Jesús, el Buen Pastor

P. Adolfo Franco, S.J.



Jn 10, 11-18

Jesús, el Buen Pastor, guía nuestras vidas, y no estimula a que sepamos ayudar e otros a guiar sus vidas.
 

Jesús se define a sí mismo como el Buen Pastor, y nos explica a nosotros esta hermosa realidad. La figura del buen Pastor la hemos ido enriqueciendo con muchas imágenes y ha adquirido en nuestros corazones de creyentes un atractivo especial. Jesús es el Buen Pastor que me guía, que me cuida, que impide que me vaya, que me busca si me pierdo: “aunque camine por cañadas obscuras nada temo, porque tú vas conmigo”.

Y Jesús conversa con sus apóstoles sobre esto y nos va abriendo un panorama lleno de luz, al desarrollar su explicación ¿por qué es el Buen Pastor? Porque da la vida por sus ovejas. Tan bueno es como pastor, que por defender a sus ovejas de todo mal es capaz de ponerse entre las ovejas y el lobo, aunque sepa que el lobo lo va a despedazar. Pero sus ovejas, gracias a ese gesto de amor, quedarán libres y sanas.

Y aquí el Señor nos da una explicación revestida de hermosura de lo que es la redención, de lo que será su muerte en la cruz por nuestra salvación. Se trata de un Pastor que tenía un gran rebaño de ovejas a las que quería y conocía por su nombre, las amaba. Un día, cuando el Pastor llevaba a sus ovejas a pastar, se presentó inesperadamente un terrible lobo, que amenazaba tragarse a las ovejas. El Buen Pastor se plantó en medio, abrió los brazos hacia atrás como queriendo formar un refugio para sus ovejas; el lobo terrible le saltó a su pecho y lo destrozó con furia. Mientras el pastor en el suelo se desangraba, las ovejas habían logrado ponerse a salvo. El Buen Pastor es el que da la vida por las ovejas.

Pero aquí hay también una especial lección que brilla para nosotros, que debe atraernos: “dar la vida”. Esta es una gran lección; aunque nosotros no podamos atribuirnos ningún título de pastor, también deberíamos estar dispuestos a dar la vida. Porque el afán de dar la vida, es la gran ilusión que ha de llenar una existencia auténtica. Dar la vida. Esa es la clave. Es el Ideal. Es el gran descubrimiento del Evangelio, para el cristiano. Cristiano es el que tiene como meta, el dar la vida, como Jesús la dio. No guardársela avaramente. No rodear nuestra existencia de una muralla de protecciones y de cuidados. No pensarla como un pequeño depósito de agua, que hay que cuidar mucho para que no se gaste.

Y hay muchas formas de dar la vida. Simplemente hay que entender lo que significa dar. Y es fácil conocer lo que es dar; no es una palabra de significado complicado, reservado solo a iniciados. Lo difícil es persuadirse de que ahí está el tesoro. De que dar la vida es la mejor manera de vivir. Que la vida se expande y se hace fecunda cuando se da. La mano abierta para dar. Dar para que otros vivan; tiempo, afecto, comprensión.

Dar la vida es dar de comer al hambriento. Y hay tantos hambrientos; y el hambre tiene tantas caras. Y qué hermoso es dar incluso la propia comida, para que otro no tenga hambre. Pero no es ésa la forma habitual que tenemos de dar. Nuestra forma de dar es con cálculo y mezquina. Separamos de nuestro plato, un poco, no mucho, un poquito, porque el resto lo tengo que comer yo. Y a veces la parte del plato que no me gusta es la que separo, la empujo con el tenedor a otro plato, y la doy, apartándola de mi. Esa es nuestra forma de dar, cuando damos. Un poco, bien pesado y medido, para que no me empobrezca yo. Y si tengo que dar algo de lo que yo colecciono, como parte de mis tesoros de cosas, entonces me duele, y sufro, como si me estuvieran arrancando un poco de mi vida.

Hay que dar la vida, para ser como el Buen Pastor. Y entonces nuestra vida se convertirá para nosotros mismos en un manantial que salta hasta la vida eterna. Esta es la lección que nos da el Buen Pastor. No es sólo para que nos admiremos de su amor, sino para que sepamos cómo hemos de vivir nosotros mismos. Jesús es Modelo y Maestro. Y así nos dice que si damos la vida, la encontraremos.

El nos dice que sus ovejas escuchan su voz, y esa es la voz que debemos escuchar; y esa voz nos dice que el que pierda su vida por entregarla, la encontrará mucho más fecunda. Y así El nos conocerá como sus ovejas, de la misma forma que conoce a su Padre.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco por su colaboración.

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Homilía del 4º Domingo de Pascua (B), 29 de Abril del 2012

El Buen Pastor, las ovejas y el rebaño

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Hch 4,8-12; S. 117; 1Jn 3,1-2; Jn 10,11-18



Seguimos en este tiempo pascual con perícopas (fragmentos evangélicos) que proponen a la Iglesia como continuadora de la obra de Cristo y fundada por él, y al mismo Cristo resucitado como presente y actuante en ella. De esta forma nosotros tenemos la inmensa gracia de podernos encontrar personalmente con él incluso con una intimidad mayor que la de sus contemporáneos.
Sin duda que ustedes han entendido este evangelio. Cristo es el buen pastor de la parábola. La Iglesia es su rebaño. Los fieles, cada uno de nosotros, formamos ese rebaño. Las otras ovejas, que no forman parte de él, son los no-católicos; pero también ellas están destinadas a entrar en él. Esto es lo que Dios Padre quería de Él y es su misión en el mundo. Con ese fin dio el buen pastor su vida en la cruz por sus ovejas, por nosotros y por todos, y la recuperó con la resurrección. Ahora lo necesario es que las ovejas, que aun no forman parte de su rebaño, el resto de los hombres que no forman parte de la Iglesia, oigan su voz, la de Cristo, que es la voz de la Iglesia, y creyendo entren en ella.
La parábola de este buen pastor acentúa el afecto, la intimidad, la confianza y el amor, que están llamados a ser parte de nuestra relación con Jesús y con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Leía no hace mucho la experiencia de un jesuita, que ha dado unos Ejercicios de San Ignacio a un grupo de luteranos en Finlandia. Sin duda que eran personas francamente piadosas, buscadoras sinceras de Dios, tocadas ya por la gracia y abiertas al Espíritu. El jesuita notó sin embargo en ellos una especial dificultad para ponerse a orar y para despertar en sí la vivencia psicológica del amor de Dios. Yo me pregunto si estas mismas dificultades no son también de más de un católico. Cada uno de ustedes puede hacerse a sí mismo la pregunta.
Aplicar a sí mismo esta parábola del buen pastor nos puede ayudar a todos a descubrir y salir de esta actitud religiosa, que no es católica en grado perfecto. Adelanto que no lo digo en tono de reproche, como si tener facilidad para orar y el pronto suscitarse el amor a Dios fuesen actitudes religiosas fáciles. Nunca debemos olvidar que la concupiscencia, con la que cargamos con el pecado original, nos hace difíciles (y aun imposibles) los actos sobrenaturales que nos pueden parecer más sencillos, como la oración y el amor de Dios. Cuando los apóstoles, admirados un día al ver a Jesús en oración, le pidieron que les enseñase a orar, Jesús no les había dicho todavía nada sobre ello; y es probable que llevasen ya con él más de un año. Orar no es tan fácil.
Orar es una gracia y las gracias sólo nos vienen de Dios y la humildad es condición necesaria. En la oración entramos en comunicación con Dios y Dios al soberbio lo rechaza, mientras que al humilde le da su gracia. La primera bienaventuranza es la de los pobres de espíritu; suyo es el reino de los cielos. El buen pastor ama a sus ovejas, procura tenerlas cerca, las conoce por su nombre y ellas conocen su voz que les es tan familiar, cuida de llevarlas a buenos pastos, de que no se pierda ninguna, las busca incansable si alguna se extravía, las libra de los peligros hasta dar su vida por ellas, quiere tenerlas a todas seguras y cercanas. ¿Qué han hecho las ovejas para ello? Nada, dejarse amar, aceptar su amor. 
El modelo de oración de Jesús es el Padre Nuestro. Porque no meramente nos llamamos, sino que de verdad somos hijos de Dios (1Jn 3,1) y el Espíritu Santo lo clama desde nuestra alma (Ro 8,15). Por eso Cristo resucitado no dejará que se pierdan ni los de Emaús, ni Tomás, y se les manifestará presente varias veces y estará a la orilla del lago, contemplando sus esfuerzos por pescar y haciéndolos eficaces. Cada semana, especialmente en la misa, reafirmemos nuestra conciencia de que “somos hijos de Dios”. Dios nos ama, Dios nos escucha, Dios está cerca, Dios es nuestro Padre y nos da la mano para no caer. Déjense amar por Dios, permítanle que les perdone, que les ayude, que les hable. Es fácil  orar, es fácil incluso experimentar con frecuencia (“ver”) la mano de Dios tantas veces en que en nuestro interior nos sentimos perdonados, consolados, animados, se nos sugiere hacer el bien, perdonar, ayudar, sonreír, animar, soportar, consolar, escuchar, agradecer, llamar al buen pastor. Creo tener razones y experiencia para poderles afirmar que, si se dirigen a Dios seguros de su amor infinito, sentirán que Él les escucha. Tal vez a alguno su experiencia esté alejada de haber tenido un padre así; sin embargo ese vacío se verá ampliamente compensando si creen de veras en el poder de Jesús resucitado para incorporarnos a todos haciéndonos hijos infinitamente queridos de Dios.
Por fin otra palabra, que no hemos de olvidar: “Tengo, además otras ovejas que no son de este redil”. Unas las conocemos, viven con nosotros, tal vez pertenecen a nuestras amistades y familia, pero se perdieron, abandonaron el redil, renegaron del Pastor; otras están lejos; pero en conjunto todas son millones. “También a éstas las tengo que traer”. “¡Ay de nosotros si no evangelizamos!” (cfr. 1Cor 9,16). Hagamos el esfuerzo, oremos, ofrezcamos sacrificios, procuremos hablarles de la bondad del Pastor con nuestra vida y también con la palabra. No olvidemos que Santa Teresa de Lisieux es patrona de las misiones por la oración y sacrificios por los misioneros. Porque “también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”. No lo duden, es palabra del Señor. Sus oraciones serán escuchadas y la voz del Pastor será escuchada por muchas de ellas.  
Que María, la humilde esclava del Señor nos lo enseñe.



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Vivir santamente el sexo en el Matrimonio - 1º Parte

1. El sexo en el plan del mundo

P. Vicente Gallo, S.J.




Todos los matrimonios, los de esposos cristianos también, viven en lo que llamamos el mundo: en él nacen, en él crecen, de él reciben su educación, sus criterios, su cultura, y en él viven recibiendo permanentemente su influencia.  Los hombres y las mujeres nacen con su diferente sexo, acompañado de un fuerte instinto de experimentarlo y de disfrutar el goce único que Dios quiso poner en el ejercicio de la sexualidad.  Ese goce único, y el instinto de disfrutarlo, es indispensable para que permanezca sin marchitarse el amor de la pareja unida en matrimonio; y mucho más para que, por la fuerza de ese instinto, ambos esposos se arriesguen a procrear y asuman los trabajos y sufrimientos que les dará un hijo procreado.  Sin la fuerza de ese instinto, la humanidad habría corrido el peligro de extinguirse.

Es importante recordar que la sexualidad del varón, aun en lo instintivo, tiene notables diferencias con la sexualidad de la mujer; y que, en ambos, no se agota la diferencia en lo genital, sino que también abarca las diferencias que hay en el aspecto psicológico del uno del y otro.  De lo sexual del varón, es la fuerza, el querer dominar e imponerse a la mujer, el sentir el deber de protegerla y de ganar el sustento para ambos, como ocurre también en las especies animales generalmente.  De la sexualidad de la mujer es el ganarse al otro en base a la ternura y el encanto, el acoger con amor al marido como después a los hijos, la fortaleza y el aguante cuando sobrevienen las desgracias o las enfermedades, el adelantarse aun a perdonar, el tener detalles de delicadeza en el trato y de calor en el hogar, el conquistarse al hombre agradándole en todo; que no son elementos de esclavitud impuesta o aprendida, sino de verdadera feminidad necesaria para un matrimonio y para los hijos que se tengan.

El mundo, desde tiempos inmemoriales, convirtió al varón en señor, por razón de lo sexual que posee como “macho”; es el llamado “machismo”.  A la mujer la ha venido convirtiendo en sierva, sometida al hombre, inferior a él y hecha para servirle.  Felizmente en nuestros tiempos esto tiende a superarse, más que por iniciativa de los varones en razón a una cultura nueva, por conquista de la mujer en su denodada lucha para salvar la igualdad de derechos como persona, que los tiene la mujer igual que el hombre.

Logros de este movimiento “feminista” han sido, por ejemplo, el acceso de la mujer a estudios y al ejercicio de profesiones que antes se consideraban “para hombres”, y hoy lo son igualmente “para mujeres”, hasta ser miembros del Ejército y de la Policía en todos los grados.  Pero lo que no se ha podido lograr, porque es distinto en cada sexo, es, por ejemplo, la misma fuerza de los hombres en ciertos deportes que necesitan gran esfuerzo físico, que no basta entrenarlo. Y tampoco se podrá lograr que las características psicológicas y espirituales femeninas sean las mismas que las masculinas: su diferencia es real, es riqueza de la humanidad, y debe cultivarse.

La igualdad de derechos y deberes como “personas”, sean varones o mujeres, es una conquista, sin género de duda.  El vestirse igual, el tener los mismos modales, o cosas parecidas, no es mayor adelanto digno de elogio, sino algo totalmente accidental. Hablar groserías y blasfemias, fornicar o cometer el adulterio, igualando a las mujeres con los hombres, no es lograr “igualdad de derechos”, ni es una “conquista” del feminismo; sino envilecer a la mujer en lo que antes no estaba tan abajo como el hombre para suerte de ellas y de la humanidad.

La verdadera “educación sexual” de quienes despiertan a ser hombres o mujeres no consiste en dar información de lo que se puede hacer con el sexo y cómo se hace; debería ser  enseñar la santidad que hay en los elementos del sexo humano, sea del hombre o sea de la mujer, tal como la naturaleza los da y Dios los quiso.  Lo que deben aprender quienes ya son púberes o adolescentes es a respetar su sexo en lugar de profanarlo, a ser responsables de su uso, conforme a su auténtica finalidad; y no usarlo prescindiendo de los fines que tiene y para los que lo hizo el Creador. Porque, definitivamente, la diferencia entre el sexo de los hombres y el de los animales, es que estos últimos sólo se rigen por el instinto, mientras que el hombre se debe regir por la responsabilidad personal desde la razón correcta, la libertad de no ser esclavos de nadie ni de nada, y desde la fe en Dios.


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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Sacramento del Bautismo - 1º Parte




Los siete Sacramentos de la Iglesia



Los sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual (cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 65, a.1, c). (CIC 1210)
Siguiendo esta analogía se explicarán en primer lugar los tres sacramentos de la iniciación cristiana, luego los sacramentos de la curación, finalmente, los sacramentos que están al servicio de la comunión y misión de los fieles. Ciertamente este orden no es el único posible, pero permite ver que los sacramentos forman un organismo en el cual cada sacramento particular tiene su lugar vital. En este organismo, la Eucaristía ocupa un lugar único, en cuanto "sacramento de los sacramentos": "todos los otros sacramentos están ordenados a éste como a su fin" (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 65,a. 3, c). (CIC 1211)




1.    SACRAMENTOS DE INICIACIÓN CRISTIANA


La iniciación cristiana se realiza mediante el conjunto de tres sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación, que es su afianzamiento; y la Eucaristía, que alimenta al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en Él. (CIC 1275)



1.1.   EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO


El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu ("vitae spiritualis ianua") y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (CIC 1213)

I. El nombre de este sacramento

Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa "sumergir", "introducir dentro del agua"; la "inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo, de donde sale por la resurrección con Él (cf Rm 6,3-4; Col 2,12) como "nueva criatura" (2 Co 5,17; Ga 6,15) (CIC 1214)
Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5), porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual "nadie puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5) (1215)
El Bautismo «es el más bello y magnífico de los dones de Dios [...] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40,3-4).


II. El Bautismo en la historia de la salvación

El Bautismo de Cristo

Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de san Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir toda justicia" (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su "anonadamiento" (Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su "Hijo amado" (Mt 3,16-17) (CIC 1224)

El Bautismo en la Iglesia

Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, san Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: "Convertíos [...] y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa", declara san. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: "el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos" (Hch 16,31-33) (1226)
Según el apóstol san Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con Él:
«¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,3-4; cf Col 2,12).
Los bautizados se han "revestido de Cristo" (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13) (CIC 1227)
El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la "semilla incorruptible" de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26) (CIC 1228)



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Extractos del Catecismo de la Iglesia Católica.

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Amaos los unos a los otros

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 25 de abril de 2012

Queridos hermanos y hermanas:
En la anterior catequesis mostré cómo la Iglesia, desde los inicios de su camino, tuvo que afrontar situaciones imprevistas, nuevas cuestiones y emergencias, a las que trató de dar respuesta a la luz de la fe, dejándose guiar por el Espíritu Santo. Hoy quiero reflexionar sobre otra de estas cuestiones: un problema serio que la primera comunidad cristiana de Jerusalén tuvo que afrontar y resolver, como nos narra san Lucas en el capítulo sexto de los Hechos de los Apóstoles, acerca de la pastoral de la caridad en favor de las personas solas y necesitadas de asistencia y ayuda. La cuestión no es secundaria para la Iglesia y corría el peligro de crear divisiones en su seno. De hecho, el número de los discípulos iba aumentando, pero los de lengua griega comenzaban a quejarse contra los de lengua hebrea porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas (cf. Hch 6, 1). Ante esta urgencia, que afectaba a un aspecto fundamental en la vida de la comunidad, es decir, a la caridad con los débiles, los pobres, los indefensos, y la justicia, los Apóstoles convocan a todo el grupo de los discípulos. En este momento de emergencia pastoral resalta el discernimiento llevado a cabo por los Apóstoles. Se encuentran ante la exigencia primaria de anunciar la Palabra de Dios según el mandato del Señor, pero —aunque esa sea la exigencia primaria de la Iglesia— consideran con igual seriedad el deber de la caridad y la justicia, es decir, el deber de asistir a las viudas, a los pobres, proveer con amor a las situaciones de necesidad en que se hallan los hermanos y las hermanas, para responder al mandato de Jesús: amaos los unos a los otros como yo os he amado (cf. Jn 15, 12.17). Por consiguiente, las dos realidades que deben vivir en la Iglesia —el anuncio de la Palabra, el primado de Dios, y la caridad concreta, la justicia— están creando dificultad y se debe encontrar una solución, para que ambas puedan tener su lugar, su relación necesaria. La reflexión de los Apóstoles es muy clara. Como hemos escuchado, dicen: «No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y les encargaremos esta tarea. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra» (Hch 6, 2-4).
Destacan dos cosas: en primer lugar, desde ese momento existe en la Iglesia un ministerio de la caridad. La Iglesia no sólo debe anunciar la Palabra, sino también realizar la Palabra, que es caridad y verdad. Y, en segundo lugar, estos hombres no sólo deben gozar de buena fama, sino que además deben ser hombres llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, es decir, no pueden ser sólo organizadores que saben «actuar», sino que deben «actuar» con espíritu de fe a la luz de Dios, con sabiduría en el corazón; y, por lo tanto, también su función —aunque sea sobre todo práctica— es una función espiritual. La caridad y la justicia no son únicamente acciones sociales, sino que son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo. Así pues, podemos decir que los Apóstoles afrontan esta situación con gran responsabilidad, tomando una decisión: se elige a siete hombres de buena fama, los Apóstoles oran para pedir la fuerza del Espíritu Santo y luego les imponen las manos para que se dediquen de modo especial a esta diaconía de la caridad. Así, en la vida de la Iglesia, en los primeros pasos que da, se refleja, en cierta manera, lo que había acontecido durante la vida pública de Jesús, en casa de Marta y María, en Betania. Marta andaba muy afanada con el servicio de la hospitalidad que se debía ofrecer a Jesús y a sus discípulos; María, en cambio, se dedica a la escucha de la Palabra del Señor (cf. Lc 10, 38-42). En ambos casos, no se contraponen los momentos de la oración y de la escucha de Dios con la actividad diaria, con el ejercicio de la caridad. La amonestación de Jesús: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada» (Lc 10, 41-42), así como la reflexión de los Apóstoles: «Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra» (Hch 6, 4), muestran la prioridad que debemos dar a Dios. No quiero entrar ahora en la interpretación de este pasaje de Marta y María. En cualquier caso, no se debe condenar la actividad en favor del prójimo, de los demás, sino que se debe subrayar que debe estar penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación. Por otra parte, san Agustín dice que esta realidad de María es una visión de nuestra situación en el cielo; por tanto, en la tierra nunca podemos tenerla completamente, sino sólo debe estar presente como anticipación en toda nuestra actividad. Debe estar presente también la contemplación de Dios. No debemos perdernos en el activismo puro, sino siempre también dejarnos penetrar en nuestra actividad por la luz de la Palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio al otro, que no tiene necesidad de muchas cosas —ciertamente, le hacen falta las cosas necesarias—, sino que tiene necesidad sobre todo del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios.
San Ambrosio, comentando el episodio de Marta y María, exhorta así a sus fieles y también a nosotros: «Tratemos, por tanto, de tener también nosotros lo que no se nos puede quitar, prestando a la Palabra del Señor una atención diligente, no distraída: sucede a veces que las semillas de la Palabra celestial, si se las siembra en el camino, desaparecen. Que te estimule también a ti, como a María, el deseo de saber: esta es la obra más grande, la más perfecta». Y añade que «ni siquiera la solicitud del ministerio debe distraer del conocimiento de la Palabra celestial», de la oración (Expositio Evangelii secundum Lucam, VII, 85: pl 15, 1720). Los santos, por lo tanto, han experimentado una profunda unidad de vida entre oración y acción, entre el amor total a Dios y el amor a los hermanos. San Bernando, que es un modelo de armonía entre contemplación y laboriosidad, en el libro De consideratione, dirigido al Papa Inocencio II para hacerle algunas reflexiones sobre su ministerio, insiste precisamente en la importancia del recogimiento interior, de la oración para defenderse de los peligros de una actividad excesiva, cualquiera que sea la condición en que se encuentre y la tarea que esté realizando. San Bernardo afirma que demasiadas ocupaciones, una vida frenética, a menudo acaban por endurecer el corazón y hacer sufrir el espíritu (cf. II, 3).
Es una valiosa amonestación para nosotros hoy, acostumbrados a valorarlo todo con el criterio de la productividad y de la eficiencia. El pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la importancia del trabajo —sin duda se crea un verdadero ministerio—, del empeño en las actividades diarias, que es preciso realizar con responsabilidad y esmero, pero también nuestra necesidad de Dios, de su guía, de su luz, que nos dan fuerza y esperanza. Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple activismo que, al final, deja insatisfechos. Hay una hermosa invocación de la tradición cristiana que se reza antes de cualquier actividad y dice así: «Actiones nostras, quæsumus, Domine, aspirando præveni et adiuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur», «Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar tenga en ti su inicio y su fin». Cada paso de nuestra vida, cada acción, también de la Iglesia, se debe hacer ante Dios, a la luz de su Palabra.
En la catequesis del miércoles pasado subrayé la oración unánime de la primera comunidad cristiana ante la prueba y cómo, precisamente en la oración, en la meditación sobre la Sagrada Escritura pudo comprender los acontecimientos que estaban sucediendo. Cuando la oración se alimenta de la Palabra de Dios, podemos ver la realidad con nuevos ojos, con los ojos de la fe, y el Señor, que habla a la mente y al corazón, da nueva luz al camino en todo momento y en toda situación. Nosotros creemos en la fuerza de la Palabra de Dios y de la oración. Incluso la dificultad que estaba viviendo la Iglesia ante el problema del servicio a los pobres, ante la cuestión de la caridad, se supera en la oración, a la luz de Dios, del Espíritu Santo. Los Apóstoles no se limitan a ratificar la elección de Esteban y de los demás hombres, sino que, «después de orar, les impusieron las manos» (Hch 6, 6). El evangelista recordará de nuevo estos gestos con ocasión de la elección de Pablo y Bernabé, donde leemos: «Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron» (At 13,3). Esto confirma de nuevo que el servicio práctico de la caridad es un servicio espiritual. Ambas realidades deben ir juntas.
Con el gesto de la imposición de las manos los Apóstoles confieren un ministerio particular a siete hombres, para que se les dé la gracia correspondiente. Es importante que se subraye la oración —«después de orar», dicen— porque pone de relieve precisamente la dimensión espiritual del gesto; no se trata simplemente de conferir un encargo como sucede en una organización social, sino que es un evento eclesial en el que el Espíritu Santo se apropia de siete hombres escogidos por la Iglesia, consagrándolos en la Verdad, que es Jesucristo: él es el protagonista silencioso, presente en la imposición de las manos para que los elegidos sean transformados por su fuerza y santificados para afrontar los desafíos pastorales. El relieve que se da a la oración nos recuerda además que sólo de la relación íntima con Dios, cultivada cada día, nace la respuesta a la elección del Señor y se encomienda cualquier ministerio en la Iglesia.
Queridos hermanos y hermanas, el problema pastoral que impulsó a los Apóstoles a elegir y a imponer las manos sobre siete hombres encargados del servicio de la caridad, para dedicarse ellos a la oración y al anuncio de la Palabra, nos indica también a nosotros el primado de la oración y de la Palabra de Dios, que luego produce también la acción pastoral. Para los pastores, esta es la primera y más valiosa forma de servicio al rebaño que se les ha confiado. Si los pulmones de la oración y de la Palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el peligro de asfixiarnos en medio de los mil afanes de cada día: la oración es la respiración del alma y de la vida. Hay otra valiosa observación que quiero subrayar: en la relación con Dios, en la escucha de su Palabra, en el diálogo con él, incluso cuando nos encontramos en el silencio de una iglesia o de nuestra habitación, estamos unidos en el Señor a tantos hermanos y hermanas en la fe, como un conjunto de instrumentos que, aun con su individualidad, elevan a Dios una única gran sinfonía de intercesión, de acción de gracias y de alabanza. Gracias.


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Tomado de:
http://www.vatican.va

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Autobiografía de San Ignacio - Capítulo IX

Texto recogido por el P. Luis Gonçalves da Camara entre 1553 y 1555


Capítulo IX

87. Y hecho esto, montó en un caballo pequeño que los compañeros habían comprado, y se fue solo hacia su tierra. En el camino se encontró mucho mejor. Y llegando a la Provincia dejó el camino común y tomó el del monte, que era más solitario; por el cual caminando un poco, encontró dos hombres armados que venían a su encuentro (y tiene aquel camino alguna mala fama por los asesinos), los cuales, después de haberle adelantado un poco, volvieron atrás, siguiéndole con mucha prisa, y tuvo un poco de miedo. Con todo, habló con ellos, y supo que eran criados de su hermano, el cual los mandaba para buscarle.
Porque, según parece, de Bayona de Francia, donde el peregrino fue reconocido, había tenido noticia de su venida; y así ellos anduvieron delante, y el siguió por el mismo camino.
Y un poco antes de llegar a la tierra, encontró a los susodichos que le salían al encuentro, los cuales le hicieron muchas instancias para conducirlo a casa del hermano, pero no le pudieron forzar. Así se fue al hospital, y después, a hora conveniente, fue a buscar limosna en el pueblo.

88. Y en este hospital comenzó a hablar con muchos que fueron a visitarle de las cosas de Dios, por cuya gracia se hizo mucho fruto. Tan pronto como llegó, determinó enseñar la doctrina cristiana cada día a los niños; pero su hermano se opuso mucho a ello, asegurando que nadie acudiría. El respondió que le bastaría con uno. Pero después que comenzó a hacerlo, iban continuamente muchos a oírle, y aun su mismo hermano. Además de la doctrina cristiana, predicaba también los domingos y fiestas, con utilidad y provecho de las almas, que de muchas millas venían a oirle. Se esforzó también por suprimir algunos abusos, y con la ayuda de Dios se puso orden en alguno, verbi gratia: en el juego, hizo que con ejecución se prohibiese, persuadiéndolo al que tenía el cargo de la justicia. Había también allá un abuso,y era éste: en aquel país las muchachas van siempre con la cabeza descubierta, y no se cubren hasta que se casan, pero hay muchas que se hacen concubinas de sacerdotes y otros hombres y les guardan fidelidad, como si fuesen sus mujeres. Y esto es tan común, que las concubinas no tienen ninguna vergüenza en decir que se han cubierto la cabeza por alguno,y por tales son conocidas.

89. Del cual uso nace mucho mal. El peregrino persuadió al gobernador que hiciese una ley, según la cual todas aquellas que se cubriesen la cabeza por alguno, no siendo sus mujeres, fuesen castigadas por la justicia; y de este modo empezó a quitarse este abuso. Hizo que se diese orden para que a los pobres se les socorriese publica y ordinariamente, y que se tocase tres veces el " Ave María", esto es, por la mañana, al mediodía y a la tarde, para que el pueblo hiciese oración, como en Roma. Mas, aunque al principio se encontraba bien, después se enfermó gravemente. Y después que se curó, decidió partirse para despachar los asuntos que le habían confiado sus compañeros, y partirse sin dinero; de lo cual se enojó mucho su hermano, avergonzándose de que quisiese ir a pie. Y por la tarde el peregrino quiso condescender en esto de ir hasta el fin de la Provincia a caballo con su hermano y con sus parientes.

90. Pero, cuando hubo salido de la Provincia, dejó el caballo, sin tomar nada, y se fue en dirección de Pamplona, y de allí a Amazán, pueblo del P. Laínez, y después a Sigüenza y Toledo, y de Toledo a Valencia. Y en todas estas tierras de los compañeros no quiso tomar nada, aun cuando le hiciesen grandes ofrecimientos con mucha insistencia. En Valencia habló con Castro, que era monje cartujo;y queriéndose embarcar para venir a Génova, los devotos de Valencia le rogaron que no lo hiciese, porque decían que estaba en el mar Barbarroja con muchas galeras, etc. Y por muchas cosas que le dijeron, suficientes para ponerle miedo, con todo, nada bastó para hacerle dudar.

91. Y embarcando en una nave grande, pasó la tempestad de la cual se ha hecho mención más arriba, cuando se dijo que estuvo tres veces a punto de muerte. Llegado a Génova, emprendió el camino hacia Bolonia, y en él sufrió mucho, máxime una vez que perdió el camino y empezó a andar junto a un río, el cual estaba abajo y el camino en alto, y este camino, cuanto más andaba, se iba haciendo más estrecho; y llegó a estrecharse tanto, que no podía seguir adelante, ni volver atrás, de modo que empezó a andar a gatas, y así caminó un gran trecho con gran miedo, porque cada vez que se movía creía que caía en el río. Y esta fue la más grande fatiga y penalidad corporal que jamás tuvo; pero al fin salió del apuro. Y queriendo entrar en Bolonia teniendo que atravesar un puentecillo de madera, cayó abajo del puente; y así, levantándose cargado de barro y de agua, hizo reír a muchos que se hallaron presentes. Y entrando en Bolonia, empezó a pedir limosna, y no encontró ni siquiera un cuatrín, aunque la recorrió toda. Estuvo en Bolonia algún tiempo enfermo; después se fue a Venecia siempre de la misma manera.

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III


Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo X

Capítulo XI

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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Mayo

APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
MAYO






Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.


Por las Intenciones del Papa

Intención General:

Para que sean promovidas en la sociedad las iniciativas que defienden y refuerzan el rol de la familia.






Intención Misional:

Para que María, Reina del mundo y Estrella de la evangelización, acompañe a todos los misioneros en el anuncio de su hijo Jesús.







Por las Intenciones de la Conferencia
Episcopal Peruana

Que las prácticas aprobadas de religiosidad popular sirvan de ocasión para mejorar la instrucción religiosa, la frecuencia de los sacramentos
y una correcta vida cristiana.



EL ROL DE LAS FAMILIAS
“Junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una de las tareas más grandes de la familia es formar personas libres y responsables... Por ello los padres han de ir devolviendo a sus hijos la libertad... Cuando la familia no se cierra en sí misma, los hijos van aprendiendo que cada persona es digna de ser amada, y que hay una fraternidad universal de todos los seres humanos...” (Benedicto XVI. Encuentro Mundial de las Familias. Valencia (España) 8.7.2006. Extracto)

MARÍA REINA ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN

“... En la escuela de María podemos aprender cómo llevar a Cristo Salvador a los hombres y a las mujeres contemporáneos. Que María ayude a llevar a Cristo a las familias, pequeñas iglesias domésticas y células de la sociedad, hoy más que nunca necesitadas de confianza y de apoyo tanto en el ámbito espiritual como social...” (Benedicto XVI. Nuestra Sra. de Bonaria. Cerdeña, Italia. 7.9.2008 Extracto).  

APARECIDA - MISIÓN CONTINENTAL
“... rica y profunda religiosidad popular en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos... precioso tesoro de la Iglesia Católica en América Latina” (258). (Benedicto XVI)


Eucaristía
Misa por la familia (Misal romano)

Palabra de Dios
Filipenses 2,1-4. Convivencia familiar
1 Corintios 7,1-11. Consejos a los casados
Lucas 15,11. El Padre que perdona. El perdón clave de la vida familiar.
Mateo 22,34-40. El amor y fundamento de la familia.

Reflexión
¿Colaboramos todos armoniosamente en las tareas domésticas?
¿Cómo mejorar en concreto el ambiente de los miembros de la propia familia?
¿Cómo ayudar a alguna familia?

P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.



Invitación
A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos.
Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.

Para conocer más acerca del Apostolado de la Oración y sus actividades acceda AQUÍ



Visítenos en:
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¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!


Apostolado de la Oración




Azángaro 451, Lima

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Movimiento Eucarístico Juvenil - 4º Parte - Pedagogía del MEJ Fundamentos Espirituales


5. Pedagogía - Metodología


El MEJ es propuesto como un camino de crecimiento humano y espiritual. Entre los 5 y 25 años, una persona se construye, se descubre, se forma y se transforma. Con la finalidad de ayudar a los jóvenes a vivir estas etapas, el MEJ, fuerte de su larga tradición, se desea como un camino para elegir la vida. Por eso se dice que la pedagogía del MEJ conduce al niño y al joven a un proceso personal de elección.

En la visión educativa del MEJ, el joven es percibido como una persona dotada de libertad, una persona en pie, en equilibrio, feliz con los diversos componentes de su personalidad (física, psicológica, social, afectiva y espiritual), también como una persona en camino, en búsqueda: ser de deseos, en crecimiento hacia una mejor realización de si mismo.

La base pedagógica es la experiencia comunitaria de pequeño grupo, con reuniones semanales, guiadas por un animador quien ha recibido una formación para ello, donde se comparte la vida real y se tratan los temas necesarios a la formación humana y cristiana de los niños y jóvenes.

De esta manera en el MEJ los jóvenes y los niños aprenden a descubrir el mundo como el lugar de encuentro con el Señor, donde aprenden a recibir de él la vida, a agradecerla, a ofrecerla. Pues es en este mundo, Dios mismo se ha encarnado y esta encarnación hace indisociables los dos movimientos, que se viven personalmente y con los demás:
  • De búsqueda en este mundo de la presencia de Dios, que es una llamada a la libertad.
  • De compromiso en el mundo para construirse, tomando responsabilidades. Es en esta dinámica que se habla de una visión fundada en la Eucaristía vivida y celebrada, pues, siguiendo a Cristo, el cristiano y por lo tanto el joven mejino está llamado a recibir y dar su vida gratuitamente con la finalidad de ser enteramente para y con los demás. Es de esta manera que entra en la actitud de ofrenda con Cristo en la Eucaristía. También tres actitudes, inspiradas de la pedagogía de San Ignacio, son promovidas en el joven:
  1. Vivir sus relaciones personales, con Dios , con los otros sin separarlas.
  2. Buscar, con el Espíritu Santo, a parecerse cada vez más a Cristo.
  3. Progresar, en la identificación con Cristo, caminando según los siguientes ejes:
  • Realizarse a si mismo guardando equilibrio en los diversos aspectos de su vida y cultivando el espíritu de alegría.
  • Abrirse a Dios y al mundo, sin dejar de estar en búsqueda.
  • Hacerse libre y disponible por medio de la dinámica eucarística.
  • Elegir comprometerse para y con los otros en vista de construir un mundo más fraterno.

La pedagogía del MEJ: una pedagogía eucarística

Fundamentos espirituales de la pedagogía


La primera Eucaristía sucedió en un solo momento, durante la Ultima Cena, pero la vida de Cristo fue siempre una eucaristía. Su pedagogía con sus apóstoles fue también siempre una eucaristía. Todo en El fue eucarístico o bien, todo se puede interpretar a partir de la eucaristía. Es la pedagogía de la vida entregada. Siempre.
Entonces, en el MEJ deberá también ser así.
La pedagogía de Cristo con los suyos ha sido una pedagogía que parte de su propia vida, de su Corazón, siendo este un testimonio que los apóstoles pudieron ver y seguir. Una pedagogía de amor personal hacia los discípulos, de paciencia y preocupación por cada uno. Una pedagogía de comunidad, acompañando a los apóstoles en las experiencias misioneras y otras. Una pedagogía que incita a los discípulos a aprender a dar su vida. Finalmente, es una pedagogía de la vida entregada por los demás, por amor hacia los suyos. En esto consiste una pedagogía eucarística.
Para comprender bien la eucaristía, se debe conocer lo que pasaba en el corazón de Cristo en el momento de la Ultima Cena:

Un Corazón Eucarístico

Su corazón de Hijo, su docilidad a la voluntad del Padre, es la nueva forma de sacrificio agradable a Dios, el sacrificio espiritual, que consiste en ofrecerse uno mismo en la obediencia. Es el nuevo sacerdocio, que consiste en darse uno mismo.
El Salmo 40 refleja bien esto cuando dice que Dios no se complace ni con sacrificios ni con las ofrendas de cereales, pero más bien en la respuesta del corazón “Heme aquí, mi Dios, para hacer tu voluntad” (7-8). Igualmente, la epístola a los Hebreos comenta, diciendo que Jesucristo “hizo la voluntad de Dios ofreciendo
su propio cuerpo en sacrificio una vez por todas” (He 10. 5-10).
Este sacerdocio y este modo de vida alcanzan su expresión culminante en la Última Cena, donde Jesús abre y entrega de cierta manera su Corazón a sus discípulos (es decir, la totalidad de su vida).
Aquella noche, Jesús traduce en palabras y en gestos aquello que le quema por dentro, es decir, su amor de donación al Padre y la humanidad. El hizo del pan y del vino el signo (sacramento) de su manera de vivir, resumiendo en ello toda su vida: este pan, soy Yo, les dijo; este vino, soy Yo, ofrecido, derramado por ustedes.
El pan y el vino eucarísticos se convierten en un reflejo de lo que había en su Corazón.
Siempre, Jesús fue el pan entregado, siempre fue el vino ofrecido. Por esos gestos, el indicaba también su aceptación, por amor a la humanidad, de la muerte cruel que se le venía encima, muerte injusta y no deseada, pero que serviría para mostrar el amor mas grande.
Diciéndoles “Hagan esto en memoria mía”, él invitaba a sus discípulos a asociarse a su propia vida ofrecida por amor a sus hermanos y a hacer lo mismo. No les invitaba únicamente a celebrar la Eucaristía en memoria suya, sino les invitaba sobre todo a dar sus vidas (dar sus corazones!). El sentido del Evangelio de Juan que narra el lavado de los pies en el contexto de la Última Cena no es distinto, puesto que expresa la misma lógica eucarística de la ofrenda de una vida al servicio de los hermanos y hermanas. Ser discípulo, es tener el mismo Corazón de Jesús, es decir, el mismo modo de vida ofrecida por amor hacia los otros.
El cristiano está llamado a identificar en esta actitud de vida ofrecida la nota más característica y permanente del Corazón de Jesús. Es esto que lo que podemos llamar el Corazón Eucarístico de Jesús. Es esta actitud de su Corazón que queremos imitar cuando pedimos “Has nuestro corazón semejante al tuyo”, o
cuando cada mañana hacemos la ofrenda de la vida al Padre.
El MEJ fue fundado para poner en práctica esta pedagogía eucarística. La vida en el MEJ enseña a los jóvenes a vivir con Jesús y según su estilo (es decir, según el Corazón de Jesús, el corazón eucarístico, entregado por la humanidad)
En el MEJ se hacen diversas actividades, se viven experiencias muy ricas e importantes, se encuentran nuevos amigos … pero lo principal y lo más importante es el encuentro y el conocimiento de Cristo. Todas las actividades que el MEJ desarrolla y propone, como los encuentros, campamentos, juegos, etc., son para
invitar al mejino a descubrir a Jesús, a conocer su alegría, su amistad, y los desafíos que El propone en la vida del joven de hoy. Según las palabras del Padre General de la Compañía y Director General del MEJ, P. Adolfo Nicolás, al MEJ de Francia en el 2009:
Es justamente el sentido de su espiritualidad Eucarística. Ustedes son invitados a dejar modelar sus vidas por la Eucaristía. Son las palabras del Papa Juan Pablo II en su comunicado a los responsables mundiales del Apostolado de la Oración en 1985:
“Ustedes deben además esforzarse en formar cristianos que sean interiormente modelados por la Eucaristía, que tenga la fuerza de comprometerse generosamente movilizando todas las dimensiones de
sus vidas en un espíritu de servicio hacia los hermanos, como el Cuerpo de Cristo ofrecido y su Sangre derramada”.
¿Cómo puede ser esto posible?
La Eucaristía es una fuente de inspiración para la vida. Incluso si la participación a la Misa, de una manera regular, es esencial para entrar a nuestro turno, siempre aún más, en esta ofrenda de nuestras vidas, lo que es más importante es que toda nuestra vida se deje impulsar por este dinamismo eucarístico. La Eucaristía es para el mejino una manera de vivir.
En todo, siempre, en “todas las dimensiones de su vida”, es vivir “el servicio hacia los hermanos”. Es vivir una vida eucarística durante la semana, incluso cuando no estoy en la iglesia. Es una espiritualidad que nos enseña a acoger y a agradecer el regalo de la vida, para darla, como consecuencia, en el
servicio de los demás.
Esta manera de vivir es la manera de vivir de Cristo. Y encontramos todo el sentido de la vida de Cristo, como un verdadero resumen, durante la Última Cena. El revela por sus gestos y sus palabras el significado último de su vida entregada por nosotros.
Se puede comprender la misa si se comprende el sentido que Jesús dio a sus gestos y palabras durante la Última Cena.
Otra citación del Papa, esta vez de Benito XVI, nos ayuda a comprender el sentido profundo de los gestos de la Eucaristía por Cristo, él mismo:
“¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de
amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal ―la crucifixión―, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el
Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida”. (XX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD, Colonia – Marienfeld, 21 agosto 2005) »
En conclusión, vivir una espiritualidad eucarística compromete toda la vida del cristiano. Es el gran desafío del MEJ, y de todos aquellos que toman seriamente su propuesta espiritual. Es un programa de vida al servicio de la transformación del mundo, que inicia con la transformación de nuestros
corazones.
Entonces, vivir la espiritualidad y la pedagogía del MEJ es una relación constante con la eucaristía, como una fuente de inspiración por la vida, de alimento para el espíritu y de compromiso al servicio del mundo. Una espiritualidad eucarística que nos impulsa a vivir una vida eucarística en todas las cosas.

Enlaces:

Movimiento Eucarístico Juvenil - 5º Parte - Pedagogía del MEJ Fundamentos Educativos
Movimiento Eucarístico Juvenil - 4º Parte - Pedagogía del MEJ Fundamentos Espirituales
Movimiento Eucarístico Juvenil - 3º Parte - Espiritualidad del MEJ
Movimiento Eucarístico Juvenil - 2º Parte - El MEJ y el Apostolado de la Oración
Movimiento Eucarístico Juvenil - 1º Parte - Historia

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Agradecemos al P. Antonio González Callizo, S.J. por su colaboración.

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¡Ha resucitado!

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 24, 35-48

La resurrección del Señor es algo "palpable", "tangible" es lo que el Señor comunica a los apóstoles en esta aparición.


Los apóstoles necesitaban la experiencia de Cristo resucitado. Ellos debían ser la antorcha que iba a iluminar con la fe este mundo que permanecía en la sombra. Y los mismos apóstoles en ese momento estaban completamente a oscuras. Por eso Jesús se acerca a sus amigos. Esta aparición a los apóstoles es un gesto de amistad y también un paso más para el nacimiento de la Iglesia.

Al decir que esta aparición de Jesús a los apóstoles es un paso más en la fundación de la Iglesia, no se debe interpretar como si esta visita de Jesús a sus apóstoles fuera una especie de reunión de directorio, una sesión de trabajo; es una reunión de amistad, una confirmación de su Resurrección, necesaria como fundamento de la Iglesia que El estaba estableciendo. Jesús Resucitado necesitaba encontrarse con sus amigos, y sabía que sus amigos lo necesitaban, estaban en emergencia, había que confirmarlos en la fe, que ellos implantarían en la Iglesia. Y allá va el Señor para estar con ellos, para que recuperasen el ánimo; estaban tan por los suelos.

Por tanto quería establecer las bases ya concretas de la obra que El había venido a establecer: la Iglesia como ejecutora de la salvación que El había ya realizado. Así en esta aparición se consolidan los principales componentes de esta Iglesia. Y primero la fe en Cristo Resucitado. Por eso El se va a prodigar tantas veces: debe quedar bien asentado esta hecho ¡Ha resucitado! ¡Es verdad!. Sin eso no hay Iglesia. La Iglesia es un conjunto de creyentes, que establecen su vida y la apoyan en esta afirmación contundente ¡Cristo ha resucitado! Sin eso no hay Iglesia. La Iglesia es el conjunto de los testigos de Cristo resucitado.

Y este Jesús amigo, Resucitado, les empieza a explicar las Escrituras, y les hace ver cómo hay que entenderlas desde la perspectiva de su muerte y resurrección. Es también muy importante esto para el ser de la Iglesia. La Iglesia será la que custodie e interprete las Escrituras. Cristo se las explica a los Apóstoles, para que las entiendan. Y solamente se podían explicar viendo en ellas el anuncio de la muerte y resurrección del Mesías. La Resurrección es el hecho clave para hacer una lectura correcta de las Escrituras. Sin esa perspectiva, la lectura de las Escrituras es incorrecta. Y Jesús se las explica a los apóstoles (la Jerarquía naciente), para que ellos después las puedan explicar y hacer entender de la misma manera.

De hecho los primeros discursos de los apóstoles en el libro de los Hechos, no contienen más que esto: que Jesús, es el Mesías, y que padeció, murió y resucitó según las Escrituras. Es prácticamente la lección que Cristo les da en esta aparición, y la misma que ha dado a los discípulos de Emaús a los que les iba explicando las Escrituras por el camino, y les decía cómo todo había ocurrido según las Escrituras. Es también muy importante para nosotros saber tener la Resurrección como orientación de la lectura y comprensión de los libros sagrados.

Además, para el establecimiento de la Iglesia, Jesús les repite la misión que ellos tienen: anunciar la conversión y el perdón de los pecados, a todas las naciones. Los dones de la gracia, contenidos en los sacramentos con los que ellos deberán enriquecer a los demás; en este momento les habla del perdón de los pecados, después les hablará de todos los demás sacramentos. La Iglesia, como el conjunto de personas que cumplen esta misión, de predicar y realizar el perdón de los pecados y de distribuir todas las gracias contenidas en los sacramentos.

Todo esto es el sentido de esta aparición de Jesús Resucitado. Y que se irá completando en otros encuentros de Jesús con los apóstoles, en los días previos a su Ascensión a los cielos. Jesús está aún en la tierra cuarenta días entre la Resurrección y la Ascensión, completando los últimos retoques de la formación de sus apóstoles. Y preparándolos así para la venida del Espíritu Santo, en que ya recibirán la fuerza de lo Alto, para ponerse en marcha.

Esto da también un sentido a todo el hecho de la Resurrección del Señor. El Señor ha vivido sus 33 años en la tierra, ha realizado la Obra de la Salvación encomendada por el Padre. Y ahora El se va, pero la Obra debe extenderse en el tiempo, y aplicarse a los hombres de todas las razas. El está entregando a sus apóstoles tres cofres llenos de riqueza: el primer cofre, es la fe en Jesús Resucitado, el segundo cofre contiene un libro: las Sagradas Escrituras; y el tercer cofre: lleno con los sacramentos, la gran riqueza de la gracia de Dios. Este es su trabajo final, como hombre antes de volver al Padre; pero seguirá caminando con nosotros hasta el final de los tiempos.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Autobiografía de San Ignacio - Capítulo VIII

Texto recogido por el P. Luis Gonçalves da Camara entre 1553 y 1555




Capítulo VIII

73. Y así se partió para París solo y a pie, y llegó a París por el mes de Hebrero, poco más o menos; y según me cuenta, esto fue el año de 1528 ó de 27. Púsose en una casa con algunos españoles, y iba a estudiar humanidad a Monteagudo. Y la causa fue, porque, como le habían hecho pasar adelante en los estudios con tanta priesa, hallábase muy falto de fundamentos; y estudiaba con los niños, pasando por la orden y manera de París. Por una cédula de Barcelona le dió un mercader, luego que llegó a París, veinte y cinco escudos, y estos dió a guardar a uno de los españoles de aquella posada, el cual en poco tiempo lo gastó, y no tenía con qué pagalle. Así que, pasada la cuaresma, ya el peregrino no tenía nada dellos, así por haber él gastado, como por la causa arriba dicha; y fue costreñido a mendicar, y aun a dejar la casa en que estaba. Cuando estaba preso en Alcalá, nasció el príncipe de España; y por aquí se puede hacer la cuenta de todo, etiam de lo pasado.

74. Y fue recogido en el hospital de sant Jaques, ultra los Innocentes. Tenía grande incomodidad para el estudio, porque el hospital estaba del colesio de Monteagudo un buen trecho, y era menester, para hallar la puerta abierta, venir al toque del Avemaría, y salir de día; y así no podía tan bien atender a sus lecciones. Era también otro impedimento el pedir limosna para se mantener. Ya había cuasi 5 años que no le tomaba el dolor de estómago, y así él empezó a darse a mayores penitencias y abstinencias. Pasando algún tiempo en esta vida del hospital y de mendicar, y viendo que aprovechaba poco en las letras, empezó a pensar qué haría; y viendo que había algunos, que sirvían en los colegios a algunos regentes y tenían tiempo de estudiar, se determinó de buscar un amo.

75. Y hacía esta consideración consigo y propósito, en el cual hallaba consolación, imaginando que el maestro sería Cristo, y a uno de los escolares pornía nombre San Pedro, y a otro San Juan, y así a cada uno de los apóstoles; y cuando me mandare el maestro, pensaré que me manda Cristo; y cuando me mandare otro, pensaré que me manda San Pedro. Puso hartas diligencias por hallar amo: habló por una parte al bachiller Castro, y a un fraile de los Cartujos, que conoscía muchos maestros, y a otros, y nunca fue posible que le hallasen un amo.

76. Y al fin, no hallando remedio, un fraile español le dijo un día que sería mejor irse cada año a Flandes, y perder dos meses, y aun menos, para traer con qué pudiese estudiar todo el año; y este medio, después de encomendarle a Dios, le paresció bueno. Y usando deste consejo, traía cada año de Flandes con que en alguna manera pasaba; y una vez pasó también a Inglaterra, y trujo más limosna de la que solía los otros años.

77. Venido de Flandes la primera vez, empezó más intensamente que solía a darse a conversaciones espirituales, y daba cuasi en un mismo tiempo ejercicios a tres, es a saber: a Peralta, y al bachiller Castro que estaba en Sorbona, y a un viscaíno que estaba en santa Bárbara, por nombre Amador. Estos hicieron grandes mutaciones, y luego dieron todo lo que tenían a pobres, etiam los libros, y empezaron a pedir limosna por París, y fueronse a posar en el hospital de San Jaques, adonde de antes estaba el peregrino, y de donde ya era salido por las causas arriba dichas. Hizo esto grande alboroto en la universidad, por ser los
dos primeros personas señaladas y muy conoscidas. Y luego los españoles comenzaron a dar batalla a los dos maestros; y no los podiendo vencer con muchas razones y persuasiones a que viniesen a la universidad, se fueron un día muchos con mano armada y los sacaron del hospital.

78. Y trayéndolos a la universidad, se vinieron a concertar en esto: que después que huviesen acabado sus estudios, entonces llevasen adelante sus propósitos. El bachiller Castro después vino a España, y predicó en Burgos algún tiempo, y se puso fraile cartujo en Valencia. Peralta se partió para Hierusalem a pie y peregrinando. Desta manera fue tomado en Italia por un capitán, su pariente, el cual tuvo medios con que le llevó al papa, y hizo que le mandase que se tornase para España. Estas cosas no pasaron luego, sino algunos años después. Levantáronse en París grandes murmuraciones, máxime entre españoles, contra el
peregrino; y nuestro maestro de Govea, deciendo que había hecho loco a Amador, que estaba en su colesio, se determinó y lo dijo, la primera vez que viniese a santa Bárbara, le haría dar un sala por seductor de los escolares.

79. El español, en cuya compañía había estado al principio, y le había gastado los dineros, sin se los pagar se partió para España por vía de Ruán; y estando esperando pasaje en Ruán, cayó malo. Y estando así enfermo, lo supo el peregrino por una carta suya; y viniéronle deseos de irle a visitar y ayudar; pensando también que en aquella conjunción le podría ganar para que, dejando el mundo, se entregase del todo al servicio de Dios. Y para poder conseguirlo le venía deseo de andar aquellas 28 leguas que hay de París a Ruán a pie descalzo sin comer ni beber; y haciendo oración sobre esto, se sentía muy temeroso. Al fin
fue a Santo Domingo, y allí se resolvió a andar al modo dicho habiendo ya pasado aquel grande temor que sentía de tentar a Dios. Al día siguiente por la mañana en que debía partir, se levantó de madrugada, y al comenzar a vestirse le vino un temor tan grande que casi le parecía que no podía vestirse. A pesar de aquella repugnancia salió de casa, y aun de la ciudad antes que entrase el día. Con todo, el temor le duraba siempre y le siguió hasta Argenteuil, que es un pueblo distante tres leguas de París en dirección de Ruán donde se dice que se conserva la vestidura de Nuestro Señor. Pasado aquel pueblo con este apuro
espiritual, subiendo a un altozano, le comenzó a dejar aquella cosa y le vino una gran consolación y esfuerzo espiritual, con tanta alegría, que empezó a gritar por aquellos campos y hablar con Dios etc. Y se albergó aquella noche con un pobre mendigo en un hospital habiendo caminado aquel día 14 leguas. Al día siguiente fue a recogerse en un pajar y al tercer día llegó a Ruán. En todo este tiempo permaneció sin comer ni beber y descalzo como había determinado. En Ruán consoló al enfermo y ayudó a ponerlo en una nave para ir a España; y le dio cartas, dirigiéndole a los compañeros que estaban en Salamanca, esto es Calixto, Cáceres y Arteaga.

80. Y para no hablar más de estos su fin fue el que sigue: Mientras el peregrino estaba en París les escribía con frecuencia según el acuerdo que habían tomado, mostrándole las pocas facilidades que había para hacerles venir a estudiar en París. A pesar de esto, se ingenió para escribir a D.ª Leonor Mascarenhas que ayudase a Calixto con cartas para la corte del rey de Portugal, a fin de que pudiese tener una beca de las que el rey de Portugal daba en París. Doña Leonor dio las cartas a Calixto y una mula para el viaje, y dinero para los gastos. Calixto se fue a la corte de Portugal, pero al fin no fue a París; antes volviendo a España se fue a la India del emperador con una cierta mujer espiritual. Y después, vuelto a España, marchó otra vez a la misma India, y entonces regresó a España rico, e hizo maravillar en Salamanca a todos los que antes le habían conocido. Cáceres volvió a Segovia, que era su patria, y allí comenzó a vivir de tal modo, que parecía haberse olvidado del primer propósito. Arteaga fue hecho comendador. Después, estando ya la Compañía en Roma, le dieron un obispado de Indias. El escribió al peregrino que lo diese a uno de la
Compañía, y habiéndosele respondido negativamente, se fue a la India del emperador, hecho obispo, y allí murió por un accidente extraño, esto es, que, estando él enfermo, y habiendo dos frascos de agua para refrescarse, uno del agua que el médico le prescribía, y el otro de agua de solimán venenosa, le dieron por error el segundo, que lo mató.

81. El peregrino volvió de Ruán a París, y encontró que, por lo que había pasado con Castro y Peralta, se habían levantado grandes rumores acerca de él, y que el inquisidor le había hecho llamar. Mas él no quiso esperar, y se fue al inquisidor, diciéndole que había oído que lo buscaba; que estaba dispuesto a todo lo que quisiese (este inquisidor se llamaba nuestro maestro Ori, fraile de Santo Domingo),pero que le rogaba que lo despachase pronto porque tenía intención de entrar por San Remigio de aquel año en el curso de Artes; que deseaba que esto pasase antes, para poder mejor atender a sus estudios. Pero el inquisidor no le volvió a llamar, sino sólo le dijo que era verdad que le habían hablado de sus cosas, etc.

82. Poco después vino San Remigio, que cae al principio de ocubre, y entró a oír el curso de Artes bajo un Maestro llamado Mro. Juan Pena, y entró con propósito de conservar aquellos que habían propuesto servir al Señor, pero no seguir buscando otros, a fin de poder estudiar más cómodamente. Empezando a oír las lecciones del curso, comenzaron a venirle las mismas tentaciones que le habían venido cuando en Barcelona estudiaba gramática; y cada vez que oía la lección, no podía estar atento, con las muchas cosas espirituales que le ocurrían. Y viendo que de este modo hacía poco provecho en las letras, se fue a su maestro
le prometió que no faltaría nunca de seguir todo el curso, mientras pudiese encontrar pan y agua para poder sustentarse. Y hecha esta promesa, todas aquellas devociones que le venían fuera de tiempo le dejaron, y prosiguió sus estudios tranquilamente. En este tiempo conversaba con Mro. Pedro Fabro con Mro. Francisco Javier, los cuales después ganó para el servicio de Dios por medio de los Ejercicios. En aquel tiempo del curso no le perseguían como antes. Y a este propósito, una vez le dijo el doctor Frago que se maravillaba de que anduviese tan tranquilo, sin que nadie le molestase. Y él le respondió: -La cosa es porque yo no hablo con nadie de las cosas de Dios; pero, terminado el curso, volveremos a lo de
siempre.

83. Y mientras los dos hablaban, se acercó un fraile para pedir al doctor Frago que le buscase una casa, porque en aquella donde él se hospedaba habían muerto muchos, y creía que de peste, porque entonces comenzaba la peste en París. El doctor Frago y el peregrino quisieron ir a ver la casa, y llevaron a una mujer que entendía mucho en esto, la cual, entrando en la casa, afirmó que era peste. El peregrino quiso entrar también, y encontrando un enfermo, lo consoló, tocándole en la mano la llaga; y después de haberle consolado y animado un poco, se fue solo; y la mano le empezó a doler, de modo que le pareció que tenía la peste. Y esta imaginación era tan vehemente, que no la podía vencer, hasta que con gran ímpetu se metió la mano en la boca, dándole muchas vueltas dentro, diciendo: -Si tú tienes la peste en la mano, la tendrás también en la boca. Y habiendo hecho esto, se le quitó la imaginación y el dolor en la mano.

84. Pero, cuando volvió al colegio de Santa Bárbara, donde entonces vivía y seguía el curso, los del colegio, que sabían que había estado en la casa apestada, huían de él, y no quisieron dejarle entrar; y así se vio obligado a vivir fuera algunos días. Es costumbre en París que los que estudian Artes, al tercer año, para hacerse bachilleres, tomen una piedra, como ellos dicen; y como en esto se gasta un escudo, algunos estudiantes muy pobres no lo pueden hacer. El peregrino empezó a dudar si sería bueno que la tomase; y encontrándose muy dudoso y sin resolverse, deliberó poner el asunto en manos de su maestro; y
aconsejándole éste que la tomase, la tomó. A pesar de lo cual no faltaron murmuradores, a lo menos un español, que lo noto. En París se encontraba ya a este tiempo muy mal del estómago, de modo que cada quince días tenía dolor de estómago, que le duraba una hora larga y le hacía venir fiebre. Y una vez le duró el dolor de estómago dieciséis o diecisiete horas. Y habiendo ya en este tiempo pasado el curso de las Artes, y habiendo estudiado algunos años teología y ganando a los compañeros, la enfermedad iba siempre muy adelante, sin poder encontrar ningún remedio, aun cuando se probasen muchos.

85. Los médicos decían que no quedaba otro remedio que el aire natal. Además, los compañeros le aconsejaban lo mismo y le hicieron grandes instancias. Ya por este tiempo habían decidido todos lo que tenían que hacer, esto es: ir a Venecia y a Jerusalén y gastar su vida en provecho de las almas; y si no consiguiesen permiso para quedarse en Jerusalén, volver a Roma y presentarse al Vicario de Cristo, para que los emplease en lo que Juzgase ser de más gloria de Dios y utilidad de las almas. Habían propuesto también esperar un año la embarcación en Venecia y si no hubiese aquel año embarcación para Levante, quedarían libres del voto de Jerusalén y acudirían al Papa, etc. Al fin, el peregrino se dejó persuadir por los compañeros, y también porque los españoles de entre ellos tenían algunos asuntos que él podía despachar. Y lo que se acordó fue que, después que él se encontrase bien, fuese a despachar los asuntos de los compañeros, y después se dirigiese a Venecia y esperase allí a los compañeros.

86. Esto era el año 35, y los compañeros estaban para partir, según el pacto, el año 37, el día de la conversión de San Pablo, aun cuando después, por las guerras que vinieron, partieron el ano 36, en noviembre. Y estando el peregrino para partir, oyó que le habían acusado al inquisidor y que se había hecho proceso contra él. Oyendo esto y viendo que no le llamaban, se fue al inquisidor y le dijo lo que había oído, y que estaba para marcharse a España, y que tenía compañeros que le rogaba que diese sentencia. El inquisidor dijo que era verdad lo de la acusación, pero que no veía que hubiese cosa de importancia. Solamente quería ver sus escritos de los Ejercicios; y habiéndolos visto, los alabó mucho y le pidió al
peregrino que le dejase la copia de ellos; y así lo hizo. Con todo esto, volvió a instar para que quisiese seguir adelante en el proceso hasta dictar la sentencia. Y excusándose el inquisidor, fue él con un notario público y con testigos a su casa y tomó fe de todo ello.

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III


Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

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La oración de los discípulos

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 18 de abril de 2012

Queridos hermanos y hermanas:
Después de las grandes fiestas, volvemos ahora a las catequesis sobre la oración. En la audiencia antes de la Semana Santa reflexionamos sobre la figura de la santísima Virgen María, presente en medio de los Apóstoles en oración mientras esperaban la venida del Espíritu Santo. Un clima de oración acompaña los primeros pasos de la Iglesia. Pentecostés no es un episodio aislado, porque la presencia y la acción del Espíritu Santo guían y animan constantemente el camino de la comunidad cristiana. En los Hechos de los Apóstoles, san Lucas, además de narrar la gran efusión acontecida en el Cenáculo cincuenta días después de la Pascua (cf. Hch 2, 1-13), refiere otras irrupciones extraordinarias del Espíritu Santo, que se repiten en la historia de la Iglesia. Hoy deseo reflexionar sobre lo que se ha definido el «pequeño Pentecostés», que tuvo lugar en el culmen de una fase difícil en la vida de la Iglesia naciente.
Los Hechos de los Apóstoles narran que, después de la curación de un paralítico a las puertas del templo de Jerusalén (cf. Hch 3, 1-10), Pedro y Juan fueron arrestados (cf. Hch 4, 1) porque anunciaban la resurrección de Jesús a todo el pueblo (cf. Hch 3, 11-26). Tras un proceso sumario, fueron puestos en libertad, se reunieron con sus hermanos y les narraron lo que habían tenido que sufrir por haber dado testimonio de Jesús resucitado. En aquel momento, dice san Lucas, «todos invocaron a una a Dios en voz alta» (Hch 4, 24). Aquí san Lucas refiere la oración más amplia de la Iglesia que encontramos en el Nuevo Testamento, al final de la cual, como hemos escuchado, «tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios» (At 4, 31).
Antes de considerar esta hermosa oración, notemos una importante actitud de fondo: frente al peligro, a la dificultad, a la amenaza, la primera comunidad cristiana no trata de hacer un análisis sobre cómo reaccionar, encontrar estrategias, cómo defenderse, qué medidas adoptar, sino que ante la prueba se dedica a orar, se pone en contacto con Dios.
Y ¿qué característica tiene esta oración? Se trata de una oración unánime y concorde de toda la comunidad, que afronta una situación de persecución a causa de Jesús. En el original griego san Lucas usa el vocablo «homothumadon» —«todos juntos», «concordes»— un término que aparece en otras partes de los Hechos de los Apóstoles para subrayar esta oración perseverante y concorde (cf. Hch 1, 14; 2, 46). Esta concordia es el elemento fundamental de la primera comunidad y debería ser siempre fundamental para la Iglesia. Entonces no es sólo la oración de Pedro y de Juan, que se encontraron en peligro, sino de toda la comunidad, porque lo que viven los dos Apóstoles no sólo les atañe a ellos, sino también a toda la Iglesia. Frente a las persecuciones sufridas a causa de Jesús, la comunidad no sólo no se atemoriza y no se divide, sino que se mantiene profundamente unida en la oración, como una sola persona, para invocar al Señor. Este, diría, es el primer prodigio que se realiza cuando los creyentes son puestos a prueba a causa de su fe: la unidad se consolida, en vez de romperse, porque está sostenida por una oración inquebrantable. La Iglesia no debe temer las persecuciones que en su historia se ve obligada a sufrir, sino confiar siempre, como Jesús en Getsemaní, en la presencia, en la ayuda y en la fuerza de Dios, invocado en la oración.
Demos un paso más: ¿qué pide a Dios la comunidad cristiana en este momento de prueba? No pide la incolumidad de la vida frente a la persecución, ni que el Señor castigue a quienes encarcelaron a Pedro y a Juan; pide sólo que se le conceda «predicar con valentía» la Palabra de Dios (cf. Hch 4, 29), es decir, pide no perder la valentía de la fe, la valentía de anunciar la fe. Sin embargo, antes de comprender a fondo lo que ha sucedido, trata de leer los acontecimientos a la luz de la fe y lo hace precisamente a través de la Palabra de Dios, que nos ayuda a descifrar la realidad del mundo.
En la oración que eleva al Señor, la comunidad comienza recordando e invocando la grandeza y la inmensidad de Dios: «Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos» (Hch 4, 24). Es la invocación al Creador: sabemos que todo viene de él, que todo está en sus manos. Esta es la convicción que nos da certeza y valentía: todo viene de él, todo está en sus manos. Luego pasa a reconocer cómo ha actuado Dios en la historia —por tanto, comienza con la creación y sigue con la historia—, cómo ha estado cerca de su pueblo manifestándose como un Dios que se interesa por el hombre, que no se ha retirado, que no abandona al hombre, su criatura; y aquí se cita explícitamente el Salmo 2, a la luz del cual se lee la situación de dificultad que está viviendo en ese momento la Iglesia. El Salmo 2 celebra la entronización del rey de Judá, pero se refiere proféticamente a la venida del Mesías, contra el cual nada podrán hacer la rebelión, la persecución, los abusos de los hombres: «¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías» (Hch 4, 25-26). Esto es lo que ya dice proféticamente el Salmo sobre el Mesías, y en toda la historia es característica esta rebelión de los poderosos contra el poder de Dios. Precisamente leyendo la Sagrada Escritura, que es Palabra de Dios, la comunidad puede decir a Dios en su oración: «En verdad se aliaron en esta ciudad... contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder» (Hch 4, 27-28). Lo sucedido es leído a la luz de Cristo, que es la clave para comprender también la persecución, la cruz, que siempre es la clave para la Resurrección. La oposición hacia Jesús, su Pasión y Muerte, se releen, a través del Salmo 2, como cumplimiento del proyecto de Dios Padre para la salvación del mundo. Y aquí se encuentra también el sentido de la experiencia de persecución que está viviendo la primera comunidad cristiana; esta primera comunidad no es una simple asociación, sino una comunidad que vive en Cristo; por lo tanto, lo que le sucede forma parte del designio de Dios. Como aconteció a Jesús, también los discípulos encuentran oposición, incomprensión, persecución. En la oración, la meditación sobre la Sagrada Escritura a la luz del misterio de Cristo ayuda a leer la realidad presente dentro de la historia de salvación que Dios realiza en el mundo, siempre a su modo.
Precisamente por esto la primera comunidad cristiana de Jerusalén no pide a Dios en la oración que la defienda, que le ahorre la prueba, el sufrimiento, no pide tener éxito, sino solamente poder proclamar con «parresia», es decir, con franqueza, con libertad, con valentía, la Palabra de Dios (cf. Hch 4, 29).
Luego añade la petición de que este anuncio vaya acompañado por la mano de Dios, para que se realicen curaciones, señales, prodigios (cf. Hch 4, 30), es decir, que sea visible la bondad de Dios, como fuerza que transforme la realidad, que cambie el corazón, la mente, la vida de los hombres y lleve la novedad radical del Evangelio.
Al final de la oración —anota san Lucas— «tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la Palabra de Dios» (Hch 4, 31). El lugar tembló, es decir, la fe tiene la fuerza de transformar la tierra y el mundo. El mismo Espíritu que habló por medio del Salmo 2 en la oración de la Iglesia, irrumpe en la casa y llena el corazón de todos los que han invocado al Señor. Este es el fruto de la oración coral que la comunidad cristiana eleva a Dios: la efusión del Espíritu, don del Resucitado que sostiene y guía el anuncio libre y valiente de la Palabra de Dios, que impulsa a los discípulos del Señor a salir sin miedo para llevar la buena nueva hasta los confines del mundo.
También nosotros, queridos hermanos y hermanas, debemos saber llevar los acontecimientos de nuestra vida diaria a nuestra oración, para buscar su significado profundo. Y como la primera comunidad cristiana, también nosotros, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, a través de la meditación de la Sagrada Escritura, podemos aprender a ver que Dios está presente en nuestra vida, presente también y precisamente en los momentos difíciles, y que todo —incluso las cosas incomprensibles— forma parte de un designio superior de amor en el que la victoria final sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte es verdaderamente la del bien, de la gracia, de la vida, de Dios.
Como sucedió a la primera comunidad cristiana, la oración nos ayuda a leer la historia personal y colectiva en la perspectiva más adecuada y fiel, la de Dios. Y también nosotros queremos renovar la petición del don del Espíritu Santo, para que caliente el corazón e ilumine la mente, a fin de reconocer que el Señor realiza nuestras invocaciones según su voluntad de amor y no según nuestras ideas. Guiados por el Espíritu de Jesucristo, seremos capaces de vivir con serenidad, valentía y alegría cualquier situación de la vida y con san Pablo gloriarnos «en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada, esperanza»: la esperanza que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 3-5). Gracias.


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Tomado de:
http://www.vatican.va

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