Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos, Jueves 1º de Noviembre del 2012

¡La salvación es de nuestro Dios y del Cordero!

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Ap 7,2-4.9-14; S 23; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12


Hoy y mañana la liturgia nos recuerda importantes verdades de fe. Hoy es la de que todos hemos sido hechos santos por el bautismo, que además estamos invitados por Dios hasta grados altos de santidad y que el mismo Dios nos ofrece los medios para ello. Mañana nos recuerda la verdad de fe de que las almas de quienes murieron en la paz de Dios, pero no totalmente purificados, lo están siendo en el Purgatorio y pueden ser ayudados por nosotros ofreciendo oraciones y sacrificios.


Una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, gritan con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero! (Ap 7). Son tantos los santos que de modo heroico han practicado en su vida el Evangelio que el calendario no tiene al año días suficientes para festejarlos. Por eso ha optado por la idea de celebrarlos a todos juntos en la solemnidad de hoy. La gracia de Dios, la fuerza del Espíritu, la acción de Cristo en la Iglesia siguen siendo capaces de generar santos y lo serán hasta el final. Todos estamos invitados a ser santos y el Concilio Vaticano II nos lo recuerda; la fiesta de hoy nos está recordando también que nosotros tenemos la posibilidad de formar un día parte de esa multitud, que alaba a Dios en el Cielo por toda la eternidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque Le veremos tal  cual es” (1Jn 3,2).

La devoción a los santos nos da luz sobre las múltiples y variadas formas de la realización concreta del Evangelio a lo largo de la historia. Los santos nos enseñan que en las condiciones más diversas es posible con la ayuda de la gracia de Dios practicar el amor a Dios y al prójimo, y nos motivan a ello. Los santos son el Evangelio vivido. Por eso el ejemplo y la lectura de las vidas y escritos de los santos tienen efectos muy favorables para sacudir la pereza espiritual, convirtiendo a los pecadores (como por ejemplo en el caso de San Ignacio de Loyola), poniendo de relieve la fuerza de la gracia de Dios, iluminando el camino de la virtud y dando fuerzas para llevar la propia cruz. La lectura de las vidas de santos vienen a ser ya una práctica de las virtudes, porque, al sintonizar y admirar aquellos actos heroicos, los desea también hacer y este ejercicio viene a ser como una especie de gimnasia de las virtudes. Así como en la subconsciencia, como ha descubierto la sicología, queda la huella de los actos moralmente malos que en el futuro propician otros igualmente malos, también se imprime en la misma  subconsciencia, el influjo de la admiración, deseo de imitación y fortalecimiento de las virtudes y ejemplos que se han admirado y gozado en la lectura de los santos. Es por eso importante la lectura de las vidas de santos para sostener y aumentar el deseo de imitarlos y de seguir más de cerca a Jesucristo.

Por fin los santos son intercesores ante Dios y la experiencia continua de la Iglesia está demostrando que Dios se complace en hacer milagros continuos por medio de ellos. No olvidemos que cada beatificación supone un milagro claro e irrefutable y lo mismo cada canonización. El Señor se complace en manifestarse grande en sus santos. Es bueno pedirles favores de cosas de este mundo, pero no olvidemos de pedir sobre todo la luz y la gracia que necesitamos para imitarles en su entrega a Dios.

Pero además de los santos ya canonizados y beatificados, recordamos hoy a la multitud de todos aquellos que a través de todos los siglos y gracias a los méritos de Cristo ya alcanzaron el premio. Tal vez pasaron por el Purgatorio, pero ahora están ya en la presencia de Dios en el Cielo. Ya están en la bienaventuranza. A muchos los hemos conocido y tenemos motivos serios, y aun muy serios, de que murieron en Dios y por tanto se han salvado. Ellos están en la Bienaventuranza y, con todos los demás santos, son capaces de ofrecer a Dios nuestras oraciones y de apoyarlas con su intercesión. Tal vez es el papá, la mamá, esposo o esposa, hijo, una persona santa que te ayudó en esta vida en tu camino para conocer y amar más a Dios. De no pocos nos consta de la solidez de su fe y de su espíritu de sacrificio. Tenemos abundantes y suficientes señales de su salvación, de que están ya en el Cielo. Podemos pedirles ayuda. Naturalmente estoy hablando no sólo de peticiones de bienes temporales, sino también y sobre todo de bienes espirituales. Verán cómo les ayudan.

Por fin también las almas del Purgatorio están ya salvadas, aunque estén purificándose para llegar a la Bienaventuranza eterna.  los que todavía caminamos con esfuerzo y confianza. La Iglesia siempre ha orado por estas personas desde los primeros siglos, ha ofrecido misas y otras obras buenas. Sigamos haciéndolo. La Iglesia nos da ejemplo. En todas las misas, en las oraciones que siguen a la consagración del pan y del vino, se ora por todos los difuntos: “Acuérdate también de nuestros hermanos, que durmieron con la esperanza de la resurrección (se refiere a los difuntos bautizados), y de todos los difuntos (son todos los demás que se salvaron con el bautismo de deseo, por caminos que no conocemos, pero que son reales): Admítelos —pide la Iglesia— a contemplar la luz de tu rostro” (Plegaria euc. 2ª).

Pero además también ellos pueden interceder por nosotros. Son amados de Dios, están ya salvados, forman parte de la Iglesia, la Iglesia purgante. Dios los mira con amor y complacencia, la Iglesia aprueba la devoción a las almas del Purgatorio y por tanto es bueno y provechoso pedir la ayuda de su intercesión.

Con toda esa inmensidad nos reunimos en cada misa y desde el Cielo o el Purgatorio nos contemplan y oran para que un día estemos en su compañía. También esto lo pìde la Iglesia: “Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (Plegaria euc. 2ª)

No marchamos solos. Vamos en camino. “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, es puro como puro es Él” (1Jn 3,2‑3).



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Homilía de la Solemnidad del Señor de los Milagros

Crucificados con Cristo


P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


Lecturas: Nm 21,4-9; S 83; Flp 2,5-12; Jn 3,11-16




Las tres lecturas de hoy les habrán sonado a conocidas. Aparecen con  cierta frecuencia en la liturgia. Ello es señal de su importancia. Confirma el valor del misterio que hoy celebramos: Cristo crucificado, el Señor de los Milagros, salvador, protector y compañía permanente, fuente de gracia, especialmente  para los más pobres, a los que preferentemente elige como mensajeros del Evangelio. Dios, rico en misericordia, ha querido por medio de la conservación milagrosa de aquel muro que mantengamos siempre actuales verdades de nuestra fe, que en verdad son fundamentales.

Las lecturas de hoy nos lo muestran así. Porque el misterio de Jesús Crucificado es la verdad central de nuestra fe. Está profetizado claramente en la serpiente de bronce, que levantada en alto, es medio de sanación de la mordedura de las serpientes, castigo del pecado de los israelitas. Cristo mismo explica a Nicodemo (y a nosotros  también) que le representa a Él. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito”. Un día será levantado en la cruz y para todos los que le miren arrepentidos de sus pecados será la curación y el perdón. “Es verdad –dirá el centurión que ha dirigido su ejecución–. Este hombre era hijo de Dios” (Mc 15,39)

Cristo murió crucificado. La cruz, que fue instrumento de la redención, es hoy uno de los términos esenciales para evocar nuestra salvación. Ha venido a ser un título de gloria, primero para Cristo, luego para los cristianos.

Fue difícil para los apóstoles y primeros cristianos aceptar que era necesario que el Mesías fuese crucificado para realizar nuestra salvación del pecado (v. Lc 24,25-27). Será necesaria la gracia de la experiencia de la resurrección y de la venida del Espíritu Santo para que tengan como lo principal de su mensaje a Cristo crucificado (v. Hch Ap 2,22ss).

Fue muerto Cristo en la cruz, suplicio que estaba reservado para los esclavos, para que nosotros fuéramos liberados de la esclavitud del Diablo y perdonados de las culpas de nuestros pecados.

Cargando con nuestras desobediencias, Jesús, el más grande de los hombres, el cabeza y representante de toda la humanidad, obedeció la misteriosa pero real voluntad del Padre y compensó con su muerte en la cruz la desobediencia de todos los hombres. Y cada uno debe asumir la responsabilidad que le corresponde en la muerte de Jesús.

Resucitado y elevado al cielo, el Padre le ha dado todo su poder en el cielo y en la tierra. Así ha recuperado para nosotros la posibilidad de volver a ser de verdad hijos de Dios, partícipes de su vida divina, y de heredar con Él la gloria que nunca acabará.

Todos nosotros estamos invitados a unirnos a Él, a acoger su mensaje, a formar parte de sus amigos y discípulos, a heredar su reino. Para esto el medio es seguirle caminando por sus huellas, llevando nuestra cruz. Gracias a Cristo la cruz se ha convertido para nosotros en instrumento de salvación.

Ni siquiera estamos solos para realizar este camino. Él es el camino, la verdad y la vida. La vida, la vida divina, la participación en su vida, nos la da y fortalece en los sacramentos, la oración y el ejercicio de la caridad sacrificada por el prójimo.

Clavemos, pues, nuestros ojos en el Señor de los Milagros, asumamos como cirineos nuestra cruz y subamos con Él al Calvario.

Mirémosle. Mirar a Jesús crucificado nos dará fuerzas para arrepentirnos de nuestros pecados y corregirlos. Mirar a Jesús en silencio nos ayudará a sufrir sin quejas nuestros sufrimientos. Mirar a Jesús perdonando nos dará la seguridad de haber quedado perdonados con el sacramento del perdón y nos aportará fuerzas para perdonar incluso a los enemigos. Verle sufriendo sin quejas nos hará capaces de sufrir por nuestros pecados y por la salvación de todos los hombres. Escucharle cuando se dirige al Padre sintiendo su abandono, alumbrará la fe y la esperanza de su compañía en nuestra soledad y en la soledad de los hombres. Encontrar a su Madre al pie de la cruz, ofreciendo a su Hijo por la salvación de los hombres y aceptando a los pecadores como hijos suyos, nos fortalece el arrepentimiento, suscita nuestra confianza, enciende nuestro amor a ella y a su Hijo, nos da la paz que sólo Dios puede dar.

Desde que Jesús ha sufrido y muerto en la cruz, la vida del hombre ha adquirido un nuevo valor. El cielo y la felicidad eterna se han abierto para él. Basta con que tenga fe. Con la fe se abre a Dios y se hace acreedor a los méritos que Cristo ha adquirido con su obediencia al Padre hasta la muerte y muerte de cruz.

Esa fe sincera le abre el corazón al perdón y a la vida gratuita de Dios. Esa fe sincera y coherente no vacila aceptando su propia cruz. Así coopera salvando su vida y la de sus hermanos.

Por eso debemos mirar constantemente “al que traspasaron”. Entremos por esa herida en su corazón. “Muertos al pecado, vivamos para la justicia” (1Pe 2,21-24). Muertos al hombre viejo, resucitemos al hombre nuevo, pongamos nuestro ideal y nuestra gloria en Cristo, por quien el mundo esté crucificado para nosotros y nosotros para el mundo, como dice San Pablo de sí mismo (Gal 6,14). La eucaristía de cada domingo nos lo vuelve a hacer presente. Con la gracia de Dios todo es posible.


28 de Octubre del 2012
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La Moral en la Iglesia

El Pensamiento Moral de la Iglesia

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.




Parte fundamental de la enseñanza de la Iglesia Católica es la que se refiere a la conducta moral. Porque la conducta moral buena es necesaria a todos para obtener la salvación eterna. De aquí que el Magisterio y la infalibilidad de la Iglesia, además del contenido de la fe, incluyan a su doctrina moral. Sin la infalibilidad de la Iglesia en su enseñanza moral el fiel católico no podría estar seguro de qué tendría que hacer para salvarse.
La revelación de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, incluye clara y ampliamente el orden moral como parte esencial en la conducta del creyente y servidor de Dios. Su violación, el pecado, es tristemente parte fundamental de la historia de la humanidad y felizmente de la actuación de Dios en ella. Dios interviene para reparar las trágicas consecuencias que la violación del orden moral han tenido, tienen y seguirán teniendo para el hombre. El amor de Dios, que se manifiesta en su Hijo Jesucristo, actúa en la historia y en la Iglesia para liberar al hombre del pecado y hacerle alcanzar la perfección moral, es decir la santidad.

Es, pues, fundamental que el creyente tenga ideas claras sobre el orden moral, su origen, conocimiento, extensión, condiciones y consecuencias de su violación y respeto. Esto es lo que voy a intentar a exponer con claridad, empresa que no es tan fácil, pero a la que nos anima su importancia y aun necesidad para todo cristiano.


¿Qué es la Ética? ¿Qué es la Moral?

1.- El término "ética" viene del griego ethos, costumbre o, más propiamente, carácter o personalidad moral que el hombre adquiere viviendo. En latín a ethos corresponde el vocablo "mos"; de mos toma el nombre la moral. Según la etimología la ética o la moral serían algo así como la ciencia de las costumbres humanas.

Pero las etimologías no son una definición, sino una pista. Ni la ética ni la moral han sido nunca un mero tratado de las costumbres.         

La ética o moral han tenido siempre como objeto reservado y exclusivo el deber ser del comportamiento humano. Se trata, como veremos, de un mundo específico. No lo han inventado los sabios humanos. Ni siquiera lo descubren. Pueden los hombres desarrollarlo y de hecho lo desarrollan, pero el origen es innato, está ahí, dentro del hombre, tan realmente como está el mundo fuera. Ante este hecho el hombre (la filosofía y la religión) simplemente se hacen preguntas y discuten la validez de las respuestas posibles: ¿Por qué, de dónde, para qué, con qué sentido...?

2. Ética y moral se refieren etimológicamente a la misma realidad y normalmente han venido siendo sinónimos. Sin embargo hoy se ha impuesto la tendencia a entender por “ética” una ciencia puramente racional y filosófica, que incluso prescinde en su investigación del hecho de la existencia de Dios y de aspectos de su naturaleza cognoscibles por la sola razón natural. La palabra “moral” se reservaría a la ciencia teológica católica que tiene el mismo objeto, pero cuyo discurso no se limita al uso de la razón natural, sino que hace uso también de otras fuentes de conocimiento, como son las fuentes propiamente teológicas (la Sagrada Escritura, la Tradición, el Magisterio de la Iglesia y las opiniones de los teólogos).

Permítaseme decir que, pese a la altanería con que a veces se presenta, semejante “ética” atea es menos segura que la “moral” teológica. Porque la “moral” utiliza todas las fuentes de conocimiento que le ofrecen la razón filosófica y las ciencias humanas, además de los hallazgos de la teodicea filosófica y además de las verdades que le aporta la religión revelada. No dudamos, pues, de que científicamente, como garantía del conocimiento del “deber hacer o evitar”, la “moral” ofrecerá un contenido científicamente más confiable. Puede esto sonar como pretencioso al no creyente, pero para el católico es una consecuencia obvia. Los medios de la “moral” son más abundantes y más seguros.

Sin embargo no se crea que la Iglesia no da importancia a la razón natural en el estudio de la moral. La Iglesia cree que la razón es capaz de conocer –y con certeza– verdades éticas– que también son morales–. Tiene además como principio que no hay contradicción entre la razón y la fe. Por eso la Iglesia se esfuerza en emplear la razón para demostrar la verdad de normas morales,  que también conoce por la Revelación. Será o no siempre posible, pero de esta manera puede mantener un diálogo con el mundo no creyente y suscitar en él un respeto y una duda muy importantes para la humanidad. Así se evita la consolidación de errores muy perniciosos y se mantiene al menos la duda sobre su validez y la necesidad de ver claro en ciertas cuestiones morales (por ejemplo en el caso del aborto). 

El creyente posee incluso la garantía de la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio de la Iglesia. El Espíritu Santo actúa siempre en la Iglesia aunque no siempre de modo infalible, que sólo se da en ciertas condiciones. Pero, aunque llegar a eso no sea lo normal, la observancia de la ley moral natural es necesaria para la salvación eterna. Por eso su predicación normal es importante y su interpretación forma parte del Magisterio moral de la Iglesia. Incluso la persistencia del Magisterio Ordinario y su  universalidad en ciertas afirmaciones son señal de su carácter infalible.




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Jesús y Bartimeo

P. Adolfo Franco, S.J.


Marcos 10, 46-52

Que el Señor que curó al ciego, nos permita ver todo a través de los ojos de la fe.



Jesús, en este pasaje cura a un ciego de nacimiento, y pone al descubierto la importancia de la fe: por eso lo subraya y al curarlo le dice "tu fe te ha curado". Parecería que todo se está centrando en la importancia de la fe, y para afirmarlo con más énfasis se asevera indirectamente que la falta de fe es una ceguera.

Se pone en contraste la ceguera de este hombre, con la intensidad de su fe. Por la ceguera él no podía ver las personas, no podía contemplar los árboles, ni la luz del sol; no podía ver el camino sin ayuda de alguien, podía tropezar. No tenía ese conocimiento de las realidades materiales que se nos hacen presentes por la vista corporal. En cambio tenía conocimiento de otras realidades superiores por la fe de su corazón: tenía la certeza de la presencia de Dios, supo distinguir a Jesucristo como el salvador de su extrema indigencia, sabía que una fuerza superior (la de Dios) podía incluso salvarle de su ceguera corporal. Le faltaba una vista, pero tenía otra vista de realidades superiores. Muchos otros tenían vista, veían a Jesús de Nazareth y no creían en El, no lo aceptaban como Hijo de Dios; interiormente estaban ciegos. En cambio este pobre ciego, por dentro veía esta realidad maravillosa de Jesús el Hijo de Dios.

Así podemos decir que hay también dos cegueras: la del que no tiene vista corporal, y la del que no tiene fe. Es curioso que nos afecte más la ceguera corporal, que la falta de fe. A pesar de que el que no tiene fe tiene una ceguera más lamentable, que la del que no tiene vista. Porque no tener fe significa no tener una respuesta a las interrogantes más importantes de la vida, es no poder apoyarse en la firmeza de Dios, es no tener un sentido profundo de la vida misma. Es una ceguera de mucho mayor importancia. Las preguntas más trascendentales del ser humano tienen una respuesta en la fe. Vivir la vida sin sentido, es la consecuencia de no vivir en la fe.

Podríamos preguntarnos ¿qué cosas no ve el que no tienen fe? Ya que la calificamos de ceguera tiene que plantearse esta pregunta. Hay dos realidades, en las cuales vive el hombre: la realidad natural y la realidad sobrenatural. Dos realidades, no una realidad y un mito, o una fantasía. Las dos son realidades; y puestos a comparar, la realidad sobrenatural podríamos decir que es más real; por que, si no, veamos ¿qué hay más real y más existente que Dios, del cual deriva toda existencia y toda realidad? Eso el no creyente no lo ve: y es algo tan importante.

A veces hay personas que no ven el sentido de la vida, por qué he nacido, cuál es el término de esta vida. Ciegos, porque solo ven los hechos y los dolores, los sufrimientos, ven la superficie de estos hechos, pero no los ponen en el contexto del plan de Dios sobre sus vidas. Así a veces se pierde el sentido de la vida misma, y estos ciegos se llegan a preguntar ¿para qué vivo? ¿para que nací? De esa ceguera nos cura la fe; que, además nos alivia de la tristeza de una vida sin sentido.

Hay personas que no saben ver el mundo creado, como los signos de Dios en el mundo: la perfección de la creación, la armonía del conjunto de los planetas, y las estrellas, que se rigen por un orden extraordinario. No saben ver que detrás de las bellezas naturales hay la mano de un Artista. No saben ver que detrás de la maravilla organizada que es la vida, la maravilla que es el cuerpo humano, detrás de todo eso y de otras muchas cosas, hay una Presencia, con la cual sintoniza el que tiene fe, y no la ve el que no tiene fe.

La fe nos hace ver nuestro destino, la presencia de Dios en nuestra vida, y la consistencia que El da a nuestra fragilidad. La fe nos hace ver que no estamos solos en el universo, que siempre estamos cuidados, observados y protegidos por Dios, que nunca deja a sus hijos. El que no tiene fe no ve nada de eso, y además lo niega. No percibe que cada ser humano es un hermano, no simplemente un animal racional.

El que tiene fe ve en cada sacramento una maravillosa presencia, la presencia de Jesús, que está incorporando al que recibe el sacramento, a la vida misma de Dios. En cambio el que no tiene fe, no ve el misterio, solo ve la ceremonia, a la que le ha quitado la sustancia.

Tantas y tantas cosas nos hace ver la fe, y no ven los que no tienen fe. Con razón a esta falta de fe se la llama ceguera. Porque además no ven al Hijo de Dios que vino a salvarnos, que pisó nuestra tierra, y que está presente entre nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Cuántas cosas dejan de ver los que no tienen fe. Y cuánto debería de preocuparnos esta ceguera, para pedirle al Señor, como este ciego le pedía la vista corporal: ¡Señor, haz que vea!.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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El Año de la Fe: 2012-2013


BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 17 de octubre de 2012



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy desearía introducir el nuevo ciclo de catequesis que se desarrolla a lo largo de todo el Año de la fe recién comenzado y que interrumpe —durante este período— el ciclo dedicado a la escuela de la oración. Con la carta apostólica Porta Fidei convoqué este Año especial precisamente para que la Iglesia renueve el entusiasmo de creer en Jesucristo, único salvador del mundo; reavive la alegría de caminar por el camino que nos ha indicado; y testimonie de modo concreto la fuerza transformadora de la fe.

La celebración de los cincuenta años de la apertura del concilio Vaticano II es una ocasión importante para volver a Dios, para profundizar y vivir con mayor valentía la propia fe, para reforzar la pertenencia a la Iglesia, «maestra de humanidad», que, a través del anuncio de la Palabra, la celebración de los sacramentos y las obras de caridad, nos guía a encontrar y conocer a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Se trata del encuentro no con una idea o con un proyecto de vida, sino con una Persona viva que nos transforma en profundidad a nosotros mismos, revelándonos nuestra verdadera identidad de hijos de Dios. El encuentro con Cristo renueva nuestras relaciones humanas, orientándolas, de día en día, a mayor solidaridad y fraternidad, en la lógica del amor. Tener fe en el Señor no es un hecho que interesa sólo a nuestra inteligencia, el área del saber intelectual, sino que es un cambio que involucra la vida, la totalidad de nosotros mismos: sentimiento, corazón, inteligencia, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones humanas. Con la fe cambia verdaderamente todo en nosotros y para nosotros, y se revela con claridad nuestro destino futuro, la verdad de nuestra vocación en la historia, el sentido de la vida, el gusto de ser peregrinos hacia la Patria celestial.

Pero —nos preguntamos— ¿la fe es verdaderamente la fuerza transformadora en nuestra vida, en mi vida? ¿O es sólo uno de los elementos que forman parte de la existencia, sin ser el determinante que la involucra totalmente? Con las catequesis de este Año de la fe querríamos hacer un camino para reforzar o reencontrar la alegría de la fe, comprendiendo que ésta no es algo ajeno, separado de la vida concreta, sino que es su alma. La fe en un Dios que es amor, y que se ha hecho cercano al hombre encarnándose y donándose Él mismo en la cruz para salvarnos y volver a abrirnos las puertas del Cielo, indica de manera luminosa que sólo en el amor consiste la plenitud del hombre. Hoy es necesario subrayarlo con claridad —mientras las transformaciones culturales en curso muestran con frecuencia tantas formas de barbarie que llegan bajo el signo de «conquistas de civilización»—: la fe afirma que no existe verdadera humanidad más que en los lugares, gestos, tiempos y formas donde el hombre está animado por el amor que viene de Dios, se expresa como don, se manifiesta en relaciones ricas de amor, de compasión, de atención y de servicio desinteresado hacia el otro. Donde existe dominio, posesión, explotación, mercantilización del otro para el propio egoísmo, donde existe la arrogancia del yo cerrado en sí mismo, el hombre resulta empobrecido, degradado, desfigurado. La fe cristiana, operosa en la caridad y fuerte en la esperanza, no limita, sino que humaniza la vida; más aún, la hace plenamente humana.

La fe es acoger este mensaje transformador en nuestra vida, es acoger la revelación de Dios, que nos hace conocer quién es Él, cómo actúa, cuáles son sus proyectos para nosotros. Cierto: el misterio de Dios sigue siempre más allá de nuestros conceptos y de nuestra razón, de nuestros ritos y de nuestras oraciones. Con todo, con la revelación es Dios mismo quien se auto-comunica, se relata, se hace accesible. Y a nosotros se nos hace capaces de escuchar su Palabra y de recibir su verdad. He aquí entonces la maravilla de la fe: Dios, en su amor, crea en nosotros —a través de la obra del Espíritu Santo— las condiciones adecuadas para que podamos reconocer su Palabra. Dios mismo, en su voluntad de manifestarse, de entrar en contacto con nosotros, de hacerse presente en nuestra historia, nos hace capaces de escucharle y de acogerle. San Pablo lo expresa con alegría y reconocimiento así: «Damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la Palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes» (1 Ts 2, 13).

Dios se ha revelado con palabras y obras en toda una larga historia de amistad con el hombre, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios y en su misterio de muerte y resurrección. Dios no sólo se ha revelado en la historia de un pueblo, no sólo ha hablado por medio de los profetas, sino que ha traspasado su Cielo para entrar en la tierra de los hombres como hombre, a fin de que pudiéramos encontrarle y escucharle. Y el anuncio del Evangelio de la salvación se difundió desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. La Iglesia, nacida del costado de Cristo, se ha hecho portadora de una nueva esperanza sólida: Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, salvador del mundo, que está sentado a la derecha del Padre y es el juez de vivos y muertos. Este es elkerigma, el anuncio central y rompedor de la fe. Pero desde los inicios se planteó el problema de la «regla de la fe», o sea, de la fidelidad de los creyentes a la verdad del Evangelio, en la que permanecer firmes; a la verdad salvífica sobre Dios y sobre el hombre que hay que custodiar y transmitir. San Pablo escribe: «Os está salvando [el Evangelio] si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano» (1 Co 15, 1.2).

Pero ¿dónde hallamos la fórmula esencial de la fe? ¿Dónde encontramos las verdades que nos han sido fielmente transmitidas y que constituyen la luz para nuestra vida cotidiana? La respuesta es sencilla: en el Credo, en la Profesión de fe o Símbolo de la fe nos enlazamos al acontecimiento originario de la Persona y de la historia de Jesús de Nazaret; se hace concreto lo que el Apóstol de los gentiles decía a los cristianos de Corinto: «Os transmití en primer lugar lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día» (1 Co 15, 3.4).

También hoy necesitamos que el Credo sea mejor conocido, comprendido y orado. Sobre todo es importante que el Credo sea, por así decirlo, «reconocido». Conocer, de hecho, podría ser una operación solamente intelectual, mientras que «reconocer» quiere significar la necesidad de descubrir el vínculo profundo entre las verdades que profesamos en el Credo y nuestra existencia cotidiana a fin de que estas verdades sean verdadera y concretamente —como siempre lo han sido— luz para los pasos de nuestro vivir, agua que rocía las sequedades de nuestro camino, vida que vence ciertos desiertos de la vida contemporánea. En el Credo se injerta la vida moral del cristiano, que en él encuentra su fundamento y su justificación.

No es casualidad que el beato Juan Pablo II quisiera que el Catecismo de la Iglesia católica, norma segura para la enseñanza de la fe y fuente cierta para una catequesis renovada, se asentara sobre el Credo. Se trató de confirmar y custodiar este núcleo central de las verdades de la fe, expresándolo en un lenguaje más inteligible a los hombres de nuestro tiempo, a nosotros. Es un deber de la Iglesia transmitir la fe, comunicar el Evangelio, para que las verdades cristianas sean luz en las nuevas transformaciones culturales, y los cristianos sean capaces de dar razón de la esperanza que tienen (cf. 1 P 3, 15). Vivimos hoy en una sociedad profundamente cambiada, también respecto a un pasado reciente, y en continuo movimiento. Los procesos de la secularización y de una difundida mentalidad nihilista, en la que todo es relativo, han marcado fuertemente la mentalidad común. Así, a menudo la vida se vive con ligereza, sin ideales claros y esperanzas sólidas, dentro de vínculos sociales y familiares líquidos, provisionales. Sobre todo no se educa a las nuevas generaciones en la búsqueda de la verdad y del sentido profundo de la existencia que supere lo contingente, en la estabilidad de los afectos, en la confianza. Al contrario: el relativismo lleva a no tener puntos firmes; sospecha y volubilidad provocan rupturas en las relaciones humanas, mientras que la vida se vive en el marco de experimentos que duran poco, sin asunción de responsabilidades. Así como el individualismo y el relativismo parecen dominar el ánimo de muchos contemporáneos, no se puede decir que los creyentes permanezcan del todo inmunes a estos peligros que afrontamos en la transmisión de la fe. Algunos de estos ha evidenciado la indagación promovida en todos los continentes para la celebración del Sínodo de los obispos sobre la nueva evangelización: una fe vivida de modo pasivo y privado, el rechazo de la educación en la fe, la fractura entre vida y fe.

Frecuentemente el cristiano ni siquiera conoce el núcleo central de la propia fe católica, del Credo, de forma que deja espacio a un cierto sincretismo y relativismo religioso, sin claridad sobre las verdades que creer y sobre la singularidad salvífica del cristianismo. Actualmente no es tan remoto el peligro de construirse, por así decirlo, una religión auto-fabricada. En cambio debemos volver a Dios, al Dios de Jesucristo; debemos redescubrir el mensaje del Evangelio, hacerlo entrar de forma más profunda en nuestras conciencias y en la vida cotidiana.

En las catequesis de este Año de la fe desearía ofrecer una ayuda para realizar este camino, para retomar y profundizar en las verdades centrales de la fe acerca de Dios, del hombre, de la Iglesia, de toda la realidad social y cósmica, meditando y reflexionando en las afirmaciones del Credo. Y desearía que quedara claro que estos contenidos o verdades de la fe (fides quae) se vinculan directamente a nuestra cotidianeidad; piden una conversión de la existencia, que da vida a un nuevo modo de creer en Dios (fides qua). Conocer a Dios, encontrarle, profundizar en los rasgos de su rostro, pone en juego nuestra vida porque Él entra en los dinamismos profundos del ser humano.

Que el camino que realizaremos este año pueda hacernos crecer a todos en la fe y en el amor a Cristo a fin de que aprendamos a vivir, en las elecciones y en las acciones cotidianas, la vida buena y bella del Evangelio. Gracias.



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Tomado de 
www.vatican.va
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Jesús de Nazaret - 5º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


2. Jesús llama a sus discípulos. La Vocación


Ser llamado por Cristo significa “seguirle” y esto es la vocación. Una vocación para compartir su vida para poder compartir, después, su misión. Esto es realmente original en Jesucristo. Al iniciar su vida pública apostólica, Cristo reúne a su alrededor un grupo de discípulos. Rodearse de discípulos, vivir con ellos, enseñarles a conocer e interpretar los Libros sagrados, era – en tiempos de Jesús – un procedimiento habitual. Cualquier maestro de Israel tenía un grupo de discípulos que recibían el nombre de “seguidores”. A nadie podía extrañarle demasiado que Jesús hiciera lo mismo.

Sin embargo lo propio, lo característico del seguimiento de Jesús en el radicalismo de su seguimiento, comparándolo con cualquier otro maestro de Israel, es Cristo quien toma la iniciativa en el llamado, o vocación, es Jesús el que elige  y sale  al encuentro de sus discípulos, Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5, 1-11. Jn 1, 35-51. Jesús no espera que vengan sus discípulos a él. El los llama. Esto era inaudito, totalmente, en tiempos de Cristo. Ningún maestro elegía a sus discípulos. Eran los discípulos quienes elegían a su maestro, siguiendo su propia inclinación o sus preferencias personales. En el caso de Jesús es distinto. Es él quien llama. Y tiene especial  interés en que todos lo adviertan sin que quede posible lugar a la duda.

Jesús no admitió entre sus discípulos a ningún espontáneo, más bien les dio evasivas o les puso dificultades, Mt 8, 18; Lc 9, 61. Quizá hacia esto para que nunca tuvieran el secreto convencimiento de que el primer paso lo habrían dado ellos, por su propia iniciativa. Por eso el seguimiento de Cristo antes de ser una respuesta es una llamada, Cristo toma la iniciativa, elige, llama, el discípulo, éste, libremente acepta o rechaza el llamado.

El seguimiento de Cristo antes de ser un quehacer humano, es un don gratuito, una verdadera gracia divina: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no le atrae”, Jn 6, 44. Y con más claridad les recordará: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros”, Jn 15, 16. En el NT. discípulo es el que, llamado por Jesús, Mt 4,18.s.s, sigue su camino, Lc 9, 57-62; debe de observar la voluntad de Dios Mt 10, 29, e incluso adhiriéndose sin reservas a la persona de Jesús, ir has­ta la muerte y a la entrega total de su vida por amor, Mt 16, 24. En Hechos de los Apóstoles todo creyente bautizado, es considerado "discípulo", Hech  6, 1; 9, 19. Por lo tanto es Jesús quién llama, o admite al seguimiento, porque quieren ser ciudadanos del Reino de Dios.

2.1. El Seguimiento a Cristo

“Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”, Mt 16, 24-26. Mc 8, 34

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo tome su cruz cada día, y sígame... pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?”, Lc 9, 23-27.
           

2.2. Exigencias del seguimiento

Renuncia total: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”, Mt 10, 37.

“Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleva su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”, Lc 14, 26-27.

“Maestro te seguiré a donde quiera que vayas ... las zorras tienen guaridas, las aves tiene  nidos, el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza", Mt 8, 19-20.

“Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. Dícele Jesús: Sígueme, y deja que los muertos entierren a los muertos”, Mt 8 21-22.

“También otro le dijo: “te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa” Jesús le dijo: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios”, Lc 9, 61-62.

“El que no está conmigo está contra mí; el que conmigo no recoge desparrama”, Mt 12, 30.
           

2.3.  Recompensas en el seguimiento

“Pedro, tomando la palabra dijo: “ya ves que lo hemos dejado todo y te hemos seguido: ¿qué recibiremos, pues? Jesús dijo: “Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna”, Mt 19, 27-29: Mc 10, 28-31, Lc 18, 28-30   


2.4.  Dinámica del Seguimiento de Jesucristo

a. Llamamiento:
Mt 4, 18-20: “.. vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés .. y les dice: Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres ..”, Mt 4, 18-20.
“...vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan ... y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron”, Mt 4, 21-22.

b. Seguimiento:
Mt 16, 24-26: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”.

c. Imitación:
Mt 11, 28-30: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso en vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.
            Filp. 2, 5: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo”.

d. Identificación:
Gal 2, 19b -20: “...con Cristo estoy crucificado; y ya nos soy yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
            Filp. 1, 21: “pues para mí la vida es Cristo”.

e. Misión:
Jn 17, 18: “Como tú me has enviado, yo también los he enviado al mundo”.
Lc 9, 1-2: “Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades, y les envió a proclamar el reino de Dios y a curar”.
Mc 3, 13-14: “Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron junto a él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar”.
Mt 10, 1, s.s: “Y llamando a sus doce discípulos, les dio el poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia”.



2.5.  Vocación de los Doce Apóstoles

Uno de los sucesos más importantes y trascendentes de la vida públi­ca de Jesús es el acto de elegir a los Doce Apóstoles. Mc 3, 13-l9; Mt 10, 1-4. En la vocación de los Doce, Jesús continúa lo empezado en el llamado de los primeros discípulos. Parece ser que de 72 discípulos, Mt 10, 1, Jesús eligió los Doce, por lo tanto la elección de los Doce fue iniciativa de Jesús y de la importancia de la elección nos habla cuando subraya el evangelista que Jesús se preparó toda la noche en o­ración con su Padre, Mc 6, 12-16: "Y eligió a los que quiso, y vinie­ron donde El. Instituyó a los Doce, para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar". Mc 3, 13-14. Podemos aclarar esta elección de esta manera:

            1.- “Eligió a los que quiso”,  (iniciativa divina)
            2.- “Vinieron donde él”,  (formaron comunidad apostólica)
            3.- “Instituyó a los Doce”,  (colegio apostólico)
            4.- “Para que estuvieran con él”,  (convivencia fraterna)
            5.- “Para enviarlos a predicar”,  (participación de su misión apostólica y salvífica).

La vocación se hace de acuerdo a la voluntad del Padre y por encargo suyo; era el cumplimiento del decreto de la eterna economía salvífica de Dios. La elección no era capricho o pura casualidad sino disposición de Dios. Este pequeño círculo de discípulos fielmente entregados, que acom­pañan a Jesús continuamente, será iniciado en los misterios del ­Reino de Dios, Mc 4, 10 y educado en la escuela de Jesús para el a­postolado.

Son los verdaderos parientes de Jesús, Mc 3, 34, y junto con un pequeño número de creyentes forman el "resto santo de Israel" que encuentra la salvación, y por ser este resto son también el nú­cleo de la Iglesia posterior y los portadores de su misión salvífi­ca universal. Igualmente las profecías de la Pasión y las enseñan­zas sobre el verdadero concepto del discipulado estuvieron reserva­das a ellos, Mc 8, 31; 9, 30; 10, 32; Mt 10, 5-33. Sólo ellos pudieron ce­lebrar con el Señor la Ultima Cena, Mc 14, 17. Finalmente fue el Espíritu Santo quien les abrió los ojos para ver la obra de Cristo y entender todas sus palabras.

Acerca del número de 12 tiene un simbolismo muy especial. Para los israelitas era especialmente santo por los 12 patriarcas y las 12 tribus que componen el pueblo elegido de Israel. Del tiempo mesiánico se esperaba justamente la restauración de las 12 tribus de Is­rael. Cuando Jesucristo elige a los doce implícitamente está dicien­do que ha llegado el tiempo de nacer un Nuevo Pueblo, no según la carne, sino según el espíritu universal salvífico, el nuevo Israel, la Iglesia. Esto fue profetizado por Isaías y Jeremías. Así el nuevo pueblo nace del antiguo Israel y crece sobre él y lo trasciende; a­sí resulta que en el Reino de Dios, los Doce se sentarán en 12 tronos para juzgar a las 12 tribus de Israel, Mt 19, 28.


2.6. Misión de los Doce Apóstoles

Hemos visto que la elección de los discípulos y la institución del grupo de los Doce Apóstoles son dos grados de creación del nuevo Pueblo de Dios. Apóstoles y discípulos son los seguidores de Cristo, y son en embrión la base de la que surgirá la Iglesia. Un grado más es la misión específica de los Doce por Jesús. Hemos visto en Mc 3, 13-14, que: "los llamó para que estu­vieran con El", aspecto existencial y comunitario y "para enviarlos a predicar", aspecto apostólico de colaboradores directos en la proclamación de la Buena Nueva, Mt 10, 5, s.s. Tienen poderes especiales y específicos. Instrucciones concretas. Actitudes fraternales y apos­tólicas. Los instruye acerca de su comportamiento. Les advierte de los peligros. Les predice peligro y persecuciones. Les exhorta a que hablen en público y sin temor y que serán señal de contradicción,  Mt 10, 5 s.s.

Los Doce Apóstoles fueron elegidos por Cristo para que le acompañaran y para enviarles a predicar la Buena Nueva del Reino. Por lo tanto tenían la misión de representar a Cristo como el enviado del Padre. Cristo por ser el Enviado del Padre, tiene poder para con­fiar a los apóstoles una misión independiente y responsable, sin que por eso dejen de estar unidos a El. Según el principio semita oriental de que el enviado de una persona es como la persona misma a quien re­presenta, Cristo envía a sus discípulos asegurándoles: "El que a voso­tros os recibe, a Mí me recibe, y el que me recibe a Mí, recibe al que me envió", Mt 10, 40. S. Lucas dice en 10, 16: "Al que a vosotros oye, a mí me oye, y el que a vosotros rechaza, a Mí me rechaza, y el que me rechaza a mí rechaza al que me envió". Aquí vemos que la representación concedida a los após­toles está puesta en estrecha relación con la representación de Dios Padre concedida a su Hijo Jesucristo.

A los apóstoles les es concedi­da por las palabras de Cristo una autorización extraordinaria que vie­ne del cielo y se orienta hacia el cielo. Basados en la propia autori­dad del mismo Cristo son a su vez transmisores encargados y autoriza­dos del Padre celestial. Por eso rechazar a un apóstol significa recha­zar a Dios mismo. La relación entre mandante (enviado) y mandatario (el que envía) apa­rece clara, cuando Cristo dice: "No es el siervo mayor que su Señor, ni el enviado mayor que el que envía", Mt 10, 24; Jn 13, 16. Así pues, Cristo transmitió a sus enviados, a sus apóstoles, el poder único y ple­no que El mismo tenía en cuanto enviado del Padre. Esto implicaba la autorización y obligación de proclamar el Reino de Dios y de vencer a los enemigos del Reino (demonios, enfermedades y muerte). Los após­toles obran por autorización del mismo Cristo. Quien no está autori­zado por El no puede pretender representarle.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Jesús de Nazaret - 1º Parte: El Misterio de Cristo

Jesús de Nazaret - 2º Parte: El Misterio de la Encarnación


Jesús de Nazaret - 3º Parte: Nuestra comunión en los Misterios de Jesús

Jesús de Nazarte - 4ºParte: Los Misterios de la Vida Pública de Jesús

Las Promesas del Sagrado Corazón - 12º Parte


P. Manuel Mosquero Martin S.J. †
Duodécima Promesa del Sagrado Corazón de Jesús

"LA GRAN PROMESA"





Todas las personas hechas por el Sagrado Corazón a sus devotos son consoladoras, especialmente las que se relacionan con los últimos instantes de nuestra vida, los más importantes de todos, por depender de ellos una eternidad. Pero la más extraordinaria de todas es la conocida con el nombre de la “Gran Promesa”.

Así la refiere Santa Margarita de María de Alacoque, la confidente del Sagrado Corazón.
“Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que mi amor omnipotente concederá”… (Este es el preámbulo) a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos (Condición) La gracia de la penitencia final; no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los sacramentos sirviéndoles mi Corazón de asilo seguro de aquella última hora”. (Esta es la gracia prometida en una proposición condicionada).

Estas palabras de la “Gran Promesa” se las dijo Jesucristo a Santa Margarita un viernes del mes de Mayo de 1688, en el momento de comulgar.

“La Gran Promesa” es cierta en cuanto a su origen, como lo acreditan los escritos auténticos de Santa Margarita, examinados por la Santa Sede en su causa de beatificación.
No nos da la “Gran Promesa” una certeza indubitable y divina; sólo certeza humana y seguridad moral, compatible con las dudas y temores propios del estado de prueba, en que nos hallamos.

PREÁMBULO

“Yo te prometo… La gracia, que va a prometer, será efecto de un exceso de misericordia, (que de suyo no tiene límite), y de su Omnipotencia (que de suyo es también infinita). Antiguamente decía Dios: “He jurado por mí mismo”, para indicar la indefectibilidad del cumplimiento.

Entre la condición exigida y el bien prometido hay un abismo, que será salvado por el amor OMNIPOTENTE.

Si, para cumplir lo prometido, fuera precisa la intervención inmediata de su poder infinito, no dudaría su amor en hacer un milagro.

En resumen: es la omnipotencia de todo un Dios a disposición del amor infinito suyo en beneficio de un pobrecillo hombre.

CONDICIONES

      Hemos de comulgar nueve veces, en nueve primeros viernes de mes y estos primeros viernes de mes, han de ser consecutivos.


  •       Las comuniones han de ser nueve (no ocho ni cinco por ejemplo)
  •       En viernes (no en domingo, o en sábado, por ejemplo)
  •       En primeros viernes de mes seguidos) La interrupción voluntaria de un solo primer viernes de mes inutiliza el novenario entero, y hay que comenzar de nuevo)

      Hemos de hacer estas comuniones:


  •        En gracia. (La comunión sacrílega no es comunión)
  •       Con intención de alcanzar la perseverancia (Es muy fácil que, los que comulgan diariamente, omiten esta intención y no ganarían la promesa).
  •        Con intención de honrar al Sagrado Corazón (Con intención reparadora)
  •       Sin que vicie esta obra de piedad y religión ninguna intención perversa (Como sería comulgar, para obtener sólo alguna recompensa material, v. gr.: alguna colocación, o alguna estimación)
  •       Con deseos y propósitos de servir siempre al Señor. (Faltaría esta condición en el que hiciera los primeros viernes con la intención de pecar después y sin cuidado. Ese no habría conseguido nada, pues habría ofendido a Dios en cada una de sus comuniones).

LA PROMESA

Esto es la gracia, que se concede.
De cuatro maneras con lenguaje ponderativo se anuncia:
La 1º y la 2º contienen la gracia final y propia de la Promesa: la primera afirmativa y la segunda negativamente.
La 3º contiene el medio ordinario de alcanzar entonces dicha gracia, que es la reconciliación con Dios mediante los sacramentos.
La 4º señala la causa, de donde procede, y la fuente, de donde mana tanta seguridad en momentos tan inseguros: El Corazón de Jesús, que promete ser nuestro refugio en aquella última hora.

¿Qué no se promete?

Ni laxismo ni rigorismo
No se promete la impecabilidad actual para adelante, sino la penitencia final. No se nos asegura pues, que no volveremos a pecar; pero sí, que no perseveraremos en el pecado, si tuviéramos la dicha de caer en él. Esto nos da sólo una certeza moral, pero no una seguridad infalible (Denz. Conc. Trid. Nº826, VI, Can. 16)

¿Qué se promete?

            El Estado de gracia para el último momento de nuestra vida

La gracia, que los teólogos llaman “perseverancia final”; el Concilio tridentino, “don inefable”; y el pueblo cristiano, en su lenguaje tan profundo como sencillo: “buena muerte”.

  •       En el justo, que vive en gracia, continuación en ese estado de amistad con Dios hasta el final de la vida.
  •             En el cristiano tibio, que se levanta y cae sucesivamente, no sorpresa en el lapso infeliz.
  •       Y en el pecador, que vive siempre en pecado, no morir sin contrición.

No morirán sin recibir los sacramentos

Algunos han visto una garantía contra la muerte repentina y una promesa incondicional de morir, sin antes recibir los sacramentos.

¿Cómo han muerto repentinamente personas, que practicaron los primeros viernes? Decir que no los practicaron bien es improbable, porque muchas veces se trataba de observantes religiosos, de sacerdotes ejemplares…

En la Gran Promesa hemos de distinguir los objetos diferentes: las gracias vinculadas a esta práctica son dos, de las cuales una es fin y otra medio: la gracia de la perseverancia y la gracia de los sacramentos, que suele ser garantía de esta misma perseverancia. La primera gracia se promete en absoluto y sin restricciones. La segunda gracia, de recibir los sacramentos, sólo condicionalmente.

La razón es obvia:

  •       Para los que están en gracia, los sacramentos no son medio de suyo necesarios. A éstos puede quitarles la vida repentinamente, sin faltar a su PROMESA; y a veces, puede ser un gran favor, para dispensarles de angustia y temores de última hora.
  •       Para los que están en pecado mortal. Dios puede suplir el efecto santificador por gracias actuales, que muevan al pecador a actos de perfecta contrición.

La “Gran Promesa”, pues, no es fianza y garantía contra las muertes repentinas: esto sería poco.

Es, sí, fianza y garantía contra las muertes imprevistas. Esto es mucho. Luego el que ha hecho bien los primeros Viernes de Mes puede morir repentinamente, si está en gracia de Dios. Pero no morirá con muerte imprevista, que es la muerte del que, estando en pecado mortal, muere repentinamente. “Líbranos, Señor, de una muerte repentina e imprevista”.

Esta interpretación cualquiera la juzga razonable, porque está conforme con lo prometido, se salva la grandeza de la Promesa, y se explican las muertes repentinas, para que nadie se descuide.

Mi Corazón les servirá de asilo seguro en aquella última hora.

Con estas últimas palabras de la “Gran Promesa”, se confirma que lo que se promete es la perseverancia final y que nos ofrece su Corazón como asilo, no tanto para recibir los sacramentos, como para defendernos de las asechanzas del enemigo infernal.

            
Los hechos pregonan la fidelidad de la promesa

Cada sacerdote, en su oficio de asistir a los moribundos, podría referir incontables casos.

Yo, en mi larga vida sacerdotal, los tengo evidentes. En la guerra de España, como Capellán, pude comprobar centenares y miles de casos de soldados muertos en campaña o en hospitales de sangre, que habían practicado los primeros viernes de mes y Dios les concedía una muerte santa. En tiempo de paz recuerdo de un amigo mío, casado y con cuatro hijos, que comulgaba dos o tres veces cada año. Yo le hablé de los primeros viernes de mes, y falleció repentinamente en Madrid, al terminar sus nueve Comuniones, asistido en aquellos últimos momentos por un sacerdote y un médico, que vivían en la misma casa, donde él estaba alojado. Aquí mismo, en Lima, falleció después de comulgar en sus primeros Viernes de mes, una joven que cursaba el 2º Año en la Facultad de Farmacia, también de repente; pero recientemente preparada con su confesión, para comulgar el primer viernes del mes de octubre de 1958.

Quiero contar, por muchos, dos ejemplos históricos: Primero va a ser el caso del arquitecto Ignacio Landecho, que tiene dos hermanos en la Compañía de Jesús. Gran deportista él y atleta de primera categoría. En Burgos había colocado el pabellón nacional en el picacho más alto de la torre de la Catedral, escalándola por fuera sin medio alguno. Residía en Madrid. Volvía un día en su moto de examinar unas construcciones en Ciudad Real, capital distante de Madrid unos 200Km, chocó con una piedra, que no había visto en la carretera y sufrió una fractura del cráneo tal, que le dejó visible la masa encefálica. Cuando unos transeúntes los examinaron, le dieron por muerto. Se hicieron las gestiones y se trasladó rápidamente a Madrid el supuesto cadáver. La moto estaba destrozada a muchos metros de distancia de su cuerpo inerte. Pero en Madrid los médicos observaron que existían ciertos síntomas de vida. Al día siguiente falleció, primer viernes de mes, habiéndose reanimado y recuperado el uso de la razón momentáneamente, lo suficiente para comulgar, recibiendo al Corazón Eucarístico de Jesús, a quien él tanto había amado en la vida.

Y, finalmente, el segundo ejemplo:

Corría un auto velozmente por la carretera, que va de Buenos Aires a  Córdoba. Los ocupantes, seis jóvenes, iban demasiado alegres y tiempo hacía que a Dios lo tenían olvidado.

Al llegar a una curva pronunciada y peligrosa, vieron venir en dirección contraria otro auto, que, como el de ellos, iba a toda velocidad. El que manejaba dio tal frenada y con tan mala suerte, humanamente hablando, que el auto, en que iban los seis jóvenes, dio una vuelta completa de campana, dos tuvieron tiempo de abrir una portezuela, y escapar de la catástrofe; los otros cuatro quedaron bajo el auto gravemente heridos. Uno de estos últimos, que no había perdido el conocimiento, daba grandes voces pidiendo ¡un sacerdote, un sacerdote!... uno de los dos, que habían logrado salir ilesos, se estremeció, al oír aquellos gritos y se acercó al moribundo y allí a su oído le dijo: -¿Qué deseas? -¡Un sacerdote, pronto, pronto, que me muero!...-¡Yo puedo confesarte, le dijo, soy sacerdote…!

Efectivamente, hacía unos tres años que había colgado la sotana y se había entregado a la vida disipada, para acallar los remordimientos, que sentía… Confesó al moribundo, le dio la absolución y le preguntó: ¿qué has hecho en tu vida, para que el Señor se haya apiadado de ti en estos momentos?... Y le contestó: “El Corazón de Jesús cumple lo que promete, he hecho los nueves primeros viernes en mi niñez… Él me ha salvado”; y a los pocos momentos moría.

El Señor tan misericordioso, abrió sus brazos, para recibir también al sacerdote arrepentido… ¡También él había hecho los nueve primeros viernes!

Se presentó a su Obispo, hizo penitencia y fue en adelante sacerdote ejemplar y celoso propagador de la devoción al Corazón de Jesús.
Vengan, pues y compren, casi de balde, la gracia y don inefable de la perseverancia final.



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