Se inicia el Adviento

P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO I
de Adviento.

Mc. 13, 33-37

Con este domingo comienza el Adviento y comienza el nuevo año litúrgico (Ciclo B).
El Adviento es tiempo de espera y por eso tiempo de sembrar esperanza.



En este párrafo del evangelio se repite con insistencia, y se nos advierte casi como una advertencia: estén alerta, vigilen, estén en vela. Y con esta exhortación la liturgia nos introduce en este hermoso tiempo del Adviento.

La vigilancia es una actitud cristiana importantísima. Vigilar es lo contrario del abandono, del estar adormilados. Vigilar es poner todas las facultades de la persona en alerta y en acción, tomar conciencia de que algo importante está por ocurrir. La actitud contraria a la vigilancia es el descuido, la pereza.

¿Y por qué se nos dice que debemos vigilar? Por la certeza de que el Señor está para llegar, y se merece que lo estemos esperando; y que le estemos esperando siempre, porque además no sabemos cuándo vendrá.

La venida del Señor, la espera, la vigilancia, la alegría de esta venida es el contenido del mensaje que nos trae este hermoso tiempo del Adviento. El Adviento es un tiempo de preparación para la llegada del Señor.

Pero el Adviento tiene además otros significados: litúrgicamente es el tiempo anterior a la Navidad: para recibir bien la Navidad, hay que pasar por el Adviento, o sea el Adviento en este caso es una preparación interior para celebrar la Navidad como cristianos. Y en este sentido sus reflexiones tienen dos contenidos: la penitencia que nos ayude a crecer espiritualmente, y la alegría por anticipar el encuentro hermoso con Jesús que nacerá como un niño.

Pero también el Adviento significa la espera de la segunda venida del Señor. Todo el tiempo de la historia, después de que Cristo subió al cielo, es un Adviento. En este caso el Adviento le da sentido a todos los acontecimientos, sucesos e historia del ser humano. La historia adquiere significado, porque apunta a la segunda venida de Cristo. La historia es una flecha que apunta a Cristo: esto es también el Adviento. Y como consecuencia el Adviento nos dice que como cristianos, debemos tener esa actitud firme y llena de paz que es la esperanza sobrenatural. Nuestras vidas personales, la historia que es el conjunto de las vidas de todos, no es un río que se precipita en una catarata, en el abismo; sino que nuestras vidas y la historia se apresuran caminando al encuentro de Aquel que nos ama y nos busca. Este es otro sentido del Adviento, que también debemos recordar.

Pero además el Adviento es un tiempo para recordar y gozar el acontecimiento más hermoso que conviene recordar: el Nacimiento de Jesús en nuestro mundo. Este hecho que ocurrió, y del que depende nuestra salvación, lo recordamos y lo festejamos, porque es el encuentro de Dios con los hombres en nuestro pequeño mundo, en el portal de Belén. Es un misterio de amor, de ternura, de grandeza y de pequeñez (simultáneamente): no hay nada más grande que Dios, y es un gesto de una grandeza increíble el que haya querido venir a nuestro mundo. Y por otra parte nos señala la pequeñez, la infancia como signo de Dios.

Estos sentidos tiene el Adviento, que se abre con este domingo. Y esta debe ser la tónica de nuestras celebraciones, y de nuestras reflexiones. Por eso el Adviento es un tiempo de alegría pero aún no completa, aún le falta algo, porque aún no ha nacido Dios. Es un tiempo de penitencia, pero la penitencia de alguien que se está preparando para una fiesta.


Y en el Adviento no podemos dejar de pensar en la Virgen. Ella es la protagonista de esta espera. La que esperó la primera Navidad es María, que vivió un Adviento de nueve meses. El Adviento debe tener todas las ilusiones y alegrías que tenía María en su corazón sabiendo que llevaba consigo al Salvador.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

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Solemnidad de Cristo Rey

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio de la Solemnidad de Cristo Rey. "Este domingo es ya el último domingo litúrgico de este ciclo. Cristo Rey es el cierre del tiempo y el punto a donde avanza el tiempo y el mundo". Acceda AQUÍ.

Parábola de los Talentos

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión del evangelio del domingo 16 de noviembre donde la Iglesia nos presenta la parábola de los Talentos. "El Señor nos enseña que hay que negociar buenas obras con las cualidades que Él nos ha dado". Acceda AQUÍ.


La Iglesia - 34º Parte: Estructura Jerárquica de la Iglesia - Sucesión Apostólica

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa compartiendo sus temas sobre la Iglesia, en esta oportunidad nos comenta sobre la Sucesión Apostólica basándose en los documentos de la Iglesia y presentándonos la intención de Jesucristo, la actitud de los apóstoles y los testimonios de la Iglesia Post apostólica. Acceda AQUÍ.

La Misa: 4° Parte - La palpitación popular en la Eucaristía de la Iglesia primitiva

Continuamos conociendo más sobre la Misa a través de los escritos del P. Rodrigo Sánchez , en esta oportunidad sobre la alabanza en la Eucaristía de la Nueva Alianza que es continuación de la alabanza de la Antigua Alianza. Acceda AQUÍ.




Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 7° Parte: Institutos y Congregaciones del Sagrado Corazón

Continuamos brindando este tema del +P. Rubén Vargas Ugarte, S.J., en este primer apartado de este título se hace referencia al primer Instituto en el Perú bajo el patronato del Sagrado Corazón de Jesús en 1688. Acceda AQUÍ.

¿Qué es el Año Litúrgico? - 4° Parte

En esta entrega compartimos el texto del P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. sobre la espiritualidad del Domingo donde se centra en la presencia de Cristo resucitado en la comunidad creyente. Acceda AQUÍ.

Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Venerable Conchita de México

María Concepción Cabrera de Armida, Conchita, esposa y madre de numerosos hijos, es una de las santas modernas, que durante años Jesús preparó a una maternidad espiritual para los sacerdotes. Acceda AQUÍ.


Catequesis del Papa Francisco

Compartimos las Catequesis del Papa Francisco, brindadas en las Audiencias de los miércoles, acceda a través de los siguientes enlaces:

06/08/2014 - Las Bienaventuranzas
20/08/2014 - Viaje del Papa Francisco a Corea del Sur
27/08/2014 - La unidad en el Espíritu
03/09/2014 - La maternidad de la Iglesia
10/09/2014 - Las enseñanzas de la Iglesia
17/09/2014 - La Iglesia es católica y apostólica
24/09/2014 - Viaje apostólico del Papa Francisco a Albania
01/10/2014 - Los carismas de la Iglesia
08/10/2014 - La división de los cristianos
15/10/2014 - La Iglesia, el pueblo de Dios
22/10/2014 - La Iglesia, el cuerpo de Cristo
29/10/2014 - La realidad visible de la Iglesia
05/11/2014 - El ministerio Episcopal de la Iglesia
12/11/2014 - Los ministros de la Iglesia








Solemnidad de Cristo Rey

P. Adolfo Franco, S.J.


CRISTO REY

Mateo 25, 31-46

Este domingo es ya el último domingo litúrgico de este ciclo. Cristo Rey es el cierre del tiempo y el punto a donde avanza el tiempo y el mundo.



El Año Litúrgico se cierra con esta gran fiesta: Jesucristo Rey del Universo; y para la celebración de esta fiesta, nos pone la Iglesia la narración de Mateo sobre el juicio final, en que aparece en su majestad el señorío de Cristo.

Esta expresión de Rey encierra alguna dificultad para su recta comprensión: ¿qué significa que Cristo es Rey? El problema es doble: por una parte, la aplicación de un término político y terrenal a Jesucristo, cuya relación con nosotros es religiosa; en segundo lugar, porque nosotros, hombres de cultura democrática, tenemos muy lejana la concepción de lo que es un rey.

Pero a pesar de eso debemos aceptar que en esta denominación de Cristo, como Rey, se encierran enseñanzas muy importantes para nuestra comprensión de la persona misma de Jesucristo y de su íntima relación con nosotros. No es algo accesorio a su misma realidad mesiánica y salvadora este nombre de Rey.

La palabra evoca gobierno, majestad, palacios, dominio, jefatura, cortesanos, trono, corona, cetro; y muchas otras cosas. Una persona distante, vestida de púrpura y con vasallos que inclinan la rodilla, ante la distante majestad. Incluso a algunos esta realidad de la realeza les lleva al mundo de los cuentos infantiles de los príncipes que liberan a la princesa cautiva, y para los adultos el concepto nos transporta a remotas y ya pasadas épocas de la historia.

Pero quizá si hacemos un pequeño esfuerzo de reflexión, podremos descubrir realidades ocultas, importantes y hermosas, en esta denominación de Cristo Rey. Y para eso habremos de pasar del mundo exterior, y más superficial, al mundo más interior y más esencial a nosotros mismos. En el nivel más exterior de las realidades: gobernar (y por tanto reinar) es dominar, someter, dar órdenes, imponer leyes; y no hay otra forma de conducir políticamente a los grupos humanos que imponiéndoles una voluntad, la del gobernante, y con frecuencia con fuerza y con sanciones. Pero Cristo no ejerce su reinado en ese nivel más externo de nuestra realidad, sino en el interior, en lo más esencial de nosotros. Su reinado no es político, y como El mismo lo dirá: mi Reino no es de este mundo. Se trata de otra cosa.

En ese mundo interior es donde tenemos los deseos hondos, las ilusiones, el centro de la libertad, el misterio de nuestro propio yo, la fuente más interior desde donde podemos construir la felicidad. Y ahí no llega ninguna orden externa, ninguna dominación política; en ese punto no hay sujeción, sino sólo una libertad alegre, pura y total. Y ese es el territorio del Reino de Cristo: no nuestras circunstancias externas, sino nuestro mundo interior. Es el espacio del amor, donde Cristo quiere reinar. Donde colocamos, como reyes a las personas que amamos. Es nuestro corazón el trono de este Rey.

El Reinado de Cristo, quiere decir convertir a Jesús en el centro de nuestros deseos: quiere ser el Rey de nuestro corazón. Quiere ser la culminación de todas nuestras ilusiones: el sueño más alto de todos nuestros ensueños. El quiere ser la meta más querida de nuestra libertad. Quiere decirnos que El es el constructor de nuestra felicidad. Así se realiza el Reinado de Cristo: cuando le entregamos gustosamente nuestra propia libertad, y percibimos que nuestra libertad se agranda en proporciones no imaginadas, cuando la orientamos a El. No hay persona más libre que la que tiene a Jesucristo como norte y guía. Así se convierte Cristo en la fuente más abundante de la felicidad y de la paz.


En este Reino de Cristo su ley es amar. Si practicamos nuestro cristianismo, como cumplidores de una ley, somos cristianos con amo, pero sin Rey. No es ése el Reino de Cristo. Y este Rey nos guía a una meta de luz y de esperanza, real y auténtica, y que sobrepasa todo lo que pudiéramos imaginar.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Las Bienaventuranzas


PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 6 de agosto de 2014


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las catequesis anteriores hemos visto cómo la Iglesia constituye un pueblo, un pueblo preparado por Dios con paciencia y amor y al cual estamos todos llamados a pertenecer. Hoy quisiera poner de relieve la novedad que caracteriza a este pueblo: se trata verdaderamente de un nuevo pueblo, que se funda en la nueva alianza establecida por el Señor Jesús con la entrega de su vida. Esta novedad no niega el camino precedente ni se contrapone al mismo, sino que más bien lo conduce hacia adelante, lo lleva a su realización.

Hay una figura muy significativa, que cumple la función de bisagra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: Juan Bautista. Para los Evangelios sinópticos él es el «precursor», quien prepara la venida del Señor, predisponiendo al pueblo para la conversión del corazón y la acogida del consuelo de Dios ya cercano. Para el Evangelio de Juan es el «testigo», porque nos hace reconocer en Jesús a Aquel que viene de lo alto, para perdonar nuestros pecados y hacer de su pueblo su esposa, primicia de la humanidad nueva. Como «precursor» y «testigo», Juan Bautista desempeña un papel central dentro de toda la Escritura, ya que hace las veces de puente entre la promesa del Antiguo Testamento y su realización, entre las profecías y su realización en Jesucristo. Con su testimonio Juan nos indica a Jesús, nos invita a seguirlo, y nos dice sin medias tintas que esto requiere humildad, arrepentimiento y conversión: es una invitación que hace a la humildad, al arrepentimiento y a la conversión.

Como Moisés había estipulado la alianza con Dios en virtud de la ley recibida en el Sinaí, así Jesús, desde una colina a orillas del lago de Galilea, entrega a sus discípulos y a la multitud una enseñanza nueva que comienza con las Bienaventuranzas. Moisés da la Ley en el Sinaí y Jesús, el nuevo Moisés, da la Ley en ese monte, a orillas del lago de Galilea. Las Bienaventuranzas son el camino que Dios indica como respuesta al deseo de felicidad ínsito en el hombre, y perfeccionan los mandamientos de la Antigua Alianza. Nosotros estamos acostumbrados a aprender los diez mandamientos —cierto, todos vosotros los conocéis, los habéis aprendido en la catequesis— pero no estamos acostumbrados a repetir las Bienaventuranzas. Intentemos, en cambio, recordarlas e imprimirlas en nuestro corazón. Hagamos una cosa: yo les diré una tras otra y vosotros las repetís. ¿De acuerdo?

Primera: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». [en el aula repiten]
«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». [en el aula repiten]
«Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra». [en el aula repiten]
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados». [en el aula repiten]
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». [en el aula repiten]
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». [en el aula repiten]
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán ellos llamados hijos de Dios». [en el aula repiten]
«Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». [en el aula repiten]
«Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa». Os ayudo: [repite con la gente] «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa».
«Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». [en el aula repiten]

¡Geniales! Pero hagamos una cosa: os doy una tarea para casa, una tarea para hacer en casa. Tomad el Evangelio, el que lleváis con vosotros... Recordad que debéis llevar siempre un pequeño Evangelio con vosotros, en el bolsillo, en la cartera, siempre; el que tenéis en casa. Llevad el Evangelio, y en los primeros capítulos de Mateo —creo que en el 5— están las Bienaventuranzas. Y hoy, mañana en casa, leedlas. ¿Lo haréis? [en el aula repiten: ¡Sí!] Para no olvidarlas, porque es la Ley que nos da Jesús. ¿Lo haréis? Gracias.

En estas palabras está toda la novedad traída por Cristo, y toda la novedad de Cristo está en estas palabras. En efecto, las Bienaventuranzas son el retrato de Jesús, su forma de vida; y son el camino de la verdadera felicidad, que también nosotros podemos recorrer con la gracia que nos da Jesús.

Además de la nueva Ley, Jesús nos entrega también el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados. Cuando llegue el fin del mundo seremos juzgados. ¿Y cuáles serán las preguntas que nos harán en ese momento? ¿Cuáles serán esas preguntas? ¿Cuál es el protocolo a partir del cual el juez nos juzgará? Es el que encontramos en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo. La tarea de hoy es leer el quinto capítulo del Evangelio de Mateo donde están las Bienaventuranzas; y leer el vigésimo quinto, donde está el protocolo, las preguntas que nos harán el día del juicio. No tendremos títulos, créditos o privilegios para presentar. El Señor nos reconocerá si a su vez lo hemos reconocido en el pobre, en el hambriento, en quien pasa necesidad y es marginado, en quien sufre y está solo... Es este uno de los criterios fundamentales de verificación de nuestra vida cristiana, a partir del cual Jesús nos invita a medirnos cada día. Leo las Bienaventuranzas y pienso cómo debe ser mi vida cristiana, y luego hago el examen de conciencia con este capítulo 25 de Mateo. Cada día: he hecho esto, he hecho esto, he hecho esto... Nos hará bien. Son cosas sencillas pero concretas.

Queridos amigos, la nueva alianza consiste precisamente en esto: en verse, en Cristo, envueltos por la misericordia y la compasión de Dios. Es esto lo que llena nuestro corazón de alegría, y es esto lo que hace de nuestra vida un testimonio hermoso y creíble del amor de Dios por todos los hermanos que encontramos a diario. Recordad las tareas. Capítulo quinto de Mateo y capítulo 25 de Mateo. ¡Gracias!


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Tomado de:
www.vatican.va
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Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 7° Parte: Institutos y Congregaciones del Sagrado Corazón

+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.


3. INSTITUTOS Y CONGREGACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN

3.1. Surge en el Perú un Instituto bajo el patronato del Sagrado Corazón en 1688


Vamos ahora a ocuparnos del primer instituto o congregación que se puso bajo el patrocinio del Sagrado Corazón y de la primera asociación o esclavitud, como entonces se la llamaba, erigida en su honor.

En el año 1646 un buen vecino del barrio de San Lázaro, de la ciudad de Lima, Alonso Rodríguez, resolvió restaurar una ermita dedicada a Nuestra Señora del Socorro, que existía en el camino que conducía a los valles del Norte, en la recta que más adelante se conoció con el nombre de Malambo. Parece que su intento era fundar allí un convento de capuchinos, pero como no llegase a obtener la licencia real, quedó libre el local hasta que en el año 1688 el P. Gregorio Cabañas, de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, resolvió instalar allí un Beaterio para mujeres piadosas, el cual puso bajo el patrocinio del Corazón de Jesús. La regla había de ser la de los teatinos o de San Cayetano y el hábito una túnica negra con ceñidor y pendiente del cuello una cadena dorada con un corazón. Esta indumentaria fue causa de que las beatas afiliadas recibiesen el nombre de Cayetanas, aun cuando también parece que se les dio el nombre de Nerias, por razón del instituto al cual pertenecía el Fundador.


En 1688 entraron a hacer vida de comunidad unas 16 mujeres en el local citado, cuya fábrica había venido a costar unos 70 mil pesos, por donde deducimos que no debía carecer de las oficinas necesarias. Habría deseado el P. Cabañas que con el tiempo se convirtiese en monasterio, pero la fundación no prosperó y gradualmente se fue deshaciendo la comunidad que allí existía, por lo cual, en 1711, se hizo entrega de la casa a los Religiosos Mínimos de San Francisco de Paula, que habían abierto un hospicio a la salida de Lima, camino del Callao y en aquel año recibieron una real cédula en la cual se les autorizaba a fundar convento en Lima.


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Bibliografía:

P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú. 

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La Misa: 4° Parte - La palpitación popular en la Eucaristía de la Iglesia primitiva


P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.

Continuación


Los textos de la Institución de la Eucaristía hacen alusión a la alianza de Moisés (Exod. 24,1-11) En este texto bíblico vemos a Moisés derramando parte de la sangre de los animales inmolados sobre el altar dedicado a Yavé y rociando con otra parte al pueblo mientras decía: “Esta es la sangre de la alianza que hace con vosotros Yavé”. El pueblo repetía: “Todo cuanto dice Yavé lo cumpliremos y obedeceremos”. Terminado el rito de la sangre, Moisés, Aarón y setenta ancianos subieron al monte y allí “pudieron ver a Dios; comieron y bebieron”. En aquella oportunidad la renovación de la alianza se llevó a cabo por el rito de la sangre y por el banquete sagrado, estos ritos condujeron a los ancianos de Israel a la experiencia religiosa de “ver a Dios”.

El gesto de Moisés se repite en el Calvario y por consiguiente en la Cena de Jesús: la Sangre de la alianza nueva cayó el Viernes Santo sobre el Cuerpo de Jesús, altar de Dios en señal de que Dios aceptaba la nueva alianza (Ap. 8,3-5; 9,13); y esa misma Sangre el Jueves Santo se derramó también sobre los ciudadanos del nuevo Pueblo de Dios, pues el texto evangélico nos dice que todos los discípulos bebieron del cáliz (Mc. 14,23) Así brotó en el mundo un nuevo Pueblo de Dios y un banquete de comunión nuevo destinado a renovar la Nueva Alianza en el cual los discípulos de Jesús comerán y beberán el Cuerpo y la Sangre de su Señor bajo la apariencia de pan y de vino (Hechos 20,28; 1Cor. 11,23-26; 1Pe 2,9-10)

Por esta nueva alianza Dios se compromete a dar a su pueblo la tierra prometida eterna y el nuevo pueblo se compromete a guardar durante la peregrinación terrena el nuevo mandamiento promulgado por el Señor en su Última Cena. Por esta razón ya desde los tiempos de la Iglesia primitiva la comunión eucarística fue el símbolo elocuente de la paz y de la unión mantenidas por los fieles con el Pueblo de Dios; de tal manera que, si un fiel había roto con la fe y con la moral de la Iglesia, no podía recibir el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, pues sería firmar en falso la renovación de una alianza, muerta de hecho en el corazón.

Para los fieles de los primeros años cristianos la renovación de la Nueva Alianza y la ofrenda de los sacrificios de expiación y comunión se podían realizar, porque a través del memorial aparecían en el pan y en el vino eucarístico el Cuerpo de Cristo inmolado y su Sangre derramada, tal como ahora están en los cielos (Ap. 5,6) Esta contemplación desde la fe del amor de Dios al mundo, expresado en la entrega de su Hijo, impregna toda la celebración eucarística con la espiritualidad de la bendición o de la alabanza (Jn. 3,16)

Los textos citados de la Institución de la eucaristía nos hablan de las bendiciones recitadas por Jesús sobre el pan y sobre el vino. En el capítulo anterior hemos recordado la gran alabanza dicha por el Señor sobre el cáliz; ante ella nos sentimos impresionados, porque vislumbramos el misterio de la liturgia pascual judía que culmina en la Cena del Señor y descubrimos también el misterio de la Misa Católica que nace de ella para iniciar un camino milenario. En ese venerable texto se ve el puente que une las dos celebraciones pascuales de los dos testamentos de Dios.

Por eso la Iglesia desde sus comienzos se inspiró en esta gran alabanza para componer sus plegarias eucarísticas litúrgicas. Así Pablo exhortaba a los fieles:
“Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados... Dad gracias continuamente y por todo a Dios Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef. 5,19-20)

Para la carta a los Hebreos los fieles de la antigua alianza realizaban su culto religioso sobre la tierra, pero la liturgia de la alianza nueva hace penetrar a los cristianos unidos místicamente con su Cabeza hasta las moradas santas de Dios:

“Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos y a Dios juez universal y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación y a Jesús Mediador de una nueva alianza y a la aspersión de una sangre que habla mejor que la de Abel” (Heb. 12,22-24)

La conciencia de que la comunidad cristiana penetraba hasta los mismos cielos y por Cristo era asociada a los cantos de alabanza tributados a Dios por los ángeles y santos, hizo que muy pronto se introdujera en la plegaria eucarística cristiana el canto del Santo, como aparece ya en el Apocalipsis:

“Santo, Santo, Santo
Señor, Dios Todopoderoso,
Aquél que era, que es y que va a venir” (Ap. 4,8)

Dejando los textos bíblicos pasemos a examinar algunos textos no-bíblicos de la primitiva Iglesia; en ellos hallaremos también esa palpitación popular llena de admiración ante la obra redentora realzada por Dios en Cristo.

El libro de la Didajé o Instrucciones de los Apóstoles, escrito según los especialistas hacia fines de la segunda mitad del siglo primero, nos muestra cómo los cristianos iban centrando la gran alabanza de la Pascua Judía en Jesucristo. Citaremos los pasajes relativos a la eucaristía:

“Te bendecimos, Padre Santo,
por tu santo nombre,
que has hecho habitar en nuestros corazones;
y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad
que nos ha hecho conocer,
a través de Jesús, tu siervo.
A Ti la gloria por los siglos. Amén.
Tú, Señor, Todopoderoso, has hecho todas las cosas
a la gloria de tu nombre,
y has dado comida y bebida a los hijos de los hombres
para su disfrute y para que te bendigan.
Pero a nosotros nos has dado el don
de una comida y una bebida espirituales y de la vida eterna
por mediación de Jesús, tu servidor.
Por todo te bendecimos; porque eres poderoso.
A Ti la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia,
para librarla de todo mal
y perfeccionarla en tu amor.
Reúnela, santifícala, desde los cuatro vientos,
en tu reino, que tú le has preparado.
A Ti el poder y la gloria por los siglos. Amén.
Venga la gracia y pase este mundo. Amén.
Hossana a la casa de David.
El que es santo, lléguese. El que no, arrepiéntase.
Marana tha. Amén” (9,1-10,6)

Salta a la vista la estructura bendicional de estas oraciones. Los motivos de la alabanza son el alimento material como signo del alimento espiritual dado por Jesús. Así, pues, estos textos citados venerables son testigos de que en los primeros decenios de la liturgia cristiana el núcleo central de la Eucaristía era la alabanza, una alabanza sencilla, humilde, breve... Se alaba al Padre por el alimento material y espiritual, símbolo precioso del nuevo conocimiento, de la nueva vida, de la fe, de la inmortalidad, de la nueva presencia de Dios en el corazón humano, trasformado en morada y habitación. Se alaba a Dios por el nuevo pueblo, la Iglesia Santa. Ella espera con fe el fin del mundo y la vuelta de su Señor, a quien reconoce presente en medio de la comida sagrada; por ello termina la oración con la expresión Marana tha, “Ven, Señor”.

Unos cincuenta años después de la composición de la Didajé escribió hacia el año 150 San Justino su Apología I dirigida al Emperador Antonio Pío y compuesta en defensa de los cristianos. En ella Justino nos da preciosas noticias de cómo se celebraba la Eucaristía en Roma por aquella época:

“Y el día llamado del sol se tiene una reunión, en un mismo sitio, de todos los que habitan en las ciudades o en los campos, y se leen los comentaros de los apóstoles o las escrituras de los profetas, mintras el tiepo lo permite.
Cuando el lector ha acabado, el que preside exhorta e incita de palabra a la imitación de estas cosas excelsas.

Después nos levantamos todos a una y recitamos oraciones. Y como antes dijimos, cuando hemos terminado de orar, se presenta pan y vino y agua, y el que preside eleva preces y acciones de gracias a Él, según su capacidad, y el pueblo aclama Amén” (Apología I,67)

De nuevo nos hallamos ante la oración de alabanza. ¿Cuál era el contenido de esta alabanza? El mismo San Justino nos responde en su obra titulada el Diálogo con Trifón:

“La ofrenda de la flor de la harina, señores, -prosigue- mandada ofrecer por los que se purificaban de la lepra, era figura del pan de la Eucaristía, que nuestro Señor Jesucristo mandó ofreciéramos en memoria de la pasión que Él padeció por todos los hombres; para dar gracias en común a Dios por haber creado el mundo y cuanto en él hay, movido de amor hacia el hombre; por habernos librado de la maldad en que nacimos; y por haber destruido con destrucción completa a los principados y potestades a través de la mediación de Quien, según su designio, nació pasible” (Ruiz Bueno, p. 369)


Tenemos, por tanto, esbozado el esquema de la alabanza en la Eucaristía de la nueva Alianza y vemos su continuación con la de la Alianza Antigua: se le alababa a Dios por la creación y por la redención que aparece en su estadio definitivo con la muerte redentora de Jesucristo. Así, pues, el núcleo de la bendición cristiana es la alabanza al Padre por la historia de la salvación culminada en Cristo, expresada, significada y actualizada a través del banquete sacrificial de la Misa.


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Referencia bibliográfica: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. "La Misa en la religión del pueblo", Lima, 1983.
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¿Qué es el Año Litúrgico? - 4° Parte


P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.




2. EL DOMINGO
    Continuación

2.2.   ESPIRITUALIDAD


El estudio de la espiritualidad del domingo es de importancia capital para captar el sentido religioso del Año Litúrgico, pues según el Concilio Vaticano II “el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (SC. 106). La espiritualidad del domingo la podríamos estudiar en estos siguientes apartados:
Presencia del Resucitado en la comunidad creyente con sus poderes mesiánicos.
Liberación del trabajo, símbolo del descanso mesiánico.

Presencia del Resucitado en la comunidad creyente

Como queda dicho, el domingo hunde sus raíces en los pasajes evangélicos de la Resurrección. En ellos por lo tanto hemos de hallar la manera de presencia, con que Jesús Resucitado sigue visitando a los suyos en las reuniones litúrgicos de los domingos.

Los evangelistas nos narran apariciones de Jesús Resucitado a los suyos el día de la resurrección y a los ocho días. En ellas podemos descubrir los rasgos siguientes:

Los discípulos se reúnen llenos de miedo, desesperanzados y dudosos de las visiones tenidas y narradas por las mujeres. En esta situación Jesús Resucitado se hace presente y mostrando sus llagas gloriosas sitúa la cruz de modo misterioso en el centro de aquella reunión religiosa. El Resucitado despierta en ellos fe, esperanza y alegría, come con ellos, los instruye para la misión apostólica, los anima para emprender la evangelización (Lc. 24,13-53; Jn. 20,19-29)

Los apóstoles tomaron conciencia de que la reunión dominical de los cristianos era la continuación de la experiencia tenida por ellos de la Resurrección del Señor, pues en estas reuniones litúrgicas dominicales el mismo Jesús Resucitado se hacía presente a la comunidad de los fieles en forma sacramental y mistérica (Hechos 20,7-12)

De ahí que la legislación eclesiástica muy pronto mandaba al obispo recordar a los fieles la importancia de acudir a las reuniones litúrgicas de los domingos. Así la Didascalia de Siria escrita hacia el año 200 dice el obispo:

“Enseña al pueblo por preceptos y exhortaciones a frecuentar la asamblea y a no faltar jamás a ella; que estén siempre presentes, que no disminuyan la Iglesia con su ausencia, y que no priven al Cuerpo de Cristo de uno de sus miembros; que cada uno reciba como dirigida a sí y no a los demás las palabras de Cristo: “Quien no recoge conmigo, desparrama” (Mt. 12,30) Por ser miembros de Cristo no debéis dispersaros fuera de la Iglesia, no congregándoos. Ya que nuestro Jefe, Cristo, se hace presente, según su promesa, y entra en comunión con nosotros, no os despreciéis a vosotros mismos, y no privéis al Salvador de sus miembros, no desgarréis, no disperséis su Cuerpo” (II, 59,1-3)
La promesa aludida del Salvador en este pasaje es el texto de San Mateo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (18,20) Por eso ya la carta a los Hebreos exhortaba a los fieles a no abandonar “nuestra asamblea, como lo hacen algunos” (10,25) Pero el llamado a concurrir a la asamblea se hacía, como hemos visto, en virtud de una razón religiosa, pues el Señor Jesús se comunica a sus fieles de modo eminente en la asamblea dominical. Y precisamente la presencia del Señor Resucitado en medio de los suyos, sentida y compartida, hace que la asamblea dominical sea una reunión festiva envuelta en un ambiente de alegría, pues con Cristo toda la comunidad litúrgica penetra por la esperanza en “la ciudad del Dios vivo, en la Jerusalén de arriba, en la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo” (Hebreos 12,22-24)

Y es que la presencia de Jesús Resucitado en medio de los suyos despierta y alienta en ellos la fe, la esperanza y la caridad mediante los poderes mesiánicos de su Palabra iluminadora y de sus Obras salvadoras, hechos presentes de nuevo en la Liturgia de la Palabra y en la Liturgia del Sacramento.

Estos poderes mesiánicos son los que hacen posible que el pobre, el débil, el minusválido en el espíritu pueda llegar a ser un cristiano de santidad heroica.
San Lucas nos dice que la nueva asamblea creada por Cristo admite “a los pobres, tullidos, ciegos y cojos” (Lc. 14,21), en contraposición a la comunidad litúrgica judía, la cal excluía del Templo a los “cojos y ciegos” (2 Sam. 5,6) Y la razón de esta diferencia la hallamos en que Cristo tiene el poder de iluminar, curar y enriquecer con su Palabra y con sus Sacramentos.

El símbolo más bello de la iluminación y de la cura espirituales obtenidas por la presencia misteriosa del Señor es la colecta que se hace en la asamblea litúrgica con el fin de ayudar al prójimo necesitado. Esta colecta ya era recomendada por San Pablo, y fue descrita en toda su profundidad religiosa por San Justino:
“Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación dan lo que bien les parece, y lo recogido se entrega al presidente, y él socorre de ello a los huérfanos y viudas, a los que están en la cárcel, a los forasteros de paso y, en una palabra, él se constituye provisor de cuantos se hallan en necesidad” (Apolog. 1°,67)


Y es que para los cristianos de las primeras generaciones el símbolo inequívoco de que uno amaba a Dios con todo su corazón era la caridad eficaz y dadivosa con el prójimo (1Jn.3,17; 4,20) La asamblea dominical tiene una finalidad, cual es despertar más y más en los fieles “una fe que actúa por la caridad” (Gal. 5,6) Y esta caridad activa, símbolo elocuente de la fe religiosa, es comunión, es paz, es ayuda espiritual y material al prójimo necesitado y desamparado, visto como una imagen del mismo Jesús (Mt. 25,31-46)


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Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982

Parábola de los Talentos

P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO XXXIII
del Tiempo Ordinario

Mt. 25, 14-30

El Señor nos enseña que hay que negociar buenas obras con las cualidades que Él nos ha dado.



Jesucristo con esta parábola, narrada por San Mateo, quiere avisarnos también de lo que ocurrirá al final de los tiempos; y lo que ocurrirá es que el Señor nos pedirá  cuentas de lo que hemos hecho en la vida, de cómo hemos hecho rendir los dones y las cualidades que El nos ha dado a cada uno. Esta enseñanza, que explica el sentido de nuestra vida, provoca una exigencia: negociar las buenas obras con las cualidades de que el Señor nos ha dotado. Eta misma enseñanza también está presentada por los Evangelios, en otros varios momentos: y es que mirar nuestra vida, desde la perspectiva del final de la existencia, debe ayudarnos para dar un valor auténtico a todo lo  que vivimos en el momento presente.

Primero se nos dice que todo lo que tenemos lo hemos recibido: características personales, cualidades, posición en la vida, riquezas materiales, riqueza espiritual e intelectual. Todo lo hemos recibido, todo es don de Dios. Nosotros gozamos el beneficio de nuestras propias características, pero también y simultáneamente, somos administradores de un capital entregado para que lo sepamos utilizar convenientemente.

La Iglesia, cuando habla, en su Doctrina Social, de la propiedad privada, suele añadir que la propiedad privada tiene también una dimensión social, y que sobre la propiedad privada pesa una hipoteca social. Son formas de hablar para decirnos que la propiedad privada debe también producir un beneficio para los demás: este beneficio se puede generar de muchas maneras: desde crear puestos de trabajo con mi riqueza, hasta compartir por la limosna algo de lo que tengo, y otras muchas formas variadas de comunicación a otros de lo que yo tengo.

Pero esta forma de hablar de las riquezas materiales, debe aplicársele a todas las otras riquezas que tenemos, y todos tenemos muchas. Es lo que el Señor nos enseña tantas veces, que todo lo que somos y hacemos debe beneficiar a nuestros hermanos, debemos usarlo para el bien de todo el que nos necesite.

Así se va de raíz a eliminar todo lo que pueda ser egoísmo. El egoísmo es una de las más perversas formas de equivocarse al pretender entender lo que es la persona humana. Dios no ha creado al hombre y a la mujer para que viva cada uno su vida, con esa máxima tan poco cristiana "sálvese quien pueda". El vivir para sí, no es usar la vida de acuerdo a la voluntad de Dios.

Así, nuestra inteligencia, nuestro amor, la afectividad, el buen humor, la energía vital, la tenacidad, la capacidad de relacionarme, la imaginación, el gusto por la belleza y todos los innumerables bienes naturales; pero además nuestra fe, nuestra oración, el conocimiento de Dios y todos los bienes sobrenaturales nos han sido dados por Dios, y tienen dos dimensiones: la individual por la cual benefician a quien los posee, y la social por la que deben producir beneficios a los demás. La ociosidad, la irresponsabilidad, la pereza, el egoísmo son pecados contra el sentido mismo de la vida.

No siempre sabemos las consecuencias que tienen en los demás nuestros actos: esos actos son la forma de que nuestros dones produzcan bienes a los demás; unas veces vemos el efecto, el fruto, producido, otras veces no lo vemos, porque los efectos de nuestras obras se producen incluso más allá de nuestra muerte. Pero, que lo veamos o no lo veamos, no es lo que importa.

Cuántas personas han encontrado a Dios y se han santificado por un pequeño librito: "Los Ejercicios Espirituales" de San Ignacio de Loyola. Si este hombre no hubiera puesto al servicio de los demás la riqueza que Dios le había comunicado, cuánto se habría dejado de hacer. Claro Dios tiene otros muchos caminos para hacer llegar sus riquezas, pero si Dios me ha escogido como canal, no puedo ser tan irresponsable de cegar ese canal.


Podríamos citar y recordar a tantísimas personas, para constatar cómo se han convertido en bienhechoras de los demás, por haber hecho fructificar sus talentos, y por haberlos compartido. Y lamentablemente también hay seres amorfos que no han dejado huella, porque nunca se preocuparon de hacer nada; terrible será que el Señor nos pueda decir: "Eres un empleado negligente y holgazán" (Mt., 25, 26).


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

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La Iglesia - 34º Parte: Estructura Jerárquica de la Iglesia - Sucesión Apostólica

P. Ignacio Garro, S.J.


SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



29.7.  SUCESIÓN APOSTÓLICA
         

El tema de la sucesión apostólica, desde los Doce Apóstoles con Pedro a la cabeza hasta el día de hoy, es un tema muy discutido  y puesto en duda por la opinión teológica de los protestantes. Ellos niegan que Jesucristo haya querido que hubiera dicha sucesión apostólica como la vivimos hoy día. Para ellos la sucesión apostólica tal y como la presenta la Iglesia Católica es una cuestión meramente cultural e histórica, es decir, es creación de hombres, una forma de gobierno humana y nada más.

Acerca de la sucesión apostólica la Iglesia enseña:
         
"Cristo ha querido que los apóstoles tuvieran sucesores en su tarea jerárquica. Estos sucesores son los Obispos. Los poderes jerárquicos concedidos a los apóstoles se transmitieron a los Obispos". (de fe).  
         
El Concilio de Trento, enseña : "Por ende, declara el Santo Concilio que, sobre los demás grados eclesiásticos, los Obispos que han sucedido en el lugar de los Apóstoles, pertenecen principalmente a este orden je­rárquico y están puestos, como dice el mismo Apóstol, por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios, Hech 20, 28". Denz 960.
         
El Concilio Vaticano I, enseña: "Así pues, como Jesús envió a los apóstoles, que había escogido del mundo, lo mismo que El había sido enviado por el Padre, Jn 20, 21, de la misma manera quiso que en su Iglesia hubiera pastores y maestros hasta la consumación de los siglos", Denz 1821. Y después dice: "Tales pastores y maestros son los Obispos, sucesores de los apóstoles", Denz 1828. La perpetuación de los poderes jerárquicos es consecuencia necesaria de la indefectibilidad de la Iglesia pretendida y garantizada por ­Cristo. La promesa que Cristo hizo a sus apóstoles de que les asisti­ría hasta el final de los tiempos, Mt 28, 20, supone que el ministerio de los apóstoles se perpetuará en los sucesores de los apóstoles.

Estos, con­forme al mandato de Cristo, comunicaron sus poderes a otras personas; por ejemplo: S. Pablo a Timoteo y Tito, 2 Tim 4, 2-5; Tit 2, 1, (poder de enseñar); l Tim 5, 19-21; Tit 2, 15  (poder de regir); l Tim 5, 22; Tit 1, 5 (poder de santificar). En estos dos discípulos del Apóstol aparece por primera vez con toda claridad el episcopado monárquico que desempeña el ministerio apostólico.
         
El Concilio Vat. II en Lumen Gentium Nº 18 dice: “ siguiendo las huellas del Concilio Vaticano I ... enseña con él que Jesucristo ... quiso que los sucesores de los apóstoles, los obispos, fuesen los pastores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos”.
         
Y en Lumen  Gentium, Nº 20 enseña: (refiriéndose a los Obispos como sucesores de los Apóstoles). "Esta divina misión, confiada por Cristo a los Apóstoles, ha de durar hasta el fin del mundo", Mt 28, 20, puesto que el evangelio que ellos de­ben propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia. Por esto los Apóstoles se cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada, (la Iglesia). En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino que, a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muer­te, dejaron a modo de testamento a sus colaboradores inmediatos el en­cargo de acabar y consolidar la obra comenzada por ellos, encomendán­doles que atendieran a toda la grey; en medio de la cual el Espíritu Santo los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios, Hech 20, 28. Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio. Entre los varios ministerios que desde los primeros tiem­pos se vienen ejerciendo en la Iglesia, según el testimonio de la Tra­dición, ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, ordenados Obispos, por una sucesión que se remonta a los mismos orígenes, conser­van la semilla apostólica".
         
Este punto de la sucesión apostólica, como ya dijimos,  es el que ha suscitado gran dificultad para muchos teólogos protestantes. De nuestra parte, a fin de situarlo en una perspectiva histórica correcta, hacemos tres observaciones preliminares:
         
a.- Más que nunca es preciso guardarse aquí de todo anacronismo y no pedir a unos textos escritos en el Siglo I  precisiones y formulaciones que exigieron siglos de trabajo.
         
b.- Lo dicho anteriormente es tanto más importante cuanto que los apóstoles, en estos comienzos de la Iglesia, tenían que cumplir efectivamente con la misión que les había confiado Cristo más que justificar su modo de hacer. Así, pues, los que nos han legado no es tanto una justificación apologética y canónica de sus poderes apostólicos como el relato y el testimonio de esa misión apostólica vivida en la fe.
         
c.- Es necesario, distinguir bien entre el principio mismo de la sucesión (que es el fondo del problema) y las modalidades históricas que ha revestido a través de la historia de la Iglesia y que, preciso es admitirlo, no siempre han sido muy claras.
         
Al amparo de estas observaciones, analizaremos tres series de textos que nos ayuden a comprender la legitimidad de la sucesión apostólica: la intención de Jesucristo, la actitud de los Apóstoles, y los testimonios de la Iglesia Post - Apostólica
         
1.- La intención de Jesucristo: Aun cuando Cristo no nos haya dejado ninguna declaración explícita sobre la sucesión apostólica, no cabe, sin embargo, la posibilidad de engañarse acerca de sus intenciones profundas. Como observa el Conc. Vat. II Cristo ha manifestado claramente su pensamiento:
         - Una Iglesia hecha para durar hasta el final de los tiempos, Mt 28, 20
         -  La actitud de los apóstoles. Confiando a los apóstoles unos poderes tales que su supresión no permitiría a la Iglesia seguir siendo fuente de vida.
         
A.- Una Iglesia que perdura hasta el final. El Conc. Vat. II hace una alusión explícita a Mt 28, 30: “Y he aquí que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. A este texto tan  claro, cabe añadir Mt 16, 17-19; Lc 24, 29; Jn 14, 16-17. También hay que añadir las parábolas del crecimiento Mt 13, 1-50; Mc 4, 1-9; Lc 8, 5-8. A juzgar por estos textos la Iglesia fundada por Cristo es un largo misterio de crecimiento y debe durar  tanto como el mundo.
         
B.- La naturaleza de los poderes jerárquicos confiados a los apóstoles. Es indispensable distinguir aquí dos tipos de poderes confiados a los apóstoles:
         a.- De un lado, aquellos poderes que están unidos a su función de fundadores de la Iglesia, y que, como tales, son evidentemente intransmisibles (el derecho, por ejemplo, de promulgar ciertos sacramentos, unción de los enfermos en Santiago)
         b.- De otro lado, aquellos poderes vinculados a la estructura de la Iglesia que, en la hipótesis de su desaparición, toda esa estructura resultaría modificada y ya no se trataría de la misma Iglesia. Tal es el caso de los tres poderes de predicar la palabra de Dios con autoridad, de administrar los sacramentos, y el poder de gobernar al pueblo de Dios. Si uno de estos tres poderes desapareciera, por ser supuestamente intransmisible, todo el edificio eclesial se vendría abajo.
         

2.- La actitud de los apóstoles: Al principio, los apóstoles dirigen personalmente o mediante emisarios las nuevas comunidades cristianas Hech 8, 14; 9, 22; 15, 22. Luego, poco a poco, se asocian a un cierto  número de “auxiliares varios”, en cuyas manos dejan cada vez más el cuidado de estas Iglesias locales y a los que confieren por medio de un rito preciso, el de la imposición de las manos, 1 Tim 4, 14; 5, 22, los poderes que Cristo les había confiado Hech 220,28; 1 Petr 4,2; 1 Tim 3,5; 4,6; 17, 2; Tit 1,5; 2,15.
                        
Para designar a estos colaboradores, la Escritura recurre a diversos nombres: ancianos o “presbíteros”, (presbiteros)(presbiteros), llamados también “epíscopos”, (episkopos)(episkopos), (vigilantes): Hech 11,30; 14, 23; Filp 1,1; 1 Tim 3, 1-7; Tit 1,5. Por lo demás debe dejarse aquí constancia de lo difícil que resulta forjarse una idea precisa del alcance exacto de estos diversos términos señalados. Lo que sí está claro en los escritos del N. T. Que los apóstoles preparan poco a poco, eligiéndoles e impulsándoles a actuar, a unos colaboradores que serán después sus sucesores, y todo esto en razón de las exigencias mismas de la vida dinámica de la Iglesia. No obstante haremos algunas observaciones:
         
A.- Al principio, parece que los apóstoles procuraron mucho más de rodearse de colaboradores que asegurar su propia sucesión. Al principio dada la gran expectativa escatológica que había, parece que no se preocuparon mucho es buscar sucesores pero conforme pasa el tiempo y el final de los tiempos no llega se plantean el problema de la sucesión apostólica.
         
B.- No se pretende, sin embargo, que el proceso de esta sucesión resulte del todo claro. Hay que admitir que en este proceso subsisten no pocas zonas oscuras, sobre todo:

  • En el sentido y alcance exacto de los términos : presbíteros  = presbiteros ” presbiteros y  epíscopos  = episkopos”  episkopos:        
  • El modo concreto de pasar de la primera organización jerárquica, que sobre el terreno parece haber sido de tipo más comunitario, a la organización actual, que aflora ya a comienzos del Siglo II con S. Ignacio de Antioquía y que se ha dado  a veces en llamar “organización monárquica”, por cuanto cada Iglesia está presidida, efectivamente, pro su propio y único Obispo
  • La evolución, por lo demás, no es uniforme en toda la cristiandad. Algunos teólogos, como Colson, juzgan necesario distinguir dos grandes líneas de acción episcopal. Una más sensible al valor propio de la comunidad local y que desemboca muy pronto en el episcopado “monárquico” y sedentario, como S. Ignacio de Antioquía y que pertenece a la línea de la teología joánica. La otra, más sensible a la unidad del conjunto, línea en la que el vínculo de la unidad se concibe como un apostolado esencialmente itinerante y misionero, y que pertenece a la tradición paulina
  • Importan, finalmente, subrayar el aspecto comunitario de la tarea apostólica: “Apóstoles, delegados de apóstoles, sucesores de apóstoles, los evangelizadores no están primitivamente vinculados a un territorio determinado, ni a un pueblo. Ejercen la evangelización solidariamente. Y las Iglesias fundadas, organizadas, visitadas por éste o aquél, no constituyen propiamente hablando unos feudos, sino que todas  juntas constituyen la Iglesia unida por la colegialidad en la predicación apostólica”. Colson.

3.-  Los testimonios de la Iglesia Post – Apostólica: Sólo presentamos un reducido  número de textos.
a. S. Clemente de Roma: En cara escrita en el año 95 va dirigida a la Iglesia de Corinto, divida y en conflictos por  divisiones internas, cuyo objeto principal es el sentido y función de determinados presbíteros. S. Clemente dice: “Los apóstoles  han sido para nosotros mensajeros de la buena nueva de parte del Señor Jesucristo. El Señor Jesús fue enviado por  Dios, Cristo, pues, de parte de Dios, y los apóstoles de parte de Cristo. Ambas cosas proceden, en buen orden, de la voluntad de Dios”.
         
Pasando luego a comentar la organización de las comunidades cristianas prosigue: “Mientras predicaban por las ciudades y pueblos iban constituyendo a los eran las primicias de ellos, y después de probarlos por el espíritu, como obispos y diáconos de los futuros creyentes”.  
         
Finalmente afirma: “Nuestros apóstoles supieron por nuestro Señor Jesucristo que habría discusión a propósito de la dignidad del episcopado. Por esto, en su presciencia perfecta del futuro, instituyeron a los antes citados y fijaron la regla de que, después de su muerte, otros hombres probados tomaran el relevo de su ministerio: aquellos que fueron comisionados por los apóstoles  o más adelante por otros personajes eminentes, con la  aprobación de la Iglesia”.

b. San Ignacio de Antioquía: El testimonio es doble: Por un lado nos aporta información particularmente preciosa sobre lo que era, en los comienzos del Siglo II, la organización de la Iglesia oriental, con su Obispo, su presbiterio, y sus diáconos; por otro lado esboza ya una primera teología del episcopado, la que era de esperar en un discípulo de S. Juan evangelista.
         
Para S. Ignacio, no reconocer al Obispo equivale a no reconocer la encarnación de Cristo. Sin el Obispo, los presbíteros y los diáconos, escribe, no hay Iglesia. S. Ignacio escribió: “es evidente la necesidad de considerar al Obispo como al Señor mismo”, Carta a Ephesios, 6,2. “Que nadie, sin el Obispo, haga nada relativo a la Iglesia.... Obrar a escondidas del Obispo es servir al diablo” Smyn, 8, 1-2.

c. S. Ireneo de Lyon: hacia los años 180 a 190, habla de la tradición de los apóstoles: “Todos los que quieren ver la verdad pueden contemplar en toda la Iglesia la tradición de los apóstoles, manifiesta en el mundo entero. Y podemos enumerar a quienes los apóstoles instituyeron como obispos de las Iglesias y sus “sucesiones” hasta nosotros. En este orden y en esta sucesión es como la tradición que está en la Iglesia a partir de los apóstoles y la predicación de la verdad han llegado hasta nosotros”.  Adversus Haerexes, III, 3,2; 3,3.

d. Tertuliano: A comienzos del Siglo III de la cristiandad invitaba a los herejes a demostrar  el origen apostólico de sus Iglesias, si es que querían que se les diera crédito, y escribía: “Mostrad los orígenes de vuestras Iglesias, desplegad la lista de sucesión de vuestros obispos, probad, que desde el principio, su sucesión ha sido continua, que el primer obispo tuvo como fiador y predecesor a uno de los apóstoles”. De praescripti, 32.

         

Conclusión. 
Estos testimonios citados, unidos a los textos de las Escrituras, permiten ya sacar alguna conclusión. Precisamente para responder a la misión que Cristo les había confiado, los apóstoles, poco a poco, establecieron la institución jerárquica de la Iglesia, tal como existe desde principios del Siglo II, y que es ya sustancialmente la que hace vivir hoy a la Iglesia de Cristo. Así pues, esta institución no es una invención humana, como pretenden demostrar los teólogos protestantes, sino que responde a la voluntad formal de Cristo, es un don de Dios, es una institución divina.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.

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