PERÚ: ¡FELICES FIESTAS PATRIAS!



Que Dios nos conceda la gracia de trabajar por un Perú más justo, solidario, con oportunidades, por un país en donde el progreso que se alcance llegue a todas y todos los peruanos, y que los valores cristianos guíen este progreso.
A todas las peruanas y peruanos un especial saludo en estas fiestas.

ESPECIAL: SAN IGNACIO DE LOYOLA

El 31 de julio se celebra su fiesta, por ello compartimos nuestras publicaciones sobre la vida y obra del Fundador de la Compañía de Jesús. Acceda AQUÍ.

La multiplicación de los panes

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 26 de julio. "En la multiplicación de los panes Jesús pide colaboración y sigue pidiéndonos a todos que colaboremos con Él para que no haya hambre". Acceda AQUÍ.

Tratado de Mariología - 6° Parte: La Virginidad Perpetua de María

El P. Ignacio Garro, S.J. continuando con los dogmas de fe sobre la Virgen María, ahora nos presenta su publicación dedicada a la Virginidad Perpetua. Acceda AQUÍ.

Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 13° Parte: Progresos de la Devoción - María Ignacia

Continuando con las publicaciones del P. Rubén Ugarte, S.J. presentamos el testimonio de vida de María Ignacia quien contribuyó con la propagación de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Acceda AQUÍ.

Catequesis del Papa Francisco

Compartimos las últimas audiencias del Papa Francisco y su último Ángelus, acceda a los siguientes enlaces:

Ángelus, 19 julio 2015 - Jesús y sus discípulos - Viaje apostólico a Latinoamérica.
Audiencia, 24 de junio 2015 - Las heridas en la familia.
Audiencia, 17 de junio 2015 - La experiencia de la muerte en la familia.


Jesús y sus discípulos - Viaje apostólico a Latinoamérica


PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 19 de julio de 2015



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Veo que sois valientes con este calor en la plaza, ¡enhorabuena!

El Evangelio de hoy nos dice que los Apóstoles, tras la experiencia de la misión, regresaron contentos pero también cansados. Y Jesús, lleno de comprensión, quiso darles un poco de alivio; y es así que los lleva a un lugar desierto, a un sitio apartado para que descansaran un poco (cf. Mc 6, 31). «Muchos los vieron marcharse y los reconocieron... y se les adelantaron» (v. 33). Y es así que el evangelista nos ofrece una imagen de Jesús de especial intensidad, «fotografiando», por decirlo así, sus ojos y captando los sentimientos de su corazón, y dice así el evangelista: «Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (v. 34).

Retomemos los tres verbos de este sugestivo fotograma: vertener compasión, enseñar. Los podemos llamar los verbos del Pastor. Ver, tener compasión, enseñar. El primero y el segundo, ver y tener compasión, están siempre asociados con la actitud de Jesús: su mirada, en efecto, no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con «los ojos del corazón». Estos dos verbos, ver y tener compasión, configuran a Jesús como buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su Palabra, es decir enseñar la Palabra de Dios a la gente. Jesús ve, Jesús tiene compasión, Jesús nos enseña. ¡Es hermoso esto!

Y yo le pedí al Señor que el Espíritu de Jesús, buen pastor, este Espíritu, me guiase durante el viaje apostólico que realicé los días pasados a América Latina y que me permitió visitar Ecuador, Bolivia y Paraguay. Doy gracias a Dios de todo corazón por este don. Agradezco a los pueblos de los tres países por su afectuosa y calurosa acogida y entusiasmo. Renuevo mi gratitud a las Autoridades de estos países por su acogida y colaboración. Con gran afecto doy las gracias a mis hermanos obispos, a los sacerdotes, las personas consagradas y a todas las poblaciones por la calidez con la cual han participado. Con estos hermanos y hermanas alabé al Señor por las maravillas realizadas en el pueblo de Dios en camino en esas tierras, por la fe que animó y anima su vida y su cultura. Y lo alabamos también por las bellezas naturales con las que enriqueció a estos países. El continente latinoamericano tienes grandes potencialidades humanas y espirituales, custodia valores cristianos profundamente arraigados, pero vive también graves problemas sociales y económicos. Para contribuir a su solución, la Iglesia está comprometida en movilizar las fuerzas espirituales y morales de sus comunidades, colaborando con todos los componentes de la sociedad. Ante los grandes desafíos que debe afrontar el anuncio del Evangelio, invité a buscar en Cristo Señor la gracia que salva y que da fuerza al compromiso del testimonio cristiano, a ampliar la difusión de la Palabra de Dios, a fin de que la destacada religiosidad de esas poblaciones pueda ser siempre testimonio fiel del Evangelio.


A la maternal intercesión de la Virgen María, que toda América Latina venera como patrona con el título de Nuestra Señora de Guadalupe, confío los frutos de este inolvidable viaje apostólico.


Tomado de:
www.vatican.va

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Las heridas en la familia



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 24 de junio de 2015




Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

En las últimas catequesis hemos hablado de la familia que vive las fragilidades de la condición humana, la pobreza, la enfermedad, la muerte. Hoy sin embargo, reflexionamos sobre las heridas que se abren precisamente en el seno de la convivencia familiar. Es decir, cuando en la familia misma nos hacemos mal. ¡Es la cosa más fea!

Sabemos bien que en ninguna historia familiar faltan los momentos donde la intimidad de los afectos más queridos es ofendida por el comportamiento de sus miembros. Palabras y acciones (y omisiones) que, en vez de expresar amor, lo apartan o, aún peor, lo mortifican. Cuando estas heridas, que son aún remediables se descuidan, se agravan: se transforman en prepotencia, hostilidad y desprecio. Y en ese momento pueden convertirse en laceraciones profundas, que dividen al marido y la mujer, e inducen a buscar en otra parte comprensión, apoyo y consolación. Pero a menudo estos «apoyos» no piensan en el bien de la familia.

El vaciamiento del amor conyugal difunde resentimiento en las relaciones. Y con frecuencia la disgregación «cae» sobre los hijos.

Aquí están los hijos. Quisiera detenerme un poco en este punto. A pesar de nuestra sensibilidad aparentemente evolucionada, y todos nuestros refinados análisis psicológicos, me pregunto si no nos hemos anestesiado también respecto a las heridas del alma de los niños. Cuanto más se busca compensar con regalos y chucherías, más se pierde el sentido de las heridas —más dolorosas y profundas— del alma. Hablamos mucho de disturbios en el comportamiento, de salud psíquica, de bienestar del niño, de ansiedad de los padres y los hijos... ¿Pero sabemos igualmente qué es una herida del alma? ¿Sentimos el peso de la montaña que aplasta el alma de un niño, en las familias donde se trata mal y se hace del mal, hasta romper el vínculo de la fidelidad conyugal? ¿Cuánto cuenta en nuestras decisiones —decisiones equivocadas, por ejemplo— el peso que se puede causar en el alma de los niños? Cuando los adultos pierden la cabeza, cuando cada uno piensa sólo en sí mismo, cuando papá y mamá se hacen mal, el alma de los niños sufre mucho, experimenta un sentido de desesperación. Y son heridas que dejan marca para toda la vida.

En la familia, todo está unido entre sí: cuando su alma está herida en algún punto, la infección contagia a todos. Y cuando un hombre y una mujer, que se comprometieron a ser «una sola carne» y a formar una familia, piensan de manera obsesiva en sus exigencias de libertad y gratificación, esta distorsión mella profundamente en el corazón y la vida de los hijos. Muchas veces los niños se esconden para llorar solos... Tenemos que entender esto bien. Marido y mujer son una sola carne. Pero sus criaturas son carne de su carne. Si pensamos en la dureza con la que Jesús advierte a los adultos a no escandalizar a los pequeños —hemos escuchado el pasaje del Evangelio— (cf. Mt 18, 6), podemos comprender mejor también su palabra sobre la gran responsabilidad de custodiar el vínculo conyugal que da inicio a la familia humana (cf. Mt 19, 6-9). Cuando el hombre y la mujer se convirtieron en una sola carne, todas las heridas y todos los abandonos del papá y de la mamá inciden en la carne viva de los hijos.

Por otra parte, es verdad que hay casos donde la separación es inevitable. A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia.

No faltan, gracias a Dios, los que, apoyados en la fe y en el amor por los hijos, dan testimonio de su fidelidad a un vínculo en el que han creído, aunque parezca imposible hacerlo revivir. No todos los separados, sin embargo, sienten esta vocación. No todos reconocen, en la soledad, una llamada que el Señor les dirige. A nuestro alrededor encontramos diversas familias en situaciones así llamadas irregulares —a mí no me gusta esta palabra— y nos planteamos muchos interrogantes. ¿Cómo ayudarlas? ¿Cómo acompañarlas? ¿Cómo acompañarlas para que los niños no se conviertan en rehenes del papá o la mamá?

Pidamos al Señor una fe grande, para mirar la realidad con la mirada de Dios; y una gran caridad, para acercarnos a las personas con su corazón misericordioso.



Tomado de:
www.vatican.va

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La experiencia de la muerte en la familia

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 17 de junio de 2015



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el itinerario de catequesis sobre la familia, hoy nos inspiramos directamente en el episodio narrado por el evangelista san Lucas, que acabamos de escuchar (cf. Lc 7, 11-15). Es una escena muy conmovedora, que nos muestra la compasión de Jesús hacia quien sufre —en este caso una viuda que perdió a su hijo único—; y nos muestra también el poder de Jesús sobre la muerte.

La muerte es una experiencia que toca a todas las familias, sin excepción. Forma parte de la vida; sin embargo, cuando toca los afectos familiares, la muerte nunca nos parece natural. Para los padres, vivir más tiempo que sus hijos es algo especialmente desgarrador, que contradice la naturaleza elemental de las relaciones que dan sentido a la familia misma. La pérdida de un hijo o de una hija es como si se detuviese el tiempo: se abre un abismo que traga el pasado y también el futuro. La muerte, que se lleva al hijo pequeño o joven, es una bofetada a las promesas, a los dones y sacrificios de amor gozosamente entregados a la vida que hemos traído al mundo. Muchas veces vienen a misa a Santa Marta padres con la foto de un hijo, de una hija, niño, joven, y me dicen: «Se marchó, se marchó». Y en la mirada se ve el dolor. La muerte afecta y cuando es un hijo afecta profundamente. Toda la familia queda como paralizada, enmudecida. Y algo similar sufre también el niño que queda solo, por la pérdida de uno de los padres, o de los dos. Esa pregunta: «¿Dónde está papá? ¿Dónde está mamá?». —«Está en el cielo». —«¿Por qué no la veo?». Esa pregunta expresa una angustia en el corazón del niño que queda solo. El vacío del abandono que se abre dentro de él es mucho más angustioso por el hecho de que no tiene ni siquiera la experiencia suficiente para «dar un nombre» a lo sucedido. «¿Cuándo regresa papá? ¿Cuándo regresa mamá?». ¿Qué se puede responder cuando el niño sufre? Así es la muerte en la familia.

En estos casos la muerte es como un agujero negro que se abre en la vida de las familias y al cual no sabemos dar explicación alguna. Y a veces se llega incluso a culpar a Dios. Cuánta gente —los comprendo— se enfada con Dios, blasfemia: «¿Por qué me quitó el hijo, la hija? ¡Dios no está, Dios no existe! ¿Por qué hizo esto?». Muchas veces hemos escuchado esto. Pero esa rabia es un poco lo que viene de un corazón con un dolor grande; la pérdida de un hijo o de una hija, del papá o de la mamá, es un gran dolor. Esto sucede continuamente en las familias. En estos casos, he dicho, la muerte es casi como un agujero. Pero la muerte física tiene «cómplices» que son incluso peores que ella, y que se llaman odio, envidia, soberbia, avaricia; en definitiva, el pecado del mundo que trabaja para la muerte y la hace aún más dolorosa e injusta. Los afectos familiares se presentan como las víctimas predestinadas e inermes de estos poderes auxiliares de la muerte, que acompañan la historia del hombre. Pensemos en la absurda «normalidad» con la cual, en ciertos momentos y en ciertos lugares, los hechos que añaden horror a la muerte son provocados por el odio y la indiferencia de otros seres humanos. Que el Señor nos libre de acostumbrarnos a esto.

En el pueblo de Dios, con la gracia de su compasión donada en Jesús, muchas familias demuestran con los hechos que la muerte no tiene la última palabra: esto es un auténtico acto de fe. Todas las veces que la familia en el luto —incluso terrible— encuentra la fuerza de custodiar la fe y el amor que nos unen a quienes amamos, la fe impide a la muerte, ya ahora, llevarse todo. La oscuridad de la muerte se debe afrontar con un trabajo de amor más intenso. «Dios mío, ilumina mi oscuridad», es la invocación de la liturgia de la tarde. En la luz de la Resurrección del Señor, que no abandona a ninguno de los que el Padre le ha confiado, nosotros podemos quitar a la muerte su «aguijón», como decía el apóstol Pablo (1 Cor 15, 55); podemos impedir que envenene nuestra vida, que haga vanos nuestros afectos, que nos haga caer en el vacío más oscuro.

En esta fe, podemos consolarnos unos a otros, sabiendo que el Señor venció la muerte una vez para siempre. Nuestros seres queridos no han desaparecido en la oscuridad de la nada: la esperanza nos asegura que ellos están en las manos buenas y fuertes de Dios. El amor es más fuerte que la muerte. Por eso el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido, y el amor nos custodiará hasta el día en que cada lágrima será enjugada, cuando «ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor» (Ap 21, 4). Si nos dejamos sostener por esta fe, la experiencia del luto puede generar una solidaridad de los vínculos familiares más fuerte, una nueva apertura al dolor de las demás familias, una nueva fraternidad con las familias que nacen y renacen en la esperanza. Nacer y renacer en la esperanza, esto nos da la fe. Pero quisiera destacar la última frase del Evangelio que hemos escuchado hoy (cf. Lc 7, 11-15). Después que Jesús vuelve a dar la vida a ese joven, hijo de la mamá viuda, dice el Evangelio: «Jesús se lo entregó a su madre». ¡Esta es nuestra esperanza! Todos nuestros seres queridos que ya se marcharon, el Señor nos los devolverá y nos encontraremos con ellos. Esta esperanza no defrauda. Recordemos bien este gesto de Jesús: «Jesús se lo entregó a su madre», así hará el Señor con todos nuestros seres queridos en la familia.


Esta fe nos protege de la visión nihilista de la muerte, como también de las falsas consolaciones del mundo, de tal modo que la verdad cristiana «no corra el peligro de mezclarse con mitologías de varios tipos», cediendo a los ritos de la superstición, antigua o moderna (cf. Benedicto XVI, Ángelus del 2 de noviembre de 2008). Hoy es necesario que los pastores y todos los cristianos expresen de modo más concreto el sentido de la fe respecto a la experiencia familiar del luto. No se debe negar el derecho al llanto —tenemos que llorar en el luto—, también Jesús «se echó a llorar» y se «conmovió en su espíritu» por el grave luto de una familia que amaba (Jn 11, 33-37). Podemos más bien recurrir al testimonio sencillo y fuerte de tantas familias que supieron percibir, en el durísimo paso de la muerte, también el seguro paso del Señor, crucificado y resucitado, con su irrevocable promesa de resurrección de los muertos. El trabajo del amor de Dios es más fuerte que el trabajo de la muerte. Es de ese amor, es precisamente de ese amor, de cual debemos hacernos «cómplices» activos, con nuestra fe. Y recordemos el gesto de Jesús: «Jesús se lo entregó a su madre», así hará con todos nuestros seres queridos y con nosotros cuando nos encontremos, cuando la muerte será definitivamente derrotada en nosotros. La cruz de Jesús derrota la muerte. Jesús nos devolverá a todos la familia.


Tomado de:
www.vatican.va

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Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 13° Parte: Progresos de la Devoción - María Ignacia

+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.


4. PROGRESOS DE LA DEVOCIÓN

4.3. MARÍA IGNACIA DEL SACRAMENTO

Esta humilde religiosa floreció entre nosotros y fue amada discípula del Corazón Divino. Fue una de esas almas ocultas y sencillas que Dios escoge para sí y a las cuales hace depositarias de sus dones. Había nacido en Huancavelica y en el Bautismo le pusieron por nombre Ignacia, que era el de su padre. En la religión tomó el de María Ignacia del Sacramento. Sus padres perdieron su fortuna, de modo que no pudieron dar a su hija instrucción alguna, de modo que cuando ésta vino a Lima, joven todavía, para ingresar en el Monasterio de la Encarnación, no sabía leer ni escribir y así por esta razón como por su humildad entró de Hermana Lega (1)

Se distinguió desde un principio por sus virtudes y el Señor que la había llamado a aquel retiro comenzó a favorecerla con gracias extraordinarias, aunque ella instaba siempre porque no la condujese  por aquel camino. Durante 18 años tuvo por Director espiritual al P. Gabriel de Orduña de la Compañía de Jesús, el cual elaboró su recomendación y como quien conocía a fondo el espíritu de Ignacia, nos dejó escrito algo de lo mucho que de ellas podía decirse. Después de una vida de oración y sufrimiento pasó a la eterna el 18 de setiembre de 1735.

Dice su confesor que aun cuando Ignacia estaba en el mundo, vivía en él como si no estuviera en el mundo, pues su vida era más en Cristo que en sí misma y tan escondida y retirada estaba del mundo que aún viviendo en la religión parece que en ella no vivía Ignacia, pues pasaba los años escondida en su mampara. En el costado de Cristo había buscado su nido y allí había hecho su morada. El mismo Señor la convidó a entrar por aquella abertura de su pecho hasta su Corazón. En cierta ocasión, después de muchos trabajos y sequedades, se quejó al Señor y Éste se le mostró en visión intelectual muy hermoso y amable y con grande amor le dijo: “Hija, ven a mi costado, entra en él que allí te quiero tener”. Ella entonces encogida y deshecha en lágrimas le pidió que le enseñase a saber amarle y que le diera las virtudes y adornos necesarios para poder entrar allí y de aquí le provino el que quedase su alma ansiosa de padecer y de que todos amasen a Cristo.

Muy devota del Santísimo Sacramento, cuando no podía recibir el cuerpo de Cristo comulgaba espiritualmente y muchas veces mereció sentir sensiblemente la presencia del Señor en su pecho. La materia de su oración fue casi siempre la Pasión de Cristo y en la contemplación de estas escenas pasaba largas horas, compadeciendo a su divino Maestro y haciendo suyos sus dolores. Recorría todas sus llagas y lo ordinario era terminar en la del Costado, en donde descansaba y se unía al Corazón del Salvador. Muy extraordinarios favores recibía entonces del cielo, algunos de los cuales comunicó a su confesor, haciéndolo por obediencia, pues de otra manera no lo dijera a persona alguna.
Aún cuando en toda su vida no había ofendido a Dios, porque desde que tenía siete u ocho años de edad, el Señor comenzó a atraerla a sí y a favorecerla, con todo, ella se abrazó con la mortificación por imitar a Cristo y desagraviarlo por las ofensas que recibía de los pecadores. Dios la probó además con dolores y enfermedades y ella aceptó estas cruces y se gozaba de poder padecer algo por su amor. El resplandor de sus virtudes apenas transcendió los límites de su monasterio y a no haber dejado memoria de ellas su confesor, habría pasado inadvertida para el mundo, pero en realidad Ignacia fue una de las vírgenes predilectas del Corazón de Jesús.


1. En Huancavelica tuvo por Director Espiritual a otro Padre de la Compañía, el P. Jerónimo Tello, el cual encaminó sus pasos a la Religión.


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Tratado de Mariología - 6° Parte: La Virginidad Perpetua de María

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

El privilegio que hemos de examinar con relación a María, la Madre de Jesús, es su perpetua virginidad. Como veremos enseguida, es dogma de fe que la Madre de Dios fue perpetuamente virgen, es decir, fue virgen antes del parto, en el nacimiento de Jesús y después del nacimiento.

Puesto que la virginidad de María está afirmada claramente en los escritos evangélicos, no es de extrañar que ya los Padres apostólicos como San Ignacio de Antioquia; los apologistas (defensores de la fe) como San Justino, y los controversistas como San Ireneo de Lyon dejen constancia de que esta verdad pertenece a la fe de la Iglesia y la defiendan como verdad revelada.

Desde finales del Siglo IV se originó una triple afirmación: virginidad en la concepción de Jesús (fue concebido por obra del Espíritu Santo) y parto virginal o virginidad de María en el parto (y nació de María virgen). Y virginidad después del parto, en tiempos del papa Sixto IV (1471 - 1484) en el que se enseña lo siguiente: "Tomando de ella, (La virgen María) la carne de nuestra mortalidad para la redención del pueblo y permaneciendo ella, no obstante, después del parto, virgen, sin mancha", Nuevo Denz 1400.

La profesión de fe de que María fue siempre virgen, aparece por primera vez en la forma amplia del símbolo de San Epifanio (374), que afirma: "fue perfectamente engendrado de Santa María siempre virgen por obra del Espíritu Santo". María es, por tanto "aeiparqenoz" = siempre virgen. La explicación del dogma de la virginidad de María se va haciendo mayor a medida que surgen las controversias contra los herejes.

La virginidad perpetua de María se entendía como virginidad antes del parto, en el parto y después del parto, esta fórmula fue empleada por el papa Paulo IV, en su bula "Cum quorumdam" en 1555, y que hizo suya, en la enumeración que contiene los fundamentos de la fe, a la vez que condena a aquellos herejes que dicen que: "la misma beatísima Virgen María no es verdadera Madre de Dios ni permaneció siempre en la integridad de la virginidad, a saber, antes del parto, en el parto, y después del parto". Denz 1880


3.1. LA VIRGINIDAD DE MARÍA Y LA SAGRADA ESCRITURA

A. Virginidad antes del parto

Cristo fue concebido virginalmente, es decir, por obra del Espíritu Santo. Así se contiene en la Anunciación que el ángel Gabriel hace a María: el ángel es enviado a una virgen, Lc 1, 27; María. Le anuncia la concepción de un hijo, Lc 1, 31. A la objeción de María, Lc, 1, 34, el ángel le da una explicación que indica el modo virginal de la concepción: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, lo que nacerá será llamado santo, Hijo de Dios".

En Mt 1,20, el ángel de Yahvé testifica a José que la concepción de Cristo ha sido hecha virginalmente: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo". También en Mateo 1, 25, se afirma expresamente que no hubo ningún comercio carnal antes del nacimiento de Jesús: "Sin que él (José) la hubiese conocido. (María) dio a luz un hijo, al que él puso por nombre Jesús".

- Magisterio de la Iglesia: "La Santísima Virgen María concibió milagrosamen-
te a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo, conservando intacta su virginidad". (de fe divina expresamente definida).
                
En el pontificado de San León III (795-816) proclamó lo siguiente: "De esta inefable Trinidad sólo la persona del  Verbo, es decir, el Hijo ... bajó de los cielos del cual no se había alejado jamás. Se encarnó del Espíritu Santo y se hizo verdadero hombre de la siempre virgen María, y permanece verdadero Dios..." Nuevo Denz 619


B. La virginidad en el parto

Son muchos los autores que piensan que la profecía de Is, 7, 14: "He aquí que una doncella (virgen) está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre "Emmanuel"; contiene ya la afirmación no sólo la concepción, sino también del parto virginal. Así según muchos autores, en el texto se afirmaría un parto milagroso de modo que al dar a luz sea a la vez virgen.

- Magisterio de la Iglesia: El Magisterio de la Iglesia dice: "La Santísima Virgen María permaneció virgen intacta en el nacimiento de su divino Hijo Jesús" (De fe divina expresamente definida).

Las investigaciones históricas más recientes como las de R. Laurentin 1960, como fruto del estudio de la tradición sobre la virginidad durante el parto, coloca la afirmación de la permanencia integral corporal de María como proposición que se encuentra en el interior de la fe; dato, por tanto, de fe y no mera teoría extrínseca. Sin duda, el milagro de la verdadera integridad corporal, no obstante el parto, puede parecer difícil, por no decir imposible,  a la razón humana, pero esto es común a las realidades misteriosas.

Por lo demás no puede decirse que tal milagro carecía de sentido. Ha sido un mérito muy grande de R. Laurentin haber mostrado que para los Santos Padres la permanencia de la integridad corporal de María no era algo meramente anatómico o fisiológico, sino que lo consideraban como algo que tenía verdadero sentido de signo de realidades sobrenaturales; precisamente por ese carácter de signo, Dios pudo querer ese milagro. Naturalmente puede preguntarse qué valor de signo puede tener una realidad oculta y desconocida a todos con la excepción de María. La respuesta podría ser que María llevaba en su seno un motivo de credibilidad, dado por Dios, para fortaleza de su fe en la hora difícil de la prueba, sobre todo en el momento decisivo en que estuvo junto a la cruz del Señor.

Finalmente podemos decir de la virginidad de María en el parto que así como en la concepción de Cristo (por obra del Espíritu Santo) también en el nacimiento de Cristo, todo fue milagroso y sobrenatural. El teólogo Contenson, Paris, 1875, intenta explicar de qué modo maravilloso pudo ser el parto virginal de María: "Así como la luz del sol baña el cristal sin romperlo y con impalpable sutileza atraviesa su solidez y no lo rompe cuando entra, ni cuando sale lo destruye, así el Verbo de Dios, esplendor del Padre, entró en la virginal morada y de allí salió, cerrado el claustro virginal; porque la pureza de María es un espejo limpísimo, que ni se rompe por el reflejo de la luz ni es herido por sus rayos".


C. Virginidad después del parto

Al anuncio del ángel, María opuso una dificultad:"¿Cómo será eso, pues no conozco varón?."

Según los  expertos en exégesis del evangelio, "conocer varón" en el lenguaje semítico significa tener relaciones sexuales íntimas procreativas. La Virgen María no tuvo relaciones con S. José ni antes de su concepción, porque fue por obra y gracia del  Espíritu Santo, ni después del parto.

- Magisterio de la Iglesia: En tiempos del papa Sixto IV (1471 - 1484) en la Constitución "Cum praeexcelsa" del 27 de febrero de 1477 se enseña lo siguiente: "Tomando de ella, (La virgen María) la carne de nuestra mortalidad para la redención del pueblo y permaneciendo ella, no obstante, después del parto, virgen, sin mancha", Nuevo Denz 1400.

Santo Tomás expone las razones por las que la Santísima Virgen María debió conservar perpetuamente la virginidad y la conservó de hecho. He aquí las razones.

1. Porque sería ofensivo para Cristo, que por la naturaleza divina es el Hijo unigénito y absolutamente perfecto del Padre, Jn 1,14; Hebr 7, 28. Convenía por lo mismo, que fuese también hijo unigénito de su madre, como fruto único y perfectísimo.

2. Porque sería ofensivo para el Espíritu Santo, cuyo sagrario, fue el seno virginal de María, en el que formó la carne de Cristo, y no era decente que fuese profanado por ningún varón.

3. Porque ofendería la dignidad y santidad de la Madre de Dios, que resultaría ingratísima si no se contentara con tal Hijo y consintiera perder por el concúbito su virginidad, que tan milagrosamente había conservado.

4. Al mismo San José, finalmente, habría que imputar una gravísima temeridad si hubiera intentado manchar a aquella de quien había sabido por revelación del ángel que había concebido a Dios por obra del Espíritu Santo.

Por todas estas razones hemos de afirmar que la Madre de Dios, así como concibió y dio a luz a Jesús siendo virgen, así también permaneció siempre virgen después del parto.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.

Para acceder a las publicaciones de la serie acceda AQUÍ.

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La multiplicación de los panes

P. Adolfo Franco, S.J.


DOMINGO XVII
del Tiempo Ordinario

Juan 6, 1-15

En la multiplicación de los panes Jesús pide colaboración y sigue pidiéndonos a todos que colaboremos con Él para que no haya hambre.



“Danos hoy nuestro pan de cada día”. Este milagro de la multiplicación de los panes es el pórtico solemne con que el Evangelio de San Juan nos quiere introducir en ese otro milagro más maravilloso del Pan de la Eucaristía.

Jesús levanta los ojos y ve una enorme multitud que le había seguido y que necesitaba alimentarse, y siente compasión por su hambre. Y se puede trasladar esta mirada de Jesús, y su deseo de alimentar a los hambrientos, a ese otro milagro de la Eucaristía. Jesús ha mirado no solo al presente, sino al futuro: y nos ha visto a todos, todos somos personas hambrientas y el único que nos puede alimentar es Jesucristo mismo, haciendo esa multiplicación prodigiosa por todo el mundo: un Pan único alimenta a multitudes, con el alimento que nos ayuda para seguir viviendo sin desfallecer.

Esta multiplicación de los panes materiales termina con el entusiasmo de todos los que han comido, y quieren hacer Rey a Jesús. El milagro ha sido realmente prodigioso. Y en cambio cuando Jesús anuncia que dará a comer su Cuerpo (la nueva y más grande multiplicación del Otro Pan, que es el Pan bajado del Cielo) la mayor parte de los seguidores lo abandonan, no quieren ya nada con Jesús.

Lo material nos interesa mucho, lo comprendemos, apreciamos el beneficio que se nos hace, pero en cambio en la Eucaristía tropezamos con el misterio y nos cuesta trabajo apreciarlo, vivirlo con la pasión del amor con que fue instituido.

Pero es también aleccionador ver cuántas personas participan en la realización del milagro; no es sólo Jesús el que actúa, sino que interviene el apóstol Felipe que hace los cálculos del dinero que haría falta para comprar los panes suficientes. Además Andrés se ha puesto a buscar panes, y encuentra a un muchacho que tiene cinco panes. Este muchacho presta sus panes (y no tenía más que eso). Jesús ora al Padre, y con esta bendición hace que los apóstoles distribuyan los panes; los panes se van multiplicando en las manos de los apóstoles. Naturalmente que es Jesús es el que hace el milagro, pero cuántos participan. Jesús podría hacerlo todo El solo, pero quiere nuestra colaboración, cada uno con lo que puede o tiene.

De igual forma pasa en la Eucaristía. Viene bien pensar en todas las personas que intervienen para que Jesús haga el Milagro de su Presencia Real en la Hostia. Hay un agricultor que ha cultivado el trigo y lo ha llevado al molino. Seguramente en un convento de monjas se ha convertido la harina en Hostias. Cada uno va participando en lo que puede. Luego hay un hombre (que ha dado todo lo que tiene y es) para que Jesús a través de él transforme la Hostia en su Cuerpo y el Vino en su Sangre. Jesús lo podría haber hecho todo El solo, pero ha querido que la Eucaristía sea fruto de la colaboración de muchos; y así se llega a colmar el hambre más grande que tenemos los seres humanos, el hambre de Dios.


Si aquellos hombres y mujeres que comieron el pan multiplicado lo querían hacer Rey, nosotros deberíamos admirarnos mucho más aún, cuando recibimos el Pan de la Eucaristía y pedirle a Jesús que sea siempre nuestro Rey.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Acceda a otra reflexión del P. Adolfo sobre esta lectura AQUÍ.
Para acceder a las reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

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Descansando con el Señor

El P. Adolfo Francos, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 19 de julio: "Jesús invita a sus apóstoles a un descanso; hoy día es tan necesario tomarse una pausa para salir de la velocidad en que vivimos por un rato al menos, para pensar." Acceda AQUÍ.

Papa Francisco: Viaje Apostólico a Ecuador, Bolivia y Paraguay


Videos, programas, discursos y homilías del Papa Francisco en su primer viaje a Latinoamérica. Acceda AQUÍ a la página web de la Santa Sede.

ESPECIAL: SAN IGNACIO DE LOYOLA

Con motivo de su próxima fiesta compartimos nuestras publicaciones sobre la vida y obra del Fundador de la Compañía de Jesús. Acceda AQUÍ. 

Virgen del Carmen

El 16 de julio se celebra la fiesta de la Virgen del Carmen o Nuestra Señora del Monte Carmelo, compartimos esta publicación con la finalidad de conocer mayores detalles sobre esta devoción muy difundida. Acceda AQUÍ.

Misioneros de Jesús

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión del domingo 12 de julio: "Jesús envía a sus apóstoles y a todos sus mensajeros y les pide el desprendimiento de todo especialmente de sí mismos y que transmitan la paz." Acceda AQUÍ.

Tratado de Mariología - 5° Parte: María Madre de Dios

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa con los temas sobre Mariología, en esta oportunidad sobre María como Madre de Dios, iniciando los dogmas de la Iglesia sobre la Virgen. Acceda AQUÍ.

La Misa: 7° Parte - Aporte de los pueblos a la Misa Romana

A través de esta publicación del P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. apreciaremos el aporte de los pueblos a la Misa Romana, que fue constituyéndose durante los siglos hasta la liturgia que tenemos actualmente. Acceda AQUÍ.

Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 12° Parte: En 1815 se celebra su fiesta

Continuamos compartiendo los artículos del +P. Rubén Vargas Ugarte, S.J., sobre la devoción del Sagrado Corazón de Jesús en el Perú, en esta oportunidad sobre la celebración de la fiesta dedicada a esta devoción. Acceda AQUÍ.

¿Qué es el Año Litúrgico? 10° Parte

Compartimos el artículo del P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J., en esta oportunidad iniciamos el Ciclo de la Pascua, empezando con la preparación hacia la Pascua a través de la Cuaresma. Acceda AQUÍ.

Tratado de Mariología - 5° Parte: María Madre de Dios

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA




Al haber expuesto en las publicaciones anteriores  la doctrina bíblica sobre María tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, hemos dado cima al proyecto que señala el Concilio Vaticano II: que la Mariología primera y principalmente debe tener un fundamento bíblico. Por ellos podemos pasar ahora al estudio de la figura de María vivida en la fe de la Iglesia. Ello nos ocupará los capítulos siguientes. Los rasgos principales y fundamentales de esa figura se concretizan en los cuatro dogmas marianos. Como dogmas de fe sobre María suelen enumerarse en el siguiente orden: La maternidad divina de María; su virginidad perpetua; su inmaculada concepción; y la asunción en cuerpo y alma a los cielos.



2.1. LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA


El dogma de Maternidad divina es el dogma principal y significa que la acción generativa de María tiene, como término, la Persona divina del Verbo. El término de la generación humana es siempre una persona; no habiendo en Cristo más persona que la Persona divina del Verbo, se sigue que María es Madre de Dios, no es madre de una persona humana, ya que Cristo no es persona humana sino Persona divina que asume una naturaleza humana en el seno virginal de María. Esto lo explicamos en la Cristología Fundamental al hablar del misterio de la Encarnación. Y explicábamos este misterio de la Encarnación por medio de la gracia de "unión hipostática".

La fe de la Iglesia en la maternidad divina de María está expresada de un modo equivalente, aunque bien claro, ya desde los comienzos del Siglo II, en San Ignacio de Antioquía; más tarde en San Justino, San Ireneo de Lyon y los grandes autores del Siglo III. En cuanto al título mismo de "Madre de Dios", es muy probable que lo usara Hipólito de Roma y Orígenes. De todas formas, debía de ser un título normal en la Iglesia de Alejandría antes del Siglo IV, a juzgar por la antiquísima oración Ya en el Siglo IV era habitual llamar a María, Madre de Dios ="Theotokos".qeoz = Dios; tokoz = parir. Título que había pasado a las fórmulas de plegaria litúrgica: "Bajo tu misericordia nos refugiamos, ¡Oh Madre de Dios!; no desprecies nuestras súplicas en la necesidad, sino líbranos del peligro, sola pura, sola bendita" conservada en un papiro (Papyrus, nº 470, Library Manchester), anterior al Concilio de Efeso, año 431, d.d. Xto, en el que tuvo la solemne proclamación de la maternidad divina de María en el que se definió contra Nestorio la unicidad de Persona divina en Cristo. Por consiguiente si María es madre de Cristo y Cristo es verdadero Dios, María es madre de Dios.



2.2. LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA Y LA SAGRADA ESCRITURA


a. Según Gal 4,4 nos dice: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer". La fórmula teológica "envió Dios a su Hijo" alude a la preexistencia del Hijo que es enviado al mundo por el Padre; la fórmula considera, por tanto, al Hijo en su existencia divina. Ese Dios - Hijo es el término de la acción generativa de la mujer "nacido de mujer".

b. En Rom 9, 5 se dice: "de los cuales (los israelitas), procede) Cristo según la carne, que es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos". Si, como casi todos los autores católicos sostienen, hay que referir esta afirmación a Cristo; el texto afirma: Cristo, que es Dios, procede de los israelitas según la carne; con otras palabras: el mismo Cristo, que es Dios, es engendrado según la carne, de los israelitas, lo que históricamente es decir de María; Cristo - Dios es engendrado de María

c. En Lc 1 35: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, lo que nacerá será llamado santo, Hijo de Dios". No hay la menor duda de que el Verbo será llamado Hijo de Dios. Y cuando anuncia que el Espíritu Santo vendrá sobre ti alude a la fuerza divina que va a realizar la concepción milagrosa, y también alude a que el seno de María se va a convertir en tabernáculo de Dios por la presencia misma del mismo Dios, de la que el signo de nube que cubre, por eso lo que nacerá de María será el Hijo de Dios en sentido estricto.

d.- San Juan nos dice en su prólogo del Evangelio, Jn 1,14 que: "El Verbo se hizo carne y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo Único". No nombra a la virgen María, pero dados los otros datos revelados de Lucas y de S. Pablo se sabe que fue María la que concibió en su seno al Verbo, este se hizo hombre y puso su Morada entre nosotros. Y en Jn 3, 16-17, dice: "Porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él".



2.3. DOCTRINA DE LA TRADICIÓN. LA CRISIS DEL NESTORIANISMO


Nestorio enseña: El Hijo de la Virgen María es distinto del Hijo de Dios, admitiendo que así como en Cristo hay dos naturalezas, hay que admitir que existen en El dos personas. Estas dos personas están vinculadas entre sí por una simple unión accidental o moral. Las propiedades divinas: creación, eternidad, se enuncian del Logos divino. No es posible dar a María el titulo de Madre de Dios.
         
Herejía de Nestorio del S. V, concerniente a la relación entre la divinidad y la humanidad en Jesucristo. Nestorio en vez de atribuir a la única persona del Verbo hecho carne las dos naturalezas, la divina y la humana, y por  lo tanto las  propiedades y las acciones de una y otra,  afirmaba que Cristo estaba constituido por dos personas, una persona divina, el Logos, y una persona humana, Jesús.

Nestorio, era un monje cristiano nacido en Siria, que bajo la apariencia de hombre modesto y mortificado, ocultaba una gran ambición. Fueran cuales fueren sus virtudes y limitaciones humanas en el año 428 accede es nombrado Patriarca de la sede de Constantinopla, la "nueva Roma", sede en prestigio detrás de Roma y delante de Alejandría. Influido por los escritos de Teodoro de Mopsuestia había extraído de fuentes dudosas una doctrina errónea acerca del misterio de la Encarnación.  

El 23 de diciembre de ese año predicaba en su presencia, en la catedral de Santa Sofía, el famoso orador (y posteriormente Patriarca) Proclo. Hacia el final de su discurso litúrgico después de citar a Ez 44, 1 y s.s.:"Esta puerta permanecerá cerrada; no se abrirá y nadie ha de penetrar por ella, porque Yahvé, Dios de Israel, por ella entró, y cerrada ha de permanecer", y Proclo concluía: "he aquí una presentación elocuente de la Santa Madre de Dios, María". (Proclo de Constantinopla, Oratio I, nº 9.
    
El Patriarca Nestorio consideró errónea e intolerable esta frase. Por ello, apenas concluyó Proclo su sermón subió Nestorio mismo al púlpito para rechazar enérgica y públicamente el título de "Madre de Dios" a la Virgen María; y comenzó a explicar su propia concepción del misterio de la Encarnación. Sus ideas se pueden resumir en estos términos: María sólo ha engendrado el templo; es decir, la naturaleza humana en que Dios habitó; pero Dios, el Verbo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, que habitó en ese templo, no había podido ser engendrada por María. En otras palabras, Dios, que existe desde la eternidad, anteriormente a la acción generativa de María, no puede haber sido engendrado por ella, no puede deberle la existencia, ser su Hijo. Por eso, se puede llamar a María: Madre de Cristo, pero no Madre de Dios = "Theotokos".

Ante las palabras de Nestorio en contra de Proclo se produjo un gran estupor en el pueblo creyente que estaba acostumbrado a dar el título a María de Madre de Dios. Incluso se oyeron voces contestatarias dentro de la catedral de Santa Sofía. Un seglar, que era un conocido abogado de Constantinopla, llamado Eusebio, gritó de un modo fuertemente perceptible: "El Verbo eterno por segunda vez nació en el cuerpo y de la Virgen María". Eusebio publicó un manifiesto contra Nestorio, comparándolo con el hereje Pablo de Samosata y condenado por la Iglesia siglo y medio antes, (Concilio de Nicea, Denz, nº 138). El rechazo popular era completo contra Nestorio, y se traducía en el hecho de que incluso en los templos comenzaron a quedar vacíos en cuanto que se los consideraba en conexión y dependencia del Patriarca Nestorio. Los fieles acuñaron una de esas frases que terminan repitiéndose por todas partes: "Tenemos al Emperador, pero no tenemos al Obispo".
         
La doctrina de nestorianismo, procede de la escuela de teología de Alejandría que habían concebido la distinción de las dos naturalezas en Cristo como distinción de dos personas, y Nestorio quiere mantener a toda costa la distinción y perfec­ción de las dos naturalezas de Cristo en dos personas.  Su doctrina es la siguiente:
         
a. "El hijo de la Virgen María es distinto del Hijo de Dios. Análogamente a como hay dos naturalezas en Cristo, es menester admitir también que existen en El dos sujetos o personas distintas".
         
b. Estas dos personas están vinculadas entre sí por una simple unidad accidental o moral.  El hombre Cristo no es Dios, sino portador de Dios. "Por la encarnación el Logos divino no se ha hecho propiamente hombre sino que ha pasado a morar en el hombre Jesucristo de manera parecida a como Dios habita en los justos". Nestorio mismo nos dice: "Es recto y conforme a la tradición evangélica confesar que el cuerpo es el templo de la divinidad del Hijo; templo unido por una divina y suprema unión, de modo que la naturaleza de la divinidad se apropia lo que pertenece a este templo.  Por tanto esta unión no es necesaria, sino voluntaria".
         
c. "Las propiedades humanas de Jesús (nacimiento, pasión y muerte) sólo se pueden predicar del hombre‑Cristo. Las propiedades divinas (creación, omnipotencia etc) únicamente se pueden enunciar del Logos-­Dios". Negaba así la comunicación de idiomas.
         
d.‑ En consecuencia, no es posible dar a María el titulo de Madre de Dios, que se le venía concediendo.  Ella sólo merece ser madre del hombre Jesús, o Madre de Cristo pero no puede ser llamada Madre de Dios (Theotokos).  Habría que llamarle Madre de Cristo (Cristotokos).
         
En resumen: Nestorio, enseña que en Cristo hay dos naturalezas, la divina y la humana y por lo tanto son dos personas. Estas dos personas están vinculadas entre sí por una simple unión accidental o moral. Las propiedades divinas: creación, eternidad, etc, se predican solamente del Verbo divino; las propiedades de la naturaleza humana, nacimiento, pasión y muerte, del hombre Jesús. La Virgen María no es madre del Verbo divino, por lo tanto no es "Theotokos", sino madre del hombre Jesús y se le debe llamar Cristotokos.
        
- Concilio de Efeso, (431). Afirma: "La naturaleza divina y la naturaleza humana se hallan en Cristo unidas hipostáticamente, es decir, en unidad de Persona", (de fe). Denz 113 y 124, 250. 253.
         
Nestorio halló su más resuelto adversario en S. Cirilo, Obispo de Alejandría. El dogma fue definido en el Concilio Ecuménico de Efeso, que reconoció oficialmente, en su primera sesión, la segunda carta dirigida por S. Cirilo a Nestorio como fórmula ortodoxa del dogma de la Iglesia sobre la Encarnación del Verbo divino en el seno de la Virgen María. S. Cirilo había presentado al Concilio una tercera carta que contiene sus doce "anatematismos" contra Nestorio. Fue ciertamente leída ante el Concilio, pero sin duda no fue oficialmente aprobada. Cierto número de sus fórmulas son aún imprecisas y no pueden ser consideradas como definiciones infalibles, sin embargo, en más de una ocasión, estos anatematis­mos fueron reconocidos como expresión de la verdadera doctrina católica. Los anatematismos se pueden reducir de la manera siguiente:
         
a. En el hombre‑Dios no hay más que una persona: El Verbo encarnado
         
b. Las dos naturalezas están unidas, no moral o accidentalmente sino físicamente y substancialmente en la Persona del Verbo. Por lo que la fórmula: "Una sola naturaleza del Verbo encarnado", significa que tal sujeto posee la naturaleza divina y la humana.
         
c. Rechaza el apolinarismo y atribuye a Cristo un alma humana verdadera: racional, inteligente y libre.
         
d. Antes como después de la unión hay una distinción perfecta de los dos principios de acción en la unidad de una misma Persona. De aquí se sigue que a este único sujeto hay que atribuir las acciones que proceden tanto de la humanidad como de la divinidad. Es el Verbo de Dios el que se encarnó y por lo tanto el que nació, sufrió, oró y murió por nosotros.
         
e. Dado que la filiación cae sobre la persona y no sobre la humanidad o la divinidad, Jesús debe ser llamado Hijo de Dios por naturaleza,
         
f. La Santísima Virgen María es Madre de Dios porque dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho hombre.
         
- El Concilio de Efeso (III Concilio Universal o Ecuménico), (431): Confirmó los doce anatematismos de S. Cirilo de Alejandría, pero sin definirlos formal­mente. Denz 113‑124. Más tarde fueron reconocidos por los papas y los concilios como expresión de la genuina doctrina de la Iglesia. He aquí, condensados, sus puntos principales:
         
a. Cristo con su propia carne es un ser único, es decir, una sola Persona. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre al mismo tiempo.
         
b. El Logos‑Dios está unido a la carne (naturaleza humana) con una unión intrínseca, física o sustancial. Cristo no es portador de Dios, sino Dios verdaderamente.
         
c. Las propiedades humanas y divinas de que nos hablan las Sagradas Escrituras y los Santos Padres no deben repartirse entre dos personas o hipóstasis (el hombre Cristo y el Logos Dios), sino que deben de referirse al único Cristo, el Logos encarnado. El Logos divino fue quien padeció "en la carne" y fue crucificado, muerto y resucitado.
         
d. La Santísima Virgen María es Madre de Dios (Theotokos) porque parió según la carne al Logos‑Dios encarnado. (El Concilio de Calcedonia, 451), definió que las dos naturalezas de Cristo se unen "en una sola persona y una sola hipóstasis".
         
El Concilio de Efeso definió: "La unión del Verbo divino con la naturaleza humana de Cristo no se realizó fundiéndose las dos naturalezas en una sola, sino que, después de la unión, las dos naturalezas   (la divina y la humana) permanecieron perfectamente íntegras, inconfusas, sin cambio sin división y sin separación, en la unidad de la Persona divina del Verbo". Denz 148
         
Es imposible entender el verdadero alcance del dogma católico si no se tienen es cuenta estas nociones elementales. La fe nos enseña que en Cristo hay dos naturalezas perfectamente distintas, la divina y la humana: es verdadero Dios y verdadero hombre. Pero no hay en El más que una sola Persona, uno solo yo, a saber: la Persona divina del Verbo, el yo divino del Hijo de Dios.



2.4. MARÍA EN EL ORDEN DE LA SALVACIÓN. MARÍA ES COLABORADORA EN LA OBRA DE LA REDENCIÓN


Ya el Apóstol Pablo escribiendo a los Corintios les decía: "ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios", 1 Cor, 3,9. Es evidente que esta colaboración en la obra de la redención no es causa principal por parte del Apóstol Pablo sino participación instrumental de la única redención realizada por Cristo.

En el caso de la Virgen María la colaboración o cooperación a la obra de la redención se manifiesta de una manera importante y ser excepcional:

a.  En su aceptación en Madre del Redentor, con todo lo que esto lleva consigo, fe, obediencia, y fidelidad.

b. Por la compasión y sufrimientos que compartió con su Hijo Jesucristo al pie de la cruz, participando de los méritos del sacrificio expiatorio de su hijo.

Los dos aspectos son necesarios y esenciales; pero el que constituye la base y fundamento de la corredención mariana es su maternidad divina sobre Cristo Redentor y su maternidad espiritual sobre nosotros según la voluntad de su Hijo cristo en a cruz.

Anteriormente se le denominaba a la Virgen María "Corredentora" de la obra de la redención. El Concilio Vaticano II, evitó la palabra "corredentora" -que podía herir los oídos de los hermanos separados- expuso de manera clara e inequívoca la doctrina de la corredención tal como la entiende la Iglesia Católica: He aquí algunos textos dela Constitución dogmática sobre la Iglesia "Lumen gentium" especialmente significativos.

"Es verdadera madre de los miembros (de Cristo) ... por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza" (nº 53)

"Así María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús y abrazando la voluntad salvífica de Dios, con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo bajo El y con El, por la gracia de Dios omnipotente, al misterio de la Redención. Con razón, pues, los Santos Padres consideran a María, no como un mero instrumento pasivo en las manos de Dios, sino como cooperadora a la salvación de los hombres por la libre fe y obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo, "obedeciendo fue causa de su salvación propia y de la de todo el género humano". Por eso no pocos Padres antiguos en su predicación, gustosamente afirman con él: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe"; y comparándola con Eva, llaman a María "Madre de los vivientes", y afirman con mucha frecuencia: "la muerte vino por Eva, por María la vida". (nº 56).

"Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte". (nº 57)

"Mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie (cfr. Jn., 19, 25), sufrió profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima, que ella misma había engendrado y finalmente, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús moribundo en la Cruz, con estas palabras: "Mujer, he ahí a tu hijo!" (cfr. Jn., 19, 26-27).

Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular a la obra del Salvador, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia, (nº 61).

Por lo tanto la razón última y el fundamento más profundo de la colaboración en la obra de la salvación hay que buscarlo en la maternidad divina de María, íntimamente asociada por voluntad de Dios a la obra salvadora de Cristo.



2.5. MARÍA MEDIADORA Y DISPENSADORA UNIVERSAL DE LAS GRACIAS


Dada la vinculación esencial de la mediación de María a la mediación de Cristo, sin la cual la mediación de María no tiene sentido, hay que aclarar que la mediación de Cristo es universal, primera y principal , es decir, entre Dios y los hombres no hay más que un único mediador Jesucristo, 1 Tim 2, 5, y la mediación de María es universal y secundaria por vía de participación por las razones anteriormente citadas en  el apartado de la maternidad espiritual.

La Virgen María en cuanto "dispensadora" universal de las gracias es una consecuencia lógica de su cooperación en la obra de la redención, y de su maternidad espiritual sobre todos los redimidos. Según las enseñanzas de la mayoría de los teólogos, siguiendo las directrices de la magisterio ordinario de la Iglesia, la Virgen María coopera dependientemente de Cristo en la distribución de todas y cada una de las gracias que Dios concede a todos y cada uno de los hombres (cristianos o paganos), de suerte que se la puede llamar con toda propiedad y exactitud "dispensadora universal" de todas las gracias que Dios concede a la humanidad entera.

Así en Lumen gentium, el Concilio Vaticano II enseña:

"Y esta maternidad de María perdura si cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez asunta a los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.

La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado, lo experimenta continuamente y lo recomienda al amor de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador, (nº 62).



2.6. LA CONEXIÓN ENTRE LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA Y SU MATERNIDAD ESPIRITUAL CON RESPECTO A LOS FIELES
         

Vimos al principio del tratado cómo la Virgen María es Madre y tipo de la Iglesia, es decir, de todos los fieles creyentes.  

2.6.1. María, como Virgen y Madre, tipo de Iglesia

La Bienaventurada Virgen, por el don y el oficio de la maternidad divina, con que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está unida también íntimamente a la Iglesia. La Madre de Dios es tipo de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio; a saber: en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo. Porque en el misterio de la Iglesia, que con razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María la precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre; pues creyendo y obedeciendo engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón, por obra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, prestando fe sin sombra de duda, no a la antigua serpiente, sino al mensaje de Dios. Dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó como primogénito entre muchos hermanos (Rom., 8, 29); a saber: los fieles, a cuya generación y educación coopera con materno amor.

2.6.2. Fecundidad de la Virgen y de la Iglesia

Ahora bien: la Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es madre, por la palabra de Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fidelidad prometida al Esposo e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad.

2.6.3. Virtudes de María que han de ser imitadas por la Iglesia

Mientras que la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga, (cfr. Ef., 5, 27), los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado: y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes. La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra más profundamente en el altísimo misterio de la Encarnación y se asemeja más y más a su Esposo. Porque María, que habiendo participado íntimamente en la historia de la Salvación, en cierta manera une en sí y refleja las más grandes verdades de la fe, al ser predicada y honrada, atrae a los creyentes hacia su Hijo, hacia su sacrificio y hacia el amor del Padre. La Iglesia, a su vez, buscando la gloria de Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en la fe, la esperanza y la caridad, buscando y siguiendo en todas las cosas la divina voluntad. Por lo cual, también en su obra apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen precisamente, para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles. La Virgen en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno, con el que es necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan para regenerar a los hombres.

Finalmente, en el discurso de clausura de la 3ª etapa del Concilio Vat. II, el papa Paulo VI proclamó a María "Madre de la Iglesia", y dice: "La divina maternidad es el fundamento de su especial relación de (María) con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquel que desde el primer instante de la encarnación en sus seno virginal se constituyó en cabeza d su Cuerpo místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de los pastores; es decir, de la Iglesia".

Porque fue y es Madre de Cristo, el Dios hecho hombre, María es nuestra Madre. Se comprende por ello que ya en la más antigua oración mariana, evocada más arriba, los cristianos, cuando acudían con confianza filial a María, la invocaran como la Madre de Dios; en ese título se encuentra el fundamento de su maternidad  con respecto a nosotros y de nuestra filiación con respecto a ella. Con las palabras de esta plegaria venerable en su forma actual, que es la forma romana del antifonario de Compiègne (Siglos IX-X) podemos cerrar este capítulo: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches nuestras súplicas en las necesidades, sino líbranos de todos los peligros siempre, Virgen gloriosa y bendita".


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.

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