Especial: Nuestra Señora de Fátima

Estamos en mayo, mes dedicado a Nuestra Madre María Santísima, y donde se celebra la Fiesta de Nuestra Señora de Fátima, por ello compartimos nuestras publicaciones dedicadas a su devoción. Acceda AQUÍ.

"Si me amáis, guardaréis mis mandamientos"

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo VI de Pascua, 25 de mayo. Jesús nos dice que el camino para llegar al amor de Dios, es el del cumplimiento de los mandamientos. Acceda AQUÍ.

El libro del Apocalipsis - 1° Parte: Orígenes y contexto

El P. Fernando Martínez Galdeano, S.J. inicia su estudio sobre el libro del Apocalipsis, en esta primera entrega nos ofrece un panorama del contexto de la época para comprender la finalidad del libro. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 23º Parte: El Ecumenismo

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa ofreciéndonos sus entregas sobre el estudio de la Iglesia, en esta oportunidad sobre el Ecumenismo en la vida de la Iglesia. Acceda AQUÍ.

Catequesis del papa Francisco

Compartimos los mensajes del papa Francisco a través de sus últimas audiencias, acceda a través de los siguientes enlaces:
24/05/2014 - Homilía del papa Francisco en su visita a Tierra Santa - Peregrinación a Tierra Santa con ocasión del 50 aniversario del encuentro en Jerusalén entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras
21/05/2014 - Audiencia: Quinto don del Espíritu Santo
14/05/2014 - Audiencia: Cuarto don del Espíritu Santo
07/05/2014 - Audiencia: Tercer don del Espíritu Santo
30/04/2014 - Audiencia: Segundo don del Espíritu Santo
09/04/2014 - Audiencia: Primer don del Espíritu Santo
23/04/2014 - Audiencia: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?"

"Si me amáis, guardaréis mis mandamientos"

P. Adolfo Franco, S.J.


PASCUA
Domingo VI

Juan 14, 15-21

Jesús nos dice que el camino para llegar al amor de Dios, es el del cumplimiento de los mandamientos.


Entre otras lecciones de Jesús en estos versículos, hay una en que junta el amor y el cumplimiento de los mandamientos: “si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Estas palabras de Jesús nos hacen recordar las cláusulas de la Alianza que Dios estableció con los judíos, por medio de Moisés en el monte Sinaí: Ustedes serán mi pueblo si guardan mis mandamientos; o sea que la relación amorosa entre Dios y los hombres, incluye el que éstos cumplan con los diez mandamientos.

A la vista salta que se han juntado dos cosas que parecerían contrapuestas: el amor y el cumplimiento de la ley, el legalismo y el afecto, el deber que puede ser exigido y el amor que es enteramente libre. Pero es un contraste solamente aparente. No es que Jesucristo ponga una condición arbitraria para amarle a él, cumplir los mandamientos; se trata de hacernos caer en la cuenta que nuestro amor a El no sería auténtico si no se manifiesta en una vida pura; el llevar una vida de acuerdo con los mandamientos de Dios, es la muestra de la autenticidad de nuestro amor.

Así en la afirmación de Jesús, casi podríamos decir que las dos frases son equivalentes: guardar los mandamientos es amar a Jesús, amar a Jesús es guardar los mandamientos. Si se ama a Jesús de veras, surge, como necesidad interior el actuar de acuerdo a los mandamientos, aunque éstos no estuvieran ni escritos, ni mandados. Y es hermoso descubrir que Dios se considera amado por el hombre, cuándo éste respeta a sus padres, cuando defiende la vida, cuando respeta todo lo del prójimo. Cada acto de éstos, que decimos de cumplimiento de los mandamientos, en realidad es un verdadero acto de amor, y así deberíamos considerarlo.

Por eso hay que entender cabalmente lo que son los mandamientos, para liberarlos del carácter legalista que frecuentemente les damos, y para preservar su verdadera esencia. El puro legalismo nos lleva a un cumplimiento externo de la ley, y no nos lleva a querer con todo el corazón lo que ella manda. Pero si esto está mal en las leyes humanas, peor es en la ley divina. Supongamos que una persona no trafica en drogas, sólo por la sanción en que puede incurrir; ése tiene un sentido puramente legalista, y muy pobre como ciudadano, no ha interiorizado la ley, en su corazón no hay un valor correspondiente a la ley.

La ley de Dios, los Mandamientos, son parte de la Alianza (pacto de amor) que Dios ha establecido con los hombres. Ya desde el Sinaí, los mandamientos son elemento esencial de esa amistad con Dios llamada Alianza.

Pero también con respecto a ellos, podemos tener un sentido puramente legalista: no hago esto, o lo otro, porque está prohibido, o porque me puede caer un castigo, pero no he interiorizado los valores implicados en los mandamientos. Y éstos sólo de verdad se cumplen cuando hacemos parte de nuestro corazón los valores en ellos contenidos. Lo que me mandan los mandamientos es que yo tenga en el corazón un amor profundo y dedicado a mi familia, que me entregue con generosidad y afecto a servirles; me mandan que en mi corazón haya un amor ilimitado a la vida y que la cuide como un don de Dios, que cuide el bienestar de mis hermanos en cuanto de mí dependa; me mandan que cuide con respeto mi cuerpo porque es un santuario de Dios, y lo mismo el cuerpo de mis hermanos. Y así en todos los mandamientos: lo referente a la honra, a la verdad y a  cada una de las cosas que hay que respetar, como señal de nuestro amor al prójimo. Se trata en cada caso de que en mi corazón haya un verdadero deseo de esos valores que Dios nos ha enseñado en los mandamientos.

O sea que debo convertir cada mandamiento en un objeto de amor. Mi cumplimiento debe ser de corazón, y además pensando en Dios que me los ha dado, para que le dedique mi vida a El afectivamente y efectivamente. Por otra parte hay que añadir algo más: cuando Jesús nos dice que para amarlo a El hay que guardar los mandamientos, nos dice que hagamos todo lo que los mandamientos nos piden por  El. El fundamento de cada mandamiento es la voluntad de Jesús, el querer de Dios. En este mismo sentido decía San Agustín la conocida frase. “Ama y haz lo que quieras”.

Los mandamientos de Dios y el amor a Dios van así unidos. Los mandamientos son en realidad un camino de amor. Una cosa a la que un buen cristiano aspira es a amar de verdad a Dios, a llenar de amor su corazón. Es cierto que no hay mejor forma de vivir que estar enamorado; y no hay amor más cautivador que el amor de Dios. Tenemos una forma de caminar hacia el amor, de construir el amor: guardar los mandamientos, que El nos ha dado.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

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Homilía del papa Francisco en su visita a Tierra Santa



(24-26 DE MAYO DE 2014) 


SANTA MISA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Estadio Internacional, Amán
Sábado 24 de mayo de 2014



En el Evangelio hemos escuchado la promesa de Jesús a sus discípulos: “Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes” (Jn 14,16). El primer Paráclito es el mismo Jesús; el “otro” es el Espíritu Santo.

Aquí nos encontramos no muy lejos del lugar en el que el Espíritu Santo descendió con su fuerza sobre Jesús de Nazaret, después del bautismo de Juan en el Jordán (cf. Mt 3,16), donde hoy me acercaré. Así pues, el Evangelio de este domingo, y también este lugar, al que, gracias a Dios, he venido en peregrinación, nos invitan a meditar sobre el Espíritu Santo, sobre su obra en Cristo y en nosotros, y que podemos resumir de esta forma: el Espíritu realiza tres acciones: prepara, unge y envía.

En el momento del bautismo, el Espíritu se posa sobre Jesús para prepararlo a su misión de salvación, misión caracterizada por el estilo del Siervo manso y humilde, dispuesto a compartir y a entregarse totalmente. Pero el Espíritu Santo, presente desde el principio de la historia de la salvación, ya había obrado en Jesús en el momento de su concepción en el seno virginal de María de Nazaret, realizando la obra admirable de la Encarnación: “El Espíritu Santo te llenará, te cubrirá con su sombra –dice el Ángel a María- y tú darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús” (cf. Lc 1,35). Después, el Espíritu actuó en Simeón y Ana el día de la presentación de Jesús en el Templo (cf. Lc 2,22). Ambos a la espera del Mesías, ambos inspirados por el Espíritu Santo, Simeón y Ana, al ver al Niño, intuyen que Él es el Esperado por todo el pueblo. En la actitud profética de los dos videntes se expresa la alegría del encuentro con el Redentor y se realiza en cierto sentido una preparación del encuentro del Mesías con el pueblo.

Las diversas intervenciones del Espíritu Santo forman parte de una acción armónica, de un único proyecto divino de amor. La misión del Espíritu Santo consiste en generar armonía –Él mismo es armonía– y obrar la paz en situaciones diversas y entre individuos diferentes. La diversidad de personas y de ideas no debe provocar rechazo o crear obstáculos, porque la variedad es siempre una riqueza. Por tanto, hoy invocamos con corazón ardiente al Espíritu Santo pidiéndole que prepare el camino de la paz y de la unidad.

En segundo lugar, el Espíritu Santo unge. Ha ungido interiormente a Jesús, y unge a los discípulos, para que tengan los mismos sentimientos de Jesús y puedan así asumir en su vida las actitudes que favorecen la paz y la comunión. Con la unción del Espíritu, la santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad y nos hace capaces de amar a los hermanos con el mismo amor con que Dios nos ama. Por tanto, es necesario realizar gestos de humildad, de fraternidad, de perdón, de reconciliación. Estos gestos son premisa y condición para una paz auténtica, sólida y duradera. Pidamos al Padre que nos unja para que seamos plenamente hijos suyos, cada vez más conformados con Cristo, para sentirnos todos hermanos y así alejar de nosotros rencores y divisiones, ypoder amarnos fraternamente. Es lo que nos pide Jesús en el Evangelio: “Si me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes” (Jn 14,15-16).

Y, finalmente, el Espíritu envía. Jesús es el Enviado, lleno del Espíritu del Padre. Ungidos por el mismo Espíritu, también nosotros somos enviados como mensajeros y testigos de paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de nosotros como mensajeros de paz, como testigos de paz! Es una necesidad que tiene el mundo. También el mundo nos pide hacer esto: llevar la paz, testimoniar la paz.

La paz no se puede comprar, no se vende. La paz es un don que hemos de buscar con paciencia y construir “artesanalmente” mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana. El camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y formamos parte del género humano; si no olvidamos que tenemos un único Padre en el cielo y que somos todos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza.

Con este espíritu, abrazo a todos ustedes: al Patriarca, a los hermanos Obispos, a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los fieles laicos, así como a los niños que hoy reciben la Primera Comunión y a sus familiares. Mi corazón se dirige también a los numerosos refugiados cristianos; también todos nosotros, con nuestro corazón, dirijámonos a ellos, a los numerosos refugiados cristianos provenientes de Palestina, de Siria y de Iraq: lleven a sus familias y comunidades mi saludo y mi cercanía.

Queridos amigos, queridos hermanos, el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en el Jordán y dio inicio a su obra de redención para librar al mundo del pecado y de la muerte. A Él le pedimos que prepare nuestros corazones al encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz. Amén.


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Tomado de
www.vatican.va
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Quinto don del Espíritu Santo


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 21 de mayo de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera poner de relieve otro don del Espíritu Santo: el don de ciencia. Cuando se habla de ciencia, el pensamiento se dirige inmediatamente a la capacidad del hombre de conocer cada vez mejor la realidad que lo rodea y descubrir las leyes que rigen la naturaleza y el universo. La ciencia que viene del Espíritu Santo, sin embargo, no se limita al conocimiento humano: es un don especial, que nos lleva a captar, a través de la creación, la grandeza y el amor de Dios y su relación profunda con cada creatura.

Cuando nuestros ojos son iluminados por el Espíritu, se abren a la contemplación de Dios, en la belleza de la naturaleza y la grandiosidad del cosmos, y nos llevan a descubrir cómo cada cosa nos habla de Él y de su amor. Todo esto suscita en nosotros gran estupor y un profundo sentido de gratitud. Es la sensación que experimentamos también cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que es fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: ante todo esto el Espíritu nos conduce a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros.

En el primer capítulo del Génesis, precisamente al inicio de toda la Biblia, se pone de relieve que Dios se complace de su creación, subrayando repetidamente la belleza y la bondad de cada cosa. Al término de cada jornada, está escrito: «Y vio Dios que era bueno» (1, 12.18.21.25): si Dios ve que la creación es una cosa buena, es algo hermoso, también nosotros debemos asumir esta actitud y ver que la creación es algo bueno y hermoso. He aquí el don de ciencia que nos hace ver esta belleza; por lo tanto, alabemos a Dios, démosle gracias por habernos dado tanta belleza. Y cuando Dios terminó de crear al hombre no dijo «vio que era bueno», sino que dijo que era «muy bueno» (v. 31). A los ojos de Dios nosotros somos la cosa más hermosa, más grande, más buena de la creación: incluso los ángeles están por debajo de nosotros, somos más que los ángeles, como hemos escuchado en el libro de los Salmos. El Señor nos quiere mucho. Debemos darle gracias por esto. El don de ciencia nos coloca en profunda sintonía con el Creador y nos hace participar en la limpidez de su mirada y de su juicio. Y en esta perspectiva logramos ver en el hombre y en la mujer el vértice de la creación, como realización de un designio de amor que está impreso en cada uno de nosotros y que hace que nos reconozcamos como hermanos y hermanas.

Todo esto es motivo de serenidad y de paz, y hace del cristiano un testigo gozoso de Dios, siguiendo las huellas de san Francisco de Asís y de muchos santos que supieron alabar y cantar su amor a través de la contemplación de la creación. Al mismo tiempo, el don de ciencia nos ayuda a no caer en algunas actitudes excesivas o equivocadas. La primera la constituye el riesgo de considerarnos dueños de la creación. La creación no es una propiedad, de la cual podemos disponer a nuestro gusto; ni, mucho menos, es una propiedad sólo de algunos, de pocos: la creación es un don, es un don maravilloso que Dios nos ha dado para que cuidemos de él y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con gran respeto y gratitud. La segunda actitud errónea está representada por la tentación de detenernos en las creaturas, como si éstas pudiesen dar respuesta a todas nuestras expectativas. Con el don de ciencia, el Espíritu nos ayuda a no caer en este error.

Pero quisiera volver a la primera vía equivocada: disponer de la creación en lugar de custodiarla. Debemos custodiar la creación porque es un don que el Señor nos ha dado, es el regalo de Dios a nosotros; nosotros somos custodios de la creación. Cuando explotamos la creación, destruimos el signo del amor de Dios. Destruir la creación es decir a Dios: «no me gusta». Y esto no es bueno: he aquí el pecado.

El cuidado de la creación es precisamente la custodia del don de Dios y es decir a Dios: «Gracias, yo soy el custodio de la creación para hacerla progresar, jamás para destruir tu don». Esta debe ser nuestra actitud respecto a la creación: custodiarla, porque si nosotros destruimos la creación, la creación nos destruirá. No olvidéis esto. Una vez estaba en el campo y escuché un dicho de una persona sencilla, a la que le gustaban mucho las flores y las cuidaba. Me dijo: «Debemos cuidar estas cosas hermosas que Dios nos ha dado; la creación es para nosotros a fin de que la aprovechemos bien; no explotarla, sino custodiarla, porque Dios perdona siempre, nosotros los hombres perdonamos algunas veces, pero la creación no perdona nunca, y si tú no la cuidas ella te destruirá».

Esto debe hacernos pensar y debe hacernos pedir al Espíritu Santo el don de ciencia para comprender bien que la creación es el regalo más hermoso de Dios. Él hizo muchas cosas buenas para la cosa mejor que es la persona humana.


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Tomado de:
www.vatican.va
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Cuarto don del Espíritu Santo


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 14 de mayo de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis precedentes hemos reflexionado sobre los tres primeros dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia y consejo. Hoy pensemos en lo que hace el Señor: Él viene siempre a sostenernos en nuestra debilidad y esto lo hace con un don especial: el don de fortaleza.

Hay una parábola, relatada por Jesús, que nos ayuda a captar la importancia de este don. Un sembrador salió a sembrar; sin embargo, no toda la semilla que esparció dio fruto. Lo que cayó al borde del camino se lo comieron los pájaros; lo que cayó en terreno pedregoso o entre abrojos brotó, pero inmediatamente lo abrasó el sol o lo ahogaron las espinas. Sólo lo que cayó en terreno bueno creció y dio fruto (cf. Mc 4, 3-9; Mt 13, 3-9; Lc 8, 4-8). Como Jesús mismo explica a sus discípulos, este sembrador representa al Padre, que esparce abundantemente la semilla de su Palabra. La semilla, sin embargo, se encuentra a menudo con la aridez de nuestro corazón, e incluso cuando es acogida corre el riesgo de permanecer estéril. Con el don de fortaleza, en cambio, el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera también de muchos impedimentos.

Hay también momentos difíciles y situaciones extremas en las que el don de fortaleza se manifiesta de modo extraordinario, ejemplar. Es el caso de quienes deben afrontar experiencias particularmente duras y dolorosas, que revolucionan su vida y la de sus seres queridos. La Iglesia resplandece por el testimonio de numerosos hermanos y hermanas que no dudaron en entregar la propia vida, con tal de permanecer fieles al Señor y a su Evangelio. También hoy no faltan cristianos que en muchas partes del mundo siguen celebrando y testimoniando su fe, con profunda convicción y serenidad, y resisten incluso cuando saben que ello puede comportar un precio muy alto. También nosotros, todos nosotros, conocemos gente que ha vivido situaciones difíciles, numerosos dolores. Pero, pensemos en esos hombres, en esas mujeres que tienen una vida difícil, que luchan por sacar adelante la familia, educar a los hijos: hacen todo esto porque está el espíritu de fortaleza que les ayuda. Cuántos hombres y mujeres —nosotros no conocemos sus nombres— que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe. Estos hermanos y hermanas nuestros son santos, santos en la cotidianidad, santos ocultos en medio de nosotros: tienen el don de fortaleza para llevar adelante su deber de personas, de padres, de madres, de hermanos, de hermanas, de ciudadanos. ¡Son muchos! Demos gracias al Señor por estos cristianos que viven una santidad oculta: es el Espíritu Santo que tienen dentro quien les conduce. Y nos hará bien pensar en esta gente: si ellos hacen todo esto, si ellos pueden hacerlo, ¿por qué yo no? Y nos hará bien también pedir al Señor que nos dé el don de fortaleza.

No hay que pensar que el don de fortaleza es necesario sólo en algunas ocasiones o situaciones especiales. Este don debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristianos, en el ritmo ordinario de nuestra vida cotidiana. Como he dicho, todos los días de la vida cotidiana debemos ser fuertes, necesitamos esta fortaleza para llevar adelante nuestra vida, nuestra familia, nuestra fe. El apóstol Pablo dijo una frase que nos hará bien escuchar: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4, 13). Cuando afrontamos la vida ordinaria, cuando llegan las dificultades, recordemos esto: «Todo lo puedo en Aquel que me da la fuerza». El Señor da la fuerza, siempre, no permite que nos falte. El Señor no nos prueba más de lo que nosotros podemos tolerar. Él está siempre con nosotros. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».

Queridos amigos, a veces podemos ser tentados de dejarnos llevar por la pereza o, peor aún, por el desaliento, sobre todo ante las fatigas y las pruebas de la vida. En estos casos, no nos desanimemos, invoquemos al Espíritu Santo, para que con el don de fortaleza dirija nuestro corazón y comunique nueva fuerza y entusiasmo a nuestra vida y a nuestro seguimiento de Jesús.


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Tomado de:
www.vatican.va
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Tercer don del Espíritu Santo


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 7 de mayo de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado en la lectura del pasaje del libro de los Salmos que dice: «El Señor me aconseja, hasta de noche me instruye internamente» (cf. Sal 16, 7). Y este es otro don del Espíritu Santo: el don de consejo. Sabemos cuán importante es, en los momentos más delicados, poder contar con las sugerencias de personas sabias y que nos quieren. Ahora, a través del don de consejo, es Dios mismo, con su Espíritu, quien ilumina nuestro corazón, de tal forma que nos hace comprender el modo justo de hablar y de comportarse; y el camino a seguir. ¿Pero cómo actúa este don en nosotros?

En el momento en el que lo acogemos y lo albergamos en nuestro corazón, el Espíritu Santo comienza inmediatamente a hacernos sensibles a su voz y a orientar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras intenciones según el corazón de Dios. Al mismo tiempo, nos conduce cada vez más a dirigir nuestra mirada interior hacia Jesús, como modelo de nuestro modo de actuar y de relacionarnos con Dios Padre y con los hermanos. El consejo, pues, es el don con el cual el Espíritu Santocapacita a nuestra conciencia para hacer una opción concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su Evangelio. De este modo, el Espíritu nos hace crecer interiormente, nos hace crecer positivamente, nos hace crecer en la comunidad y nos ayuda a no caer en manos del egoísmo y del propio modo de ver las cosas. Así el Espíritu nos ayuda a crecer y también a vivir en comunidad. La condición esencial para conservar este don es la oración. Volvemos siempre al mismo tema: ¡la oración! Es muy importante la oración. Rezar con las oraciones que todos sabemos desde que éramos niños, pero también rezar con nuestras palabras. Decir al Señor: «Señor, ayúdame, aconséjame, ¿qué debo hacer ahora?». Y con la oración hacemos espacio, a fin de que el Espíritu venga y nos ayude en ese momento, nos aconseje sobre lo que todos debemos hacer. ¡La oración! Jamás olvidar la oración. ¡Jamás! Nadie, nadie, se da cuenta cuando rezamos en el autobús, por la calle: rezamos en silencio con el corazón. Aprovechamos esos momentos para rezar, orar para que el Espíritu nos dé el don de consejo.

En la intimidad con Dios y en la escucha de su Palabra, poco a poco, dejamos a un lado nuestra lógica personal, impuesta la mayoría de las veces por nuestras cerrazones, nuestros prejuicios y nuestras ambiciones, y aprendemos, en cambio, a preguntar al Señor: ¿cuál es tu deseo?, ¿cuál es tu voluntad?, ¿qué te gusta a ti? De este modo madura en nosotros una sintonía profunda, casi connatural en el Espíritu y se experimenta cuán verdaderas son las palabras de Jesús que nos presenta el Evangelio de Mateo: «No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros» (Mt 10, 19-20). Es el Espíritu quien nos aconseja, pero nosotros debemos dejar espacio al Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Y dejar espacio es rezar, rezar para que Él venga y nos ayude siempre.

Como todos los demás dones del Espíritu, también el de consejo constituye un tesoro para toda la comunidad cristiana. El Señor no nos habla sólo en la intimidad del corazón, nos habla sí, pero no sólo allí, sino que nos habla también a través de la voz y el testimonio de los hermanos. Es verdaderamente un don grande poder encontrar hombres y mujeres de fe que, sobre todo en los momentos más complicados e importantes de nuestra vida, nos ayudan a iluminar nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor.

Recuerdo una vez en el santuario de Luján, yo estaba en el confesonario, delante del cual había una larga fila. Había también un muchacho todo moderno, con los aretes, los tatuajes, todas estas cosas... Y vino para decirme lo que le sucedía. Era un problema grande, difícil. Y me dijo: yo le he contado todo esto a mi mamá, y mi mamá me ha dicho: dirígete a la Virgen y ella te dirá lo que debes hacer. He aquí a una mujer que tenía el don de consejo. No sabía cómo salir del problema del hijo, pero indicó el camino justo: dirígete a la Virgen y ella te dirá. Esto es el don de consejo. Esa mujer humilde, sencilla, dio a su hijo el consejo más verdadero. En efecto, este muchacho me dijo: he mirado a la Virgen y he sentido que tengo que hacer esto, esto y esto... Yo no tuve que hablar, ya lo habían dicho todo su mamá y el muchacho mismo. Esto es el don de consejo. Vosotras, mamás, que tenéis este don, pedidlo para vuestros hijos: el don de aconsejar a los hijos es un don de Dios.

Queridos amigos, el Salmo 16, que hemos escuchado, nos invita a rezar con estas palabras: «Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré» (vv. 7-8). Que el Espíritu infunda siempre en nuestro corazón esta certeza y nos colme de su consolación y de su paz. Pedid siempre el don de consejo.


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Tomado de:
www.vatican.va
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Segundo don del Espíritu Santo


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 30 de abril de 2014




Queridos hermanos y hermanas: Buenos días

Después de haber considerado la sabiduría como el primero de los siete dones del Espíritu Santo, hoy me gustaría centrarme en el segundo regalo , es decir , la comprensión . No se trata aquí de la comprensión humana , con la capacidad intelectual con la que podemos estar más o menos dotados . Más bien, es una gracia que sólo el Espíritu Santo puede infundir y que despierta en el cristiano la capacidad de ir más allá de la apariencia exterior de la realidad y para sondear las profundidades de los pensamientos de Dios y su plan de salvación .

El apóstol Pablo , dirigiéndose a la comunidad de Corinto , describe muy bien los efectos de este regalo - es decir, lo que el don de entendimiento hace en nosotros - y Pablo dice esto: "Lo que ni el ojo vio , ni oído oyó , ni al corazón del hombre , Son las que Dios ha preparado para los que le aman , Dios ha revelado a nosotros por el Espíritu " ( 1 Corintios 2:9-10 ) . Por supuesto, esto no quiere decir que un cristiano puede comprender todas las cosas y tener pleno conocimiento de los designios de Dios : todo esto espera ser revelado en toda su claridad una vez que nos encontramos ante los ojos de Dios y somos verdaderamente uno con él . Sin embargo , como la misma palabra lo indica, la comprensión nos permite " intus legere " , o " leer por dentro ": este regalo nos permite entender las cosas como Dios las entiende , con la mente de Dios. Para uno puede entender una situación con la comprensión humana , con prudencia, y esto es bueno. Pero para entender una situación en profundidad, como Dios lo entiende, es el efecto de este don. Y Jesús desea que nos enviaría al Espíritu Santo para que podamos tener este don , para que todos nosotros podríamos entender las cosas como Dios las entiende , con la mente de Dios. ¡Qué hermoso regalo que el Señor nos ha dado. Es el don con que el Espíritu Santo nos introduce en la intimidad con Dios y nos hace partícipes en el plan de amor que él tiene para nosotros.

Es claro entonces que el don de la comprensión está estrechamente relacionada con la fe. Cuando el Espíritu Santo mora en nuestros corazones e ilumina nuestras mentes , que nos hace crecer día a día en la comprensión de lo que el Señor ha dicho y realizado . Jesús mismo dijo a sus discípulos : Yo te enviaré el Espíritu Santo y que le permitirá entender todo lo que yo os he enseñado . Para entender las enseñanzas de Jesús , para entender su Palabra , para entender el Evangelio , para entender la Palabra de Dios. Uno puede leer el Evangelio y entender algo, pero si leemos el Evangelio con este don del Espíritu Santo, podemos entender la profundidad de las palabras de Dios . Y esto es un gran regalo, un gran regalo para los que todos debemos pedir y pedir juntos: Danos , Señor , el don de la comprensión.

Hay un episodio en el Evangelio de Lucas , que expresa adecuadamente la profundidad y el poder de este regalo . Después de ser testigo de la muerte en la cruz y la sepultura de Jesús, dos de sus discípulos , decepcionado y llenos de dolor , salir de Jerusalén y volver a su aldea llamada Emaús. Mientras están en camino , Jesús resucitado se acerca y comienza a hablar con ellos, pero sus ojos , velado por la tristeza y la desesperación, son incapaces de reconocerlo. Jesús camina con ellos, pero son tan triste, en tal desesperación profunda, que no lo reconocen . Cuando, sin embargo , el Señor explica las Escrituras a ellos para que puedan entender que tenía que sufrir y morir para luego subir de nuevo, sus mentes se abren y la esperanza se reavivó en su corazón ( cf. Lc 24:13-27 ) . Y esto es lo que el Espíritu Santo hace con nosotros : él abre nuestras mentes , abre a entender mejor , para entender mejor las cosas de Dios , las cosas humanas , situaciones, todas las cosas. El don de entendimiento es importante para nuestra vida cristiana. Pidamos que el Señor, para que él nos puede dar , que nos puede dar todo esto don de entender las cosas que pasan , como él los entiende, y de entender, sobre todo, la Palabra de Dios en el Evangelio . Gracias.


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Tomado de:
www.vatican.va

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Primer don del Espíritu Santo

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 9 de abril de 2014




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Iniciamos hoy un ciclo de catequesis sobre los dones del Espíritu Santo. Vosotros sabéis que el Espíritu Santo constituye el alma, la savia vital de la Iglesia y de cada cristiano: es el Amor de Dios que hace de nuestro corazón su morada y entra en comunión con nosotros. El Espíritu Santo está siempre con nosotros, siempre está en nosotros, en nuestro corazón.

El Espíritu mismo es «el don de Dios» por excelencia (cf. Jn 4, 10), es un regalo de Dios, y, a su vez, comunica diversos dones espirituales a quien lo acoge. La Iglesia enumera siete, número que simbólicamente significa plenitud, totalidad; son los que se aprenden cuando uno se prepara al sacramento de la Confirmación y que invocamos en la antigua oración llamada «Secuencia del Espíritu Santo». Los dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

El primer don del Espíritu Santo, según esta lista, es, por lo tanto, la sabiduría. Pero no se trata sencillamente de la sabiduría humana, que es fruto del conocimiento y de la experiencia. En la Biblia se cuenta que a Salomón, en el momento de su coronación como rey de Israel, había pedido el don de la sabiduría (cf. 1 Re 3, 9). Y la sabiduría es precisamente esto: es la gracia de poder ver cada cosa con los ojos de Dios. Es sencillamente esto: es ver el mundo, ver las situaciones, las ocasiones, los problemas, todo, con los ojos de Dios. Esta es la sabiduría. Algunas veces vemos las cosas según nuestro gusto o según la situación de nuestro corazón, con amor o con odio, con envidia... No, esto no es el ojo de Dios. La sabiduría es lo que obra el Espíritu Santo en nosotros a fin de que veamos todas las cosas con los ojos de Dios. Este es el don de la sabiduría.

Y obviamente esto deriva de la intimidad con Dios, de la relación íntima que nosotros tenemos con Dios, de la relación de hijos con el Padre. Y el Espíritu Santo, cuando tenemos esta relación, nos da el don de la sabiduría. Cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu Santo es como si transfigurara nuestro corazón y le hiciera percibir todo su calor y su predilección.

El Espíritu Santo, entonces, hace «sabio» al cristiano. Esto, sin embargo, no en el sentido de que tiene una respuesta para cada cosa, que lo sabe todo, sino en el sentido de que «sabe» de Dios, sabe cómo actúa Dios, conoce cuándo una cosa es de Dios y cuándo no es de Dios; tiene esta sabiduría que Dios da a nuestro corazón. El corazón del hombre sabio en este sentido tiene el gusto y el sabor de Dios. ¡Y cuán importante es que en nuestras comunidades haya cristianos así! Todo en ellos habla de Dios y se convierte en un signo hermoso y vivo de su presencia y de su amor. Y esto es algo que no podemos improvisar, que no podemos conseguir por nosotros mismos: es un don que Dios da a quienes son dóciles al Espíritu Santo. Dentro de nosotros, en nuestro corazón, tenemos al Espíritu Santo; podemos escucharlo, podemos no escucharlo. Si escuchamos al Espíritu Santo, Él nos enseña esta senda de la sabiduría, nos regala la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, escuchar con los oídos de Dios, amar con el corazón de Dios, juzgar las cosas con el juicio de Dios. Esta es la sabiduría que nos regala el Espíritu Santo, y todos nosotros podemos poseerla. Sólo tenemos que pedirla al Espíritu Santo.

Pensad en una mamá, en su casa, con los niños, que cuando uno hace una cosa el otro maquina otra, y la pobre mamá va de una parte a otra, con los problemas de los niños. Y cuando las madres se cansan y gritan a los niños, ¿eso es sabiduría? Gritar a los niños —os pregunto— ¿es sabiduría? ¿Qué decís vosotros: es sabiduría o no? ¡No! En cambio, cuando la mamá toma al niño y le riñe dulcemente y le dice: «Esto no se hace, por esto...», y le explica con mucha paciencia, ¿esto es sabiduría de Dios? ¡Sí! Es lo que nos da el Espíritu Santo en la vida. Luego, en el matrimonio, por ejemplo, los dos esposos —el esposo y la esposa— riñen, y luego no se miran o, si se miran, se miran con la cara torcida: ¿esto es sabiduría de Dios? ¡No! En cambio, si dice: «Bah, pasó la tormenta, hagamos las paces», y recomienzan a ir hacia adelante en paz: ¿esto es sabiduría? [la gente: ¡Sí!] He aquí, este es el don de la sabiduría. Que venga a casa, que venga con los niños, que venga con todos nosotros.

Y esto no se aprende: esto es un regalo del Espíritu Santo. Por ello, debemos pedir al Señor que nos dé el Espíritu Santo y que nos dé el don de la sabiduría, de esa sabiduría de Dios que nos enseña a mirar con los ojos de Dios, a sentir con el corazón de Dios, a hablar con las palabras de Dios. Y así, con esta sabiduría, sigamos adelante, construyamos la familia, construyamos la Iglesia, y todos nos santificamos. Pidamos hoy la gracia de la sabiduría. Y pidámosla a la Virgen, que es la Sede de la sabiduría, de este don: que Ella nos alcance esta gracia. ¡Gracias!


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Tomado de
www.vatican.va

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“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 23 de abril de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Esta semana es la semana de la alegría: celebramos la Resurrección de Jesús. Es una alegría auténtica, profunda, basada en la certeza que Cristo resucitado ya no muere más, sino que está vivo y operante en la Iglesia y en el mundo. Tal certeza habita en el corazón de los creyentes desde esa mañana de Pascua, cuando las mujeres fueron al sepulcro de Jesús y los ángeles les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc 24, 5). «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». Estas palabras son como una piedra miliar en la historia; pero también una «piedra de tropiezo», si no nos abrimos a la Buena Noticia, si pensamos que da menos fastidio un Jesús muerto que un Jesús vivo. En cambio, cuántas veces, en nuestro camino cotidiano, necesitamos que nos digan: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». Cuántas veces buscamos la vida entre las cosas muertas, entre las cosas que no pueden dar vida, entre las cosas que hoy están y mañana ya no estarán, las cosas que pasan... «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?».

Lo necesitamos cuando nos encerramos en cualquier forma de egoísmo o de auto-complacencia; cuando nos dejamos seducir por los poderes terrenos y por las cosas de este mundo, olvidando a Dios y al prójimo; cuando ponemos nuestras esperanzas en vanidades mundanas, en el dinero, en el éxito. Entonces la Palabra de Dios nos dice: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». ¿Por qué lo estás buscando allí? Eso no te puede dar vida. Sí, tal vez te dará una alegría de un minuto, de un día, de una semana, de un mes... ¿y luego? «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». Esta frase debe entrar en el corazón y debemos repetirla. ¿La repetimos juntos tres veces? ¿Hacemos el esfuerzo? Todos: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» [repite con los fieles]. Hoy, cuando volvamos a casa, digámosla desde el corazón, en silencio, y hagámonos esta pregunta: ¿por qué yo en la vida busco entre los muertos a aquél que vive? Nos hará bien.

No es fácil estar abiertos a Jesús. No se da por descontado aceptar la vida del Resucitado y su presencia en medio de nosotros. El Evangelio nos hace ver diversas reacciones: la del apóstol Tomás, la de María Magdalena y la de los dos discípulos de Emaús: nos hace bien confrontarnos con ellos. Tomás pone una condición a la fe, pide tocar la evidencia, las llagas; María Magdalena llora, lo ve pero no lo reconoce, se da cuenta de que es Jesús sólo cuando Él la llama por su nombre; los discípulos de Emaús, deprimidos y con sentimientos de fracaso, llegan al encuentro con Jesús dejándose acompañar por ese misterioso caminante. Cada uno por caminos distintos. Buscaban entre los muertos al que vive y fue el Señor mismo quien corrigió la ruta. Y yo, ¿qué hago? ¿Qué ruta sigo para encontrar a Cristo vivo? Èl estará siempre cerca de nosotros para corregir la ruta si nos equivocamos.

«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc 24, 5). Esta pregunta nos hace superar la tentación de mirar hacia atrás, a lo que pasó ayer, y nos impulsa hacia adelante, hacia el futuro. Jesús no está en el sepulcro, es el Resucitado. Él es el Viviente, Aquel que siempre renueva su cuerpo que es la Iglesia y le hace caminar atrayéndolo hacia Él. «Ayer» era la tumba de Jesús y la tumba de la Iglesia, el sepulcro de la verdad y de la justicia; «hoy» es la resurrección perenne hacia la que nos impulsa el Espíritu Santo, donándonos la plena libertad.

Hoy se dirige también a nosotros este interrogativo. Tú, ¿por qué buscas entre los muertos al que vive, tú que te cierras en ti mismo después de un fracaso y tú que no tienes ya la fuerza para rezar? ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que te sientes solo, abandonado por los amigos o tal vez también por Dios? ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que has perdido la esperanza y tú que te sientes encarcelado por tus pecados? ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que aspiras a la belleza, a la perfección espiritual, a la justicia, a la paz?

Tenemos necesidad de escuchar y recordarnos recíprocamente la pregunta del ángel. Esta pregunta, «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?», nos ayuda a salir de nuestros espacios de tristeza y nos abre a los horizontes de la alegría y de la esperanza. Esa esperanza que mueve las piedras de los sepulcros y alienta a anunciar la Buena Noticia, capaz de generar vida nueva para los demás. Repitamos esta frase del ángel para tenerla en el corazón y en la memoria y luego cada uno responda en silencio: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». ¡Repitámosla! [repite con la multitud]. Mirad hermanos y hermanas, Él está vivo, está con nosotros. No vayamos a los numerosos sepulcros que hoy te prometen algo, belleza, y luego no te dan nada. ¡Él está vivo! ¡No busquemos entre los muertos al que vive! Gracias.


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Tomado de:
www.vatican.va

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La Iglesia - 23º Parte: El Ecumenismo

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


26. Ecumenismo

El término “ecumenismo” deriva de la palabra griegaoikoumene”, y significa la “habitación donde vive todo el orbe universal”. En la actualidad significa por analogía la relación fraternal y amistosa entre las iglesias cristianas, que durante siglos estuvieron en estado permanente de división y que intentan hoy día superar sus mutuas rivalidades por medio del diálogo doctrinal, y del acercamiento entre las jerarquías y los fieles de las distintas comunidades y de la plegaria común para que se haga realidad aquella unidad de los discípulos de Cristo por la que Él mismo oró al Padre antes de padecer, Jn 17, 21: “Padre, que sean uno como tu y yo somos uno”.

La palabra “ecumenismo”, en su sentido teológico y eclesiástico primero significa universal, católico. Sólo a partir del período 1920 – 1930, “ecumenismo” o “ecuménico”, comenzaron a ser utilizados en el ámbito teológico y eclesial como expresión para indicar el movimiento intereclesial de la Unión de las Iglesias. Es el movimiento cristiano nacido bajo la acción del Espíritu Santo, que tiende a la unidad de fe y comunión entre las comunidades cristianas divididas.


26.1. Breve Historia del Movimiento Ecuménico
         
1º Cisma de Oriente

Es la ruptura que se da entre la Iglesia Roma y la Iglesia  oriental de Constantinopla.
         
a. Primer período: (857-881) Por el planteamiento del tema teológico trinitario del “Filioque”, problema que venía desde el S. VIII; en el S. IX el ambiente estaba preparado para una ruptura con Roma, el artífice principal fue Focio, Patriarca de Constantinopla. El papa Juan VIII en 881 excomulgó solemnemente a Focio y a sus legados infieles.
         
b. Segundo período: (889-1054)En este estado siguieron las cosas cerca de dos siglos. Los orientales seguían fomentando los antiguos prejuicios contra Roma. El patriarca que dio el golpe definitivo fue Miguel Cerulario. En 1503 dio la orden de cerrar en Constantinopla todas las Iglesias y monasterios latinos. Roma reaccionó y después de muchas vicisitudes el 16 de julio de 1054 los legados del papa León IX, al no ser recibidos por el patriarca Miguel Cerulario pusieron el decreto de excomunión de Roma contra Constantinopla sobre el altar de la basílica de Santa Sofía y abandonaron la ciudad. Fue el acto oficial de rompimiento definitivo y principio del cisma oriental. Miguel Cerulario respondió lanzando excomunión contra los latinos de Roma.  
         
2º Cisma de Occidente

Es la ruptura que se da en la Iglesia Católica dentro del ámbito de la Iglesia en Europa.
         
a. Reforma Luterana: Martín Lutero, monje agustino rebelde, en 1517 Lutero expone públicamente en Wintenberg sus 95 tesis sobre las indulgencias. Después de un proceso muy dificultoso de disputas teológicas con Roma, diálogos, rebeldías, advertencias, y otros procesos jurídicos, Lutero es excomulgado definitivamente por el papa León X el 3 de enero de 1521.
b. Iglesias Reformadas: Ulrico Zuinglio, en 1523 rompe con la Iglesia Católica, en Zurich (Suiza) organizó una disputa teológica de 67 tesis, en las que proclamaba la suficiencia de la Sagrada Escritura para salvarse, rechazaba la Misa, los sacramentos. Juan Calvino en Ginebra (Suiza), en 1533 rompió con la Iglesia Católica.
c. Iglesia Anglicana: 1531 el rey de Inglaterra Enrique VIII hace que el parlamento lo reconozca como “cabeza de la Iglesia inglesa”. 1533 El rey Enrique VIII se casa con Ana Bolena y el papa Clemente VII lo excomulga. 1534, se da la ruptura definitiva con el Acta de supremacía: “El rey es el único y supremo cabeza de la Iglesia en Inglaterra.
         
Desde estos dos cismas que se dan dentro de la Iglesia única de Cristo, se producen una serie de acontecimientos históricos ya conocidos en la Historia de la Iglesia.    

26.2. El Ecumenismo, la Iglesia  y las demás confesiones cristianas

El Conc. Vat. II en el Decreto “Unitatis redintegratio” ha descrito el movimiento ecuménico de la siguiente manera: “Muchos hombres en todas partes han sido movidos por esta gracia (es decir, de remordimiento por la división, y a la vez anhelo de unión), y también entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento cada día más amplio, por la gracia del Espíritu Santo , para restablecer la unidad de todos los cristianos. Participan en este  movimiento de la unidad, llamado ecuménico, los que invocan al Dios trino y confiesan a Jesús Señor y salvador; y no sólo cada uno individualmente, sino también congregados en asambleas, en las que oyeron el evangelio y a la que cada uno llama Iglesia suya y de Dios. Sin embargo, casi todos, aunque de manera distinta, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al evangelio y de esta manera se salve la gloria de Dios”. Nº 11.
         
Como hemos afirmado anteriormente, puesto que existe un solo cuerpo de Cristo, a saber, la Iglesia por él mismo fundada, la verdadera unidad de los cristianos únicamente puede lograrse por ella y en ella.
         
Aún cuando, en lo esencial, se haya realizado ya, dicha unidad no se consumará sin embargo plenamente hasta que se dé la unión en esa única Iglesia de todos aquellos que creen en Cristo e invocan su nombre.
         
El Ecumenismo no es sino un aspecto y una consecuencia de la “unicidad” y “universalidad” de la Iglesia. Pero su importancia y los delicados problemas históricos que plantea requieren que examinemos lo siguiente:
         
a. El planteamiento correcto del problema
b. Los principios que presiden la actitud de la Iglesia
c. Por qué la Iglesia católica desea la unidad de los cristianos y qué espera de ella
d. El espíritu que debe animar al Movimiento Ecuménico.



26.3. El Problema Ecuménico

         
El Concilio Vaticano II en el decreto “Unitatis redintegratio”, dice del ecumenismo: “el conjunto de actividades e iniciativas que, de acuerdo con las diversas necesidades de la Iglesia y las circunstancias del tiempo, buscan y promueven la unidad de los cristianos”, Nº 4.
         
La primera observación es que hay que constatar que esta división que separa a los cristianos es un hecho que invita a una reflexión e implica una responsabilidad muy seria en todas las partes que lo componen. Es una realidad que nos afecta directamente, porque de alguna manera pone en tela de juicio nuestra identidad y nos obliga a preguntarnos acerca de si estamos cumpliendo bien la voluntad de Cristo: “que sean uno como tu y yo somos uno, Padre”. Jn, 17, 1.
         
Esta división como que es una traición que ignora esta última voluntad de Cristo, pues el estado de separación real parece indicar que “Cristo mismo esta dividido”, y esta separación es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa sagrada de la predicación del Evangelio”, U.R. nº 1.
         
El hecho histórico de la separación revela un estado de infidelidad y nos recuerda las palabras de 1 Jn 1, 8-10: “si decimos que no hemos pecado (en este caso, tocante a la división), dejamos a Dios por embustero, y la palabra de Dios no está en nosotros”, nº 7; y propone un programa concreto, según el cual: “todos deben” examinar su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y ... emprender animosos la obra de renovación y reforma”, nº 4.

De suyo, nunca hubiera podido plantearse un problema ecuménico distinto del problema de “catolicidad”, puesto que en el pensamiento de Cristo existe una sola Iglesia verdadera, “universal”, o “católica”. El término “ecuménico” no significa otra cosa que “universal”. En este sentido etimológico, la Iglesia de Cristo es necesariamente “ecuménica”, por tanto ha recibido de Cristo el deber y el poder de congregar “en él” a todos los hombres, cualesquiera que sean sus países de origen, sus razas o su idiosincrasia, sus condiciones de vida.

Si hay un problema específicamente ecuménico, es porque, históricamente hablando, a consecuencia de dramáticas divisiones de la unidad visible de la Iglesia única, “muchas comuniones cristianas se presentan a sí mismas antes los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo”. U.R, nº 1.
         
El segundo sentido que el adjetivo “ecuménico” ha tomado en nuestros días, apunta precisamente a los esfuerzos emprendidos para remediar esta situación de división dentro del seno de la única Iglesia de Cristo. La gravedad de esta crisis para el ejercicio mismo de su misión en el mundo ha suscitado, tanto entre los católicos como en sus hermanos separados, una búsqueda de unidad perdida, búsqueda que alcanza actualmente una amplitud sin presentes. El decreto del Conc. Vat. II sobre el Ecumenismo es una prueba de ello.
         
Estos esfuerzos, católicos, ortodoxos o protestantes, arrancan de tres sentimientos:
         
1. La conciencia dolorosa de esta división y del escándalo que ella misma constituye para todos, en particular para los nos creyentes;
2. La voluntad firme y ardiente de remediarlo, y de lograr un día la unión efectiva de todos los cristianos;
3. La certeza de que el Espíritu de Dios es más fuerte que nuestras divisiones



26.4. Los principios católicos del Ecumenismo


El Concilio Vaticano II ha puesto de relieve dos principios fundamentales:
         
1. Primer principio: “Existe una sola Iglesia de Cristo, la Iglesia católica. Dicha Iglesia está ya realizada y es a la vez visible e invisible”.
         
Este primer principio ha sido establecido en el artículo precedente que dice: “La Iglesia de Cristo es única y universal y fuera de la Iglesia no hay salvación”. Este principio es imposible ignorarlo, so pena de meterse en un callejón sin salida. Pero se puede ser infiel a dicho principio, ya sea admitiendo una pluralidad de Iglesias, todas ellas virtualmente válidas, ya sea no reconociendo a ninguna como verdaderamente digna de este nombre.
         
a. Una pluralidad de Iglesias igualmente salvíficas: Esta hipótesis implica una contradicción, puesto que equivale a admitir una pluralidad de congregaciones universales.
         
b. Una Iglesia que no estuviera realizada hasta el término de la congregación de todas ellas y de la unión. Esta segunda tentación es, en un sentido, más peligrosa por ser más sutil.

Habría la posibilidad de caracterizarla del modo siguiente: La Iglesia, hoy, existe solo en estado de miembros dispersos, de fragmentos inconexos e incompletos; únicamente al final del camino, cuando el esfuerzo ecuménico los haya reunido efectivamente en un solo cuerpo, la Iglesia será, por fin, ella misma y se hará de tal nombre.
         
En realidad, remitir así la unidad de la Iglesia al término del camino, o a un más allá escatológico, contradice flagrantemente los datos más claros y sólidos de la eclesiología, así el Decreto sobe el Ecumenismo, nº 4, dice: “Esta unidad la concedió Cristo a su Iglesia desde el principio. Creemos que subsiste indefectible en la Iglesia Católica y esperamos que crezca cada día hasta la consumación de los siglos”.
         
Por parte de la Iglesia, el hecho de permitir el menor equívoco acerca de este principio sería no solamente traicionar su misión de verdad, sino también renegar de sí misma y comprometer por esto mismo definitivamente la causa a que querría servir. En efecto, si la unidad visible de la Iglesia no se halla actualmente realizada en su esencia, es que el Espíritu Santo no está ya presente en medio de nosotros.
         

2. Segundo principio: “Las Iglesias y comunidades separadas, aun cuando presentan deficiencias, no están en modo alguno desprovistas de significación y de valor en el misterio de la salvación”. Esta palabras están tomadas del pasaje nº 3 del Decreto sobre el Ecumenismo. Este segundo principio es también de importancia capital. Aunque les haya empobrecido, la separación no es obstáculo, en efecto, para que aquellos a quienes llamamos hoy “nuestros hermanos separados” no conserven una parte, a menudo muy importante, de la herencia cristiana. Cuatro elementos conviene destacar aquí:
         
a. Las Iglesias o Comunidades separadas conservan una parte de la herencia cristiana y poseen auténticas riquezas religiosas. “Las venerables cristiandades orientales han conservado una santidad tan venerable es su objeto que merecen topo el respeto y también toda la simpatía”. Pío XI.
         
En el Decreto sobre el Ecumenismo, nº 15, y 17, 20-23, pone de relieve todas las riquezas cristianas de nuestros hermanos ortodoxos (riqueza litúrgica y sacramental en particular) y de nuestros hermanos protestantes (fe en Cristo, amor a la Escritura, vida sacramental, vida cotidiana vivida en unión con Cristo), e insta a todos a reconocer “gozosos” y a apreciar en su justo valor esas riquezas que tienen su origen en el patrimonio común, porque Dios debe ser siempre admirado en sus obras.
         
b. Esas riquezas cristianas se dan no sólo en el nivel de los individuos, sino también al nivel de las comunidades eclesiales mismas. Dichas Iglesias “tienen significación y valor en el misterio de salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de ellas como medios de salvación, cuya fuerza deriva de la misma plenitud de gracia y de verdad que fue confiada a la Iglesia católica”. Por esto no vacila el Concilio en hablar oficialmente de “Iglesias” o, por lo menos, de “comunidades eclesiales”.
         
c. Estas Iglesias y comunidades eclesiales separadas presentan, sin embargo, un cierto número de “deficiencias”, debidas precisamente al hecho mismo de hallarse separadas y de no poder gozar así de “aquella unidad que Jesucristo quiso dar a todos los que regeneró y convivificó para un solo cuerpo y una vida nueva ... Porque únicamente por medio de la Iglesia Católica de Cristo, que constituye el “medio general de salvación”, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación”, Ad Gentes, nº 6.
         
Tocamos aquí, evidentemente, el drama preciso de la separación, puesto que, como escribe el cardenal Journet: “Está claro que se trata de un patrimonio ambivalente, en donde se entremezclan la luz y las tinieblas; capaz de ayudar una veces en cuanto contiene valores cristianos de vida; y engañoso otras, por hallarse alterados dichos valores”.
         
d. En razón de los valores que han conservado, estos cristianos separados merecen con toda justicia el nombre de “hermanos” y están ya “en cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica, puesto que todos aquellos que, en el bautismo, han sido justificados por la fe, se hallan por este mismo hecho incorporados a Cristo: Todas estas realidades, que provienen de Cristo y a él conducen, pertenecen por derecho a la única Iglesia de Cristo”. Decreto sobre el Ecumenismo, nº 3.

      
  
26.5. Por qué la Iglesia católica desea la reunión de los cristianos y qué espera de ella


1. Una vez más, la Iglesia no espera de esta reunión la realización de una unidad supuestamente inexistente todavía.

2. La Iglesia espera de esta reunión tres cosas:

a. En primer lugar, el final de una situación dolorosa y anormal, situación que es un desafío evangélico y un escándalo para los no creyentes.
         
b. En segundo lugar, la “culminación” de todas estas riquezas cristianas, cuya existencia en nuestros hermanos separados así como sus límites hemos indicado.
         
Ahora bien, esta culminación sólo puede alcanzarse mediante la restauración de la unidad y la reunión efectiva de todos los cristianos en la única Iglesia de Cristo. El decreto sobre el Ecumenismo, nº 3 dice: “Creemos que el Señor encomendó a un único colegio apostólico, del que Pedro es cabeza, todos los bienes de la nueva alianza, a fin de constituir en la tierra el único cuerpo de Cristo, al cual es necesario que se incorporen plenamente todos los que de algún modo pertenecen ya al pueblo de Dios”.
         
c. En tercer lugar, un enriquecimiento y una plenitud de catolicidad para la iglesia católica misma. En efecto, en un estado de división, “incluso le resulta bastante difícil a la misma Iglesia expresar bajo todos los aspectos la plenitud de la catolicidad en la realidad de la vida”, decreto sobre el Ecumenismo, nº 4.

Evidentemente, la reunión con nuestros hermanos separados no aportará a la Iglesia verdades o riquezas que no posea ya, pero sí podrá ayudarnos a ser más conscientes de las mismas y a vivirlas mejor. En efecto, una cosa es poseer una riqueza, y otra muy diferente vivir de ella. Nuestros hermanos separados pueden ayudarnos a esto último, porque unos u otros se han mantenido particularmente sensibles a determinados valores (liturgia, ortodoxos; la Escritura, protestantes) que, por nuestra parte, corremos el riesgo de descuidar demasiado.



26.6. El espíritu que debe presidir el Ecumenismo


El Conc. Vat. II consagra a esta cuestión todo el capítulo II del Decreto sobre el Ecumenismo, en donde se insiste en la necesidad de que se den los puntos siguientes:
         
a. Un propósito de renovación dentro de la Iglesia. Semejante renovación no solamente es esencial a la vitalidad de la Iglesia, sino que puede ser decisiva para el propio ecumenismo.
         
b. La conversión profunda del corazón. En su defecto, no puede hablarse de verdadero ecumenismo. De aquí que el Conc. Vat. II recuerde a todos los fieles que podrán favorecer, o mejor, que podrán llevar a cabo la unidad entre los cristianos “en la medida misma en que se apliquen a vivir más puramente el Evangelio” Decr. Ecumenismo, nº 7.

c. La plegaria, sobre todo en común. Junto con el espíritu de conversión y la santidad de vida, debe de considerarse la oración profunda y sincera como el alma del ecumenismo.
         
d. El conocimiento y respeto mutuo. Se trata, a un tiempo, de conocer mejor a nuestros hermanos separados, y de mostrarles nuestra fe de un modo más adecuado.
         
e. La colaboración mutua con nuestros hermanos separados, tanto en el ámbito social y cultural como en el combate por la paz y las miserias de nuestro tiempo. Semejante colaboración, en efecto, no puede por menos de “exponer a más plena luz el rostro de Cristo siervo”, decreto sobre Ecumenismo,  nº 12.
         
f. Finalmente, la Iglesia Católica reconoce en el ecumenismo un movimiento que viene del Espíritu Santo; le asigna como fundamento la obediencia a la Escritura; espera de él un mejor testimonio de Cristo ante las naciones y un mejor servicio para la conversión del mundo. 




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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.

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