La perfección de la Ley

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el Evangelio del domingo 16 de febrero. "Jesús nos habla de perfección cristiana y de salir de la mediocridad, llevar el a la perfección". Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 21º Parte: La Iglesia y la gracia de Cristo

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa compartiendo su estudio sobre la Iglesia, en esta oportunidad nos presenta a la Iglesia como receptáculo visible de la gracia de Cristo. Acceda AQUÍ.

Carta de Santiago: Guía de lectura

El P. Fernando Martínez, S.J. concluye la presentación de la Carta de Santiago con esta Guía para su lectura. Acceda AQUÍ.

El inicio del Génesis: El Pecado Original - 3º Parte

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa brindándonos su estudio sobre el inicio del Génesis, en esta oportunidad sobre el Pecado Original, donde nos detalla todos los aspectos de la narración bíblica y su significado. Acceda AQUÍ.

Catequesis del Papa

Continuamos compartiendo los mensajes del Papa Francisco a través de sus presentaciones, acceda a los siguientes enlaces:
26/12/2013 - Mensaje del Papa para la Cuaresma 2014
29/01/2014 - Audiencia: Sacramento de la Confirmación
05/02/2014 - Audiencia: Sacramento de la Eucaristía
12/02/2014 - Audiencia: Cómo vivimos la Eucaristía

El inicio del Génesis: El Pecado Original - 3º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA




2. EL PECADO ORIGINAL: La tragedia del género humano, Gen 3, 1,s.s.
         
Este capítulo 3º del Génesis está redactado para responder a la terrible pregunta del hombre bueno y justo: ¿Por qué existe el mal, el dolor, el sufrimiento y la muerte?  ¿Por qué esto, si Dios lo hizo todo bueno y bello, es decir, perfecto?  A este interrogante se añade otro no menos inquietante: ¿es posible que este mundo, con toda su miseria, con toda su infelicidad y con toda enfermedad haya salido realmente de las manos de Dios?
         
El relato bíblico de la caída original, Gen 3, 1‑7, y de la expulsión del paraíso, Gen 3, 20‑24, constituye indudablemente una interpretación del pasado, pero es también una clarificación del presente, en el deseo de querer responder a las preguntas que anteriormente se formulaba el justo.
         
Lo que se pretende es poner el acento del mensaje, por medio de una orientación religiosa y pedagógica en la libre decisión del hombre ante Dios.  Como veremos después, el árbol de la vida y el árbol del bien y del mal son los símbolos de la libre elección y del uso de la libertad ante los cuales fueron puestos nuestros primeros padres. Puesto que el hombre es imagen y semejanza de Dios, en él se refleja la divina libertad. 
         
La semejanza del hombre con Dios es un privilegio y, al mismo tiempo, un riesgo, una tarea, porque el hombre, capaz de obrar libremente, es capaz también de usar su propia libertad contra Dios y contra el orden de la vida querido por el mismo Dios. Fue en la propia conciencia de los primeros padres (Adán y Eva), donde se tomó la decisión contra Dios. La sustracción del fruto prohibido fue solamente una consecuencia exterior del alejamiento y rebeldía contra Dios y que se había dado en lo más profundo de sus conciencias: "querer ser como dioses".


2.1. El Texto literario del Pecado original: Gen 3, 1‑24
         
Como la descripción de la creación también el relato del pecado original forma parte  de la tradición más antigua: la Yahvista,  J. En este relato se pueden distinguir las siguientes partes:
  • El Paraíso lugar de decisión.
  • Diálogo entre Eva y la serpiente: la mentira como distorsión de la verdad.  La Tentación.
  • El fruto prohibido = "seréis como dioses". El pecado: la desobediencia al mandato de Dios.
  • La vergüenza y el apartamiento como fruto del pecado.  Interrogatorio y sentencia.
  • Providencia de Dios.
  • Castigo, como justicia de Dios. Expulsión del paraíso.


2.2. El paraíso lugar de decisión: Gen 2, 8.9.16.17

Paraíso: "Plantó luego Yahvé Dios un jardín en el Edén, al oriente... Hizo Yahvé Dios brotar en él de la tierra toda clase, de árboles... y en medio del jardín estaba el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal ... Y Yahvé Dios ... dio este mandato al hombre: De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que comieres, ciertamente, morirás", Gen 2, 8-9.16-17. Paraíso, Palabra extranjera proveniente de la cultura persa, significa: jardín, parque de recreo, huerto, lugar de descanso. En este pasaje significa: jardín del Edén, o jardín de recreo donde Yahvé colocó al hombre que había creado a su imagen y semejanza. Vivir en un estado paradisíaco es hacer alusión a estar en la presencia de Dios de una manera continua, agradable, fresca, de recreo, con consolación, vivir con su bendición.

El árbol de la vida: “Yahvé Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer; y en medio del jardín, el árbol de la vida”. Gen 2,9, símbolo de inmortalidad, de divinidad.

El árbol del bien y del mal: “y el árbol de la ciencia del bien y del mal”, Gen 2, 9. Poder divino de Dios que sabe con certeza inconfundible dónde está el bien y el mal.  Qué es lo bueno y lo malo.

El Mandato: “Y Dios impuso  al hombre este mandamiento: “de cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás si remedio”. Gen 2, 16-17. Dios al poner este mandato, o esta prohibición, no está quitando ningún derecho al hombre, le está señalando el camino por donde debe ir. Si el hombre se arroga o usurpa el poder de Dios, en ese momento se perderá,

2.3. Diálogo entre Eva y la serpiente. La Tentación, Gen 3, 1‑6

El diálogo: El diálogo, comenzó con una mentira: "¿Cómo es que Dios os ha dicho que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?", Gen 3, 1. La verdad era que en realidad les había dado permiso para comer de todos los árboles ... menos del árbol señalado: “respondió la mujer a la serpiente: “podemos comer del fruto de los árboles del jardín, mas del fruto del árbol que está en medio del jardín ha dicho Dios: “no comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte”, Gen 3, 2-3. Ante la aclaración de Eva, la serpiente sigue tentando, es decir, mintiendo: "Replicó la serpiente a la mujer: “de ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe que el día en que comiereis se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”, Gen 3, 4-5.
         
Así el diálogo entre Eva y la serpiente comienza con una mentira de parte de la serpiente. No parece casual que el autor sagrado hay introducido en el relato la figura de la serpiente. ¿Por qué una serpiente y no otro animal? Se pueden señalar dos razones:
  • Las palabras de la serpiente son engañosas y falsas, dice siempre la mentira. Dejarse convencer por ella equivaldría a aceptar un culto idolátrico. Promete vida y da muerte. Promete sabiduría y produce ignorancia, humillación. Promete fecundidad y vida y engendra esterilidad, tristeza y muerte.
  • En este relato la serpiente sirve de careta a un personaje, enemigo de Dios y envidioso de la felicidad del hombre: Satanás, el adversario, el Padre de la Mentira, el Príncipe  de la Tinieblas. Sab 2, 24; Jn 8, 44; Apoc 12, 9.

La serpiente: "La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. La serpiente dijo a la mujer: "¿Cómo es que Dios os ha dicho: no comáis de ninguno de los árboles del jardín?" Respondió la mujer a la serpiente: podemos comer del fruto de los árboles del jardín, mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: "no comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte". Replicó la serpiente a la mujer: "de ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses conocedores del bien y del mal". Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr la sabiduría, tomó del fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió". Gen 3, 1-6.
  • La serpiente es el símbolo del mal: Los israelitas tenían la experiencia del desierto y sabían que la serpiente es un animal insidioso, astuto, peligroso que desaparece después de haber mordido y que engendra la muerte.
  • La serpiente era también un ídolo frecuente en la religión cananea: simbolizaba la vida, la fecundidad y la sabiduría; de ella nos dice el autor sagrado, que es criatura; luego no hay que adorarla. Para los fieles seguidores de la religión de Yahvé, la serpiente era, pues, el símbolo de la idolatría pagana. El mito de la serpiente cananea queda repudiado con el siguiente inciso: "la serpiente..... que Dios había hecho", Gen 3, 1, no es por tanto una divinidad, sino creatura de Dios, y por lo tanto no se le debe de adorar, ni tiene atributos divinos. Dejarse atraer y convencer por la serpiente equivaldría a apostatar de la fe verdadera en Yahvé y pasarse a un culto idolátrico.
  • La Tentación: Como un proceso que se da en el interior de la persona humana y que invita a apartarse de la voluntad de Dios. La tentación se establece por medio del diálogo, y se expresa con una mentira como distorsión de la verdad

        
2.4. El fruto prohibido. Aceptación de la tentación: El Pecado = "seréis como dioses"

Sigue el proceso de tentación: “Y como viese que era apetecible a la vista y excelente para lograr la sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió ". Gen 3, 6-7. La serpiente a pesar de ser descubierta en su primera mentira sigue tentando con nuevas mentiras.

Fruto prohibido: La fascinación ejercida por el fruto prohibido se describe con un lenguaje típicamente hebreo. La triple insistencia: "era bueno.. hermoso... y deseable", tiende a poner en relieve lo atractivo del fruto. Sabemos que el fruto no es la manzana... (nunca, ninguna Biblia ha dicho que fuera una manzana), sino el deseo de querer ser independientes y autónomos, no tener que depender de Dios ni de sus mandatos.

Aceptación de la tentación:  “Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría”, Gen 3, 6 a. Este proceso se produce como fruto, primero de un diálogo basado en el engaño y la mentira, segundo, la ambición, soberbia de Eva y Adán. La tentación no fue sobre una fruta, sino una tentación de independencia, rebeldía y autonomía  ante el plan de Dios; querían ser ellos mismos sin depender ni de nada ni de nadie, era romper la relación Creador – criatura, al margen del plan de  Dios. Y como viese la mujer que era bueno y apetecible no tener que depender de Dios ni de sus mandatos, de ser autónomo y juzgar las cosas con criterio propio, no tener que depender de nada ni de nadie, comió y pecó: En definitiva, la tentación de "ser como dioses", era romper deliberadamente el mandato que establecía una relación querida por Dios, era la relación de Creador - criatura, por lo tanto, el pecado original fue de soberbia: nada menos que pretender: "querer ser como dioses", Gen 3, 5. Ciertamente, éste no era el plan de Dios.

Pecado: “Tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió”, Gen 3, 6 b. Eva, peca primero en la decisión interior de su conciencia y después desobedece, quebrando el mandato. Primero, la ambición, el deseo interior; después, la ejecución de lo determinado. Por querer “ser como dioses”, come, y una vez que come y peca, invita a Adán que haga lo mismo. Éste también acepta y peca. En ese mismo momento Adán y Eva se separan de Dios. Pierden la gracia de filiación divina.
Por soberbia desobedecen el mandato que Dios Creador había puesto a sus creaturas. Las creaturas quisieron ser como su Creador.  Esto era trastocar el orden sabio y bueno dispuesto por Dios en la creación, el orden de Creador ‑ criatura. La criatura nunca podrá ser como su Creador.

2.5. La desnudez como la vergüenza y el apartamiento de Dios y como fruto del pecado. Interrogatorio y sentencia

Desnudos: “Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera, se hicieron unos ceñidores”, Gen 3, 7. El autor sagrado enseña con esta imagen de la desnudez el fruto del pecado. El hombre ve con claridad su situación ante Dios y ante sí mismo y ante el resto de la creación: está desnudo, es nada (arom). Se da cuenta que ya no refleja la gloria del Creador y se ha separado de la fuente de aguas vivas, Jer 2, 13. Desnudo, quiere decir, que está sin dignidad y el temor entra en su vida. Teme a Dios, se esconde de la presencia amorosa de Dios. Huye de su mirada. Teme a los hombres. No quiere ver expuesta ante ellos la humillación que lleva en el fondo de su corazón, por eso desde ahora vivirá en la mentira y en la mera apariencia.

Dios sale al encuentro del pecador. El interrogatorio de Dios con Adán y Eva: Es un interrogatorio de lo más delicado: "Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahvé Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahvé Dios por entre los árboles del jardín. Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: "¿dónde estás?", el hombre contestó: "te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me he escondido". “Dios replicó: "¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol que te prohibí comer?" Dijo el hombre: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí". Dijo pues, Yahvé Dios a la mujer "¿Por qué  lo has hecho"? Y contestó Eva: "la serpiente me sedujo y comí", Gen 3, 11-13.
Dios sale al encuentro del hombre pecador, no quiere hundirlo sino salvarlo; pero antes el hombre tiene que reconocer su culpa, su rebeldía, su pecado, su nada.

Las excusas:  Adán se excusa echando la culpa a Eva, Eva se excusa con la serpiente. Esta actitud de excusarse y no querer reconocer la propia culpa nos ayuda a conocer la falsedad y la maldad del pecado, en el relato del pecado original ni Eva ni Adán quieren reconocer su propia culpa: “Dijo el hombre: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí". Dijo pues, Yahvé Dios a la mujer "¿Por qué  lo has hecho"? Y contestó Eva: "la serpiente me sedujo y comí", Gen 3, 12.
Tales excusas no tenían justificación alguna pues Adán y Eva fueron los que decidieron en su soberbia y ambición querer “ser como dioses”, ellos se separaron de Dios, desobedeciendo el mandato divino. Al desobedecer y pecar se dieron cuenta que estaban desnudos, es decir, se dieron cuenta de que no eran nada. Habían pretendido ser autónomos, independientes, lejos del plan de Dios, (en hebreo "arum") al desobedecer y pecar, se dieron cuenta de que estando fuera del plan de Dios eran = nada, (en hebreo "arom").  La creatura humana fuera del plan y de la bendición de Dios, es nada, por eso cuando Dios se hace presente, el hombre en su desobediencia rebelde, ya no puede estar en la presencia de Dios, se oculta, se avergüenza.
Ni Adán ni Eva quieren reconocer ante Dios su pecado, su verdadera rebeldía, ninguno de los dos se acusó humildemente ante Dios de soberbia, de querer ser como dioses, los dos se excusan con razones débiles, y no quieren aceptar la parte de culpabilidad que hay en cada uno de ellos: la soberbia de querer: “ser como dioses”; estas excusas injustificadas son el fruto del pecado mismo. Es querer justificar lo injustificable.

La sentencia de Dios, 3, 14:
         
1. “... Y dijo Dios a la serpiente”. Gen 3, 14. El juicio de Dios sobre la serpiente como instigadora del mal; es un juicio de condenación. El demonio queda maldito. Ha vencido pero su victoria es limitada y temporal. Ha logrado introducir el mal en el corazón del ser humano pero brilla una esperanza de salvación. La tradición cristiana ha visto en esta como profecía de Gen 3, 15: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”, el primer anuncio del Salvador, a quien la Virgen María, su madre, queda asociada de manera especial en el misterio de la Salvación.
         
2. “... Y dijo Dios a la mujer”. Gen 3, 16. Viene el juicio y castigo sobre Eva (significa = Vida), la mujer: es la sentencia de un juez misericordioso, pues la “justicia de Dios” no persigue la destrucción de nadie sino la salvación del ser humano y la última palabra de Dios nunca es de desgracia. El castigo de la mujer: “Entonces Yahvé Dios a la mujer dijo: tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás a tus hijos”.
         
3. “... Y dijo Dios al hombre ...". Gen 3, 17. Y el castigo de Adán (significa: hombre, varón) del hombre: “Al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer: maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida”, indican una herida en lo más profundo de su ser y que a partir de entonces el mal estará en su corazón. Todo esto señala el deterioro y ruptura de la amistad del ser humano con Dios. La mujer querrá seducir al hombre y éste querrá esclavizar y someter a la mujer. A partir del pecado original el ser humano contemplará el mundo con ojos distintos y enfermos y lo encontrará duro y agotador: “maldito se  el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida”, Gen 3 17. tal es la situación en la que el ser humano queda en la tierra por el pecado que ha cometido.
El sufrimiento y las penas impuestas por Dios a Adán y Eva: dolor, fatiga, muerte, son fruto de esa situación de pecado en que cayeron los primeros seres humanos. A partir de Adán y Eva todos nacemos en este estado de pecado, como carencia de la gracia santificante, que es gracia de filiación divina, y este pecado no es consecuencia de un mal ejemplo recibido, como afirmaba Pelagio, sino carencia de la gracia de filiación, que se transmite y comunica y propaga a todos los seres humanos que vienen a este mundo. En este sentido afirma S. Pablo que todos los seres humanos somos solidarios con el Adán pecador y por lo tanto al nacer todos somos pecadores Rom 5, 19, pues carecemos de la gracia de Dios. 
Esto significa, también: que Dios al condenar y castigar no es injusto. Cumple y realiza lo que ya había advertido anteriormente.

2.6. Providencia divina

Vestidos: Gen 3, 21: "Yahvé Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió". Dios castiga el pecado, pero tiene misericordia con el pecador. Adán y Eva pecaron pero Dios no se olvida de ellos, no les deja solos en su desnudez, (en su nada), sino que provee por ellos. Seguirá atendiéndolos, pero ya no con la claridad, felicidad y alegría del paraíso, sino desde la perspectiva del trabajo y del dolor. Dios nunca se olvida del hombre a quien creó a su imagen y semejanza.

Si Dios castiga la soberbia y rebelión del ser humano, también protege su pobreza y desamparo. Dios no abandona al ser humano a sus propios recursos: no le deja de la mano. Con la imagen del vestido, se señala la providencia de Dios y la imagen del vestido se nos dice en la Biblia que Dios restaura la dignidad de la persona humana. Dios le viste con el vestido de su gracia santificante para que se convierta en verdadero hijo de Dios. S. Pablo afirma que todos los bautizados se han revestido de Cristo, Gal 3, 27, exhorta a los cristianos a revestirse del hombre nuevo, recreado en Cristo, Col 3, 10; Efes 2, 15; 4,24. La imágenes del vestido dan a entender el comienzo de una vida nueva a la que somos llamados por Dios en Cristo resucitado.

2.7. El Castigo como justicia de Dios. Expulsión del paraíso. Gen 3, 22‑24

El Castigo como justicia de Dios: Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín del Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida". Gen 3, 24.
Referente al castigo de Dios, no hay que ver en dicho castigo algo desproporcionado o de venganza, de ira, en definitiva de un castigo injusto. Dios les había advertido anteriormente:  "no comerás del árbol de la ciencia del bien y del mal porque el día que comieres de él, ciertamente, morirás",  Gen 2, 17.
Dios realiza el castigo que les había anunciado. Dios cuando castiga a nuestros primeros, padres con la expulsión del paraíso y con las maldiciones que les da a cada uno de ellos; no obra ciegamente, ni con injusticia. Al contrario obra con justicia y con verdad. Adán y Eva había sido advertidos para que no cayeran en esa tentación, si cayeron, fue por el mal uso que hicieron de su inteligencia, su voluntad y de su libertad.

Expulsión del paraíso: "Y dijo Yahvé Dios: "he aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal.  Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre". Y le echó Yahvé Dios del jardín del Edén para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Gen 3, 22-24a.
Cuando Adán y Eva desobedecen y pecan ya no pueden estar en la presencia de Dios cara a cara, sienten vergüenza por su pecado y la relación con Dios no puede ser como era antes del pecado. La expulsión del paraíso es no poder estar con Dios en presencia continua, es no poder relacionarse con Dios de una manera clara, filial, como un hijo con su padre, es decir, pierden su condición filial divina.
La expulsión del paraíso no ha de entenderse como la entrada en un lugar donde ya no está Dios o que Dios está ausente. Dios está siempre presente en todas partes (omnipresencia), incluso fuera del paraíso. Ningún hombre ni criatura alguna puede sustraerse a la presencia de Dios. Incluso fuera del paraíso el hombre y, el universo entero tienen su existencia en Dios. Pero el hombre no experimenta ya a Dios en su presencia, como felicidad y paz, sino que se consume chocando incesantemente contra su poder y su grandeza, pretende oponerse a Dios y a su plan de bendición y no puede, fracasa. 
La consideración bíblica de esta expulsión del paraíso debe de llevarnos a considerar que Dios es omnipresente y poderoso y el hombre fuera de Dios percibe muy poco y con dificultad su presencia. Dios está siempre presente en todas las cosas, pues todas ellas son suyas. El las ha creado, y las alimenta y alienta con su espíritu vital. Parece como si el hombre hubiera roto aquel receptor interior que le permitía percibir y vivir en la presencia de Dios, y así experimentar toda la felicidad que de El emanaba.
No es que, Dios esté ausente; es el hombre quien no se pone en sintonía con la longitud de onda de Dios, o si la percibe lo hace con distorsiones y con serias dificultades porque su ser mundano ha sintonizado todos sus sentidos y todas sus preocupaciones con la longitud de onda del mundo. 
Alejarse de Dios libre e inteligentemente siempre ha sido para el hombre una verdadera catástrofe. Un autor moderno ha dicho: "El que se aparta de Dios destruye su misma personalidad humana... Se puede organizar el mundo sin Dios pero entonces el mundo acaba aniquilando al hombre. Donde no está Dios, allí no puede tampoco estar el hombre. Los asesinos de Dios son también necesariamente los asesinos de los hombres".


2.8. Conclusión general del capítulo 3º del Génesis
         
Lo primero que hay destacar es que el pecado original es realmente un hecho histórico, y sobre todo una revelación teológica muy importante, que hay que aceptar y creer con fe. Si el pecado original, de nuestros primeros padres, no ha sido histórico, el sentido pleno de la Sagradas Escrituras cambia totalmente y la Historia del género humano sería distinta, pues si no hubo pecado, no habría muerte, no habría  condenación eterna; el ser humano no necesitaría de redención. El ser humano sería dueño absoluto de sí mismo, de su historia. Y esto no es así.
         
Hemos visto que el pecado de Adán y Eva, cediendo a la sugestión y mentira de la serpiente, desobedecen a Dios pues: “quieren ser como dioses, conocedores del bien y del mal”, Gen 3, 5. Es decir, nuestros primeros padres quisieron colocarse en el lugar de Dios para decidir en sus vidas qué es el bien y el mal, y vivir con autonomía completa al margen de Dios. Según Gen 2, 1 y s.s., la relación de Dios con la criatura humana no era una relación de dependencia, sino de libertad, sobre todo de amistad y de filiación.
         
Dios no había negado nada al hombre creado a su imagen y semejanza, excepto la prohibición de comer del árbol del bien y del mal, y del árbol de la vida; no se había reservado nada para sí. Pero por instigación de la serpiente, “la más astuta de los animales”, Eva primero y después Adán, dudan de este amor de Dios ya que el precepto dado por Dios era para su bien, y es  causa de la sospecha que insinúa el tentador al decir a Eva: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: no comáis de ninguno de los árboles del jardín?”, Gen 3, 1. Es como decir, si no puedes comer de un árbol es lo mismo que si no pudieras comer de ninguno, no eres totalmente libre, Dios te limita, no es un Dios bueno, sino un Dios celoso de su poder. Y la advertencia añadida al precepto: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”, Gen 2, 17, según el tentador, sería sencillamente una mentira, una amenaza para mantener a la criatura humana sometida, por eso el tentador replica: “no, de ninguna manera moriréis. Pero Dios sabe muy bien que el día en que comáis de este fruto, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”, Gen 3, 4.
         
Con el pecado se introdujo en este mundo armonioso de las criaturas humanas, la desconfianza, la división, la injusticia, el asesinato, la guerra, la muerte. Tal es la explicación que nos da el libro del Génesis de la presencia del mal en el mundo; y en varias escenas va mostrando la marea creciente del pecado: Caín mata a su hermano Abel; Lamec, el vengativo, cuando dice: “yo maté a un hombre por una herida que me hizo y a un muchacho por un cardenal que recibí”, Gen 4, 23. Es la humanidad corrompida, que perece con el castigo del diluvio, Gen 6, 5-8. Pero, Dios comienza un nuevo tipo de relación con el ser humano por medio de Noé que se salvó del diluvio universal, Gen 9-10, sin embargo el pecado había anidado ya en el corazón enfermo del ser humano, sigue corrompiendo al hombre y creando división. El símbolo real del desentendimiento y confusión dentro de la soberbia humana es la torre de Babel, Gen 1. 1, y s.s. Y Dios los confunde de nuevo.
         
Desde el primer pecado de nuestros primeros padres el ser humano cree a quien le adula y desconfía de Dios a quien considera cono su rival. El pecado transforma la relación filial que unía al ser humano con Dios. Todo cambia entre el ser humano y Dios. Aún antes de que Dios intervenga a causa del pecado, Adán y Eva, que antes gozaban de familiaridad con Dios, “se  esconden de Yahvé entre los árboles”,  Gen 3, 8. La iniciativa de ocultarse fue de ellos, y se avergüenzan ante la presencia de Dios; Él sale a su encuentro y les tiene que buscar y llamar. La expulsión del paraíso ratifica esa decisión libre y voluntariosa del ser humano; pero éste comprueba entonces que la advertencia que le hizo Yahvé no era mentira: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”, Gen 2, 17; así la criatura humana lejos de Dios no tiene acceso al árbol de la vida: “y dijo Yahvé Dios “Resulta que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! , Gen 3, 22; no hay más que muerte. Adán y Eva representan a toda criatura humana. Su rebelión contra la voluntad de Dios es nuestra rebelión y desobediencia. Damos más crédito a la mentira aduladora y mentirosa del diablo que al precepto lleno de vida que nos da Dios. No olvidemos a S. Juan, el discípulo amado de Jesús, el diablo, Satanás, “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Éste era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él, cuando dice la mentira dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira”, Juan 8, 44.
         
El salario del pecado es la muerte. La pretensión del hombre de alzarse por encima de Dios le hunde en el abismo, ese es el relato de la torre de Babel, Gen 11, 1-9. Al querer construir su vida con sus propias manos, al margen de Dios, se encuentra con el vacío interior radical. S. Pablo fue uno de los que vio mejor la profunda relación entre pecado y muerte: por Adán ha entrado el pecado en el mundo y con el pecado la muerte, Rom 6, 12-23. El pecado paga siempre con la muerte. Éste es el núcleo de la actitud pecadora del hombre que quiere constituirse en señor absoluto de su vida. Comenzando por el pecado de  Adán, el impulso y la fuerza que mueven a todo hombre a pecar es levantarse contra Dios. Pecar es negar a Dios como único Señor; es ver a Dios y su ley no como una expresión de amor, sino como una manifestación impositiva y opresora de la libertad  y dominio sobre el hombre.
         
Este panorama desolador enseña, sin embargo, que el pecado no es ingrediente de la naturaleza humana, el mal no es creacional, no forma parte del principio del plan de Dios sobre la creación. El pecado, el mal, es defección, no defecto ingénito; es virus, no es cromosoma. Ahí residen la posibilidad y la  esperanza de que el género humano puede ser regenerado y salvado.
         
El pecado en definitiva ofende al pecador y a los demás seres humanos. Esta es la realidad teológica del pecado. No reconocer a Dios, constituirse Dios de sí mismo, cambiando al Dios verdadero por uno falso: ésta fue la experiencia de Pablo cuando dice: “Porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció; jactándose de sabios, se volvieron necios, y cambiaron la gloria de Dios incorruptible por una representación en forma de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos, reptiles”, Rom 1, 21-22. Este apartamiento lleva consigo en la criatura humana pecadora las siguientes actitudes pecaminosas: “ ... viven en toda injusticia, perversidad, codicia y maldad; llenos de envidias, homicidios, discordias, fraudes, depravación; son difamadores, calumniadores, hostiles a Dios, insolentes, arrogantes, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, ...”, Rom 1, 29-30.
         
El pecado como ruptura entre el hombre y Dios, introduce igualmente una ruptura dentro de los miembros de la familia humana. Hemos visto como dentro del paraíso, en el seno  mismo de la pareja primordial, apenas cometido el pecado, Adán acusa a Eva, como quejándose que “la ayuda adecuada” Gen 2, 18, que Dios le había dado,  le traicionó. Adán se excusa a sí mismo acusando a la mujer; y la acusación a Eva es simultáneamente acusación al mismo Dios: “la mujer que tú me diste”, Gen 3, 12, es una expresión amarga que Adán lanza con una sola frase en ambas direcciones, hacia su mujer, por haberle invitado a pecar y a Dios como que la compañera no ha sido del todo lo buena y fiel que debiera haber sido.
         
Luego vienen las historias de los egoísmos individuales que envenenan la vida social y se plasman en actitudes de explotación, rivalidad, injusticia, crueldad, desprecio. El Concilio Vaticano II dice en Gaudium et Spes, nº 13. “El pecado rebaja al hombre impidiéndole lograr su propia plenitud, más aún, como enfermo y pecador; no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer la que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división”.
         
Ya en la narración del diluvio se dice, por dos veces, que el corazón del hombre está inclinado continuamente al mal desde la niñez, Gen 6, 5. 8, 21; que “lleva a la dureza del corazón y de cerviz”, Deut 9, 6. Esta dureza de corazón hace: “que con los ojos no vean ni con los oídos oigan”, Is 6, 5-10. Para que cambie esta situación se necesitará: “cambiar el corazón”, Deut 30, 3-8. Sólo Dios puede cambiar el corazón; en los salmos se pide este corazón nuevo: “¡Oh Dios!, crea en mi corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, no apartes de mí tu rostro no me quites tu santo espíritu”, Salm 50, 12-13.
         
Esta división interior se manifiesta en el miedo, Gen 3, 10, como angustia existencial, como tristeza. Ésta contrariamente a la alegría, que está llena de la presencia de Dios. La tristeza es un fruto amargo del pecado que separa de Dios, llevando al hombre a esconderse de Dios, Gen 3, 10; o a que: “Dios le oculte su rostro”, Salm 13, 2, s.s. de modo que el hombre se siente condenado a: “alimentarse de un pan de lágrimas”, Salm 80, 6. El pecado priva a la persona de la capacidad de gozar y reposar en el bien. Reduce la capacidad de apreciar el bien, de ser agradecido, de participar en el gozo de los demás, de la belleza y bondad de la creación.
         
La realidad dura del pecado es que lleva a la muerte eterna y se expresa con diversos símbolos. El primero es el “camino errado”. El pecado  es una desviación, es entrar por una senda que lleva al precipicio, a la muerte, Deut 30, 15-20. Otro símbolo del pecado es la “esclavitud” bajo el poder del mal. S. Pablo lo representa  bajo el signo del “poder del mal”, como a un tirano que somete al hombre a sus deseos carnales, haciéndolo instrumento para el mal: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias. Ni hagáis ya de vuestros miembros instrumentos de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceros vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como instrumentos de justicia al servicio de Dios”, Rom 6, 12-13. El pecado es una fuerza que aisla, bloqueando los puentes de comunicación con Dios, con los demás hombres y con la creación. Su desenlace lleva a la muerte. Otro símbolo del pecado es el de “enfermedad”, es como un virus que mina las fuerzas sanas del hombre, impidiéndole ser él mismo. La infección coincide con la abdicación de la libertad, la adhesión de la voluntad al mal le hace enfermar, y el hombre se  encuentra afectado de un cáncer que no puede eliminar por sí mismo. El pecado es una especie de lepra, que le corroe la carne propia, la deforma, le aleja de la comunidad, Lev 13, 45-46. Estos tres símbolos y otros más nos llevan a la conclusión que: “el salario del pecado es la muerte”, Rom 6, 23.
         
Finalmente, el pecado original de Adán y Eva, teológicamente hablando, se llama "pecado original originante", es el primer pecado histórico de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Fue un pecado personal y se transmite a todo el género humano vía generación o procreación. Con el pecado original nuestro primeros padres perdieron su filiación divina, esta carencia de gracia santificante afectó  a las relaciones del ser humano con Dios, es decir, en el nivel sobrenatural, ya no había gracia santificante, al carecer de ésta el ser humano ya no se relaciona filialmente con Dios; y en el nivel natural sufre y padece en su existencia y encuentra a Dios con suma dificultad. Esta carencia de filiación divina se comunica a todo el género humano.
         
A partir de nuestros primeros padres todas las criaturas humanas que vienen a este mundo nacen con el "pecado original originado", es decir, es privación, o carencia de la gracia santificante. Este “pecado original originado” no es un pecado personal sino es pecado de naturaleza, no de persona, y consiste en la privación de la gracia santificante; es hereditario, y se transmite vía generación.
         
Así pues, el primer pecado dio origen a todos los pecados que sucesivamente se han venido dando en la existencia del género humano, dando como resultado el “pecado del mundo”, Jn 1, 29, o :“el mundo de las tinieblas”. La característica peculiar del Pecado original es el orgullo, la arrogancia, la presunción, de querer "ser como dioses", fruto, en definitiva, de la soberbia y la desobediencia del hombre ante Dios. Es la negativa de no querer aceptar el mandato de Dios, así el hombre se ha apartado de Dios. El árbol de la vida, de la ciencia  del bien y del mal se ha convertido en el árbol de la propia conciencia.
         
Los primeros padres querían "ser como dioses", (arum), cuando comieron del fruto del árbol prohibido, una vez que comieron del fruto prohibido, en vez de "ser como dioses", se "hallaron desnudos" = se dieron cuenta que eran = nada (arom). En su soberbia y codicia quisieron poseerlo “todo” fuera del plan de Dios y una vez que desobedecieron vieron que eran "nada", ante Dios. Todo ello porque se dejaron engañar por el Diablo, el padre de la mentira. A partir del pecado se encontraron en la presencia de Dios "desnudos", privados de la gracia santificante, es decir, del estado de felicidad original. El hombre pecador se ha desligado de su "religio", o sea, de la "religatio", del vínculo que lo unía a Dios y por eso se siente víctima de su propio pecado, con vergüenza.
         
El coloquio entre Dios y nuestros primeros padres probablemente se desarrolló en la misma conciencia, pues el relato bíblico no hace sino evidenciar un conflicto de conciencia por medio de las excusas, que es la típica reacción del pecador: disculparse tratando de echar la culpa al otro.  Adán acusa a Eva, Eva a la serpiente.
         
Las maldiciones que Dios lanza contra la serpiente, el hombre y la mujer son símbolos de la alteración producida por el pecado del hombre y en su relación para con Dios. De suyo, el pecado original, no ha cambiado la naturaleza psicofísica del hombre, sino lo que se ha alterado ha sido la relación interior, de conciencia, entre Dios y el hombre.
         
El castigo de Dios fue justo y sabio y consistió en la expulsión del paraíso y ha quedado explicada en la sección correspondiente, su significado y alcance: primero es la ausencia de la presencia de Dios en Adán y Eva, ya no pueden ver a Dios cara a cara, no pueden hablar con Él con la inocencia de antes; segundo, acerca de la presencia de Dios en todas las cosas y la dificultad, intrínseca del hombre para captar su presencia y vivir en paz y armonía con  Él.
         
Pero el pecado de Adán y de todo el género humano no vence el amor de Dios. La criatura humana viviendo en el pecado y sin la gracia santificante vive en esa angustia que vivía S. Pablo: “ ... estoy vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí”. Rom 7, 14-20. Esta situación lleva a Pablo a exclamar: “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!”. Rom 7, 24-25.
         
Sólo Dios puede salvar al hombre. Sólo Dios puede rehacer la imagen y semejanza que quedó desfigurada por el poder del pecado, pero no la destruye, Dios sí puede recrearla. Y lo hace por medio de su Hijo Jesucristo. Por eso el mismo S. Pablo exclama: “¿Quién nos separará del amor de Dios que hemos conocido en Cristo Jesús? ¿la tribulación, la angustia? ... Pues yo estoy seguro ni la muerte ni la vida ...  ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro”. Rom 8, 35-39.

         
La recreación de la imagen de Dios, desfigurada en el hombre por el pecado, será un nuevo comienzo de la historia de los hombres. Jesucristo, el Verbo divino encarnado en el seno purísimo de la Virgen María, enviado por Dios, abre el nuevo paraíso. Jesucristo es el nuevo Adán, que repara lo que el primer Adán deshizo: “Si por el delito de uno murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos! ... En efecto, si por el delito de uno reinó la muerte por un hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno, por Jesucristo!”. Rom 5, 15-17.  Pablo argumente: “En efecto, así como por la desobediencia de un hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno todos serán constituidos justos”. Rom 5, 19. Y finaliza: “pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia; así, lo mismo que el pecado reinó por la muerte, así también reinará la gracia en virtud de la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor”. Rom 5, 20-21.

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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
Para leer otras publicaciones del P. Ignacio, acceda AQUÍ.

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Mensaje del Papa para la Cuaresma 2014


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2014

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)


Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?

La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.


Vaticano, 26 de diciembre de 2013

Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir


FRANCISCO

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Tomado de:
www.vatican.va

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Cómo vivimos la Eucaristía


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 12 de febrero de 2014




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


En la última catequesis destaqué cómo la Eucaristía nos introduce en la comunión real con Jesús y su misterio. Ahora podemos plantearnos algunas preguntas respecto a la relación entre la Eucaristía que celebramos y nuestra vida, como Iglesia y como cristianos. ¿Cómo vivimos la Eucaristía? Cuando vamos a misa el domingo, ¿cómo la vivimos? ¿Es sólo un momento de fiesta, es una tradición consolidada, es una ocasión para encontrarnos o para sentirnos bien, o es algo más?

Hay indicadores muy concretos para comprender cómo vivimos todo esto, cómo vivimos la Eucaristía; indicadores que nos dicen si vivimos bien la Eucaristía o no la vivimos tan bien. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre de nuevo el don de sí realizado en la Cruz. Toda su vida es un acto de total entrega de sí por amor; por ello, a Él le gustaba estar con los discípulos y con las personas que tenía ocasión de conocer. Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida. Ahora, nosotros, cuando participamos en la santa misa, nos encontramos con hombres y mujeres de todo tipo: jóvenes, ancianos, niños; pobres y acomodados; originarios del lugar y extranjeros; acompañados por familiares y solos... ¿Pero la Eucaristía que celebro, me lleva a sentirles a todos, verdaderamente, como hermanos y hermanas? ¿Hace crecer en mí la capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? Todos nosotros vamos a misa porque amamos a Jesús y queremos compartir, en la Eucaristía, su pasión y su resurrección. ¿Pero amamos, como quiere Jesús, a aquellos hermanos y hermanas más necesitados? Por ejemplo, en Roma en estos días hemos visto muchos malestares sociales o por la lluvia, que causó numerosos daños en barrios enteros, o por la falta de trabajo, consecuencia de la crisis económica en todo el mundo. Me pregunto, y cada uno de nosotros se pregunte: Yo, que voy a misa, ¿cómo vivo esto? ¿Me preocupo por ayudar, acercarme, rezar por quienes tienen este problema? ¿O bien, soy un poco indiferente? ¿O tal vez me preocupo de murmurar: Has visto cómo está vestida aquella, o cómo está vestido aquél? A veces se hace esto después de la misa, y no se debe hacer. Debemos preocuparnos de nuestros hermanos y de nuestras hermanas que pasan necesidad por una enfermedad, por un problema. Hoy, nos hará bien pensar en estos hermanos y hermanas nuestros que tienen estos problemas aquí en Roma: problemas por la tragedia provocada por la lluvia y problemas sociales y del trabajo. Pidamos a Jesús, a quien recibimos en la Eucaristía, que nos ayude a ayudarles.

Un segundo indicio, muy importante, es la gracia de sentirse perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguien pregunta: «¿Por qué se debe ir a la iglesia, si quien participa habitualmente en la santa misa es pecador como los demás?». ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere aparentar ser mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, no se siente pecador, es mejor que no vaya a misa. Nosotros vamos a misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Dios, participar en la redención de Jesús, en su perdón. El «yo confieso» que decimos al inicio no es un «pro forma», es un auténtico acto de penitencia. Yo soy pecador y lo confieso, así empieza la misa. No debemos olvidar nunca que la Última Cena de Jesús tuvo lugar «en la noche en que iba a ser entregado» (1 Cor 11, 23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno a los cuales nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Debemos ir a misa humildemente, como pecadores, y el Señor nos reconcilia.

Un último indicio precioso nos ofrece la relación entre la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de lo que Jesús dijo e hizo. No. Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo quien actúa allí, que está en el altar. Es un don de Cristo, quien se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos con su Palabra y su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia brotan de allí, de la Eucaristía, y allí siempre toman forma. Una celebración puede resultar incluso impecable desde el punto de vista exterior, bellísima, pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún sustento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista esta coherencia entre liturgia y vida.


El corazón se llena de confianza y esperanza pensando en las palabras de Jesús citadas en el Evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de atención hacia los necesitados y hacia las necesidades de tantos hermanos y hermanas, con la certeza de que el Señor cumplirá lo que nos ha prometido: la vida eterna. Que así sea.

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Tomado de:
www.vatican.va
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