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¿Las cosas marchan mal? 2º Parte


P. Vicente Gallo S.J.


La situación puede ser amarga e insostenible por encontrar que se están teniendo peleas muy frecuentes y hasta por cosas tontas. Ocurre, quizás, que en su trato mutuo menudean insultos, sarcasmos, rudeza, y aun críticas. Las críticas podemos afirmar que nunca son constructivas, porque siempre producen dolor y heridas en el amor. Es necio apelar a la justificación de que las críticas que se hacen son “críticas constructivas”. No lo son, destruyen.

Puede ser también el caso de los celos, sospechas fundadas o infundadas que hacen sentir inseguridad en la vida de relación. También el caso de muy frecuentes escapes fuera de casa, dice que para hacer deporte, para atender invitaciones en su vida social que resulta ya sospechosa para el otro, o fáciles pretextos para darse al trabajo, quedándose en la oficina hasta las tantas y casi siempre. Acaso, el simple ocurrir que, estando en casa, uno se da demasiado al licor, a la televisión o al internet evadiendo la conversación entre los dos.

Situaciones de esta índole, admiten aún menos que se las deje estar y sin tomar medidas. Pero cuídense: fácilmente ocurre que se caiga en querer poner remedios peores que la enfermedad. Buscar la solución de querer hacer luz razonando para poner las cosas en claro, sin pelearse, sin agresiones, con un buen discutirlo ambos serenamente y, si ello procediera, valiéndose de la presencia de los papás de uno o de ambos, o de un experto en temas de relación matrimonial que les ofrezca confianza; esto es algo que conduce a muy poco ni positivo ni durable. Aunque se eviten por todos los medios las acusaciones y las consiguientes heridas, el beso con el que terminarían sería de “amigos”, para una convivencia sin tormentas, pero con las inevitables olas que mantendrán un ambiente de temor, de angustia, de equilibrio muy poco estable en el deseado buen matrimonio.

Sin entrar por ese camino, abordar la confrontación como la vía eficaz para poner el remedio “de una vez por todas”, podría parecerle, al que se encuentra herido en esa situación, lo más expeditivo y práctico; es la solución a la que se recurre casi siempre, pero con unos efectos negativos que son inevitables. En el mejor de los casos, la situación se aclara y se hace la paz, un armisticio en el que uno queda como vencedor y el otro como vencido, ojalá sin ofensas; pero casi seguro con heridas en el vencido o en los dos, difíciles de curar, que seguirán doliendo, y Dios quiera que no terminen matando la relación de amor en la pareja, siendo peor el remedio que la enfermedad.

En fin, que de nuevo llegamos a concluir, como única solución válida, evitar el camino del intercambio de ideas o el de la confrontación aunque sea civilizada; y adoptar el que proponíamos en los casos anteriores: el diálogo en base a comunicar los sentimientos con amor confiado, y la escucha con todo el corazón. Ayudándose el uno al otro como se lo tienen prometido a Dios desde el día de su Boda, y trabajando de ese modo el vivir en intimidad; sin cansarse nunca, cuando hay luz o cuando hay nubes, y todos los días de su vida.

Siempre. Cuando se está viviendo un ambiente de tristeza en la relación de pareja. Cuando prevalecen sentimientos de desilusión, de aburrimiento, de vida de pareja muy vacía, en larvada soledad de los dos. Cuando un día y otro hay muy pocos detalles o manifestaciones de cariño entre ambos. Cuando los saludos al comienzo del día o al regresar a la casa están teñidos de frialdad. Cuando se detecta que se están haciendo las cosas sin planearlas juntos o haciéndolas cada uno sin contar con el otro y con su ayuda. Cuando conversan juntos, sí, pero de una manera rutinaria, superficial, impersonal, hablando casi siempre de cosas que para nada atañen a su vivir en pareja. Que sea el diálogo desde los sentimientos el camino, siempre al alcance de los dos, para sanear la situación y ponerse a vivir felices su enamoramiento

Mucho más todavía cuando sucede que uno de los dos, o los dos por su parte, sienten indiferencia hacia el otro en lo referente a sus intereses personales, o bien a sus problemas, o a lo que le ocurre en su trabajo. Cuando, ante el interés que el otro pueda manifestar al respecto, el que escucha reacciona con fastidio o con irritación abierta u oculta, con el conocido “¿me puedes dejar en paz?”. Cuando diciéndolo así o sin decirlo, uno se siente mejor comprendido por otros, por sus amigos, por sus padres, por sus familiares, más que por su propio cónyuge. Y cuando uno, egoístamente, se aprovecha de que el otro es bueno o de que desconoce algo, cuando uno manifiesta superioridades, o cuando se lleva siempre para él la parte mejor aun en la comida.

Puede ser también cuando se está teniendo falta de ilusión en la relación mutua, y más si se hace notorio. Cuando cada uno está usando de su dinero como propio y no de los dos, o cada uno hace sus gastos porque quiere y sólo para él. Cuando uno de los dos se queda al margen y se irresponsabiliza de cosas que son de ambos: los pagos de la casa, el mantenimiento diario, los arreglos que hay que hacer, las deudas que se estén contrayendo, y aun la educación de los hijos, que debe ser asunto de los dos en buena armonía.

También cuando uno toma al otro como algo que se tiene seguro. Cuando, en consecuencia, uno ve que el otro pone mayor interés que en su pareja en su estatus o posición humana, y en lo que gana o puede ganar con lo que él/ella vale. Cuando para él o ella lo que cuenta es “mi chequera”, “mis hijos”, “mis amigos”, “mi puesto en el trabajo”, “mi tiempo que es mío e intocable”, y hasta “mi cuerpo”, “mi gimnasio”, “mis masajes”, o “mis perfumes”.

En todos esos casos u otros parecidos, no andemos divagando, ni dando largas; ni tomando caminos de solución aparentemente razonables y eficaces, pero que resultan inútiles o destructivos. Quedémonos siempre con lo único que nunca nos ha defraudado ni puede defraudar: abrirse al otro con una confianza total en el amor, y buscando amarse cada vez más; convirtiendo las situaciones de peligro en la oportunidad para crecer en el amor mutuo. Dialogar desde los sentimientos. Lo venimos repitiendo casi obsesivamente.

Sin estar esperando que sea el otro quien tome la iniciativa para dialogar; y siempre superando todas esas barreras que se cruzan en el camino para el diálogo, o las dudas para hacerlo. Siempre hay que mantenerse firmes en la decisión de amar. Si en la pareja se tienen impuesta la obligación de “dialogar” todos los días, nunca parecerá poco oportuno el hacerlo, y siempre será bienvenido el diálogo que de hecho se está necesitando.

Muchas situaciones se arreglan si cada día se dedican a su vida en pareja algún rato aunque no sea largo. Dedicados al simple gozar su vida de intimidad en el amor y de confianza mutua en el diálogo. Habrá situaciones que necesitarán un tratamiento más intencionado, y emplearán para al asunto un tiempo más largo, quizás un día entero en una casa de vacaciones o en la playa mientras los hijos tienen dónde divertirse y los papás pueden quedarse a solas. Puede bastar, acaso, la tarde de un sábado o de un domingo. Pero dedicándolo a eso: a dialogar con mucho amor acerca de los sentimientos que el uno o los dos están teniendo en esa concreta situación. Para afianzarse de ese modo en el amor de enamoramiento y de verdadera intimidad gozándolo.

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