Jesucristo, Rey del universo

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 24, donde se celebra la fiesta de Cristo Rey. El evangelio nos presenta a Cristo Rey que reina desde la cruz ¿no nos decepcionará esa clase de Rey, como decepcionó a sus contemporáneos?. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 18º Parte: La naturaleza de la Iglesia - El Espíritu Santo alma de la Iglesia

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa brindándonos sus temas referidos a la Iglesia, en esta ocación sobre el Espíritu Santo como alma de la Iglesia, presentándonos la presencia en varios aspectos de la vida de la Iglesia. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 18º Parte: La naturaleza de la Iglesia - El Espíritu Santo alma de la Iglesia


P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



22. El Espíritu Santo alma de la Iglesia
            
El Conc. Vat. II en la Constitución Dogmática “Lumen Gentium, Nº 7 dice: “Para que nos renováramos incesantemente en Él, Efes 4, 23, nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo unifica y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los santos padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el cuerpo humano”.      

22.1. Sagrada Escritura

Rom 8, 14-17: “Porque todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, éstos son hijos suyos ... Recibisteis un espíritu que os hace hijos adoptivos, en virtud del cual clamamos “Abba” Padre”.
Efes 2, 18: “Porque por medio de él los unos y los otros (los dos pueblos: judío y gentil) tenemos acceso, en un solo Espíritu, al Padre”.
Jn 7, 39: “Se refería al espíritu que habían de recibir los que creyeran en él”.
            
Estos textos no afirman literalmente que el Espíritu Santo sea “el alma de la Iglesia”, pero implican la idea de que el principio de nuestra incorporación a Cristo es el propio Espíritu Santo.

22.2. La unción del Espíritu Santo en la Iglesia. La función Trinitaria del Espíritu

Todo el misterio hunde sus raíces en la Trinidad. Ya en el seno mismo de la Trinidad, el Espíritu Santo es vínculo de unión entre el Padre y el Hijo. El Espíritu es aquel en cuya unidad el Hijo vive con el Padre y el Padre con el Hijo; o sea, es aquel en quien el Hijo realiza verdaderamente su misterio filial, que es  esencialmente un misterio de relación con el Padre.

22.3. El Espíritu de Cristo

El Espíritu Santo actuó en la vida Cristo, fue “concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”, Lc 1, 35; y en Lc 4, 18: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la los pobres la Buena Nueva”. Por esta consagración inicial, la humanidad de Cristo es realmente la humanidad del Hijo de Dios, es el instrumento divino de comunicación de Dios a los hombres.
A los largo de todo su ministerio, Jesús se nos muestra obrando en y por el Espíritu: “entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo”, Mt 4, 1; y prometiéndolo a los suyos: “y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre”, Jn 14, 6.
La función e influencia del Espíritu Santo se manifiestan plenamente en ocasión de la Resurrección, pues no sólo el Espíritu Santo ha resucitado a Cristo de entre los muertos: “Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros. Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”. Rom 8, 11.

22.4. El Espíritu Santo alma del Cuerpo Místico de Cristo

En el plano de la salvación Cristo debe ser : “el primogénito entre muchos hermanos”, Rom, 8, 29. De ahí el sentido y la función del misterio de Pentecostés. Tan pronto como Cristo asciende a su Padre, y toma posesión del “Espíritu Santo, objeto de la promesa”, Hech 2, 33, lo comunica a los suyos, es decir, a su Iglesia, Jn 15, 26, para que participando de su Pascua, se convierta efectivamente en su propio cuerpo, 1 Cor, 12, 13.
            
El Espíritu Santo es el principio de nuestra divinización. Se llama al Espíritu Santo  alma del cuerpo, en primer lugar porque en él y por él nos comunica Cristo su vida y hace de nosotros por el Bautismo hijos adoptivos de Dios, Efes 2, 18; Rom 8, 14. Es el Espíritu que nos conforma o configura a la imagen del Hijo único: Cristo.
            
S. Pablo maneja estos términos para darnos a entender la realidad del poder del Espíritu Santo en nosotros: 1 Cor 12, 3: “ ... nadie puede decir “Jesús es Señor” sino movido por el Espíritu Santo”; El Espíritu Santo infunde en nosotros la caridad fraterna: “ ... porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones  por el Espíritu Santo que se nos ha sido dado”, Rom, 5,5.
            
Nos hace renacer y nos induce a hacer de toda nuestra vida una vida de auténticos hijos de Dios: “Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido  un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abbá! Padre. El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si hijos, herederos de Dios, coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados”. Rom 8, 15-17.

22.5. El Espíritu Santo principio de unidad de todo el cuerpo
            
Hemos dicho que el Espíritu es principio de vida y de unidad en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y precisamente por ser el principio de la comunión con Cristo, el Espíritu Santo es asimismo el principio de unidad de su Cuerpo.
            
El Conc. Vat. II en Lumen Gentium, Nº 7 y 4,  nos recuerda: “El mismo Espíritu produce y urge la caridad entre los fieles, unificando el cuerpo por sí y por su virtud y con la conexión interna de los miembros.  Por consiguiente: “si un miembro sufre en algo, con él sufren todos los demás; o si un miembro es honrado, gozan conjuntamente los demás miembros”, 1 Cor 12, 26.

22.6. El Espíritu Santo y la Iglesia: La asistencia del Espíritu Santo. La Indefectibilidad

La “Iglesia es indefectible” en el cumplimiento de su misión salvífica. Esta tesis es de fe, en el sentido que ahora vamos a explicar:
  • La Iglesia, en el cumplimiento de su misión salvífica, en el tiempo de su existencia terrena, no perecerá.
  • La Iglesia no desfallecerá
  • La Iglesia subsistirá hasta el final tal como Cristo lo ha querido y fundado, sin experimentar cambios fundamentales y  que pudieran equivaler a su desaparición.          

            
Son contrarios a la indefectibilidad de la Iglesia:
  • Las sectas espirituales de la antigüedad (montanistas, donatistas,) y de la Edad Media (discípulos de Joaquin de Fiore, espirituales franciscanos: fraticcelli), a cuyo juicio la Iglesia había consumado ya su tiempo, por lo que la etapa definitiva, la del Espíritu Santo, iba a acaecer.
  • Los Reformadores protestantes del S. XVI, con su acusación de que la Iglesia se había apartado del camino trazado por Cristo.
  • Los Jansenistas, quienes reprochaban asimismo determinadas desviaciones disciplinares externas e incluso doctrinales.
  • Los Modernistas, Protestantes reformados S. XIX, que, contrariamente  a los anteriores, admitían una evolución en la Iglesia en las cosas substanciales.


22.7. Sentido de la Indefectibilidad
            
Hemos afirmado anteriormente que el Espíritu Santo, enviado por el Hijo Glorificado y el Padre, asiste continuamente a la Iglesia en su ser y en su existir a través del tiempo y el espacio que es la Historia humana. Cristo, les había prometido a los Apóstoles que les había de dar el "Espíritu de verdad, que os guiará hacia la verdad completa", Jn 16, 13, y "que permanecerá con vosotros para siempre", Jn  14, 16. Hay por lo tanto una relación estrecha, continua y definitiva entre Cristo y su Iglesia, por medio de la efusión continua del Espí­ritu Santo, que trabaja siempre, sin descanso, sin desmayo, es el Espíritu Santo que da vida a la Iglesia.
            
La "indefectibilidad" en la Iglesia significa, en el fondo, la fidelidad de Cristo a su Iglesia, fidelidad que explica y funda por sí sola esa indefectibilidad por medio de su Palabra y de la efusión de su Espíritu Santo que la asistirá con su poder y su presencia hasta el final de los siglos. La Iglesia tiene carácter imperecedero, es decir, que durará hasta el fin de los tiempos, (Parusía), e igualmente que no sufrirá ningún cambio sustancial en su doctrina, en su constitución y en su culto.
            
El Magisterio de la Iglesia dice: "La Iglesia es indefectible, es decir, permanecerá hasta el fin del mundo como la institución fundada por Cristo para lograr la salvación de todo el Género humano".
            
La afirmación de la indefectibilidad de la Iglesia expresa en el len­guaje teológico una triple certeza sobre la propia Iglesia.
  • La Iglesia subsistirá hasta el final de los tiempos como la quiso Jesucristo, sin sufrir cambios sustanciales que equivaldrían práctica­mente a su desaparición.
  • La Iglesia no perecerá (no desaparecerá), en el curso de la historia.
  • La Iglesia no abandonará su misión

            
Por tanto, la tesis de la indefectibilidad de la Iglesia no afirma ­únicamente el hecho de su duración en el tiempo, sino también la nece­sidad de esta permanencia en virtud de la fidelidad y de la promesa divina. Queda excluida por tanto una mutación sustancial de la Iglesia. La indefectibilidad de la Iglesia significa, por tanto, la permanencia de la Iglesia, como comunidad escatológica de salvación en la verdad de Cristo. Por eso, la Iglesia camina en la historia y vive en la pro­mesa y fidelidad de Dios que garantizan que el pueblo de la Nueva Alianza no perderá la identidad de su fe y de su misión salvífica.
            
Los fundamentos bíblicos de la indefectibilidad de la Iglesia han de buscarse en la promesa de Cristo, que es la Verdad, Jn 14, 6, de perma­necer siempre con la Iglesia, Mt 28, 20, para defenderla contra todos los asaltos del mal, Mt 16, 18. El evangelista S. Juan recoge en varias ocasiones la promesa de Cristo sobre la asistencia del Espíritu de la verdad Jn 14, 16, s.s; 15 26; 16, 13, es el Espíritu que conducirá a los Apóstoles a toda la verdad, permanece­rá con ellos para siempre, asegurará su permanencia en la verdad y en la palabra, Jn 8, 32; 14, 17; 17, 17.
            
También deben de considerarse como textos en favor de la indefectibili­dad de la Iglesia aquellos en que Cristo confía la misión autorizada de anunciar el evangelio de cuya aceptación depende la salvación de los hombres, Lc 10, 16; Mc 16, 15; Mt 28, 19. En S. Pablo, el tema de la indefectibilidad puede recogerse de una ma­nera indirecta en su concepto del "evangelio" que, por ser palabra y fuerza salvadora de Dios en favor de los creyentes, Rom 1, 16; 2 Cor 6, 7, no debe de falsearse, 2 Cor 11, 4; Gal 1, 6.
            
La indefectibilidad de la Iglesia se reduce en último análisis a la fi­delidad que Dios guarda a su Iglesia. La Sagrada Escritura afirma repe­tidas veces que Dios es fiel a su palabra y no reniega de sus promesas, Deut 7, 8-10; Is 61, 8; 1Cor l, 9; Rom 3, 3-4. Según S. Juan y Hecho de los Apóstoles el Espíritu Santo prosigue en la Iglesia la obra de Cristo, por lo que sería un error manifiesto postu­lar o suponer un divorcio entre el Espíritu Santo y la Iglesia.

            

El hecho de Pentecostés no es un hecho aislado en la historia de la Iglesia, sino un hecho real continuado para que la Iglesia de Cristo sea fiel a la ta­rea que su fundador le ha encomendado. Si esto no se cumpliera, la Igle­sia se deformaría en su ser y en su existir, en su misión apostólica y salvífica y significaría el triunfo del mundo de las tinieblas y de Satanás frente a la Iglesia de Cristo, y esto es un imposible teológico.
            
Significaría la capitulación de Dios frente al aparente  poder de Satanás y del mundo y supon­dría que todos los méritos de Cristo conseguidos en su vida mortal quedarán anulados y confiscados. Ahora bien, no hay que confundir indefectibilidad de la Iglesia con triunfalismo eclesiástico simplista, es decir, una visión triunfalista y de éxito humano y apostólico en todos los terrenos de la Iglesia.
            
S. Juan subraya con especial intensi­dad una relación indestructible entre el Espíritu y la Iglesia y afirma que el combate se ha iniciado entre Cristo y Satanás, Jn 7, 7; 13, 2; 14, 30 y que continuará en el tiempo que dure la Iglesia, Jn 15, 18-21; 1Jn 3, 12-13.

            
El Apocalipsis aplica al plano de los acontecimientos concretos las afirmacio­nes del cuarto evangelio, pero asegura también la certeza de la victo­ria final, Apoc 21, 22. La indefectibilidad de la Iglesia sólo puede captarse en la profundidad de la fe.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.



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Jesucristo, Rey del universo


Adolfo Franco, S.J.

Lucas 23, 35-43

El 24 de noviembre del 2013 termina el año litúrgico, con la fiesta de Cristo Rey, y el evangelio nos presenta a Cristo Rey que reina desde la cruz ¿no nos decepcionará esa clase de Rey, como decepcionó a sus contemporáneos? 


Para esta fiesta de Cristo Rey, hoy leemos ese párrafo de San Lucas en que sen nos presenta al Rey Crucificado que lleva al buen ladrón a su Reino. Y no es que la Iglesia busque el contraste y la paradoja, sino que nos presenta en la crucifixión del Señor la verdad de su realeza. El título de la cruz: “Jesús Nazareno Rey de los Judíos” expresa una gran verdad y que se realiza en ese momento preciso de la crucifixión y muerte de Jesús.

Siempre imaginamos al rey, como un personaje vestido con una capa de armiño que arrastra al caminar, con una corona de oro con piedras preciosas deslumbrantes, y que se sienta en un trono elevado de marfil, para desde ahí mirar con superioridad a todos los que se acercan a suplicarle. Qué diferente es Jesús, un Rey desnudo, con corona de espinas y colgado en la Cruz. Y evidentemente es Jesús el que realiza la verdadera realeza, porque no son sus atributos externos, sino su corazón el que atrae a todos a su reino. Jesús nos dice así que la realeza consiste en lo que se tiene en el corazón, no en los adornos que uno se pone.

Jesucristo es Rey, es el Alfa y la Omega, es el punto a donde apunta la evolución de toda la creación, es el Primogénito de toda creatura, es el modelo de toda la creación, sin El nada ha sido hecho de todo lo que ha sido hecho. La realeza de Cristo que celebramos es ésta que nos describen los escritores sagrados, con esas fecundas palabras.

Hacia El apunta todo, todo se justifica en El. Me atrevería a decir que es el Centro Planetario del Cosmos. Entonces el ser Rey en Jesús, es el ser la meta de todo, el centro al que todos debemos ser atraídos, nuestro ideal, la aspiración máxima de todo lo creado, y especialmente del ser humano, el príncipe del creación. Sólo en Cristo tenemos explicación y sentido los seres humanos.

Nos dicen también los textos sagrados que El es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia: la Iglesia tiene sentido si aspira a Cristo, si lleva a todos hacia esa única meta, que le da vida, consistencia y sentido.

Y también la consideración de Cristo Rey, debe merecer una reflexión personal, no sólo doctrinal. Cada uno de nosotros tiene en su corazón una aspiración personal, tenemos encerrados un conjunto de ideales, una inspiración, el sueño de llegar a ser lo mejor de nosotros mismos. Algunas veces nos ponemos a soñar y nos idealizamos. Todo ese mundo interior de impulsos elevados, de ideales, de deseos de subir y de aspirar a la cumbre, está señalando un Modelo, un Horizonte una Meta, está señalando un Corazón: el Corazón de Jesús traspasado por nosotros en el momento de la salvación.

Jesús Rey, El es nuestra meta, hacia El deben marchar nuestros pasos y nuestros esfuerzos. El es el modelo según el cual fuimos creados, y esa es la obra que debemos construir con nuestra entrega y la gracia de Dios. Debemos configurarnos con Cristo; El está puesto allá arriba y decía cuando empezaba su predicación: “cuando sea elevado sobre la tierra (alude a la Cruz) atraeré a todos hacia mí”.

Mirarlo a El clavado en la cruz, debe producir en nosotros la atracción. Sin embargo, al mirarlo crucificado, nos es difícil aceptarlo como modelo. Pero ahí está nuestro Rey, y sin El no tenemos ni horizonte, ni sentido. San Pablo llega a decir: vivo yo, ya no soy quien vive, es Cristo quien vive en mí. Así Cristo se convierte de hecho para mí en lo que es: Mi Rey; porque se apodera de mi vida e invade mi corazón. Y así la aspiración constante de nuestra conducta debe ser la misma que también San Palo enunciaba al decir, que debemos tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Es Rey, es el centro, el punto de convergencia de todas las aspiraciones, de la creación entera: el punto de llegada perfecto de todo lo que Dios Creador ideó, Es el punto hacia donde marcha y la meta adonde quiere llegar la Iglesia, el Pueblo de los rescatados. Y es para cada individuo el ideal máximo al que quiere acercarse cada vez más. Eso es lo que nos expresa esta fiesta de Cristo Rey, y lo que nos manifiesta ese Rey que se nos manifiesta clavado en la Cruz.



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Para leer otras reflexiones del P. Adolfo Franco, S.J. acceda a este enlace.

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de NOVIEMBRE





APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL 
MES DE NOVIEMBRE



Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.




Por las Intenciones del Papa


Intención General

Que los sacerdotes que experimentan dificultades sean confortados en su sufrimiento, sostenidos en sus dudas y confirmados en su fidelidad.




Intención Misional

Que, como fruto de la Misión Continental, las Iglesias de América Latina envíen misioneros a otras Iglesias.



Por la Conferencia Episcopal Peruana

Para que el mundo digital facilite la unión entre personas y pueblos, para el bien de la paz y para un fecundo apostolado de la Iglesia.





SACERDOTES CONFORTADOS, SOSTENIDOS Y CONFIRMADOS

"... Deseo a todos la gracia de renovar cada día el carisma de Dios, recibido con la imposición de las manos; de sentir el consuelo de la profunda amistad que os vincula con Cristo y os une entre vosotros, de experimentar el gozo del crecimiento de la grey de Dios en un amor cada vez más grande a Él y a todos los hombres: de cultivar el sereno convencimiento de que el que ha comenzado en vosotros esta obra buena la llevará a cumplimiento hasta el día de Cristo Jesús con todos y con cada uno de vosotros me dirijo en oración a María, madre y educadora de nuestro sacerdocio... (Juan Pablo II. "Pastores debo vobis". 25.3.1992. Extracto)


MISIONEROS EN LAS IGLESIAS POBRES

"Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y el obispo, formado a imagen del buen Pastor, debe estar particularmente atento a ofrecer el bálsamo divino de la fe, sin descuidar el "pan material"... La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los sacramentos y la Palabra". (Benedicto XVI. Catedral de Sao Paulo, 11.5.2007. Extracto)


APARECIDA, MISIÓN CONTINENTAL

La misión evangelizadora abraza con el amor de Dios a todos y especialmente a los pobres y a los que sufren. 550.


Eucaristía
Misa por la propagación de la fe (Misal Romano)

Palabra de Dios
Hebreos 4,14-5,10. Debilidad de los sacerdotes y sufrimiento de Cristo.
2 Corintios 11,23-27. Dificultades de la misión apostólica.
Gálatas 2,11-14. Pablo encara a Pedro cuando éste se había equivocado.
Marcos 9,2-12. Transfiguración. "Este es mi hijo. Escúchenlo".
Marcos 14,32-42. Jesús busca ayuda de su Padre.

Reflexionemos
¿Qué dificultades experimentan los sacerdotes?
¿Los criticamos con facilidad?
Personalmente y como comunidad cristiana: ¿Los confortamos en sus sufrimientos, los sostenemos en sus dudas y los ayudamos en su fidelidad?


P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. 

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


Para conocer más acerca del Apostolado de la Oración y sus actividades acceda AQUÍ



Visítenos en:

http://www.apostlesshipofprayer.net Elegir idioma ESPAÑOL, hacer clic en ventana “Oración y Servicio”
www.jesuitasperu.org Apostolado parroquial
www.sanpedrodelima.org


¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!




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Jesús y los saduceos sobre la resurrección

DOMINGO XXXII
del Tiempo Ordinario

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 20, 27-38

Los intelectuales saduceos quieren negar con razones la resurrección. Jesús les responde desbaratando sus razones.


En los Evangelios se nos muestran una serie de “discusiones” de Jesús con los “intelectuales” de su época como eran los fariseos, los levitas y los saduceos. Las personas más ilustradas se sentían incómodas, envidiosas y furiosas de que este “iletrado”, inculto, proveniente de un lugar insignificante se constituyera en “Maestro”, y de que además los desautorizase a ellos. Era normal su fastidio contra Jesús, dado su orgullo de creerse los inteligentes, los jefes, los maestros, los importantes, en fin. Jesús, además, se había permitido criticarles su poca autenticidad; y en ciertas ocasiones mostró la poca lógica y la poca coherencia que tenían sus doctrinas; a veces les muestra cómo era equivocada su aplicación de las mismas enseñanzas de Moisés.

Entonces ellos quieren desautorizarlo, y con su ingeniosidad de hombres agudos quieren poner en evidencia la ignorancia de este “insignificante maestrito”. Le van a proponer un enigma, un callejón sin salida mental; algo que sólo a mentes privilegiadas como las suyas se les podría ocurrir. Lucas nos cuenta en este párrafo del Evangelio uno de estos episodios interesantes. Los saduceos (secta de intelectuales que no creían en la resurrección) se enfrentan a Jesús para hacerle caer en la cuenta de la incongruencia que hay en afirmar la resurrección. Y Jesús desbarata de raíz todo el tinglado intelectual absurdo que habían montado estos pseudo intelectuales.

En el fondo esta actitud pone al descubierto las actitudes de tantos hombres, en todos los tiempos, muy convencidos de su aguda intelectualidad, que han querido resolver el problema de la religión, mediante razones hábilmente elaboradas. Muchos hombres razonables plantean sus objeciones a la fe, desde el estructurado razonamiento de la lógica humana. Pero, ¿es la razón humana el instrumento apropiado para llegar a descubrir la realidad, en su dimensión más completa, en su dimensión sobrenatural? ¿Es la pura razón suficiente para darle respuesta completa a las preguntas fundamentales del hombre: El sentido de la vida humana, la vida después de la vida?

Los seres humanos tenemos básicamente dos fuentes de conocimiento, que nos son necesarias para vivir la vida orientados, y no sin brújula: la Fe y la Razón. Esas dos fuentes no entran en competencia, no se pelean entre sí, y no son enemigas. Eso en primer lugar; ha habido tiempos en que algunos hombres pensaban que tenían que escoger: o razón, o fe. Pensaban que ambas eran enemigas e incompatibles. Además por entender mal la fe, por juzgarla desde fuera y con ignorancia teñida de orgullo, pensaban que la fe era una actitud de menores de edad, de hombres sin cultura, en el fondo, de hombres inferiores. Esos tiempos, gracias a que la sensatez termina abriéndose paso, ya han pasado.

Tampoco se puede pretender que la fe resuelva los problemas intelectuales de la ciencia, ni que la ciencia dé una respuesta a los problemas que tocan el misterio interior de la vida y del ser humano. Así como no es legítimo pedirle a la fe que nos responda preguntas científicas, como las leyes de la astronomía sideral, tampoco es aceptable que la ciencia pretenda responder al problema de la esencia de Dios, o la eternidad, o el más allá.

Además la razón humana, si somos suficientemente sinceros, es un maravilloso instrumento, pero con muchas limitaciones. Ha incurrido a lo largo del tiempo en tantos errores científicos, en muchos titubeos (piénsese en cómo las teorías se suceden y se corrigen unas a otras); incluso sigue encontrando en el presente tantos límites, tantas incertidumbres y sobre realidades elementales: en qué consiste la luz, cuál es el componente final de la materia... No es posible que una persona suficientemente inteligente confíe tanto en su sola razón, que le encomiende la respuesta a los más grandes interrogantes, cuando a veces no puede dar razón de problemas referentes a lo material. Si el hombre se encierra en la sola razón, queda encerrado en un mundo de sombras, sin posibilidad de salir más allá.

Además hay que advertir lo que es la fe: Dios se nos ha acercado para contarnos la verdad, especialmente referida a El mismo, y a su misterio interior, ha querido contarnos las realidades maravillosas del futuro que nos espera, ha querido asombrarnos con el misterio de nuestro parentesco con El. La razón recibe con humildad estas nuevas realidades, que la superan absolutamente. Pero no se rebela frente a la luz, sino queda asombrosamente sorprendida por esta nueva luz que nos llega desde el que es todo Verdad, Belleza y Bondad.


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Zaqueo y Jesús


DOMINGO XXXI
del Tiempo Ordinario

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 19, 1-10

Zaqueo no podía ver a Jesús porque era bajo de estatura ¿a nosotros qué nos impide ver a Jesús?


El Evangelio de hoy, que narra la conversión de Zaqueo, podíamos decir que es nuestra propia historia. Un hombre, en un momento dado de su vida, siente que necesita encontrarse con Jesús, quiere verlo, y hace todo el esfuerzo de mirarlo. Y en la búsqueda se encuentra con que Jesús lo mira a él y se invita a su casa, porque quiere compartir con él su amistad. Y en el encuentro Zaqueo cae en la cuenta de que tiene que cambiar y cambia radicalmente, y ya en vez de apropiarse ilícitamente del dinero de los demás, se pone a dar y a repartir con generosidad.

Son cuatro pasos perfectamente definidos: la curiosidad o la necesidad de ver a Jesús, que está pasando cerca. El esfuerzo por verlo, superando las dificultades que se ponen delante, y si se es bajo de estatura, habrá que subirse a un árbol para ver a Jesús; pero hay que verlo de todas maneras. El tercer paso, es Jesús que ve y mira a quien le está buscando, y se produce un encuentro y una intimidad en la propia casa, con Jesús invitado a comer. Y finalmente la transformación de la conducta producida por el encuentro con Jesús.

Es la historia de tantas personas que han buscado a Jesús y lo han encontrado, y este encuentro ha transformado sus vidas. Muchas personas buscan a Jesús, quizá incluso lo buscan sin saberlo. En la vida de muchas personas surge un cansancio del vacío, de la vida dedicada a cosas superficiales. Personas que no han pensado nunca en serio en Dios, que se han dedicado al trabajo, a ganar dinero, a buscar por todas partes todas las diversiones, las lícitas y las ilícitas; personas que han progresado a base de encaramarse sobre los demás. Pero al final, personas sin rumbo y con un vacío en el corazón. Y ese vacío en un momento dado se hace sentir en forma de hastío, o en forma de aburrimiento; surge una nueva necesidad, y se oye hablar de Jesús, y parece que esa voz encuentra un cierto eco, aunque sea débil en ese corazón vacío.

En ese corazón así preparado por la decepción, o por el fracaso, surge una necesidad de Dios, que al principio no se sabe con claridad que sea precisamente necesidad de Dios. A veces es la curiosidad por ver qué hay en las personas que viven cerca de Dios. Pero en variadas formas se trata de una atracción que Dios empieza a ejercer sobre la persona. Este deseo crece, se hace consciente, y quiere ser satisfecho. Se ha hecho suficientemente grande como para empezar a buscar con intensidad. Y entonces surgen dificultades, impedimentos, marchas atrás. Pero la persona ha quedado inquieta por esta necesidad de buscar; y supera todas las dificultades, y si es necesario se sube a un árbol, para ver a Jesús. A veces el sujeto es de baja estatura moral, y tiene que levantarse un poco, para que la multitud no le impida la vista.

Y cuando el sujeto está allá arriba mirando, siente que la mirada de Aquel que él buscaba con timidez se dirige a sus ojos para mirarlo profundamente y la mirada le llega hasta el corazón. Y le hace sentir una emoción especial. Jesús en ese momento del encuentro le pide “permiso” para entrar en su casa: Jesús le dice: hoy necesito (El, Jesús, es el que necesita) hospedarme en tu casa. ¿Qué necesidad es esa? ¿Quién necesita de quién? Pero una vez que se dio el encuentro de las dos miradas, se han encontrado los dos corazones; y El empieza a ser el huésped de tu casa, el que va a llenar el vacío que había hasta hace poco tiempo.

Y enseguida la presencia de Dios te hace cambiar los parámetros de tu vida: el que era ladrón se convierte en bienhechor, el que era egoísta se transforma en generoso. Empieza a hacer cuentas, a repasar toda su vida y da la mitad de sus bienes, y empieza a devolver cuatro veces a todos los que ha defraudado, como hizo Zaqueo cuando tuvo a Jesús a comer en su casa.


Es que la presencia de Jesús en el corazón tiene que transformar todo lo que está torcido. Su invitación a que le demos de comer, se convierte en una invitación que El nos hace a cambiar, a sustituir todo lo torcido por rectitud. Su amistad nos cambia completamente y empezamos a ser lo que deberíamos haber sido siempre. Y sentimos que ese vacío de hace un tiempo, que nos indujo a buscar al Señor, ya ha quedado lleno con su presencia y con la transformación de nuestra conducta.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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