Homilía: Domingo 31º T.O. (C), 31 de Octubre



Lecturas: Sab 11,22-12,2; S 144; 2Tes 1,11-2,2; Lc 19,1-10


Mantener vivo el encuentro con Cristo


P.José R. Martínez Galdeano, S.J.



Hoy nos plantea el evangelio una realidad frecuente en la vida cristiana. El Papa Benedicto XVI gusta hablar de ella con alguna frecuencia, tal vez por estar un tanto olvidada.


Zaqueo se encuentra de repente con Jesús y aquello le cambia la vida. Es persona importante en la ciudad, es el jefe de los recaudadores de impuestos, de los publicanos. El dinero le hace poderoso y respetado, aunque muy probablemente su fama de honestidad no sea grande como no lo es la de ningún publicano y más siendo de los que destacan. El publicano era en Israel el prototipo del pecador.


Pequeño de estatura, superando el ridículo, Zaqueo sube a una higuera, para poder ver mejor a Jesús. Al pasar, la gran sorpresa. Los ojos del publicano se cruzan con los de Jesús. Jesús le mira con bondad, le llama por su nombre, sin que tal vez nadie antes se lo haya dicho: “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”.


Que cada uno se imagine, como pueda, el asombro y la alegría de Zaqueo. Nunca lo hubiera pensado. Empezó una nueva vida. Había cambiado por dentro y de tal manera que sintió la necesidad de manifestarlo públicamente a los demás publicanos, muchos de los cuales fueron allí invitados al banquete, también a los discípulos y a todos los que pudieran escucharle: “Se puso en pie y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”.


Zaqueo no es el mismo. Zaqueo ha cambiado, ha dejado de ser un avaro y un ladrón. Zaqueo seguirá siendo publicano y recaudando impuestos, pero ahora lo hará honradamente y ayudando a los pobres con parte de sus ganancias.


“Jesús le contestó: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Jesús aclara la transformación de Zaqueo. Estaba perdido por el pecado, como se habían perdido la oveja, la dracma, el hijo del padre bueno que se fue y malgastó toda su herencia. Y parecía que Jesús pasaba sin más por Jericó, pero venía a salvar a Zaqueo. También era judío, también era hijo de Abrahán, también cualquier hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, también quiere Dios que todos los hombres se salven, también ha venido Jesús a salvar a todos los hombres. Y alguna vez llega y llama y pide que le abramos el corazón para hacer morada en él y hacernos templos del Espíritu Santo: “Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).


Hay mucha literatura cristiana con acontecimientos semejantes. Así cambió San Pablo y de modo aun más violento, podríamos decir. En los Hechos de los Apóstoles tres veces se recuerda el acontecimiento: primero cuando sucede, luego cuando Pablo lo narra en su discurso ante el tribuno romano y el pueblo de Jerusalén, por fin ante el rey Agripa y el procurador romano Festo. También en sus cartas recuerda repetidamente aquel hecho que cambió radicalmente su vida (Ga 1,13; 1Cor 9,1; 15,8; Ef 3,8; 1Ti 1,15). Las vidas de los santos están repletas de estas conversiones: San Agustín, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola… El Papa Benedicto XVI insiste mucho en que la fe es consecuencia de ese acontecimiento, del encuentro personal con Cristo. Lo repite en discursos y homilías y en el libro “Jesús de Nazaret”, libro precioso, cuya lectura recomiendo. Todo comienza con ese encuentro. Yo también lo creo así.


Sin embargo son muchos los que no caen en la cuenta. Cierto que a veces el encuentro no es tan violento. Es el caso de un niño que, lo mismo que fue aprendiendo a hablar y a andar, se encontró con Dios con la misma naturalidad que con sus padres; vivió la atracción y aun la presencia y el amor de Dios sin mayores problemas, igual que la respiración y otras actividades vitales, importantísimas, pero naturales. Santa Teresa del Niño Jesús es un ejemplo claro.


Si estamos aquí, es porque todos hemos tenido en la vida un encuentro semejante. El encuentro de Zaqueo con Jesús puede aclararnos el nuestro, del que tal vez no seamos conscientes pese a su importancia en el pasado y para el futuro.


A todos nosotros nos ha llamado Jesús. Y más de una vez probablemente. Puede haber sido algo como un fogonazo de luz que me iluminó de repente, puede haber sido como el sol del amanecer que va disipando la oscuridad paso a paso. Hagamos un esfuerzo y recordémoslo. Y agradezcámoslo. Y respondamos. Porque el encuentro con Jesús y la convivencia con Jesús nos tienen que cambiar.


El que esto sea verdad no significa hacerse incapaces de pecar. Este encuentro lo tuvieron los doce apóstoles. Sin embargo Pedro negó tres veces a Jesús y Judas le traicionó, y todos tuvieron un lento progresar en las virtudes como la humildad y la comprensión de la cruz.


“El justo vive de la fe” (Ro 1,17). Si ustedes viven de la fe y despiertos a Dios, tendrán con frecuencia estos encuentros. Son una gracia de Dios y como tal no podemos producirlos nosotros de ninguna manera. Pero podemos pedirlos, estar preparados para ellos y siempre debemos agradecerlos y aprovecharlos para avanzar en la práctica de las virtudes. “Cree y entenderás”. Verán que es cierto lo que decía Santa Teresa de que “entre los pucheros anda Dios”. Es más fácil vivirlo que explicarlo. Pero, si dentro de mí una frase de la escritura, una reflexión sobre Dios o Jesús, un acto de bondad, una limosna, el perdón de algo, el arrepentimiento de mis pecados, levantan como una luz, que me dice que Dios me ama, que Él está cerca, y esto me conmueve y me da paz, alegría, fuerza y ganas de hacer el bien, todo esto significa que Su presencia está cerca. No pierdas la oportunidad. Vive atento a estas ocasiones preciosas. Es el Señor el que te alienta.


“Hoy ha venido la salvación a esta tu casa”, a tu corazón. Vive de otro modo; no se puede volver al antiguo después de haberlo dejado. Que Nuestra Señora nos ayude a tener siempre abiertas las puertas a su Hijo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”.



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La necesidad de Dios



P. Adolfo Franco, SJ


Reflexión del Domingo XXX del Tiempo Ordinario

Lucas 19, 1-10


Este domingo meditamos sobre este curioso personaje que es Zaqueo, y creo que podemos encontrar en él algunos rasgos nuestros.



El Evangelio de hoy, que narra la conversión de Zaqueo, podíamos decir que es nuestra propia historia. Un hombre, en un momento dado de su vida, siente que necesita encontrarse con Jesús, quiere verlo, y hace todo el esfuerzo de mirarlo. Y en la búsqueda se encuentra con que Jesús lo mira a él y se invita a su casa, porque quiere compartir con él su amistad. Y en el encuentro Zaqueo cae en la cuenta de que tiene que cambiar y cambia radicalmente, y ya en vez de apropiarse ilícitamente del dinero de los demás, se pone a dar y a repartir con generosidad.

Son cuatro pasos perfectamente definidos: la curiosidad o la necesidad de ver a Jesús, que está pasando cerca. El esfuerzo por verlo, superando las dificultades que se ponen delante, y si se es bajo de estatura, habrá que subirse a un árbol para ver a Jesús; pero hay que verlo de todas maneras. El tercer paso, es Jesús que ve y mira a quien le está buscando, y se produce un encuentro y una intimidad en la propia casa, con Jesús invitado a comer. Y finalmente la transformación de la conducta producida por el encuentro con Jesús.

Es la historia de tantas personas que han buscado a Jesús y lo han encontrado, y este encuentro ha transformado sus vidas. Muchas personas buscan a Jesús, quizá incluso lo buscan sin saberlo. En la vida de muchas personas surge un cansancio del vacío, de la vida dedicada a cosas superficiales. Personas que no han pensado nunca en serio en Dios, que se han dedicado al trabajo, a ganar dinero, a buscar por todas partes todas las diversiones, las lícitas y las ilícitas; personas que han progresado a base de encaramarse sobre los demás. Pero al final, personas sin rumbo y con un vacío en el corazón. Y ese vacío en un momento dado se hace sentir en forma de hastío, o en forma de aburrimiento; surge una nueva necesidad, y se oye hablar de Jesús, y parece que esa voz encuentra un cierto eco, aunque sea débil en ese corazón vacío.

En ese corazón así preparado por la decepción, o por el fracaso, surge una necesidad de Dios, que al principio no se sabe con claridad que sea precisamente necesidad de Dios. A veces es la curiosidad por ver qué hay en las personas que viven cerca de Dios. Pero en variadas formas se trata de una atracción que Dios empieza a ejercer sobre la persona. Este deseo crece, se hace consciente, y quiere ser satisfecho. Se ha hecho suficientemente grande como para empezar a buscar con intensidad. Y entonces surgen dificultades, impedimentos, marchas atrás. Pero la persona ha quedado inquieta por esta necesidad de buscar; y supera todas las dificultades, y si es necesario se sube a un árbol, para ver a Jesús. A veces el sujeto es de baja estatura moral, y tiene que levantarse un poco, para que la multitud no le impida la vista.

Y cuando el sujeto está allá arriba mirando, siente que la mirada de Aquel que él buscaba con timidez se dirige a sus ojos para mirarlo profundamente y la mirada le llega hasta el corazón. Y le hace sentir una emoción especial. Jesús en ese momento del encuentro le pide “permiso” para entrar en su casa: Jesús le dice: hoy necesito (El, Jesús, es el que necesita) hospedarme en tu casa. ¿Qué necesidad es esa? ¿Quién necesita de quién? Pero una vez que se dio el encuentro de las dos miradas, se han encontrado los dos corazones; y El empieza a ser el huésped de tu casa, el que va a llenar el vacío que había hasta hace poco tiempo.

Y enseguida la presencia de Dios te hace cambiar los parámetros de tu vida: el que era ladrón se convierte en bienhechor, el que era egoísta se transforma en generoso. Empieza a hacer cuentas, a repasar toda su vida y da la mitad de sus bienes, y empieza a devolver cuatro veces a todos los que ha defraudado, como hizo Zaqueo cuando tuvo a Jesús a comer en su casa.

Es que la presencia de Jesús en el corazón tiene que transformar todo lo que está torcido. Su invitación a que le demos de comer, se convierte en una invitación que El nos hace a cambiar, a sustituir todo lo torcido por rectitud. Su amistad nos cambia completamente y empezamos a ser lo que deberíamos haber sido siempre. Y sentimos que ese vacío de hace un tiempo, que nos indujo a buscar al Señor, ya ha quedado lleno con su presencia y con la transformación de nuestra conducta.+


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Agradecemos la P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.


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Homilía: Solemnidad de Todos los Santos

Lecturas: Ap 7,2-4.9-14; S.23; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12

¡La salvación es de nuestro Dios y del Cordero!

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.




Hoy y mañana la liturgia nos recuerda importantes verdades de fe. Hoy es la de que todos hemos sido hechos santos por el bautismo, que además estamos invitados por Dios hasta grados altos de santidad y que el mismo Dios nos ofrece los medios para ello. Mañana nos recuerda la verdad de fe de que las almas de quienes murieron en la paz de Dios, pero no totalmente purificados, lo están siendo en el Purgatorio y pueden ser ayudados por nosotros ofreciendo oraciones y sacrificios.


Una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, gritan con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero! (Ap 7). Son tantos los santos que de modo heroico han practicado en su vida el Evangelio que el calendario no tiene al año días suficientes para festejarlos. Por eso ha optado por la idea de celebrarlos a todos juntos en la solemnidad de hoy. La gracia de Dios, la fuerza del Espíritu, la acción de Cristo en la Iglesia siguen siendo capaces de generar santos y lo serán hasta el final. Todos estamos invitados a ser santos y el Concilio Vaticano II nos lo recuerda; la fiesta de hoy nos está recordando también que nosotros tenemos la posibilidad de formar un día parte de esa multitud, que alaba a Dios en el Cielo por toda la eternidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque Le veremos tal cual es” (1Jn 3,2).


La devoción a los santos nos da luz sobre las múltiples y variadas formas de la realización concreta del Evangelio a lo largo de la historia. Los santos nos enseñan que en las condiciones más diversas es posible con la ayuda de la gracia de Dios practicar el amor a Dios y al prójimo, y nos motivan a ello. Los santos son el Evangelio vivido. Por eso el ejemplo y la lectura de las vidas y escritos de los santos tienen efectos muy favorables para sacudir la pereza espiritual, convirtiendo a los pecadores (como por ejemplo en el caso de San Ignacio de Loyola), poniendo de relieve la fuerza de la gracia de Dios, iluminando el camino de la virtud y dando fuerzas para llevar la propia cruz. La lectura de las vidas de santos vienen a ser ya una práctica de las virtudes, porque, al sintonizar y admirar aquellos actos heroicos, los desea también hacer y este ejercicio viene a ser como una especie de gimnasia de las virtudes. Así como en la subconsciencia, como ha descubierto la sicología, queda la huella de los actos moralmente malos que en el futuro propician otros igualmente malos, también se imprime en la misma subconsciencia, el influjo de la admiración, deseo de imitación y fortalecimiento de las virtudes y ejemplos que se han admirado y gozado en la lectura de los santos. Es por eso importante la lectura de las vidas de santos para sostener y aumentar el deseo de imitarlos y de seguir más de cerca a Jesucristo.


Por fin los santos son intercesores ante Dios y la experiencia continua de la Iglesia está demostrando que Dios se complace en hacer milagros continuos por medio de ellos. No olvidemos que cada beatificación supone un milagro claro e irrefutable y lo mismo cada canonización. El Señor se complace en manifestarse grande en sus santos. Es bueno pedirles favores de cosas de este mundo, pero no olvidemos de pedir sobre todo la luz y la gracia que necesitamos para imitarles en su entrega a Dios.


Pero además de los santos ya canonizados y beatificados, recordamos hoy a la multitud de todos aquellos que a través de todos los siglos y gracias a los méritos de Cristo ya alcanzaron el premio. Tal vez pasaron por el Purgatorio, pero ahora están ya en la presencia de Dios en el Cielo. Ya están en la bienaventuranza. A muchos los hemos conocido y tenemos motivos serios, y aun muy serios, de que murieron en Dios y por tanto se han salvado. Ellos están en la Bienaventuranza y, con todos los demás santos, son capaces de ofrecer a Dios nuestras oraciones y de apoyarlas con su intercesión. Tal vez es el papá, la mamá, esposo o esposa, hijo, una persona santa que te ayudó en esta vida en tu camino para conocer y amar más a Dios. De no pocos nos consta de la solidez de su fe y de su espíritu de sacrificio. Tenemos abundantes y suficientes señales de su salvación, de que están ya en el Cielo. Podemos pedirles ayuda. Naturalmente estoy hablando no sólo de peticiones de bienes temporales, sino también y sobre todo de bienes espirituales. Verán cómo les ayudan.


Por fin también las almas del Purgatorio están ya salvadas, aunque estén purificándose para llegar a la Bienaventuranza eterna. los que todavía caminamos con esfuerzo y confianza. La Iglesia siempre ha orado por estas personas desde los primeros siglos, ha ofrecido misas y otras obras buenas. Sigamos haciéndolo. La Iglesia nos da ejemplo. En todas las misas, en las oraciones que siguen a la consagración del pan y del vino, se ora por todos los difuntos: “Acuérdate también de nuestros hermanos, que durmieron con la esperanza de la resurrección (se refiere a los difuntos bautizados), y de todos los difuntos (son todos los demás que se salvaron con el bautismo de deseo, por caminos que no conocemos, pero que son reales): Admítelos —pide la Iglesia— a contemplar la luz de tu rostro” (Plegaria euc. 2ª).


Pero además también ellos pueden interceder por nosotros. Son amados de Dios, están ya salvados, forman parte de la Iglesia, la Iglesia purgante. Dios los mira con amor y complacencia, la Iglesia aprueba la devoción a las almas del Purgatorio y por tanto es bueno y provechoso pedir la ayuda de su intercesión.


Con toda esa inmensidad nos reunimos en cada misa y desde el Cielo o el Purgatorio nos contemplan y oran para que un día estemos en su compañía. También esto lo pìde la Iglesia: “Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (Plegaria euc. 2ª)


No marchamos solos. Vamos en camino. “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, es puro como puro es Él” (1Jn 3,2-3).




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Homilía del Papa Benedicto XVI en la canonización de 6 beatos



Plaza de San Pedro
Domingo 17 de octubre de 2010
(Vídeo)


Queridos hermanos y hermanas:

Se renueva hoy en la plaza de San Pedro la fiesta de la santidad. Con alegría os doy mi cordial bienvenida a vosotros, que habéis llegado, incluso de muy lejos, para participar en ella. Un saludo particular a los cardenales, a los obispos y a los superiores generales de los institutos fundados por los nuevos santos, así como a las delegaciones oficiales y a todas las autoridades civiles. Juntos procuremos acoger lo que el Señor nos dice en las Sagradas Escrituras que se acaban de proclamar. La liturgia de este domingo nos ofrece una enseñanza fundamental: la necesidad de orar siempre, sin cansarse. A veces nos cansamos de orar, tenemos la impresión de que la oración no es tan útil para la vida, que es poco eficaz. Por ello, tenemos la tentación de dedicarnos a la actividad, a emplear todos los medios humanos para alcanzar nuestros objetivos, y no recurrimos a Dios. Jesús, en cambio, afirma que hay que orar siempre, y lo hace mediante una parábola específica (cf. Lc 18, 1-8).

En ella se habla de un juez que no teme a Dios y no siente respeto por nadie, un juez que no tiene una actitud positiva, sino que sólo busca su interés. No tiene temor del juicio de Dios ni respeto por el prójimo. El otro personaje es una viuda, una persona en una situación de debilidad. En la Biblia la viuda y el huérfano son las categorías más necesitadas, porque están indefensas y sin medios. La viuda va al juez y le pide justicia. Sus posibilidades de ser escuchada son casi nulas, porque el juez la desprecia y ella no puede hacer ninguna presión sobre él. Tampoco puede apelar a principios religiosos, porque el juez no teme a Dios. Por lo tanto, al parecer esta viuda no tiene ninguna posibilidad. Pero ella insiste, pide sin cansarse, es importuna; así, al final logra obtener del juez el resultado. Aquí Jesús hace una reflexión, usando el argumento a fortiori: si un juez injusto al final se deja convencer por el ruego de una viuda, mucho más Dios, que es bueno, escuchará a quien le ruega. En efecto, Dios es la generosidad en persona, es misericordioso y, por consiguiente, siempre está dispuesto a escuchar las oraciones. Por tanto, nunca debemos desesperar, sino insistir siempre en la oración.

La conclusión del pasaje evangélico habla de la fe: «Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» (Lc 18, 8). Es una pregunta que quiere suscitar un aumento de fe por nuestra parte. De hecho, es evidente que la oración debe ser expresión de fe; de otro modo no es verdadera oración. Si uno no cree en la bondad de Dios, no puede orar de modo verdaderamente adecuado. La fe es esencial como base de la actitud de la oración. Es lo que hicieron los seis nuevos santos que hoy se presentan a la veneración de la Iglesia universal: Estanislao Sołtys, Andrés Bessette, Cándida María de Jesús Cipitria y Barriola, María de la Cruz MacKillop, Julia Salzano y Bautista Camila de Varano.

San Estanislao Kazimierczyk, religioso del siglo XV, puede ser también para nosotros ejemplo e intercesor. Toda su vida estuvo vinculada a la Eucaristía. Ante todo en la iglesia del Corpus Christi en Kazimierz, en la actual Cracovia, donde, junto a su madre y a su padre, aprendió la fe y la piedad; donde emitió los votos religiosos en la Orden de los Canónigos Regulares; donde trabajó como sacerdote, educador, dedicado al cuidado de los necesitados. Sin embargo, estaba vinculado de forma especial a la Eucaristía mediante un amor ardiente a Cristo presente bajo las especies del pan y del vino; viviendo el misterio de la muerte y de la resurrección, que se realiza de modo incruento en la santa misa; a través de la práctica del amor al prójimo, del cual la Comunión es fuente y signo.

El hermano Andrés Bessette, originario de Quebec, Canadá, y religioso de la Congregación de la Santa Cruz, conoció muy pronto el sufrimiento y la pobreza, que lo llevaron a recurrir a Dios mediante la oración y una vida interior intensa. Portero del colegio de Nuestra Señora de Montreal, manifestó una caridad sin límites y se esforzó por aliviar las miserias de quienes se dirigían a él. Aunque estaba muy poco instruido, comprendió dónde se hallaba lo esencial de su fe. Para él, creer significaba someterse libremente y por amor a la voluntad divina. Lleno del misterio de Jesús, vivió la bienaventuranza de los corazones puros, la de la rectitud personal. Gracias a esta sencillez hizo que muchos vieran a Dios. Hizo construir el Oratorio San José de Mont Royal, del que fue guardián fiel hasta su muerte en 1937. Fue testigo de innumerables curaciones y conversiones. «No intentéis evitar las pruebas —decía—, más bien pedid la gracia de soportarlas». Para él, todo hablaba de Dios y de su presencia. Como él, busquemos también nosotros a Dios con sencillez para descubrirlo siempre presente en el corazón de nuestra vida. Que el ejemplo del hermano Andrés inspire la vida cristiana canadiense.

Cuando el Hijo del hombre venga para hacer justicia a los elegidos, ¿encontrará esta fe en la tierra? (cf. Lc 18, 18). Hoy podemos decir que sí, con alivio y firmeza, al contemplar figuras como la madre Cándida María de Jesús Cipitria y Barriola. Aquella muchacha de origen sencillo, con un corazón en el que Dios puso su sello y que la llevaría muy pronto, con la guía de sus directores espirituales jesuitas, a tomar la firme resolución de vivir «sólo para Dios». Decisión mantenida fielmente, como ella misma recuerda cuando estaba a punto de morir. Vivió para Dios y para lo que él más quiere: llegar a todos, llevarles a todos la esperanza que no vacila, y especialmente a quienes más lo necesitan. «Donde no hay lugar para los pobres, tampoco lo hay para mí», decía la nueva santa, que con escasos medios contagió a otras hermanas para seguir a Jesús y dedicarse a la educación y promoción de la mujer. Nacieron así las Hijas de Jesús, que hoy tienen en su fundadora un modelo de vida muy alto que imitar, y una misión apasionante que proseguir en los numerosos países donde ha llegado el espíritu y los anhelos de apostolado de la madre Cándida.

«Recordad quiénes fueron vuestros maestros: de ellos podéis aprender la sabiduría que lleva a la salvación por la fe en Jesucristo». Durante muchos años, innumerables jóvenes, a lo largo y ancho de Australia, han sido bendecidos con profesores que se han inspirado en el ejemplo santo y valiente de celo, perseverancia y oración de la madre Mary MacKillop. Ella en su juventud se dedicó a la educación de los pobres en la difícil y exigente zona rural de Australia, impulsando a otras mujeres a unirse a ella en la primera comunidad de religiosas de ese país. Atendió las necesidades de cada uno de los jóvenes que se confiaron a ella, sin reparar en su posición social o su riqueza, proporcionándoles tanto una formación espiritual como intelectual. A pesar de los muchos desafíos, sus oraciones a san José y su incansable devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a quien dedicó su nueva congregación, confirieron a esta santa mujer las gracias necesarias para permanecer fiel a Dios y a la Iglesia. Que por su intercesión sus seguidores sigan sirviendo hoy a Dios y a la Iglesia con fe y humildad.

En la segunda mitad del siglo XIX, en Campania, en el sur de Italia, el Señor llamó a una joven maestra de la escuela primaria, Julia Salzano, y la convirtió en apóstol de la educación cristiana, fundadora de la congregación de las Hermanas Catequistas del Sagrado Corazón de Jesús. La madre Julia comprendió bien la importancia de la catequesis en la Iglesia y, uniendo la preparación pedagógica al fervor espiritual, se dedicó a ella con generosidad e inteligencia, contribuyendo a la formación de personas de toda edad y posición social. Repetía a sus hermanas que deseaba impartir catecismo hasta la última hora de su vida, demostrando con todo su ser que si «Dios nos ha creado para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida», no se debía anteponer nada a esta tarea. Que el ejemplo y la intercesión de santa Julia Salzano sostengan a la Iglesia en su perenne tarea de anunciar a Cristo y formar auténticas conciencias cristianas.

Santa Bautista Camila de Varano, monja clarisa del siglo XV, testimonió con todas sus fuerzas el sentido evangélico de la vida, especialmente perseverando en la oración. Entró a los 23 años en el monasterio de Urbino y se integró como protagonista de aquel vasto movimiento de reforma de la espiritualidad femenina franciscana que se proponía recuperar plenamente el carisma de santa Clara de Asís. Promovió nuevas fundaciones monásticas en Camerino, donde fue elegida abadesa en varias ocasiones, en Fermo y en San Severino. La vida de santa Bautista, totalmente inmersa en las profundidades divinas, fue una ascensión constante por el camino de la perfección, con un amor heroico a Dios y al prójimo. Estuvo marcada por grandes sufrimientos y místicos consuelos; en efecto, como ella misma escribe, había decidido «entrar en el Sagrado Corazón de Jesús y ahogarse en el océano de sus dolorosísimos sufrimientos». En un tiempo en el que la Iglesia sufría un relajamiento de las costumbres, ella recorrió con decisión el camino de la penitencia y de la oración, animada por el ardiente deseo de renovación del Cuerpo místico de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor por el don de la santidad, que resplandece en la Iglesia y hoy se refleja en el rostro de estos hermanos y hermanas nuestros. Jesús nos invita también a cada uno de nosotros a seguirlo para tener en herencia la vida eterna.

Dejémonos atraer por estos ejemplos luminosos, dejémonos guiar por sus enseñanzas, para que nuestra existencia sea un cántico de alabanza a Dios. Que nos obtengan esta gracia la Virgen María y la intercesión de los seis nuevos santos, a los que hoy con alegría veneramos. Amén.

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Tomado de
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La Oración es un acto de fe

P. Adolfo Franco, SJ

Reflexión del Domingo XXX del Tiempo Ordinario

Lucas 18, 9-14


En la oración, en la forma de orar se descubre también quién somos y cómo somos.



Jesús nos da muchas enseñanzas sobre la oración en todo el Evangelio, y además nos enseña la oración con su propio ejemplo; El aparece con mucha frecuencia orando y pasando a veces las noches en oración. En este párrafo de hoy nos cuenta la parábola de la oración del fariseo y del publicano. Nos enseña cómo orar, qué es la oración. Pero añade también, una vez más, una lección importante sobre la humildad. Nos viene a decir que el orgulloso, el que se cree superior, está incapacitado para la oración; en cambio el que en su corazón siente que es un pecador y se humilla por eso, ése puede orar y es escuchado.

La oración es uno de los grandes regalos que nos ha hecho Dios indudablemente. Pone de manifiesto el gran cariño que Dios nos tiene. Ha querido establecer un canal de comunicación, porque quiere saber de sus hijos, quiere que le cuenten todo, quiere ser su paño de lágrimas, quiere ser nuestra fortaleza y nuestra paz. Dios ha querido que podamos comunicarnos con El, que lo contemplemos, que le mostremos nuestros afectos, y nuestras necesidades. Quiere oírnos. Y también quiere tener la posibilidad de enviarnos sus mensajes, de mostrarnos su calor y su ternura, porque todo eso hace Dios con nosotros en la oración. Esto es tanto así que con derecho podríamos preguntarnos ¿sería posible vivir como hombres, si no tuviéramos la posibilidad de orar?

La oración es un acto de fe en la realidad de Dios: fe en su existencia y en su paternidad, fe en su Providencia. Es un acto de fe por el que en un momento salimos de nuestro mundo cotidiano y nos situamos en el mundo superior, en la otra dimensión: hay una especie de salida de este mundo y una entrada en el ámbito de Dios. La fe es un acto de humildad, por el que reconocemos nuestra necesidad más honda, nuestra indigencia radical, y por eso acudimos a nuestra fuente, a nuestro sustento vital que es Dios. Así la oración pone nuestra vida en comunicación con la fuente de la vida.

Y por esa razón el orgullo es el principal obstáculo para una verdadera oración. Por esas y otras razones la oración del fariseo es un fiasco, es una falsificación, es una pose teatral, no es oración en suma. El contenido de la aparente oración del fariseo brota de un hombre que no necesita de Dios. Prácticamente se comunica con El de igual a igual; le da gracias, no por los favores que le haya concedido. El mismo piensa que ha logrado todo con su esfuerzo: yo no soy igual que los demás hombres. Y eso debido a mis propios méritos a mis propios esfuerzos. Los otros son malos, y yo soy tremendamente bueno. Y así vengo a hablar contigo: el bueno (que se lo cree) con el Unico Bueno. Y como es tan bueno este fariseo se pone delante en primera fila, porque es el lugar que le corresponde. Mientras que el pecador se queda allá lejos y no se atreve a acercarse más. El fariseo, por eso mismo, desprecia a los seres que él cree inferiores: yo no soy como los demás hombres, yo cumplo, yo, yo. El protagonista de su aparente oración no es Dios, sino su YO inflado, exhibicionista de sus buenas acciones; está viniendo a la oración para que Dios admire a este ser tan excepcional.

Y otra fea característica de este hombre, caricaturizado por Cristo: la falta total de caridad con el prójimo, el juicio despiadado de los demás. Y así entramos en otro aspecto de la oración cristiana ¿puede orar de verdad al Padre el que no considera a los demás como sus hermanos? ¿El que desprecia a un hijo de Dios, puede hablar de verdad con el Padre? ¿Le gustará a Dios una oración cuyo contenido es la crítica de sus hijos? Y cuando somos orgullosos, críticos y jueces de los demás ¿seremos oídos por el Padre que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y que ama a los pecadores? Esta actitud de desprecio que tiene el fariseo también contribuye a que su oración sea falsa.

Lo que Jesús critica en la oración de este fariseo es su orgullo frente a Dios, su vanidad por sus propias obras (como si no hubiera sido ayudado por Dios) y su juicio de los demás, que llega hasta el desprecio de los que él juzga pecadores.

En cambio lo que el Señor alaba en el pecador que ora, es que se siente indigno ante Dios, que se reconoce pecador, que no se atreve a acercarse, ni a levantar los ojos del suelo. Reconoce que necesita a Dios, que no lo merece, y no se compara con nadie, pues tiene bastante con considerar y arrepentirse de sus propios pecados.

Por eso éste vuelve a casa, después de la oración, justificado y el fariseo en cambio no, porque en realidad no ha orado.+

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Agradecemos la P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.




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Homilía: Domingo 30º T.O. (C), 24 de Octubre



Lecturas: Eclo 35,12-14.16-18; S 33; 2Tim 4,6-8.16-18; Lc 18,9-14

Exaltó a los humildes

P. José R. Martínez Galdeano, S.J.



Como ya les anuncié el domingo pasado, también hoy el evangelio se refiere al tema de la oración. Es para Lucas de los especialmente importantes. Ya vimos que la oración ha de hacerse con perseverancia. Hoy se añade que ha de hacerse con humildad.

Ya sabemos que el fariseo es el tipo del hombre religioso, observante y cumplidor, pero soberbio y pagado de su propia observancia religiosa. En la parábola se supone que todo lo que decía en su oración sobre sí mismo para avalar su petición era cierto. También se supone que el publicano responde a la fama que tenían los publicanos, en concreto que se aprovechaban del cobro de los impuestos para hacerse rico; esto es lo que significa que era pecador. Es desde luego un pecado duramente condenado en la Biblia.

Sin embargo fue la oración del publicano pecador la que fue escuchada y la del fariseo justo no. ¿Qué nos dice esto? San Lucas dice que, al dirigir la parábola, Jesús tuvo la intención de corregir no precisamente a los pertenecientes a la secta de los fariseos, sino en general a “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”.

Probablemente fue en Jerusalén y en el mismo recinto del templo y en los días cercanos a la Pascua, cuando es mayor la afluencia de fieles y la presencia de fariseos. Jesús quiere dejar muy claro que la humildad es actitud necesaria para orar y que la oración sea escuchada.

Aquel fariseo no mentía cuando decía que sus obras eran mejores que las de la mayoría de la gente; no era falso que ayunase, etc. Ni el publicano exageraba sus pecados. Sin embargo la oración del fariseo, cuyas obras exteriores eran las que Dios pedía, no le sirvieron, y al publicano, la del ladrón y defraudador, se le escuchó. Era humilde, reconocía su pecado y pedía arrepentido el perdón.

Cierto que esto no es novedad ni en el Evangelio ni en la Biblia. Ya lo dijo Jesús en el Sermón de la Montaña y lo extendió también al ayuno y la limosna. Si se hacen para que los demás lo vean, no sirven para nada. “Porque todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido”.

Ustedes saben que sería casi interminable el intento de mostrar esto con citas bíblicas. ¡Son tan frecuentes! Esta misma semana rezábamos en la Oración de las horas, que debemos hacer por la Iglesia los sacerdotes y muchos religiosos. Se nos recordaba un texto de Isaías: “Así dice el Señor: El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué templo podrán ustedes construirme o qué lugar para mi descanso? (Se refiere el profeta al fantástico templo primero de Salomón). Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío —oráculo del Señor—. En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras” (Is 66,1-2). Más que aquellos magníficos sacrificios de animales, que el aroma del incienso, que el sonido armonioso de tantos instrumentos musicales y las voces del pueblo enardecido alabando a Dios, presidido por su sumo sacerdote y los demás sacerdotes y levitas, como Dios había mandado que se celebrase el culto en aquel templo, más que en todo aquello Dios “pone sus ojos en el humilde y el abatido que se estremece ante sus palabras”.

El Señor de los Milagros, cuya fiesta celebramos esta semana, fue desde el principio (y continúa siéndolo) un catecismo de la eficacia de la oración los humildes. Los morenos lo descubren, a ellos les muestra especialmente su benevolencia y desde ellos va extendiendo sus favores a todo el resto de Lima y del Perú. Su cruz nos hace ver que es ese camino de cruz y de humildad el que tenemos que hacer para salvarnos. Vayamos y vayan los publicanos a reconocer los pecados a sus pies.

Pero hemos de reconocer que no nos resulta fácil adquirir esa humildad del publicano tan necesaria en la oración para que ésta sea eficaz. Ya en el Paraíso señala la Biblia que el engaño de la serpiente a Eva fue decirle que, si comieren de aquella fruta, “serían como dioses”. Dice el texto que esto le pareció maravilloso y comió (Gen 3, 5-6).

La oración de la Iglesia nos estimula con frecuencia a activar y practicar la humildad. Así la misa comienza por una toma de conciencia de nuestra realidad pecadora. Se proclama luego el gloria, canto de alabanza, de adoración y gratitud a la Santísima Trinidad, y en él se reconoce y agradece al Hijo porque “quita el pecado del mundo” y se le pide que “tenga piedad de nosotros”.

Preparada la ofrenda, pide el celebrante, al lavarse los dedos, que “lave su iniquidad y purifique su pecado”, para ofrecerla dignamente. Recordamos luego en las palabras de la consagración (momento cumbre de la misa) que ese sacrificio se ofrece por nuestros pecados; y al orar por toda la Iglesia suplicamos a Dios que “tenga misericordia de nosotros”. En el Padrenuestro y en la oración que le sigue volvemos a pedir que nos libre de nuestros pecados y nos ayude su misericordia, que volveremos a invocar repetidamente para recibir al que quita el pecado y nos haga dignos de recibirle.

También la confesión, tan importante para crecer en el amor a Dios y al prójimo y en las virtudes, exige siempre el arrepentimiento de los propios pecados y, cayendo en la cuenta de ellos, renueva la conciencia del pecador que se arrepiente, del hijo pródigo que regresó. Al descubrir en nosotros pensamientos y deseos no según el Evangelio, al tomar conciencia de nuestros pecados de palabra y de obra en que caímos, al darnos cuenta de los frenos interiores y aun defectos con que obramos el bien, es fácil hacer propias ciertas palabras inspiradas: “No hay ningún justo en la tierra que haga el bien sin nunca pecar” (Qo 7,20). “Pecador me concibió mi madre” (S. 51,7). “El pecado habita en mí. Me complazco en la ley de Dios, según el hombre espiritual, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros” (Ro 7,20-23).

Me atrevo a afirmar algo paradójico: Solo el que se esfuerza por el bien, se da cuenta de la fuerza que el mal tiene dentro de sí. Así el espíritu de contrición, la conciencia de ser pecador viene a ser garantía de caminar por la senda correcta y debe estar presente en toda oración y aun obra buena. Porque “el que se engrandece será humillado y el que se humilla será engrandecido”. Y con palabras de la Virgen María, especialmente llena del Espíritu Santo en ese momento: “Derribó a los soberbios de sus tronos y exaltó a los humildes” (Lc 2,53).



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Matrimonios: Ser sarmientos de la única Vid, 2º Parte


P. Vicente Gallo, S.J.


2. Los laicos participan de la estructura de la Iglesia


La Iglesia está estructurada en Iglesia Universal, Iglesias Particulares que son las Diócesis, y estas, a su vez, en Parroquias. No por capricho ni por iniciativa de los hombres a través de los siglos; sino al ser la Iglesia gobernada y regida por el Espíritu Santo. Los laicos deben afirmar “Nosotros somos la Iglesia”. Pero los laicos, en sus ministerios, servicios y funciones, desde sus respectivos carismas particulares, han de mantenerse al servicio de la Iglesia organizada en Iglesia Universal, en Diócesis y Parroquias, y concretamente con el propio Párroco y las organizaciones pastorales de la Parroquia.

“Nuestra Parroquia” es la Iglesia localizada en el contorno de mi vivienda, a la que pertenecen nuestros hijos inscritos en ella, y en la que se hace visible la Iglesia de Cristo establecida en toda la tierra, continuadora de la misión de salvar a todas las gentes. En ella, como en algo natural, deben hallar los laicos su lugar propio para realizar los ministerios, oficios, funciones y carismas que, repartidos por el mismo Espíritu Santo, le enriquezcan a cada uno, para ponerlos al servicio del Cuerpo de Cristo “nuestra Iglesia”.

Así, también los laicos, han de hacer presente la evangelización y esa Salvación de Cristo que la Iglesia debe hacer llegar a las múltiples y variadas condiciones de vida de nuestras gentes, para crear con todos la Comunidad del Pueblo de Dios. También, con la ayuda de todos, colaborando a cubrir las necesidades que esta “Iglesia nuestra” pueda tener en lo económico para el funcionamiento de sus servicios y para el ejercicio de caridad con los hermanos. Desde antiguo se estableció el aporte de pagar “los diezmos” de los ingresos económicos a nuestra Iglesia, algo que hoy habría que rescatar y organizar como sea posible o conveniente, y que algunos nuevos Movimientos lo ponen en práctica.

La “Apostolicam Actuositatem” dice: “Dentro de la Comunidad Eclesial, la acción de los laicos es tan necesaria que, sin ella, el mismo apostolado de los Pastores no podría alcanzar, en la mayor parte de los casos, su plena eficacia” (AA 10). También los laicos son necesarios actualmente para conocer y querer resolver los problemas de la Comunidad Eclesial y del mundo, en aquello que cuestiona o dificulta la salvación de las concretas gentes nuestras. Si la Parroquia es la Iglesia que está en torno a nuestras casas, ella vive y obra, mediante los laicos, en la sociedad concreta de sus gentes con sus aspiraciones y sus dramas, anhelando encontrar y cultivar unas relaciones sociales más fraternas y humanas. Todo lo que los fieles puedan aportar es ayuda necesaria para su Iglesia.

La Parroquia, en frase de Juan XXIII, debe ser como la fuente de la aldea, a la que todos acuden para colmar su sed. Realizándose aquello de San Gregorio: “En la Iglesia de Cristo cada uno sostiene a los demás, y los demás le sostienen a él”. Eso hay que hacerlo verdad en la propia Parroquia de cada uno. Siquiera los que somos conscientes de que “Nosotros somos la Iglesia”, hemos de tomarlo con absoluta seriedad. Es necesario superar lo penoso que resulta con frecuencia el desconocimiento de los fieles acerca de lo que es la Parroquia, su propia Parroquia, de la que sólo saben que es “la oficina” a la que hay que acudir para ciertos trámites y documentos; que, a veces, ni aun eso lo saben.


3. Formas diversas de participación


La “Apostolicam Actuositatem, dice:””Los seglares pueden ejercer su actividad apostólica como individuos o reunidos en varias comunidades o asociaciones. El apostolado, que cada uno debe ejercer, fluye con abundancia de la fuente de una vida auténticamente cristiana (Jn 4, 14); es el principio y la condición de todo apostolado seglar, incluso del asociado, que nada puede sustituirlo. A este apostolado, siempre y en todas partes fecundo, y en determinadas circunstancias el único apto y posible, están llamados y obligados todos los laicos, de cualquier condición, aunque no tengan ocasión o posibilidad de cooperar en Asociaciones”(AA 15-16).

Cada fiel laico debe tener siempre la conciencia clara de ser “un miembro de la Iglesia” a quien se le confía una tarea personal, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos. Desde esta fuente que promana de su Bautismo consciente, se debe llegar, con la irradiación del Evangelio de Cristo, a muchos lugares y ambientes ligados a la vida cotidiana y concreta de cada laico donde el Evangelio de la Salvación está ausente. Mediante la coherencia de la vida personal con la fe que se profesa, se incide para la salvación en las diversas condiciones de vida y de trabajo, así como en las dificultades y las esperanzas que cada uno comparte con sus hermanos, vecinos, amigos o colegas, para que todos lleguen a estar en comunión con Dios que nos amó enviándonos a su Hijo.

Muchas veces esas posibilidades de acción pastoral evangelizadora tienen su realización en el actuar programado de asociaciones de fieles laicos o en Movimientos de apostolado. Por eso es necesario conocer esas agrupaciones que existan en la propia Parroquia, o las que sería deseable que llegasen a estar presentes en ella, porque ya existen en otras partes; estimando mucho a todas, que por ser tan aptas fueron aprobadas y su eficacia es ya conocida.

Todos son grupos válidos cuando se entregan a la Iglesia con generosidad. Todos tienen como finalidad la Evangelización y la Salvación de todas las gentes mediante la fe en Cristo, manantial de esperanza para la humanidad y la renovación de la Iglesia como verdadero Reino de Dios. Es deseable que haya muchas y diferentes asociaciones, para que alcancen a todos los gustos, inclinaciones y aptitudes. Los casos a atender y las maneras de hacerlo, son también múltiples, y para todos hay cabida. Todos debidamente unidos, deben lograr ser “un signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia santa de Cristo”, y colaborar eficazmente en la Salvación del mundo, obra de Dios (AA 18).

Los criterios necesarios para valorar y reconocer las diversas Asociaciones laicales, son los ya conocidos “criterios de eclesialidad”, en la perspectiva de la misión de la Iglesia y de la comunión de todos los fieles en ella. Se han de mirar los frutos de gracia y de santidad que el Espíritu Santo produce en esos fieles así asociados; y el crecimiento en vida plena, en la perfección de la caridad, que se produce en los miembros de cada Asociación, con la unidad íntima que haya en ellos entre su fe y su vida real. De esa manera se deberán valorar cada una de las Asociaciones.

También se ha de examinar la nitidez de la fe católica que presentan: sobre Cristo, sobre el hombre, sobre la Iglesia; igualmente, la obediencia a su Magisterio, y la estima que tienen de las otras formas de asociación para el apostolado, con la disponibilidad efectiva de colaboración de todos en la misma Iglesia. Se ha de mirar su compromiso explícito con aquello que se pretende en la Iglesia de Cristo: la Evangelización de todos los ambientes o personas y su santificación, e igualmente su compromiso con la sociedad humana; poniendo al servicio de la dignidad integral del hombre la doctrina que la Iglesia viene dando para la sociedad humana a fin de crear condiciones de vida más fraterna y más justa.

También se han de medir las Asociaciones por el gusto hacia la vida de oración, la vida sacramental y litúrgica, la mayor formación en la fe, la conversión a una vida de santidad cristiana, el fomento de vocaciones a la vida consagrada o al sacerdocio, el empeño catequético, y los modos diversos de generosa caridad para con los más necesitados. Siempre caminando bajo los impulsos del Espíritu Santo, y en comunión con el Obispo y sus sacerdotes, que son los responsables de la animación evangélica en todos los ámbitos de la Iglesia local. Evitando todo espíritu ruin de antagonismo y de contienda; compitiendo más bien por la mutua estimación, pues solo hay una Vid, y todos somos sus sarmientos para que esa vid dé frutos de los que se gloríe Dios.

Al terminar este capítulo, no quiero hacerlo sin dejar patente mi dolor por un hecho que me parece muy grave en la Pastoral de las Diócesis y Parroquias. Conozco bien por lo menos cinco Movimientos de Matrimonios cristianos. Prefiero, por ahora, no mencionar sus nombres. Pero sí lamento, porque lo conozco, el hecho de que, a veces, no tienen inserción seria en la organización pastoral de las Parroquias, ni tienen mucha intención de lograr su inserción. Tampoco intentan estar unidos entre ellos mismos. Con ese hecho, más o menos real en cada caso, están fuera del verdadero interés de la Iglesia.

Conozco también muchas Diócesis y muchas más Parroquias. Ponen algún interés en organizar la Catequesis de las Primeras Comuniones, así como de las Confirmaciones de jóvenes, y dar algún “Cursillo de preparación para el matrimonio”. Conozco su interés por trabajar con Grupos juveniles, a veces sin saber exactamente para qué. Todo ello es una realidad evangelizadora pasajera y efímera. Pero conozco muy contadas Parroquias cuya Pastoral tenga interés por los matrimonios. Donde existe algún interés parroquial por tener grupos de matrimonios, casi siempre es con fines utilitarios marginales, por ejemplo para monitorear en las Misas, hacer las Lecturas, ayudar a repartir la Comunión, o quizás para utilizarlos en acciones como la Catequesis Familiar, o en algunas actividades asistenciales de la Parroquia.

Pero lo que no conozco es un interés serio por tener en cada Parroquia células vivas de matrimonios, que entre ellos se formen y se estimulen como matrimonios sacramentados, y que se dediquen a captar e iniciar en la formación a nuevas células de parejas; a fin de ir así ganando para el Reino de Cristo ese mundo fundamental de la feligresía, los matrimonios, que busquen serlo cristianamente viviendo de veras su Sacramento, y siendo agentes de la cristianización de su propia familia. Grupos de cinco o de seis parejas, que siquiera una vez al mes, se reúnan en la casa de alguno de ellos para juntos cultivarse en su vivir la espiritualidad cristiana de su compromiso matrimonial. Su intención común, sería hacer de la Parroquia una verdadera gran Familia, la Familia de Dios en esa circunscripción de la Iglesia.

¿Qué modos de ser Iglesia, participando en la vida parroquial, estamos teniendo o queremos tener para vivir nuestro Matrimonio como Sacramento?


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.



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XI Semana Social Nacional: El Desarrollo Humano Integral desde la Caritas in Veritate


Nota de Prensa


La Semana Social Nacional es un espacio abierto, promovido por la Iglesia Católica para dialogar con el mundo colocando en la agenda pública un tema de interés general, una preocupación de todos los peruanos. Esta vez nos reúne el tema del DESARROLLO HUMANO INTEGRAL. Consideramos que el desarrollo no es solo el bienestar económico, no es sólo la infraestructura mejorada; si bien son necesarios para hablar de desarrollo, lo son también la salud mental de todos los habitantes de nuestra patria y lo es también una relación armoniosa con la naturaleza, ahora tan afectada por el calentamiento global.

Nuestro punto de partida para esta reflexión, será desde la encíclica social del Papa Benedicto XVI, la Cáritas in Veritate (Caridad en la verdad, 2009) y los aportes del Episcopado Latinoamericano y Caribeño en Aparecida, Brasil 2007. En el documento nos alientan a Buscar un modelo de desarrollo alternativo, integral y solidario, basado en una ética que incluya la responsabilidad por una auténtica ecología natural y humana, que se fundamenta en el evangelio de la justicia, la solidaridad y el destino universal de los bienes… (474 c)

Les recordamos que la primera Semana Social se realizó en Lima en 1959, hace más de 50 años, esta es una tradición de diálogo que no queremos perder, por esta razón los invitamos a las conferencias abiertas de la XI edición de la Semana Social Nacional, para dialogar con importantes exponentes del mundo académico, religioso e intelectual como Michel Camdessus, Asesor del Pontificio Consejo Justicia y Paz; Monseñor Giampaolo Crepaldi, Diócesis de Trieste Italia, y el Padre Francisco Hernández, Director del Centro de Formación Juan XXIII de la Arquidiócesis de Costa Rica.

Por el Perú tendremos a Monseñor Miguel Cabrejos, Arzobispo de Trujillo y Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana; Monseñor Juan Luis Cipriani, Cardenal del Perú y Arzobispo de Lima, Monseñor Miguel Irízar, Obispo del Callao y Coordinador del Área de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Peruana. Monseñor Daniel Turley, Obispo de Chulucanas, Monseñor Norberto Strotmann, Obispo de Chosica y Monseñor Pedro Barreto, Arzobispo de Huancayo y Presidente de la Comisión Episcopal de Acción Social, CEAS.

Del mundo de la academia y la investigación, nos acompañarán el Dr. Francisco Miró Quesada Rada, Director del Diario El Comercio, la Dra. Rebeca Arias, Coordinadora Residente del Sistema de las Naciones Unidas y Representante Residente del PNUD en el Perú; el Dr. Armando Borda, presidente del Instituto de Estudios Social Cristianos (IESC), la hermana Sandra Flores CMST (médico de profesión) y Secretaria Ejecutiva del Departamento Episcopal de Pastoral de Salud, DEPASA.

Los esperamos del 25 al 29 de octubre de 6.30 a 9 pm en el Colegio de Jesús, sito en la Avenida Brasil, 2470, en Pueblo Libre.

Ingreso Libre.



PROGRAMA


Antecedentes y justificación:

Recientemente SS Benedicto XVI nos entregó la Encíclica Caritas in Veritate, la misma que retoma con profundidad y amplitud la reflexión sobre desarrollo humano integral, así como sus antecedentes y diversas implicancias con otras encíclicas sociales, sobre todo Populorum Progressio.

Así mismo, la Evangelización en América Latina y El Caribe, ha recibido un especial impulso misionero desde el mensaje de nuestros Obispos en Aparecida. La Caridad vivida en la Verdad que es Jesucristo, alentará y dinamizará nuestro compromiso en la Misión Continental y el desarrollo integral de las personas, familias y comunidades a las cuales servimos desde nuestra fe.

Para ello organizar la XI Semana Social Nacional convocada por la Conferencia Episcopal Peruana, implementada por el Área de Pastoral Social, cuyo tema central es el Desarrollo Humano Integral desde la Cáritas in Veritate y proponer la realización de Semanas Sociales Regionales.

Objetivo:

Estudiar y reflexionar el mensaje de la Encíclica Cáritas in Veritate, dando a conocer sus planteamientos principales en el contexto actual, tanto nacional como internacional. Así mismo, alentar y profundizar un diálogo fecundo y transformador con los diversos sectores de la sociedad y del Estado en la perspectiva del desarrollo humano integral y la construcción de paz en el país.

Metodología:

Forum abierto al público por las noches durante una semana.
Ponentes: Obispos y autoridades eclesiásticas con sendos paneles de comentaristas, a cargo de laicos, políticos, empresarios, académicos y autoridades del Estado.

Temario:

Primer día, 25 de octubre
PRESENTACIÓN DE LA ENCÍCLICA CIV EN SUS PLANTEAMIENTOS CENTRALES.
LA GRATUIDAD Y EL DON

Discurso Inaugural: Monseñor Miguel Cabrejos, Arzobispo de Trujillo, Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana.
Ponente: Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima y Primado del Perú.
Comentario: Francisco Miró Quesada Rada, Director del Diario El Comercio.

Segundo día, 26 de octubre
CIV Y POPULORUM PROGRESSIO, APORTES AL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL

Ponente: Monseñor Gianpaolo Crepaldi, Diócesis de Trieste Italia.
Panelistas:

  • Monseñor Norberto Strotmann, Obispo de Chosica, Perú.
  • Dra. Rebeca Arias, Coordinadora Residente del Sistema de las Naciones Unidas y Representante Residente del PNUD en el Perú.

Tercer día, 27 de octubre
CIV Y SOLLICITUDO REI SOCIALIS. GLOBALIZACIÓN, GRATUIDAD Y SOLIDARIDAD EN EL MUNDO DE HOY

Expositor: Dr. Michel Camdessus, Asesor del Pontificio Consejo Justicia y Paz.
Panelistas:
  • Padre Francisco Hernández, Director del Centro de Formación Juan XXIII Arquidiócesis de Costa Rica.
  • Dr. Armando Borda, Instituto de Estudios Social Cristianos (IESC)

Cuarto día, 28 de octubre
CIV Y LA COLABORACIÓN DE LA FAMILIA HUMANA

Ponente: Monseñor Miguel Irízar, Obispo del Callao y Coordinador del Área de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Peruana
Panelistas:

  • Monseñor Daniel Turley, Obispo de Chulucanas
  • Hna. Sandra Flores CMST, Secretaria Ejecutiva del Departamento Episcopal de Pastoral de Salud, DEPASA.

Quinto día, 29 de octubre
APARECIDA Y CIV; PERSPECTIVAS. CUIDADO DE LA CREACIÓN, CONSTRUCCIÓN DE PAZ
Ponente:
Monseñor Pedro Barreto, Arzobispo de Huancayo y Presidente de la Comisión Episcopal de Acción Social, CEAS.
Panelistas:

  • Monseñor Antón Zerdin, Obispo Vicario Apostólico de San Ramón, Perú.
  • Pablo De la Flor. Empresa Antamina.

Responsabilidad operativa:
Área de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Peruana.
Las sesiones comenzarán a las 6:30 p.m. cada día.


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Tomado de:
http://www.caritas.org.pe/xi_semana_social.htm

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Homilía: Domingo 29º T.O. (C), 17 de Octubre


Lecturas: Ex 17,8-13; S 120; 2Tim 3,14-4,2; Lc 28,1-8


Orar como respirar

P. José R. Martínez Galdeano, S.J.




La primera idea que se me ocurrió al comenzar la preparación de esta homilía, fue la de si habría mucho que añadir al mero señalar lo que el Señor nos ha manifestado estas semanas. Mucho se ha orado para la salvación de los mineros en Chile y en el mundo y han ido ocurriendo una tras otra cosas muy difíciles de modo aparentemente muy sencillo: Se consiguieron desde muy lejos máquinas nada fáciles de transportar; se perforó con acierto y sin retrasos pese a que los planos no eran tan perfectos: se encontraron vivos a los 33 tras varias semanas de entierro; se les pudo atender perfectamente y con éxito en los aspectos alimenticios, médicos, psicológicos, sociales, espirituales; se idearon y construyeron de modo rápido y perfecto los instrumentos técnicos necesarios; hubo un acuerdo perfecto y acierto tras acierto en la aplicación coordinada de toda clase de medios y previsión de todos los detalles, unión y espíritu de trabajo. Fueron demasiados los problemas y demasiado difíciles y sin embargo todo se solucionó bien; y se pueden constatar además otros magníficos frutos que dejan ver muy clara la mano bondadosa de Dios tanto y por tantos invocada. Hemos palpado que Dios escucha cuando se le pide con fe, con constancia, con humildad y reunidos en su nombre. Demos gracias a Dios por todo y por tanta fe reverdecida, tanto cariño familiar renovado, tanto coraje y solidaridad cívica despertada, que ha superado rencores y suspicacias y capacita a un país para resolver cualquier problema. Porque no cabe duda que lo que parecía una desgracia ha resultado para Chile muy beneficioso. Dios escuchó muy por encima de lo esperado y le damos gracias con ellos, pues somos hijos del mismo Dios.

San Lucas tocó ya el tema de la oración (Lc 11,1-13) y en concreto la insistencia en la oración de petición, pero ahora vuelve a hacerlo: hoy y el domingo que viene la Iglesia nos propone dos fragmentos sobre la oración que en el texto vienen seguidos. Estamos ya al final del evangelio; en el capítulo siguiente se narra la entrada en Jerusalén y luego siguen los acontecimientos de la Semana Santa y la Pasión. Por la selección, cuidado y amplitud con que viene tratando estos temas, Lucas da la impresión de no querer terminar su escrito sin exponer algunos de los puntos de la doctrina de Jesús que le parecen especialmente importantes para la catequesis cristiana. Notan los exegetas que Lucas se fija especialmente en la oración. También me parece interesante señalar que la parábola de hoy se presenta sin preparación ni ambientación especial. Parece decirnos: orar es importante, no lo pueden olvidar.

Dice el texto que el fin de esta parábola fue “para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”. El juez de la parábola está descrito en los términos más repulsivos, que niegan toda esperanza de que se conmoviese para hacer un favor a una mujer pobre. Aquel juez era un canalla por los cuatro costados. No le preocupaba para nada hacer justicia, sino –se supone– sólo su propio interés. No le importaba Dios, carecía de sentido de justicia, no respetaba a los hombres, a nadie. Pueden ver en Isaías la forma como Dios los juzga por sus injusticias especialmente con los más débiles: “Aparten de mi vista sus malas acciones. Busquen la justicia, amparen a las víctimas, defiendan al huérfano, protejan a la viuda” (Is 1,16s.) La mujer tenía razón, pero era viuda, pobre, carecía de marido y de hijos que abogasen por ella, no tenía ningún poder social.

¿Qué movió al juez injusto a hacer justicia? Nada mínimamente noble. La mujer en su desesperación podría llegar a darle una bofetada públicamente (así traducen bastantes el término griego, entre ellos la Vulgata de San Jerónimo, y parece que es la versión más correcta del texto original griego; el texto litúrgico no refleja la fuerza del original.). Le sería fácil al inicuo juez vengarse cruelmente, pero la humillación de la bofetada no se la quitaría nadie y más de uno –más bien muchos– se alegrarían en secreto. Esto bastó para que, ante la insistencia de la mujer, optase por hacerle justicia.

En la conclusión Jesús resalta la oposición entre aquel indigno y su Padre, para subrayar al máximo la seguridad de que la oración perseverante logra de Dios lo que pide. Casi se podría decir que Jesús recurrió a una caricatura irrespetuosa de Dios. Porque Dios no es como aquel juez, es infinitamente bueno —insiste Jesús concluyendo— Padre bondadoso e infinitamente justo; y los que le piden son “sus elegidos”, a los que ama infinitamente, para cuya salvación ha enviado a su Hijo y el Hijo va a dar la vida en la cruz. “Yo les aseguro”, concluye Jesús empeñando su palabra de Hijo de que les escuchará. Y no sólo les escuchará, sino que lo hará sin hacerles esperar, “sin tardar”; lo dice y lo repite. Aunque es cierto que a nosotros, tan impacientes, una espera no tan larga nos pueda parecer demasiada.

Tengamos, pues, confianza. Dios no dejará de escucharnos si le pedimos “el Espíritu bueno” (Lc 11,13) con constancia, bien y humildemente, mejor unidos (Mt 18,19) y en su nombre (Jn 14,13-14), y de modo que nuestras peticiones puedan incluirse de una u otra forma en la oración del Padrenuestro, como indican San Cipriano y San Agustín.

Algunos exegetas tienen dificultad con la frase final: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esa fe sobre la tierra?”. Les parece que rompe el hilo del discurso. Sin embargo además de aquí hay en los evangelios una serie de lugares lamentando Jesús la falta de fe de los hombres, discípulos incluidos. Porque la clave está en la fe, “el justo vive de la fe” (Ga 3,11). “He luchado bien—escribe Pablo a Timoteo con la muerte ya cercana— termino la carrera, he guardado la fe” (2Ti 4,7). “Todo lo que no procede de la fe, es pecado” (Ro 1423). La fe insiste y no se rinde.

Vivir de la fe es tenerle a Dios presente, es vivir con el amor para con Dios despierto, es conciencia de que Él está cercano, de que Él envía su ángel para protegerme, es seguridad de que en cualquier duda se puede acudir a Él y se obtendrá la respuesta, de que le alcanzará una mano cuando se necesite de su ayuda, de su consejo, de su fuerza. Es caer en la cuenta y agradecer su ayuda. No es difícil orar continuamente. Orar es el respirar del espíritu, es algo espontáneo. Si se cree de verdad en que Dios es Padre, en que nos ama infinitamente, en que no nos abandona ni abandonará jamás, se persevera fácil orando. ¿Es ésta nuestra fe? Pidámosla cada día. Dios nos la quiere dar.


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¿Somos justos con Dios?


Adolfo Franco, SJ

Reflexión del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

Lucas 18, 1-8

Este evangelio nos enfrenta con una pregunta ¿somos realmemte justos? Especialmente ¿somos justos con Dios?


Jesucristo enseñando sobre la oración nos narra esta parábola del juez injusto, que, ante la insistencia de la viuda, termina atendiéndola debidamente. Y simultáneamente nos indica que Dios velará siempre por la justicia de sus hijos.

La injusticia es algo detestable, que todos hemos padecido alguna vez, y que nos subleva; y nos subleva que se pisoteen nuestra dignidad y nuestros derechos. Cómo no se va a sublevar una persona a la que por leguleyadas se le arrebata su vivienda. Pero es algo de lo que difícilmente estamos libres; injusticias pequeñas o injusticias grandes, no hay quien no las haya padecido.

Pero, uno no debería quejarse de la injusticia, si uno mismo es injusto; uno no puede clamar a Dios, contra la injusticia padecida, si uno mismo ha cometido injusticias. Y es que somos muy lúcidos para detectar las injusticias que se cometen contra nosotros, pero no caemos en la cuenta de las injusticias que nosotros mismos cometemos: uno, por ejemplo, fácilmente detecta que le pagan un sueldo injusto por el trabajo que realiza, pero no piensa en lo poco que paga él mismo, cuando tiene que determinar un salario doméstico.

Pero demos un paso en otra dimensión: con quien más nos importa ¿somos justos? ¿Somos justos con Dios? Nuestra relación con Dios, que es tan esencial, también podemos verla a través de esta perspectiva de la justicia. Claro que en esta consideración hay un problema: los términos de la relación son muy diferentes; Dios y nosotros. Pero de todas formas podemos reflexionar en nuestra justicia para con Dios.

Justicia: dar a cada uno lo que se merece. ¿Le damos a Dios lo que le es debido? ¿En tiempo, en atención, en interés? Siempre encontraremos un déficit grande, en esta relación con Dios. Es demasiado lo que Dios se merece, porque se merece todo. Y nosotros tenemos en la vida tantos puntos de atención: la casa, la familia, el dinero, las amistades, el descanso. Y todos esos puntos de atención reclaman nuestro tiempo y nuestra dedicación. Cierto; no podemos ser utópicos al plantearnos esta relación de “justicia con Dios”, como si fuéramos seres desarraigados del espacio y del tiempo.

Pero ¿será utópico darle a Dios al menos un puesto muy importante? ¿Será utópico darle el mejor tiempo, darle la preferencia en todo? ¿Será utópico dar a Dios el puesto central en nuestro corazón? Cuando Dios es asunto de segunda clase, cuando no se le da tiempo porque hay cosas más urgentes en ese momento ¿se le hace justicia a Dios? Cuando se recurre a Dios porque no queda más remedio y ya estamos desesperados ¿se le hace justicia a Dios? Cuando se le echan a Dios las culpas de los errores humanos ¿se le hace justicia a Dios? Una mujer abandonada por un marido sinvergüenza, a veces le pregunta a Dios ¿por qué me has hecho esto? Somos los seres humanos, tan injustos con Dios y encima a veces le echamos la culpa de nuestras propias maldades, o de nuestros errores; y es importante examinar nuestra vida con El, desde este ángulo de observación de la justicia.

Hay más que añadir, hay más que profundizar en nuestra justicia con Dios: ¿le hemos “pagado” debidamente sus dones? Todo lo que hemos recibido, ¿de alguna forma se lo hemos pagado? Y acierta el que diga dos cosas: primero, que esos dones son regalos, y los regalos no se pagan; y segundo, que son impagables; no habría forma de retribuir a Dios, ni en forma pequeña todo lo que El nos ha dado. Pero no es ocioso tampoco examinar los dones que hemos recibido de Dios; y plantearnos ahí el problema de la justicia.

Por lo menos el agradecimiento; devolverle a El en forma similar la abundancia y generosidad con que El nos regala. Estaríamos hablando del amor a Dios, en reciprocidad del amor que El nos tiene. Querer que todo lo que somos sea para El, ya que todo lo que somos nos lo ha dado El. Como dice el dicho popular “amor con amor se paga”. Hemos recibido tanto ¿cómo no darle a El todo? Y ya sabemos que todo lo que le podemos dar son cosas que El mismo nos dio; pero hay algo que es lo más propio y quizá exclusivo nuestro que es nuestra libertad: que nuestra libertad se decida por Dios.

Finalmente hay otra consideración del “pago a Dios” por sus beneficios, para intentar ser justos, o para disminuir nuestra injusticia. Dios nos dice que todo lo que le debemos a El, se lo paguemos en nuestro prójimo; y así El se dará por bien pagado. El ha transferido al prójimo todo lo que a El le debemos, todas nuestras deudas con El. Así la justicia con Dios nos abre el horizonte del primer mandamiento, del Amor a Dios por encima de todo, y al prójimo como a nosotros mismos.+

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Agradecemos la P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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La ciencia y Dios - 2º Parte


El orden del Universo coincidencia de partida

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.




1.- Anteriormente probamos cómo la razón puede llegar y de hecho ha llegado a demostrar que Dios, como necesario creador del conjunto de seres que comenzaron y comienzan a existir, es una realidad existente. Lo probamos con el principio metafísico de causalidad, que la ciencia supone y utiliza constantemente en sus investigaciones. Si el principio metafísico de causalidad no fuese real, no habría ciencia. Con ese mismo principio y tomando como punto de partida la existencia real del mundo, hemos demostrado que ese ser, al que llamamos Dios en castellano, existe, es una realidad.


2.- En este sentido la ciencia, usando con éxito y corroborando así la validez de tales principios de causalidad y de razón suficiente, confirma y garantiza que la razón humana prueba la existencia de Dios, como ser necesario y creador del universo, partiendo del hecho de la mera existencia del universo.


3.- Pero además se da el hecho de que esa misma realidad mundana tiene esta característica: Nuestro universo constituye un orden complicadísimo y constante. Ello es un hecho reconocido desde siempre, que la mera existencia de calendarios en todas las culturas confirma.


4.- Como hecho real no hay científico que dude de él. El orden en el universo se considera tan real que en cualquier fenómeno físico la ciencia busca identificar sus componentes y las leyes que lo rigen, y se hace lo posible por encontrar incluso una expresión matemática que lo formule, pues lo consideran así de constante y preciso. En este complejo se observan reacciones claras de finalidad en órdenes estáticos, como monumentos funerarios o ruinas arqueológicas, y sobre todo en órdenes dinámicos, como en la astronomía y muy especialmente en los seres vivos. El hecho maravilla una y otra vez a los científicos. Así el instinto de las abejas soluciona en los panales el problema de gastar el mínimo de material obteniendo el máximo espacio para almacenamiento de la miel. Los procesos vitales como el clorofílico de las plantas, con el que la planta absorbe oxígeno en la noche y lo produce en el día y otros muchos en los animales, son la admiración del entendimiento humano, cuando los descubre. Ese orden es tal que, si por ejemplo variase brevemente la fuerza de la gravedad sería imposible la vida del hombre sobre la tierra. En el caso de nuestro planeta Tierra, si las condiciones de su movimiento variasen ligeramente (por ejemplo la orientación del eje de rotación) la vida del hombre hubiera sido imposible. Es lo que se llama “principio antrópico”: muchas particularidades de la tierra y de su movimiento son así porque posibilitan la existencia del hombre sobre ella; si fuesen diversas (en medida relativamente pequeña) no permitirían la vida del hombre en ella.


5.- La ciencia constata estos hechos y otros muchos. Se pregunta sobre ellos, aunque no siempre encuentre respuesta, pero no los niega. No incursiona en el problema de Dios, porque no es objeto de estudio para la ciencia experimental; pero resulta que el hombre busca respuestas últimas que satisfagan sus interrogantes naturales sobre qué significa su propia vida, el por qué de su rechazo instintivo a la muerte, qué sentido tienen la vida moral, el esfuerzo, el dolor y la misma existencia. Estas preguntas son comunes a todos y no son exclusivas de los científicos ni de mentes enfermas y son más tenaces en los más inteligentes.


6.- Pero la ciencia sí admite como verdades claras algunos principios que están en la base de la filosofía. Tales principios son generales, no exclusivos de la ciencia; pero el que los excluye se excluye de la racionalidad y de la verdadera ciencia. Uno de ellos es el de causalidad, con el que ya probamos con rigor la existencia de Dios como ser necesario y creador del universo, no habiendo contra él argumento convincente. Es cierto que el argumento no es tan fácil de comprender, porque no tenemos experiencia directa del ser necesario, sino sólo de seres hechos y contingentes (que podrían no haber existido y aun pueden desaparecer sin que afecten a la existencia de los demás). Nadie ha visto ni tocado a Dios. Por la razón sólo podemos saber que existe, que es necesario y, por tanto, nadie lo ha hecho y algunas otras propiedades. Si Él se hubiese revelado podríamos saber más cosas; de hecho ha sido así, pero de este conocimiento revelado no tratamos ahora.


7.- La realidad del orden de y en el universo no ofrece dificultades de aceptación para los científicos. No hay uno que no lo acepte. Incluso despierta su entusiasmo. No pocos científicos dan un paso más y afirman que el universo lleva el sello de un “designio inteligente”. De aquí a admitir la existencia de Dios, como mente ordenadora y creadora, no hay más que un paso.

Es una realidad compleja, compuesta de muchos seres diferentes en número y propiedades, que están en movimiento continuo. y esta ordenada (incluyendo otros sistemas subordinados) de modo finalístico, es decir sus elementos están situados y obran manifestando tener una relación con los demás y para conseguir un fin. Este orden es dinámico, es decir que el todo y sus partes están en continuo movimiento y cambio, manteniendo constantes diversas características en tales cambios, mientras otras permanecen. Así, por ejemplo, los cuerpos gaseosos, líquidos y sólidos con el mayor o menor calor, cambian de temperatura, ocupan mayor o menor volumen, pasan a líquidos, sólidos o gaseosos y lo hacen de forma necesaria y en condiciones bien precisas (por ejemplo, a la presión normal el agua a 0º se solidifica).


8.- Es característico de un orden (y más en el caso de un orden dinámico constante, en que se pasa de un orden a otro distinto, pero también ordenado y determinado por el anterior) la intervención del fin orientando y combinando las acciones y dinámicas parciales. Es decir que el fin actúa en las causas eficientes antes de existir de hecho. Esto sólo es posible si tal fin es conocido y querido previamente a existir. Lo cual sólo es posible para una causa inteligente. La razón suficiente de la constancia del orden no está en cada uno de los seres sino fuera de ellos, en causa ajena e inteligente (que es la única que puede intentar y ver lo que aun no existe). Esta causa (en el caso del orden total cosmológico) debe estar dotada de una inteligencia cuasi-infinita y cuasi-omnipotente, pues asegura la existencia de un universo tan enorme y complicado, que, pese al enorme grado de conocimientos alcanzado por el hombre en tantos años, todavía no ha sido desentrañado del todo. Tal causa tendría estaría dotada de un poder e inteligencia extraordinarios, cuasi-infinitos. Podría ser Dios, el ser necesario.


9.- Hay que reconocer que el argumento no llega a probar la existencia de un creador ordenador ser necesario. Para concluir con toda certeza metafísica en la existencia de Dios, el ser necesario y no hecho, el argumento hay que entroncarlo en el que ya se expuso: la existencia de un ser hecho demuestra que tiene que existir Dios, el ser increado no hecho. Se vuelve así al argumento anterior.


10.- Pero este argumento del orden resalta más la necesaria inteligencia, voluntad, personalidad espiritualidad y providencia de Dios. La existencia de ese orden y de órdenes inferiores sujetos al superior es clarísima para el mundo científico, de forma que con frecuencia se pueden calcular distancias y tiempos con extraordinaria precisión y total certeza, como ejemplo los eclipses y conjunciones de planetas.

Esta consecuencia lleva a muchos científicos ateos a colgarse como último recurso del azar, que sería la causa justificada de la existencia del universo y de su orden. Pero esto choca con principios básicos que la ciencia supone. Cuando un aparato, de los muchos que hoy día debemos utilizar, no nos funciona, jamás lo atribuimos al azar: el carro estará bajo de batería o sin combustible, la pila del reloj se habrá gastado, ha habido una inundación o un cortocircuito, ¿qué habrá pasado para que falte la luz o el agua o lo que sea?. Pero nada ha pasado o dejado de pasar por azar. Ha habido una causa o ha faltado, cuando debía o no debía haber estado. El azar jamás es causa ni razón satisfactoria ni en el orden de las realidades ni en el orden de la racionalidad de una explicación. Al azar sólo se recurre cuando no se sabe lo que pasa o va a pasar y ha ocurrido de hecho. El azar es en el fondo un intento desesperado de manejo racional de lo que se ignoran causas y razones. “Tenemos que hacer algo” porque no sabemos qué hacer y la situación es desesperada. El azar está fuera de la ciencia. Ninguna verdad científica tiene como fundamento ni prueba el azar.

11.- Otro recurso, tal vez este más frecuente, para no admitir como necesaria la existencia de un Dios inteligente, providente y ordenador del universo, es la evolución: La existencia y el orden del universo se explican por un proceso evolutivo de la materia desde los primeros orígenes de una primera explosión (big-bang). Dejamos esto para la siguiente reflexión.


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Para leer la 1º Parte:

La ciencia y Dios 1º Parte Conocimiento experimental y por fe


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¿Qué significa la virginidad de María?



Gonzalo Aranda



Que María concibió a Jesús sin intervención de varón se afirma claramente en los dos primeros capítulos de los evangelios de San Mateo y de San Lucas: “lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”, dice el ángel a San José (Mt 1,20); y a María que pregunta “¿Cómo será eso pues no conozco varón?” el ángel le responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra...” (Lc 1,34-35). Por otra parte, el hecho de que Jesús desde la Cruz encomendase su Madre a San Juan supone que la Virgen no tenía otros hijos. Que en los evangelios se mencionen a veces los “hermanos de Jesús” puede explicarse desde el uso del término “hermanos” en hebreo en el sentido de parientes próximos (Gen 13,8; etc), o pensando que San José tenía hijos de un matrimonio anterior, o tomando el término en sentido de miembro del grupo de creyentes tal como se usa en el Nuevo Testamento (Hch 1,15). La iglesia siempre ha creído en la virginidad de María y la ha llamado “la siempre virgen” (Lumen Gentium 52), es decir, antes, en y después del parto como confiesa una fórmula tradicional.


La concepción virginal de Jesús hay que entenderla como una obra del poder de Dios –“para él nada hay imposible” (Lc 1,37)- que escapa toda comprensión y toda posibilidad humanas. Nada tiene que ver con las representaciones mitológicas paganas en las que un dios se une a una mujer haciendo las veces del varón. En la concepción virginal de Jesús se trata de una obra divina en el seno de María similar a la creación. Esto es imposible de aceptar para el no creyente, como lo era para los judíos y los paganos entre los que se que se inventaron burdas historias acerca de la concepción de Jesús, como la que la atribuye a un soldado romano llamado Pantheras. En realidad, ese personaje es una ficción literaria sobre la que se inventa una leyenda para hacer burlas a los cristianos. Desde un punto de vista de la ciencia histórica y filológica, el nombre Pantheras (o Pandera) es una parodia corrupta de la palabra parthénos (en griego: virgen). Aquellas gentes, que utilizaban en gran parte del imperio romano de oriente el griego como lengua de comunicación, oían hablar a los cristianos de Jesús como del Hijo de la Virgen (huiós parthénou), y cuando querían burlarse de ellos lo llamaba «el hijo de Pantheras». Tales historias en definitiva sólo testimonian que la Iglesia sostenía la virginidad de María, aunque pareciera imposible.


La concepción virginal de Jesús es un signo de que Jesús es verdaderamente Hijo de Dios por naturaleza -de ahí que no tenga un padre humano-, al mismo tiempo que es verdadero hombre nacido de mujer (Gal 4,4). En los pasajes evangélicos se muestra la absoluta iniciativa de Dios en la historia humana para el advenimiento de la salvación, y que ésta se inserta en la historia misma, como muestran las genealogías de Jesús. A Jesús, concebido por el Espíritu Santo y sin concurso de varón, se le puede comprender mejor como el nuevo Adán que inaugura una nueva creación a la que pertenece el hombre nuevo redimido por él (1 Cor 15,47; Jn 3,34). La virginidad de María es además signo de su fe sin sombra de duda y de su entrega plena a la voluntad de Dios. Incluso se ha dicho que por esa fe María concibe a Cristo antes en su mente que en su vientre, y que “es más bienaventurada al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo” (S. Agustín). Siendo virgen y madre María es también figura de la Iglesia y su más perfecta realización.


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Bibliografía: Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 484-511; Francisco Varo, Rabí Jesús de Nazaret (B.A.C., Madrid, 2005) 212-219.

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Para acceder a las primeras preguntas:


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Tomado de:



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Una lectura metódica de la Biblia

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.



Para que la vida, conducta e identidad del creyente cristiano sea suya, personal y enraizada en su forma de ser, parece necesario que este creyente vaya adquiriendo la costumbre de leer la Biblia por cuyo medio el Dios de Jesucristo trata de decirnos algo de manera tan personal y directa, que sea capaz de hacerse experiencia de fe y en consecuencia de convertirnos en testigos de ella, en vivir como “resucitados”.


La Biblia es con mucho el mejor libro “devocional”. Él nos conduce al Dios que siempre es mayor que nosotros. Su centro es la persona de Jesucristo. En lo más íntimo de los corazones, en los momentos más intensos y serios estamos persuadidos de que a pesar de nuestra debilidad, nuestra frivolidad y egoísmo, Jesucristo es muy capaz de devolver y dar sentido y dignidad a nuestra vida entera. En definitiva nosotros más que nunca confiamos sobretodo en él como salvador, porque Él entraña el misterio del Creador y Señor de todo.


Con el fin de facilitar la lectura diaria de la Biblia, proponemos a los lectores que en ella procuren seguir el plan que les presentamos en las posteriores publicaciones. En ellas les iremos apuntando las referencias a textos que consideramos estimulantes para iniciarse así en la asidua y fascinante lectura de la Biblia santa, como alimento para ir creciendo así en nuestra personalizada fe que a de conformar en cualquier circunstancia nuestra identidad cristiana. En recuadro aparte facilitamos la guía de cada libro bíblico con el fin de evitar en muchos creyentes la confusión y el desánimo al perder la perspectiva del conjunto. El grado de perseverancia en el descubrir la Biblia reside, pienso yo, en la experiencia sentida del misterio de Dios y de Jesucristo en la vida de cada uno. Esto pertenece a lo más íntimo de la persona y conforma lo esencial de su identidad.


También para algunos puede ser útil seguir el ciclo litúrgico que tiene la Iglesia, y de esta forma al cabo de uno, dos o tres años habrán leído lo más sustancial de la Biblia litúrgica. Este ciclo anual se inicia a fines del mes de noviembre con el tiempo del “Adviento”.




TEXTOS PARA LEER Y ORAR


Lucas 8,4-15. Parábola del sembrador.
Colosenses 1,3-14. Oremos unos por otros.
Salmo 42 (41). Tengo sed del Dios vivo.
Juan 4,1-42. Jesús y la samaritana.
Juan 3,1-21. Jesús y Nicodemo.
Mateo 6,5-15. Oración del “Padre nuestro”.
1 Samuel 3,1-21. Vocación de Samuel.
Salmo 103 (102). “Bendice alma mía al Señor”.



NOTA SOBRE LA NUMERACIÓN DE LOS SALMOS


A partir del Salmo 9, terminado el versículo 21, cambia la numeración según sea la fuente original de la edición. La Vulgata, conforme a la versión griega considera la serie de diez y ocho versículos posteriores al 21 del Salmo 9 como formando parte de éste. Sin embargo, la versión en hebreo considera esos mismos versículos como el Salmo 10. Para entendernos entre nosotros, en las nuestras publicaciones, el número entre paréntesis que aparece en la cita de los salmos indica la numeración de la Vulgata, pues suele ser la más utilizada en los libros litúrgicos.




Tú, por tu parte, permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste, sabiendo de quién lo has aprendido, y que desde la infancia conoces las Escrituras santas como fuentes de sabiduría y salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda escritura está inspirada por Dios y es provechosa para enseñar, para persuadir, para reprender, para educar en la rectitud. Con ella, el creyente estará preparado para hacer el bien. (2Tim 3, 14-17)



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Agradecemos al P. Fernando Martínez Galdeano, S.J. por su colaboración.


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Matrimonios: Ser sarmientos de la única Vid, 1º Parte

P. Vicente Gallo, S.J.




“Oigamos de nuevo las palabras de Jesús: ‘Yo soy la vid verdadera y mi Padre el viñador; ... permaneced en mí y yo en vosotros’ (Jn 15, 1-4). Con estas sencillas palabras se nos revela la misteriosa comunión que vincula en unidad al Señor con los Discípulos, a Cristo con los bautizados; una comunión viva y vivificante, por la cuál los cristianos ya no se pertenecen a sí mismos sino que son propiedad de Cristo, como los sarmientos unidos a la vid. La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del Espíritu Santo”.


“Jesús continúa: ‘Yo soy la vid; vosotros los sarmientos’ (Jn 15, 5). La comunión de los cristianos entre sí nace de la comunión con Cristo: todos somos sarmientos de la única vid que es Cristo. El Señor Jesús nos indica que esta comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la vida íntima del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por ella pide Jesús ‘Que todos sean uno: como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado’ (Jn 17, 21). Esta comunión es el misterio mismo de la Iglesia”, dice Juan Pablo II (CL 18)



1. Ministerios, Servicio y carismas


“La misión salvífica de la Iglesia, en nuestro mundo, se lleva a cabo no sólo por los ministros que tiene en virtud del sacramento de Orden, sino también por todos los fieles laicos. Estos, en virtud de su condición bautismal y de su vocación específica, participan, en efecto, en el oficio sacerdotal, profético y regio de Jesucristo, cada uno en su propia medida”, dice el Papa (CL 23). “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, va haciendo y dirige al pueblo sacerdotal, realiza el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo, y lo ofrece en nombre de todo el pueblo de Dios” (LG 10). Esos ministros son los Obispos, Presbíteros y Diáconos.

Pero hay otros “ministerios” que proceden de los otros Sacramentos, por los que nos incorporamos a Cristo y nos hacen su Iglesia, como el Bautismo, la Confirmación y el Matrimonio. Por ejemplo, presidir oraciones litúrgicas, ejercitar el ministerio de la Palabra, dar la sagrada Comunión y aun el Bautismo, allí donde los Presbíteros difícilmente podrían hacerlo, aunque dependiendo de la autoridad de ellos. Son ministerios para ejercerlos los laicos. No para que los Presbíteros sean suplantados o se abstengan de hacerlo; sino porque no pueden llegar a ello y lo delegan.

Además de esos “ministerios”, los fieles laicos pueden ejercer también legítimamente otros oficios responsabilizándose de algunos servicios, parroquiales o no, para los que no es necesario ser sacerdote; cumplen oficios eclesiales como catequesis bautismal o de primera Comunión, o para la Confirmación o el Matrimonio, catequesis familiar, preparación de los enfermos para sufrir con Cristo y morir si es necesario, y también algunas funciones en la liturgia, como acolitar, leer la Palabra, hacer las Preces por la Iglesia y el mundo, etc.

Hay, también, otros dones del Espíritu Santo, que se llaman carismas, igualmente para el bien de la Iglesia en su misión de salvar al mundo. Son cualidades especiales para servir a la Evangelización y a la edificación de la Iglesia en el mundo: el don de la palabra, el don de interpretarla, el don de enseñar (en charlas o en retiros), el don de discernir, de organizar, de administrar, y también el don de la música, y de lenguas. No sólo como dones naturales, sino dados especialmente por el Espíritu Santo para beneficio de la Comunidad. Siempre bajo la autoridad y vigilancia de quienes tienen su ministerio por el sacramento del Orden, que personifican en la Iglesia a Cristo el Pastor.

De todos modos, la Iglesia está siempre dirigida por el Espíritu Santo, que es quien distribuye los ministerios, los servicios y los carismas como El quiere, para la edificación del Cuerpo de Cristo y el cumplimiento de su misión salvadora que trajo del Padre a favor del mundo. Con esa unión de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, organizados por el Espíritu de esa manera, es como fructificarán para el Padre los sarmientos de la única Vid (Jn 15, 1-8).

En la Iglesia surgen también diversos Movimientos Laicales y diversos modos de Vida Consagrada. Igualmente entre ellos debe brillar la Unidad de un mismo Cuerpo. Una sola es la Vid de todos esos sarmientos. Uno solo es el Cuerpo de todos esos diversos modos de ser miembros. Ninguno de ellos se pertenecen a sí mismos, sino a Cristo, como miembros, como sarmientos de la Vid. “Siendo muchos, no forman sino un solo Cuerpo en Jesucristo, siendo, cada uno por su parte, los unos miembros de los otros” (Rm 12,5, y 1Co 12,12-26). “Pero siempre “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu” (Ef 4, 4), aunque mantengan cada uno sus maneras peculiares de ser y de hacer.

En consecuencia, no es cristianamente honesto “comulgar en la Eucaristía” si no vivimos de hecho esa “unidad del Cuerpo del Señor” (1Co 11, 18-29), como se hace con tanta frecuencia “comulgando” unos y otros sin tener ni querer tal unidad entre los Movimientos o entre sus miembros. Además de poco honesto, resulta estéril en la actividad apostólica que unos y otros pretendan por su parte; pues Jesús oró al Padre: “Que todos sean uno, como Tú, Padre en mí y yo en Ti, que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 21).

Más aún : al hablar de “Comunión” en la Iglesia, no nos referimos principalmente a la comunión en la Eucaristía, sino a “la comunión con Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo” (CL 19). Es eso a lo que llamamos “Comunión de los santos” en nuestro Credo, como parte esencial de nuestra fe. Cada fiel laico se encuentra en esa relación con todo el Cuerpo y le ofrece su propia aportación, cada uno con sus peculiares dones o carismas hechos servicios en la Iglesia de Jesucristo.


Todo “lo santo”, en la pertenencia de cada uno a Cristo, es el tesoro de la Iglesia; y todo ello pertenece a todos y a cada uno de los fieles, miembros del mismo Cuerpo. De esa manera, cada fiel es partícipe de la santidad de los otros, igual que con su propia santidad hace santa a la Iglesia que es la única Vid y el único Cuerpo. Unidos siempre con Cristo en comunión de vida, de caridad y de verdad, siendo todo ello fruto del mismo Espíritu Santo; todos juntos, somos el Reino de Dios.


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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