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Homilía: Domingo 2º de Cuaresma (C)







Lecturas: Gn 15,5-12.17-18; Flp 3,17-4,1; Lc 9,28-36

Cristo habita en mí

P. José R. Martínez Galdeano, S.J.


Recordemos que en Cuaresma la Iglesia nos llama a todos a mejorar a fondo la calidad de nuestra vida cristiana. Este esfuerzo no ha de limitarse a la conducta moral. Debe llegar a las fuentes mismas de la vida cristiana. Sabemos que esta fuente es Jesucristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. Todo sarmiento que no está unido a mí no dará fruto”.

Como verdad no hay que dudar de que todos lo sabemos muy bien. Incluso podemos afirmar que la Iglesia lo vive así y de alguna manera también nosotros. A lo largo del año litúrgico el plato fuerte de reflexión cristiana es el texto del evangelio y la figura y palabras de Jesús y la vida de piedad tiene como culmen la Eucaristía, sacrificio, sacramento, presencia y alimento del mismo Jesús resucitado.

Lo dicho es verdad; pero no hay que olvidar lo que recordamos el domingo pasado: que el Demonio está siempre husmeando para aprovechar cualquier descuido nuestro y engañarnos por el mal camino. Diríamos que los virus del error y de la mentira flotan en el aire espiritual que respiramos, tan materialista, y circulan siempre por las venas y arterias de la Iglesia con peligro de causar graves enfermedades. Entre nosotros hay todavía engañados que, para decirlo con brevedad, creen que la Iglesia como fin fundamental no tiene el de promover la fe en Jesucristo, sino el de hacer una sociedad más justa y acabar con la pobreza del mundo. Y digo “todavía” porque la Iglesia lleva años explicando las cosas.

Claro que la acción de la Iglesia y la vida según el Evangelio traen como consecuencia resultados favorables para vida social, mejora de las costumbres, sentido del deber, honradez y predisposición para ayudar al prójimo y colaborar comunitariamente. Pero no la fundó para ello Jesucristo. La misión que Jesús le confió fue la de dar a conocer a todos los hombres que Él, el Hijo de Dios, se había hecho hombre, había muerto por sus pecados, había resucitado, les había conseguido y traído su perdón, y les quería comunicar las riquezas de su vida, haciéndolos verdaderos hijos de Dios, en este mundo y durante toda la eternidad.

Peste de la cultura de hoy es la de ideologización. Es una enfermedad muy dañina. Basta lograr una idea de por dónde van las cosas políticas y sociales, explicarse cómo va y por dónde va a ir el mundo y así prever el futuro como quien se adapta a las olas o al clima con más o menos ropa. Cristianismo reducido a código moral o mera explicación del universo. Ni una cosa ni otra.

El Cristianismo, el Reino de Dios es Cristo mismo. Se trata de una relación personal con Cristo, de alcanzar a Cristo.

Hoy se nos presenta el hecho y misterio de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Escogió a los especialmente predilectos, se les manifiesta en la oración, les abre el futuro de la Pasión y el futuro de la gloria. Los teólogos piensan que Jesús se manifestó en el Tabor para fortalecer su fe y prepararles para superar la prueba de la Pasión. De hecho San Pedro y San Juan hablan de este gran momento: “Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1Jn 1,3). “Les hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad” (2Pe 1,16).

Todo el Antiguo Testamento (Moisés y Elías) habla de Cristo y se realiza y apunta a Cristo. Es el hijo de la mujer que aplastará la cabeza de Satán, el descendiente de Abraham con infinidad de hermanos, el nuevo Moisés y el nuevo David, el mayor de los profetas, todo apunta a Cristo, todo culmina en Cristo, todo se realiza en Cristo. Toda la revelación y la historia hay que interpretarlas desde esta perspectiva.

La Iglesia solo tiene como sentido y fin darnos a Cristo. Los sacramentos valen algo porque nos comunican la gracia de Cristo, el perdón de Cristo, la fuerza de Cristo, la vida de Cristo, a Cristo mismo.

En la carta a los Filipenses un poco antes de lo que hemos escuchado en la segunda lectura podemos leer: “Pero lo que eran para mi grandes ventajas –se refiere a su origen judío y a su prestigio por el fervor con que seguía la ley de Moisés, antes de su conversión– lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, para conocerle a él, el poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a él en su muerte tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto, pero continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo hermanos no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que está por detrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (3,7-16).

Acentuemos, pues, durante esta cuaresma el deseo de encontrarnos con Cristo mismo. Él mismo está en la Eucaristía, presidiendo y ofreciendo el sacrificio por nuestros pecados. Él nos habla en la Escritura y en la palabra de la Iglesia. El mismo espera nuestro saludo y visita en el Santísimo Sacramento. El nos perdona en el sacramento de la penitencia, nos da su Espíritu, nos inspira y ayuda con su gracia para perdonar, para hacer una obra buena, una limosna, una oración.

Pidamos especialmente para que esa unidad con Cristo sea en nuestra vida algo normal. “Cristo vive en mí”, como podía decir San Pablo.

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