Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Marzo


APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
MARZO




Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.



Por las Intenciones del Papa

Intención General:

Para que en todo el mundo sea reconocida adecuadamente la contribución de la mujer al desarrollo de la sociedad.






Intención Misional:

Para que el Espíritu Santo conceda perseverancia a cuantos son discriminados, perseguidos y asesinados por el nombre de Cristo, particularmente en Asia.




Por las Intenciones de la Conferencia
Episcopal Peruana

Que la santa misa dominical y de los días de precepto se estime, se frecuente, se reconozca como memorial que hace presente el único sacrificio de Cristo, anticipado en la cena de Jueves Santo y consumado en su muerte y resurrección.



PAPEL DE LA MUJER EN LA PROMOCIÓN HUMANA


“¡Cuánto debe la Iglesia... al paciente testimonio de fe y amor de innumerables madres cristianas, religiosas, maestras, doctoras y enfermeras! ¡Cuánto debe... a todas las mujeres que de diferentes maneras, a veces con valentía, han dedicado su vida a construir la paz y a promover el amor!... La Iglesia y la sociedad entera han caído en la cuenta de la urgencia con la que necesitamos el “carisma profético” de las mujeres como portadoras de amor, maestras de misericordia y constructoras de paz...” (Benedicto XVI. 20.03.2009 Extracto)


DISCRIMINADOS, PERSEGUIDOS Y ASESINADOS POR EL NOMBRE DE CRISTO


“... invito a los católicos a rezar por sus hermanos en la fe, que sufren violencias e intolerancias... Se puede constatar con dolor que en algunas regiones del mundo la profesión y expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida y la libertad personal. En otras regiones se dan formas más silenciosas y sofisticadas de prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos. Los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe... Todo esto constituye una ofensa a Dios y a la dignidad humana; además, es una amenza a la seguridad y la paz, e impide un auténtico desarrollo humano integral...” (Benedicto XVI. XLIV Jornada Mundial de la Paz, 8.12.2010 Extracto).


APARECIDA - MISIÓN CONTINENTAL

Garantiza la efectiva presencia de la mujer en los ministerios que en la Iglesia son confiados a los laicos, así como también en las instancias de planificación y decisión pastorales, valorando su aporte (458 b).


Eucaristía

Misa por los cristianos perseguidos (Misal romano)



Palabra de Dios

Lucas 1,26-38; María en la obra de la salvación.
Juan 8,1-11; Dignidad de la mujer.
Marcos 10,1-11; Prohibición del divorcio, favorece a la mujer.


P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos.
Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.

Para conocer más acerca del Apostolado de la Oración y sus actividades acceda AQUÍ


También visítenos en:

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www.sanpedrodelima.org

¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!
Apostolado de la Oración
Azángaro 451, Lima





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Preparación para la Cuaresma


Retiro Espiritual


Dirige:
P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Organiza:
Apostolado de la Oración

Lugar:
Claustro de la Parroquia San Pedro, Cercado de Lima. Jr. Azángaro Nº451, espalda de la Biblioteca Nacional de la Av. Abancay.

Días:
Sábados 3 y 10 de Marzo, 2012.

Hora:
9:00 AM a 4:00 PM

Traer cuaderno, Biblia y refrigerio.

Costo:
Colaboración voluntaria.





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Las otras cartas de Pablo: Cartas "Pastorales"


P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.



Con este calificativo de “pastorales” son conocidas las dos cartas a Timoteo y la escrita a Tito. Estas son cartas dirigidas a personas, no a “iglesias”. Pero, aun siendo esto verdad, pronto se cayó en la cuenta de que ellas tienen una proyección eclesial manifiesta y no pueden ser consideradas como cartas privadas al estilo de la enviada a Filemón. Estos escritos hacen referencia a la organización de la Iglesia, al comportamiento en el servicio a favor de la comunidad cristiana, a cómo administrarla y a cómo solucionar los conflictos internos, y en definitiva a cómo han de procurar ser sus dirigentes y pastores.

Podemos observar en estas cartas, que las iglesias ya tienen una estructura bastante firme y consolidada. Aparecen en la comunidad figuras como los “ancianos”, los “obispos” (supervisores), los “diáconos” y “presbíteros” dedicados al ministerio de forma exclusiva (a tiempo completo), sin olvidar ni menospreciar a las viudas”. Se suele indicar también, que en estas cartas empieza a destacar el concepto de la “fe” con un significado más institucional como un tesoro. En los escritos más importantes de Pablo, ”la fe” siempre entraña “la confianza en la persona de Jesucristo”. Pero en las cartas pastorales, hay ya claros signos de que la fe se relaciona con la aceptación de la doctrina verdadera. Esto se subraya más en particular con el empleo alegórico de la palabra “depósito”. Así como confiamos un depósito de oro a un banquero para que lo guarde intacto y seguro, algo así también “el tesoro de la fe” ha sido confiado a las iglesias de Jesucristo para ser conservado en toda su pureza e integridad. De esta forma, se acentúa la preocupación de las iglesias locales por la “ortodoxia” de los contenidos, en particular a los que se refieren a la persona misma de Jesucristo.

Este cambio de énfasis desde una actitud del descubrimiento personal de Jesucristo hacia otra más doctrinal tiene sin duda su origen precisamente en las amenazas de una herejía que hacían peligrar la base misma de la fe en la figura de Jesucristo, en su identidad divina y humana. (Véase al tratar la Carta a los Colosenses, sus características más destacadas)

En estas cartas “pastorales” se critican además, y más en particular los siguientes elementos negativos:

  • Inclinación hacia la disputa teológica especulativa (como si se tratara de un mero juego intelectual).
  • La vanidad de pretender que sólo quienes posean un conocimiento teológico adecuado podrán salvarse.
  • La defensa de un legalismo externo en prácticas alimentarias y rituales (al estilo judío), con descuido de los deseos internos, cayendo así en manifiestas inmoralidades.
  • La negación de la resurrección del cuerpo, porque sólo el espíritu es bueno y digno de la inmortalidad para siempre junto a Dios.

Son bastantes quienes defienden que la herejía que subyace en las cartas pastorales es el “gnosticismo”. Y por todo ello, algunos opinan que estas cartas no pudieron haber sido escritas por san Pablo, porque el tal gnosticismo es más tardío (de finales del siglo I). Esta hipótesis se ve fortalecida porque tanto su propio vocabulario como su estilo se diferencias mucho de las otras cartas que han sido verificadas como auténticas de san Pablo. Veamos a continuación este problema con un mayor detalle y precisión.

¿Qué podemos decir de la relación de Pablo con estas cartas? Aunque sea cierto que la sistematización del llamado “gnosticismo” es muy posterior a los tiempos de Pablo, sus ideas sueltas, iniciales y básicas podrían haberse ido poco a poco infiltrándose tanto en el pensamiento judío de la diáspora como en el griego, sobre todo en zonas del Asia Menor, que eran de hecho lugares de encuentro de diversas culturas y religiones orientales mistéricas, bien acogidas por otra parte por los poderes romanos muy tolerantes en este aspecto.

Teniendo todo esto en cuenta, la solución razonable de la incógnita acerca de la relación entre Pablo y estas cartas, podría ser la siguiente: Parece obvio que el apóstol escribió muchas más cartas de las que hoy conocemos como suyas. La mayoría de ellas, particularmente las “privadas” se han perdido. La única que nos queda es la enviada a Filemón. Sin embargo, puede muy bien haber sucedido que bastantes fragmentos de su extensa correspondencia personal hubieran ido a parar a manos de algún “responsable” cristiano (discípulo de Pablo) en la reflexiva comunidad de Efeso. Este tal que percibía las amenazas heréticas que llegaban a afectar incluso a ciertos miembros confusos aunque influyentes de la Iglesia, se sintió como inspirado por los fragmentos que conservaba. Se le ocurrió entonces darles una estructura, y los adoptó teniendo en cuenta los aspectos eclesiales tal como corresponden a una organización de una iglesia posterior a la primitiva que conoció y catequizó el apóstol Pablo.

En consecuencia, los escritos pastorales recogen algunos aspectos e informaciones muy personales de Pablo y también su guía y espíritu acomodado a nuevas circunstancias de la Iglesia, con una forma de expresión que dista bastante de la empleada por el apóstol. Conviene puntualizar aquí, que los libros que componen el Nuevo Testamento responden a situaciones concretas de las comunidades que desarrollaban su vida desde la fe viva, y que sólo desde una interpretación coherente y global de todo el conjunto es posible determinar el valor teológico de cada libro y texto.

Por otra parte, la carencia y falta de certeza histórica sobre el autor de cualquiera de sus libros no mengua su valor, pues la inspiración del Espíritu Santo se desborda en tales escritos. En ellos se nos descubre la revelación y tradición apostólica de la Iglesia. Con un discernimiento espiritual los fieles alcanzan así su adultez en la fe.

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Agradecemos al P. Fernando Martínez S.J. por colaboración.

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Homilía - 1º Domingo de Cuaresma (B)


Conviértanse, que estoy cerca

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Is 43,18-19.21-22.24-25; S 40; 2Cor 1,18-22; Mc 2,1-12




Hemos comenzado el Miércoles de Ceniza este tiempo en que la Iglesia nos convoca a la conversión, la penitencia y la oración. Se trata de prepararnos bien para revivir la gracia de la pascua, para que la muerte y la resurrección del Señor transformen más y más nuestro modo de ser y obrar. Desde el Corazón misericordioso de Cristo en cada cuaresma fluyen gracias abundantes de conversión, de superación de vicios, de mejoras inesperadas de las virtudes, de crecimiento en Cristo en las decisiones de la vida. “Si hoy escucharen mi voz, no endurezcan el corazón” (S 95,7s). Como con Noé, el Señor quiere renovar su pacto de amistad con nosotros, aunque la haya precedido una historia de pecado.
El evangelio de hoy parte del momento en que Jesús acaba de ser bautizado. El cielo se ha abierto, el Espíritu Santo ha descendido sobre él y la voz de Dios Padre le ha proclamado su Hijo amado. Con nuestro bautismo también nosotros fuimos hechos verdaderos hijos de Dios, el cielo se nos ha abierto y el Espíritu Santo se nos ha dado. “Inmediatamente —dice Marcos— el Espíritu llevó a Jesús al desierto”. Este término, “inmediatamente”, no lo recoge el texto litúrgico, pero está en el evangélico. La palabra “llevó” traduce del griego, que es mucho más fuerte; la emplea el evangelio muchas veces para expresar el poder divino de la palabra de Jesús expulsando demonios. Sería mejor tal vez traducirla como “lanzó violentamente”. Con esa fuerza del Espíritu, que le empujaba desde el fondo de su ser, Jesús fue lanzado (“catapultado”, podríamos también traducir) “al desierto”. ¿Por qué? ¿Qué busca? El desierto en la Biblia es el lugar de las grandes experiencias de Dios: Abrahán, Moisés, el pueblo de Israel 40 años, el profeta Elías. Jesús ha sido lleno del Espíritu; tiene por delante la misión que le ha traído a este mundo: “salvar a su pueblo –a todos los hombres– de sus pecados” (v. Mt 1,21). Salvar, librarlos de sus pecados y llevarlos a Dios. Por eso tiene ansia y necesidad de estar largo y a solas con el Padre. El que tiene el Espíritu de Cristo tiene necesidad de Dios. El que ama a sus hermanos, el que quiere su salvación del pecado, tiene necesidad de Dios. Este es el primer objetivo de la Cuaresma: el encuentro con Dios, que me salva y me capacita para salvar. Es absurdo pretender una vida cristiana sin la presencia de la oración. La Iglesia es ante todo una comunidad orante. La gracia nos hace lo primero hijos verdaderos de Dios. La oración activa esas nuestras energías sobrenaturales, que Dios nos ha dado: la fe, pues nace y se alimenta de ella; la esperanza, que es la aspiración y tensión para alcanzar a Dios; la caridad, que es el encuentro ardiente y creador con el Amor siempre más grande. Un esfuerzo por mejorar la calidad de sus momentos normales de oración, comenzando por la eucaristía dominical, por aumentar el tiempo dedicado a la escucha orante de la palabra, será ampliamente respondido por Dios. Una petición del discípulo al Señor: enséñanos, enséñame a orar (Lc 11,1), no dejará de ser escuchada. Busquen, hermanos, que en esta cuaresma Dios les abra (y ustedes entren) la puerta de su intimidad: “Estoy a tu puerta y llamo” (Ap 3,20). Ojalá que la llama de la zarza, que no se extinguía y sorprendió a Moisés en el desierto, arda estos días en sus corazones y mejore su brillo en un salto de calidad.
El desierto es sin embargo también la tierra árida, dura, lugar de la prueba y lucha con Satán, el príncipe del mal, el que quiere siempre vencer a Dios haciendo pecar al hombre, el Anticristo. “Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre las fieras salvajes, y los ángeles le servían”. Es todo lo que dice Marcos de aquellos 40 días. Probablemente no conoce al detalle la historia de las tentaciones, que han narrado Mateo y Lucas. De todas formas estas dos líneas están unidas a la narración del bautismo y responden al fin catequético de este evangelio. Las bestias salvajes simbolizan en el A.T. los poderes malignos (S 22,11-21; Ez 34,5.8.25). Someterlas y pacificarlas será propio del Mesías y triunfo de la justicia (Is 11,6-9). El salmo 91 (11-13) habla del dominio sobre las bestias con una promesa de ayuda de ángeles. No nos hagamos ilusiones, que no son cristianas. El bautismo no garantiza una vida sin problemas. La búsqueda de Dios exige renuncia y sacrificio; ningún premio se gana sin esfuerzo. El Espíritu, que va a empujar el accionar de Cristo hasta que lo entregue en la cruz (Mt 27,50), estará en guerra con Satán hasta el final. Así se verá a Jesús muy pronto expulsando a los demonios, porque es más fuerte que ellos. De donde primero hay que expulsarlo, es de nosotros mismos.
Los cuarenta días son un término clásico en la Biblia. No se trata de acciones breves y superficiales. Jesús es “el camino, verdad y la vida” (Jn 14,6). Por eso nuestro camino, aun habiendo recibido el Espíritu de Jesús (y precisamente por ello) es el de la cruz, el mismo de Jesús. “Se ha cumplido el plazo”; ha llegado el tiempo. Esa exigencia perentoria de pureza y de Dios, que tal vez sientes en tu corazón, es signo de la promesa de gracia que el Señor quiere darte ya para tu conversión: “Está cerca, ante tus ojos, el Reino de Dios. Conviértete y cree en el Evangelio”.
Para el que crea y acepte este Evangelio como tal, es decir como “buena noticia”, todo cambiará a mejor porque él mismo ha cambiado. Porque reconoce y vive el hecho de que Dios le ha perdonado y no le apisonan la conciencia unos pecados que han sido arrojados a lo profundo del mar (Mi 7,19); porque su espíritu va adquiriendo fuerzas y no está zarandeado por las fuerzas disgregadoras del egoísmo, la soberbia o la venganza.
El Papa Benedicto XVI nos ha dado unas hermosas sugerencias para nuestro esfuerzo cuaresmal. Se inspira en la frase de Hb 10,24: “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y buenas obras”. Considera como cristianamente desacertada la indiferencia y desinterés, hoy frecuentes, respecto del bien espiritual y moral del otro, que se encubre bajo apariencia de respeto a su privacidad. El Papa recuerda las verdades de nuestra comunión en la misma naturaleza humana y, desde la fe, de nuestro común destino sobrenatural y, en el caso de los bautizados, de nuestra unidad en Cristo. El “otro”, pues, es en cierto sentido verdadero, aunque con matiz diferente, parte de mi propio YO; como se suele decir en lenguaje más filosófico, es un “alter ego”, expresión latina que significa: mi “otro yo”. Por eso la sordera ante el “otro” es en realidad un mal moral. La Biblia nos pone en guardia. Las parábolas del Epulón y del buen samaritano condenan la falta de compasión ante el mal del prójimo.
Pero la caridad con el prójimo avanza más. Nuestra sociedad es sorda y ciega ante las necesidades espirituales y morales de la vida. La cultura moderna, cultivando de modo exagerado la libertad individual y sus derechos, deja a muchos aislados, sin fuerzas espirituales para el verdadero bien sobrenatural y moral, e incluso sin capacidad para conocerlo. La Iglesia y el cristiano sienten en su corazón el pecado del “otro”, oran por él, se alegran de su regreso a la casa del Padre y nuestra, no dejan de aprovechar los momentos propicios para recordarle con cariño que le esperamos. Este es el sentido profundo de la corrección fraterna.
Por fin estando todos llamados a la santidad, el Papa nos exhorta a caminar juntos, a animarnos recíprocamente a ella. La Iglesia misma crece y se desarrolla así en la plenitud de Cristo. No cedamos ante la tentación de la tibieza. Recordemos que en la vida de fe el que no avanza, retrocede. Pidamos al Señor y a María ayuda para aplicar todo esto en la vida personal, la familia, los amigos, el trabajo, los grupos de Iglesia.


26 de Febrero del 2012
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Camino de Cuaresma


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 22 de febrero de 2012

[Vídeo]

Miércoles de Ceniza

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis quiero hablar brevemente del tiempo de Cuaresma, que comienza hoy con la liturgia del Miércoles de Ceniza. Se trata de un itinerario de cuarenta días que nos conducirá al Triduo pascual, memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, el corazón del misterio de nuestra salvación. En los primeros siglos de vida de la Iglesia este era el tiempo en que los que habían oído y acogido el anuncio de Cristo iniciaban, paso a paso, su camino de fe y de conversión para llegar a recibir el sacramento del Bautismo. Se trataba de un acercamiento al Dios vivo y de una iniciación en la fe que debía realizarse gradualmente, mediante un cambio interior por parte de los catecúmenos, es decir, de quienes deseaban hacerse cristianos, incorporándose así a Cristo y a la Iglesia.

Sucesivamente, también a los penitentes y luego a todos los fieles se les invitaba a vivir este itinerario de renovación espiritual, para conformar cada vez más su existencia a la de Cristo. La participación de toda la comunidad en los diversos pasos del itinerario cuaresmal subraya una dimensión importante de la espiritualidad cristiana: la redención, no de algunos, sino de todos, está disponible gracias a la muerte y resurrección de Cristo. Por tanto, sea los que recorrían un camino de fe como catecúmenos para recibir el Bautismo, sea quienes se habían alejado de Dios y de la comunidad de la fe y buscaban la reconciliación, sea quienes vivían la fe en plena comunión con la Iglesia, todos sabían que el tiempo que precede a la Pascua es un tiempo de metánoia, es decir, de cambio interior, de arrepentimiento; el tiempo que identifica nuestra vida humana y toda nuestra historia como un proceso de conversión que se pone en movimiento ahora para encontrar al Señor al final de los tiempos.

Con una expresión que se ha hecho típica en la liturgia, la Iglesia denomina el período en el que hemos entrado hoy «Quadragesima», es decir, tiempo de cuarenta días y, con una clara referencia a la Sagrada Escritura, nos introduce así en un contexto espiritual preciso. De hecho, cuarenta es el número simbólico con el que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento representan los momentos más destacados de la experiencia de la fe del pueblo de Dios. Es una cifra que expresa el tiempo de la espera, de la purificación, de la vuelta al Señor, de la consciencia de que Dios es fiel a sus promesas. Este número no constituye un tiempo cronológico exacto, resultado de la suma de los días. Indica más bien una paciente perseverancia, una larga prueba, un período suficiente para ver las obras de Dios, un tiempo dentro del cual es preciso decidirse y asumir las propias responsabilidades sin más dilaciones. Es el tiempo de las decisiones maduras.

El número cuarenta aparece ante todo en la historia de Noé. Este hombre justo, a causa del diluvio, pasa cuarenta días y cuarenta noches en el arca, junto a su familia y a los animales que Dios le había dicho que llevara consigo. Y espera otros cuarenta días, después del diluvio, antes de tocar la tierra firme, salvada de la destrucción (cf. Gn 7, 4.12; 8, 6). Luego, la próxima etapa: Moisés permanece en el monte Sinaí, en presencia del Señor, cuarenta días y cuarenta noches, para recibir la Ley. En todo este tiempo ayuna (cf. Ex 24, 18). Cuarenta son los años de viaje del pueblo judío desde Egipto hasta la Tierra prometida, tiempo apto para experimentar la fidelidad de Dios: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años... Tus vestidos no se han gastado ni se te han hinchado los pies durante estos cuarenta años», dice Moisés en el Deuteronomio al final de estos cuarenta años de emigración (Dt 8, 2.4). Los años de paz de los que goza Israel bajo los Jueces son cuarenta (cf. Jc 3, 11.30), pero, transcurrido este tiempo, comienza el olvido de los dones de Dios y la vuelta al pecado. El profeta Elías emplea cuarenta días para llegar al Horeb, el monte donde se encuentra con Dios (cf. 1 R 19, 8). Cuarenta son los días durante los cuales los ciudadanos de Nínive hacen penitencia para obtener el perdón de Dios (cf. Gn 3, 4). Cuarenta son también los años de los reinos de Saúl (cf. Hch 13, 21), de David (cf. 2 Sm 5, 4-5) y de Salomón (1 R 11, 41), los tres primeros reyes de Israel. También los Salmos reflexionan sobre el significado bíblico de los cuarenta años, como por ejemplo el Salmo 95, del que hemos escuchado un pasaje: «Ojalá escuchéis hoy su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”. Durante cuarenta años aquella generación me asqueó, y dije: “Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino”» (vv. 7c-10).

En el Nuevo Testamento Jesús, antes de iniciar su vida pública, se retira al desierto durante cuarenta días, sin comer ni beber (cf. Mt 4, 2): se alimenta de la Palabra de Dios, que usa como arma para vencer al diablo. Las tentaciones de Jesús evocan las que el pueblo judío afrontó en el desierto, pero que no supo vencer. Cuarenta son los días durante los cuales Jesús resucitado instruye a los suyos, antes de ascender al cielo y enviar el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 3).

Con este número recurrente —cuarenta— se describe un contexto espiritual que sigue siendo actual y válido, y la Iglesia, precisamente mediante los días del período cuaresmal, quiere mantener su valor perenne y hacernos presente su eficacia. La liturgia cristiana de la Cuaresma tiene como finalidad favorecer un camino de renovación espiritual, a la luz de esta larga experiencia bíblica y sobre todo aprender a imitar a Jesús, que en los cuarenta días pasados en el desierto enseñó a vencer la tentación con la Palabra de Dios. Los cuarenta años de la peregrinación de Israel en el desierto presentan actitudes y situaciones ambivalentes. Por una parte, son el tiempo del primer amor con Dios y entre Dios y su pueblo, cuando él hablaba a su corazón, indicándole continuamente el camino por recorrer. Dios, por decirlo así, había puesto su morada en medio de Israel, lo precedía dentro de una nube o de una columna de fuego, proveía cada día a su sustento haciendo que bajara el maná y que brotara agua de la roca. Por tanto, los años pasados por Israel en el desierto se pueden ver como el tiempo de la elección especial de Dios y de la adhesión a él por parte del pueblo: tiempo del primer amor. Por otro lado, la Biblia muestra asimismo otra imagen de la peregrinación de Israel en el desierto: también es el tiempo de las tentaciones y de los peligros más grandes, cuando Israel murmura contra su Dios y quisiera volver al paganismo y se construye sus propios ídolos, pues siente la exigencia de venerar a un Dios más cercano y tangible. También es el tiempo de la rebelión contra el Dios grande e invisible.

Esta ambivalencia, tiempo de la cercanía especial de Dios —tiempo del primer amor—, y tiempo de tentación —tentación de volver al paganismo—, la volvemos a encontrar, de modo sorprendente, en el camino terreno de Jesús, naturalmente sin ningún compromiso con el pecado. Después del bautismo de penitencia en el Jordán, en el que asume sobre sí el destino del Siervo de Dios que renuncia a sí mismo y vive para los demás y se mete entre los pecadores para cargar sobre sí el pecado del mundo, Jesús se dirige al desierto para estar cuarenta días en profunda unión con el Padre, repitiendo así la historia de Israel, todos los períodos de cuarenta días o años a los que he aludido. Esta dinámica es una constante en la vida terrena de Jesús, que busca siempre momentos de soledad para orar a su Padre y permanecer en íntima comunión, en íntima soledad con él, en exclusiva comunión con él, y luego volver en medio de la gente. Pero en este tiempo de «desierto» y de encuentro especial con el Padre, Jesús se encuentra expuesto al peligro y es asaltado por la tentación y la seducción del Maligno, el cual le propone un camino mesiánico diferente, alejado del proyecto de Dios, porque pasa por el poder, el éxito, el dominio, y no por el don total en la cruz. Esta es la alternativa: un mesianismo de poder, de éxito, o un mesianismo de amor, de entrega de sí mismo.

Esta situación de ambivalencia describe también la condición de la Iglesia en camino por el «desierto» del mundo y de la historia. En este «desierto» los creyentes, ciertamente, tenemos la oportunidad de hacer una profunda experiencia de Dios que fortalece el espíritu, confirma la fe, alimenta la esperanza y anima la caridad; una experiencia que nos hace partícipes de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte mediante el sacrificio de amor en la cruz. Pero el «desierto» también es el aspecto negativo de la realidad que nos rodea: la aridez, la pobreza de palabras de vida y de valores, el laicismo y la cultura materialista, que encierran a la persona en el horizonte mundano de la existencia sustrayéndolo a toda referencia a la trascendencia. Este es también el ambiente en el que el cielo que está sobre nosotros se oscurece, porque lo cubren las nubes del egoísmo, de la incomprensión y del engaño. A pesar de esto, también para la Iglesia de hoy el tiempo del desierto puede transformarse en tiempo de gracia, pues tenemos la certeza de que incluso de la roca más dura Dios puede hacer que brote el agua viva que quita la sed y restaura.

Queridos hermanos y hermanas, en estos cuarenta días que nos conducirán a la Pascua de Resurrección podemos encontrar nuevo valor para aceptar con paciencia y con fe todas las situaciones de dificultad, de aflicción y de prueba, conscientes de que el Señor hará surgir de las tinieblas el nuevo día. Y si permanecemos fieles a Jesús, siguiéndolo por el camino de la cruz, se nos dará de nuevo el claro mundo de Dios, el mundo de la luz, de la verdad y de la alegría: será el alba nueva creada por Dios mismo. ¡Feliz camino de Cuaresma a todos vosotros!


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Tomado de:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120222_sp.html

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Mensaje del Papa para la Cuaresma 2012


MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 201
2

«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras»
(Hb 10, 24)

Queridos hermanos y hermanas

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011

BENEDICTUS PP. XVI

© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana



Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20111103_lent-2012_sp.html


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Cuaresma: Camino hacia la Pasión y Resurrección de Cristo


P. Adolfo Franco, S.J.

1º Domingo de Cuaresma
Mc. 1, 12-15

La Cuaresma es un tiempo propicio para
hacerse un plan de vida, de renovación.
No dejar que las cosas pasen y sucedan, sino proponerse una meta y una
dirección, con la ayuda de Dios.



Para empezar la reflexión espiritual sobre la Cuaresma, la liturgia de este primer domingo, nos trae a consideración estos versículos del Evangelio de San Marcos en que hablan de la estancia de Jesús en el desierto, de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo de la predicación de Juan Bautista y su exhortación a la conversión.

Los tres temas van estrechamente unidos, y nos animan a iniciar la cuaresma con una decisión de aprovecharla para avanzar decididamente en nuestra vida cristiana. La Cuaresma es momento litúrgico de especial significado, porque nos invita a unirnos más al misterio de Cristo, a compartir con El su camino y especialmente el camino que lo llevó a la Cruz y a la Resurrección. Así la Cuaresma es camino con Cristo hacia la Pasión y la Resurrección.

Jesús nos enseña a vencer la tentación, nos indica el camino del desierto, y Juan nos anima a este esfuerzo continuo por la conversión o sea para la transformación de nuestros criterios y decisiones, en criterios y decisiones evangélicas.

La tentación de Cristo al comienzo de su vida pública es un hecho señalado claramente en los Evangelios; y la tentación ocurrirá después en varios momentos de su vida. Pero cuando consideramos a Jesús, como Dios-Hombre, nos es difícil imaginar que pudiera tener tentaciones. Pero el hecho lo afirman las Sagradas Escrituras. Cualquier explicación que queramos buscar para esto que nos parece imposible, se dé a estas tentaciones será una explicación teórica, pero el hecho mismo de la tentación es un dato revelado, no es una teoría. Claro no podemos imaginar a Jesús, como nosotros cuando somos tentados, pensando en su interior durante un rato, como nos pasa a veces a nosotros cuando algo prohibido nos atrae, si hago esto, o lo de más allá; nosotros nos mantenemos a veces en la duda de si aceptar o no la tentación; y en Jesús eso no es pensable. El contenido de sus tentaciones lo conocemos por los Evangelios; sus tentaciones se refirieron a su obediencia a los planes de Dios, su aceptación de nuestra Salvación por medio de la cruz y de la muerte. Y El padeció esa tentación, una tentación que atacaba la esencia misma de su ser y la padeció para darnos ejemplo a nosotros de cómo enfrentarnos al tentador.

Nosotros continuamente somos tentados, y la tentación en nosotros tiene fuerza, mucha fuerza, porque en nuestro propio interior el mal cuenta con un aliado que es el desorden de nuestras operaciones, la atracción que el mal nos produce, el desorden de los instintos, la distorsión en nuestra escala de valores. Es importante tomar nota de esto, que es tan evidente, y que olvidamos con facilidad. La tentación es algo que nos ronda con frecuencia, es algo que nunca dejaremos atrás mientras vivamos en este mundo. Y añadamos que al considerar la tentación es también importante constatar dos cosas: el mal resulta fácil, el bien requiere esfuerzo. Ya el Señor nos lo advierte al decirnos que el camino ancho lleva a la perdición y el estrecho conduce a la vida.

Para estar alerta ante la tentación, nos ayuda “el desierto”. Jesús estuvo físicamente en el desierto durante cuarenta días. El sacrificio de esa vida austera y la oración que allí practicó le fueron una preparación (si se puede hablar así, hablando de Jesús) para vencer la tentación. Y para nosotros está claro que una vida austera y una vida de oración nos ayuda para vencer la tentación. Por supuesto que vencer la tentación es una gracia de Dios, y es Su Fuerza y no la nuestra la que vence en la lucha contra el mal. Pero Dios no sustituye nuestro necesario esfuerzo, y nuestro esfuerzo consiste en orar para no caer en la tentación. Sacrificio y oración: dos consignas para la Cuaresma.

La Cuaresma es un tiempo en que se nos inculca de manera especial el sacrificio. No se trata de buscar tormentos, porque eso no es humano y no es cristiano. El sacrificio, que es privación voluntaria a veces de caprichos, a veces de vicios, a veces es resistencia a inclinaciones torcidas (ira, orgullo, sensualidad, pereza, murmuración, etc.) El sacrificio entendido así es lo más humano, y lo más cristiano. Es humano, porque evidentemente mejora la calidad de nuestra vida, y nos da una voluntad más enérgica. Y es cristiano, porque nos hace vivir más de acuerdo con el Evangelio.

Y aquí viene el tercer punto de que se nos habla en este Evangelio: la conversión. Y en esto consiste precisamente la conversión: en transformar nuestro corazón, de modo que no caigamos en el mal. La conversión debería ser la gran tarea de nuestra vida; podemos ser constructores de nuestro propio ser (siempre con la gracia del Espíritu Santo). Irnos transformando paulatinamente hasta ser de verdad imágenes de Dios, como Dios nos hizo en el principio. Eso es la conversión: ser totalmente Hijos de Dios. A eso nos invita hoy la Iglesia al comenzar la Cuaresma. Y el mejor medio para esta conversión es precisamente la oración y el ayuno.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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La oración de Jesús en la cruz


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 15 de febrero de 2012

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

En nuestra escuela de oración, el miércoles pasado hablé sobre la oración de Jesús en la cruz tomada del Salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Ahora quiero continuar con la meditación sobre la oración de Jesús en la cruz, en la inminencia de la muerte. Quiero detenerme hoy en la narración que encontramos en el Evangelio de san Lucas. El evangelista nos ha transmitido tres palabras de Jesús en la cruz, dos de las cuales —la primera y la tercera— son oraciones dirigidas explícitamente al Padre. La segunda, en cambio, está constituida por la promesa hecha al así llamado buen ladrón, crucificado con él. En efecto, respondiendo a la oración del ladrón, Jesús lo tranquiliza: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). En el relato de san Lucas se entrecruzan muy sugestivamente las dos oraciones que Jesús moribundo dirige al Padre y la acogida de la petición que le dirige a él el pecador arrepentido. Jesús invoca al Padre y al mismo tiempo escucha la oración de este hombre al que a menudo se llama latro poenitens, «el ladrón arrepentido».

Detengámonos en estas tres palabras de Jesús. La primera la pronuncia inmediatamente después de haber sido clavado en la cruz, mientras los soldados se dividen sus vestiduras como triste recompensa de su servicio. En cierto sentido, con este gesto se cierra el proceso de la crucifixión. Escribe san Lucas: «Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte» (23, 33-34). La primera oración que Jesús dirige al Padre es de intercesión: pide el perdón para sus propios verdugos. Así Jesús realiza en primera persona lo que había enseñado en el sermón de la montaña cuando dijo: «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian» (Lc 6, 27), y también había prometido a quienes saben perdonar: «será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo» (v. 35). Ahora, desde la cruz, él no sólo perdona a sus verdugos, sino que se dirige directamente al Padre intercediendo a su favor.

Esta actitud de Jesús encuentra una «imitación» conmovedora en el relato de la lapidación de san Esteban, primer mártir. Esteban, en efecto, ya próximo a su fin, «cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y, con estas palabras, murió» (Hch 7, 60): estas fueron sus últimas palabras. La comparación entre la oración de perdón de Jesús y la oración del protomártir es significativa. San Esteban se dirige al Señor resucitado y pide que su muerte —un gesto definido claramente con la expresión «este pecado»— no se impute a los que lo lapidaban. Jesús en la cruz se dirige al Padre y no sólo pide el perdón para los que lo crucifican, sino que ofrece también una lectura de lo que está sucediendo. Según sus palabras, en efecto, los hombres que lo crucifican «no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Es decir, él pone la ignorancia, el «no saber», como motivo de la petición de perdón al Padre, porque esta ignorancia deja abierto el camino hacia la conversión, como sucede por lo demás en las palabras que pronunciará el centurión en el momento de la muerte de Jesús: «Realmente, este hombre era justo» (v. 47), era el Hijo de Dios. «Por eso es más consolador aún para todos los hombres y en todos los tiempos que el Señor, tanto respecto a los que verdaderamente no sabían —los verdugos— como a los que sabían y lo condenaron, haya puesto la ignorancia como motivo para pedir que se les perdone: la ve como una puerta que puede llevarnos a la conversión» (Jesús de Nazaret, II, 243-244).

La segunda palabra de Jesús en la cruz transmitida por san Lucas es una palabra de esperanza, es la respuesta a la oración de uno de los dos hombres crucificados con él. El buen ladrón, ante Jesús, entra en sí mismo y se arrepiente, se da cuenta de que se encuentra ante el Hijo de Dios, que hace visible el Rostro mismo de Dios, y le suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). La respuesta del Señor a esta oración va mucho más allá de la petición; en efecto dice: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Jesús es consciente de que entra directamente en la comunión con el Padre y de que abre nuevamente al hombre el camino hacia el paraíso de Dios. Así, a través de esta respuesta da la firme esperanza de que la bondad de Dios puede tocarnos incluso en el último instante de la vida, y la oración sincera, incluso después de una vida equivocada, encuentra los brazos abiertos del Padre bueno que espera el regreso del hijo.

Pero detengámonos en las últimas palabras de Jesús moribundo. El evangelista relata: «Era ya casi mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta las tres de la tarde, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y, dicho esto, expiró» (vv. 44-46). Algunos aspectos de esta narración son diversos con respecto al cuadro que ofrecen san Marcos y san Mateo. Las tres horas de oscuridad no están descritas en san Marcos, mientras que en san Mateo están vinculadas con una serie de acontecimientos apocalípticos diversos, como el terremoto, la apertura de los sepulcros y los muertos que resucitan (cf. Mt 27, 51-53). En san Lucas las horas de oscuridad tienen su causa en el eclipse del sol, pero en aquel momento se produce también el rasgarse del velo del templo. De este modo el relato de san Lucas presenta dos signos, en cierto modo paralelos, en el cielo y en el templo. El cielo pierde su luz, la tierra se hunde, mientras en el templo, lugar de la presencia de Dios, se rasga el velo que protege el santuario. La muerte de Jesús se caracteriza explícitamente como acontecimiento cósmico y litúrgico; en particular, marca el comienzo de un nuevo culto, en un templo no construido por hombres, porque es el Cuerpo mismo de Jesús muerto y resucitado, que reúne a los pueblos y los une en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

La oración de Jesús, en este momento de sufrimiento —«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu»— es un fuerte grito de confianza extrema y total en Dios. Esta oración expresa la plena consciencia de no haber sido abandonado. La invocación inicial —«Padre»— hace referencia a su primera declaración cuando era un adolescente de doce años. Entonces permaneció durante tres días en el templo de Jerusalén, cuyo velo ahora se ha rasgado. Y cuando sus padres le manifestaron su preocupación, respondió: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). Desde el comienzo hasta el final, lo que determina completamente el sentir de Jesús, su palabra, su acción, es la relación única con el Padre. En la cruz él vive plenamente, en el amor, su relación filial con Dios, que anima su oración.

Las palabras pronunciadas por Jesús después de la invocación «Padre» retoman una expresión del Salmo 31: «A tus manos encomiendo mi espíritu» (Sal 31, 6). Estas palabras, sin embargo, no son una simple cita, sino que más bien manifiestan una decisión firme: Jesús se «entrega» al Padre en un acto de total abandono. Estas palabras son una oración de «abandono», llena de confianza en el amor de Dios. La oración de Jesús ante la muerte es dramática como lo es para todo hombre, pero, al mismo tiempo, está impregnada de esa calma profunda que nace de la confianza en el Padre y de la voluntad de entregarse totalmente a él. En Getsemaní, cuando había entrado en el combate final y en la oración más intensa y estaba a punto de ser «entregado en manos de los hombres» (Lc 9, 44), «le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre» (Lc 22, 44). Pero su corazón era plenamente obediente a la voluntad del Padre, y por ello «un ángel del cielo» vino a confortarlo (cf. Lc 22, 42-43). Ahora, en los últimos momentos, Jesús se dirige al Padre diciendo cuáles son realmente las manos a las que él entrega toda su existencia. Antes de partir en viaje hacia Jerusalén, Jesús había insistido con sus discípulos: «Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres» (Lc 9, 44). Ahora que su muerte es inminente, él sella en la oración su última decisión: Jesús se dejó entregar «en manos de los hombres», pero su espíritu lo pone en las manos del Padre; así —como afirma el evangelista san Juan— todo se cumplió, el supremo acto de amor se cumplió hasta el final, al límite y más allá del límite.

Queridos hermanos y hermanas, las palabras de Jesús en la cruz en los últimos instantes de su vida terrena ofrecen indicaciones comprometedoras a nuestra oración, pero la abren también a una serena confianza y a una firme esperanza. Jesús, que pide al Padre que perdone a los que lo están crucificando, nos invita al difícil gesto de rezar incluso por aquellos que nos han hecho mal, nos han perjudicado, sabiendo perdonar siempre, a fin de que la luz de Dios ilumine su corazón; y nos invita a vivir, en nuestra oración, la misma actitud de misericordia y de amor que Dios tiene para con nosotros: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», decimos cada día en el «Padrenuestro». Al mismo tiempo, Jesús, que en el momento extremo de la muerte se abandona totalmente en las manos de Dios Padre, nos comunica la certeza de que, por más duras que sean las pruebas, difíciles los problemas y pesado el sufrimiento, nunca caeremos fuera de las manos de Dios, esas manos que nos han creado, nos sostienen y nos acompañan en el camino de la vida, porque las guía un amor infinito y fiel. Gracias.



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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120215_sp.html


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