El Óbolo de San Pedro, Colecta para la caridad del Papa



¿Qué es el Óbolo de San Pedro?

· Es la contribución a las obras de caridad que realiza el Papa en todo el mundo y para el mantenimiento de la Santa Sede.
· Es la expresión más típica de la participación de todos los fieles en las iniciativas del Obispo de Roma en beneficio de la Iglesia Universal.
· Se realiza de manera anual.
· La Jornada de la Caridad del Papa: Es un gesto que no sólo tiene valor práctico, sino también una gran fuerza simbólica, como signo de comunicación con el Papa y de solicitud por las necesidades de los hermanos; y por eso nuestro servicio posee un valor muy eclesial.

A este propósito Roma desempeña un papel peculiar, dado que, por la presencia del sucesor de San Pedro, es el centro y en cierto modo, el corazón de todo el Pueblo de Dios.


¿A dónde se destina el dinero recaudado?

Los donativos de los fieles al Santo Padre se emplean en:
· Obras misioneras.
· Promoción social.
· Sostener las actividades de la Santa Sede.
· A favor de los pobres.
· Niños.
· Ancianos.
· Marginados
· Víctimas de guerra.
· Desastres naturales.
· Promoción y sostenimiento de comunicación social.
· Actividades ecuménicas e interreligiosas.
· Educación católica.
· Ayuda a los prófugos.
· Migrantes.
· Las necesidades materiales de Diócesis pobres e Institutos religiosos.


Origen del Óbolo

La Colecta del Óbolo de San Pedro se originó en Inglaterra en el siglo VIII.
Al principio, en Inglaterra, el Óbolo se estableció como un impuesto de un centavo sobre los propietarios de tierras de cierto valor.

Era conocido en el mundo anglosajón con el nombre de “Romscot”. Según una tradición, el Óbolo de San Pedro lo recogió por primera vez el rey Offa de Mercia, quien confirmó el regalo a los legados papales en el Sínodo de Chelsea (787)

Al parecer los anglosajones, tras su conversión, se sintieron tan unidos al Obispo de Roma que decidieron enviar de manera estable una contribución anual al Santo Padre.

Así nació el “Denarius Sancti Petri” (limosna a San Pedro) que pronto se difundió por los países europeos.

Otra tradición, sin embargo, retrasa casi un siglo la aparición de la limosna y cuenta que el “Óbolo” se originó con el Rey Alfredo el Grande de Wessex, que impuso el impuesto en todo el imperio inglés en el 889.

No obstante, el Óbolo fue decayendo hasta ser abolido por el Rey Enrique VIII en el año 1534. La colecta comenzó de nuevo en el siglo XIX para ayudar al Papa Pío IX que se encontraba exiliado en Gaeta desde el 1848. Fue este Papa el que, en 1871, reguló de manera orgánica el “Óbolo” con la encíclica “saepe Venerabilis”, dotándolo de una estructura muy similar a la actual.


El Óbolo ofrece colaborar con la caridad del Papa

El 29 de junio, día de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo (o en otro día cercano indicado por el Obispo) se celebra la Jornada de la Caridad del Papa. Cada católico es invitado a colaborar con las obras de ayuda del Santo Padre a favor de los más pobres.

Con este motivo, las diócesis destina la colecta de la misa del día indicando para las obras de caridad del Santo Padre. Esto es lo que se llama el Óbolo de San Pedro.


¿Es obligatorio colaborar?

Contribución a la Iglesia:
Jesús enseña con sus palabras y acciones el deber de contribuir a la Iglesia. Cuando entraron a Cafarnaum, se acercaron a Pedro los que cobraban el dracma y le dijeron “¿No paga vuestro Maestro el dracma?” dice él “Si” y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle:

“¿Qué te parece Simón? Los reyes de la tierra ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?” al contestar él “De los extraños”, Jesús le dijo “Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que salga cógelo, ábrele la boca y encontrarás un dracma. Tómalo y dáselo por mí y por ti. (Mateo 17, 24-27)

Jesús enseña a cumplir con el requisito del tributo, sea para el Templo o sea el impuesto del gobierno. Al mismo tiempo enseña un ideal para sus discípulos. Los miembros de la Iglesia son hijos y no súbditos. A los hijos no se les requiere una cuota por que son de la casa. Pero eso no significa que los hijos no, al contrario. En la casa todos dan de corazón según la necesidad y las posibilidades de cada uno. Es la medida de Jesús: el amor. Él mismo se dio hasta morir en la cruz (mateo 17, 24-27)

Los buenos católicos dan a la Iglesia de corazón porque son miembros de la familia de fe. Contribuyen según sus posibilidades y la grandeza de su amor. Por eso en la Iglesia Católica no se exige un pago específico.

Todo el mundo participa por igual en la Santa Misa. Dios juzgará la caridad de cada cual. Desde el principio, la Iglesia ha enseñado a ser ciudadanos responsables y respetuosos de la ley, aunque rechazando las costumbres que son incopatibles con la fe y la moral (Cf Romanos 13,5)


La Caridad de la Iglesia

En la constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II leemos: “El pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad” (LG7). Es un tema de suma importancia, pues, como dice san Pablo, de estas tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad “la mayor es la caridad” Jesús puso de relieve el carácter central del mandamiento de la caridad cuando lo llamó su mandamiento: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado” (Juan 15,12). Y, más en particular, es el amor de Cristo en su manifestación suprema, la del sacrificio: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por los amigos” (Juan 15,13)

Así, la Iglesia tiene la misión de testimoniar el amor de Cristo hacia los hombres, amor dispuesto al sacrificio. La caridad no es simplemente manifestación de solidaridad humana: es participación en el mismo amor divino. La caridad encendida por Cristo en el mundo es amor sin límites, universal. La Iglesia testimonia este amor que supera toda división entre personas, categorías sociales, pueblos y naciones. Reacciona contra los particularismos nacionales que desearían limitar la caridad a las fronteras de un pueblo. Con su amor, abierto a todos, la Iglesia muestra que el hombre está llamado por Cristo no sólo a evitar toda hostilidad en el seno de su propio pueblo, sino también a estimar y a amra a los miembros de las demás naciones, e incluso a los pueblos mismos.

La caridad de Cristo supera también la diversidad de las clases sociales. No acepta el odio ni la lucha de clases. La Iglesia quiere la unión de todos en Cristo; trata de vivir y exhorta y enseña a vivir el amor evangélico, incluso hacia aquellos que algunos quisieran considerar enemigos. Poniendo en práctica el mandamiento del amor por Cristo, la Iglesia exige justicia social y, por consiguiente, justa participación de los bienes materiales en la sociedad y ayuda a los más pobres, a todos los desdichados. Pero al mismo tiempo predica y favorece la paz y la reconciliación en la sociedad.

La caridad de la Iglesia implica esencialmente una actitud de perdón, a imitación de la benevolencia de Cristo que, aún condenando el pecado, se comportó como “amigo de pecadores” (Cf. Mateo 11,19; Lucas 19,5-10) y no quiso condenarlos (Cf. Jn 8,11). De este modo, la Iglesia se esfuerza por reproducir en sí, y en el espíritu de sus hijos, la disposición generosa de Jesús, que perdonó y pidió al Padre que perdonara a los que lo habían llevado al suplicio (Cf. Lucas 23,34)

Los cristianos saben que no pueden recurrir nunca a la venganza y que, según la respuesta de Jesús a Pedro, deben perdonar todas las ofensas, sin cansanse jamás (Cf. Mateo 18,22). Cada vez que recitan el Padre nuestro reafirman su deseo de perdonar. El testimonio del perdón, dado y recomendado por la Iglesia, está ligado a la revelación de la misericordia divina: precisamente para asemejarse al Padre celeste, según la exhortación de Jesús (Cf. Lucas 6,36-38; Mateo 6,14-15; 18,33.35), los cristianos se inclinan a la indulgencia, a la comprensión y a la paz. Con esto no descuidan la justicia, que nunca se debe separar de la misericordia.

La caridad se manifiesta también en el respeto y en la estima hacia toda persona human, que la Iglesia quiere y recomienda practicar. La caridad requiere, asimismo, una disponibilidad para servir al prójimo. En la Iglesia de todos los tiempos siempre han sido muchos los que se dedican a este servicio.

Podemos decir que ninguna sociedad religiosa ha suscitado tantas obras de caridad como la Iglesia: servicio a los enfermos, a los minusválidos, a los jóvenes en las escuelas, a las poblaciones azotadas por desastres naturales y otras calamidades, ayuda a toda clase de pobres y necesitados. También hoy se repite este fenómeno, que a veces parece prodigioso: a cada nueva necesidad que va apareciendo en el mundo responden nuevas iniciativas de socorro y de asistencia por parte de los cristianos que viven según el espíritu del Evangelio.

Aunque la historia de la humanidad y de la Iglesia misma abunda en pecados contra la caridad, que entristecen y causan dolor, al mismo tiempo se debe reconocer con gozo y gratitud que en todos los siglos cristianos se han dado maravillosos testimonios que confirman el amor.

La historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos cristianos hasta hoy, está llena de este tipo de obras. Y, a pesar de ellos, la dimensión de los sufrimientos y de las necesidades humanas rebasa siempre las posibilidades de ayuda. Ahora bien, el amor es y sigue invencible (omnia vincit amor), incluso cuando da la impresión de no tener otras armas; fuera de la confianza indestructible en la verdad y en la gracia de Cristo.

La Iglesia, en su enseñanza y en sus esfuerzos por alcanzar la santidad, siempre ha mantenido vivo el ideal evangélico de la caridad; ha suscitado innumerables ejemplos de caridad; está en el origen, más o menos reconocido, de muchas instituciones de solidaridad y colaboración social que constutuyen un tejido indispensable de la civilización moderna; y, finalmente, ha progresado y sigue siempre progresando en la conisencia de las exigencias de la caridad y en el cumplimiento de las tareas que esas exigencias le imponen: todo esto bajo el influjo del Espíritu Santo, que es Amor eterno e infinito.

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Extractos del Folleto “¿Qué es el Óbolo de San Pedro?” Conferencia Episcopal Peruana, Oficina Delegación Nacional del Óbolo de San Pedro.


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Oración para la Jornada para la Caridad del Papa.




Oración


Jesús, Señor de la Iglesia, pastor incansable
y misericordioso, que sales a nuestro
encuentro por los caminos del mundo.

Por medio de tu Vicario en la tierra, el Papa
Benedicto XVI, sucesor de tu apóstol Pedro,
muéstranos el camino seguro y cierto que
debemos seguir.

Danos la gracia de la unidad, para fortalecer
la comunión, en el auténtico espíritu de
caridad que brota de la fuente de la Eucaristía.

Te pedimos, Señor, cuides su vida, ilumina
su inteligencia en la oración y forlatezcas su
espíritu en la caridad para que siga
conduciendo, a la grey confiada a su
persona, por los caminos de la paz, la
justicia y la solidaridad.

Encomendamos al Papa Benedicto XVI a la
intercesión amorosa de María, la llena de
gracia, Madre de la Iglesia y Reina de los
apóstoles.


Amén.


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Conferencia Episcopal Peruana, Oficina Delegación Nacional del Óbolo de San Pedro.


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La prisa de los apóstoles



P. Adolfo Franco, S.J.


Reflexión del Evangelio del Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Lucas 9, 51-62



En el largo camino a Jerusalén, del que nos habla especialmente San Lucas en su Evangelio, y que terminará en la cruz, hay este incidente que nos narra el Evangelio de hoy. Jesús y sus discípulos no son recibidos en un pueblo de Samaria (la disidente y además rival de Jerusalén), porque precisamente iban a Jerusalén. El enfrentamiento entre Samaria y Judea es algo que viene desde muy antiguo, desde que, a la muerte de Salomón, el reino quedó dividido entre Roboán y Jeroboán.

Hay dos apóstoles, Santiago y Juan, que esto lo ven mal y se sienten arrebatados por una ira santa (como si hubiera alguna ira santa), y quieren mandar fuego del cielo que consuma a esos desagradecidos; un arrebato de furia aparentemente apostólica: como si los destinatarios de la predicación no tuvieran que progresar, en su camino de aceptación del mensaje, por los senderos más lentos de la duda, la inseguridad, antes de entregarse plenamente al Señor.

Ellos quisieran que las cosas estuviesen todas claras desde el principio; ellos quieren que las cosas se arreglen cuanto antes. No pueden esperar a que cada cosa madure lentamente. Y eso que estos dos eran de los que gozaban de más cercanía con Jesús; y si se puede hablar así, de los que gozaban de cierta predilección. Pero eso no los hacía entender mejor el mensaje de Jesús. Y Jesús les va a reprochar por esto.

Esta prisa por obtener resultados la tenemos todos. En las siguientes líneas de este mismo párrafo del evangelio de hoy, hay tres presuntos seguidores de Jesús, que parece que se desaniman, y le ponen pretextos. A veces todos nos desesperamos porque la gente nos pone pretextos, para no seguir nuestro plan que nos parece perfecto; la hora de Dios no coincide con la nuestra; la semilla se toma su tiempo para convertirse en planta y para dar fruto. Y la prisa del agricultor no cambia las cosas.

En la Iglesia a veces hay también mucha impaciencia por los resultados, por verlos y pronto, porque los seminarios se llenen de vocaciones; somos impacientes, y tenemos prisa para que los templos se llenen. Quisiéramos que llegue pronto el día de la victoria. Y a los lentos, y a todos los que ponen pretextos y no reciben a Jesús, quisiéramos fulminarlos.

La tentación de la violencia contra los que no escuchan el mensaje es grande. Y junto con esto se añade la tentación de usar medios de coacción, para que la gente sea buena. Nos gustaría que la gente fuera buena aunque sea a la fuerza. Esa ha sido una tentación continua en la Iglesia, y en todos los tiempos. Y Jesucristo se manifiesta de otra manera: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” y “yo he venido a salvar y no a condenar”. La tentación de la violencia (directa o sutil) no ha desaparecido en algunos seguidores del Señor, que deberían mantener más calma y más bondad ante la debilidad.

Dios frente a los hombres (y también frente a nosotros mismos, que no somos ni mejores ni peores), Dios tiene una paciencia inagotable. Tiene todo el tiempo del mundo, porque es Eterno y el tiempo no se le acaba nunca. Y además tiene una capacidad de comprensión de la debilidad humana, y un deseo de salvar, que no son compatibles con las iras que algunos pretender tener en su nombre. Y Dios no puede ser pretexto para ninguna clase de iras.

Frente a las crisis no se pueden perder los papeles, ni se pueden tomar medidas que aplasten a los enemigos (reales o ficticios); no podemos dejar que nos nuble el pesimismo. No pensemos que la Salvación de Jesucristo está en estado de emergencia y que hay que aplicar medidas más severas para cuidar los intereses de Dios. Sepamos que Dios no está dormido, y que el mundo no se le escapa de las manos. La fuerza de la Redención de Jesucristo sigue intacta, no está en crisis, no está más débil; es siempre una fuerza salvadora que logra el éxito, por la intervención de Dios mismo.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.


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Matrimonios: Un rostro para contemplar, 1º Parte




“Queremos ver a Jesús”

P. Vicente Gallo, S.J.




Los hombres de todos los tiempos nunca encontraron salvación posible, hasta hallar a Jesús y aferrarse a él. Antes, le buscaban y esperaban en él sin conocerle; reclamaban “al que tenía que venir al mundo” (Jn 11,27) para salvarlo, que no podía ser otro sino Dios. Jesucristo es el esperado: Dios hecho hombre. “No se ha dado bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos” (Hch 4, 12).

Exactamente esto mismo ha de aplicarse a los hombres de hoy, a los que tienen tantos logros conseguidos para defenderse en la vida al iniciar este tercer milenio. Sin poder librarse de la perdición inexorable, necesitan hallar quien los salve: no sólo oyendo hablar de Jesús el Salvador, sino reconociéndole, “viendo su rostro” y “viendo que él los salva”. Nos gritan aun sin saberlo: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21).

Pero solamente la Iglesia puede ser ese rostro visible del Salvador también para los hombres de este tercer milenio; la Iglesia que es la presencia de Cristo, Dios encarnado, el que vino, nos salvó y permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos. Por eso, la tarea nuestra de “cristianos” ha de ser “contemplar ese rostro” y empaparnos de él, para poder reproducir en nosotros la imagen de Cristo (Rm 8, 29) de manera que en nosotros lo vean, en nuestra fe, en nuestra esperanza y en nuestro amor; y en nosotros lo encuentren creíble.

Más que nuestras palabras hablando sobre Cristo, lo que habrá de convencer a los hombres de hoy es ver a los salvados por haber creído en él. Reclutar a nuevos adictos a nuestra Iglesia o a cualquier Asociación eclesial de la que formemos parte, sólo podremos conseguirlo con el poder de nuestra fe manifestada en obras que convenzan. Amándonos “como El nos ama”, y mostrando que sólo eso logra cambiar a nuestro pobre mundo, podrá conseguirse que crean en el amor distinto que nosotros tenemos por creer en Cristo, y en Aquel que lo pone en nuestros corazones. Lo encontrarán principalmente en los matrimonios que vivan su Sacramento.

Porque no hemos de pretender que “crean en Dios”, como otros muchos ya creen; sino que crean en el Dios de Jesucristo, el Dios que nos ama y nos salva enviándonos a su Hijo; y al que llamamos Padre como se lo llamaba Jesús. Cristo es en quien tenemos que creer. El que nos ha mostrado el rostro de Dios y su amor que nos salva. Ese Hijo de Dios que nos hace hijos y herederos del vivir eterno del Padre; hijos como lo es él (Jn 6, 57), y hermanos unos de otros como él es nuestro hermano, haciendo de este mundo la Familia de Dios. Jesucristo es quien nos da su Espíritu para que vivamos su misma vida, que es la esencia de toda auténtica espiritualidad cristiana.

Es en la Biblia donde hemos de buscar ese rostro de Jesucristo: “ignorar la Biblia es ignorar a Cristo mismo”, decía el gran entendido San Jerónimo. Pero, sobre todo en los Evangelios, hemos de ver ese “rostro de Cristo” no sólo “leyendo”, sino “contemplando” lo que esos Libros dicen de Jesús y que hemos de reproducirlo en nosotros. Los relatos evangélicos no son “historias” para “leerlas” ni aun para “interpretarlas”; sino para en ellas “ver” a Jesús y “creer” que es el Ungido, el Cristo de Dios; para “hacernos de él”, “salvarnos con él”, y “reproducirlo en nosotros”, a fin de poder “mostrarlo” a todas las gentes que, encontrándolo como nosotros, también se salven.

Todo el Nuevo Testamento es el testimonio que los Apóstoles nos han dejado de Jesucristo. Como nos dice San Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que nosotros hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la palabra de Vida, pues la Vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna que estaba en el Padre y se nos manifestó en su Hijo; lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros, como nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo” (1Jn 1, 1-4).

En realidad es el Espíritu Santo quien, a través de nuestro “oír” la Palabra, ha de realizar en nosotros el “ver” a Jesús, el “creer” en él como Cristo de Dios, el “hacernos de él” y “salvarnos con él”, el “reproducirlo en nosotros” y hacer que sea inteligible o creíble para quienes se lo mostremos. Como fue “Obra del Espíritu Santo” la Encarnación del Hijo en el mundo por medio de María.

Los vecinos que vivieron con él 30 años en Nazaret, no le conocieron; y así nos ocurriría a nosotros. Como aquellos que vieron sus “milagros”, tampoco le conocieron ni creyeron, sino que para muchos fue su perdición, ya que terminaron crucificándole “porque decía ser Hijo de Dios”. El Bautista sí le conoció y creyó: pero fue porque así se lo reveló Dios (Jn 1, 32-34). Pedro le confesó “el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, no por la fuerza de la carne o de la sangre, sino revelado por el Padre del Cielo.

Resucitado Jesús, “los Discípulos se alegraron de ver a Jesús” (Jn 20, 20), mas solamente creyeron después de recibir el Espíritu Santo que les dio (Jn 20, 22). Tomás, no creyó cuando los Discípulos se lo contaron, sino cuando Jesús le hizo rendirse (Jn 20, 28). Aunque se viese y se tocase su cuerpo resucitado, sólo la fe podía franquear el misterio de Jesús como Salvador. En el día de la Ascensión, todavía no sabían a quién seguían.

Ahora, lo mismo que entonces, no nos hagamos ilusiones: no basta con reconocer que “¡Jesús es muy distinto!”, como en Marcos 1, 27 y 4, 41. Lo dijo Jesús: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, pero nadie conoce al Hijo sino el Padre, como al Padre no le conoce nadie sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27). Afirmar de Jesús, que “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”, “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, “Señor mío y Dios mío”, “Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre”, “Nosotros estamos en el Verdadero, en el Hijo Jesucristo, este es el Dios verdadero y la vida eterna”; no es posible ni por “ver”, ni por “razonar”, ni por nuestro “entender”, sino por obra del Espíritu Santo en nosotros (1Co 12. 3).

El objetivo de todo nuestro “orar” debe centrarse en la súplica: “Queremos ver al Señor” (Jn 12 ,21), “Señor, busco tu rostro” (Sal 27, 4), “Brille tu rostro sobre nosotros” (Sal 67, 3). Para ver en él no sólo a Dios, sino al hombre verdadero (GS 22); no sólo a Dios hecho hombre, sino al hombre hecho Dios. En Jesús podremos así conocer “el hombre verdadero”, lo que es ser hombre de veras, “el hombre nuevo según Dios” (Ef 4, 24), en lugar del hombre viejo que se corrompe en sus concupiscencias (Ef 4, 22). Y ver que “sólo porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, es por lo que el hombre puede, en él y por él, llegar a ser realmente hijo de Dios” (NMI 23). Pero sin que podamos olvidar que solamente por obra del Espíritu Santo en nosotros podremos afirmar con verdadera fe “Jesucristo es el Señor”(1Co 12, 3). Afirmar que Jesús es “Dios hecho hombre”, verdadero Dios en un hombre, que es el Mesías, el Hijo de Dios, no es algo que pueda salir de nuestra carne y sangre, sino revelado por Dios (Mt 16,17).



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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.


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Para confesarse mejor



P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.




1.- El fin del sacramento de la Penitencia o Confesión es el perdón de los pecados.

2.- Hay que manifestar todos los pecados graves ciertos cometidos desde la última confesión.

3. Debe manifestarse la clase o naturaleza de cada pecado y la frecuencia o número de veces en que se haya incurrido desde la última confesión bien hecha.

4.- Dolor y propósito. No basta para el perdón lo anterior. Es necesario estar arrepentido y tener la decisión de poner los medios al alcance para evitar los pecados. Es decir, hay que estar decididos a cambiar la propia conducta en lo que tiene de pecado. Esto es lo más fundamental por parte del penitente.

5.- La penitencia. Hay obligación grave o leve en general según hayan sido los pecados. No es necesario haberla hecho para comulgar; pero conviene cumplirla pronto para no olvidarse.



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Apostolado de la Oración: Devoción a la Virgen




4º Parte
P. Rodrigo Sánchez - Arjona, S.J.†




3º La Devoción a la Virgen


Junto a Jesús siempre la piedad católica ha visto a María:
“Junto a la Cruz de Jesús estaban su Madre…” (Juan 19,25)
Por eso nuestros Estatutos afirman que “los socios del Apostolado de la Oración veneran con amor filial a la Santísma Virgen María, Madre de la Iglesia, tan íntimamente asociada a la obra de la redención.”


Y nos invitan a imitar las virtudes de María, su amor a Dios, su fe inquebrantable, la solicitud por todos los discípulos de Jesús, su humildad, su espíritu de pobreza, su entrega generosa al servicio de la obra redentora de su Hijo. Ante todo María es para nosotros un modelo de alma orante. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan, que los Apóstoles después de la Ascención del Señor “perseveraban unánimes en la oración con María la Madre de Jesús” (1,14)


Siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, los socios del Apostolado debemos hacer nuestro ofrecimiento diario por medio del Corazón Inmaculado de María, es decir, por medio de María llena de amor a Dios y a los hombres. Y de esta manera cumplimos las orientaciones del Concilio Vaticano II:


“Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora ensalzada por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo…” (LG 69)


Los Estatutos nos aconsejan rezar todos los días el resario de la Virgen, al menos un misterio para enconmendar “a su Corazón maternal con todo fervor las necesidades de la Iglesia”. Como es sabido, el rezo del rosario ha sido recomendado encarecidamente por los Sumos Pontífices. Juan Pablo II ha repetido una y otra vez esta recomendación. Recordemos una de sus múltiples enseñanzas:


“El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa!... Se puede decir que el Rosario es, en cierta manera, un comentario-oración sobre el capítulo final de la constitución Lumen Gentium del Vaticano II; capítulo que trata de la presencia admirables de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia”.


“En efecto, con el transfondo de las avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesús. El Rosario en su conjunto consta de misterior gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través – se puede decir – del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, de la familia, de la nación de la Iglesia y de la humanidad, experiencias personales y del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas, que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana” (Angelus, 29.10.78)


Por último los Estatutos, siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, nos anima a fomentar el culto de la Virgen de acuerdo con sus palabras proféticas: “Todas las naciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso” (Lucas 1, 48), pues la devoción a María facilita nuestra consagración y fomenta el espíritu de reparación al Corazón de Cristo. (Vaticano II LG 66-67)



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Papa responde preguntas de sacerdotes



CIUDAD DEL VATICANO, 12 JUN 2010 (VIS).-Benedicto XVI respondió a las preguntas de cinco sacerdotes de cada uno de los continentes durante la vigilia de oración celebrada en la Plaza de San Pedro el pasado jueves por la noche. Ofrecemos una amplia síntesis de ellas.


Un sacerdote brasileño preguntó cómo afrontar las dificultades que encuentran los párrocos en su ministerio.


El Papa reconoció que "hoy en día es muy difícil ser párroco, sobre todo en los países de la antigua cristiandad. Las parroquias son cada vez más extensas: es imposible conocer a todos, es imposible cumplir todos los deberes que se esperan de un párroco". A este respecto, el Papa subrayó la importancia de que "los fieles vean en el sacerdote no solo a uno que trabaja y después es libre y vive solo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado de Cristo. (...) Llenarse de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser es la primera condición", a la que se añaden "tres prioridades fundamentales: la Eucaristía y los sacramentos, (...) el anuncio de la Palabra, y (...) la cáritas, el amor de Cristo". Además "una prioridad muy importante es la relación personal con Cristo. (...) La oración no es algo marginal: rezar es algo propio del sacerdote, también como representante del pueblo que no sabe orar o no encuentra tiempo para orar. La oración personal, sobre todo la Oración de las Horas, es alimento esencial para nuestra alma, para toda nuestra acción".


Un presbítero de Costa de Marfil preguntó cómo evitar la fractura entre teología y doctrina y tratar de que el "estudio no sea todo académico, sino que alimente la espiritualidad".


Benedicto XVI reconoció la existencia de"un abuso de la teología que es arrogancia de la razón y no alimenta la fe, sino que oculta la presencia de Dios en el mundo. Pero, existe una teología que quiere conocer más por amor de la persona amada. (...) Esta es la verdadera teología, que viene del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo". El Papa exhortó a los teólogos a "ser valientes, (...) a no temer al fantasma de la ciencia, (...) a no someterse a todas las hipótesis del momento, sino a pensar realmente apartir de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y nos abre el acceso a la verdad. (...) La formación es muy importante. Pero debemos ser también críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que hay que ver también a los teólogos y las teologías. (...) El Catecismo de la Iglesia Católica es la síntesis de nuestra fe y es realmente el criterio desde el que se puede determinar si una teología es aceptable o no".


Otro sacerdote pidió al Papa que hablara sobre "la profundidad y el sentido auténtico del celibato eclesiástico, también frente a las críticas mundanas a este don".


El Santo Padre dijo que "un gran problema del cristianismo en el mundo de hoy es que ya no se piensa en el futuro de Dios: parece suficiente solo el presente de este mundo. (...) Así se cierran las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia. El sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, (...) mostrar la realidad del futuro que tenemos que vivir como presente. Dar, por tanto, así testimonio de la fe: creemos realmente que Dios existe, que podemos fundar nuestra vida en Cristo, en la vida futura". En cuanto a las críticas del mundo, el pontífice dijo que "para el mundo agnóstico, (...) el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad. (...) El celibato es un "sí" definitivo, un dejarse agarrar por la mano de Dios, entregarse en las manos del Señor, en su "yo", y por tanto se trata de un acto de fidelidad y confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio, (...) que es la forma bíblica, natural de ser hombre y mujer, fundamento de la grancultura cristiana y de las grandes culturas del mundo. Si desaparece se destruye la raíz de nuestra cultura. Por eso, el celibato confirma el "sí" del matrimonio con su "sí" al mundo futuro. Y de esta manera queremos hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios. (...) Pidamos al Señor que nos ayude a liberarnos de los escándalos secundarios, para que haga presente el gran escándalo de nuestra fe: la confianza, la fuerza de nuestra vida, que se funda en Dios y en Jesucristo".


La cuarta pregunta fue cómo vivir la centralidad de la Eucaristía y el culto con dignidad, sin caer en el clericalismo y alejarse de la realidad.


Recordando a San Agustín, Benedicto XVI señaló que "el sacrificio de los cristianos es estar unidos por el amor de Cristo en la unidad del único cuerpo de Cristo: salir de nosotros mismos, dejarse atraer por la comunión del único pan y del único Cuerpo para entrar en la gran aventura del amor de Dios. Así debemos celebrar, vivir, meditar siempre la Eucaristía, como escuela de la liberación de mi "yo". (...) La Eucaristía es lo contrario del clericalismo, del cerrarse en sí mismos. (...) Vivir la Eucaristía en su sentido original, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida y la protección más segura contra toda tentación de clericalismo".


Por último, otro sacerdote preguntó al Papa qué se puede hacer para contrarrestar la escasez de vocaciones.


"Existe la gran tentación -respondió el Santo Padre- de transformar el sacerdocio, el sacramento de Cristo, en una profesión normal que tiene su horario; como cualquier otra vocación, haciéndolo accesible y fácil. Pero esta es una tentación que no resuelve el problema. (...) Como nos enseña el Señor, debemos rezar a Dios, llamar a la puerta, al corazón de Dios para que nos dé las vocaciones; rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción, porque Dios no se cierra a una oración insistente, permanente, confiada, a pesar de que deja hacer, espera (...) más allá de los tiempos que habíamos previsto". Además, "cada uno debería hacer lo posible para vivir el sacerdocio de manera convincente. (...) Después, invitar a la oración, a tener esta humildad, esta confianza de hablar con Dios con fuerza, con decisión. Y tener la valentía de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios los llama, (...) y, sobre todo, ayudarles a encontrar un contexto vital en el que puedan vivir su vocación".


AC/VIS20100614 (1100)


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Jubileo de las 40 Horas



Sobre el Jubileo de las 40 Horas



Oración expiatoria, suplicante y eucarística



Desde sus orígenes, la Oración eucarística de las 40 Horas, por su carácter expiatorio, suplicante y eucarístico, va a ayudar a muchos fieles a configurarse con Cristo y a estar en sintonía con su obra redentora. Va a enseñarles también a unirse a Cristo resucitado, presente en el Santísimo Sacramento del Altar, recordando el momento de su permanencia en el sepulcro muerto después de sufrir por nosotros su dolorosa pasión. Esto es posible porque la institución del Sacrificio Eucarístico, desde su nacimiento, tiene inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor, que no sólo la evoca sino que la hace presente sacramentalmente (Ecclesia de Eucharistia, Nº 11)




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Fuente: "Jubileo de las 40 Horas, Año 2010". Arzobispado de Lima.



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Para enterarnos más sobre el Jubileo, visitemos las anteriores publicaciones:

Raíces bíblicas y de la Tradición.

Tiempos difíciles.

Extensión de la devoción.

La devoción en nuestra patria.



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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Julio



APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
JULIO




Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.




Por las Intenciones del Papa

Intención General:

Para que en todas las naciones del mundo las elecciones se realicen según la justicia, transparencia y honestidad respetando las decisiones libres de los ciudadanos.





Intención Misional:

Para que los cristianos se comprometan a ofrecer en todas partes, especialmente en los grandes centros urbanos, una contribución válida a la promoción de la cultura, de la justicia, de la solidaridad y de la paz



Por las intenciones de la Conferencia Episcopal Peruana



Para que apreciemos la Santa Misa, donde Jesús presenta al Padre de nuevo por nosotros el sacrifico único dela cruz, nos une a su sacrificio y nos aplica losfrutos de salvación que brotan de su cruz yresurrección





Elecciones con justicia, transparencia y honestidad


Los países, estados o ciudades aspiran a tener gobierno verdaderamente legítimos y representativos. No siempre existe una estructura democrática en la elección de las autoridades. Gobiernos de facto se instalan en el poder por años en posición de privilegio y no al servicio del pueblo. Se realizan parodias de sufragio controlados por el poder.La Iglesia anima el compromiso de los buenos cristianos en la sana política y en sincero debate público en vista de la construcción de un mundo más justo y más humano.



Apostolado en los grandes centros urbanos


“... Los padres del Sínodo no promovieron una evangelización urbana de manera indeterminada: precisaron algunos elementos de la actividad pastoral... una evangelización urbana metódica y capilar mediante la catequesis, la liturgia y el modo de organizar las propias estructuras pastorales, ... elementos radicalmente unidos a las tres dimensiones del ministerio del Obispo: enseñar, santificar y gobernar. Aquí tocamos... el punto central de los que Cristo nos llama a ser y a hacer en la nueva evangelización... Una experiencia nueva y más profunda de la comunidad de Cristo, que es la única respuesta eficaz y duradera a una cultura marcada por el desarraigo, el anonimato y las injusticias...” (Juan Pablo II a los Obispos de Ontario (Canadá), 4.5.1999. Extractos)”



Aparecida - Misión Continental


“La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimiento... busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos...” (514)



Eucaristía


Misa por la paz y la justicia. (Misal romano)

Palabra de Dios


Isaías 32, 1-8. Un rey reinará con justicia.

Isaías 59, 13-15. Confesión del pecado.

1 Timoteo 2, 1-4. Oración pública.

Mateo 5,13-16. Sal y luz del mundo.


Reflexionemos


¿Conozco la doctrina de la Iglesia respecto a la participación de los católicos en la política?

¿Soy transparente, honesto y respetuoso de los demás en el ejercicio de mi autoridad a nivel familiar, laboral comunitario o político?

Invitación


A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos.

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


P. Antonio Gonzalez Callizo S.J.

Director Nacional del Apostolado de la Oración (AO)
Parroquia San Pedro




¡ADVENIAT REGNUM TUUM!

¡Venga a nosotros tu reino!

Apostolado de la Oración

Azángaro 451, Lima





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¿Qué es Jesús en mi vida?



P. Adolfo Franco, S.J.

Reflexión del Evangelio del Domingo XII del Tiempo Ordinario

Lucas 9, 18-24

En este párrafo del Evangelio el Señor nos da varias enseñanzas fundamentales. Y todas las deriva de una pregunta que dirige a sus apóstoles, y que nos dirige a nosotros, pues es una pregunta fundamental, la pregunta central de nuestra fe: ¿Quién dice la gente que soy yo, quién es Jesús? ¿Y nosotros quién decimos que es? Cómo respondemos a esta pregunta es lo que nos define como cristianos.

Pero la respuesta puede ser formulada en forma superficial, lo que hemos leído de Jesús, o lo que nos han enseñado, pero que quizá no hemos interiorizado. Falta la experiencia personal, falta que nuestro corazón se involucre en la respuesta; quizá no podamos responder debidamente si no hemos tenido un encuentro personal con El. Y esta es la respuesta que Jesús espera de cada uno de nosotros nuestra respuesta personal: Jesús se sitúa delante de cada uno de nosotros y mirándonos personalmente nos pregunta ¿y tú que dices? ¿Es de verdad para nosotros el Salvador, el Amigo, nuestro Dios?

Y cuando los apóstoles dicen la respuesta, Jesús en el Evangelio que hemos leído, la completa; porque los apóstoles, aún no sabían todo lo que era Jesús, y cómo lo había de ser: es verdad que es el Mesías, pero qué Mesías; el Mesías debe ser entregado en manos de las autoridades para que lo juzguen, lo condenen a muerte; pero resucitará al tercer día. Estas realidades del Señor, son parte esencial de la respuesta. Jesús no es una estampa bonita, una figura emocionante, y un rostro hermoso. Jesús nos dice que es nuestro Salvador, porque se entregará a la muerte, y resucitará.

Para responder a la pregunta de Jesús, tenemos que aceptar el misterio más difícil de la vida, el misterio del sufrimiento, y de la muerte. La Cruz, siempre será un desafío a nuestra inteligencia y a nuestra voluntad. La cruz la vemos como algo fatal, triste y que debe ser rechazado. Es algo que nos irrita y nos pone a la defensiva. Y sin embargo todos rezamos frente a un crucifijo, y nos hacemos la señal de la cruz con frecuencia. Claro que hemos estilizado tanto el crucifijo, que no quedan en esa figura (que se convierte en decorativa) las huellas del sufrimiento, de la humillación y del aniquilamiento. Y sin embargo Jesús insiste en esto ante la respuesta de sus apóstoles, y ante nuestra respuesta.

Y para que no queden más dudas, nos dice a nosotros que no seremos sus discípulos si no corremos de alguna manera la misma suerte: si no cargamos con nuestra cruz. Es Jesús quien lo dice: “el que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”. Esta lección del Señor, El nos la repite muchas veces a través de todo el evangelio; y nos la propone de diversas maneras: como bienaventuranzas, como camino estrecho, como cimientos para construir una casa sólida. Aquí nos la está proponiendo de una manera más cercana, más atractiva; si es que se puede hablar de atractiva, hablando de la cruz. Y es que la propone para estar cerca de El para seguirlo, para ser discípulos suyos.

O sea que si no tomamos nuestra propia cruz, no podemos seguirle. ¿Y cuál es nuestra cruz? ¿Y qué es cargar la cruz? Todos sabemos por propia experiencia lo que la cruz, lo que es el sufrimiento. Y nuestra reacción frente a esto, no es cargar la cruz, sino defendernos de ella. Ante la cruz no tenemos una actitud positiva, sino negativa. Miramos con ternura y admiración la cruz de Jesús, pero la nuestra la miramos con horror ¿por qué? Nuestra cruz no es abrazada, ni cargada, procuramos dejarla en el primer rincón que podamos, y que quede bien escondida, y huimos de ella. Jesús nos dice que la carguemos para seguirle. Y esto me parece que nos lleva incluso a mirarla con simpatía, como una compañera que nos ayuda a estar cerca de Jesús. La cruz personal, cuando es asumida de esa forma, es una ayuda para el seguimiento de Cristo, que debe ser la meta de todo cristiano. Esa es la respuesta que Jesús espera de nosotros al preguntarnos, qué decimos de El: nuestra respuesta más verdadera será seguirle con nuestra cruz; esa es la mejor respuesta a su pregunta.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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San Luis Gonzaga, S.J.



Fiesta: 21 de junio.

Es el Patrono de la Juventud. Supo dar preferencia a los valores verdaderamente importantes de la vida, dejando a un lado el poder, el honor y el dinero.

El P. Pedro Arrupe, en ese entonces general de la Compañía de Jesús, en el IV centenario del nacimiento de San Luis Gonzaga dijo: "Luis no negoció. No aceptó compromisos. No pudo aceptar las deformaciones hechas a Cristo por el mundo y la sociedad. Si el mundo negó a Cristo, él lo aceptó y lo siguió íntegramente".




Nacimiento

San Luis Gonzaga nace en Castiglione, el 9 de marzo de 1568. Su padre, don Ferrante, fue el Marqués de Castiglione y su madre, doña Marta, la hija de los Barones de Santena de Chieri (cerca de Turín). El padre, muy orgulloso y altanero. La madre, más bien suave y y piadosa.


Luis es el primogénito y, por lo tanto, el heredero del marquesado. Su nacimiento fue muy difícil y puso en serio peligro la vida de sua madre. Tanto, que debió ser bautizado en el seno materno, antes de haber terminado de nacer.


Después, los marqueses de Castiglione tuvieron otros siete hijos. Solamente dos llegaron a la edad madura. Tres murieron muy niños y dos tuvieron trágica muerte.



Niñez y juventud.

La niñez de Luis fue la propia de todo niño noble de la época feudal. El padre lo miró con orgullo y con esperanzas, por ser su heredero. La madre lo cuidó con esmero y le enseñó a rezar. Los servidores y súbditos lo respetaron y adularon.



Al cumplir Luis los cuatro años de edad, es llevado por su padre al campamento militar de Casatelmaggiore. Allí, a la orilla derecha del río Po, no lejos del bosque de encinas que suministra la madera para las naves, se entrenan 3.000 soldados. Han sido solicitados por Felipe II, para la campaña de Túnez.



El marqués no cabe en sí de orgullo y pasea a su heredero, entre los soldados. Luis viste una pequeña armadura y lleva un arcabuz hecho a su medida. El padre goza al ver al hijo que disfrutando con su papel de caballero.



Luis, efectivamente, siente gusto, hasta llegar a cometer algunas imprudencias. Aprende a decir las palabras soeces de los soldados, sin entender el significado. Nadie, ni su padre, le da importancia. Todos sonríen, complacidos, porque ven en Luis al futuro buen soldado.



Un día, Luis,, en el campamento, dispara su pequeño arcabuz y se quema la cara. Otra vez, esfue más atrevido. Cuando duermen los soldados por el calor de la siesta, roba un poco de pólvora y hace explotar un pesado cañón. El artefacto, al retroceder, por poco lo atrapa bajo las ruedas. Su padre se enfurece al oíir el estallido, pero al enterarse de quién ha sido el culpable, se apacigua y se limita a reprenderlo sin violencia. En el fondo se siente orgulloso de su hijo Luis.



Pero Luis, menos indulgente que su padre, más tarde se echará en cara estas faltas infantiles. Las palabras soeces y el robo de la pólvora serán un día materia de arrepentimiento.



Educación.

Entre 1573 y 1576, don Ferrante se ausenta de Castiglione. En Mesina debe embarcarse con Don Juan de Austria para la campaña de Túnez. Después de la victoria, se dirige a Madrid para participar en la recompensa generosa.



Entretanto, los hijos quedaron al cuidado de doña Marta y del ayo florentino, el fiel Pedro Francisco del Turco. Este hombre recto tuvo un influjo notable en Luis. Cuando le oye decir palabras vulgares le pregunta: "¿Quién te las ha enseñado?". Sin titubear, Luis contesta: "Los soldados de Casalmaggiore". El ayo, entonces, le explica que una persona de condición no debe emplear, jamás, palabras soeces. Sumiso, Luis pregunta: "¿Un señor no debe decir estas cosas?". Pedro Francisco dicejo: "No, de ninguna manera". Luis termina el diálogo: "Está bien. No las diré más". Y mantuvo su promesa.



Cambios notables.

Cuando don Ferrante regresaó, en 1576, a Castiglione, por cierto que, encuentra a su hijo primogénito muy cambiado. A Luis, es claro, ya no le interesan los juegos militares. Y eel todavía niño pareceía mostrar ahora una personalidad, en los hechos y en las palabras, superior a la de un jovencito delos ocho años de edad.



Luis, a los ojos paternos, aparece más serio, estudioso, reflexivo y, tal vez, algo más piadoso. En los primeros estudios de latín y en los inicios del castellano, ha aprovechado. La primera impresión de don Ferrante es desilusión, porque le hubiera gustado ver en él las condiciones de un hombre de guerra. Después, el marqués la cambia por una más benigna. No será, tal vez, un gran soldado, pero sí, un excelente gobernante. Queda satisfecho y decide dar al hijo la mejor educación que sea posible. Jamás supo que Luis ha dicho a doña Marta que él podríaá ser el hijo religioso que ella había confesadodicho desear.



Por las cortes feudales de Italia.

Don Ferrante decideió llevar, al año siguiente, a Luis y a su hermano Rodolfo a la corte de Florencia. Francisco de Médicis es el gran duque, y, su esposa, la archiduquesa Juana de Austria, es hija del emperador. En esa corte, los dos niños Gonzaga aprenderán el idioma toscano, se rozarán con los "grandes" y progresarán en cultura general. Florencia es la capital del arte.
En el viaje visitaron la célebre catedral de Lucca y veneraron las reliquias de la Santa Faz. Poco más de un mes estuvieron en Fiésole.



Florencia.

En Florencia, los Gonzaga establecen, el l de noviembre de 1577, una pequeña corte. Pedro Francisco del Turco es el ayo y el director. Hubo, además, un capellán y varios servidores. Don Ferrante vuelve pronto a Castiglione.



Luis aprovechaó mucho en Florencia. Pedro Francisco del Turco, como florentino, le haceizo conocer toda la ciudad. Con él recorreió todo, pero en especial las iglesias de Santa María del Fiore, la Santísima Anunciata y San Giovannino. La facilidad de Luis en sus estudios del toscano y del arte le deja mucho tiempo libre. Asiste a las carreras de caballos, y recibe clases de esgrima y de baile.



En el gran palacio Pitti, sede de la corte de los Médicis, sus compañeras de juego son Ana, María y Eleonora de Médicis. La primera morirá antes de casarse. La segunda será reina de Francia y abuela de Luis XIV, el rey Sol. La tercera será duquesa de Mantua. El mayor del grupo es don Juan de Médicis, de trece años, hijo natural de Cosme y hermanastro del gran duque Francisco. El gran duque tiene, además, una amante y los cortesanos murmuran.
Una primera reflexión.

Poco a poco, Luis comienza a mostrarse en oposición al ambiente de lujo y ostentación de la corte.
Cuando iba al palacio Pitti, vestido con sus mejores galas, muchas veces se decía: "Encima de los marqueses está el gran duque, sobre el gran duque está el rey, y sobre el rey está el emperador. Pero sobre todos ellos está Dios ante quien todas las grandezas son polvo".



Luis desea elegir un confesor estable y, por consejos de su ayo Pedro Francisco del Turco, escoge al Rector del Colegio de los jesuitas, el P. Francisco de la Torre. Este fue el primer contacto de Luis Gonzaga con la Compañía de Jesús.



El voto de perpetua virginidad.

Su padre espiritual le da el librito del P. Loarte, jesuita, "Misterios del Rosario". Luis lo lee y lo relee, meditándolo. Y muy pronto se mueve a imitar la pureza de la Santísima Virgen.
Un día, orando de rodillas, en la iglesia de la Santísima Anunciata, decide hacer una ofrenda heroica.



El P. Virgilio Cepari, confesor de San Luis y su primer biógrafo, nos cuenta así el hecho: "Le vino al pensamiento que sería servicio muy acepto a la Virgen Santísima, si él, por imitar cuanto le fuese posible su pureza, le consagrase desde luego con particular voto su virginidad. Con este pensamiento, estando un día en oración delante de la imagen que llamamos de la Anunciata, a honra de la Virgen, hizo voto a Dios nuestro Señor de perpetua virginidad".



Mantua.

Por el verano de 1579, don Ferrante llamó a sus hijos de regreso. El había obtenido del emperador, por fin, el ansiado título de príncipe del Sacro Imperio Romano. Y quería que sus hijos estuvieran presentes el día de la investidura del "príncipe de Castiglione". Por otra parte, el duque de Mantua, su pariente, le encargaba la defensa de sus estados. Y además, la corte de Florencia no era la misma al ser elevada a gran duquesa la antigua amante de Francisco de Médicis.



En noviembre de 1579, Luis y Rodolfo se incorporan a la corte del duque de Mantua. Fueron seis meses. El duque Guillermo, el jorobado, y su esposa Leonor, hija del emperador Fernando, han hecho de Mantua una corte floreciente. La duquesa es una mujer piadosa y muy pronto se interesa por Luis. Pero éste no frecuenta mucho el palacio.



La salud de Luis, en Mantua, se resiente. Increíble:, a los 11 años, tuvo cálculos renales. Los escasos conocimientos de los médicos de la época aconsejaron la disminución de los alimentos y beber muy poco líquido. Luis sigue los consejos médicos y prácticamente ayuna durante toda su estadía en Mantua. A los seis meses debe regresar a Castiglione.



Regreso a Castiglione.

El regreso a la casa y la cercanía de doña Marta lo alegraron en gran manera. Recupera la salud y tiene en su madre una confidente de sus luchas y anhelos.



Comienza a enseñar catecismo a los niños de la ciudad, guiado por el texto de San Pedro Canisio, y un día dice a su madre que quiereía ser misionero como Francisco Javier.



En su habitación, pequeña y con la puerta siempre cerrada la puerta, Luis pasa horas leyendo salmos y diciendo sus oraciones acostumbradas. La Biblia, el Catecismo de San Pedro Canisio, las Cartas de San Francisco Javier y las Cartas edificantes de los misioneros jesuitas de la India son su lectura espiritual. Y poco a poco, de la oración vocal va pasando a la meditación y a la contemplación afectiva. Luis es dócil a la gracia de la consolación y, entonces, con mayor afán se da a mayores prácticas espirituales.



San Carlos Borromeo y la Primera Comunión.

Pero lo más importante para él es la Primera Comunión. San Carlos Borromeo, cardenal arzobispo de Milán, hace la visita pastoral a Castiglione en julio de 1580.



Los marqueses desearon alojar al cardenal en su palacio. Pero San Carlos decide alojar en la casa parroquial. Los dos santos se entendieron muy bien, el uno de 42 años y el otro de 12. La primera entrevista dura dos horas. Luis aprovecha la ocasión para proponer a San Carlos las dificultades que tiene para poder seguir la voluntad de Dios. En cierto momento, el cardenal le habla de la Eucaristía. San Luis le pide entonces hacer su primera Comunión.



El 22 de julio de 1580, el cardenal en solemne Misa pontifical, en presencia de todo el pueblo, le da a Luis la Eucaristía. A partir de entonces, alentado por San Carlos Borromeo, la vida espiritual del futuro Santo empieza a girar en torno a este Sacramento.



En Casal, con su padre.

Desde octubre de 1580 hasta mayo de 1581, Luis debe vivir en Casal, junto a su padre.

Don Ferrante decide distraer al hijo y forzarlo a llevar una vida de mayor contacto social. Luis se resiste y no quiere participar. El marqués se irrita. Luis permanece inconmovible. El muchacho no da argumentos. No discute. Pero permanece firme en su negativa.

En Casal, Luis toma la decisión de hacerse religioso. El tiene, ahora, algo más de trece años, y está en plena adolescencia.

Viaje a España.

En 1581, la emperatriz María, viuda de Maximiliano II y hermana de Felipe II, determinaó viajar desde Praga a Madrid. Para rendirle honores el rey Felipe invita a muchos señores distinguidos a incorporarse a la comitiva. Don Ferrante en la invitación ve una excelente oportunidad para su ambición y futuro. Hay más horizontes en la corte de España que en su pequeño estado. Con rapidez, el marqués y toda su familia se incorporan en Vicenza al cortejo, en el mes de septiembre.



Luis tuvo una agradable sorpresa al conocer al capellán de la emperatriz. Era el jesuita portugués P. Francisco Antonio, quien fuera confesor del mártir jesuita inglés San Edmundo Campion. Ese mismo Padre había aconsejado al joven polaco San Estanislao de Kostka en Viena. Le había dado una carta de recomendación para que fuera admitido en la Compañía.



Luis eEmprende elun largo viaje, por mar y tierra. Con la comitiva imperial y el P. Francisco Antonio, Luis visita Monserrat, de tantos recuerdos ignacianos.



En la corte española.

En marzo de 1582, Luis Gonzaga ya está instalado en la corte más imponente de Europa. Esra todo un adolescente, de 14 años, alto, de buena figura, de ojos negros.



En la corte española, Luis y Rodolfo son nombrados pajes de don Diego, un pequeño de siete años, príncipe de Asturias y heredero del trono. Ser paje del futuro rey de España esra un honor, así lo piensa don Ferrante. Pero a Luis, tal honor no lo preocupa mucho.



En Madrid, con profesores particulares, Luis hace buenos progresos intelectuales: en latín, ciencias biológicas, matemáticas, lengua castellana y filosofía. Incluso, en una visita a la Universidad de Alcalá, es invitado a presentar argumentos en una discusión académica. Lo hace en un buen latín y con particular conocimiento.



Su condición de paje lo obliga a quedar sometido, en este caso, a un niño a quien dobla en edad. Pero el carácter de Luis no siempre lo permitía. En una ocasión, el príncipe don Diego, irritado por un viento frío, gritó con indignación: "Viento, te ordeno que te vayas". De inmediato Luis le replicó: "Alteza, Ud. puede mandar a los hombres, pero el viento obedece a Dios, al cual también Ud. debe obedecer". Fue toda una rebeldía. La frase de Luis, circuló en la corte y al mismo Felipe II le gustó cuando llegó a sus oídos.



Y Luis, impertérrito, continúa con sus prácticas espirituales, iniciadas en Castiglione. Pide al P. Fernando Paternó, jesuita, que sea su director espiritual. Y empieza a vivir, en la corte, una vida austera y modesta.



Parecía ser un rebelde, contra la educación impartida a los "grandes", y que era la misma que él estaba recibiendo. Más de alguno lo criticó con dureza, pero también hubo otros que lo admiraron. Algo había en su modo de proceder que mostraba seriedad y un profundo convencimiento. Los más se acostumbraron a respetarlo.



El príncipe don Diego murió de viruelas el 21 de noviembre de 1582. Luis y Rodolfo debieron acompañar su cortejo a la cripta del Escorial.



Ante el rey Felipe II.

Cuando Felipe II regresa a Madrid, victorioso de su campaña portuguesa, Luis es el escogido para pronunciar el discurso de bienvenida.

En un hermoso y perfecto latín admiró a todos, hasta al rey. ¿Escribió Luis el discurso? ¿Lo ayudaron? ¿Por qué fue tan parco y nada dijo sobre las razones del rey para conquistar la corona vacante de Portugal? ¿Quiso mostrar que no le interesaba la riqueza o el poder?

Discernimiento espiritual.

Luis, en su discernir, poco a poco, fue llegando a la decisión que le parecía lógica: renunciaría a todo y se haría religioso.



Pero, ¿dónde? ¿Cómo saber que Dios quiere ese camino? Con oración, cada día más profunda, empieza a suplicar que el Señor le muestre su voluntad santa.



El discernimiento termina el 15 de agosto de 1583. El mismo lo contará más tarde. Ese día, mientras oraba ante el altar de Nuestra Señora del Buen Consejo, en la capilla del Colegio imperial de la Compañía de Jesús, sintió que la Virgen María le pedía que entrara en la Compañía de su Hijo.



Para Luis, entonces, todo queda claro. No duda más.



De inmediato cuenta todo a su confesor y director espiritual, el jesuita Fernando Paternó. Animado por él, lo dice a su madre. Doña Marta le da su apoyo y se encarga de decírselo a don Ferrante. Luis tenía entonces quince años y medio de edad.



Dificultades.

Después de esto, vino la guerra total. Don Ferrante explota en ira. Primero le echa la culpa a doña Marta. Después a los jesuitas. A Luis le reprocha con indignación: "¿Piensas pasar el resto de tu vida en una comunidad religiosa? ¡Sal de aquí! Y si no te vas te mando desnudar y azotar".



Luis con valentía contesta: "Quiera Dios que yo pueda sufrir algo por esto". Inmediatamente da media vuelta y sale de la habitación.



El marqués llama al P. Paternó y le echa en cara el haber empujado a su hijo primogénito hacia la vida religiosa. El P. Paternó le dice: "Hace sólo cuatro días que supe la determinación de su hijo. Es cierto, me imaginé que iba a llegar a esto, pero nunca lo hablamos".



Don Ferrante entonces, menos ofuscado, suplica a Luis: "Hijo, por lo menos, pon los ojos en otra Orden religiosa, porque la Compañía de Jesús no admite dignidades". Luis contesta: "Por eso mismo he escogido a la Compañía. Si yo quisiera dignidades no iba a cambiar la certeza del marquesado por otra muy dudosa".



El marqués pidió después a su pariente, Francisco Gonzaga, General de los franciscanos, de paso por Madrid, que convenciera a Luis de su error. Muy seriamente, tras un largo examen, el franciscano da un apoyo total al joven Luis.



Entonces, don Ferrante, acostumbrado a las batallas peligrosas decide replegarse. Si él llegaba a perder, Luis podría ingresar a la Compañía de Jesús en España, demasiado lejos de Castiglione. Además, Luis podría entusiasmarse, a ejemplos de San Francisco Javier, por las misiones de la India, separada por todo un año de navegación. Las otras Indias, las occidentales, dependientes de la corona española, eran más pavorosas aún y estaban separadas del mundo civilizado por una fosa interminable.



Echa mano, entonces, de toda su autoridad feudal y paterna. Decide regresar con su familia a Castiglione.

El regreso a Italia.

El viaje de regreso se hace por mar. Los Gonzaga viajan en compañía del P. Francisco, el General de los franciscanos. Luis acepta con obediencia filial y se dispone a dar en Italia una batalla sin cuartel.



Llegan a Génova el 28 de julio de 1584 y se trasladan en seguida a Castiglione.
No hubo discusiones, pero Luis con su vida demuestra que su decisión no admite retrocesos.

Por las cortes de Italia.

Unos pocos días después, don Ferrante dispone que Luis y su hermano Rodolfo inicien un viaje por varias cortes de Italia: Mantua, Ferrara, Parma, Pavía, Turín, y a Chieri, la casa de sus tíos maternos. Podría ser éste un buen camino para olvidar la vocación.



En Mantua, Luis vuelve a encontrarse con su tío Guillermo - el duque jorobado - y la duquesa doña Leonor, con quienes había vivido seis meses en 1579. Su primo Vicente, el heredero, se ha casado recientemente con Eleonora de Médicis, la que fuera compañera de Luis en el palacio Pitti. Fueron unas semanas agradables.



En el viaje a Ferrara, la comitiva hace una visita al Noviciado de los jesuitas en Novellara. Un testigo de entonces dijo: "La visita de Luis nos produjo verdadera consolación y nos confirmó fuertemente en nuestra vocación, al saber que el príncipe deseaba entrar en la Compañía, pero que todavía no encontraba ni el camino ni los medios.".



En Ferrara reina el duque Alfonso II de Este, casado con Margarita Gonzaga, hija del duque de Mantua y prima, por lo tanto, de Luis.



En Parma, Luis saluda al viejo duque Octavio Farnesio. El heredero, Alejandro Farnesio, estaba en Flandes con su esposa Margarita, la hija de Carlos V y gobernadora de los Países Bajos. Luis comparte unos días con el primogénito de Alejandro, el joven Ranucio, quien tenía entonces diecinueve años de edad.



En Pavía, Luis encuentra a Federico Borromeo, cuatro años mayor que él. Una profunda amistad se establece casi de inmediato entre los dos jóvenes. Borromeo conservará siempre un gratísimo recuerdo de las largas conversaciones sostenidas. Después, Federico fue arzobispo de Milán y cardenal. Para la beatificación de Luis, se llenó de gozo y ofreció la colaboración de los tribunales de su diócesis para continuar el proceso de canonización.



A Turín la comitiva llega el 10 de agosto de 1585. Los duques de Saboya recibieron a Luis con gran simpatía, pero éste decide ser huésped del arzobispo Jerónimo de la Róvere, primo de su madre.



Desde Turín debieron dirigirse a Chieri. El barón Hércules Santena, tío de Luis, vino a encontrarlos y los invita con insistencia a fin de que conozcieran a todos sus parientes, a quienes nunca habían visto. Con modestia, Luis debió tomar parte en el banquete dispuesto en su honor.
Un día terminó el viaje cortesano. Luis y Rodolfo debieron volver a Castiglione. Llegaron contentos. Luis, dispuesto a seguir su batalla. Rodolfo, maravillado por lo mucho que había visto.
Luchas por la vocación.

Sin embargo, don Ferrante no se dio por vencido. Luis, una vez más, insiste. El marqués nuevamente niega su consentimiento. Tal vez cree que, por cansancio, vencerá a Luis.
La lucha dura seis meses. Al principio, un silencio duro. Después, don Ferrante consigue la intervención del duque de Mantua, quien envía a un prelado de su confianza para dialogar con Luis, en Castiglione. A la propuesta de conseguir para él dignidades eclesiásticas, Luis respetuosamente escribe: "Estoy muy agradecido a su alteza por el amor que siempre me ha dispensado, pero le ruego que crea que mi elección por la Compañía de Jesús va precisamente dirigida a eliminar para siempre las posibles dignidades y los honores.".



Luego después, le toca el turno a Alfonso Gonzaga, señor de Castelgoffredo y hermano de don Ferrante. Don Alfonso no tenía hijos varones, solamente una hija. El feudo sería herencia para Luis.



Interviene también un tercer Gonzaga. El P. Virgilio Cepari no quiso dar su nombre. Sólo dijo de él que tenía gran autoridad. Este personaje fue muy duro. Los argumentos los dirigió en contra de la Compañía de Jesús. Esa Orden estaba y no estaba fuera del mundo. Prefería estar con él, y por eso hacía amistades con los grandes, con los reyes y señores. Intervenía en todo, auún en lo político. Más valía entrar a una Orden más segura, a los benedictinos o los camaldulenses. El golpe fue hábilmente dirigido. Pero Luis se afirmó en lo que tantas veces había pensado: "Las Ordenes citadas permiten que un monje sea arrancado de la soledad y sea hecho obispo o cardenal, cuando un rey o un príncipe lo proponen. Eso la Compañía de Jesús no lo permite, a no ser que el mismo Papa obligue."



Don Ferrante pide ayuda al arcipreste de Castiglione. Sabe bien que Luis lo quiere y admira. Tal vez, dijo Monseñor Pastorio, el camino escogido no es el de Dios. Luis respetuoso, defendió su causa. El arcipreste le dio la razón. Al salir de la entrevista dijo: "El señor Luis es un santo".

Por último, interviene fray Francisco Panigarola, famosísimo predicador. Más tarde éste dijo: "A mí me obligaron a hacer con este joven el papel del demonio. Y lo hice lo mejor que pude. No logré nada, porque Luis fue más fuerte."



Y como nada se avanza, de nuevo hubo un enfrentamiento con el padre. "Qué piensas hacer? "Entrar en la Compañía de Jesús". Y don Ferrante explota: "Sal del castillo. Apártate de mi vista.".



Con pena, Luis se retira a la casa de campo, junto a la presa del lago artificial. Allí viven unos frailes recoletos. Luis hace que le lleven la cama y los libros y queda en paz. Come con los frailes y con ellos reza.



A los pocos días, don Ferrante, postrado por la gota, pregunta por Luis. Al saber que no estáaba en el castillo ordena: "Que venga en seguida.".



"¿Cómo te atreviste a dejar el castillo sin mi permiso? Y Luis contesta: "Ud. lo ordenó y yo le obedecí". Don Ferrante dice ahora: "Retírate a tu aposento."



Y Luis se decide entonces por la penitencia y el ayuno, para vencer la resistencia paterna.
Una batalla ganada por Luis.

Un día, los criados le pidieron al marqués que viniera a ver a su hijo. Conducido en una silla, porque la gota le impedía caminar, don Ferrante vio por el ojo de la cerradura cómo su hijo se estaba azotando.



Entonces el marqués acepta rendirse. Con lágrimas, aprueba que se escriba al P. General Claudio Acquaviva para que Luis sea recibido en la Compañía.



"Hago saber a Vuestra Señoría que le entrego lo que más quiero en este mundo y la mayor esperanza que tenía para la conservación de ésta mi casa. En el futuro tendré gran confianza en las oraciones de mi querido hijo y en las suyas".



El P. Acquaviva respondió que, gozoso, recibiría a Luis en la Compañía y que el noviciado lo haría en Roma y no en Novellaralla.



Estudios en Milán.

Mientras duraron las negociaciones ante el Emperador para renunciar al marquesado, Luis debió ir a Milán, en representación de su padre, a arreglar algunos asuntos pendientes. La misión encomendada duró casi todo el año 1585. Luis, a pesar de sus 17 años, pudo arreglar todo a satisfacción de don Ferrante.



Y al mismo tiempo, como alumno externo, prosiguió los estudios de filosofía en el Colegio de los jesuitas en Santa María de Brera.



La última tentativa.

Apenas don Ferrante recibió los permisos imperiales para traspasar a Rodolfo los derechos del primogénito, se dirigió a Milán. Al verlo llegar de improviso, Luis presintió la tormenta y se armó de valor.



Esta vez, la táctica del marqués fue la del afecto. Ponderó el daño que se haría a la familia Gonzaga, la decepción de los súbditos de Castiglione que lo admiraban, y el temor por la inexperiencia y ligereza de su hermano Rodolfo. En fin, él, por su avanzada edad y enfermedad, lo necesitaba como ayuda en el gobierno. Con cariño, Luis contestó con una sola frase: "Estoy convencido de que mi vocación a la Compañía de Jesús viene de Dios.".



El último recurso de don Ferrante fue acudir a la casa de los jesuitas en San Fedele. Allí consiguió que el muy famoso P. Aquiles Gagliardi examinara a fondo la vocación de Luis. Con honestidad, el P. Gagliardi aceptó el encargo y prometió argumentar muy seriamente y con verdadera imparcialidad. Don Ferrante exigió estar presente y el P. Gagliardi estuvo de acuerdo. Más de una hora duró el examen. Luis, con dientes y uñas, se defendió. Incluso citó pasajes de la Biblia y de doctores de la Iglesia. Citó a Santo Tomás. El P. Gagliardi quedó muy asombrado ante los conocimientos de Luis. No podía creer que un joven de corte pudiera saber tantas cosas de la vida religiosa. Al fin dijo: "Tienes la razón. No hay ninguna duda. Yo quedo convencido y edificado.".



La batalla final.

En el regreso a Castiglione, Luis se detiene en Mantua. Allí hace los Ejercicios espirituales de San Ignacio. En Castiglione, Luis encuentra a don Ferrante nuevamente muy cambiado. Su padre habla de que no será posible entrar en religión sino a los veinticinco años de edad, es decir, hasta la mayoría de edad de Luis. Este no acepta, por supuesto, y ruega al padre con toda el alma. Luis propone esperar dos años, con la condición de ir a vivir a Roma y que don Ferrante dé por escrito el permiso para su ingreso. Don Ferrante se niega rotundamente. El asunto parece estar de nuevo en cero.



Un día, Luis decide encarar a su padre. "Padre, yo dependo de Ud. Yo le digo de veras que Dios me llama a la Compañía. Si Ud. se opone, resiste a la voluntad divina.".



Ahí don Ferrante se quebró. Y se puso a llorar amargamente. "Hijo, tú me has atravesado el corazón, porque te quiero. Siempre te he querido como tú lo mereces. En tií tenía puestas todas mis esperanzas, y las de mi casa. Pero si Dios te llama, como tú dices, yo no te puedo estorbar. Anda, hijo mío, adonde quieras. Yo te doy el permiso y te bendigo.". Y de nuevo volvió al llanto.
Luis no esperaba este desenlace tan rápido. Quedó helado y profundamente conmovido. Sólo atinó a decir: "Gracias, padre mío.". Hubiera querido consolar a don Ferrante. Se abstuvo. En su propio cuarto se postró en tierra y lloró. Dio gracias a Dios y pidió por su padre y por todos los suyos. Al fin, había ganado la gran batalla.



La renuncia al marquesado.

Ante la noticia, los habitantes de Castiglione se conmovieron. "¿Por qué nos dejas?. Nosotros te queremos.". Luis, sonriendo, siempre respondía lo mismo: "Porque no se puede servir a dos señores. Yo quiero servir al Señor del cielo. Traten Uds. de hacer lo mismo.".



El 2 de noviembre de 1585, en el palacio de Mantua, en presencia de todos los parientes Gonzaga, Luis firmaó el documento de abdicación de todos sus derechos. Al estampar la firma, dice a su hermano: "¿Quién de los dos es más feliz? ¡Estoy seguro que yo!". A lo mejor, Rodolfo pensó de manera diversa.



Al banquete ofrecido a los parientes, por el dolido don Ferrante y la dulce doña Marta, Luis asiste vestido con una túnica negra, muy sencilla.



El viaje a Roma.

El día 4 de ese mes, Luis se despide de sus padres. Con su hermano Rodolfo, su amigo Pedro Francisco del Turco y una pequeña comitiva, da comienzo a su viaje hacia Roma. A las orillas del río Po, los hermanos se separan y el grupo de personas cruza el río, en barcazas.



En Ferrara, Luis se detiene para despedirse de los duques. Pasa por Bolonia y después llega a Loreto. Allí pasa todo un día en recogimiento y acción de gracias.



Luis llega a Roma el 19 de noviembre. La primera visita es al Gesù, al P. Claudio Acquaviva. Después siguieron las audiencias con los cardenales, varios de ellos, sus parientes. Visita las siete iglesias tradicionales.



El Papa Sixto.

Sixto V lo recibe con cariño y lo bendice. El Ppapa franciscano le habla de la pobreza. Luis le responde que ha reflexionado mucho y que se siente muy tranquilo. El Papa había nacido pobre y ha recorrido, de buena o de mala gana, la enorme distancia entre la pobreza y el trono de San Pedro. Luis iba por el camino inverso, de la riqueza al total abandono. El Señor los hizo entenderse perfectamente.
Ingreso al Noviciado.

El 25 de noviembre de 1585, San Luis ingresa al Noviciado de San Andrés del Quirinal. "Este es el lugar de mi vida, aquí habitaré, porque yo mismo lo elegí".



En la Compañía de Jesús encuentra, desde el primer día, lo que tanto había buscado. Paz y libertad. Ciertamente está en lo suyo. Y por ello da sinceras gracias a Dios.



Las cartas de Luis reflejaron esa felicidad. Las que escribe a su madre son verdaderamente admirables. Ella había sido su gran apoyo y una verdadera confidente. Siempre la amó tiernamente.



Su pobre padre, don Ferrante, falleció a los tres meses del ingreso de Luis a la Compañía. Y Luis sabía muy bien lo mucho que había sufrido. "De hoy en adelante podré dar al querido papá, con toda verdad, el nombre de Padre".



El Noviciado.

En San Andrés del Quirinal, por cierto, el recuerdo del santo novicio Estanislao de Kostka estaba muy presente. Para Luis, la oración junto a su tumba lo llenó siempre de consolación.



Las experiencias propias del noviciado le parecieron excelentes. El mes de Ejercicios fue, sin duda, el mejor tiempo de gracias, extraordinario. El llamado de Dios, confirmado. Sintió gusto, no vergüenza, al pasar por las calles de Roma, con las alforjas al hombro, pidiendo limosna. Sintió consolación al servir a los enfermos - en los hospitales - con trabajos muy humildes. Fue asiduo a los pequeños servicios comunitarios: el aseo de la casa, la atención del comedor y la cocina. En todo procuró ser uno de tantos.



También fue obediente cuando el Maestro de Novicios le prohibió las penitencias y le hizo disminuir el tiempo de oración.



A los tres meses, fue enviado a la Casa del Gesù para ayudar en los oficios sencillos de la comunidad. Allí estuvo dos meses, en la misma casa que habitó San Ignacio.



Nápoles.

Desde el 1 de noviembre de 1586 hasta agosto de 1587, estuvo en Nápoles. Con otros dos novicios fue enviado a cuidar a un Padre enfermo de tuberculosis. En esa ciudad, hizo los cursos de metafísica para completar lo restante de la filosofía. En julio de 1587, sostuvo en público y en presencia de tres cardenales, con verdadero éxito, el examen de toda la Filosofía.
En el Colegio Romano con San Roberto Bellarmino.

De regreso a Roma y terminado el tiempo de noviciado, el 25 de noviembre de 1587, Luis hizo los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia.



Pasa entonces al Colegio Romano, cuna de la Universidad Gregoriana, para los estudios de Teología. Es un alumno sobresaliente. Esto queda demostrado por las repetidas veces que preside actos académicos y defiende en público su tesis de Teología.



La tonsura clerical la recibe, en San Juan de Letrán, el 25 de febrero de 1588. Y en el mes de marzo le son concedidas, allí mismo, las órdenes menores.



En el Colegio Romano, su director espiritual fue otro santo, San Roberto Bellarmino. San Roberto, más que guiarlo, lo acompañó todo el resto de su vida.



Misión ante su familia.

En el tercer año de Teología, Luis debe viajar a Castiglione y a Milán. Doña Marta había suplicado, y obtenido de los Superiores de la Compañía, su presencia. Su hermano Rodolfo tenía problemas. Había un pleito por la herencia del marquesado de Solferino. También un matrimonio secreto.



Ambos asuntos fueron solucionados por Luis con gran prudencia. El duque de Mantua se atuvo a entregar el feudo de Solferino a Rodolfo, después de escuchar al joven jesuita. El joven marqués de Castiglione debió hacer público su matrimonio. Las razones por diferencias sociales no tenían valor para Luis. Así lo expuso y convenció a su hermano. La madre, doña Marta, quedó plenamente satisfecha y la paz volvió a la familia Gonzaga.



Para Luis, el arreglar asuntos políticos y familiares fue un verdadero sacrificio. Pero el mejor fruto, fue haber podido conversar largamente con su madre a quien tanto admiraba. Con el fin de darle gusto, predicó ante todo el pueblo el domingo de quincuagésima. Pasó con ella y sus familiares su cumpleaños. En Castiglione cumplió los veintidós años. A los tres días inició el viaje de regreso.



De nuevo en Roma.

En Milán debió detenerse casi dos meses. En el Colegio de Brera, su oficio fue servir a la mesa y preparar el comedor de la comunidad.



A principios de mayo es llamado a regresar al Colegio Romano. Viaja a caballo con un grupo de unos diez jesuitas. En el camino encuentra a muchos pobres, porque ese año ha sido de malas cosechas. Luis queda ciertamente muy conmovido. Ayuda con lo poco que tiene y atiende a todos con caridad.



De esos días es la famosa frase de Luis. Un jesuita, al ver tanta pobreza, le dijo: "Gran favor nos ha hecho Dios al permitir que no naciéramos con tanta necesidad y pobreza". La respuesta de Luis le salió de lo más profundo: "Es cierto. Pero mayor favor fue el no haber nacido en tierras musulmanas".



Regresar a Roma fue para Luis llegar a la patria. Más de una vez lo había dicho: "Si tenemos una patria en la tierra, yo no conozco otra sino Roma, donde nací para Cristo".
Presentimientos.

En octubre, comenzó Luis el cuarto año de teología. El Sacerdocio estaba muy cerca, ese mismo año. Pero él empezó a hablar, con mayor frecuencia, de la muerte. ¿La esperaba verdaderamente? ¿De veras la creía cercana? ¿Lo había sentido en la oración?



Al cardenal Bellarmino y al P. Virgilio Cepari les dijo: "Yo sepulté ya a mis muertos. Es hora de pensar en la otra vida".



La peste en la Ciudad Eterna.

Al comenzar el año 1591, en Roma se desata la peste. Las grandes muchedumbres habían abandonado los campos. Por las malas cosechas y el hambre, llegaron a la ciudad. Muy pronto los hospitales estuvieron llenos. Roma no estaba preparada. Demasiada pobreza y falta de higiene.
Los jesuitas colaboran con las autoridades. Junto a la curia generalicia, improvisan una pequeña hospedería para un centenar de mendigos. Hay que alimentar a los hambrientos, vestir a los pobres, atender a los enfermos. Los Padres y estudiantes del Colegio Romano, Luis con ellos, todos los días, con alforjas, recorren las calles, solicitando ayuda.



En el hospital de la Consolación, Luis pasa las horas junto a las camas de los más necesitados. El ministro del Colegio, el P. Nicolás Fabrini, atestiguará más tarde:



"Daba horror ver a tantos que se estaban muriendo. Andaban desnudos por el hospital y se caían muertos por los rincones y por las escaleras, con un olor insoportable. Yo vi a Luis servir con alegría a los enfermos, desnudándolos, metiéndolos en la cama, lavándoles los pies, arreglándolos, dándoles de comer, preparándolos para la confesión y animándolos a la esperanza. Luis no se separaba de los más enfermos y de peor aspecto".



Al caer el día, Luis regresa al Colegio cada vez más fatigado. Y cuando su compañero jesuita Tiberio Biondi contrae la peste, Luis dice: "De buen grado me cambiaría por él". Cuando le preguntaron por qué, dijo: "Porque ahora estoy preparado y más tarde no lo sé".



Mártir de la caridad.

Los superiores trataron de alejar a Luis de los enfermos contagiosos. La medida llegó tarde. El 3 de marzo, cuando iba al hospital de la Consolación, encontró a un apestado que, inconsciente, yacía en medio de la calle. Lo abrazó, lo echó a los hombros y a pie lo llevó a la Consolación. Allí lo atendió. Ese mismo día empezó la fiebre y el malestar.



A San Roberto Bellarmino le dijo que iba a morir y le preguntó si era malo desear la muerte. El confesor preguntó: "¿Por qué deseas morir?". Luis contestó: "Para unirme con Dios". Estuvo una semana entre la vida y la muerte. Quiso morir en el suelo, pero el P. Provincial lo prohibió.
Luis, después de la crisis, se recuperó, pero conservó una fiebre constante y dificultades respiratorias. Fueron tres meses de un lento extinguirse. Con amor, escribió a doña Marta una preciosa carta de despedida y, humildemente, le pidió su bendición maternal. Las visitas de sus amigos jesuitas fueron su mayor consuelo. Y muchos lloraron al verlo en ese estado.



La muerte.

En la tarde del día 20, el Papa Gregorio XIV le envía su bendición e indulgencia plenaria. Luis se consuela y se cubre el rostro lleno de confusión. Hacia las diez de la noche pide nuevamente el Viático. Recibida la Eucaristía, se despide de todos y de un modo especial del P. Provincial, del Rector del Colegio Romano, de San Roberto Bellarmino y del P. Virgilio Cepari.
En la madrugada del 21 de junio de 1591, rodeado de sus compañeros jesuitas, expira serenamente. Tiene 23 años y, unos pocos meses.



Glorificación.

Todos tienen conciencia de que han vivido con un santo. San Roberto Bellarmino obtiene del P. General, Claudio Acquaviva, la facultad de sepultar el cuerpo en la iglesia, "atendidos los méritos que tiene para llegar a ser un día canonizado".
La Iglesia autoriza el culto privado, equivalente a la beatificación, para Castiglione y los demás señoríos de los Gonzaga, en 1604, conjuntamente con Estanislao de Kostka para Polonia. La madre de Luis, doña Marta, pudo verlo en los altares.
Fue canonizado en 1726 con San Estanislao de Kostka. La Iglesia lo declaró Patrono de la Juventud.


Patrono de los enfermos de Sida.

El P. Peter Hans Kolvenbach, en el IV centenario de la muerte de San Luis Gonzaga, escribió a toda la Compañía de Jesús: "Lo que ha constituido la verdadera grandeza de Luis Gonzaga es que, siendo hijo de una Casa ilustre, emparentado con príncipes, cardenales y papas, rebelde contra su ambiente, al que perteneció por fuerza, fue un auténtico hijo de San Ignacio y discípulo, gozoso y fiel, del Rey verdadero. Luis aceptó todas las consecuencias de esta adhesión, no sólo cambiando su estilo de vida que parecía intocable, sino asumiendo radicalmente una vida de pobre, con Cristo pobre y siempre rodeado de pobres. Y acabó dando su vida por los pobres, ayudando a los apestados, abandonados, en las calles de Roma. No puede extrañnar, por tanto, el que hoy día, en muchos países, las víctimas del Sida hayan reconocido espontáneamente en él a su intercesor y que se propague cada vez más la imagen de Luis Gonzaga llevando en hombros las víctimas de la peste de nuestros tiempos".








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Tomado de:


http://www.cpalsj.org/





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