El anuncio del Reino de Dios



P. Adolfo Franco, S.J.

TIEMPO ORDINARIO
Domingo III

Mateo 4, 12-23


Comienza la actividad apostólica de Jesús. Así se abren sus años de evangelizador con este anuncio de conversión, de cambio profundo, porque el Reino de Dios está cerca. Y es necesario y urgente ese cambio interior (que llamamos conversión) para que se acerque ese Reino de Dios. Ese Reino de Dios es Jesús mismo, como vida de nuestra vida.

A continuación se narra la vocación de los primeros apóstoles; y en la forma que ellos tienen de reaccionar se nos está poniendo un ejemplo palpable de lo que es esta conversión del corazón. Está cerca el Reino de Dios: eso es lo que sentirían esos primeros apóstoles, cuando se les acercó Jesús, y entonces empezaron a darse cuenta de que estaban entrando ellos mismos en una atmósfera nueva, que Dios mismo los estaba envolviendo. Percibieron eso que se decía en los versículos anteriores: el Reino de Dios está cerca. Y tan cerca, Jesús está delante de ellos en persona.

Y ellos responden; y esa respuesta es su conversión, que no será sólo un cambio de actitudes sino un cambio completo de vida. Para los apóstoles (para estos cuatro primeros) la conversión será dejar todo, todo lo que tienen y todo lo que ambicionan, para irse detrás de Jesús. Esta transformación de los apóstoles merece una reflexión.

El que Jesús se acerque a sus vidas, de una manera tan natural y tan fuerte, exigente, porque lo quiere todo, es un privilegio, pero ellos no lo saben todavía; y tardarán mucho en verlo así; y sin embargo responden. Seguramente el Espíritu de Dios los impulsó a decir un sí total, aunque aún no saben a dónde los llevará este sí que están dando ahora. Ahora empieza su vida de verdad, y ellos lo intuyen, aún no saben todo lo que eso será, y dicen que sí, no de palabra sino con su desprendimiento.

Tienen que empezar por desprenderse totalmente de lo que poseen; no es ni mucho, ni poco, es todo, todo absolutamente. Empezar por el despojo total: “deja todo lo que tienes y ven y sígueme”. Sólo que las palabras se prestan a equivocaciones; despojo, parece que es una palabra hirsuta y desafiante. Cuando se dejan las cosas, puede parecer que a uno le arrancan la piel; pero no es así, sino que cuando una persona es llamada a “un abrazo íntimo de Dios”, dejar las cosas más que despojo es riqueza. Y no es tampoco que se hagan cálculos, como poner en un platillo de la balanza lo que dejo y en el otro “el abrazo”, y ponderar como un comerciante calculador qué pesa más. Porque hay que dejar la misma actitud de comerciante. Ellos simplemente sintieron la llamada en el centro de su alma, y dijeron que sí, con sencillez. Todas las consecuencias y el desenvolvimiento de su entrega vendrá después poco a poco. Ahora basta decir que sí.

Pero esta respuesta, es justamente lo que se quiere decir al hablar de conversión: deja a tu familia, deja tus actividades, deja tus posesiones. Ellos dejaron a su padre, dejaron las redes y la barca, y dejaron el oficio de pescadores. Y van a tener otro amor (otro Padre), van a tener otra riqueza (Jesús es toda la riqueza que se puede tener) y van a tener otro oficio: pescadores de hombres. Esto es la conversión, un cambio en el ser interior y en la actividad exterior. Cambiar de dirección, o mejor cambiar de nivel: porque es pasar de lo superficial a lo profundo; conversión de hecho es pasar de las apariencias y las sombras a las realidades auténticas. Pues nada hay más real y más auténtico que Dios, y Jesucristo. No hay actividad más humana que la salvación, que entregarse a ser pescadores de hombres. Así que conversión es también abandonar lo superficial y entrar en lo esencial.


Así que en esta lección sobre la conversión aprendemos la actitud evangélica inicial: el tipo de cambio que se nos pide para que el Reino de Dios esté de verdad cerca de nosotros. Este Reino de Dios que es la intimidad con Jesucristo: abandonar el mundo de las apariencias para ser sus seguidores, estar a su lado, compartir su vida.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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El Cordero de Dios

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio de este domingo 19 de enero, 2º del tiempo ordinario, donde san Juan Bautista nos presenta a Jesús como el Cordero de Dios que nos trae el Espíritu Santo a través del Bautismo. Acceda AQUÍ.

El inicio del Génesis: La Creación

El P. Ignacio Garro, S.J. nos ofrece unos textos sobre la creación y las consecuencias del pecado original, temas básicos que debemos conocer, e inicia con uno de los relatos de la creación. Acceda AQUÍ.

Las tres cartas de Juan - Guías de lectura

El P. Fernando Martínez, S.J. concluye su estudio sobre las tres cartas de san Juan, presentándonos las guías para la lectura de estas cartas. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 20º Parte: Cristo signo sensible de la gracia que salva

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa compartiendo el curso sobre la Iglesia, en esta ocasión nos presenta a Cristo como signo e instrumento eficaz de la gracia que salva. Acceda AQUÍ.

Catequesis del Papa

Compartimos los mensaje del Papa Francisco en sus presentaciones:
15/01/2014 - Audiencia: El Sacramento del Bautismo, 2º Parte
15/01/2014 - Mensaje del Santo Padre Francisco para la 51 Jornada Mundial de Oración por las vocaciones.
19/01/2014 - Ángelus, el Papa: No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida.


El Cordero de Dios

P. Adolfo Franco, S.J.

TIEMPO ORDINARIO
Domingo II

Juan 1, 29-34


En este párrafo del Evangelio aparece uno de los grandes testimonios que Juan Bautista da sobre Jesús. Podemos decir que es lo que él sabía de Jesús en su conocimiento interior. Lo que Juan Bautista dice en esta ocasión de Jesús no es una simple información, es algo más: él ha tenido la suerte de que se le manifestase el misterio de este Hombre tan especial, al cual él conoce en profundidad. Es el testimonio de alguien que ama mucho a Jesús; pero es también el testimonio de alguien que ha pensado mucho en su interior sobre esta Persona tan notable, que un día se le presentó para que la bautizara.

Y da su mensaje sobre Jesús con unas pocas palabras, cada una de las cuales destaca un aspecto fundamental de la persona de Jesucristo, a la vez Dios y a la vez Hombre. Empieza diciendo que es el “Cordero de Dios”, el que quita el pecado del mundo. Tantas ofrendas y tantas víctimas se ofrecían a Dios en el Templo de Jerusalén, y no lograban la purificación del hombre en su raíz; no eran la anulación del pecado que se había adueñado del mundo desde el Paraíso Terrenal. Y eso es lo que afirma Juan al decir que Jesús es el “Cordero de Dios”. Está afirmando su carácter de Salvador del género humano; Esta sí es la víctima que se ofrecerá al Padre para nuestra redención. Es el que nos da la posibilidad de le regeneración interior, y el que ofrece ya al mundo entero un camino de esperanza y de renovación.

Después dice que Jesús “existía antes que él”. Evidentemente Juan está hablando de la preeminencia de Jesús sobre él. Y está haciendo sospechar de alguna forma en la divinidad de Jesús, el Hijo de Dios, eterno como el Padre. Juan Bautista ha contemplado en su corazón varios hechos de la vida de Jesús, los pocos que él ha conocido, y en su interior ha recibido “el conocimiento interior” y ha percibido la plenitud de Este que viene con la figura de un hombre cualquiera: y que es de verdad un hombre, pero Juan ha intuido que no es un hombre cualquiera. Sabe que Jesús es el “sagrario” de Dios.

Todo esto que Juan sabe en su interior de Jesús, y que necesita proclamarlo a voces, porque tanto gozo no le cabe en el corazón, todo esto Juan lo sabe porque él ha visto al Espíritu Santo bajar sobre El. Ha sido en el momento del bautismo, en ese gesto de sencillez y de identificación con los hombres que tuvo Jesús, al hacerse bautizar, y entonces Juan ha sido testigo de la visión de los cielos abiertos, del Padre que señala a su querido Hijo y del Espíritu que invadió a Jesús, para manifestar lo que ya había en el interior de su Persona. Juan proclama esto de Jesús, y así nos advierte que le demos un lugar muy especial a Jesús, que no lo dejemos pasar sin seguirlo. Jesús hizo llegar el Espíritu a Juan antes de su nacimiento, cuando estaba en el seno de su madre, y ahora lo querrá comunicar a quien se le acerque.

 Por eso añade más: nos dice lo que Jesús está dispuesto a darnos a cada uno: El nos bautizará en el Espíritu Santo. No es un simple bautismo simbólico lo que Jesús nos dará; es un bautismo que es una gracia de santificación. El bautismo que Jesús nos dará será hacernos nacer de nuevo; un segundo nacimiento por el agua y el Espíritu, como Jesús mismo explicará un día al asombrado Nicodemo. Está dispuesto Jesús a darnos a cada uno de nosotros el Espíritu en la plenitud. Lo dará a sus apóstoles, y lo dará continuamente a su Iglesia. Jesús es el que regala el Espíritu a los que creen en El. Juan sabe que su propio bautismo no es más que agua y la buena voluntad de los que con humildad se sumergen en el Jordán para aceptar con decisión el cambio de vida. Y por eso él mismo sabe que ese bautismo en el Jordán sólo está prefigurando el nuevo bautismo que es una nueva creación.

Finalmente y para completar y resumir todo lo que Juan siente de Jesús, nos lanza lo que él ha percibido y que es el objeto fundamental de su fe: Este es el Hijo de Dios. Así es el primero que hace la profesión de fe cristiana, y que para tantos durante la vida de Jesús será una fe difícil de aceptar. Durante toda la vida de Jesús muchos se acercaron a su misterio, muchos percibieron sus signos, pero pocos llegaron a la confesión de la fe fundamental: Jesús yo creo que Tú eres el Hijo de Dios. Y esta es le fe que nos salva. Y Juan es el primero en proclamarla con toda claridad.


Este es el testimonio que Juan tenía que dar porque él era el que abría los caminos al Señor. Juan nos induce a que nosotros también demos de Jesús nuestro propio testimonio, lo que afirmamos de Jesús, desde nuestro corazón.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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El inicio del Génesis: La Creación

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA




1. Relatos de la Creación en el Génesis

1.1.  El relato sacerdotal  (P) de la Creación: 
Gen 1, 1 ‑ 2, 4ª.
         
El relato de la creación contiene dos versiones que presentan innegables diferencias cronológicas. Un relato es sacerdotal (P): Narra el comienzo del libro del Génesis. Gen 1, 1,s.s. a 2, 4a. Fue redactado ciertamente después del destierro de Babilonia (538 . 450 a. d. Cristo), cuando los sumos sacerdotes fueron deportados junto con las personalidades más importantes del pueblo judío y fue escrito para dar y fortaleza al pueblo desterrado que flaqueaba en la fe a Yahvé.
         
La  intención del autor sagrado es referir todo a la creación en el orden artificial del trabajo normal de una semana. Este esquema semanal quiere decir dos cosas:
                 
  1. Que Dios creó el mundo conforme a un plan sabio y en el mejor de los órdenes.
  2. Que esta creación es un proceso temporal e histórico, ya que la semana era para los hebreos un concepto elemental del tiempo. Este relato la creación está destinado de modo absoluto a la instrucción del pueblo hebreo. Todo o que existe en la creación es referido al Dios uno y omnipotente, que siendo increado y existente antes de todo lo creado, llamó a la existencia al cosmos entero, sin fatiga, sólo con su palabra. 

         
En contraste con las cosmogonías de los pueblos orientales vecinos, la Biblia no conoce una materia preexistente, increada y eterna, de la que salieron también los mismos dioses. Aun las criaturas que el mundo gentil venera como dioses suyos deben su existencia al Dios uno, que por eso es Señor de todo el cosmos y no, como los dioses gentiles, sólo una parte del mismo.
          
El mundo no surgió, como en la cosmogonía babilónica, de una lucha entre elementos primitivos rivales. El hombre es la corona y el rey de la creación, creado a imagen y semejanza de Dios y,  por consiguiente, distinto de todos los seres vivientes. El género literario que está redactado este capítulo primero es Litúrgico-Cultual. Llamado también, canto etiológico, o himno de la creación del universo cosmos. Técnicamente es conocido con el nombre de "Hexamerón".
          
Este himno litúrgico que se realizaba probablemente en la liturgia del Templo para dar gracias por la bondad, belleza y perfección de la Creación, esta dividido en cinco tiempos: Decreto. Ejecución. Descripción. Alabanza. Sucesión. Veamos más claramente este himno en el siguiente esquema:










































"Así fueron concluidos los cielos y la tierra con todo su aparato y el día séptimo cesó Dios de toda tarea y bendijo el día séptimo y lo santificó", Gen 1, 32.
         
Finaliza el relato con la creación de hombre ‑ mujer, como la obra más perfecta salida de las manos de Dios y finalmente viene el día del descanso (Sábado).
         
Se ha hablado también que los 11 primeros capítulos del Génesis contienen el género literario mítico. Lo admitimos pero a condición de que se acepte que el ropaje del lenguaje es mítico, no el contenido, que es teológico e inspirado, y por lo tanto revelado por Dios como acontecimiento verdadero. Mítico no significa = falso; mítico, es más bien una forma literaria primitiva de querer narrar los acontecimientos primeros (cosmogonía), explicar las realidades  primeras a la luz de la fe ayudado de la inspiración divina.                 
         
El ropaje literario sí es mítico, el contenido no es mítico, es real. Dios nos revela el QUÉ de la revelación; el CÓMO,  es secundario. Lo importante para el semita es que Dios ha creado todo, de la nada, no se pretende decir científicamente el cómo.
         
Este relato sacerdotal de la creación se ha formado en la liturgia del Templo, no ha sido una mera narración y nada más, sino un himno de glorificación y alabanza a Dios. Todo el contexto literario, la forma de expresión simétrica, nos ubica en medio de un ambiente cultual de hondo contenido teológico cantado probablemente en las grandes asambleas  sabáticas.  Detrás de este relato se perfila la justificación sacerdotal del sábado. Puesto que Dios mismo ha celebrado y prescrito el sábado, también el pueblo de Israel debe de celebrarlo y respetarlo.
         
Este relato veterotestamentario de la creación presenta, un triple aspecto:

  1. Es un relato de las grandiosas obras del Creador.
  2. Es un himno de adoración acción de gracias y de alabanza
  3. Contiene una intención pedagógico ‑ religiosa, llamando la atención de los hombres hacia la observancia  y santificación del día Sábado. Se trata de la glorificación de Dios mediante la santificación del sábado

         
En conjunto la enseñanza  didáctica de estos primeros capítulos  tiene como finalidad teológica una enseñanza sobre DIOS ‑ CREADOR.  Lo primero que inculca es la idea de que Dios y sólo Dios ha creado todas las cosas de la nada.  No hay otros principios ni medios de creación. Dios crea todo por medio de su Palabra y con su Espíritu ha dado vida a todas las cosas. Esta enseñanza teológica nos señala el monoteísmo absoluto y monolítico de la tradición sacerdotal en contra del politeísmo babilónico. Con este himno de la creación, el pueblo de la antigua Alianza quiere adorar y glorificar a su Dios, defendiéndose contra las concepciones idolátricas y de los mitos  sobre la creación difundidos entre los pueblos en los cuales tuvo que tener contacto en su agitada historia (egipcios, babilonios, asirios, cananeos, etc).
         
Cuando se ensalza a Dios en el cuarto día de la creación, del sol, la luna y las estrellas (Gen.1,14), esta afirmación sirve para desenmascarar y anular a las divinidades astrales adoradas en las religiones babilónicas.
         
Con todas estas características literarias de contenido teológico, el sentido "anti‑mitológico" del relato sacerdotal es definitivo.  Igualmente ocurre cuando en Gen l.  24 y  s.s. describe la Creación, de la mano de Dios, de todos los animales, la respuesta es la misma no existen divinidades zoomórficas ni astrales.  Sólo Dios y nadie, más que Dios, ha creado todo. Así tenemos:

Relato Sacerdotal de la Creación, Gen 1 ‑ 2,4a
  • Contra la astrología babilónica: Divinidades Astrales. Gen 1,14‑19
  • Contra la zoolatría egipcia: Divinidades Zoomórficas. Gen 1, 20‑25

        
Después de haber descrito el estilo de la tradición sacerdotal como un himno litúrgico ‑ religioso con gran contenido teológico pasamos a otro esquema que nos va a ayudar a comprender mejor la mentalidad semítica sacerdotal.
         
El escritor veterotestamentario describe el universo según la concepción geocéntrica, que considera a la tierra como un disco plano apoyado sobre las columnas de la tierra y rodeado de las aguas inferiores Gen 1,7. Debajo de la tierra, están los infiernos, es decir, el reino de los muertos.  Sobre la tierra se extiende, el firmamento, en el cual están fijos, a modo de lámparas, destinados a separar el día de, la noche Gen 1,14. las dos luminarias del cielo: la mayor, el sol, para presidir el día; la menor, la luna, para presidir la noche, junto con las estrellas, Gen 1, 16. La obra divina de los seis días está dividida en dos ternas subordinadas:

OBRA DE SEPARACIÓN

Día 1º. Creación de la luz y separación de las tinieblas
Día 2º. Separación de las aguas de arriba de las aguas de abajo
Día 3º. Separación del mar y de la tierra con la hierba que germina

OBRA DE ORNATO

Día 4º. Sol, Luna y Estrellas. Universo Cosmos o Mundo sideral
Día 5º. Creación de aves y peces
Día 6º. Creación de los animales de la tierra. Culminación de la creación: la criatura humana: varón y mujer, como reyes de la creación. Creados a su imagen y semejanza


Resumen del relato Sacerdotal
         
Hay un orden de descripción de la creación que va de más a menos. Es una obra de separación de elementos y de ornato de la tierra. Hay un proceso que va del macrocosmos al microcosmos. El culmen de toda la creación es la Criatura humana = varón y hembra, creados  a su imagen y semejanza. Hombre y mujer tienen igualdad en dignidad, diferencia de sexualidad, complementariedad existencial. Y les dio un mandato: "Creced y multiplicaos y dominad todo lo creado". Dios crea, por medio de su Palabra y con su Espíritu dio vida a todo lo creado. Y lo creó todo de la nada.  Bondad y belleza de la creación: "Y vio Dios que todo era bueno".




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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.








La Iglesia - 20º Parte: Cristo signo sensible de la gracia que salva

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


23.3. Cristo es el signo sensible de la gracia que salva
         
Cristo es signo manifestativo de la benignidad de Dios para con los hombres. ­En El se nos manifestó la amistad de Dios, Tit 3, 4, y los amorosos de­signios de su voluntad salvífica. Este misterio salvífico es el mis­terio de Dios, Col 2, 2, escondido en Dios y descubierto tras largos siglos de cuidadosa espera en la encarnación de Cristo, Tit 2, 11. Así el misterio de la sabiduría de Dios se ha hecho tangible con la aparición de Cristo, portador y ejecutor de esa sabiduría salvado­ra, l Cor 1, 24.
         
Merece la pena detenerse ante este aspecto de signo que encierra la humanidad de Cristo; porque tiene consecuencias importantes para el concepto sacramental de la Iglesia. La encarnación del Hijo de Dios tiene un valor "manifestativo" de los planes salvíficos de Dios Padre. Pero la resurrección de Cristo es el gran anuncio de que esos planes salvíficos se han realizado, que el Padre se ha aplacado (de la cólera del pecado) y que el hombre ha sido glorificado con Cristo (el hombre nuevo).
         
El Padre, resucitando a Cristo de entre los muertos y glorificándolo nos dio prueba de que había aceptado la satisfacción de Cristo por ­nuestros pecados y que en El nos reconciliaba consigo. Ahora bien, no podemos separar estas etapas de la vida, muerte y resurrección de Cris­to como si fueran cada una de ellas proporcionando diversos elementos constitutivos de nuestra salvación. Todas ellas se resumen en un solo nombre: Cristo. Y Cristo es, ya en su encarnación, en su vida mortal, en su muerte y en su resurrección, el gran signo manifestativo de la be­nignidad del Padre, de sus planes salvíficos, de nuestra redención, y de nuestra glorificación en El. Porque no puede haber participación en la reconciliación con el Padre si no es haciéndonos conformes con la imagen de su Hijo, Rom 8, 29.
        

23.4. Cristo es el instrumento o el signo eficaz de esa gracia
         
Es cier­to que toda la Trinidad es la causa única y principal de nuestra justificación. Pero la humanidad de Cristo fue el instrumento mediante el cual esa justificación nos fue merecida y aplicada. Por su unión per­sonal con el Verbo, ese instrumento (su naturaleza humana) fue un instrumento excepcional, capaz de operar nuestra justificación, como por su propia virtud (teoría de la causalidad instrumental de Sto. Tomás).
         
Si nos atenemos a los datos de la Sagrada Escritura, toda la humanidad de Cristo, su alma y su cuerpo, su inteligencia y su voluntad se impli­caban en los actos en los cuales se nos perdonaban los pecados, Mt 9, 2, se ofrecía el sacrificio expiatorio de la cruz, Jn 10, 18, unía a su persona después del sacrificio a todas las gentes, Jn 13, 14, comu­nicaba a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados, Jn 20, 23, el de santificar al los hombres, el de conducirlos con una autoridad par­ticipada de la suya hacia el reino de los cielos, Mt 28, l8. Vemos pues que Dios ha operado nuestra justificación por medio del instrumento de la naturaleza humana de Jesús. Con esto vemos que Cristo puede llamarse con justicia el sacramento de Dios:
        
  • Primero, por ser el portador de invisibles realidades divinas en el visible vaso de su carne.       
  • Segundo, porque es el signo manifestativo de su gracia, de la benevolencia de Dios para con los hombres, de Dios que decreta salvarlos por Cristo y de Dios que acepta el sacrificio de Cristo.
  • Tercero: es Cristo, el sacramento primordial, por ser el instru­mento eficaz y visible de nuestra justificación. Existe, por tanto, una analogía entre el misterio de Cristo y el miste­rio de la Iglesia.


        
Veamos, por esta profunda analogía se asimila (la Iglesia), al misterio del Verbo encarnado. La Const. "Lumen Gentium", Nº 8, comenta: "Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visi­ble". Es decir, las estructuras visibles de la Iglesia son portadoras de la presencia salvífica de Cristo. Por lo tanto, esas mismas estruc­turas visibles tienen un valor de signo manifestativo. Más aún, como quiera que son el instrumento salvífico querido por Dios, ese instru­mento es también signo eficaz de la gracia de Cristo. Es decir, como Cristo es el sacramento del Padre, la Iglesia es, análogamente, el sacramento de Cristo. 

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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.
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Las tres cartas de Juan - Guías de lectura

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.


Jesucristo ha venido a nosotros con el agua de su bautismo y la sangre de su muerte. No sólo con el agua, sino con el agua y la sangre. El Espíritu, que es la Verdad, da testimonio de ésto. (1Jn 5,6)


Guía de la 1º Carta de san Juan

1,1-4
"Os anuncio la Palabra de la vida que existe desde siempre"

1,5-2,2
Dios es luz; en Él no hay tiniebla alguna - Si vivimos en la luz, participamos de la misma vida, y la muerte de Jesús nos limpia de todo pecado - Os escribo ésto para que no pequéis.

2,3-11
Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas - El amor al hermano es luz en el camino.

2,12-17
El mundo y sus atractivos pasan - El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

2,18-28
Nos toca vivir en tiempos del "anticristo", aquel que niega al Padre y al Hijo - Todo el que niega al Hijo, rechaza al Padre - Y su Espíritu es fuente de verdad y no de mentira.

2,29-3,24
Somos hijos de Dios, con la esperanza de ser cada día más perfectos (lo que hemos de llegar a ser algún día) - El deber del amor fraterno - No amemos de palabra ni de boca, sino de obras y según la verdad - "Este es su mandamiento: que creamos en su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros"

4,1-6
Todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios - En ésto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

4,7-21
Dios es amor - Y ¿cómo se muestra este amor?: en que Él nos amó y nos envió a su Hijo - Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros - Y nosotros hemos conocido este amor que Dios nos tiene, y hemos creído en Él - El auténtico amor elimina el temor.

5,1-13
Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios - Y por eso amamos a nuestros hermanos - Jesucristo nos ha venido por el agua y por la sangre - Y el Espíritu da testimonio de ésto - Dios es el mejor de los testigos - "Y éste es su testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo".

5,14-21
Hay pecados que no son de "muerte" - La oración confiada es escuchada y da vida - Guardaos de la idolatría.


Guía de la 2º Carta de san Juan

1,1-3
Saludo especial a una de las iglesias hermanas ("señora")

1,4-11
Me alegro mucho de que viváis según la verdad - Conforme al precepto del amor mutuo - Cuidad de permanecer en la doctrina, pues quien permanece en ella, ése posee al Padre y al Hijo.

1,12-13
Despedida.


Guía de la 3º Carta de san Juan

1,1-4
Saludo y elogio de Gayo, que vive conforme a la verdad.

1,5-12
Alaba la hospitalidad de Gayo hacia algunos hermanos misioneros de paso por la comunidad - Comportamiento negativo de Diótrefes - Demetrio, al contrario, es un modelo a imitar.

1,13-15
Saludos finales.


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.

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Catequesis del Papa: El Sacramento del Bautismo, 2º Parte


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles 15 de enero de 2014



Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado hemos comenzado un breve ciclo de catequesis sobre los Sacramentos, comenzando por el Bautismo. Y en el Bautismo quisiera centrarme también hoy, para destacar un fruto muy importante de este Sacramento: el mismo nos convierte en miembros del Cuerpo de Cristo y del Pueblo de Dios. Santo Tomás de Aquino afirma que quien recibe el Bautismo es incorporado a Cristo casi como su mismo miembro y es agregado a la comunidad de los fieles (cf. Summa Theologiae, III, q. 69, a. 5; q. 70, a. 1), es decir, al Pueblo de Dios. En la escuela del Concilio Vaticano II, decimos hoy que el Bautismo nos hace entrar en el Pueblo de Dios, nos convierte en miembros de un Pueblo en camino, un Pueblo que peregrina en la historia.

En efecto, como de generación en generación se transmite la vida, así también de generación en generación, a través del renacimiento en la fuente bautismal, se transmite la gracia, y con esta gracia el Pueblo cristiano camina en el tiempo, como un río que irriga la tierra y difunde en el mundo la bendición de Dios. Desde el momento en que Jesús dijo lo que hemos escuchado en el Evangelio, los discípulos fueron a bautizar; y desde ese tiempo hasta hoy existe una cadena en la transmisión de la fe mediante el Bautismo. Y cada uno de nosotros es un eslabón de esa cadena: un paso adelante, siempre; como un río que irriga. Así es la gracia de Dios y así es nuestra fe, que debemos transmitir a nuestros hijos, transmitir a los niños, para que ellos, cuando sean adultos, puedan transmitirla a sus hijos. Así es el Bautismo. ¿Por qué? Porque el Bautismo nos hace entrar en este Pueblo de Dios que transmite la fe. Esto es muy importante. Un Pueblo de Dios que camina y transmite la fe.

En virtud del Bautismo nos convertimos en discípulos misioneros, llamados a llevar el Evangelio al mundo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 120). «Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador... La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo» (ibid.) de todos, de todo el pueblo de Dios, un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. El Pueblo de Dios es un Pueblo discípulo —porque recibe la fe— y misionero —porque transmite la fe—. Y esto hace el Bautismo en nosotros: nos dona la Gracia y transmite la fe. Todos en la Iglesia somos discípulos, y lo somos siempre, para toda la vida; y todos somos misioneros, cada uno en el sitio que el Señor le ha asignado. Todos: el más pequeño es también misionero; y quien parece más grande es discípulo. Pero alguno de vosotros dirá: «Los obispos no son discípulos, los obispos lo saben todo; el Papa lo sabe todo, no es discípulo». No, incluso los obispos y el Papa deben ser discípulos, porque si no son discípulos no hacen el bien, no pueden ser misioneros, no pueden transmitir la fe. Todos nosotros somos discípulos y misioneros.

Existe un vínculo indisoluble entre la dimensión mística y la dimensión misionera de la vocación cristiana, ambas radicadas en el Bautismo. «Al recibir la fe y el bautismo, los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios “Abba”, Padre. Todos los bautizados y bautizadas... estamos llamados a vivir y transmitir la comunión con la Trinidad, pues la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria» (Documento conclusivo de Aparecida, n. 157).

Nadie se salva solo. Somos comunidad de creyentes, somos Pueblo de Dios y en esta comunidad experimentamos la belleza de compartir la experiencia de un amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide ser «canales» de la gracia los unos para los otros, a pesar de nuestros límites y nuestros pecados. La dimensión comunitaria no es sólo un «marco», un «contorno», sino que es parte integrante de la vida cristiana, del testimonio y de la evangelización. La fe cristiana nace y vive en la Iglesia, y en el Bautismo las familias y las parroquias celebran la incorporación de un nuevo miembro a Cristo y a su Cuerpo que es la Iglesia (cf. ibid., n. 175 b).


A propósito de la importancia del Bautismo para el Pueblo de Dios, es ejemplar la historia de la comunidad cristiana en Japón. Ésta sufrió una dura persecución a inicios del siglo XVII. Hubo numerosos mártires, los miembros del clero fueron expulsados y miles de fieles fueron asesinados. No quedó ningún sacerdote en Japón, todos fueron expulsados. Entonces la comunidad se retiró a la clandestinidad, conservando la fe y la oración en el ocultamiento. Y cuando nacía un niño, el papá o la mamá, lo bautizaban, porque todos los fieles pueden bautizar en circunstancias especiales. Cuando, después de casi dos siglos y medio, 250 años más tarde, los misioneros regresaron a Japón, miles de cristianos salieron a la luz y la Iglesia pudo reflorecer. Habían sobrevivido con la gracia de su Bautismo. Esto es grande: el Pueblo de Dios transmite la fe, bautiza a sus hijos y sigue adelante. Y conservaron, incluso en lo secreto, un fuerte espíritu comunitario, porque el Bautismo los había convertido en un solo cuerpo en Cristo: estaban aislados y ocultos, pero eran siempre miembros del Pueblo de Dios, miembros de la Iglesia. Mucho podemos aprender de esta historia.

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Tomado de:
www.vatican.va

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El Papa: No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida


VATICANO, 19 Ene. 14 / 10:49 am (ACI/EWTN Noticias).- Al presidir hoy el rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco señaló que Jesús vino al mundo con la misión de liberarlo de la esclavitud del pecado, e indicó que el mal y el pecado son vencidos por el amor que empuja al don de la propia vida por los demás.

“Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el pasado domingo, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado “ordinario”. En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, cerca del rio Jordán. Quien la describe es el testigo ocular, Juan Evangelista, que antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto con el hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores”.

El Santo Padre indicó que “el Bautista ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado del alto, reconoce en Él al enviado de Dios, por esto lo indica con estas palabras: ‘¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!’”.

“El verbo que viene traducido con ‘quitar’, significa literalmente ‘levantar’, ‘tomar sobre sí’. Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida por los demás”.

El Papa señaló que “en el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene las características del Siervo del Señor, que ‘soportó nuestros sufrimientos, y aguantó nuestros dolores’, hasta morir sobre la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el rio de nuestro pecado, para purificarnos”.

“El Bautista ve ante sí a un hombre que se pone en fila con los pecadores para hacerse bautizar, si bien no teniendo necesidad. Un hombre que Dios ha enviado al mundo como cordero inmolado”.

Francisco recordó que “en el Nuevo Testamento la palabra ‘cordero’ se repite varias veces y siempre en referencia a Jesús. Esta imagen del cordero podría sorprender; de hecho, es un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez y se carga un peso tan oprimente. La enorme masa del mal viene quitada y llevada por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y de amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí misma. El cordero no es dominador, sino dócil; no es agresivo, sino pacifico; no muestra las garras o los dientes frente a cualquier ataque, sino soporta y es remisivo”.

“¿Qué cosa significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el lugar de la malicia la inocencia, en el lugar de la fuerza el amor, en el lugar de la soberbia la humildad, en el lugar del prestigio el servicio”.

El Papa subrayó que “ser discípulos del Cordero significa no vivir como una ‘ciudadela asediada’, sino como una ciudad colocada sobre el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres”.



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Fuente ACIPRENSA
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Mensaje del Santo Padre Francisco para la 51 Jornada Mundial de Oración por las vocaciones


11 DE MAYO DE 2014 – IV DOMINGO DE PASCUA

Tema: Vocaciones, testimonio de la verdad


Queridos hermanos y hermanas:

1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios. Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (cf. Jn 15,5). Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3); o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4). Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor es para siempre» (cf. Sal 136). En el relato de la vocación del profeta Jeremías, por ejemplo, Dios recuerda que él vela continuamente sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida en primavera (cf. Jr 1,11-12). Todo procede de él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero ―asegura el Apóstol―«vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva. Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33). Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y hermanas» (Discurso a la Unión internacional de superioras generales8 de mayo de 2013). Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro corazón (cf. 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros, pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.

3. También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación. Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn6,63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Os hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en vosotros y en torno a vosotros las mejores energías. La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn13,35)?

4. Queridos hermanos y hermanas, vivir este «“alto grado” de la vida cristiana ordinaria» (cf. Juan Pablo II, Carta ap.Novo millennio ineunte, 31), significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas (cf.Mt 13,19-22). Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él, el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes. «Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales» (Homilía en la misa para los confirmandos, 28 de abril de 2013). A vosotros obispos, sacerdotes, religiosos, comunidades y familias cristianas os pido que orientéis la pastoral vocacional en esta dirección, acompañando a los jóvenes por itinerarios de santidad que, al ser personales, «exigen una auténtica pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe integrar las riquezas de la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte31).

Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que sabremos acoger con docilidad en nosotros. Con este deseo, y pidiéndoos que recéis por mí, imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.


Vaticano, 15 de Enero de 2014

FRANCISCO

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Tomado de
www.vatican.va
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El Bautismo de Cristo

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 12, donde se celebra el Bautismo del Señor. "Jesús bautizado en el Jordán es exaltado por el Padre". Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 19º Parte: La Iglesia como Sacramento de Salvación

Retomamos las entregas del P. Ignacio Garro, S.J., en esta ocasión iniciamos los temas referidos a la estructura sacramental de la Iglesia, en esta primera entrega "La Iglesia como sacramento de Salvación". Acceda AQUÍ. 

Canonización de Pedro Fabro, S.J. por el papa Francisco

Pedro Fabro ha sido proclamado santo el 17 de diciembre del 2013. El Papa Francisco ha canonizado al padre Fabro, SJ, uno de los primeros compañeros de San Ignacio y primer sacerdote de la Compañía de Jesús. Acceda AQUÍ.
AQUÍ para acceder a la biografía del santo.

Catequesis del Papa

Compartimos los mensajes del Papa Francisco a través de los siguientes enlaces:
1 de Enero - Homilía del Papa en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
3 de Enero - Homilía del Papa Francisco en la Eucaristía de Acción por la Canonización de Pedro Fabro
6 de Enero - Homilía del Papa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor
8 de Enero - Audiencia, catequesis del Papa: El Sacramento del Bautismo


La Iglesia - 19º Parte: La Iglesia como Sacramento de Salvación


P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


23. Estructura Sacramental de la Iglesia

El Concilio Vaticano II, en el Decreto sobre la actividad misionera de la Igle­sia "Ad Gentes", nº 1, dice : "Enviada por Dios a las gentes para ser ­"sacramento universal de salvación", la Iglesia, por exigencia radical de su catolicidad, obediente al mandato de su Fundador, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres. Los mismos Apóstoles, en ­quienes la Iglesia ha sido fundada, siguiendo las huellas de Cristo, "predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias". Sus sucesores están obligados a perpetuar esta obra, a fin de que la pala­bra de Dios se difunda y glorifique, 2 Tes 3,1 y el Reino de Dios sea anunciado y establecido en toda la tierra".

También en la Constitución Dogmática sobre La Iglesia "Lumen Gentium", nº 48 dice: "Porque Cristo, levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos, Jn 12, 32; habiendo resucitado de entre los muertos Rom, 6, 9, en­vió sobre los discípulos a su Espíritu vivificante y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, "sacramento universal de salvación".

Finalmente en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, "Gaudium et Spes", nº 45, dice: "La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, sólo pre­tende una cosa: el advenimiento del Reino de Dios y la salvación de to­da la humanidad. Todo el bien que el pueblo de Dios puede dar a la fa­milia humana al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del he­cho de que la Iglesia es "sacramento universal de salvación", que mani­fiesta y al mismo tiempo realiza el misterio de amor de Dios al hombre".

Con estas tres citas del Conc. Vat. II tenemos una especie de introducción al tema de la Iglesia como "sacramento universal de salvación". Cuando se afirma que la Iglesia es un "sacramento", hay que partir del supuesto que no se quiere pretender afirmar que, además de los siete sacramentos tradicionales, hay que añadir ahora un octavo sacramento: la Iglesia. Para evitar esa posible confusión, el Concilio Vat. II ha añadido en el texto la partícula "como". Es  "como un sacramento". Con esto ya está dicho que se trata de una semejanza, de una analogía.


23.1. La Iglesia, como sacramento universal de salvación

La Iglesia católica, por ser el sacramento universal de la salvación, es asimismo su sacramento único. Sólo ella , en principio, es capaz de poner  a los hombres en comunión con Dios. Al hablar de la Iglesia como sacramento, no se usa la palabra en "sentido estricto" sino en "sentido amplio". Y ¿cuál es el "sentido amplio"? Si los sacramentos lo definimos como: "signos sagrados característicos de la Iglesia, en los que ésta une a los creyentes al misterio de Cristo y prolonga la acción santifi­cadora de Cristo", es decir, el sacramento como un signo eficaz de la gracia de Cristo; o como un signo e instrumento de la íntima u­nión con Dios, podemos afirmar que la humanidad de Cristo es el pri­mer "sacramento", el "sacramento radical".

En efecto, la naturaleza humana de Cristo, asumida por el Verbo de Dios, es un sacramento en sentido eminente y por eso se ha dicho que Cristo es el sacramento de unión de Dios con los hombres, pues la gracia sobrenatural ha re­cibido en Cristo la más perfecta encarnación. El hombre - Dios es la figura en la que se ha hecho visible el Dios que carece de toda fi­gura.

La naturaleza humana de Cristo cumple, en el más auténtico sentido, lo que dice el Concilio de Trento de la naturaleza de los sacramentos: "que contienen la gracia que significan". (Denz.849). Los sacramentos en su referencia fundamental a Cristo nos llevan a afirmar que la humanidad de Cristo es el sacramento eminente.


23.2. La humanidad de Cristo es el receptáculo "visible" de la gracia "invisible"

La encarnación es, en efecto, la aparición sensible de la invisible benignidad salvífica de la voluntad de Dios, Tit 3, 4. S. Pablo dice: "grande es el misterio de la piedad, que se ha manifes­tado en la carne" (de Cristo), 1 Tim 3, 16. Lo sobrenatural se ha unido en Cristo del modo más elevado con la humanidad visible, con su carne como suele llamarse la humanidad, precisamente por su parte visible.

Y se unió de tal manera que si bien está  presente sustancial y personalmente en la carne, no obstante, queda oculto en la misma carne, (ké­nosis). Así en el receptáculo visible de la carne de Cristo está la presencia de la gracia sustancial, que es Dios mismo, que busca la amistad con los hombres, para hacerlos gratos a sus divinos ojos y santificarlos. El NT nos indica que la humanidad de Cristo es la manifestación sacramental del Hijo de Dios, figura visible del Dios invisible: "el que me ve a mí ve a mi Padre", Jn 14, 9.            


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.