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Desafíos para una renovada Pastoral Social en la perspectiva de la Misión Continental – 4º Parte


CONFERENCIA DE LA X SEMANA SOCIAL NACIONAL
Perú, Noviembre 11-14 del 2008

Leonidas Ortiz Lozada, Pbro.
Director del Observatorio Pastoral del CELAM
Secretario Ejecutivo de la Comisión de la Misión Continental


5. Aparecida: La misión social de la Iglesia como comunicación de una vida plena en Jesucristo.

5.1. Los desafíos de la época

En el campo socio-económico y político

La década del 80, preparatoria a Santo Domingo, fue llamada la “década perdida”. Desde la década del 90 hasta nuestros días ha primado el fenómeno de la exclusión social.

La situación del empleo, la calidad de la educación y el acceso a la tierra, a la vivienda y a la salud son cada vez más dramáticos, debido al tipo de globalización que se ha venido promoviendo, inspirada en el neoliberalismo económico. La liberalización, la privatización y la desregulación económica, fruto del Consenso de Washington, han aumentado el número de pobres y excluidos en todos los sectores de la población.

A esto se sumó la realidad socio-política de nuestros países y la corrupción de nuestros gobernantes en diversos campos. Fernando Color de Melo en Brasil, Carlos Andrés Pérez en Venezuela y Jaime Abdalá Bucaram en Ecuador fueron acusados y juzgados por fraude y por enriquecimiento ilícito; otros como Carlos Salinas de Gortari y Jaime Paz Zamora fueron vinculados a tráfico de drogas, contrabando y asesinatos; y Alberto Fujimori es acusado y está siendo juzgado por múltiples violaciones a los derechos humanos.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 por parte de miembros de la red de Al-Qaeda afectó sensiblemente la vida, no solo de los norteamericanos, sino de todos los habitantes del mundo. La economía, que ya había dado muestras de agotamiento con la pérdida de más de un millón de empleos en el sector industrial de Estados Unidos, entró una fase de recesión: se redujo fuertemente el consumo, lo mismo que la demanda de vuelos internacionales y se aumentaron hasta el límite las medidas de seguridad.

En el contexto eclesial

A partir de Santo Domingo, y con el liderazgo de la Comisión de Acción Social-CEAS de Perú y el Departamento de Pastoral Social-DEPAS del CELAM, se inicia la “Pastoral de los Derechos Humanos”. Se realizaron varios Encuentros Latinoamericanos, lo cual fue inspirador para el Pontificio Consejo Justicia y Paz, que convocó a un Congreso Mundial sobre el tema. Los Derechos Humanos se convirtieron en el eje vertebrador de la Pastoral Social.

También surgió la Pastoral de la Ecología y del Medio Ambiente. Varias Conferencias Episcopales publican mensajes pastorales sobre este tema. Algunas áreas pastorales específicas reciben un nuevo impulso. La Pastoral de la Salud, la Pastoral Penitenciaria, la Pastoral de la Infancia y la Pastoral de la Tierra adquieren una nueva dinámica en el Continente. La Economía Solidaria se fortalece, en el contexto de la globalización de la solidaridad. Se realizan importantes encuentros sobre este tema. Se ayuda a la formación de agentes pastorales que trabajan con drogadictos, niños de la calle y enfermos de VIH/SIDA.

Se fortalece igualmente la formación en DSI y se da un nuevo impulso al trabajo que vienen realizando en este campo el ILADES en Chile, el IMDOSOC en México, el SPEC en Colombia, el CEAS en Perú y, en general, las Comisiones Episcopales de Pastoral Social.

El XIII Congreso Latinoamericano de Caritas se dedica a la Promoción Humana y la Evangelización; el DEPAS organiza un Seminario en Brasilia sobre Promoción Humana en las Megápolis.

Nace la Fundación Populorum Progressio (1992), al servicio de la promoción integral de los pueblos indígenas y campesinos de América Latina, erigida por el Papa Juan Pablo II.

El Santo Padre convoca la Asamblea Especial del Sínodo para América en 1997, en el contexto de la preparación para el nuevo milenio. La Exhortación postsinodal se publica en 1999. Se publica también la Encíclica Fides et Ratio, sobre las relaciones entre la fe y la razón, el 14 de septiembre de 1998.

5.2. La misión social de la Iglesia como comunicación de una vida plena en Jesucristo

Los rostros sufrientes que nos duelen hoy

En las Conferencias anteriores, los Obispos buscan responder a los desafíos que le presenta la sociedad en los distintos campos de la actividad humana que tienen su repercusión en la vida de las comunidades y de los pueblos, y que afecta especialmente a los más pobres y abandonados.

En el documento conclusivo se hace una larga enumeración de la multitud de rostros cansados, agotados y llenos de dolor que apenas sobreviven en nuestros pueblos: las comunidades indígenas y afroamericanas; muchas mujeres excluidas; jóvenes sin oportunidades; desempleados, migrantes y desplazados; campesinos sin tierra; niños y niñas sometidos a la prostitución infantil; niños víctimas del aborto; los adictos dependientes; las personas con capacidades diferentes; los portadores de VIH – SIDA; los secuestrados; las víctimas de la violencia; los ancianos solos y abandonados; los detenidos en las cárceles (Cf. DA 65).

Estos rostros de Aparecida están en continuidad con los rostros de los pobres que, en su momento, destacaban tanto Puebla como Santo Domingo. En Puebla se habla de rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer; rostros de jóvenes desorientados y frustrados por falta de oportunidades; rostros de indígenas y afroamericanos, marginados y en situaciones inhumanas; rostros de campesinos, privados de tierra y explotados; rostros de obreros mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos; rostros de subempleados y desempleados; rostros de marginados y hacinados urbanos; rostros de ancianos abandonados[1].

Santo Domingo alarga esta lista nombrando los rostros desfigurados por el hambre; los rostros desilusionados por los políticos; los rostros humillados a causa del desprecio de su cultura; los rostros aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada; los rostros angustiados de los menores abandonados; los rostros sufridos de las mujeres humilladas y postergadas; los rostros cansados de los migrantes; los rostros envejecidos por el tiempo y el trabajo de los que no tienen lo mínimo para sobrevivir dignamente[2].

Descubrir en los rostros sufrientes de los pobres el rostro del Señor (Cf. Mt 25,31-46) es algo que desafía a todos los cristianos a una profunda conversión personal y eclesial.

La situación de los pobres y excluidos contradice el Reino de Vida

La situación de esta muchedumbre de pobres y excluidos es producto, hoy día, de una globalización que sobrepone y condiciona la vida de las personas a la dimensión económica, absolutizando la eficacia y la productividad de una economía de mercado centrada en el lucro (Cf DA 61). La consecuencia de todo esto es la concentración de las riquezas físicas, monetarias y de información en manos de pocos, lo cual lleva al aumento de la desigualdad y a la exclusión (Cf DA 62).

Aparecida habla de una nueva categoría, la exclusión social, que toca en su misma raíz “la pertenencia a la sociedad en la que se vive pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente ‘explotados’ sino ‘sobrantes’ y ‘desechables’” (DA 65).

El documento alerta contra el alarmante nivel de corrupción en los sectores públicos y privados, contra el flagelo del narcotráfico que viene destruyendo el tejido social y económico de los países, contra la explotación laboral que llega a convertirse en verdadera esclavitud y contra los males que pueden ocasionar los Tratados de Libre Comercio a los sectores más desprotegidos. A su vez, se solidariza con los campesinos sin tierra, demandando una Reforma Agraria, y con los migrantes, desplazados y refugiados, exhortando a la sociedad y a las iglesias a cualificar e intensificar su capacidad de acogida (Cf. DA 70-73).

A esto se suma la situación política que, a la par con un cierto progreso democrático, se van dando diversas formas de regresión autoritaria que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de corte neo-populista; y el deterioro de la convivencia social, afectada por “el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera” (DA 78; Cf. 74-82).

Las condiciones de vida de esta muchedumbre de abandonados, excluidos e ignorados, contradicen el proyecto del Padre. El Reino de vida que Jesús nos vino a traer es incompatible con esas situaciones inhumanas y nos interpela a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida (Cf DA 358).

El Evangelio de la Vida y la dignidad humana

Aparecida utiliza la expresión “Reino de Vida”. En diversas ocasiones el documento nos habla del Reino de vida para decirnos, entre otras, cuatro grandes verdades. Ante todo, nos presenta a Jesucristo quien es la Vida e inaugura en medio de nosotros el Reino de vida del Padre. “Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, con palabras y acciones, con su muerte y resurrección, inaugura en medio de nosotros el Reino de vida del Padre, que alcanzará su plenitud allí donde no habrá más ‘muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido’” (Ap 21, 4) (DA 143).

Jesús es, Él mismo, la Palabra de vida (Jn 1, 1-4) y nos dice expresamente que Él es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6), es la resurrección y la vida (Jn 11, 25), y ha venido precisamente para que tengamos vida en abundancia (Jn 10, 10)[3]. Por eso, Pedro le dice: “Señor, tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). (Cf DA 25, 33, 101, 112, 136).

Jesús es vida y nos da su vida en distintas formas: como Buen Pastor que entrega la vida por sus ovejas (Jn 10,14), como palabra de vida (Jn 1, 4), como pan de vida (Jn 6, 26-59)[4], como agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 14). Por eso, la vida eterna consiste en “que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado” (Jn 17, 3)[5].

En segundo lugar, nos dice Aparecida que se trata de un Reino de vida inclusivo, donde todos tenemos cabida: “En su Reino de vida, Jesús incluye a todos: come y bebe con los pecadores (cf. Mc 2, 16), sin importarle que lo traten de comilón y borracho (cf. Mt 11, 19); toca leprosos (cf. Lc 5, 13), deja que una mujer prostituta unja sus pies (cf. Lc 7, 36-50) y, de noche, recibe a Nicodemo para invitarlo a nacer de nuevo (cf. Jn 3, 1-15). Igualmente, invita a sus discípulos a la reconciliación (cf. Mt 5, 24), al amor a los enemigos (cf. Mt 5, 44), a optar por los más pobres (cf. Lc 14, 15-24)” (DA 353).

En tercer lugar, afirma que el Reino de vida es incompatible con situaciones inhumanas: “Pero, las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida. El Reino de vida que Cristo vino a traer es incompatible con esas situaciones inhumanas. Si pretendemos cerrar los ojos ante estas realidades no somos defensores de la vida del Reino y nos situamos en el camino de la muerte: ‘Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte (1Jn 3, 14)’” (DA 358).

Una de las grandes opciones de Aparecida es por la vida: por la vida del ser humano, cualquiera que sea, desde su concepción, en todas sus etapas, hasta la muerte natural, teniendo en cuenta que esa vida es un regalo de Dios, pero también una tarea misionera; por el cuidado del medio ambiente, protegiendo la casa de todos los seres vivos, a fin de que la vida se desarrolle en plenitud[6].

La opción por los pobres en Aparecida se ubica precisamente en este contexto de la vida y de la dignidad humana, a través de un discipulado misionero comprometido y eficaz.

En Aparecida la opción por los pobres se plantea, como dijimos antes, desde la óptica de la VIDA a través de cuatro grandes acciones: a) vivir y comunicar la VIDA NUEVA de Jesucristo a todos, especialmente a los pobres (capítulo 7 de Aparecida); b) rescatar la dignidad humana de quienes han sido vulnerados en su ser como personas e hijos de Dios, privilegiando a quienes viven en la calle, a los enfermos, a los adictos dependientes, a los migrantes y desplazados y a los secuestrados y detenidos en cárceles (capítulo 8); c) proteger la vida de la familia, como santuario de la vida, haciendo énfasis en los niños y niñas, en los adolescentes y jóvenes y en los ancianos (capítulo 9); d) y procurar la liberación integral de nuestros pueblos, especialmente de las comunidades indígenas y afrodescendientes (capítulo 10).

Así pues, en la V Conferencia se reafirma con audacia la opción por los pobres y los Obispos asumen el compromiso de “trabajar para que nuestra Iglesia Latinoamericana y Caribeña siga siendo, con mayor ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio”[7]. En Aparecida se nos presenta a la Iglesia como una comunidad de discípulos misioneros que, en el seguimiento de Jesús, es compañera de camino y casa de acogida fraterna de los pobres y excluidos de la sociedad, con el fin de rescatar y fortalecer su dignidad como personas y como hijos e hijas de Dios.

El Evangelio de la Vida y la opción por los pobres en la línea de la dignidad humana

El documento de Aparecida, cuando se refiere a los aspectos positivos del cambio cultural que se vive en el mundo, destaca el valor fundamental de la persona y la búsqueda del sentido de la vida y la trascendencia. “Este énfasis en el aprecio de la persona abre nuevos horizontes, donde la tradición cristiana adquiere un renovado valor, sobre todo cuando se reconoce en el Verbo encarnado que nace en un pesebre y asume una condición humilde, de pobre” (DA 52).

Sin embargo, al describir los rasgos negativos de la sociedad actual en la dimensión socio-política, afirma que está creciendo progresivamente el desprecio por la vida humana, lo cual se ve reflejado en el aumento de los secuestros y especialmente de los asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera (Cf DA 78). A esto se agrega la aprobación de leyes injustas que estimulan la violación de los derechos humanos, especialmente, el derecho fundamental a la vida, el derecho a la libertad religiosa, la libertad de expresión y la libertad de enseñanza, así como el desprecio a la objeción de conciencia (Cf DA 80).

De otra parte, “la cultura actual tiende a proponer estilos de ser y de vivir contrarios a la naturaleza y dignidad del ser humano. El impacto dominante de los ídolos del poder, la riqueza y el placer efímero se han transformado, por encima del valor de la persona, en la norma máxima de funcionamiento y el criterio decisivo en la organización social” (DA 387).

Como respuesta a esta situación, Aparecida hace una proclama en defensa de la dignidad humana. En primer lugar, exalta el valor supremo de cada hombre y de cada mujer. “El Creador, en efecto, al poner todo lo creado al servicio del ser humano, manifiesta la dignidad de la persona humana e invita a respetarla (cf. Gn 1, 26-30)” (DA 387). En segundo lugar, anuncia que todo ser humano es fruto del amor gratuito y misericordioso de Dios. “La creación del varón y la mujer, a su imagen y semejanza, es un acontecimiento divino de vida, y su fuente es el amor fiel del Señor” (DA 388).

En tercer lugar, proclama que sólo el Señor es el autor y el dueño de la vida; el hombre y la mujer son imágenes vivientes, siempre sagradas, desde su concepción, en todas las etapas de la existencia, hasta su muerte natural y después de la muerte. “La mirada cristiana sobre el ser humano permite percibir su valor que trasciende todo el universo: “Dios nos ha mostrado de modo insuperable cómo ama a cada hombre, y con ello le confiere una dignidad infinita”[8].

En cuarto lugar, afirma que a los cristianos nos corresponde entregar a todas las personas y a las comunidades una vida plena y feliz, a fin de que cada ser humano viva de acuerdo con la dignidad de hijo de Dios. “Nuestra fidelidad al Evangelio nos exige proclamar en todos los areópagos públicos y privados del mundo de hoy, y desde todas las instancias de la vida y misión de la Iglesia, la verdad sobre el ser humano y la dignidad de toda persona humana”(DA 390)

La opción preferencial por los pobres y excluidos se ubica en este contexto fundamental de la preocupación por la dignidad humana; y, por tanto, la primera y esencial tarea del cristiano es trabajar para que tengan una vida plena en Jesucristo, rescatando su dignidad como personas (Cf DA 391).

La misión de la evangelización, la promoción humana y la liberación

Aparecida presenta estos tres elementos como parte constitutiva de la misión de la Iglesia: “Iluminados por Cristo, el sufrimiento, la injusticia y la cruz nos interpelan a vivir como Iglesia samaritana (cf. Lc 10, 25-37), recordando que “la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana”[9].

No hay duda que la Evangelización, o mejor la “Nueva Evangelización”, la Promoción Humana y la Liberación, unido todo esto a la Inculturación del Evangelio, son los grandes desafíos que tiene la Iglesia en este nuevo milenio.

La Nueva Evangelización nos convoca a todos los discípulos misioneros a la santidad, nos apremia a vivir en comunión en la diversidad de vocaciones y a formar comunidades eclesiales vivas y dinámicas, animados por el Espíritu, nos exhorta a asumir una opción por la formación permanente y nos impulsa a anunciar la Buena Noticia del Reinado de Vida a todos los pueblos.

Hay tres momentos en que Aparecida utiliza la expresión “Nueva Evangelización”. En el primero coloca el núcleo de la NE: el encuentro personal con Jesucristo y el discipulado misionero (Cf DA 287). En el segundo ubica la diversidad de métodos de la NE, a partir de la renovación pastoral de las parroquias que favorecen, desde sus diversas comunidades, el encuentro con Jesucristo vivo, transformándose en comunidad de comunidades evangelizadas y misioneras[10]. En el tercero explicita un medio privilegiado de la NE, las pequeñas comunidades: “Para la Nueva Evangelización y para llegar a que los bautizados vivan como auténticos discípulos y misioneros de Cristo, tenemos un medio privilegiado en las pequeñas comunidades eclesiales” (DA 99 e). Finalmente, Aparecida, en la tarea evangelizadora, incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana[11].

La Promoción Humana consiste en pasar de condiciones menos humanas a condiciones más humanas[12], haciendo a la persona sujeto de su propio desarrollo, desde la vida nueva en Jesucristo. La PH debe ser integral, es decir, propiciar el crecimiento de todo el ser humano en sus diversas dimensiones y de todos los seres humanos[13]. Esta doctrina de Gaudium et Spes y de Populorum Progressio es retomada en Aparecida desde la vida plena en Jesucristo, como parte de la misión, con un acento especial en la opción preferencial por los pobres y en la búsqueda de un modelo de desarrollo alternativo.

La “auténtica liberación cristiana integral”. Aparecida habla de “auténtica liberación cristiana” (Cf DA 26, 146), de “liberación integral” (Cf 359,385), de “auténtica liberación” (Cf DA 399) o simplemente de “liberación” (Cf DA 491).

La expresión “auténtica liberación” nos coloca en el proyecto original del Padre que nos creó libres, como personas y como pueblo; por eso, cuando Israel estaba sometido al yugo de la esclavitud, el Señor escuchó los gritos de su pueblo, lo impulsó en su búsqueda de libertad, dándole unidad de destino. “El episodio que originó el Éxodo jamás se borrará de la memoria de Israel. A él se hace referencia cuando, después de la ruina de Jerusalén y el Exilio a Babilonia, se vive en la esperanza de una nueva liberación y, más allá, en la espera de una liberación definitiva. En esta experiencia, Dios es reconocido como el Liberador. El sellará con su pueblo una Nueva Alianza, marcada con el don de su Espíritu y la conversión de los corazones”[14]. El sentido de unidad del pueblo es resaltado por Aparecida cuando afirma: “Reconocemos una profunda vocación a la unidad en el “corazón” de cada hombre, por tener todos el mismo origen y Padre, y por llevar en sí la imagen y semejanza del mismo Dios en su comunión trinitaria (cf. Gen 1, 26)” (DA 523).

Cuando el documento se refiere a la “liberación cristiana” nos ubica en el proyecto del Hijo, que es el Reino de Vida. “Cristo, nuestro Liberador, nos ha librado del pecado, y de la esclavitud de la ley y de la carne, que es la señal de la condición del hombre pecador. Es pues la vida nueva de gracia, fruto de la justificación, la que nos hace libres. Esto significa que la esclavitud más radical es la esclavitud del pecado”[15].

Finalmente, cuando Aparecida habla de “liberación integral”, tiene en cuenta la propuesta de una vida plena para cada persona en todas sus dimensiones y para todas las personas, de todos los tiempos y lugares, por la eficaz presencia del Espíritu, impulsando la transformación de su historia y sus dinamismos[16]. En el aspecto personal, implica dominio interior de sus propios actos, autodeterminación, capacidad de elección del bien moral, crecimiento en lo humano, comunitario, intelectual, espiritual y pastoral, que le permite a cada uno construir su personalidad y plasmar su identidad social[17]. En el aspecto comunitario, implica que los latinoamericanos y caribeños nos reconozcamos como una familia, una y plural, signada por la proximidad, la fraternidad, la solidaridad y la justicia[18].

La tarea de la Inculturación del Evangelio nos impulsa a realizar el encuentro fecundo entre el Evangelio y las diversas culturas existentes en los pueblos de América Latina y El Caribe. “Con la inculturación de la fe, la Iglesia se enriquece con nuevas expresiones y valores, manifestando y celebrando cada vez mejor el misterio de Cristo, logrando unir más la fe con la vida y contribuyendo así a una catolicidad más plena, no solo geográfica, sino también cultural” (DA 479).

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[1] Cf DP 31-39.
[2] Cf SD 178
[3] Cf DA 33, 112, 132, 355
[4] Cf DA 106, 241, 354.
[5] Cf DA 101
[6] Cf DA 417, 472, 474.
[7] DA 396.
[8] Juan Pablo II, Mensaje a los discapacitados, Angelus, 16 de noviembre de1980; DA 388.
[9] DI 3; Cf DA 26
[10] Cf DA 99 e.
[11]Cf DA 146
[12] Cf PP 20
[13] Cf PP 15; GS 76; DA 399.
[14] Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis Nuntius sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, IV, 4.
[15] Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis Nuntius sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, IV, 2.
[16] Cf DA 151.
[17] Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, 27; Cf. DA 280, 479.
[18] Cf DA 524-527.

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Para leer la 1º Parte:
http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com/2009/03/desafios-para-una-renovada-pastoral.html
Para leer la 2º Parte:
http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com/2009/08/desafios-para-una-renovada-pastoral.html
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Para leer la 3º Parte:
http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com/2009/08/desafios-para-una-renovada-pastoral_15.html
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Continuará
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Agradecemos a Roberto Tarazona por compartir esta Conferencia.

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