, en virtud de su condición bautismal y de su vocación específica, participan, en efecto, en el oficio sacerdotal, profético y regio de Jesucristo, cada uno en su propia medida”, dice el Papa (CL 23). “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, va haciendo y dirige al pueblo sacerdotal, realiza el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo, y lo ofrece en nombre de todo el pueblo de Dios” (LG 10). Esos ministros son los Obispos, Presbíteros y Diáconos.

Pero hay otros “ministerios” que proceden de los otros Sacramentos, por los que nos incorporamos a Cristo y nos hacen su Iglesia, como el Bautismo, la Confirmación y el Matrimonio. Por ejemplo, presidir oraciones litúrgicas, ejercitar el ministerio de la Palabra, dar la sagrada Comunión y aun el Bautismo, allí donde los Presbíteros difícilmente podrían hacerlo, aunque dependiendo de la autoridad de ellos. Son ministerios para ejercerlos los laicos. No para que los Presbíteros sean suplantados o se abstengan de hacerlo; sino porque no pueden llegar a ello y lo delegan.

Además de esos “ministerios”, los fieles laicos pueden ejercer también legítimamente otros oficios responsabilizándose de algunos servicios, parroquiales o no, para los que no es necesario ser sacerdote; cumplen oficios eclesiales como catequesis bautismal o de primera Comunión, o para la Confirmación o el Matrimonio, catequesis familiar, preparación de los enfermos para sufrir con Cristo y morir si es necesario, y también algunas funciones en la liturgia, como acolitar, leer la Palabra, hacer las Preces por la Iglesia y el mundo, etc.

Hay, también, otros dones del Espíritu Santo, que se llaman carismas, igualmente para el bien de la Iglesia en su misión de salvar al mundo. Son cualidades especiales para servir a la Evangelización y a la edificación de la Iglesia en el mundo: el don de la palabra, el don de interpretarla, el don de enseñar (en charlas o en retiros), el don de discernir, de organizar, de administrar, y también el don de la música, y de lenguas. No sólo como dones naturales, sino dados especialmente por el Espíritu Santo para beneficio de la Comunidad. Siempre bajo la autoridad y vigilancia de quienes tienen su ministerio por el sacramento del Orden, que personifican en la Iglesia a Cristo el Pastor.

De todos modos, la Iglesia está siempre dirigida por el Espíritu Santo, que es quien distribuye los ministerios, los servicios y los carismas como El quiere, para la edificación del Cuerpo de Cristo y el cumplimiento de su misión salvadora que trajo del Padre a favor del mundo. Con esa unión de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, organizados por el Espíritu de esa manera, es como fructificarán para el Padre los sarmientos de la única Vid (Jn 15, 1-8).

En la Iglesia surgen también diversos Movimientos Laicales y diversos modos de Vida Consagrada. Igualmente entre ellos debe brillar la Unidad de un mismo Cuerpo. Una sola es la Vid de todos esos sarmientos. Uno solo es el Cuerpo de todos esos diversos modos de ser miembros. Ninguno de ellos se pertenecen a sí mismos, sino a Cristo, como miembros, como sarmientos de la Vid. “Siendo muchos, no forman sino un solo Cuerpo en Jesucristo, siendo, cada uno por su parte, los unos miembros de los otros” (Rm 12,5, y 1Co 12,12-26). “Pero siempre “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu” (Ef 4, 4), aunque mantengan cada uno sus maneras peculiares de ser y de hacer.

En consecuencia, no es cristianamente honesto “comulgar en la Eucaristía” si no vivimos de hecho esa “unidad del Cuerpo del Señor” (1Co 11, 18-29), como se hace con tanta frecuencia “comulgando” unos y otros sin tener ni querer tal unidad entre los Movimientos o entre sus miembros. Además de poco honesto, resulta estéril en la actividad apostólica que unos y otros pretendan por su parte; pues Jesús oró al Padre: “Que todos sean uno, como Tú, Padre en mí y yo en Ti, que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 21).

Más aún : al hablar de “Comunión” en la Iglesia, no nos referimos principalmente a la comunión en la Eucaristía, sino a “la comunión con Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo” (CL 19). Es eso a lo que llamamos “Comunión de los santos” en nuestro Credo, como parte esencial de nuestra fe. Cada fiel laico se encuentra en esa relación con todo el Cuerpo y le ofrece su propia aportación, cada uno con sus peculiares dones o carismas hechos servicios en la Iglesia de Jesucristo.


Todo “lo santo”, en la pertenencia de cada uno a Cristo, es el tesoro de la Iglesia; y todo ello pertenece a todos y a cada uno de los fieles, miembros del mismo Cuerpo. De esa manera, cada fiel es partícipe de la santidad de los otros, igual que con su propia santidad hace santa a la Iglesia que es la única Vid y el único Cuerpo. Unidos siempre con Cristo en comunión de vida, de caridad y de verdad, siendo todo ello fruto del mismo Espíritu Santo; todos juntos, somos el Reino de Dios.


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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