PROGRAMA 2012 - Centro de Espiritualidad Ignaciana



Sede Breña
Fulgencio Valdez 780 — Breña
Inscripciones e informes:
T: 433-7337
Horario: 4:00PM - 8:00PM


Sede Fátima
Av. Armendáriz 350 — Miraflores
Inscripciones e informes:
T: 433-7337
Horario: 4:00PM - 8:00PM


Informaciones a partir del 1 de marzo

Correo: CEI@jesuitas.pe
Web (desde marzo): www.espiritualidadignaciana.pe



Ejercicios Espirituales

EE DE 30 DÍAS

Director: Javier Uriarte, sj y equipo
Lugar: Casa Laura Vicuña - Chaclacayo
Fechas: Del 15 de julio al 14 de agosto


EE DE PRIMERA SEMANA (6 DÍAS)

Director: Gerardo Aste, sj
Lugar: Casa de Retiro Tabor - Chosica
Fechas: En Semana Santa
Del 2 al 8 de abril


EE DE SEGUNDA SEMANA (8 DÍAS)

Director: Alberto Simons, sj
Lugar: Casa de Retiro Tabor - Chosica
Fechas: Del 1 al 9 de agosto
REQUISITO:
Haber hecho la Primera Semana


EE DE FIN DE SEMANA (3 DÍAS)

Para ejecutivos y profesionales
Director: Gerardo Aste, sj
Lugar: Colegio de Jesús - Lima
Fechas:
1er Semestre:
Mayo: del 17 al 20
2do Semestre:
Noviembre: del 8 al 11
Inician los jueves a las 6:00PM y terminan
los domingos a las 2:·30PM


EE EN LA VIDA CORRIENTE

Personalizados
Sedes BREÑA y FÁTIMA
Directores:
Luisa Broggi (BREÑA)
Gerardo Aste, sj (FÁTIMA)
Alfredo Vizcarra, sj (FÁTIMA)
Fechas: de abril a noviembre
Jornada de inicio: 14 de abril
7:30PM a 9:00PM
Vacantes limitadas / entrevista previa


EE PARA CONGREGACIONES RELIGIOSAS

Se privilegian los meses de Enero a Marzo
Se pueden ofrecer en otra época del año
Se ruega solicitarlos con
más de un año de anticipación


Talleres

TALLER BÍBLICO-TEOLÓGICO

Responsable: Gerardo Aste, sj
Sede FÁTIMA
De 7:30PM a 9:00PM
1er Sem: “Jesús y las esperanzas
judías acerca del Mesías”
Los miércoles de abr, may, jun
(se aconseja haber seguido el curso
del 2º semestre)
2do Sem: “La fe judía y los inicios del
cristianismo”
Los miércoles de sep, oct, nov


TALLERES DE ORACIÓN

Responsables:
Pedro Velazco, sj
Y equipo sj
Sede BREÑA
Marzo: sábado 24 y domingo 25
Noviembre: sábado 10 y domingo 11
Sábados: de 9:00AM a 5:00PM
(traer refrigerio)
Domingos: de 9:00AM a 12:00M


TALLER DE ESPIRITUALIDAD IGNACIANA

Responsable: Gerardo Aste, sj
Sede FÁTIMA
Fecha:
Del 26 al 29 de marzo
De 7:30PM a 9:00PM


TALLER DE ESTUDIOS DE CASOS
DIPLOMADO DE ACOMPAÑAMIENTO

Para graduados del Diplomado
1er Semestre, con Javier Uriarte, sj
Los primeros 4 jueves de mayo
Sede BREÑA
2do Semestre, con Luisa Broggi
Los últimos 4 jueves de noviembre
Sede FÁTIMA
De 7:30PM a 9:00PM


Cursos

Escuelas de Perdón Reconciliación
Espere
Responsable: Luisa Broggi
Sede BREÑA
Los jueves de abril a junio
De 7:30PM a 9:00PM

Personalidad y Relaciones Humanas
¿Quién soy yo?
Responsable: Luisa Broggi
Sede FÁTIMA
Octubre:
Sábado 6 y domingo 7
Sábado 13 y domingo 14
De 9:00AM a 5:00PM

Sexualidad y Espiritualidad
Un camino de comunión
Responsable: Belén Romá y Javier Uriarte, sj
Sede BREÑA
Los 4 jueves de septiembre y el 4 de octubre
De 7:30PM a 9:00PM

Música y Espiritualidad
Responsable: Javier Uriarte, sj
Lugar:
Universidad Antonio Ruiz de Montoya
Av. Paso de los Andes 970, P. Libre
Sala de música
Los 4 jueves de junio
De 7:30PM a 9:00PM




Programas de 2 años

DIPLOMADO DE
ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL

Responsables:
Luisa Broggi
Javier Uriarte, sj
Sede BREÑA
De abril a junio
Y de septiembre a noviembre
Primer año:
“Acompañamiento en general”
Los lunes, de 07:30PM a 09:00PM
Inicio: Lunes 9 de abril
Segundo año:
“Acompañamiento en Ejercicios”
Los martes, de 07:30PM a 09:00PM
Inicio: Martes 10 de abril


FORMACIÓN TEOLÓGICA PARA
LAICOS - PROGRAMA MAGIS

Sede BREÑA
1er Semestre - abr, may, jun:
“Ética y Espiritualidad Laical”
Profesor: Juan Carlos Díaz
Miércoles de 7:30PM a 9:00PM
2do Semestre - sep, oct, nov:
“Aproximación bíblica
al modo laical”
Profesor: Bruno Príncipe
Miércoles de 7:30PM a 9:00PM






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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Febrero


APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
FEBRERO




Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.



Por las Intenciones del Papa

Intención General:

Para que los pueblos tengan acceso al agua y a los recursos necesarios para su sustento cotidiano.









Intención Misional:

Para que el Señor sostenga el esfuerzo de los trabajadores de la salud en su servicio a los enfermos y ancianos de las regiones más pobres.







Por las Intenciones de la Conferencia
Episcopal Peruana

Para que la verdad que es Cristo, sea la respuesta plena y auténtica al deseo humano de relación, de comunión y de sentido de una vida auténtica
en las redes sociales.








AGUA SEGURA Y LIMPIA: UNA NECESIDAD Y UN DERECHO HUMANO

“El derecho al agua está fundado en la dignidad de la persona humana. El agua no es sólo una mercancía. Su uso debe ser racional con la colaboración del sector público y privado” (Benedicto XVI. Exposición Mundial. Zaragoza, España 2008. Extracto)


SERVICIO A LOS ANCIANOS Y ENFERMOS

En muchas ocasiones, no es posible aliviar el dolor y el sufrimiento físico ajeno, ni prevenir y curar enfermedades por falta de recursos sanitarios; pero siempre es posble acompañar a quienes sufren con el calor humano de nuestra respetuosa presencia de compasión y amistad.


APARECIDA - MISIÓN CONTINENTAL

“... ¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y politicos, y responder al gran desafío de la pobreza y la miseria?...” (Benedicto XVI, 13.5.2007).


Eucaristía

Misa por los enfermos (Misal romano)


Palabra de Dios

Ezequiel 47, 1-12. Visión del agua que brota del Templo.
Juan 4, 7-14. El agua viva ofrecida a la samaritana.
Juan 7, 37-39. La promesa del agua viva.


Reflexionemos

Prácticas concretas para cuidar y valorar el agua que consumo cada día.
¿Cómo puedo colaborar para que más personas tengan acceso al agua potable y a lo necesario para su sustento cotidiano?

P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos.
Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.

Para conocer más acerca del Apostolado de la Oración y sus actividades acceda AQUÍ


También visítenos en:


http://www.apostlesshipofprayer.net Elegir idioma ESPAÑOL, hacer clic en ventana “Oración y Servicio”
www.jesuitasperu.org Apostolado parroquial
www.sanpedrodelima.org

¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!
Apostolado de la Oración
Azángaro 451, Lima
















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La oración sacerdotal de Jesús


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 25 de enero de 2012

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy centramos nuestra atención en la oración que Jesús dirige al Padre en la «Hora» de su elevación y glorificación (cf. Jn 17, 1-26). Como afirma el Catecismo de la Iglesia católica: «La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre» (n. 2747).

Esta oración de Jesús es comprensible en su extrema riqueza sobre todo si la colocamos en el trasfondo de la fiesta judía de la expiación, el Yom kippur. Ese día el Sumo Sacerdote realiza la expiación primero por sí mismo, luego por la clase sacerdotal y, finalmente, por toda la comunidad del pueblo. El objetivo es dar de nuevo al pueblo de Israel, después de las transgresiones de un año, la consciencia de la reconciliación con Dios, la consciencia de ser el pueblo elegido, el «pueblo santo» en medio de los demás pueblos. La oración de Jesús, presentada en el capítulo 17 del Evangelio según san Juan, retoma la estructura de esta fiesta. En aquella noche Jesús se dirige al Padre en el momento en el que se está ofreciendo a sí mismo. Él, sacerdote y víctima, reza por sí mismo, por los apóstoles y por todos aquellos que creerán en él, por la Iglesia de todos los tiempos (cf. Jn 17, 20).

La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de su propia «elevación» en su «Hora». En realidad es más que una petición y que una declaración de plena disponibilidad a entrar, libre y generosamente, en el designio de Dios Padre que se cumple al ser entregado y en la muerte y resurrección. Esta «Hora» comenzó con la traición de Judas (cf. Jn 13, 31) y culminará en la ascensión de Jesús resucitado al Padre (cf. Jn 20, 17). Jesús comenta la salida de Judas del cenáculo con estas palabras: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). No por casualidad, comienza la oración sacerdotal diciendo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1).

La glorificación que Jesús pide para sí mismo, en calidad de Sumo Sacerdote, es el ingreso en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lo conduce a su más plena condición filial: «Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese» (Jn 17, 5). Esta disponibilidad y esta petición constituyen el primer acto del sacerdocio nuevo de Jesús, que consiste en entregarse totalmente en la cruz, y precisamente en la cruz —el acto supremo de amor— él es glorificado, porque el amor es la gloria verdadera, la gloria divina.

El segundo momento de esta oración es la intercesión que Jesús hace por los discípulos que han estado con él. Son aquellos de los cuales Jesús puede decir al Padre: «He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra» (Jn 17, 6). «Manifestar el nombre de Dios a los hombres» es la realización de una presencia nueva del Padre en medio del pueblo, de la humanidad. Este «manifestar» no es sólo una palabra, sino que es una realidad en Jesús; Dios está con nosotros, y así el nombre —su presencia con nosotros, el hecho de ser uno de nosotros— se ha hecho una «realidad». Por lo tanto, esta manifestación se realiza en la encarnación del Verbo. En Jesús Dios entra en la carne humana, se hace cercano de modo único y nuevo. Y esta presencia alcanza su cumbre en el sacrificio que Jesús realiza en su Pascua de muerte y resurrección.

En el centro de esta oración de intercesión y de expiación en favor de los discípulos está la petición de consagración. Jesús dice al Padre: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Jn 17, 16-19). Pregunto: En este caso, ¿qué significa «consagrar»? Ante todo es necesario decir que propiamente «consagrado» o «santo» es sólo Dios. Consagrar, por lo tanto, quiere decir transferir una realidad —una persona o cosa— a la propiedad de Dios. Y en esto se presentan dos aspectos complementarios: por un lado, sacar de las cosas comunes, separar, «apartar» del ambiente de la vida personal del hombre para entregarse totalmente a Dios; y, por otro, esta separación, este traslado a la esfera de Dios, tiene el significado de «envío», de misión: precisamente porque al entregarse a Dios, la realidad, la persona consagrada existe «para» los demás, se entrega a los demás. Entregar a Dios quiere decir ya no pertenecerse a sí mismo, sino a todos. Es consagrado quien, como Jesús, es separado del mundo y apartado para Dios con vistas a una tarea y, precisamente por ello, está completamente a disposición de todos. Para los discípulos, será continuar la misión de Jesús, entregarse a Dios para estar así en misión para todos. La tarde de la Pascua, el Resucitado, al aparecerse a sus discípulos, les dirá: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21).

El tercer acto de esta oración sacerdotal extiende la mirada hasta el fin de los tiempos. En esta oración Jesús se dirige al Padre para interceder en favor de todos aquellos que serán conducidos a la fe mediante la misión inaugurada por los apóstoles y continuada en la historia: «No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17, 20). Jesús ruega por la Iglesia de todos los tiempos, ruega también por nosotros. El Catecismo de la Iglesia católica comenta: «Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la “Hora de Jesús” llena los últimos tiempos y los lleva a su consumación» (n. 2749).

La petición central de la oración sacerdotal de Jesús dedicada a sus discípulos de todos los tiempos es la petición de la futura unidad de cuantos creerán en él. Esa unidad no es producto del mundo, sino que proviene exclusivamente de la unidad divina y llega a nosotros del Padre mediante el Hijo y en el Espíritu Santo. Jesús invoca un don que proviene del cielo, y que tiene su efecto —real y perceptible— en la tierra. Él ruega «para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). La unidad de los cristianos, por una parte, es una realidad secreta que está en el corazón de las personas creyentes. Pero, al mismo tiempo esa unidad debe aparecer con toda claridad en la historia, debe aparecer para que el mundo crea; tiene un objetivo muy práctico y concreto, debe aparecer para que todos realmente sean uno. La unidad de los futuros discípulos, al ser unidad con Jesús —a quien el Padre envió al mundo—, es también la fuente originaria de la eficacia de la misión cristiana en el mundo.

«Podemos decir que en la oración sacerdotal de Jesús se cumple la institución de la Iglesia... Precisamente aquí, en el acto de la última Cena, Jesús crea la Iglesia. Porque, ¿qué es la Iglesia sino la comunidad de los discípulos que, mediante la fe en Jesucristo como enviado del Padre, recibe su unidad y se ve implicada en la misión de Jesús de salvar el mundo llevándolo al conocimiento de Dios? Aquí encontramos realmente una verdadera definición de la Iglesia.

La Iglesia nace de la oración de Jesús. Y esta oración no es solamente palabra: es el acto en que él se “consagra” a sí mismo, es decir, “se sacrifica” por la vida del mundo» (cf. Jesús de Nazaret, II, 123 s).

Jesús ruega para que sus discípulos sean uno. En virtud de esa unidad, recibida y custodiada, la Iglesia puede caminar «en el mundo» sin ser «del mundo» (cf. Jn 17, 16) y vivir la misión que le ha sido confiada para que el mundo crea en el Hijo y en el Padre que lo envió. La Iglesia se convierte entonces en el lugar donde continúa la misión misma de Cristo: sacar al «mundo» de la alienación del hombre de Dios y de sí mismo, es decir, sacarlo del pecado, para que vuelva a ser el mundo de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, hemos comentado sólo algún elemento de la gran riqueza de la oración sacerdotal de Jesús, que os invito a leer y a meditar, para que nos guíe en el diálogo con el Señor, para que nos enseñe a rezar. Así pues, también nosotros, en nuestra oración, pidamos a Dios que nos ayude a entrar, de forma más plena, en el proyecto que tiene para cada uno de nosotros; pidámosle que nos «consagre» a él, que le pertenezcamos cada vez más, para poder amar cada vez más a los demás, a los cercanos y a los lejanos; pidámosle que seamos siempre capaces de abrir nuestra oración a las dimensiones del mundo, sin limitarla a la petición de ayuda para nuestros problemas, sino recordando ante el Señor a nuestro prójimo, comprendiendo la belleza de interceder por los demás; pidámosle el don de la unidad visible entre todos los creyentes en Cristo —lo hemos invocado con fuerza en esta Semana de oración por la unidad de los cristianos—; pidamos estar siempre dispuestos a responder a quien nos pida razón de la esperanza que está en nosotros (cf. 1 P 3, 15). Gracias.



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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120125_sp.html

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Abecedario del cristiano



Alaba a Dios en cada circunstancia de la vida.
Busca la excelencia, no la perfección
Cuenta tus bendiciones en vez de sumar tus penas
Devuelve todo lo que tomes prestado
Encomienda a tu familia cada día
Fíate de Dios de todo corazón y no confíes en tu propia inteligencia
Gózate con los que gozan y llora con los que lloran
Haz nuevos amigos pero aprecia a los que ya tienes
Invita a Cristo a ser tu Señor y Salvador
Jamás pierdas una oportunidad de expresar amor
Lee tu Biblia y ora cada día
Mantente alerta a las necesidades de tu prójimo
No culpes a los demás por tus infortunios
Olvida las ofensas y perdona así como Dios te perdona
Promete todo lo que quieras, pero cumple todo lo que prometes
Que se te conozca como una persona en quien se puede confiar
Reconoce que no eres infalible y discúlpate por tus errores
Sé la persona más amable y entusiasta que conoces
Trata a todos como quisieras que te traten
Únete al ejército de los agradecidos
Vístete de misericordia, humildad y paciencia
Y no te olvides de soportar a los demás como a ti te soportan
Záfate de las garras seductoras de Satanás.





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¿Cuánto cuesta un milagro?




Tess era una niña precoz de 8 años. Un día escuchó a su madre y a su padre hablar acerca de su hermanito Andrew. Ella solo sabía que su hermano estaba muy enfermo y que su familia no tenía dinero.

Planeaban mudarse para un complejo de apartamentos el siguiente mes porque su padre no tenía el dinero para las facturas médicas y la hipoteca.

Solo una operación costosísima podría salvar a Andrew. Escuchó que su padre estaba gestionando un préstamo pero no lo conseguía.

Escuchó a su padre murmurarle a su madre, quien tenia los ojos llenos de lágrimas, “Solo un milagro puede salvarlo.”

Tess fue a su cuarto y sacó un frasco de jalea lleno de monedas que mantenía escondido en el closet. Vació todo su contenido en el suelo y lo contó cuidadosamente. Lo contó una segunda vez, ¡una tercera! La cantidad tenía que ser perfecta. No había margen para errores.

Luego colocó todas las monedas en el frasco nuevamente, lo tapó y se escabulló por la puerta trasera y caminó 6 cuadras hasta la farmacia del pueblo. Esperó pacientemente su turno. El farmacéutico parecía muy ocupado con un cliente y no le prestaba atención.

Tess movió su pie haciendo un ruido. Nada. Se aclaró la garganta con el peor sonido que pudo producir. Nada. Finalmente, sacó una moneda del frasco y golpeó el mostrador.

“¿Qué deseas?- le preguntó el farmacéutico en un tono bastante desagradable.

Y le dijo sin esperar respuesta: “¿No ves que estoy hablando con mi hermano que acaba de llegar de Chicago y no lo he visto en años?”.

“Bueno, yo también quiero hablarle acerca de mi hermanito,” le contestó Tess en el mismo tono que usara el farmacéutico. “Está muy enfermo y quiero comprar un milagro.”

“¿Qué dices?” dijo el farmacéutico.

“Su nombre es Andrew y tiene algo creciéndole dentro de la cabeza y mi padre dice que solo un milagro lo puede salvar. Así que, ¿cuánto cuesta un milagro?

“Aquí no vendemos milagros, pequeña. Lo siento pero no te puedo ayudar” le contestó el farmacéutico ahora en un tono más dulce.

“Mire, yo tengo el dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré el resto. Solo dígame cuanto cuesta. El hermano del farmacéutico era un hombre elegante. Se inclinó y le preguntó a la niña:

“¿Qué clase de milagro necesita tu hermanito?”

“No lo se.” Contestó Tess con los ojos a punto de explotar. “Solo se que está bien enfermo y mi mami dice que necesita una operación. Pero mi papá no puede pagarla, así que yo quiero usar mi dinero.”

“¿Cuánto dinero tienes?- le preguntó el hombre de Chicago.

“Un dólar con once centavos”- contestó Tess en una voz que casi no se entendió. “Es todo el dinero que tengo pero puedo conseguir más si lo necesita.”

“Pues que coincidencia.” Dijo el hombre sonriendo. “Un dólar con once centavos, es justo el precio de un milagro para hermanos menores.” Tomó el dinero en una mano y con la otra cogió a la niña del brazo y le dijo: “Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres. Veamos si yo tengo el milagro que tú necesitas.”

Ese hombre de buena apariencia era el Dr. Carlton Armstrong, un cirujano especialista en neurocirugía. La operación se efectuó sin cargos y en poco tiempo Andrew estaba de regreso a casa y de buena salud. Los padres de Tess hablaban felices de las circunstancias que llevaron a este doctor hasta su puerta.

“Esa cirugía,” dijo su madre. “fue un verdadero milagro. Me pregunto cuánto habría costado.”
Tess sonrió. Ella sabía exactamente cuanto costaba un milagro: un dólar con once centavos más la fe de una pequeña.

La fe es creer que se tiene lo que no se ve. Perseverar en lo imposible” Hay una frase muy bella que dice: “Si le pides a Dios un árbol te lo dará, en forma de semilla”.


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Un testimonio en nuestra Parroquia de San Pedro




Villa El Salvador 14 de enero 2012


Señores
Parroquia San Pedro

Dirigido hacia Padre Enrique


Con cariño le escribo la presente a usted Padre para expresarle que, el 20 de agosto del pasado año 2011, recibí la peor noticia que nunca un padre quisiera escuchar. Fue entonces que a mi menor hija Lili Cama Rivas le habían detectado un tumor de páncreas. La madrugada del día siguiente me dan un diagnostico no alentador, mi hija era transferida a oncología e interconsultada con un especialista en páncreas, me explican todo lo que irían a hacer y la verdad no entendía el por qué, solo quería pensar que estaba en una de mis pesadillas y que pronto despertaría, que no habría de pasar de un mal sueño pero no era tan fácil.



Al final de mi desesperación, entendí que necesitaba un milagro y comencé a orar, derramando mares de lágrimas, necesitaba ayuda así que me contacte con todos mis familiares, amigos y con todo aquel que se encontraba registrado en el directorio de mi teléfono celular. Ese domingo tantos fieles en varios puntos del país oraron por mi hijita, que se comenzó a realizar un milagro en mi hijita. Para el día siguiente, lunes, comenzó a mejorar su diagnóstico y comenzaron a suceder hechos inexplicables, solo posibles para Dios. Mi hijita fue operada el 22 de diciembre, nuestra Virgen María estuvo a su lado las 13 horas que duro la operación, saliendo de la intervención exitosamente.



Sr. Padre escribir todos los hechos inexplicables sucedidos en estos 5 largos meses sería, sin mentir, una novela de final feliz. Solo le comento lo que el médico cirujano dijo después de operarla: “señor ya no se preocupe su hija va a estar bien, se ve que ha rezado bastante.”
Padre Enrique hago llegar a usted la presente porque mi hija pertenecía al grupo 5 de catequesis para Primera Comunión durante ese tiempo. Un maravilloso grupo de catequistas que usted dirige estuvieron pendientes en todo momento de mi Lili, orando, visitándola en el hospital, comunicándose a través de teléfono; su labor no solo se limitó al horario que tienen en la iglesia sino que se convirtió en su preocupación personal, lo que dice mucho del gran corazón que brindan.



Hoy mi hija está recuperándose en casa, va a estar bien y pronto se reincorporará a sus labores y actividades que le fascinan. Quiero agradecerle de todo corazón lo que hizo. Realizó su Primera Comunión en una fecha anticipada a lo establecido y debo hacer un eterno agradecimiento a todos los catequistas de la iglesia San Pedro, muy en especial a Srta. Miriam, Srta. Dora y al Sr Julio y a nuestro señor Jesucristo, nuestra madre Virgen María y a Dios todopoderoso por el milagro concedido.



Muy agradecido



David Javier Cama Vite


DNI 09682778








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El P. Enrique Rodriguez es el Párroco de nuestra parroquia y asesor de la Catequesis de Primera Comunión.




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Homilía - 4º Domingo TO(B), 28 de Enero del 2012




Sólo Jesús nos libera del Diablo y su poder


P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.

Lecturas: Dt 18,15-20; S. 94; 1Co 7,32-35; Mc 1,21-28



Todo conocedor de los evangelios sabe que las relaciones de Cristo con Satanás y los demonios en general fueron y son una continua guerra. Apenas bautizado, Cristo es tentado por el Demonio y desde el comienzo de su apostolado aparece expulsando demonios, como lo atestigua el evangelio de hoy, que pertenece al capítulo primero de San Marcos. Aunque, siguiendo la opinión general de su tiempo, los evangelios incluyan casos que la medicina de hoy considere como patologías psicológicas, no se puede negar que algunos casos son de verdaderas posesiones diabólicas; así el caso del endemoniado de Gerasa, en que los demonios piden entrar y entran en la piara, que se precipita al mar; o el mismo de hoy, en que el Demonio habla, grita, revuelca al poseso, manifiesta la mesianidad de Jesús (“el Santo” es sinónimo del Mesías) y obedece a Cristo, que le manda como a tal demonio, no teniendo éste más remedio que obedecer de inmediato.


Del Demonio, cuya existencia real es verdad de fe definida, enseña la escritura que fue el que nos trajo la muerte: “Dios creó al hombre incorruptible; lo hizo imagen de su misma naturaleza. Mas por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo” (Sb 2,23s.). El texto recuerda el pecado de Adán, tentado por el Demonio, y su castigo (Ge 3,3.19; Ro 8,12).


Jesús, que ha venido a salvar a su pueblo de sus pecados (v. Mt 1,21), asume desde el principio la lucha con Satán, que es propia de su misión. Se hizo hombre “para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir al Diablo” (Hb 2,14s.), “para deshacer las obras del Diablo” (1Jn 3,8). También Marcos, sobre todo en sus primeros capítulos, dedica mucha atención al combate de Cristo con el Demonio.


El evangelio de hoy se refiere muy probablemente al primer sábado de Jesús en Cafarnaúm y primera vez en que habla en su sinagoga. No es conocido, pues nunca antes estuvo en esta ciudad; ha llegado hace pocos días con sus discípulos, Pedro y Andrés y alguno más, que sí viven allí y son conocidos; se alberga en casa de Pedro. La sinagoga para Jesús es la gran oportunidad de darse a conocer, pues va todo el mundo y el jefe de la sinagoga, tras las primeras oraciones, invita a que un voluntario lea la Escritura y la comente a los asistentes. Solía hacerlo algún escriba, que había estudiado alguno o algunos años en Jerusalén; no eran grandes especialistas y solían remitirse a lo que todo el mundo decía y a lo que quedaba en su memoria o apuntes, citando de continuo a sus maestros de Jerusalén. El evangelio destaca que Jesús intervino y que asombró a todos la forma en que lo hizo; Marcos indica también la causa: “les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas”.


Pero no quedó ahí la cosa. Porque, aprovechando el silencio, un poseído por un espíritu inmundo (forma clara de designar al Diablo) se pone a vociferar, llamando a Jesús por su nombre, designándole como el Mesías (“el Santo de Dios” que es lo mismo) y manifestando un gran miedo: “¿has venido a destruirnos?”. Y Jesús con una autoridad inusitada, sin miedo ni duda alguna, sin invocar a poder alguno superior, con solas dos palabras, “calla y sal de él” libera y sana al endemoniado.


“Habla con autoridad”, con mucha más autoridad que los letrados que estudiaron en Jerusalén. Esto es nuevo, no se ha dado una cosa así nunca. “Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. ¿Qué es esto? Él mismo lo dirá: Pues que aquí hay uno que es más que el Demonio, que puede curar y perdonar los pecados, lo cual es cosa propia sólo de Dios (Mc 2,10); que come con los pecadores porque son los que necesitan del perdón de los pecados (Mc 2,17): que es el vino nuevo desconocido hasta ahora (2,22); que es el señor del sábado (2,28), que es el día de Dios, ante cuyos pies caen los demonios gritando: Tú eres el Hijo de Dios (Mc 3,11); que da ese mismo poder a sus discípulos a los que elige “para enviarlos a predicar con poder de expulsar a los demonios” (Mc 3,15; 6,13).


Esa lucha contra el Demonio también la tenemos que dar nosotros. Porque el Demonio no va a dejar de darla. Lo hace de tres formas: Por la posesión, por el pecado y por las tentaciones de la concupiscencia. Me centraré en las dos últimas: el pecado y la activación de la concupiscencia. Nadie se libra. Se lo anunció Jesús a los discípulos antes de la pasión (Lc 22,31). Lo constata el apóstol San Pedro en su carta (1Pe 5,8). Forma parte de las peticiones fundamentales que Cristo incluye en la oración que nos dejó para dirigirnos al Padre: “Perdónanos nuestras deudas…No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal o del malo” (Mt 6,12-13), pues de las dos formas puede traducirse, pero viene a significar lo mismo. Porque “el malo” es claramente el Demonio y “el mal” es el pecado y otros males temporales, como el hambre, las enfermedades, las persecuciones, en una palabra, todas las cosas que contrarían al hombre y pueden llevarle al pecado si no se sabe afrontarlas con paciencia y resignación.


Sólo Cristo tiene poder para librarnos del Diablo, del pecado y de la tentación. Cristo se ha hecho hombre y ha muerto en la cruz para librarnos del pecado y del imperio de Satán (Hb 2,14). El que hace el pecado es esclavo e hijo del Diablo, dice Jesús (Jn 8,34.44). Mientras estemos en este mundo estamos sujetos a la ley del pecado (Ro 7,19.23) y por eso tenemos que invocar siempre a nuestro Salvador. “En pecado me concibió mi madre” (S. 51,7). Pecado es desde luego todo pensamiento, palabra, obra u omisión contra lo prescrito por Dios y se nos manifiesta en esa voz que resuena en la conciencia de todos; pero pecado también se entiende aquí ser ese sustrato natural de todos que nos inclina, facilita, estimula desde lo interior hacia el mal, hacia lo vergonzoso, lo egoísta, lo vengativo, lo cainita que se oculta en nuestro interior, y nos frena para el amor, la generosidad, el agradecimiento, la compasión, la generosidad y lo bueno en las mil formas en que pueda realizarse. “Queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta” (Ro 7,21).



Caigamos en la cuenta. Nadie puede librarse del pecado, ni realizar sin defecto el amor a Dios y al prójimo que la fe nos propone; nadie puede librarse plenamente del influjo de Satán si no es por la gracia, el apoyo, la presencia y acción de Cristo; nadie puede vencer completamente los vicios y deficiencias morales de su natural adquiridos consciente o inconscientemente si no es por la acción de Cristo en su corazón. “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que me lleva a la muerte? (Ro 7,24). Sólo Cristo nos puede librar del dominio de Satán, del poder del pecado, de la muerte eterna. Sólo hay un Salvador, a Él necesariamente hay que llegar, invocar y confiar de mano de María hagámoslo.






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El discurso de Jesús

P. Adolfo Franco, S.J.

Marcos, 1, 21-28


Las palabras de Cristo producían sorpresa en sus oyentes, los dejaban admirados. ¿Nos sorprenden las palabras de Jesús, o más bien nos hemos acostumbrado a ellas?



San Marcos recoge en este párrafo la primera actuación de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Era costumbre que los judíos se reunieran los sábados en la sinagoga a orar y a leer y comentar la Sagrada Escritura. Con frecuencia era invitado a hacer la lectura y algún comentario a la misma alguno de los presentes, o algún invitado especial. Y, como la fama de Jesús empezaba a extenderse por los alrededores de los poblados que rodean al lago de Galilea, en este caso fue invitado Jesús a hacer la oración del sábado y la lectura de la Biblia y su explicación. Era ya comentario frecuente que el hijo de José, el carpintero empezaba a enseñar una nueva doctrina y a tener actuaciones sorprendentes.

Había, pues, mucha expectativa y cuando Jesús acabó de hablar todos quedaron admirados. Lo que más admiración producía era que su forma de hablar era distinta de la forma en que hablaban ordinariamente los escribas (los letrados) que eran los que ordinariamente hacían los comentarios. San Marcos recalca que la predicación de Jesús producía admiración, y que daba la impresión de que hablaba con autoridad, que sus palabras tenían una fuerza especial; y además dice que no hablaba como los escribas y fariseos.

¿Qué admiraban estos primeros oyentes? ¿Por qué las palabras que pronunciaba este hombre del pueblo tenían tanta fuerza? Por varias razones fundamentales: Jesús no repetía frases hechas, sino enseñanzas que llegaban al alma. Además se notaba que quería ir a lo esencial del mensaje de Dios, y no se quedaba en los mandatos exteriores y rutinarios sobre los que tanto insistían los fariseos. Era una enseñanza tremendamente exigente, que quería elevar a sus oyentes y sacarlos de la mediocridad. Y finalmente se sentía a las claras que lo que enseñanza lo sacaba de su corazón y que no hacía más que trasmitir con sus palabras lo que El vivía en su propia vida.

La predicación de Jesús no estaba llena de tópicos, de frases hechas, de consejos rutinarios. Sus palabras eran “nuevas” no dichas por nadie antes. Y no tenía que recurrir a una aburrida erudición, ni a abstracciones difíciles, para que fueran profundas: Eran las palabras más simples del mundo, pero que llegaban con una fuerza incontenible: eran palabras como las de las parábolas; palabras sacadas de la naturaleza, del quehacer de cada día. Era la realidad convertida en mensaje: la siembra es Reino de los cielos, y el tesoro que alguien descubre explica el atractivo del Reino de los cielos, y la pesca, y la semilla pequeña son señales del Reino de los cielos. Todo transparente y todo lleno de sentido. Eran palabras esperadas por aquellos campesinos y artesanos que estaban ávidos de encontrar un nuevo sentido a sus vidas de cada día, y por eso en seguida se dieron cuenta de que las palabras de Jesús producían un sonido distinto en sus corazones.

Jesús no reducía la entrega a Dios a una serie de fórmulas y prácticas externas; no quería sacrificios de animales, sino la entrega de la vida; no enseñaba la limpieza ritual, sino la pureza extrema del corazón. No valoraba la limosna por la cantidad sino por la generosidad del donante. Porque Dios habita en el corazón y es el corazón lo que hay que entregarle.

Además eran palabras exigentes; que superaban todas las antiguas exigencias. Ponían el límite muy arriba; y por eso todo el que tenía ansias de superación encontraba que su enseñanza era un reto hermoso, y que valía la pena escucharlo con seriedad: se dijo a los antiguos “ojo por ojo y diente por diente” pero yo les digo que hay que amar incluso al enemigo. Hay que tener un total desinterés, en la amistad, en el servicio. Hay que darse totalmente sin límites y sin condiciones. No hay que hacer nada por apariencia, sino hay que orar en silencio, y no exhibir las buenas obras. Hay que tener una total confianza en el Padre que alimenta con su mano a los pájaros del cielo, y que viste con una imaginación admirable a todas las flores.

Pero, todo eso lo enseñaba, con una convicción que nacía de su propia vida. Todo lo que enseñaba era lo que El vivía cada día. No era como ésos que ponían a los demás exigencias muy grandes, de las que los “maestros de la ley” se consideraban exentos. El tenía el atrevimiento de hablar de la pobreza, porque no tenía ni dónde reclinar la cabeza, el derramaba sus bendiciones sobre los pacíficos y sobre los que padecen persecución, porque sabía lo que era ser perseguido injustamente, y sabía del triunfo de los que buscan la paz.

Por todo eso causaba admiración en sus oyentes, ellos entendían al oírle que no había absolutamente nada de fingimiento en todo lo que Jesús enseñaba. Que no era cuestión de cosas externas, de ritos, sino que había que adorar a Dios con el corazón y hasta las últimas consecuencias. Por todo esto su doctrina sonaba a novedad, e incluso sus enemigos en algún momento dirán: nadie ha hablado como este hombre.






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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.




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La Oración en los Ejercicios Espirituales - 7º Parte, el Examen de la oración


El exámen de la oración en los Ejercicios Espirituales




Nos ayuda mucho el anotar siempre, después de la oración, en un cuaderno especial que tengamos para eso, lo que siento que ha sido más importante en la oración:

o ¿Preparé suficientemente el ejercicio de la oración? ¿Fui fiel a lo que se aconseja en los pasos de la oración?: presencia de Dios, petición etc.

o ¿Aproveché bien todos los medios que tengo para hacer bien la oración?: silencio, sitio, postura, duración del tiempo, etc.

o Durante el tiempo de oración ¿me sentí realmente acompañado? ¿Fue una conversa con Dios o fui yo el único que hablaba, sin darle chance a Dios y a su Espíritu de decirme algo?

o ¿Qué sentimientos más fuertes tuve durante la oración?

• "Consolación" = aumento de amor, fe y esperanza..., es decir: paz, alegría, confianza, ánimo, valor, sentido de la vida, deseos de trabajar por los demás...
• "Desolación" = ansiedad, miedo, sentimiento de fracaso..., es decir: angustia, tristeza, desconfianza, desánimo, oscuridad, confusión...

o ¿Cuáles son las frases o palabras de la Palabra de Dios que más me llamaron la atención, que más me gustaron y me hicieron bien, que quedan resonando en mi corazón?

o ¿Qué puntos o aspectos comprendí mejor o me quedaron más claros para mí, para mi vida?

o ¿Hay algunas invitaciones de Dios: deseos, llamadas que experimenté durante la oración? ¿Cuáles son? (por ejemplo: pedir perdón a alguien, hacer y cumplir con algún compromiso especial...)

o ¿Sentí alguna especial repugnancia, dificultad, miedo, resistencia ante esos llamados, inspiraciones y deseos? ¿Qué dificultades? ¿Por qué?

Las preguntas fundamentales que me puedo hacer cada día:

• ¿Qué descubro que va haciendo en mí el Espíritu de Dios? (durante el día, en la oración, en esta experiencia...)
• ¿Cómo he colaborado y qué dificultades pongo a la acción de Dios?


Examen del día

Sabemos que lo importante en esta experiencia de los Ejercicios Espirituales, no es sólo lo que nos pasa en la oración, sino que todo el día es importante y toda la vida es muy fundamental; por lo tanto proponemos que se pueda hacer - al final del día - también un pequeño examen del día. Puede, para esto, ayudar este esquema y luego se puede compartir con el acompañante.

l) Haz una revisión de las actividades de tu día: se puede chequear en el orden de las cosas que se fueron haciendo.
2) ¿Qué fue lo que más te llamó la atención en el día de hoy? ¿Por qué?
3) ¿Dónde, en qué actividad encuentras más fácilmente la presencia de Dios?
4) ¿Dónde, en qué actividad crees que te alejas más de Dios? ¿Por qué? ¿Cuál puede ser la raíz de ese alejamiento?
5) ¿Existe algún texto de la Biblia que te ilumine más y te dé más fuerza? Puedes anotar ese texto especialmente, recordarlo, saborearlo durante el día.



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Referencias bibliográficas:

Guías de ayuda para hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola en la vida corriente. Ignacio Huarte, S.J.

Métodos Ignacianos de Oración – Equipo de Pastoral Juvenil, Compañía de Jesús en el Perú. Lima.


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Oración por la Unidad de los Cristianos


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 18 de enero de 2012

[Vídeo]

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comienza la Semana de oración por la unidad de los cristianos que, desde hace más de un siglo, celebran cada año los cristianos de todas las Iglesias y comunidades eclesiales, para invocar el don extraordinario por el que el Señor Jesús oró durante la última Cena, antes de su pasión: «Para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). La celebración de la Semana de oración por la unidad de los cristianos fue introducida el año 1908 por el padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana que posteriormente entró en la Iglesia católica. La iniciativa recibió la bendición del Papa san Pío X y fue promovida por el Papa Benedicto XV, quien impulsó su celebración en toda la Iglesia católica con el Breve Romanorum Pontificum, del 25 de febrero de 1916.

El octavario de oración fue desarrollado y perfeccionado en la década de 1930 por el abad Paul Couturier de Lyon, que sostuvo la oración «por la unidad de la Iglesia tal como quiere Cristo y de acuerdo con los instrumentos que él quiere». En sus últimos escritos, el abad Couturier ve esta Semana como un medio que permite a la oración universal de Cristo «entrar y penetrar en todo el Cuerpo cristiano»; esta oración debe crecer hasta convertirse en «un grito inmenso, unánime, de todo el pueblo de Dios», que pide a Dios este gran don. Y precisamente en la Semana de oración por la unidad de los cristianos encuentra cada año una de sus manifestaciones más eficaces el impulso dado por el concilio Vaticano II a la búsqueda de la comunión plena entre todos los discípulos de Cristo. Esta cita espiritual, que une a los cristianos de todas las tradiciones, nos hace más conscientes del hecho de que la unidad hacia la que tendemos no podrá ser sólo resultado de nuestros esfuerzos, sino que será más bien un don recibido de lo alto, que es preciso invocar siempre.

Cada año se encarga de preparar los materiales para la Semana de oración un grupo ecuménico de una región diversa del mundo. Quiero comentar este hecho. Este año, los textos fueron propuestos por un grupo mixto compuesto por representantes de la Iglesia católica y del Consejo ecuménico polaco, que comprende varias Iglesias y comunidades eclesiales de ese país. La documentación fue revisada después por un comité compuesto por miembros del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y de la Comisión Fe y Constitución del Consejo mundial de Iglesias. También este trabajo, realizado en colaboración en dos etapas, es un signo del deseo de unidad que anima a los cristianos y de la convicción de que la oración es el camino principal para alcanzar la comunión plena, porque caminando unidos hacia el Señor caminamos hacia la unidad. El tema de la Semana de este año —como hemos escuchado— está tomado de la primera carta a los Corintios: «Todos seremos transformados por la victoria de Jesucristo, nuestro Señor» (cf. 1 Co 15, 51-58), su victoria nos transformará. Y este tema fue sugerido por el amplio grupo ecuménico polaco que he citado, el cual, reflexionando sobre su propia experiencia como nación, quiso subrayar la gran fuerza con que la fe cristiana sostiene en medio de pruebas y dificultades, como las que han caracterizado la historia de Polonia. Después de largos debates se eligió un tema centrado en el poder transformador de la fe en Cristo, especialmente a la luz de la importancia que esta fe reviste para nuestra oración en favor de la unidad visible de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Esta reflexión se inspiró en las palabras de san Pablo, quien, dirigiéndose a la Iglesia de Corinto, habla de la índole temporal de lo que pertenece a nuestra vida presente, marcada también por la experiencia de «derrota» del pecado y de la muerte, frente a lo que nos trae la «victoria» de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte en su Misterio pascual.

La historia particular de la nación polaca, que conoció períodos de convivencia democrática y de libertad religiosa, como en el siglo XVI, en los últimos siglos ha estado marcada por invasiones y derrotas, pero también por la lucha constante contra la opresión y por la sed de libertad. Todo esto indujo al grupo ecuménico a reflexionar de modo más profundo en el verdadero significado de «victoria» —qué es la victoria— y de «derrota». Con respecto a la «victoria» entendida de modo triunfalista, Cristo nos sugiere un camino muy distinto, que no pasa por el poder y la potencia. De hecho, afirma: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). Cristo habla de una victoria a través del amor que sufre, a través del servicio recíproco, la ayuda, la nueva esperanza y el consuelo concreto ofrecidos a los últimos, a los olvidados, a los excluidos. Para todos los cristianos la más alta expresión de ese humilde servicio es Jesucristo mismo, el don total que hace de sí mismo, la victoria de su amor sobre la muerte, en la cruz, que resplandece en la luz de la mañana de Pascua. Nosotros podemos participar en esta «victoria» transformadora si nos dejamos transformar por Dios, sólo si realizamos una conversión de nuestra vida, y la transformación se realiza en forma de conversión. Por este motivo el grupo ecuménico polaco consideró especialmente adecuadas para el tema de su meditación las palabras de san Pablo: «Todos seremos transformados por la victoria de Jesucristo, nuestro Señor» (cf. 1 Co 15, 51-58).

La unidad plena y visible de los cristianos, a la que aspiramos, exige que nos dejemos transformar y conformar, de modo cada vez más perfecto, a la imagen de Cristo. La unidad por la que oramos requiere una conversión interior, tanto común como personal. No se trata simplemente de cordialidad o de cooperación; hace falta fortalecer nuestra fe en Dios, en el Dios de Jesucristo, que nos habló y se hizo uno de nosotros; es preciso entrar en la nueva vida en Cristo, que es nuestra verdadera y definitiva victoria; es necesario abrirse unos a otros, captando todos los elementos de unidad que Dios ha conservado para nosotros y que siempre nos da de nuevo; es necesario sentir la urgencia de dar testimonio del Dios vivo, que se dio a conocer en Cristo, al hombre de nuestro tiempo.

El concilio Vaticano II puso la búsqueda ecuménica en el centro de la vida y de la acción de la Iglesia: «Este santo Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, participen diligentemente en el trabajo ecuménico» (Unitatis redintegratio, 4). El beato Juan Pablo II puso de relieve la índole esencial de ese compromiso, diciendo: «Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece, en cambio, al ser mismo de la comunidad» (Enc. Ut unum sint, 9). Así pues, la tarea ecuménica es una responsabilidad de toda la Iglesia y de todos los bautizados, que deben hacer crecer la comunión parcial ya existente entre los cristianos hasta la comunión plena en la verdad y en la caridad. Por lo tanto, la oración por la unidad no se limita a esta Semana de oración, sino que debe formar parte de nuestra oración, de la vida de oración de todos los cristianos, en todos los lugares y en todos los tiempos, especialmente cuando personas de tradiciones diversas se encuentran y trabajan juntas por la victoria, en Cristo, sobre todo lo que es pecado, mal, injusticia y violación de la dignidad del hombre.

Desde que nació el movimiento ecuménico moderno, hace más de un siglo, siempre ha habido una clara consciencia de que la falta de unidad entre los cristianos impide un anuncio más eficaz del Evangelio, porque pone en peligro nuestra credibilidad. ¿Cómo podemos dar un testimonio convincente si estamos divididos? Ciertamente, por lo que se refiere a las verdades fundamentales de la fe, nos une mucho más de lo que nos divide. Pero las divisiones existen, y atañen también a varias cuestiones prácticas y éticas, suscitando confusión y desconfianza, debilitando nuestra capacidad de transmitir la Palabra salvífica de Cristo. En este sentido, debemos recordar las palabras del beato Juan Pablo II, quien en su encíclica Ut unum sint habla del daño causado al testimonio cristiano y al anuncio del Evangelio por la falta de unidad (cf. nn. 98-99). Este es un gran desafío para la nueva evangelización, que puede ser más fructuosa si todos los cristianos anuncian juntos la verdad del Evangelio de Jesucristo y dan una respuesta común a la sed espiritual de nuestros tiempos.

El camino de la Iglesia, como el de los pueblos, está en las manos de Cristo resucitado, victorioso sobre la muerte y sobre la injusticia que él soportó y sufrió en nombre de todos. Él nos hace partícipes de su victoria. Sólo él es capaz de transformarnos y cambiarnos, de débiles y vacilantes, en fuertes y valientes para obrar el bien. Sólo él puede salvarnos de las consecuencias negativas de nuestras divisiones. Queridos hermanos y hermanas, os invito a todos a uniros en oración de modo más intenso durante esta Semana por la unidad, para que aumente el testimonio común, la solidaridad y la colaboración entre los cristianos, esperando el día glorioso en que podremos profesar juntos la fe transmitida por los Apóstoles y celebrar juntos los sacramentos de nuestra transformación en Cristo. Gracias.


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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120118_sp.html


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Próximos Santos: Kateri Tekakwita y Giacomo Berthieu, S.J.


AMÉRICA DEL NORTE: Kateri Tekakwita la primera santa amerindia



El 19 de diciembre último el Santo Padre firmó el decreto por el que autoriza a la Congregación para las causas de los Santos a declarar "santa" a la Beata Kateri (Catalina) Tekakwita, la primera amerindia que se incorpora a la lista de santos canonizados. Nacida en 1656 en Osserhenon, el actual Auresville en los EE.UU., Catalina era hija de un jefe de tribu de los indios Mohawk y una india algonquina que era católica. A la edad de cuatro años murieron sus padres a causa de una epidemia de viruela que dejó secuelas también en el rostro de Catalina. Unos parientes de una tribu vecina la adoptaron. La misión estaba entonces confiada a los jesuitas franceses. Uno de ellos, el P. Cholenec, bautizó a Catalina cuando ya tenía 21 años, y después la siguió dirigiendo espiritualmente. Los miembros de la tribu no estaban de acuerdo con el cambio de vida de Catalina y la emarginaron. Catalina adoptó una vida de mucha penitencia y mortificación, con la petición de la conversión de la tribu. Para evitar la persecución que atentaba contra su vida, huyó y se unió a una comunidad cristiana de indios en Kahnawake, Quebec, donde se dedicó a la oración, penitencia y al servicio de enfermos y ancianos. Murió en 1680, a la edad de 24 años. La tradición señala que las cicatrices de su rostro causadas por la epidemia desaparecieron milagrosamente después de su muerte y su faz adquirió una gran belleza.





MADAGASCAR: Un nuevo santo jesuita

El 19 de diciembre, el Santo Padre ha firmado el decreto que autoriza a la Congregación para los Santos a incluir en el catálogo de los santos al Beato Giacomo Berthieu, de la Compañía de Jesús, nacido en Francia y misionero en Madagascar donde fue martirizado. El milagro que se le atribuye lo describe así el Postulador de la causa: "Jean François Régis Randriamiadana, de 54 años, sufría de xerostomía (parálisis de la secreción salivar) que afectaba seriamente su condición general de salud. Esta enfermedad, contraída en un banquete de boda en 1990, se desarrolla rápidamente. Sin asistencia médica adecuada el pronóstico señalaba una muerte en breve tiempo. Estando así las cosas, los familiares empezaron a pedir la intercesión del Beato Berthieu (beatificado por Pablo VI en 1965) al mismo tiempo que le daban a beber al enfermo la "reliquia" del Beato: el agua del río Mananara con hojas de angavodiana, ambas recogidas del sitio donde, por última vez se había visto el cuerpo del misionero martirizado. La curación ocurrió de improviso: en el término de unos pocos días el enfermo pudo alimentarse de un modo ordinario, recobró las fuerzas y reanudó su vida ordinaria." La ceremonia de canonización tendrá lugar, probablemente, en el próximo mes de octubre.



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¿Qué es el Reino de Dios?


P. Adolfo Franco, S.J.


Mc 1, 14-20

La conversión de la que el Señor nos habla, es una tarea de toda la vida; y nos anima a ella el saber que "El Reino de Dios está cerca". ¿Qué o Quién es el Reino de Dios?


En estos versículos del capítulo inicial de San Marcos, aparece la primera predicación de Jesús y la convocatoria de los primeros apóstoles: dos grupos de hermanos, Pedro y Andrés por un lado, y Juan y Santiago por el otro; los cuatro pescadores galileos.

Reflexionando sobre el contenido de la primera predicación de Jesús, nos damos cuenta de la brevedad del mensaje; muy breve, pero viene a ser el resumen de todo lo que nos dirá en sus tres años de predicación. Se trata de una invitación a la conversión. Pero nos dice que hay que convertirse porque ha llegado el comienzo de los “tiempos nuevos”. Para poder entrar en esa nueva dinámica, los “tiempos nuevos”, hace falta transformar el corazón en lo más profundo. La novedad que Dios regala al mundo, cuando envía a su propio Hijo es tan grande, que hace falta una completa transformación (conversión) de las personas. Esto es especialmente válido para los que tenían una mentalidad anquilosada por los reglamentos religiosos que habían ido introduciendo los jefes religiosos de Israel, desde hacía mucho tiempo. Y es válido para los que hoy tiene también esa mente rígida, que no acepta la novedad de Dios.

Había que pasar de la ley al espíritu de la ley: cuántos choques tendrá Jesús por intentar hacer caer en la cuenta a todos, pueblo y dirigentes, de esta verdad tan simple. Hay que ir de la norma al espíritu, sin el cual la norma no tiene sentido: santificar el día de Dios, no puede impedir la curación de un enfermo en sábado; esto tendrá que afirmarlo Jesús en varios momentos, ante los fariseos que acechaban continuamente al Maestro para condenarlo. Dios no va a pensar que se le está ofendiendo si alguien come unas espigas en sábado después de arrancarlas. No puede ser más importante la limosna al templo, que los deberes económicos de los hijos con los propios padres. Hay toda una serie de intervenciones de Jesús en su vida, en que quiere aclarar las obligaciones morales y religiosas, y que chocaban con la mentalidad de sus oyentes. Por eso hacía falta un cambio completo, la conversión. Y si hace falta la conversión para entender la explicación profunda que Jesús da a la ley antigua, más hace falta convertirse para captar la novedad de su mensaje: para darse cuenta de que hay que amar incluso a los que nos persiguen; de que los preferidos de Dios son los niños; de que hay que acercarse a los pecadores, para poder ayudarles. Hace falta conversión para no exhibir la propia justicia, la propia oración, el ayuno o la limosna. Hay que hacer una fuerte conversión para no considerarse mejor que los demás, para entender que el corazón del hombre es más templo de Dios que el Templo de Jerusalén.

Esto es por lo que se refiere a la conversión de los oyentes judíos que tenían estructurada una forma muy diferente de su relación con Dios, a través de la Ley. Pero también a nosotros que no somos de religión judía, y que estamos en otra época, nos hace falta la conversión, para entrar en los “tiempos nuevos”. Y conversión de la mente y del corazón. El Evangelio está lleno de enseñanzas que nos desafían la mente y el corazón y que nos exigen conversión: por eso muchas de las enseñanzas de Jesús parecen paradojas, a veces parecen incomprensibles y hasta llegamos a pensar que el Evangelio contradice al sentido común. Por eso hay que convertirse para entrar en los “tiempos nuevos” la novedad que viene a traernos Dios, lleno de misericordia por nosotros.

Hace falta conversión para poder aceptar que los primeros serán los últimos, y los últimos primeros. Sólo Dios puede hacernos entender que hay que perdonar hasta setenta veces siete. Sólo alguien que ha recibido la gracia de la conversión puede percibir la verdad de que la riqueza es una seria dificultad para entrar en el reino de los cielos. Que son bienaventurados los perseguidos y los pacíficos. Que la senda que conduce al Reino es la senda estrecha, y el camino es empinado. Y yendo a la raíz de todo necesitamos de una conversión profunda, para darnos cuenta de que todo en nuestra salvación es gracia, don espontáneo de Dios, en lo que no tenemos la iniciativa, que lo que importa no es cuánto amamos a Dios, sino cuánto Dios mismo nos ama

Y esta misma conversión es una gracia: dejarse modelar con docilidad por Dios, que es el que conoce los secretos del corazón y el que puede hacer de las piedras hijos de Abraham con la misma facilidad con que da de comer a cinco mil hombres con cinco panes, y con la misma facilidad con que dice a un paralítico: levántate y anda.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.


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Homilía - 3º Domingo TO(B), 22 de Enero del 2012


En la Iglesia de Cristo
salvando a los hombres


P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.

Lecturas: Jon 3,1-5.10; S. 24; 1Co 7,29-31;Mc 1,14-20




El evangelio de hoy resume la obra de Jesús y muestra cuál ha de ser la obra de la Iglesia hasta el fin de los tiempos. “Se ha cumplido el plazo, el de las promesas del Antiguo Testamento, que vienen a resumirse en la llegada del Mesías, es decir del “Ungido” por Dios para la salvación de los hombres. Él trae un Reino nuevo, el de Dios, un modo nuevo de relacionarse con Dios y con los hombres. Un Reino en el que Dios es sobre todo el Padre misericordioso de todos los hombres, a los que perdonará y amará haciéndoles sus hijos, y en el que los hombres le amarán y se amarán entre sí perdonándose y uniéndose como hermanos. Es maravilloso, pero requiere el esfuerzo del cambio personal, de la conversión, y la humildad de la fe en el mensaje y el mensajero, que es el mismo Cristo.

Esto no lo va a hacer Jesús solo. Desde el comienzo de su apostolado reunirá a discípulos que, tras su muerte, continúen hasta el fin del mundo. A ellos les dará su misión y sus poderes (Mt 28,18-20). La Iglesia, pues, tiene como fin prolongar la presencia y la obra de salvación de Cristo hasta el fin del mundo. Éste es el núcleo esencial de la misión de Cristo y lo que él hizo, es lo mismo que hoy tiene que hacer la Iglesia. La Iglesia está, pues, para que Cristo y su obra salvadora sean conocidos por todos los hombres, para llamarles a la conversión y ofrecerles los medios para ella, para que encuentren la luz y la fuerza para hacer de su vida un encuentro con Dios Padre y comunión fraterna con todos los hombres.

El pasado domingo expliqué cómo Cristo llama a cada fiel con una vocación concreta y cómo algunos son llamados a consagrar su vida de modo directo e inmediato a lo mismo a que Cristo consagró directamente su vida (estos son los clérigos, religiosos y religiosas) y otros (los laicos) son llamados a actividades que se orientan a otros bienes necesarios o simplemente buenos para los hombres. De este modo los laicos, utilizando debidamente tales bienes, los consagran y ofrecen a Dios, sirviendo y dando testimonio a sus hermanos para que todos se lleguen a relacionarse entre sí como hermanos, conocer su vocación, descubrir al Dios verdadero y amarle como a su Padre.

A uno que pedía su intervención en una cuestión de justicia con su hermano, Jesús respondió que nadie le había puesto como juez para dirimir la razón de uno u otro (Lc 12,13-14). Los fieles católicos deben tener claro que no deben pedir de la Iglesia lo que no es su fin. No es el fin de la Iglesia la justicia en el mundo, ni tan siquiera el desarrollo de la cultura, ni la organización de la sociedad. Si hace algo que no sea su fin estricto, como la educación, actividades culturales o caritativas, las hace porque son medios para realizar su fin evangélico: que la Palabra llegue a los hombres y se conviertan al amor de Dios y del prójimo.

Los clérigos y los religiosos/as, han sido llamados por Dios para vivir sólo para Dios. Por eso la Iglesia no quiere que se dediquen a otras cosas. No es que sean malas, pero los laicos viven inmersos necesariamente en ellas y su vocación normal es la de santificarse allí. De esa forma al someterlas al dominio de Dios, usándolas para el bien, es la actividad del laico. Con ella el laico consagra el mundo a Dios, lo eleva y lo consagra con su peculiar sacerdocio.

Especialmente en el terreno de lo político es donde la Iglesia pide a los clérigos su abstención y en cambio a los laicos católicos una mayor intervención incluso de la que realizan hasta ahora. Pero la experiencia dice que muy fácilmente en la política entran las pasiones y la irracionalidad, dividiendo y enfrentando a las personas, lo cual en la Iglesia es siempre de escándalo, que es necesario evitar. Por eso la Iglesia quiere que la actividad política quede reservada a los fieles laicos.

Sin embargo no se debe pensar que a la Iglesia y a un católico lo mismo debe darle una opción política que otra. Hasta hay quienes prohibirían a obispos y sacerdotes pronunciarse sobre actitudes y valores morales en el campo de la política. La política es una acción humana y, como tal, puede ser moralmente buena o mala; y la Iglesia tiene la grave obligación de orientar e iluminar a sus fieles y a todos los hombres en lo que toca al valor moral de sus actos. En lo político no vale todo; también se dan los actos virtuosos y los pecados. El magisterio de la Iglesia en la moral política pertenece al fin de la Iglesia como una parte más de su servicio a los hombres, es un servicio precioso y necesario para sus hijos metidos en esa actividad dura y difícil (si se quiere hacer bien) y es un estímulo importante para que la cultura moral de un país se mantenga en un nivel humanamente digno. Mejorar el nivel moral de una sociedad es mejorar la sociedad.
Todo lo que hizo Jesús fue para la salvación de los hombres. Todo lo que la Iglesia hace debe ser para salvar a los hombres de sus pecados y abrirles el camino al amor de Cristo. Todo lo que cada uno de nosotros hacemos, hagámoslo de forma que pueda ayudar a que Cristo sea más conocido y amado.

Y no olvidemos que la obra cumbre salvadora de Cristo estuvo en la cruz. Nuestra oración, nuestros sacrificios, nuestro dolor, nuestras obras bien hechas para mejor servicio de Dios y los demás, especialmente las que hacemos para servir mejor a nuestros hermanos y por los más necesitados, tienen así el valor de las obras de Jesús. Que María, que tenía siempre las enseñanzas de Jesús muy presentes en su corazón, nos obtenga esta gracia de hacer así nuestra vida “totalmente cristiana”.




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Unidad de Dios y Unidad de Pareja - 2º Parte


P. Vicente Gallo, S.J.

2. “Lo que Dios ha unido, que nunca lo separe el hombre” (Mt 19, 6)


Dios no sólo hizo al hombre y a la mujer para vivir su Relación de matrimonio en tal Unidad que ella los hiciese ser “imagen y semejanza de Dios mismo”. En cada pareja de quienes se casaron enamorados, es Dios quien los hizo el uno para el otro. Dios los llamó a cada uno desde ese otro. Dios hizo que terminaran encontrándose. Cuando por fin se encontraron ambos, sintieron lo que dijo el primer hombre al ver a la mujer hecha para él: “esto es distinto” (Gén 2, 23). Eso fue su enamoramiento. El secreto para que ese matrimonio sea consistente está en que mantengan siempre firme, como cosa de Dios, el enamoramiento con el que se casaron y en el que Dios se gozó al verlo.

Pero con las manos pecadoras de ambos, con las de sus padres o hermanos que debieron dejar de serlo como Dios lo quiso cuando estos dos se casaron (Gén 2, 24), y con las manos del “mundo”, que son todos los demás organizados a su manera, “el hombre” puede romper el lazo con que Dios los unió, y la hermosa realidad de ser Uno como Dios, como Dios mismo los unió (Mt 19, 6) para amarse con un Amor semejante al Amor con el que Dios ama. Lo que Dios ha unido, lo separará el hombre.

La vida de relación entre los hombres, y también la relación de pareja en el matrimonio, se funda en necesidades humanas que ya hemos mencionado: la de “ser amado”, la de “ser valorado”, y la de “pertenecer a otros” a la vez que “mantener la propia autonomía”. Esas cuatro necesidades se ven satisfechas cuando, en el matrimonio, los dos de la pareja mantienen la fidelidad en el amor que los hace ser uno en lugar de dos. Desde esa satisfacción provienen los sentimientos de felicidad, gozo, gratitud, paz, ilusión, confianza, emoción, fortaleza, y otros parecidos.

Pero cuando cualquiera de esas necesidades se ve insatisfecha, brotan los sentimientos de tristeza, vaciez, soledad, fracaso, desilusión, amargura, desánimo, dolor por estar herido, y los sentimientos semejantes. Cuando alguna de dichas necesidades se ve amenazada, se siente temor, angustia, alarma, miedo, desorientación, inseguridad, preocupación, y otros sentimientos así. Cuando, en alguna de las mencionadas necesidades, uno se ve agredido, bloqueado, impedido, lo que siente será enojo, cólera, rabia, odio, resentimiento, confusión, desesperación, u otros sentimientos parecidos.

Desde situaciones así, cada uno puede optar por buscarse una salida de diversas maneras. Acaso tratando de recuperar la satisfacción de esa necesidad en algo fuera del matrimonio, como irse con los amigos a divertirse, buscar sus pasatiempos personales prescindiendo de su pareja, ver televisión, ir al cine o ver películas aunque sea en su propia casa, navegar en internet, darse a la bebida, buscar otra mujer u otro hombre, acaso dedicarse al apostolado en la Parroquia o donde fuere.

También puede optar por buscarse alguna compensación satisfaciendo más otra de esas cuatro necesidades, cuando es en una en la que se encuentra insatisfecho: por ejemplo, desatender el ser amado, que no lo encuentra, con lograr el ser valorado como inteligente, hábil, conocedor de muchas cosas, ser muy estimado profesionalmente, u otros valores en los que se vea reconocido. O viceversa, al no verse valorado, compensarlo con mirar los muchos aspectos en que puede gozar de ser amado y la mucha gente que le ama, trabajando el que esto sea más verdad. Parecidas compensaciones puede buscar en verse autónomo, el que no logra vivir en pertenencia; o buscar en una pertenencia más grande, la incapacidad que tiene de ser autónomo y libre en sus determinaciones. Y esto no es un juego de palabras o de conceptos, sino una verdad que es necesario percatarse de ella para evitar vivir en ese desarreglo, nefasto para uno mismo y más para la vida de relación.



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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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La Oración en los Ejercicios Espirituales - 6º Parte


Métodos de oración ignaciana - Continuación


La Aplicación de Sentidos


El ejercicio así llamado es una simplificación del método Contemplación Ignaciana. San Ignacio hace pasar de los “sentidos externos” a los sentidos de la imaginación(“ver con la vista imaginativa”) y, de éstos, a los “sentidos internos”, de los que brota el “sentir internamente” la realidad viviente del Señor, “así nuevamente encarnado” (EE 47, 112, 109, etc.)

Con esa misma disposición de espíritu recogido, que se recomienda para la contemplación evangélica, el método de aplicación de sentidos consiste en lo siguiente:

Mirar despacio las personas “con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular las circunstancias, y sacando algún provecho de la vista”.
Por ejemplo: Ver al Niño Jesús en el pesebre y a María atendiéndolo a su lado…

  • Escuchar “lo que hablan o pueden hablar, reflexionando sobre ello”. Por ejemplo: escuchar a los pastores que relatan a María y a José “lo que les habían dicho acerca del Niño”, o escuchar también al llamado misterioso de Cristo pobre, que nos invita a la pobreza evangélica…
  • Respirar y oler espiritualmente “la infinita suavidad y dulzura de la divinidad”, o de las virtudes, por ejemplo, de María…
  • Gustar la actitud, el ademán, la palabra, el silencio…
  • Tocar “así como abrazar y besar” con respeto y reverencia lo que el corazón nos diga…

Es evidente que no se va a Dios, Espíritu puro, con la imaginación, ni con la sensibilidad, pero para completar un acto humano vamos con todo nuestro ser. Se trata, por tanto, de hacernos presentes ante el misterio con todo nuestro ser. La liturgia cristiana está llena de esta clase de símbolos, gestos, actitudes, palabras, que sirven de meditación “visible para la captación y vivencias de lo invisible”.




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Referencias bibliográficas:

Guías de ayuda para hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola en la vida corriente. Ignacio Huarte, S.J.

Métodos Ignacianos de Oración – Equipo de Pastoral Juvenil, Compañía de Jesús en el Perú. Lima.


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La oración de Jesús en la Última Cena


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 11 de enero de 2012

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

En nuestro camino de reflexión sobre la oración de Jesús, que nos presentan los Evangelios, quiero meditar hoy sobre el momento, especialmente solemne, de su oración en la última Cena.

El trasfondo temporal y emocional del convite en el que Jesús se despide de sus amigos es la inminencia de su muerte, que él siente ya cercana. Jesús había comenzado a hablar de su Pasión ya desde hacía tiempo, tratando incluso de implicar cada vez más a sus discípulos en esta perspectiva. El Evangelio según san Marcos relata que desde el comienzo del viaje hacia Jerusalén, en los poblados de la lejana Cesarea de Filipo, Jesús había comenzado «a instruirlos: “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”» (Mc 8, 31). Además, precisamente en los días en que se preparaba para despedirse de sus discípulos, la vida del pueblo estaba marcada por la cercanía de la Pascua, o sea, del memorial de la liberación de Israel de Egipto. Esta liberación, experimentada en el pasado y esperada de nuevo en el presente y para el futuro, se revivía en las celebraciones familiares de la Pascua. La última Cena se inserta en este contexto, pero con una novedad de fondo. Jesús mira a su pasión, muerte y resurrección, siendo plenamente consciente de ello. Él quiere vivir esta Cena con sus discípulos con un carácter totalmente especial y distinto de los demás convites; es su Cena, en la que dona Algo totalmente nuevo: se dona a sí mismo. De este modo, Jesús celebra su Pascua, anticipa su cruz y su resurrección.

Esta novedad la pone de relieve la cronología de la última Cena en el Evangelio de san Juan, el cual no la describe como la cena pascual, precisamente porque Jesús quiere inaugurar algo nuevo, celebrar su Pascua, vinculada ciertamente a los acontecimientos del Éxodo. Para san Juan, Jesús murió en la cruz precisamente en el momento en que, en el templo de Jerusalén, se inmolaban los corderos pascuales.

¿Cuál es entonces el núcleo de esta Cena? Son los gestos de partir el pan, de distribuirlo a los suyos y de compartir el cáliz del vino con las palabras que los acompañan y en el contexto de oración en el que se colocan: es la institución de la Eucaristía, es la gran oración de Jesús y de la Iglesia. Pero miremos un poco más de cerca este momento.

Ante todo, las tradiciones neotestamentarias de la institución de la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 23-25; Lc 22, 14-20; Mc 14, 22-25; Mt 26, 26-29), al indicar la oración que introduce los gestos y las palabras de Jesús sobre el pan y sobre el vino, usan dos verbos paralelos y complementarios. San Pablo y san Lucas hablan de eucaristía/acción de gracias: «tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio» (Lc 22, 19). San Marcos y san Mateo, en cambio, ponen de relieve el aspecto de eulogia/bendición: «tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio» (Mc 14, 22). Ambos términos griegos eucaristeín y eulogeín remiten a la berakha judía, es decir, a la gran oración de acción de gracias y de bendición de la tradición de Israel con la que comenzaban los grandes convites. Las dos palabras griegas indican las dos direcciones intrínsecas y complementarias de esta oración. La berakha, en efecto, es ante todo acción de gracias y alabanza que sube a Dios por el don recibido: en la última Cena de Jesús, se trata del pan —elaborado con el trigo que Dios hace germinar y crecer de la tierra— y del vino, elaborado con el fruto madurado en los viñedos. Esta oración de alabanza y de acción de gracias, que se eleva hacia Dios, vuelve como bendición, que baja desde Dios sobre el don y lo enriquece. Al dar gracias, la alabanza a Dios se convierte en bendición, y el don ofrecido a Dios vuelve al hombre bendecido por el Todopoderoso. Las palabras de la institución de la Eucaristía se sitúan en este contexto de oración; en ellas la alabanza y la bendición de la berakha se transforman en bendición y conversión del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús.

Antes de las palabras de la institución se realizan los gestos: el de partir el pan y el de ofrecer el vino. Quien parte el pan y pasa el cáliz es ante todo el jefe de familia, que acoge en su mesa a los familiares; pero estos gestos son también gestos de hospitalidad, de acogida del extranjero, que no forma parte de la casa, en la comunión convival. En la cena con la que Jesús se despide de los suyos, estos mismos gestos adquieren una profundidad totalmente nueva: él da un signo visible de acogida en la mesa en la que Dios se dona. Jesús se ofrece y se comunica él mismo en el pan y en el vino.

¿Pero cómo puede realizarse todo esto? ¿Cómo puede Jesús darse, en ese momento, él mismo? Jesús sabe que están por quitarle la vida a través del suplicio de la cruz, la pena capital de los hombres no libres, la que Cicerón definía la mors turpissima crucis. Con el don del pan y del vino que ofrece en la última Cena Jesús anticipa su muerte y su resurrección realizando lo que había dicho en el discurso del Buen Pastor: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 10, 17-18). Él, por lo tanto, ofrece por anticipado la vida que se le quitará, y, de este modo, transforma su muerte violenta en un acto libre de donación de sí mismo por los demás y a los demás. La violencia sufrida se transforma en un sacrificio activo, libre y redentor.

En la oración, iniciada según las formas rituales de la tradición bíblica, Jesús muestra una vez más su identidad y la decisión de cumplir hasta el fondo su misión de amor total, de entrega en obediencia a la voluntad del Padre. La profunda originalidad de la donación de sí a los suyos, a través del memorial eucarístico, es la cumbre de la oración que caracteriza la cena de despedida con los suyos. Contemplando los gestos y las palabras de Jesús de aquella noche, vemos claramente que la relación íntima y constante con el Padre es el ámbito donde él realiza el gesto de dejar a los suyos, y a cada uno de nosotros, el Sacramento del amor, el «Sacramentum caritatis». Por dos veces en el cenáculo resuenan las palabras: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11, 24.25). Él celebra su Pascua con la donación de sí, convirtiéndose en el verdadero Cordero que lleva a cumplimiento todo el culto antiguo. Por ello, san Pablo, hablando a los cristianos de Corinto, afirma: «Cristo, nuestra Pascua [nuestro Cordero pascual], ha sido inmolado. Así pues, celebremos... con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad» (1 Co 5, 7-8).

El evangelista san Lucas ha conservado otro elemento valioso de los acontecimientos de la última Cena, que nos permite ver la profundidad conmovedora de la oración de Jesús por los suyos en aquella noche: la atención por cada uno. Partiendo de la oración de acción de gracias y de bendición, Jesús llega al don eucarístico, al don de sí mismo, y, mientras dona la realidad sacramental decisiva, se dirige a Pedro. Ya para terminar la cena, le dice: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32). La oración de Jesús, cuando se acerca la prueba también para sus discípulos, sostiene su debilidad, su dificultad para comprender que el camino de Dios pasa a través del Misterio pascual de muerte y resurrección, anticipado en el ofrecimiento del pan y del vino. La Eucaristía es alimento de los peregrinos que se convierte en fuerza incluso para quien está cansado, extenuado y desorientado. Y la oración es especialmente por Pedro, para que, una vez convertido, confirme a sus hermanos en la fe. El evangelista san Lucas recuerda que fue precisamente la mirada de Jesús la que buscó el rostro de Pedro en el momento en que acababa de realizar su triple negación, para darle la fuerza de retomar el camino detrás de él: «Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho» (Lc 22, 60-61).

Queridos hermanos y hermanas, participando en la Eucaristía, vivimos de modo extraordinario la oración que Jesús hizo y hace continuamente por cada uno a fin de que el mal, que todos encontramos en la vida, no llegue a vencer, y obre en nosotros la fuerza transformadora de la muerte y resurrección de Cristo. En la Eucaristía la Iglesia responde al mandamiento de Jesús: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19; cf. 1 Co 11, 24-26); repite la oración de acción de gracias y de bendición y, con ella, las palabras de la transustanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. En nuestras Eucaristías somos atraídos a aquel momento de oración, nos unimos siempre de nuevo a la oración de Jesús. Desde el principio, la Iglesia comprendió las palabras de la consagración como parte de la oración rezada junto con Jesús; como parte central de la alabanza impregnada de gratitud, a través de la cual Dios nos dona nuevamente el fruto de la tierra y del trabajo del hombre como cuerpo y sangre de Jesús, como auto-donación de Dios mismo en el amor del Hijo que nos acoge (cf. Jesús de Nazaret, II, p. 154). Participando en la Eucaristía, nutriéndonos de la carne y de la Sangre del Hijo de Dios, unimos nuestra oración a la del Cordero pascual en su noche suprema, para que nuestra vida no se pierda, no obstante nuestra debilidad y nuestras infidelidades, sino que sea transformada.

Queridos amigos, pidamos al Señor que nuestra participación en su Eucaristía, indispensable para la vida cristiana, después de prepararnos debidamente, también con el sacramento de la Penitencia, sea siempre el punto más alto de toda nuestra oración. Pidamos que, unidos profundamente en su mismo ofrecimiento al Padre, también nosotros transformemos nuestras cruces en sacrificio, libre y responsable, de amor a Dios y a los hermanos. Gracias.



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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120111_sp.html


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