Homilía del papa Francisco para la Jornada de los Catequistas, 29 de septiembre del 2013

Compartimos la homilía del papa Francisco con ocasión de la Jornada de los Catequistas el domingo 29 de septiembre. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 14º Parte: La naturaleza de la Iglesia - Descripción teológica y estructura de la Iglesia

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa brindándonos su serie dedicada a la Iglesia, en esta ocasión inicia el tema sobre la naturaleza de la Iglesia y nos comenta sobre el carácter divino y humano de la Iglesia, así como también sobre la Iglesia Nuevo Pueblo de Dios. Acceda AQUÍ.

El rico y Lázaro

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 29 de septiembre, "El Señor nos presenta el terrible final del que vivió para darse la buena vida". Acceda AQUÍ.

Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de OCTUBRE

Para orar con el Papa y la Conferencia Episcopal Peruana a través de las Intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración para el mes de OCTUBRE. Acompañamos las intenciones con textos para su reflexión seleccionados por el P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del A.O. Acceda AQUÍ.

La entrevista del papa Francisco a las revistas jesuitas - Texto íntegro

Compartimos el texto íntegro de la conversación entre el papa Francisco y el P. Spadaro, S.J. Director de la revista jesuita "La Civiltà Cattolica". Acceda AQUÍ. 

No tengo que interpretar al Papa sobre el aborto, dice sacerdote jesuita que lo entrevistó

El Director de la revista italiana jesuita La Civiltà Cattolica, P. Antonio Spadaro, S.J. quien publicara el jueves 19 de septiembre una extensa entrevista que sostuvo con el papa Francisco y cuyo contenido ha generado gran atención y varias interpretaciones a nivel mundial, dialogó con ACI Prensa y señaló que el Pontífice "es absolutamente claro" y que "no tengo que interpretar al Papa, las palabras están ahí". Acceda a la publicación AQUÍ. 

Catequesis del Papa

Continuamos compartiendo los mensajes del papa Francisco a través de sus presentaciones. Acceda a través de los siguientes enlaces:
11/09/2013 - Audiencia, La Iglesia es nuestra madre en la fe.
18/09/2013 - Audiencia, Nuestra Madre Iglesia.
25/09/2013 - Audiencia, La Unidad de la Iglesia.
29/09/2013 - Homilía, El papa Francisco pide a catequistas custodiar y alimentar la memoria de Dios.

Homilía del papa Francisco para la Jornada de los Catequistas, 29 de septiembre del 2013



HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Domingo 29 de septiembre de 2013




1. «¡Ay de los que se fían de Sión,... acostados en lechos de marfil!» (Am 6,1.4); comen, beben, cantan, se divierten y no se preocupan por los problemas de los demás.

Son duras estas palabras del profeta Amós, pero nos advierten de un peligro que todos corremos. ¿Qué es lo que denuncia este mensajero de Dios, lo que pone ante los ojos de sus contemporáneos y también ante los nuestros hoy? El riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar. Es la misma experiencia del rico del Evangelio, vestido con ropas lujosas y banqueteando cada día en abundancia; esto era importante para él. ¿Y el pobre que estaba a su puerta y no tenía para comer? No era asunto suyo, no tenía que ver con él. Si las cosas, el dinero, lo mundano se convierten en el centro de la vida, nos aferran, se apoderan de nosotros, perdemos nuestra propia identidad como hombres. Fíjense que el rico del Evangelio no tiene nombre, es simplemente «un rico». Las cosas, lo que posee, son su rostro, no tiene otro.

Pero intentemos preguntarnos: ¿Por qué sucede esto? ¿Cómo es posible que los hombres, tal vez también nosotros, caigamos en el peligro de encerrarnos, de poner nuestra seguridad en las cosas, que al final nos roban el rostro, nuestro rostro humano? Esto sucede cuando perdemos la memoria de Dios. “¡Ay de los que se fían de Sión!”, decía el profeta. Si falta la memoria de Dios, todo queda rebajado, todo queda en el yo, en mi bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden la consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener. Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio. Quien corre en pos de la nada, él mismo se convierte en nada, dice otro gran profeta, Jeremías (cf. Jr 2,5). Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no a imagen y semejanza de las cosas, de los ídolos.

2. Entonces, mirándoles a ustedes, me pregunto: ¿Quién es el catequista? Es el que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y sabe despertarla en los demás. Qué bello es esto: hacer memoria de Dios, como la Virgen María que, ante la obra maravillosa de Dios en su vida, no piensa en el honor, el prestigio, la riqueza, no se cierra en sí misma. Por el contrario, tras recibir el anuncio del Ángel y haber concebido al Hijo de Dios, ¿qué es lo que hace? Se pone en camino, va donde su anciana pariente Isabel, también ella encinta, para ayudarla; y al encontrarse con ella, su primer gesto es hacer memoria del obrar de Dios, de la fidelidad de Dios en su vida, en la historia de su pueblo, en nuestra historia: «Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (cf.  Lc 1,46.48.50). María tiene memoria de Dios.

En este cántico de María está también la memoria de su historia personal, la historia de Dios con ella, su propia experiencia de fe. Y así es para cada uno de nosotros, para todo cristiano: la fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva, que nos transforma; la fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta. El catequista es precisamente un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad. Hablar y transmitir todo lo que Dios ha revelado, es decir, la doctrina en su totalidad, sin quitar ni añadir nada.

San Pablo recomienda a su discípulo y colaborador Timoteo sobre todo una cosa: Acuérdate, acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, a quien anuncio y por el que sufro (cf. 2 Tm 2,8-9). Pero el Apóstol puede decir esto porque él es el primero en acordarse de Cristo, que lo llamó cuando era un perseguidor de los cristianos, lo conquistó y transformó con su gracia.

El catequista, pues, es un cristiano que lleva consigo la memoria de Dios, se deja guiar por la memoria de Dios en toda su vida, y la sabe despertar en el corazón de los otros. Esto requiere esfuerzo. Compromete toda la vida. El mismo Catecismo, ¿qué es sino memoria de Dios, memoria de su actuar en la historia, de su haberse hecho cercano a nosotros en Cristo, presente en su Palabra, en los sacramentos, en su Iglesia, en su amor? Queridos catequistas, les pregunto: ¿Somos nosotros memoria de Dios? ¿Somos verdaderamente como centinelas que despiertan en los demás la memoria de Dios, que inflama el corazón?

3. «¡Ay de los que se fían de Sión», dice el profeta. ¿Qué camino se ha de seguir para no ser «superficiales», como los que ponen su confianza en sí mismos y en las cosas, sino hombres y mujeres de la memoria de Dios? En la segunda Lectura, san Pablo, dirigiéndose de nuevo a Timoteo, da algunas indicaciones que pueden marcar también el camino del catequista, nuestro camino: Tender a la justicia, a la piedad, a la fe, a la caridad, a la paciencia, a la mansedumbre (cf. 1 Tm 6,11).

El catequista es un hombre de la memoria de Dios si tiene una relación constante y vital con él y con el prójimo; si es hombre de fe, que se fía verdaderamente de Dios y pone en él su seguridad; si es hombre de caridad, de amor, que ve a todos como hermanos; si es hombre de «hypomoné», de paciencia, de perseverancia, que sabe hacer frente a las dificultades, las pruebas y los fracasos, con serenidad y esperanza en el Señor; si es hombre amable, capaz de comprensión y misericordia.
Pidamos al Señor que todos seamos hombres y mujeres que custodian y alimentan la memoria de Dios en la propia vida y la saben despertar en el corazón de los demás. Amén.


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Tomado de:
www.vatican.va
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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de OCTUBRE





APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL 
MES DE OCTUBRE




Ofrecimiento Diario


Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.




Por las Intenciones del Papa


Intención General

Que quienes se sienten agobiados hasta el extremo de desear el fin de vida, adviertan la cercanía amorosa de Dios.




Intención Misional

Que la jornada misionera mundial nos anime a ser destinatarios y también anunciadores de la Palabra de Dios.






Por la Conferencia Episcopal Peruana

Para que muchos jóvenes escuchen la llamada de Dios a la vida consagrada, activa y contemplativa, acepten su llamada y perseveren santamente hasta la muerte.





CERCANÍA AMOROSA DE DIOS

"Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo les aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Mateo 11,28-30. El "yugo" de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento que ha dejado a sus discípulos. El verdadero remedio para los males de la humanidad... (Benedicto XVI. Ángelus. 3.7.2011. Extracto)


JORNADA MISIONERA MUNDIAL

La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!... Todos aquellos que se han encontrado con el Señor resucitado han sentido la necesidad de anunciarlo a otros... La Iglesia es por su naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo, según el plan de Dios Padre... (Benedicto XVI. 2.1.2011. Extracto)


APARECIDA, MISIÓN CONTINENTAL

"Consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo."


Eucaristía
Misa por la propagación de la fe (Misal Romano)

Palabra de Dios
1 Reyes 19,1-8. Elías angustiado se desea la muerte.
Filipenses 4,4-8. No se aflijan por nada.
Lucas 10,25-37. Parábola del Buen Samaritano.

Reflexionemos
¿He conocido y tratado de ayudar a personas agobiadas o gravemente deprimidas?
¿Cómo he sido ayudado en momentos difíciles?
¿He sabido orientar a otros en su busca de ayuda competente?


P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. 

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


Para conocer más acerca del Apostolado de la Oración y sus actividades acceda AQUÍ



Visítenos en:

http://www.apostlesshipofprayer.net Elegir idioma ESPAÑOL, hacer clic en ventana “Oración y Servicio”
www.jesuitasperu.org Apostolado parroquial
www.sanpedrodelima.org


¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!




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No tengo que interpretar al Papa sobre el aborto, dice sacerdote jesuita que lo entrevistó

ROMA, 25 Sep. 13 / 04:02 am (ACI/EWTN Noticias).- El director del diario italiano La Civiltà Cattolica, Padre Antonio Spadaro, quien publicara el jueves 19 de setiembre una extensa entrevista que sostuvo con el Papa Francisco y cuyo contenido ha generado gran atención y varias interpretaciones a nivel mundial, dialogó con ACI Prensa y señaló que el Pontífice “es absolutamente claro” y que “no tengo que interpretar al Papa, las palabras están ahí”.

El también sacerdote jesuita resaltó que con respecto a las enseñanzas de laIglesia sobre el aborto, el Papa es “claro”, pero su principal objetivo es traer la salvación de Dios a cada uno, “a la mayoría de todos los pecadores”.

Muchos medios de comunicación presentaron los comentarios del Papa sobre el aborto como un gran cambio con respecto a sus predecesores. El grupo abortista estadounidense, NARAL Pro - Choice America,  compartió en su página de Facebook un mensaje: "Querido Papa Francisco, gracias. Firmado, Mujeres Pro - Choice todas partes".

Señaló que una sólo insistencia en las cuestiones relacionadas con el aborto y otros asuntos morales no son posibles, porque esta no sería la plenitud del Evangelio, sino más bien una "multitud inconexa de las doctrinas que se impone”.

El Padre Spadaro señaló que el Santo Padre no decía “nada en contra de alguien”, y dijo que “el mensaje de la Iglesia es un mensaje de misericordia”, agregando que “lo que el Papa tiene en mente, en mi opinión, era sólo explicar el Evangelio”.

“He recibido varios mensajes de personas fuera de la Iglesia que dicen que: ‘estoy muy tocado con el Evangelio. Necesito leer el Evangelio’… Este es el gran efecto, esto es lo que el Papa tiene en mente”. El Santo Padre también dijo que “soy un hijo de la Iglesia”.

El sacerdote manifestó que se opone a que se etiquete al Romano Pontífice como próvida.

"Este tipo de categorías, que señalan que el Papa está a favor de esta cosa, o en contra de esta otra cosa, son categorías que ya no funcionan. Esto es muy importante para mí. Progresivo / conservador, pro / contra – y repitió – estas categorías ya no funcionan más", y enfatizó que el Santo Padre  está tratando de comunicar "un mensaje de ternura".

El presbítero recalcó un avez más que "la Iglesia es para personas que necesitan el mensaje de la salvación: que es el Evangelio".

“No importa si usted está muy lejos de la iglesia, o si usted no está viviendo como dice la Iglesia. Lo importante es que la Iglesia puede llegar adonde tú estás, exactamente en ese lugar. Eso es sólo un punto de partida. Puedes crecer en la fe”.

Por tanto la actitud de la Iglesia debe ser “capaz de permanecer con las personas que están atados en el alma y el cuerpo. Tenemos que vivir en las fronteras. De esto se preocupa el Papa”,  aseguró.

El Pontífice no ha guardado silencio con respecto al aborto, siempre ha manifestado su preocupación por los más indefensos de los seres humanos, el 12 de mayo por ejemplo, saludó a los asistentes de la Marcha por la Vida en Italia y antes de rezar ese día el Angelus, invitó a todos a "concentrarse en el importante hecho de respetar la vida desde el momento de la concepción".

El Papa Francisco reiteró en un discurso pronunciado el viernes 20 de septiembre ante los ginecólogos católicos participantes del encuentro promovido por la Federación Internacional de las Asociaciones de Médicos Católicos, su clara postura ante la “cultura del descarte” del aborto, que busca la eliminación de los seres humanos más débiles.

Ante los galenos, dijo que “nuestra respuesta a esta mentalidad es un ‘sí’ decidido y sin vacilaciones a la vida” que es siempre sagrada e inviolable. Además subrayó que: “Todo niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro de Jesucristo, tiene el rostro del Señor”.
Para leer la entrevista completa del Papa con la Civiltà Cattolica, ingrese a:http://www.aciprensa.com/noticias/lea-aqui-el-texto-completo-de-la-entrevista-del-papa-francisco-70263/#.UjyXJsYaiHg

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Fuente ACIPRENSA
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El Papa Francisco pide a catequistas custodiar y alimentar la memoria de Dios


VATICANO, 29 Sep. 13 / 11:15 am (ACI/EWTN Noticias).- Al presidir esta mañana en la Plaza de San Pedro, ante decenas de miles de fieles y peregrinos, la Misa con ocasión de la Jornada de los Catequistas, el Papa Francisco les exhortó a ser “hombres y mujeres que custodian y alimentan la memoria de Dios en la propia vida, y la saben despertar en el corazón de los demás”.

Con ocasión de la jornada, catequistas de diversas partes del mundo peregrinaron a la Tumba de Pedro, en el marco del Año de la Fe.

El Santo Padre advirtió sobre el riesgo actual de los cristianos “de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar”.

“Es la misma experiencia del rico del Evangelio, vestido con ropas lujosas y banqueteando cada día en abundancia; esto era importante para él. ¿Y el pobre que estaba a su puerta y no tenía para comer? No era asunto suyo, no tenía que ver con él”.

El Papa señaló que “si las cosas, el dinero, lo mundano se convierten en el centro de la vida, nos aferran, se apoderan de nosotros, perdemos nuestra propia identidad como hombres: miren bien, el rico del Evangelio no tiene nombre, es simplemente ‘un rico’. Las cosas, lo que posee, son su rostro, no tiene otro”.

“¿Por qué sucede esto? ¿Cómo es posible que los hombres, tal vez también nosotros, caigamos en el peligro de encerrarnos, de poner nuestra seguridad en las cosas, que al final nos roban el rostro, nuestro rostro humano? Esto sucede cuando perdemos la memoria de Dios”.

“‘Ay de los que se fían de Sión’, decía el profeta. Si falta la memoria de Dios, todo queda comprimido en el yo, en mi bienestar”.

Francisco indicó que si falta la memoria de Dios, “la vida, el mundo, los demás, pierden consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener”.

El Santo Padre advirtió que “si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio. Quien corre en pos de la nada, él mismo se convierte en nada, dice otro gran profeta, Jeremías. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no a imagen y semejanza de las cosas, de los ídolos”.

“Entonces, mirándoles a ustedes, me pregunto: ¿Quién es el catequista? Es el que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y sabe despertarla en los demás”.

El Papa señaló “qué bello es esto: hacer memoria de Dios, como la Virgen María que, ante la obra maravillosa de Dios en su vida, no piensa en el honor, el prestigio, la riqueza, no se cierra en sí misma”.

“Por el contrario, tras recibir el anuncio del Ángel y haber concebido al Hijo de Dios, ¿qué es lo que hace? Se pone en camino, va donde su anciana pariente Isabel, también ella encinta, para ayudarla; y al encontrarse con ella, su primer gesto es hacer memoria del obrar de Dios, de la fidelidad de Dios en su vida, en la historia de su pueblo, en nuestra historia: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’”.

Francisco subrayó que “María tiene memoria de Dios”.

“En este cántico de María está también la memoria de su historia personal, la historia de Dios con ella, su propia experiencia de fe. Y así es para cada uno de nosotros, para todo cristiano: la fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva, que nos transforma”.

El Papa remarcó que “la fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta”.

“El catequista es precisamente un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad. Hablar y transmitir todo aquello que Dios ha revelado. La doctrina en su totalidad. Sin quitar ni agregar”.

El catequista, subrayó el Papa, “es un cristiano que lleva consigo la memoria de Dios, se deja guiar por la memoria de Dios en toda su vida, y la sabe despertar en el corazón de los otros. Esto requiere esfuerzo. Compromete toda la vida”.

“El mismo Catecismo, ¿qué es sino memoria de Dios, memoria de su actuar en la historia, de su haberse hecho cercano a nosotros en Cristo, presente en su Palabra, en los sacramentos, en su Iglesia, en su amor?”.

“Queridos catequistas, les pregunto: ¿Somos nosotros memoria de Dios? ¿Somos verdaderamente como centinelas que despiertan en los demás la memoria de Dios, que inflama el corazón?”.

El Santo Padre les preguntó también “¿qué camino se ha de seguir para no ser ‘superficiales’, como los que ponen su confianza en sí mismos y en las cosas, sino hombres y mujeres de la memoria de Dios? En la segunda Lectura, san Pablo, dirigiéndose de nuevo a Timoteo, da algunas indicaciones que pueden marcar también el camino del catequista, nuestro camino: Tender a la justicia, a la piedad, a la fe, a la caridad, a la paciencia, a la mansedumbre”.

“El catequista es un hombre de la memoria de Dios si tiene una relación constante y vital con él y con el prójimo; si es hombre de fe, que se fía verdaderamente de Dios y pone en él su seguridad; si es hombre de caridad, de amor, que ve a todos como hermanos; si es hombre de ‘hypomoné’, de paciencia y de perseverancia, que sabe hacer frente a las dificultades, las pruebas y los fracasos, con serenidad y esperanza en el Señor; si es hombre amable, capaz de comprensión y misericordia”.

“Pidamos al Señor que todos seamos hombres y mujeres que custodian y alimentan la memoria de Dios en la propia vida y la saben despertar en el corazón de los demás. Amén”, concluyó.

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Fuente: ACIPRENSA

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La Unidad de la Iglesia


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles 25 de septiembre de 2013




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el «Credo» nosotros decimos «Creo en la Iglesia, una», o sea, profesamos que la Iglesia es única y esta Iglesia es en sí misma unidad. Pero si miramos a la Iglesia católica en el mundo descubrimos que comprende casi 3.000 diócesis diseminadas en todos los continentes: tantas lenguas, tantas culturas. Aquí hay obispos de muchas culturas distintas, de muchos países. Está el obispo de Sri Lanka, el obispo de Sudáfrica, un obispo de la India, hay tantos aquí... Obispos de América Latina. La Iglesia está difundida en todo el mundo. Con todo, las miles de comunidades católicas forman una unidad. ¿Cómo puede suceder esto?
Una respuesta sintética la encontramos en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que afirma: la Iglesia católica difundida en el mundo «tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad» (n. 161). Es una bella definición, clara, nos orienta bien. Unidad en la fe, en la esperanza, en la caridad, unidad en los sacramentos, en el ministerio: son como los pilares que sostienen y mantienen junto el único gran edificio de la Iglesia. Allí donde vamos, hasta en la más pequeña parroquia, en el ángulo más perdido de esta tierra, está la única Iglesia; nosotros estamos en casa, estamos en familia, estamos entre hermanos y hermanas. Y esto es un gran don de Dios. La Iglesia es una sola para todos. No existe una Iglesia para los europeos, una para los africanos, una para los americanos, una para los asiáticos, una para quien vive en Oceanía, no; es la misma en todo lugar. Es como en una familia: se puede estar lejos, distribuidos por el mundo, pero los vínculos profundos que unen a todos los miembros de la familia permanecen sólidos cualquiera que sea la distancia. Pienso, por ejemplo, en la experiencia de la Jornada mundial de la juventud en Río de Janeiro: en aquella inmensa multitud de jóvenes en la playa de Copacabana se oían hablar tantas lenguas, se veían rasgos de rostros muy distintos entre sí, se encontraban culturas diversas, y sin embargo había una profunda unidad, se formaba una única Iglesia, se estaba unidos y así se percibía. Preguntémonos todos: yo, como católico, ¿siento esta unidad? Yo, como católico, ¿vivo esta unidad de la Iglesia? ¿O bien no me interesa, porque estoy cerrado en mi pequeño grupo o en mí mismo? ¿Soy de los que «privatizan» la Iglesia para el propio grupo, la propia nación, los propios amigos? Es triste encontrar una Iglesia «privatizada» por este egoísmo y esta falta de fe. ¡Es triste! Cuando oigo que muchos cristianos en el mundo sufren, ¿soy indiferente o es como si sufriera uno de la familia? Cuando pienso u oigo decir que muchos cristianos son perseguidos y dan hasta la vida por la propia fe, ¿esto toca mi corazón o no me llega? ¿Estoy abierto a ese hermano o a esa hermana de la familia que está dando la vida por Jesucristo? ¿Oramos los unos por los otros? Os hago una pegunta, pero no respondáis en voz alta, sólo en el corazón: ¿cuántos de vosotros rezan por los cristianos que son perseguidos? ¿Cuántos? Que cada uno responda en el corazón. ¿Rezo por ese hermano, por esa hermana que está en dificultad por confesar y defender su fe? Es importante mirar fuera del propio recinto, sentirse Iglesia, única familia de Dios.
Demos otro paso y preguntémonos: ¿hay heridas en esta unidad? ¿Podemos herir esta unidad? Lamentablemente vemos que en el camino de la historia, también ahora, no siempre vivimos la unidad. A veces surgen incomprensiones, conflictos, tensiones, divisiones, que la hieren, y entonces la Iglesia no tiene el rostro que desearíamos, no manifiesta la caridad, lo que quiere Dios. Somos nosotros quienes creamos laceraciones. Y si miramos las divisiones que aún existen entre los cristianos, católicos, ortodoxos, protestantes... sentimos la fatiga de hacer plenamente visible esta unidad. Dios nos dona la unidad, pero a nosotros frecuentemente nos cuesta vivirla. Es necesario buscar, construir la comunión, educar a la comunión, para superar incomprensiones y divisiones, empezando por la familia, por las realidades eclesiales, en el diálogo ecuménico también. Nuestro mundo necesita unidad, es una época en la que todos necesitamos unidad, tenemos necesidad de reconciliación, de comunión; y la Iglesia es Casa de comunión. San Pablo decía a los cristianos de Éfeso: «Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados, con toda humildad, dulzura y magnanimidad, sobrellevándoos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (4, 1-3). Humildad, dulzura, magnanimidad, amor para conservar la unidad. Estos, estos son los caminos, los verdaderos caminos de la Iglesia. Oigámoslos una vez más. Humildad contra la vanidad, contra la soberbia; humildad, dulzura, magnanimidad, amor para conservar la unidad. Y continuaba Pablo: un solo cuerpo, el de Cristo que recibimos en la Eucaristía; un solo Espíritu, el Espíritu Santo que anima y continuamente recrea a la Iglesia; una sola esperanza, la vida eterna; una sola fe, un solo Bautismo, un solo Dios, Padre de todos (cf. vv. 4-6). ¡La riqueza de lo que nos une! Y ésta es una verdadera riqueza: lo que nos une, no lo que nos divide. Esta es la riqueza de la Iglesia. Que cada uno se pregunte hoy: ¿hago crecer la unidad en familia, en la parroquia, en comunidad, o soy un hablador, una habladora? ¿Soy motivo de división, de malestar? ¡Pero vosotros no sabéis el daño que hacen a la Iglesia, a las parroquias, a las comunidades, las habladurías! ¡Hacen daño! Las habladurías hieren. Un cristiano, antes de parlotear, debe morderse la lengua. ¿Sí o no? Morderse la lengua: esto nos hará bien, porque la lengua se inflama y no puede hablar y no puede parlotear. ¿Tengo la humildad de remediar con paciencia, con sacrificio, las heridas a la comunión?
Finalmente un último paso con mayor profundidad. Y esta es una bella pregunta: ¿quién es el motor de esta unidad de la Iglesia? Es el Espíritu Santo que todos nosotros hemos recibido en el Bautismo y también en el sacramento de la Confirmación. Es el Espíritu Santo. Nuestra unidad no es primariamente fruto de nuestro consenso, o de la democracia dentro de la Iglesia, o de nuestro esfuerzo de estar de acuerdo, sino que viene de Él que hace la unidad en la diversidad, porque el Espíritu Santo es armonía, siempre hace la armonía en la Iglesia. Es una unidad armónica en mucha diversidad de culturas, de lenguas y de pensamiento. Es el Espíritu Santo el motor. Por esto es importante la oración, que es el alma de nuestro compromiso de hombres y mujeres de comunión, de unidad. La oración al Espíritu Santo, para que venga y construya la unidad en la Iglesia.
Pidamos al Señor: Señor, concédenos estar cada vez más unidos, no ser jamás instrumentos de división; haz que nos comprometamos, como dice una bella oración franciscana, a llevar amor donde hay odio, a llevar perdón donde hay ofensa, a llevar unión donde hay discordia. Que así sea.


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Tomado de:
www.vatican.va

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Nuestra Madre Iglesia


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles 18 de septiembre de 2013



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Hoy vuelvo de nuevo sobre la imagen de la Iglesia como madre. Me gusta mucho esta imagen de la Iglesia como madre. Por esto he querido volver sobre ello, porque esta imagen me parece que nos dice no sólo cómo es la Iglesia, sino también qué rostro debería tener cada vez más la Iglesia, ésta, nuestra Madre Iglesia.
Desearía subrayar tres cosas, siempre mirando a nuestras mamás, todo lo que hacen, viven, sufren por los propios hijos, continuando con lo que dije el miércoles pasado. Me pregunto: ¿qué hace una mamá?
Ante todo enseña a caminar en la vida, enseña a andar bien en la vida, sabe cómo orientar a los hijos, busca siempre indicar el camino justo en la vida para crecer y convertirse en adultos. Y lo hace con ternura, con afecto, con amor, siempre también cuando busca enderezar nuestro camino porque bandeamos un poco en la vida o tomamos vías que conducen a un precipicio. Una mamá sabe qué es importante para que un hijo camine bien en la vida y no lo ha aprendido en los libros, sino que lo ha aprendido del propio corazón. ¡La universidad de las mamás es su corazón! Ahí aprenden cómo llevar adelante a sus hijos.
La Iglesia hace lo mismo: orienta nuestra vida, nos da las enseñanzas para caminar bien. Pensemos en los diez Mandamientos: nos indican un camino a recorrer para madurar, para tener puntos firmes en nuestro modo de comportarnos. Y son fruto de la ternura, del amor mismo de Dios que nos los ha dado. Vosotros podríais decirme: ¡pero son mandatos! ¡Son un conjunto de «no»! Desearía invitaros a leerlos —tal vez los habéis olvidado un poco— y después pensarlos en positivo. Veréis que se refieren a nuestro modo de comportarnos hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia los demás, precisamente lo que nos enseña una mamá para vivir bien. Nos invitan a no hacernos ídolos materiales que después nos hacen esclavos, a acordarnos de Dios, a tener respeto a los padres, a ser honestos, a respetar al otro... Intentad verlos así y considerarlos como si fueran las palabras, las enseñanzas que da la mamá para ir bien en la vida. Una mamá no enseña nunca lo que está mal, quiere sólo el bien de los hijos, y así hace la Iglesia.
Desearía deciros una segunda cosa: cuando un hijo crece, se hace adulto, toma su camino, asume sus responsabilidades, va por su propio pie, hace lo que quiere, y a veces ocurre también que se sale del camino, ocurre algún accidente. La mamá siempre, en toda situación, tiene la paciencia de continuar acompañando a los hijos. Lo que le impulsa es la fuerza del amor; una mamá sabe seguir con discreción, con ternura el camino de los hijos y también cuando se equivocan encuentra siempre el modo de comprender, de estar cerca, de ayudar. Nosotros —en mi tierra— decimos que una mamá sabe «dar la cara». ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que una mamá sabe «poner la cara» por los propios hijos, o sea, está impulsada a defenderles, siempre. Pienso en las mamás que sufren por los hijos en la cárcel o en situaciones difíciles: no se preguntan si son culpables o no, siguen amándolos y a menudo sufren humillaciones, pero no tienen miedo, no dejan de donarse.
La Iglesia es así, es una mamá misericordiosa, que comprende, que busca siempre ayudar, alentar también ante sus hijos que se han equivocado y que se equivocan, no cierra jamás las puertas de la Casa; no juzga, sino que ofrece el perdón de Dios, ofrece su amor que invita a retomar el camino también a aquellos de sus hijos que han caído en un abismo profundo; la Iglesia no tiene miedo de entrar en sus noches para dar esperanza; la Iglesia no tiene miedo de entrar en nuestra noche cuando estamos en la oscuridad del alma y de la conciencia, para darnos esperanza. ¡Porque la Iglesia es madre!
Un último pensamiento. Una mamá sabe también pedir, llamar a cada puerta por los propios hijos, sin calcular, lo hace con amor. ¡Y pienso en cómo las mamás saben llamar también y sobre todo a la puerta del corazón de Dios! Las mamás ruegan mucho por sus hijos, especialmente por los más débiles, por los que lo necesitan más, por los que en la vida han tomado caminos peligrosos o equivocados. Hace pocas semanas celebré en la iglesia de San Agustín, aquí, en Roma, donde se conservan las reliquias de la madre, santa Mónica. ¡Cuántas oraciones elevó a Dios aquella santa mamá por su hijo, y cuántas lágrimas derramó! Pienso en vosotras, queridas mamás: ¡cuánto oráis por vuestros hijos, sin cansaros de ello! Seguid orando, encomendando a vuestros hijos a Dios; Él tiene un corazón grande. Llamad a la puerta del corazón de Dios con la oración por los hijos.
Y así hace también la Iglesia: pone en las manos del Señor, con la oración, todas las situaciones de sus hijos. Confiemos en la fuerza de la oración de Madre Iglesia: el Señor no permanece insensible. Sabe siempre sorprendernos cuando no nos lo esperamos. La Madre Iglesia lo sabe.
Pues bien, estos eran los pensamientos que quería deciros hoy: veamos en la Iglesia a una buena mamá que nos indica el camino a recorrer en la vida, que sabe ser siempre paciente, misericordiosa, comprensiva, y que sabe ponernos en las manos de Dios.

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Tomado de:
www.vatican.va

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La Iglesia es nuestra madre en la fe


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles 11 de septiembre de 2013



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomamos hoy las catequesis sobre la Iglesia en este «Año de la fe». Entre las imágenes que el Concilio Vaticano II eligió para hacernos comprender mejor la naturaleza de la Iglesia, está la de «madre»: la Iglesia es nuestra madre en la fe, en la vida sobrenatural (cf. const. dogm. Lumen gentium, 6.14.15.41.42). Es una de las imágenes más usadas por los Padres de la Iglesia en los primeros siglos, y pienso que puede ser útil también para nosotros. Para mí es una de las imágenes más bellas de la Iglesia: la Iglesia madre. ¿En qué sentido y de qué modo la Iglesia es madre? Partamos de la realidad humana de la maternidad: ¿qué hace una mamá?
Una madre, ante todo, genera a la vida, lleva en su seno durante nueve meses al propio hijo y luego le abre a la vida, generándole. Así es la Iglesia: nos genera en la fe, por obra del Espíritu Santo que la hace fecunda, como a la Virgen María. La Iglesia y la Virgen María son madres, ambas; lo que se dice de la Iglesia se puede decir también de la Virgen, y lo que se dice de la Virgen se puede decir también de la Iglesia. Cierto, la fe es un acto personal: «yo creo», yo respondo personalmente a Dios que se da a conocer y quiere entablar amistad conmigo (cf. Enc. Lumen fidei, n. 39). Pero la fe la recibo de otros, en una familia, en una comunidad que me enseña a decir «yo creo», «nosotros creemos». Un cristiano no es una isla. Nosotros no nos convertimos en cristianos en un laboratorio, no nos convertimos en cristianos por nosotros mismos y con nuestras fuerzas, sino que la fe es un regalo, es un don de Dios que se nos da en la Iglesia y a través de la Iglesia. Y la Iglesia nos da la vida de fe en el Bautismo: ese es el momento en el cual nos hace nacer como hijos de Dios, el momento en el cual nos dona la vida de Dios, nos genera como madre. Si vais al Baptisterio de San Juan de Letrán, en la catedral del Papa, en el interior hay una inscripción latina que dice más o menos así: «Aquí nace un pueblo de estirpe divina, generado por el Espíritu Santo que fecunda estas aguas; la Madre Iglesia da a luz a sus hijos en estas olas». Esto nos hace comprender una cosa importante: nuestro formar parte de la Iglesia no es un hecho exterior y formal, no es rellenar un papel que nos dan, sino que es un acto interior y vital; no se pertenece a la Iglesia como se pertenece a una sociedad, a un partido o a cualquier otra organización. El vínculo es vital, como el que se tiene con la propia madre, porque, como afirma san Agustín, «la Iglesia es realmente madre de los cristianos» (De moribus Ecclesiae, i, 30, 62-63: pl 32, 1336). Preguntémonos: ¿cómo veo yo a la Iglesia? Si estoy agradecido con mis padres porque me han dado la vida, ¿estoy agradecido con la Iglesia porque me ha generado en la fe a través del Bautismo? ¿Cuántos cristianos recuerdan la fecha del propio Bautismo? Quisiera hacer esta pregunta aquí a vosotros, pero cada uno responda en su corazón: ¿cuántos de vosotros recuerdan la fecha del propio Bautismo? Algunos levantan las manos, pero ¡cuántos no la recuerdan! La fecha del Bautismo es la fecha de nuestro nacimiento a la Iglesia, la fecha en la cual nuestra mamá Iglesia nos dio a luz. Y ahora os dejo una tarea para hacer en casa. Cuando hoy volváis a casa, id a buscar bien cuál es la fecha de vuestro Bautismo, y esto para festejarlo, para dar gracias al Señor por este don. ¿Lo haréis? ¿Amamos a la Iglesia como se ama a la propia mamá, sabiendo incluso comprender sus defectos? Todas las madres tienen defectos, todos tenemos defectos, pero cuando se habla de los defectos de la mamá nosotros los tapamos, los queremos así. Y la Iglesia tiene también sus defectos: ¿la queremos así como a la mamá, le ayudamos a ser más bella, más auténtica, más parecida al Señor? Os dejo estas preguntas, pero no olvidéis la tarea: buscad la fecha de vuestro Bautismo para llevarla en el corazón y festejarla.
Una mamá no se limita a dar la vida, sino que, con gran cuidado, ayuda a crecer a sus hijos, les da la leche, les alimenta, les enseña el camino de la vida, les acompaña siempre con sus atenciones, con su afecto, con su amor, incluso cuando son mayores. Y en esto sabe también corregir, perdonar, comprender, sabe estar cerca en la enfermedad, en el sufrimiento. En una palabra, una buena mamá ayuda a sus hijos a salir de sí mismos, a no permanecer cómodamente bajo las alas maternas, como una nidada de polluelos está bajo las alas de la clueca. La Iglesia, como buena madre, hace lo mismo: acompaña nuestro crecimiento transmitiendo la Palabra de Dios, que es una luz que nos indica el camino de la vida cristiana, y administrando los Sacramentos. Nos alimenta con la Eucaristía, nos da el perdón de Dios a través del sacramento de la Penitencia, nos sostiene en el momento de la enfermedad con la Unción de los enfermos. La Iglesia nos acompaña en toda nuestra vida de fe, en toda nuestra vida cristiana. Entonces podemos hacernos otras preguntas: ¿qué relación tengo yo con la Iglesia? ¿La siento como madre que me ayuda a crecer como cristiano? ¿Participo en la vida de la Iglesia, me siento parte de ella? Mi relación, ¿es una relación formal o es vital?
Un tercer breve pensamiento. En los primeros siglos de la Iglesia, era bien clara una realidad: la Iglesia, mientras es madre de los cristianos, mientras «hace» a los cristianos, está también «formada» por ellos. La Iglesia no es algo distinto a nosotros mismos, sino que se ha de mirar como la totalidad de los creyentes, como el «nosotros» de los cristianos: yo, tú, todos nosotros somos parte de la Iglesia. San Jerónimo escribía: «La Iglesia de Cristo no es otra cosa sino las almas de quienes creen en Cristo» (Tract. Ps 86: pl 26, 1084). Entonces, la maternidad de la Iglesia la vivimos todos, pastores y fieles. A veces escucho: «Yo creo en Dios pero no en la Iglesia... Escuché que la Iglesia dice... los sacerdotes dicen...». Una cosa son los sacerdotes, pero la Iglesia no está formada sólo por los sacerdotes, la Iglesia somos todos. Y si tú dices que crees en Dios y no crees en la Iglesia, estás diciendo que no crees en ti mismo; y esto es una contradicción. La Iglesia somos todos: desde el niño bautizado recientemente hasta los obispos, el Papa; todos somos Iglesia y todos somos iguales a los ojos de Dios. Todos estamos llamados a colaborar en el nacimiento a la fe de nuevos cristianos, todos estamos llamados a ser educadores en la fe, a anunciar el Evangelio. Que cada uno de nosotros se pregunte: ¿qué hago yo para que otros puedan compartir la fe cristiana? ¿Soy fecundo en mi fe o soy cerrado? Cuando repito que amo una Iglesia no cerrada en su recinto, sino capaz de salir, de moverse, incluso con algún riesgo, para llevar a Cristo a todos, pienso en todos, en mí, en ti, en cada cristiano. Todos participamos de la maternidad de la Iglesia, a fin de que la luz de Cristo llegue a los extremos confines de la tierra. ¡Viva la santa madre Iglesia!

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Tomado de:
www.vatican.va

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La entrevista del papa Francisco a las revistas jesuitas - Texto íntegro


Compartimos el texto íntegro de la conversación entre el papa Francisco y el P. Spadaro, director de la 'La Civiltà Cattolica'.

Presentamos el enlace al texto íntegro de la entrevista y que se difundió el 19 de septiembre del 2013 en diversas publicaciones jesuitas de todo el mundo. En España la publica la revista RAZÓN Y FE.

Acceda AQUÍ al texto en PDF.


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La Iglesia - 14º Parte: La naturaleza de la Iglesia - Descripción teológica y estructura de la Iglesia

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


18. Descripción Teológica y estructura de la Iglesia


Mucho se ha escrito sobre la relación que existe entre la Iglesia y el Israel histórico. Puede decirse que es una constante en la Tradición de la Iglesia la de ser ella el término de unos planes que fueron delineados en la historia de Israel, cuya misión, como pueblo, fue la de pre­parar la venida del Salvador y de la Iglesia. La constitución Lumen Gen­tium, Cptlo 1º, nº 9 dice: "Eligió como pueblo suyo al pueblo de Israel, con quien estableció un pacto y a quien instruyó gradualmente; manifestándo­sele a sí mismo y sus divinos designios a través de la historia, y santificándolo para sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y símbolo del nuevo pacto perfecto que había de efectuarse en Cristo..., convocan­do un pueblo de entre judíos y gentiles, que se condensara en unidad, no según la carne, sino según el Espíritu Santo, y constituyera un nuevo pueblo de Dios...".

18.1. Carácter divino - humano de la Iglesia

El origen de la Iglesia es de carácter teológico, y a su vez cristológico y pneumatológico. Podemos decir a la luz de la revelación, que Dios creó la Iglesia por Cristo en el Espíritu Santo para la salvación de to­dos los hombres del género humano. Por eso la autocomprensión de la Iglesia pasa necesariamente por el Misterio de la Encarnación del Verbo divino. En efecto, el Verbo de Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María, en virtud de un de­signio salvífico del Padre, que quiso introducir a la humanidad en la propia familia divina, es decir, en el seno de la humanidad. Ahora bien, al tomar una humanidad individual, el Verbo-Hombre, representa al mismo tiempo el abrazo de Dios a todo el género humano, y en Cristo se da la respuesta del hombre a Dios; Cristo es el camino de Dios para bajar al hombre, y a la vez Cristo es el camino del hombre para subir a Dios.    
       
De este modo, en la medida en que el hombre se identifique con Cristo quedará convertido en hijo adoptivo de Dios, y se irá formando en el seno de la humanidad la gran familia de hermanos en Cristo e hijos de Dios. Esto quiere decir que la humanidad de Cristo es el instrumento eficaz del Verbo Divino para realizar los planes salvíficos del Padre: con­vertir la humanidad dispersa por el pecado en la gran familia de los hijos de Dios, unidos real y vitalmente con su Hijo Unico. Y aquí se inserta la Iglesia en cuanto "continuadora" en el tiempo y el espacio de la obra comenzada en la Encarnación. Como la humanidad unida a la persona del Verbo (unión hipostática) sirvió para realizar ­la redención de los hombres, la comunidad visible que es la Iglesia, sirve para aplicar a cada uno de ellos los frutos de la redención. Y esto no lo hace, no lo puede hacer por sí misma, sino en virtud de la pre­sencia de Cristo que continúa viviendo y operando en ella. "Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos", Mt 28, 20.

Cristo es el que da a la Iglesia su ser, y su eficacia. Primero, mediante la palabra revelada, que es comunicación de sí mismo cuando esta pa­labra se acepta por la fe, segundo, por la acción sacramental, en la cual El mismo comunica la gracia que el sacramento significa. Como el Verbo tomó la frágil carne de nuestra mortalidad por obra del Espíritu Santo, la Iglesia nació de Pentecostés, vivificada por el mismo Espí­ritu, y quedó por ello convertida en sacramento visible de salvación universal.


18.2. La Iglesia, Nuevo Pueblo de Dios

­Antes de hablar de la Iglesia como "nuevo pueblo de Dios" debemos tratar de recordar y completar los que dijimos de Israel como "pueblo de Dios".

a. El origen del pueblo de Israel 
Israel es un pueblo histórico, exactamente como los otros pueblos; pero su nacimiento desborda los cauces de la historia, porque es el resultado de una elección, una vocación, que se inscribe en el campo de lo sobrenatural, Deut 7, 7-8: "No por ser más numerosos que los demás pueblos se aficionó Dios a vosotros y os eligió, puesto que sois el más pequeño entre todos los pueblos de la tierra, sino por amaros el Señor y guardar el juramento que El,  el juramento que juró a vuestros padres". Por eso el pueblo de Israel se designa con su nombre propio, como el de los elegidos. Is 65, 9. "Sacaré de Jacob una progenie y de Judá un heredero de mis montes, y los habitarán mis elegidos". O con otros nombres que denotan un amor del todo especial de Dios, Os 2, 4: "Esposa". Ex 4, 22 : "Hijo. Is 5, l, : "Viña mimada".

b. La pertenencia a dicho pueblo
Si la existencia de Israel se debe a una acción divina comparable a la creación, ello entrañaba de parte del pueblo una dependencia de Dios del todo especial. Israel es el pueblo de Dios porque nace de Dios y pertenece a Dios, es su "viña" y su "heredad", Deut 9, 26. Su "rebaño", Salm 80, 2. Su "propiedad".
La Alianza es el refrendo de esa pertenencia con las obligaciones mu­tuas que de ella se derivan, como es la de aceptar la Ley de Dios. Ex 19, 5: "Si escucháis mi voz y guardáis mis mandamientos, seréis mi propiedad personal". Y en Jer 7, 23. "Vosotros seréis mi pueblo y segui­réis todo camino que yo os mandaré, para que os vaya bien". Por su par­te Dios también queda ligado a su pueblo por razón de este vínculo es­pecial de pertenencia. En Os 2, 24: "Yo diré a "No-mi pueblo", "Tú-mi pueblo", y El dirá Tú-mi Dios". Y en Lev 26, 11-12 : "Dios establecerá su morada en medio de vosotros; me pasearé en medio de vosotros y se­ré para vosotros Dios, y vosotros seréis mi pueblo". De aquí se sigue que todo el pueblo es consagrado a Yahvé. En Deut 14, 2: "Porque eres un pueblo consagrado a Dios". Es un pueblo sacerdotal y santo, Ex 19, 6, con una santidad "óntica" por razón de esta consagración en la cual radica también la exigencia de toda suerte de santidad mo­ral. Lev 11, 44-45.

c. El dinamismo del pueblo
Si Israel es un pueblo aparte, la Alianza pone de manifiesto que el mero automatismo biológico no basta pata cons­tituir el Pueblo de Dios. Por el contrario, el extranjero puede formar parte de este pueblo, y el israelita puede ser expulsado de él si no ob­serva las condiciones de la Alianza. Cualquier orgullo de raza o cual­quier automatismo salvífico no tiene consistencia en la Biblia. Si Is­rael es un verdadero elegido de Dios debe ser testigo para los demás pueblos. Is 2, 2-3: "Confluirán a El todas las naciones y acudirán pueblos numerosos. Dirán, subamos al monte de Yahvé, a la casa de Jacob, para que nos enseñe sus caminos".
En conclusión, podemos decir que: la Iglesia, nace de un designio salvífico de Dios como un pueblo elegido, no es un conjunto de individuos ­aislados unos de otros sino: "que fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres.... constituyendo un pueblo que le confesara en ­verdad y le sirviera santamente". Lumen Gentium, N°9. Al destacar la Iglesia como pueblo de Dios estamos indicando:
  1. Que es Dios quien los "elige y los forma". El "origen" de este Pueblo no hay que buscarlo en la libre voluntad de las personas humanas, sino en la voluntad soberana a infinitamente misericordiosa de Dios que lo llama a la existencia : "No por ser más numerosos que los demás pueblos...", Deut 7, 7-8. Se le llama también: "predilecto", Ex 4, 22. Y "primogénito".
  2. Pueblo de Dios significa: que es "propiedad" de Dios. Propiedad con pertenencia libremente aceptada, filial, y en todo conforme con la voluntad de Dios: "Si escucháis mi voz y guardáis mis mandamientos... seréis mi propiedad personal", Ex 19. 5. "Vosotros seréis mi pueblo..." Jer 7, 23. Este es el sentido de la Alianza en el Sinaí y supone que es­te pueblo es un pueblo consagrado a Yahvé. Deut 14, 2, con una radical exigencia de santidad. Lev 11, 44-45
  3. Pero, si Dios elige un pueblo, es para tomarlo por "testigo de las naciones", Is 55, 3-5 y hacer de toda la humanidad un solo pueblo. Is 2, 2-3. con un nuevo pacto y una nueva alianza, Jer 31, 31-34. Alianza que se realizará en la Sangre de Cristo, 1 Cor 11, 25. Este nuevo Pueblo de Dios único y universal, preparado y formado en el Antiguo Testamento, es la Iglesia. Hech 15, 13-14; Tit 2, 11-14; 1 Petr 2, 9-10.

En los escritos de S Pablo las fórmulas en las que aparece implícita­mente la conciencia que tenía la primitiva Iglesia de ser ella el Pueblo de Dios son numerosas. Así cuando S. Pablo pide que la paz y misericordia divinas desciendan sobre "todos los que siguen esta norma, así como sobre el Israel de Dios", Gal 6, 16, sabe que los cristianos gálatas entienden perfectamen­te sus palabras y que el "Israel de Dios" es el nuevo pueblo cristiano Gal 3, 9. El pueblo judío es el "Israel según la carne", l Cor 10, 18. Pero la Iglesia es simplemente el, "Israel de Dios", porque se entronca, median­te la fe en Cristo, con las promesas hechas a Abraham. Rom 4, 21-17; 9, 6-8.

De igual modo, cuando Pablo llama a la Iglesia Universal la "Iglesia de Dios", o a las iglesias particulares "Iglesias de Dios", 1 Cor 1, 2a; 11, 22; Gal 1,13; l Tes 2. 14; traduce con ello la expresión "qahal Yahvé" dando además el matiz esencial que constituye la nueva comunidad de Dios, a saber, la inserción en Cristo: "imitadores de las Iglesias de Dios que hay en Judea, en Cristo Jesús", 1 Tes 2, 14. La novedad de la Iglesia como Pueblo de Dios y la razón de continuidad con el pueblo antiguo de Israel: el ser un pueblo que se edifica alrededor de Cristo Jesús.  Porque "las promesas se hicieron a Abraham y también a su descendencia, no dice a las descendencias, como a muchos, sino como a una sola: y a tu descendencia que es Cristo", Gal 3, 16. Por consiguiente, todos aquellos que se revisten de Cristo son los verdaderos herederos de las promesas hechas a Abrahán. La Iglesia se entronca así con el Israel histórico, pero al mismo tiempo lo rebasa y supera. El verdadero Israel es el que se entronca en Abraham por medio de la fe en Cristo Jesús. La realidad salvadora no es la unión físico-biológica con la estirpe judía sino la vital inserción en Cristo, nacido de Abraham. Así se manifiesta la fidelidad de Dios a sus promesas, Rom 9, 1-33. La Iglesia no sólo es la heredera del antiguo Pueblo de Dios, en un sen­tido cronológico, sino en el de una verdadera superación realizada en Cristo Jesús.

El Concilio Vaticano II. en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia "Lumen Gentium", en el Cap. 2º n° 9 , dice: "En todo tiempo y en todo pueblo es acepto a Dios el que le teme y practica la justicia", Hech 10, 35. Quiso, sin embargo, el Señor santificar y salvar a los hombres no individualmen­te y aislados entre sí, sino constituir un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Is­rael, con quien estableció un pacto, y a quien instruyó gradualmente mani­festándole a sí mismo y sus divinos designios a través de su historia, y consagrándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y símbolo del nuevo pacto perfecto que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne. "He aquí que llega el tiempo dice el Señor, y haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos, y ellos serán mi pue­blo... Todos, desde el pequeño al más grande, me conocerán, dice el Se­ñor", Jer 31, 31-34.

Pacto nuevo que estableció Cristo, es decir, el Nuevo Testamento en su Sangre, l Cor 11, 25, convocando un pueblo de entre los judíos y los genti­les que se condensara en unidad, no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera un nuevo Pueblo de Dios. Pues, los que creen en Cristo, renacidos de germen no corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo, l Petr 1, 23, no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo. Jn 3, 5-6, son hechos por fin, linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo rescatado... que en un tiempo no era pueblo, y ahora es pueblo de Dios, 1 Petr 2, 9-10.".

Podemos apreciar que la categoría teológica de "Pueblo de Dios", además de ser bíblica es muy querida por la Iglesia primitiva, pues, tiene la ventaja de marcar su carácter sobrenatural (tiene su origen en Dios y es ­propiedad de Dios); su inserción entre los demás pueblos de la tierra; su carácter peregrinante en continuo progreso hacia la plena y perfecta realización, conforme a los designios de Dios; la fundamental igualdad de todos sus miembros en su ser radical (el bautismo). Sólo queda una última observación que no se confunda nunca el Pueblo con el laicado, ya que ­tanto los laicos como la jerarquía, son miembros del mismo Pueblo de Dios cada uno según la gracia que le ha sido concedida y con su función determinada. Esta función se explicará en las siguientes entregas.

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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.




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