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Homilías: Sagrada Familia - Familia nueva para una Iglesia nueva (B)




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Eclo 3,2-6.12-14; S. 127; Col 3,12-21; Lc 2,22-40

Las fiestas navideñas tienen una entrañable dimensión familiar. Esta fiesta de la Sagrada Familia subraya el hecho de que Jesús durante la mayor parte de su vida formó parte activa de una familia ejemplar. Era una familia normal, pobre en un pueblito pobre, sacudida por los aconteceres sociales y políticos de su tiempo, como cualquier otra. Fue ciertamente una familia profundamente religiosa. Se respiraba en los muros de su humilde morada la presencia de Dios. La Iglesia se ve reflejada en ella y también estimulada a ser en este mundo la familia de los hijos de Dios. 

 El texto leído pertenece al segundo capítulo del evangelio de San Lucas. Los dos primeros capítulos de San Lucas, que versan sobre la infancia de Jesús, está solidamente documentado que fueron escritos primero en hebreo. Lucas los recogió y pulió algunos detalles lingüísticos (escribe muy bien el griego), pero dejó abundantes huellas del texto primitivo hebreo para no alterar su sabor primitivo. No es hipótesis absurda que su primer origen esté en la Virgen María. 

El texto narra muy claramente el hecho y el por qué debieron hacerlo. Eran una familia profundamente religiosa, Dios estaba en ellos y no dudaron ni un momento el cumplir con la Ley en todos sus detalles. A los cuarenta días del nacimiento del primogénito presentaron al niño al Señor. Eran pobres y entregaron el precio del rescate, dos pichones de paloma, señalado para ellos por la Ley. 

Lucas no se detiene demasiado en los ritos cultuales sino que narra con más amplitud las reacciones y bendiciones de los ancianos Simeón y Ana. Ambos eran personas de Dios. Lo buscaban. Por eso Dios se comunicaba con ellos y aquel día el Espíritu Santo les sugirió ir al Templo y les iluminó para descubrir en aquel niño al Mesías prometido, al Salvador, a la liberación (propiamente el “rescate”) de Jerusalén. Cree y entenderás. Si vivimos con fe, con más fe, veremos a Dios salvador con más frecuencia. El que busca a Dios ciertamente que lo encuentra. 

En aquella familia se cumplía todo lo que prescribía la ley del Señor. Y así “el niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba”. 

Así debe ser en toda familia cristiana, así debería ser en sus familias. Aprovechen la Navidad para infundir y aumentar esta presencia de Jesús, del Emmanuel, del “Dios con nosotros”, en su familia. No sólo en sus personas, también en sus familias. 

Todos sabemos que la familia está enferma. Pero más grave es que las fuerzas sociales que están actuando lo hacen para dañarla aun más. Son sobre todo ustedes, los laicos, los que forman las familias, quienes más pueden hacer en este esfuerzo por restaurar la familia como institución social y religiosa. No cedan, no se cansen. Pidan a Dios que les ayude. Procuren que en su casa reine el amor, que se realice la bendición del ángel: “Gloria a Dios en Cielo y en la tierra la paz por la buena voluntad de Dios”. Porque es lo que Dios quiere: que en la familia cristiana reine el amor, el Amor de Dios, porque Dios es amado y Dios llena de amor. Que Dios sea amado, porque cada uno lo ama y vive la felicidad de ese amor; porque ese amor les lleva y sostiene para respetar, para no herir, para ayudar, para vivir juntos el dolor y la alegría. 

De la buena salud de la familia dependen muchos y fundamentales bienes para las personas, la sociedad y la Iglesia. El éxito de otras instituciones sociales y eclesiales (como la escuela misma y la parroquia) dependen de la salud de la familia. No bastaría la acción del Estado para solucionar problemas, por ejemplo la criminalidad juvenil, el fracaso escolar o la drogadicción, si la familia no cumple. Caigan en la cuenta, padres, de la importancia de su misión. Sólo ustedes la pueden realizar. Y háganla cada vez mejor. No huyan del problema. Afróntenlo. Es un bien en primer lugar para los mismos padres. Porque la familia viene a ser un desafío, que exige de los padres progreso continuo en las virtudes, en los conocimientos y en el arte de la educación. Es necesario el diálogo sincero y humilde entre los esposos para que, iluminados con la luz de Dios y animados por el amor que la gracia del sacramento del matrimonio alimenta y perfecciona, superen las dificultades que van surgiendo, a veces previsibles pero otras inesperadas. De esta forma la vida familiar con su exigencia hace crecer las virtudes sobrenaturales y la santidad, porque pide oración, ejemplo, sacrificio de tiempo para la escucha y humildad para el diálogo, y otras muchas renuncias que el buen desempeño de la paternidad y maternidad hacen necesarias. 

También los hijos pueden y deben aportar mucho a la vida familiar, y deben irse haciendo responsables de ello. A medida que los hijos van creciendo, los padres sabiamente educadores muestran a los hijos lo mucho que pueden contribuir a la felicidad de la familia, de la que ellos participan. Así experimentarán la felicidad del que hace el bien. Con razón se designa a la familia con el término del “hogar”. Como en el fuego cada uno de los elementos que lo producen calienta al otro y es calentado por él y así se mantiene y crece, así en la familia cada uno de sus miembros procura contribuir al bienestar y amor de la familia y, al recibirlo de los demás, crece él mismo en felicidad y capacidad de amar. 

Puede ser que alguno se pregunte ¿cómo lograr todo esto? Con la ayuda de Dios todo es posible. La palabra luminosa y fuerte de Dios leída y comentada en familia, la oración común en ciertos momentos, la memoria de la presencia de Dios con motivo de sucesos felices o difíciles, la acción del Espíritu en el corazón de cada uno, irán logrando que la atmósfera familiar sea la que nos sugieren las lecturas de la misa de hoy y tantas otras de la Escritura: “El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros. El que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos y, cuando rece, su oración será escuchada; al que honra a su madre el Señor lo escucha. La ayuda prestada al padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados”. 

Padres, hijos que reciben hoy la palabra del Señor. “Que la paz de Cristo reine en sus corazones; que la palabra de Cristo habite entre ustedes en toda su riqueza”. Estas serán familias que hagan una sociedad nueva, un Perú mejor, una Iglesia renovada.





Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog

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