Liturgia de la Palabra: Lunes 02 de Agosto.

Liturgia de las Horas: 2da. Semana del Salterio
Color: Verde

Santoral


Lecturas de la liturgia
  • Primera Lectura: Jeremías 28, 1-17
    "Ananías, el Señor no te ha enviado, y tú has inducido al pueblo a una falsa confianza"

    Al principio del reinado de Sedecías en Judá, el mes quinto, Ananías, hijo de Azur, profeta natural de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de toda la gente: Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: "Rompo el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar todo el ajuar del templo que Nabucodonosor, rey de Babilonia, cogió y se llevó a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los judíos desterrados en Babilonia yo los haré volver a este lugar -oráculo del Señor-, porque romperé el yugo del rey de Babilonia.""

    El profeta Jeremías respondió al profeta Ananías, en presencia de los sacerdotes y del pueblo que estaba en el templo; el profeta Jeremías dijo: Amén, así lo haga el Señor. Que el Señor cumpla tu profecía, trayendo de Babilonia a este lugar todo el ajuar del templo y a todos los desterrados. Pero escucha lo que yo te digo a ti y a todo el pueblo: "Los profetas que nos precedieron, a ti y a mí, desde tiempo inmemorial, profetizaron guerras, calamidades y epidemias a muchos países y a reinos dilatados. Cuando un profeta predecía prosperidad, sólo al cumplirse su profecía era reconocido como profeta enviado realmente por el Señor.""

    Entonces Ananías le quitó el yugo del cuello al profeta Jeremías y lo rompió, diciendo en presencia de todo el pueblo: Así dice el Señor: "Así es como romperé el yugo del rey de Babilonia, que llevan al cuello tantas naciones, antes de dos años."" El profeta Jeremías se marchó por su camino.

    Después que el profeta Ananías rompió el yugo del cuello del profeta Jeremías, vino la palabra del Señor a Jeremías: Ve y dile a Ananías: "Así dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, yo haré un yugo de hierro. Porque así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Pondré yugo de hierro al cuello de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia; y se le someterán, y hasta las bestias del campo le entregaré.""

    El profeta Jeremías dijo a Ananías profeta: Escúchame, Ananías; el Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza. Por eso, así dice el Señor: "Mira: yo te echaré de la superficie de la tierra; este año morirás, porque has predicado rebelión contra el Señor.""

    Y el profeta Ananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.

  • Salmo Responsorial: 118
    "Instrúyeme, Señor, en tus leyes"

    Apártame del camino falso, / y dame la gracia de tu voluntad. R.

    No quites de mi boca las palabras sinceras, / porque yo espero en tus mandamientos. R.

    Vuelvan a mí tus fieles / que hacen caso de tus preceptos. R.

    Sea mi corazón perfecto en tus leyes, / así no quedaré avergonzado. R.

    Los malvados me esperaban para perderme, / pero yo meditaba tus preceptos. R.

    No me aparto de tus mandamientos, / porque tú me has instruido. R.

  • Evangelio: Mateo 14, 13-21
    "Alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición y dio los panes a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente"

    En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, El Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

    Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer." Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer." Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces." Les dijo: Traédmelos."

    Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


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Domingo de la Santísima Trinidad




P. Adolfo Franco, S.J.


Reflexión del Evangelio
Juan 16, 12-15



Esta fiesta de la Santísima Trinidad nos introduce a la consideración del misterio del mismo Dios. Cuánto amor supone de parte de Dios el querer que sus hijos sepamos su secreto más íntimo, para que lo conozcamos cómo es por dentro. Pero entrar en el misterio de Dios es entrar en un océano en el que nos perdemos porque al entrar ahí vemos cuán imperfecto es nuestro pensamiento, nuestro lenguaje, nuestra lógica, todo.

Y sin embargo nuestro Dios amado es toda la verdad, es toda la realidad, es la esencia total de las esencias, desde la cual todo lo existente se hace posible, y desde el cual hay que entender e interpretar todo. Es que normalmente, para poder entender cualquier cosa, nuestro punto de vista somos nosotros mismos; desde nuestras propias experiencias, desde nuestros propios conceptos previamente elaborados entendemos todo lo demás: ése es el mecanismo que hace posible el conocimiento humano. Y al querer entender a Dios desde nosotros, comenzamos por un error esencial en la perspectiva, en el punto de partida, porque en realidad deberíamos hacer lo contrario: procurar entendernos a nosotros mismos desde Dios: El es el punto de vista, es el origen desde el cual se debe entender correctamente lo que hay de verdad, de belleza, de existencia en cualquiera de los seres, y especialmente en el hombre, que fue creado a imagen y semejanza de Dios. Y muchas veces el hombre piensa al revés, y al intentar conocerlo, desde los parámetros humanos, hace a Dios a su imagen y semejanza. Nosotros vemos las huellas de Dios en el mundo (en las maravillas de la naturaleza y especialmente en lo que es el ser humano), y así intentamos imaginar a Dios. Pero en realidad debería ser al revés, sólo podemos entender el mundo y a nosotros mismos viéndonos desde Dios. Esto es una utopía, y por eso al hablar de Dios solo podemos balbucear.

Este es un punto importante, sobre el que deberíamos pensar. Pensamos a Dios a nuestra imagen y semejanza. Incluso cuando tenemos una “buena imagen” de Dios, lo pensamos desde nuestros esquemas de conocimiento. Pero muchas veces tenemos una “pésima imagen” de Dios. Hay quienes se alejan de Dios por la imagen que ellos mismos se han hecho de Dios; porque han puesto en su pobre imagen de Dios, sus propias frustraciones, sus rencores, sus fracasos, sus decepciones; y así imaginan un dios cruel, lejano, indiferente; respecto del cual lo mejor es mantenerse lejos, y sobre todo, mantenerlo lejos de nuestro corazón.

En cambio el misterio de la Santísima Trinidad nos muestra lo insondable, lo deslumbrante, la infinitud de Dios mismo. Nos debe hacer caer en la cuenta que todas nuestras imágenes de Dios, aún las mejores, son inadecuadas: que Dios es más que todo eso, que es más Padre que todo lo imaginable, que es más Luz, que toda luz, que es más bondad, que es más justo, que es más misericordioso, que es más fuerte, que es mas, y mucho más. Nuestros conceptos, por el hecho de hacerlos, ponen un límite a lo que están conceptuando (nombrar algo es delimitarlo), y este Misterio, corazón de todo misterio, se sale de todas las delimitaciones, desborda todos los nombres y todos los adjetivos.

En El tiene todo centro nuestra Religión revelada por Jesucristo. Todo concluye en El, todo se deriva de El: en El tiene todo su origen y su fin. Por eso nosotros somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; en la Santísima Trinidad comienza el misterio de la Eucaristía, pues la celebramos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y en la Trinidad concluye también la Eucaristía, y siempre que recibimos una bendición la recibimos también en el nombre de la misma Santísima Trinidad. Dios Debe estar en el principio y en el fin de todo acto religioso, y de todo acto humano, porque de hecho en El estamos sumergidos, en El vivimos; y deberíamos vivir no sólo en El, sino para El; así nuestro ser estaría de verdad centrado, y de lo contrario estaríamos descentrados.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco S.J. por su colaboración.



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Pentecostés, Fiesta del Espíritu Santo




P. Adolfo Franco, S.J.


Reflexión del Evangelio
Juan 7, 37-39




En todo el Evangelio de San Juan, especialmente en sus últimos capítulos, hay una revelación muy particular del Espíritu Santo. En la breve afirmación que hace Jesús en el párrafo que hoy se lee, se declara la relación que hay entre la fe en Jesús y la invasión del Espíritu Santo en el creyente. La relación entre Jesús y el Espíritu Santo, y entre la obra de Jesús y la obra del Espíritu Santo está muy subrayada en los escritos del Nuevo Testamento.

En el Nuevo Testamento hay una clara manifestación de esta extraordinaria realidad de lo que es Dios: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y además se nos hace conocer abundantemente la realidad y actividad salvífica del Espíritu Santo.

Especialmente podemos citar, a este propósito, a San Lucas. El conecta continuamente la actividad apostólica de Jesús con el Espíritu Santo. Desde que va a aparecer en este mundo: Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; Jesús va cuarenta días al desierto conducido por el Espíritu Santo, igualmente se hace presente el Espíritu en su Bautismo. La actividad toda de Jesús está guiada por el Espíritu Santo. Destacar esta relación entre Jesús y el Espíritu Santo es precisamente una de las características del tercer evangelio. Jesús en cuanto hombre está lleno del Espíritu Santo, actúa guiado por el espíritu Santo, y así el Espíritu Santo produce la obra de la santificación en los que reciben el mensaje de Jesús.

En San Juan también hay muchas enseñanzas sobre el Espíritu Santo; en diversos momentos de este evangelio (como en el pasaje que leemos hoy en la Misa); y especialmente en todo el largo discurso de Jesús en la última Cena (este discurso abarca casi la cuarta parte del Evangelio de San Juan). Muchas cosas dice Jesús a sus apóstoles sobre el Espíritu Santo: que estará siempre con nosotros, que es el Espíritu de la verdad y nos enseñará todo, y nos hará entender todo. Es el Espíritu el gran Don que Cristo enviará de junto a su Padre; y cuando venga, dará testimonio de Jesús, y convencerá al mundo de su error y de su pecado. Ya en la primera aparición de Jesús resucitado a los apóstoles, empieza a comunicarles el Espíritu Santo, y precisamente en conexión con el poder de perdonar los pecados.

En los Hechos de los Apóstoles (el libro de los comienzos de la vida de la Iglesia) hay también una referencia continua al Espíritu Santo y a su actuación en los creyentes. Podríamos señalar su acción especialmente en tres momentos de gran significado: en la elección de Matías, para sustituir a Judas, para que el número de los DOCE se completara, tal como había sido desde que Jesús los eligió. Un segundo momento es el comienzo de la actividad de la Iglesia, el comienzo de la vida misma de la Iglesia, el día de la fiesta de Pentecostés, en que el Espíritu Santo invade a los apóstoles. Jesús les había advertido a los apóstoles que esperasen la venida del Espíritu Santo; con esta venida Jesús les hacía entrega de todo lo que el Padre había puesto en sus manos, para que los apóstoles continuaran su obra. La predicación de los apóstoles va seguida con frecuencia de la venida del Espíritu Santo a los oyentes. Es el Espíritu mismo el que produce el fruto y hace crecer a la Iglesia. Y un tercer momento importante que señala el libro de los Hechos sobre la actividad del Espíritu Santo en la Iglesia es el Concilio de Jerusalén en que se trataba de la misión de la Iglesia a los pueblos no judíos. Es el Espíritu Santo el que aclara la polémica suscitada entre los judaizantes y los provenientes del paganismo; se trataba en resumen de declar que la Iglesia fundada por Jesús no es una rama de la Religión Judía, no es un “remiendo nuevo en un paño viejo”.

Finalmente en San Pablo hay también abundantes enseñanzas sobre el Espíritu Santo. Se podría señalar especialmente todo lo que Pablo escribe en la Carta a los Romanos, en la primera de los Corintios, y en la carta a los Gálatas. Podríamos resumir todo lo que se dice ahí como la acción del Espíritu en los fieles, en lo siguiente: El Espíritu Santo habita en nosotros, El nos enseña a orar, nos impulsa a actuar con sus dones y carismas, ayuda a nuestra flaqueza, nos eleva para que actuemos espiritualmente.

Aunque he resumido sólo lo que dicen del Espíritu Santo, los Evangelios de San Lucas y San Juan y lo que dicen las cartas de San Pablo, pero todo el Nuevo Testamento está lleno de la presencia y la acción del Espíritu Santo.

Esto es lo que hoy celebramos en esta fiesta especial del Espíritu Santo, en este domingo de Pentecostés, con el que culmina la larga celebración durante cincuenta días de la Pascua Cristiana.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco S.J. por su colaboración.

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Ascensión del Señor




P. Adolfo Franco, S.J.



Reflexión del Evangelio

Lc. 24, 46-53



El domingo 16 celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor, final de toda la etapa de la presencia de Jesucristo en nuestro mundo. Es el final de su vida en la tierra, y el comienzo de la actividad de los apóstoles. En esa circunstancia, antes de separarse Jesús les indica cuál ha de ser su tarea, para continuar la obra de salvación que El ha realizado: predicar la conversión y el perdón de los pecados, ser testigos ante el mundo entero de todo lo que ellos han visto y han vivido con Jesús, y finalmente esperar a que el Espíritu los revista de la fuerza de lo alto. A continuación se eleva al cielo, desaparece su presencia física, y empieza su presencia en la Iglesia: El mismo lo ha dicho: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo

La Ascensión es más que un “fenómeno”, no se trata fundamentalmente de un espectáculo de elevación por los aires. Esto no es lo fundamental de la Ascensión; lo fundamental es lo que nos dice el mismo texto del Evangelio: Jesús traspasa su misión, y los beneficios de la salvación, para que sean ahora los apóstoles y sus sucesores (toda la Iglesia) los que continúen esa misma misión y distribuyan esos tesoros de salvación que Jesucristo realizó durante su vida en la tierra. Esa misma misión de la que los mismos apóstoles han sido testigos.

Quizá podríamos imaginar al mismo Cristo en este momento de despedida, mientras sube al cielo, recordando y recapitulando todo lo que ha hecho durante su vida, en los distintos lugares: en Cafarnaún, en Nazaret, en Betania, en Jerusalén. Poco más de treinta años, enseñando a los hombres el amor de Dios, haciéndoles entender que Dios es Padre, que busca el bien de los hombres, que tiene una voluntad de salvarlos. Ha querido repetir hasta el cansancio, cuáles son los sentimientos íntimos de este Dios que ha amado al mundo hasta la locura. Y este hermoso anuncio del amor de Dios lo ha hecho transmitiendo palabras llenas de fuerza, con autoridad, palabras que llegaban al corazón de sus oyentes, que le miraban embelesados, sin cansarse nunca de oírle. Recordaba esas multitudes que le seguían, donde El depositaba esa hermosa semilla, que los corazones de los hombres (aun sin saberlo) deseaban recibir. Esos hombres se transformaban cuando se daban cuenta de que eran hijos queridos de un Padre bueno.

Recordaba, cómo se encontró con diversas personas que habían llegado al extremo de su oscuridad, cuando la enfermedad les hacían sentir miserables, apartados y excluidos de la tierra de los vivos (como los leprosos), cuando una pobre viuda había perdido a su único hijo; y tantas otras personas llenas de tinieblas y llenas de pecado. Y volvía a ver cómo con su acción cercana y curativa, empezaban a reverdecer, recuperaban la alegría de la vida. Era otra forma de transmitir a ellos y a los que eran testigos de esos prodigios de cariño, que Dios les ama, que Dios nos ama, y que quiere que todos se salven.

Cuántas cosas recordaba Jesús, al tener que dejar físicamente este mundo. Recordaba la admiración que sus oyentes sentían al oír sus parábolas, al recibir ese mensaje “nuevo” la “buena noticia”. Recordaba a aquellos amigos que le habían servido con tanta dedicación, a los pecadores que había purificado y liberado, recordaba a los pobres, para quienes siempre mostró su predilección, a los que El proclamó bienaventurados.

Y cómo no recordaría esos días trágicos de su muerte, en que quiso expresar que era nuestro querido amigo, pues nadie ama más que el que da la vida. Había cumplido a cabalidad la misión que el Padre le encomendó, y ahora la transmitía a esos hombres sencillos, en los que había depositado una fe esplendorosa, que lo habían dejado todo para seguirle, y le ponían sus propias vidas a su servicio. Confiaba en ellos, y les entregaba la gran misión de ir llevando la luz del Evangelio hasta los últimos rincones del mundo, y así poco a poco se fue elevando de este mundo para regresar a su Padre, de donde había salido cuando vino a este mundo para ser un hombre entre los hombres.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco S.J. por su colaboración.



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Conversión




Psicología y teología pastoral de la conversión




1) En la praxis corriente de la pastoral católica, queda a menudo oculta la conversión como fenómeno central en la historia salvífica del individuo. Las razones son fácilmente comprensibles: el bautismo, que era en la Iglesia primitiva el acontecimiento de la conversión con su entusiasmo bautismal, es por lo general administrado como bautismo de niños. Prácticamente, tampoco cuenta en general la confirmación como encarnación cultual de una conversión. Lo mismo digamos de nuestra primera comunión tempranamente recibida. Nuestra práctica pastoral sigue normalmente contando con un cristianismo que se vive en una sociedad cristiana relativamente homogénea, la cual considera obvio que las actitudes y decisiones últimas se tomen con espíritu cristiano (aunque resulte problemático que así sea). La práctica del confesionario, con sus confesiones frecuentes, y la predicación moral, que se ocupa sobre todo de exigencias particulares de la vida diaria, también tienden más a una mil veces repetida rectificación y corrección del diario quehacer cristiano, con su nivel medio, que a una «regeneración» fundamental y singular del hombre.


2) Pero la cura de almas y la teología pastoral no deben pasar por alto el fenómeno de la conversión como tarea decisiva de la pastoral individual. Una razón de esto, pero no la única, está en que la libertad, como irrepetible autorrealización histórica del hombre por la que éste fija definitivamente su suerte ante Dios, implica una opción fundamental; opción que el hombre, dada su naturaleza esencialmente reflexiva e histórica, debería realizar con el máximo grado posible de reflexión explícita. De ahí que la conversión no sea tanto (ni siempre) apartamiento de determinados pecados particulares del pasado, cuanto la aceptación decidida y radical, y radicalmente consciente, personal y singular, de la existencia cristiana, la cual implica una experiencia real de la libertad, de la decisión por el destino externamente definitivo, y de la gracia (cf. p. ej., Gál 3, 5). Y eso sobre todo porque en una sociedad de extremo pluralismo ideológico y anticristiana, el cristianismo del individuo, sin apoyo del medio, no puede subsistir a la larga sin pareja conversión, es decir, sin la personal decisión fundamental por la fe y la vida cristiana.


3) La teología pastoral y la praxis de la cura de almas debieran por eso ejercitarse más en el arte mistagógico de esa experiencia personal de la conversión. No es que una verdadera conversión pueda producirse a placer simplemente por métodos psicotécnicos; pero un arte mistagógico realmente sabio y hábil en manos de un determinado pastor puede ser útil para una más clara y consciente realización de la decisión fundamental cristiana. En la edad del mayor ateísmo, que declara no poder hallar en la cuestión de Dios sentido alguno ni siquiera como cuestión, ni descubrir en absoluto ninguna experiencia religiosa, este arte mistagógico de la conversión no tiene hoy día como fin primero e inmediato la decisión moral, sino el entrar (o hacer entrar) en sí mismo y la libre aceptación de una fundamental experiencia religiosa de la ineludible referencia del hombre al misterio que llamamos Dios. Aunque la práctica pastoral católica, por buenas razones (insistencia en lo objetivo, miedo a la falsa mística y al iluminismo, afán de eclesialidad y amor a la sobriedad del quehacer cristiano de cada día, etc.), se ha mostrado y sigue mostrándose desconfiada con relación a una excesivamente buscada producción de experiencias de conversión («metodismo», movimientos de despertar»), sin embargo, acomodándose al nivel general humano, al grado de cultura, etc., de los cristianos, ella ha hecho diversos esfuerzos metódicos desde la misma antigüedad por lograr la conversión, tales como misiones populares, ejercicios, retiros, noviciados, etcétera. Pero es necesario comprobar si todos esos métodos de la cura de almas encaminados a la conversión apuntan con suficiente precisión hacia aquellos datos y bases del hombre actual que hacen posible para él una original experiencia religiosa y conversión. El apostolado católico debería ver sus propios peligros característicos y tratar de contrarrestarlos decididamente por un auténtico arte mistagógico de la conversión: el peligro de lo meramente cultual y sacramental, del legalismo, de la práctica de un timorato cumplimiento con la Iglesia y de la mera convención, de un conformismo con el nivel medio eclesiástico.


4) Puesto que la decisión fundamental debe probarse o tomarse una y otra vez en situaciones de considerable novedad, las fases fundamentales de la vida son otras tantas situaciones y especificaciones de la conversión. Pubertad, matrimonio y profesión, comienzo de la vejez, etc., debieran mirarse como posibles situaciones de conversión, y la cura de almas debería saber cómo ha de especificarse de acuerdo con estas situaciones su arte mistagógico de la experiencia religiosa y de la conversión.


5) Partiendo de la naturaleza de la libertad, cuya decisión fundamental se realiza concretamente y debe sostenerse en la variedad de libres decisiones parciales en la vida diaria; partiendo de la conexión que la conversión tiene con los límites de la vida humana, con su distinta individualidad y con sus fases cambiantes, es explicable que una vida cristiana lo mismo pueda correr como un lento y continuo proceso de maduración sin censuras muy claramente notables (aunque nunca falten del todo), que como un acontecer dramático con una o más conversión, de efecto casi revolucionario, y fijables con bastante exactitud en el tiempo (p. ej., en Pablo, Agustín, Lutero, Ignacio de Loyola, Pascal, Kierkegaard, etc. ). Y hemos de advertir que una conversión “súbita” puede ser también resultado de una larga evolución inadvertida.


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Referencia: Artículo "Conversión" del P. Guillermo Villalobos, S.J.

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Matrimonios: Hacia el Tercer Milenio, 3º Parte



P. Vicente Gallo, S.J.


3. Desafíos del futuro


El Año Santo, que se celebró, no era solamente para cerrar un milenio, sino que era para comenzar otro con sus enormes desafíos. Fue para contemplar el Rostro de Cristo no sólo Salvador de un tiempo ya pasado, sino encontrando a quien da sentido a nuestro seguir luchando, y para hallar la luz necesaria en nuestro caminar. Hemos sido llamados a ser esa Iglesia que tiene que seguir salvando en este Tercer Milenio: al mundo de hoy, a las familias y a los que, al casarse en ese mundo de hoy, emprenden la aventura de un milenio nuevo. Aquellas experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, porque el anterior lo hallamos en buena parte insuficiente o fracasado. Todo el entusiasmo experimentado en los actos celebratorios del Año Santo, debe empujarnos a emplear las ilusiones en ellos ya experimentadas, y para encontrar siempre las nuevas iniciativas que se necesitan.

Dícese que en una playa en la que muchos se ahogaban cada año, hubo quienes tuvieron la iniciativa de crear una Estación de Salvataje. El entusiasmo de los comienzos hizo que la obra fuese de una ayuda muy eficaz. Pero con las necesidades que parecían siempre mayores, aquello se organizó mucho, y mejoró tanto sus instalaciones, que pronto se convirtió en lo contrario a lo que se deseaba, se convirtió en un floreciente Club. Estaban en él tan bien instalados sus componentes, que nadie se dedicaba a arriesgar esfuerzos y peligros para salvar a los que día tras día naufragaban o perecían por falta de quien los ayudase. Muchas veces se intentó volver a lo que la cosa era en sus comienzos; pero fatalmente siempre se cayó en lo mismo: terminar en ser un nuevo Club. Al final, la playa estaba hermosa, llena de Clubes cada cuál mejor. Pero los náufragos seguían ahogándose abandonados.

Es, acaso, lo que siempre sucedió en la Iglesia y en sus Asociaciones, entusiastas en sus comienzos e ineficaces al pasar cierto tiempo. Quizás son casi todas las Asociaciones en las que hemos encontrado organizada a la Iglesia al final del segundo milenio. Estemos muy atentos para no caer en lo mismo, no ya decenios después del Año Santo, sino en el mismo primer decenio, tan acostumbrados como estamos a hacerlo siempre así.

“Quien pone la mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62). Estas palabras de Jesús se han convertido en una frase de veras lapidaria y de aplicación indiscutible para quienes opten por seguir a Jesús y su causa. La tarea que nos dejó encomendada a quienes nos hagamos “discípulos suyos” es ingente. Se trata de entender eso que se llamaba “el Reino de Dios” como la misión que Jesús vino a realizar en este mundo. Y aceptar que, el unirse a él, es asumir la tarea de implantar y extender ese Reino de Cristo en todo el mundo, en la historia humana, en el nuevo milenio ahora. No se nos permite tomarnos algún momento para mirar atrás ni para retirar la mano de la tarea; sólo se nos da el tiempo de vivir para continuar esa empresa de Jesús, esa “labranza” en la Viña del Señor, en la que es mucho el trabajo que nos está esperando.

El Jubileo del Año Santo terminó ya en su día. Pero queda para todos nosotros la tarea de hacer la reprogramación post jubilar de lo que venimos llamando “pastoral”, un trabajo que más bien aparece como un programa de trabajo que no está pastoreando a nadie, ni está implantado el Reino de Dios en nuestro mundo. Cada día parece más claro que el materialismo craso y la indiferencia están ganando la partida, aun entre quienes antes eran “cristianos militantes”. Seguramente es, en buena parte, porque nuestra labor no solamente ha de ser “con la ayuda de Dios”, sino que debe ser obra de Dios por medio nuestro; y no estamos haciendo que sea Dios quien obre, sino nosotros con “nuestro ingenioso trabajo” muy estudiado y programado.

Tenemos que reconocer, por ejemplo, que no se hace suficiente oración: no solamente de súplica, sino principalmente de unirnos con Dios y hacernos miembros válidos para Cristo en su Cuerpo. Se organizan hasta Talleres de Oración; pero no se aprende a orar como Jesús enseñó, pidiendo su Espíritu en esa oración con insistencia tal que Dios termine escuchándonos siquiera por la persistencia de nuestra súplica (Lc 11, 5-13). En el rezo normal del Rosario, repitiendo tantas veces de manera cansina y aburrida la misma plegaria sin saber si se está pidiendo algo o no se pide nada. Si cada “denario” se rezase pidiendo algo importante y urgente, no resultaría aburrido ni ineficaz. No cinco “denarios”, sino los veinte que Juan Pablo II ha fijado para ese rezo. Cinco, pidiendo por países y problemas del mundo; cinco, por diversos países y situaciones de la Iglesia; cinco, por los problemas de nuestra Iglesia particular (o Asociación); y cinco, por nuestra propia familia, la armonía y el verdadero amor en ella, las serias necesidades materiales y espirituales de la misma, pidiendo por los miembros de la familia que aún viven y también por los que ya murieron.

Nuestro tiempo es de muy grandes desafíos que nos exigen mirar siempre hacia delante. La globalización, ya felizmente inevitable, la economía de libre competencia en el mercado, el progreso de nuevos descubrimientos científicos y tecnológicos que continuamente se están logrando, todos son tan ambivalentes que no se llega a saber si son mayores los beneficios que nos traen o son mayores los males que nos acarrean; en lo material y en lo espiritual, en las personas y en las sociedades.

En consecuencia, nuestra pastoral, como desconcertada por tantas y tan enormes urgencias que nos salen al paso, fácilmente se pierde en un “activismo” estéril y agotador. Caemos fácilmente en un “hacer por hacer”, olvidando que debemos buscar antes “el ser” que “el hacer”, y antes “la calidad” que “la cantidad” de lo que hacemos y nos deja contentos. Se trata de servir nada menos que a Dios.

Siempre debemos recordar el reproche que Jesús hizo a Martha empeñosa en dejar satisfecho al Señor que se ha dignado venir a comer a su casa. Su hermana María la está dejando sola con la tarea, sentada a los pies de Jesús y escuchando sus palabras. ¿Podría estar contento Jesús como huésped con la rica comida que le iban a dar, si mientras tanto le dejaban solo, sin darle siquiera conversación, ni escuchando siquiera sus palabras de Maestro? Por eso le dice a Martha, cuando pide que su hermana se ponga a ayudarla: “Martha, Martha, te afanas en muchas cosas, mientras sólo una es necesaria”, tenerme a mí contento; “María ha escogido la mejor parte, y no se la voy a quitar” (Lc 10, 38-42).

Nunca olvidemos que nuestra tarea en la pastoral debe ser la de Cristo y su Reino; solamente esa. No se admita “cualquier cosa”, ni “de cualquier modo”, para que Cristo pueda considerarse bien servido y nuestra labor pueda recibir, como elogio suyo, esta sentencia final: “Bien, siervo bueno y fiel..., entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25, 21 y 23).

Lleguemos como conclusión a entender que, ante los retos que se presentan al inicio aún de un nuevo milenio, las parejas unidas como Matrimonio en el Cuerpo de Cristo, para vivir su Amor como en ningún otro lugar se ha de vivir mejor y más como testimonio de Jesús, deben admitir que su “espiritualidad” se ha de repensar preguntándose el uno al otro y dialogar mucho ambos sobre ello.



Para reflexionar:

¿Cómo veo que tú y yo hemos de renovar nuestra relación de pareja, nuestra familia cristiana, y nuestra labor de apostolado que nos puede corresponder en la Iglesia? ¿Qué reprogramación hemos de hacer en nuestros trabajos al respecto?



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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.



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Viaje Apostólico de Benedicto XVI a Portugal



AUDIENCIA GENERAL

DE S.S. BENEDICTO XVI

Plaza de San Pedro
Miércoles 19 de mayo de 2010





Queridos hermanos y hermanas:


Hoy deseo recorrer junto con vosotros las varias etapas del viaje apostólico a Portugal que realicé en los días pasados, movido especialmente por un sentimiento de agradecimiento hacia la Virgen María, que en Fátima ha transmitido a sus videntes y a los peregrinos un intenso amor al Sucesor de Pedro. Doy gracias a Dios que me ha dado la posibilidad de rendir homenaje a ese pueblo, a su larga y gloriosa historia de fe y de testimonio cristiano. Por tanto, como os había pedido que acompañarais con la oración mi visita pastoral, ahora os pido que os unáis a mí para dar gracias al Señor por su feliz desarrollo y su conclusión. A él confío los frutos que ha dado y dará a la comunidad eclesial portuguesa y a toda la población. Renuevo la expresión de mi vivo agradecimiento al presidente de la República, Aníbal Cavaco Silva, y a las demás autoridades del Estado, que me acogieron con tanta amabilidad y predispusieron cada detalle para que todo pudiera realizarse del mejor modo posible. Con intenso afecto recuerdo a los hermanos obispos de las diócesis portuguesas, que tuve la alegría de abrazar en su tierra y les agradezco fraternalmente todo lo que hicieron para la preparación espiritual y organizativa de mi visita, y por el notable compromiso que supuso su realización. Dirijo un saludo especial al patriarca de Lisboa, el cardenal José da Cruz Policarpo, a los obispos de Leiría-Fátima, monseñor Antonio Augusto dos Santos Marto, y de Oporto, monseñor Manuel Macario do Nascimento Clemente, y a los respectivos colaboradores, así como a los diversos organismos de la Conferencia episcopal encabezada por el obispo monseñor Jorge Ortiga.


A lo largo de todo el viaje, realizado con ocasión del décimo aniversario de la beatificación de los pastorcillos Jacinta y Francisco, me sentí espiritualmente sostenido por mi amado predecesor, el venerable Juan Pablo II, que visitó Fátima tres veces, agradeciendo la «mano invisible» que lo libró de la muerte en el atentado del 13 de mayo, aquí en esta plaza de San Pedro. La noche de mi llegada celebré la santa misa en Lisboa, en el escenario encantador del Terreiro do Paço, ante el río Tajo. Fue una asamblea litúrgica de fiesta y de esperanza, animada por la participación jovial de numerosísimos fieles. En la capital, desde donde partieron tantos misioneros a lo largo de los siglos para llevar el Evangelio a varios continentes, alenté a los distintos componentes de la Iglesia local a una vigorosa acción evangelizadora en los diferentes ámbitos de la sociedad, para ser sembradores de esperanza en un mundo marcado con frecuencia por la desconfianza. En particular, exhorté a los creyentes a hacerse anunciadores de la muerte y resurrección de Cristo, corazón del cristianismo, eje y soporte de nuestra fe y motivo de nuestra alegría. También manifesté estos sentimientos durante el encuentro con los representantes del mundo de la cultura, que tuvo lugar en el Centro cultural de Belém. En esa circunstancia puse de relieve el patrimonio de valores con los que el cristianismo ha enriquecido la cultura, el arte y la tradición del pueblo portugués. En esta noble tierra, como en cualquier otro país marcado profundamente por el cristianismo, es posible construir un futuro de entendimiento fraterno y de colaboración con las demás instancias culturales, abriéndose recíprocamente a un diálogo sincero y respetuoso.


Después me dirigí a Fátima, pequeña ciudad caracterizada por un clima de real misticismo, en la que se nota de manera casi palpable la presencia de la Virgen. Me hice peregrino con los peregrinos en aquel admirable santuario, corazón espiritual de Portugal y meta de una multitud de personas procedentes de los lugares más diversos de la tierra. Después de haberme detenido en orante y conmovido recogimiento en la pequeña capilla de las Apariciones en la Cova da Iria, presentando al Corazón de la Virgen santísima las alegrías y los anhelos, así como los problemas y los sufrimientos del mundo entero, en la iglesia de la Santísima Trinidad tuve la alegría de presidir la celebración de las Vísperas de la Bienaventurada Virgen María. Dentro de este templo, grande y moderno, manifesté mi vivo aprecio a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los diáconos y a los seminaristas que acudieron de todas las partes de Portugal, agradeciéndoles su testimonio a menudo silencioso y no siempre fácil, y su fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. En este Año sacerdotal, que se acerca a su fin, he alentado a los sacerdotes a dar prioridad a la escucha religiosa de la Palabra de Dios, al conocimiento íntimo de Cristo, a la intensa celebración de la Eucaristía, mirando el luminoso ejemplo del santo cura de Ars. Encomendé y consagré a los sacerdotes de todo el mundo al Corazón Inmaculado de María, verdadero modelo de discípula del Señor.


Por la noche, con miles de personas que se dieron cita en la gran explanada delante del santuario, participé en la sugestiva procesión de las antorchas. Fue una estupenda manifestación de fe en Dios y de devoción a su Madre, nuestra Madre, expresadas con el rezo del santo rosario. Esta oración, tan arraigada en el pueblo cristiano, encontró en Fátima un centro propulsor para toda la Iglesia y el mundo. La «Blanca Señora», en la aparición del 13 de junio, dijo a los tres pastorcillos: «Quiero que recéis el rosario todos los días». Podríamos decir que Fátima y el rosario son casi un sinónimo.


Mi visita a ese lugar tan especial alcanzó su culmen en la celebración eucarística del 13 de mayo, aniversario de la primera aparición de la Virgen a Francisco, Jacinta y Lucía. Evocando las palabras del profeta Isaías, invité a esa inmensa asamblea reunida con gran amor y devoción a los pies de la Virgen a alegrarse plenamente en el Señor (cf. Is 61, 10) porque su amor misericordioso, que acompaña nuestra peregrinación en esta tierra, es la fuente de nuestra gran esperanza. Y precisamente de esperanza está cargado el mensaje comprometedor y al mismo tiempo consolador que la Virgen dejó en Fátima. Es un mensaje centrado en la oración, en la penitencia y en la conversión, que se proyecta más allá de las amenazas, los peligros y los horrores de la historia, para invitar al hombre a tener confianza en la acción de Dios, a cultivar la gran Esperanza, a experimentar la gracia del Señor para enamorarse de él, fuente del amor y de la paz.


En esta perspectiva, fue significativa la importante cita con las organizaciones de la pastoral social, a las que indiqué el estilo del buen samaritano para salir al encuentro de las necesidades de los hermanos más necesitados y para servir a Cristo, promoviendo el bien común. Muchos jóvenes aprenden la importancia de la gratuidad precisamente en Fátima, que es una escuela de fe y de esperanza, porque es también escuela de caridad y de servicio a los hermanos. En este contexto de fe y de oración tuvo lugar el importante y fraterno encuentro con el Episcopado portugués, como conclusión de mi visita a Fátima: fue un momento de intensa comunión espiritual, en el que juntos agradecimos al Señor la fidelidad de la Iglesia que está en Portugal y encomendamos a la Virgen los anhelos y las preocupaciones pastorales comunes. De esas esperanzas y perspectivas pastorales hice mención también durante la santa misa celebrada en la histórica y simbólica ciudad de Oporto, la «Ciudad de la Virgen», última etapa de mi peregrinación a la tierra lusitana. A la gran multitud de fieles reunida en la Avenida dos Aliados recordé el compromiso de testimoniar el Evangelio en todos los ambientes, ofreciendo al mundo a Cristo resucitado, a fin de que cada situación de dificultad, de sufrimiento o de miedo se transforme, mediante el Espíritu Santo, en ocasión de crecimiento y de vida.


Queridos hermanos y hermanas, la peregrinación a Portugal fue para mí una experiencia conmovedora y llena de numerosos dones espirituales. En mi mente y en mi corazón han quedado grabadas las imágenes de este viaje inolvidable, la acogida calurosa y espontánea, el entusiasmo de la gente; y alabo al Señor porque María, al aparecerse a los tres pastorcillos, abrió en el mundo un espacio privilegiado para encontrar la misericordia divina que cura y salva. En Fátima, la Virgen santísima invita a todos a considerar la tierra como lugar de nuestra peregrinación hacia la patria definitiva, que es el cielo. En realidad, todos somos peregrinos, necesitamos a la Madre que nos guía. «Contigo caminamos en la esperanza. Sabiduría y misión» es el lema de mi viaje apostólico a Portugal, y en Fátima la santísima Virgen María nos invita a caminar con gran esperanza, dejándonos guiar por la «sabiduría de lo alto», que se manifestó en Jesús, la sabiduría del amor, para llevar al mundo la luz y la alegría de Cristo. Por tanto, os invito a uniros a mi oración, pidiendo al Señor que bendiga los esfuerzos de cuantos, en esa amada nación, se dedican al servicio del Evangelio y a la búsqueda del verdadero bien del hombre, de todo hombre. Roguemos también para que, por intercesión de María santísima, el Espíritu Santo haga fecundo este viaje apostólico, y anime en todo el mundo la misión de la Iglesia, instituida por Cristo para anunciar a todos los pueblos el Evangelio de la verdad, de la paz y del amor.



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Tomado de:



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Sectas seudocristianas: Los Niños de Dios o Familia del Amor



Las Sectas en
Latinoamérica

28º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.
Profesor del Seminario Arquidiocesano de Arequipa, ex profesor del Seminario de Trujillo.



SECTAS PSEUDOCRISTIANAS MODERNAS


Siguiendo el dinamismo intrínseco de la reforma protestante, hoy día siguen surgiendo nuevas sectas protestantes en varias partes del mundo. Veremos las que más se conocen y pueden influir en nuestro medio ambiente. No describiremos todas, pues hay muchas, nos limitaremos a las de más renombre e influencia.



1.- NIÑOS DE DIOS O FAMILIA DEL AMOR 1



La historia de esta secta está íntimamente unida a la evolución vital de la personalidad extravagante de su fundador, David B. Berg, ministro evangelista norteamericano, conocido más familiarmente por Moisés David o Mo.


1.- ORIGEN

David B. Berg, nace en 1919, en el barrio más pobre de Melrose, (California). Hijo de un predicador de la "Iglesia Cristiana" y de una visionaria y fanática mujer religiosa que en gran medida determinó su vida futura. En 1924, su madre le construye una especie de templo en Miami. Dos años más tarde, cuando tenía 7 años fundan la "Iglesia de la Puerta Abierta", hecha a la medida del niño David y del destino mesiánico que, según su madre, le había inspirado Dios desde el momento de ser concebido. David fue un niño de constitución física frágil, tímido y muy retraído que sólo sentía placer en apartarse de los demás y leer cuanto caía en sus manos. Se graduó en la Unión High School de Monterrey (Texas) y después se unió al trabajo de predicadores de sus padres. Hizo el servicio militar como objetor de conciencia y fue licenciado por problemas cardíacos.


David B. Berg


En 1949 constituye la "Iglesia de la Puerta Abierta en Arizona", pero es expulsado por sus propios feligreses dos años después. Fracasado, desesperado y deprimido vagó durante algún tiempo por varias Universidades, estudiando cursos de filosofía, psicología y ciencias políticas y acabó, decepcionado, como maestro de escuela, profesión que ejercitó durante tres años. En 1954, a sus 35 años, ingresó a trabajar en la "Texas Spirit Clinic" y se asoció con Fred Jordan. Ambos personajes viven asociados durante 12 años y David B. Berg ostenta durante estos años el cargo de relaciones públicas de esta clínica. En 1966 abandona la "Texas Spirit Clinic", y parte con su mujer e hijos a predicar el evangelio. Al año siguiente se les une su madre y se dirigen hacia el sur de California, allí fracasan de nuevo y viven momentos de dificultad económica y humana.


2.- FUNDACION


En enero de 1968 David B. Berg se "siente elegido por Dios para un importante misterio" y su madre, poco antes de morir le pide que vaya a ayudar a la colonia de jóvenes hippies de Huntington Beach, California. Completamente obsesionado por la idea de ser un gran profeta de los ultimos tiempos, empieza a predicar a los jóvenes marginados y crea el grupo los "Adolescentes para Cristo" (Teenagers for Christ). Realizó lo que él llamó su "Revolución por Jesús", aparece por todas las colonias de jóvenes marginales y drogadictos y David declara la guerra a todas las instituciones sociales: familia, escuela, ejército, estado, iglesia o secta a la que se pertenece, etc. En 1969 Por sus ideas tiene que huir de California. Sus dotes mesiánico-revolucionarias hacen que sus entusiastas seguidores de la ciudad de Laurentides (cerca de Montreal) le empiezan a llamar "Moisés", (Mo). Poco después, un periodista de New Jersey, ante este acontecimiento de la "Revolución por Jesús" los denomina "Los Niños de Dios". Este movimiento empalma con el movimiento hippie "Jesus People" o con "Jesus Freaks" y toda la revuelta juvenil, que conmovió todos los campus universitarios del Oeste norteamericano y especialmente de California. Pasada la crisis, cuando llegó la calma, una ola de insatisfacción recorrió la geografía juvenil quedando torturada e inquieta. Algunos jóvenes para hallar respuesta a sus angustiosos problemas recurrieron a las filosofías místicas orientales.


En este ambiente nace esta secta, su jefe es Moisés David, y sus seguidores son los Niños de Dios. En esta época David Mo sigue casado con su primera mujer Jane Miller, casados en 1944, de la que tiene cuatro hijos, pero también convive con su secretaria María. Empieza la guerra entre estas dos mujeres y David Mo adopta una hábil solución quedarse con la joven María. En una reunión celebrada en Montreal en 1969, David Mo anuncia su profecía "recién revelada por Dios": Su primera esposa era la Vieja Iglesia mientras que María (su secretaria y amante) era la Nueva Iglesia, del mismo modo que la Biblia era la palabra de Dios dicha ayer y las "Cartas de Mo" eran la palabra de Dios inspirada hoy. Decía que todo lo viejo debe ser dejado atrás por los "Revolucionarios por Jesús". Así nacieron las famosas "Cartas de Mo", textos doctrinales sagrados que sirven, hasta hoy día, para justificar como mandato divino las locuras de David Mo.


Al principio los Niños de Dios se extendieron por California y Texas. De momento las cosas les fueron muy bien consiguieron un número considerable de seguidores, pero de pronto comenzaron a tener problemas. Ted Patrick, gobernador del estado de California, es quien comienza su campaña contra los Niños de Dios. Intentan instalarse en diversas ciudades de los Estados Unidos pero la investigación y denuncias contra ellos les persigue. Ante lo que ellos consideran una persecución, la única salida que encuentran es la de escapar. Al no poder asentarse en ningún lugar de Estados Unidos deciden emigrar a Europa.


En 1972 David Mo y sus adeptos huyen de California a París y se instalan en un sótano de Notre Dame de donde son expulsados, después ocupan una fábrica desocupada en Saint Gervais des Pré. Justifican su salida de Estados Unidos diciendo que el cometa Kohoutek iba a destruir a los Estados Unidos, pero la verdadera razón el miedo de David Mo al resultado de las presiones que un grupo de padres de familia (Volunters Parents) de California, estaban realizado sobre las autoridades para denunciar a a David Mo, por sus actividades de desprogramación de drogadictos y ciertas denuncias de abusos sexuales con muchachas menores de edad. Además de otra denuncia del fiscal general, Louis Lefkowitz de Nueva York. Tal informe compuesto de 65 páginas, fue publicado el 13 de octubre de 1974 y en él se sostiene que la secta se ha convertido en un culto teñido de fraude y que los jóvenes adeptos eran sometidos a lavado de cerebro, abuso sexual y confinamiento involuntario. 2


En 1974 como consecuencia de este informe el profeta David Mo escapó y se instaló en Inglaterra en Bromley, cerca de Londres. Alertada la policia de Scotland Yard se inició una investigación sobre ellos y sus actividades. Ante el temor de un posible arresto, huye a las Islas Canarias, en España, donde se instala en la isla de Santa Cruz de Tenerife. Aquí residió hasta marzo de 1977 en que, de nuevo, perseguido por las denuncias judiciales, se refugió en el Norte de Africa, en Libia con el dictador Gadafi.


El éxito que tuvieron al comienzo fue debido a que los Niños de Dios (NDD), se debió a que trataron de luchar contra el aislacionismo que invade a la sociedad técnica moderna, donde tantos y tantos jóvenes no viven felices en sus familias, con la mística del amor a Jesús y a su Evangelio. David Berg y un grupo de jóvenes fundan colonias o comunidades, donde enseñan a, compartir techo, trabajo, oraciones e ideales. Dicen que su norma de vida es vivir el evangelio y confiesan que su tipo de vida se halla más cerca de las comunidades de religiosos/as católicas, que ellos tratan de imitar, que la forma de vida protestante, del que la vida religiosa fue erradicada ya en los comienzos de la reforma.


Para poder vivir en estas comunidades es menester haber alcanzado la mayoría de edad, o si es menor de edad, es necesario contar con el permiso escrito de los padres. Por no haber observado esta norma con los menores de edad es por lo quehan tenidos muchos problemas, pues muchos padres han denunciado a la secta por rapto de sus hijos menores, aunque los jóvenes habían ido por su propia cuenta. La base principal de su apostolado, aparte de la predicación constante del amor de Dios para con los hombres y la necesidad de amor mutuo, es la lectura de la Biblia en algunos pasajes concretos como: el renunciamiento a todo por seguir a Jesús, el conocimiento de Cristo como de un amigo personal y cercano. Se llaman y se consideran entre ellos como "hermanos". Son muy aficionados a los recitales y frecuentemente los emplean como medio de captación y de apostolado, no sólo en colegios e internados, sino también en radio y televisión.


Conscientes de que la juventud, en muchas partes del mundo, se halla sin horizonte ni esperanza, y se hallan alejados de la iglesia, tratan de buscarlos allí donde estos jóvenes están: discotecas, en la calle etc. Sus preferidos son los jóvenes aislados, solitarios con problemas afectivos y de comunicación humana, marginados, y especialmente drogadictos que se quieren regenerar. Estas son sus principales conquistas apostólicas y proselitista.


David Mo, no sólo se cree un gran profeta, él dice que es el nuevo Profeta y él es el Rey David. Y se hace representar com un fiero león, valeroso y astuto, capaz de subvertir el orden establecido con la fuerza que le da el hecho de considerarse la única voz autorizada de Dios en el momento actual.


Pasado un tiempo de marcha de la secta David Mo se compara con S. Juan Bautista diciendo que, como él, fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre materno. Declara tener doce "Consejeros Espirituales" que entran en su cuerpo, hablan por su boca y le transmiten las revelaciones de Dios (que él dice que son grabadas y transcritas en las "Cartas de Mo"). El consejero principal es Abrahim (supuesto rey gitano muerto hace miles de años) también su consejero es Rasputín (monje ruso consejero del zar de Rusia), Martín Lutero, etc. Estas revelaciones le llegan a medianoche y después de haber bebido. En "Jesús y el sexo" (marzo de 1974) David Mo cuenta: "Cuando he bebido exhalo el espíritu de Dios (...) Si tú estás intoxicado (droga o alcohol), te haces más libre de espíritu". Como se puede ver, con esta perspectiva, tampoco puede extrañar que David Mo no se contente con cualquier cosa. Para cualquier psiquiatra no le resulta demasiado difícil emitir un diagnóstico sobre el gran Profeta, el rey David, el Padre Mo, adorado por miles de jóvenes, engañados, drogadictos y sin ningún rumbo ni ideal en la vida.


3.- DOCTRINA


La idelogía de los Niños de Dios tiene dos evidentes características: el mesianismo y la visión apocalíptica del mundo.


En los comienzos de la secta no tenían problemas de tipo doctrinal. Se proclaman cristianos y por ello aceptan los fundamentos del cristianismo. Cultivaban mucho la lectura y estudio de la Biblia como palabra de Dios, y como fundamento de toda su vida. Gran parte de su tiempo lo dedicaban a discusiones de tipo religioso para satisfacer sus ansias de vivir el evangelio. Pero la lectura e interpretación que hacían de la Biblia estaba bajo control de la interpretación de David Mo, y era obligatoriamente impuesta a todos los adeptos.


En el tema de los sacramentos para los NDD, el bautismo consiste en la "aceptación de Jesús". Dicen: "No importa el agua ni ningún otro signo externo. Cuando una persona está dispuesta a aceptarlo, con una oración, con un reconocimiento interior, queda bautizada". Propiamente no tienen actos litúrgicos fuera de la conmemoración de la Cena del Señor. Esta se realiza en conmemoración de la muerte de Jesús, que repartió el pan a sus apóstoles. No hablan del matrimonio como sacramento. Decían apreciar el matrimonio y la familia y se mantiene reacios al divorcio, y dicen: "Nos multiplicamos muy bien. Tenemos muchos niños". En efecto, cuidan muy bien a los niños con gran afecto y ternura pues ellos dicen que en un mundo donde no hay amor ni comunicación ellos son el ejemplo de amor, cariño, ternura y comunicación. Luego veremos que la finalidad es de otro tipo.


Aunque no tienen ninguna declaración de Fe, para pertenecer a los NDD se necesita cumplir los siguientes mandamientos:

1.- Creer en la Biblia, las palabras de amor de nuestro amoroso Padre celestial para con nosotros, (Rom 10,17).
2.- Confesar a Dios que has pecado contra él y de otras maneras. Arrepentirme de haber sido malo y prometer ser bueno (Rom 2,23; Jn, 1, 9).
3.- Creer en Jesús que sufrió por tus pecados (Jn 3, 16).
4.- Recibir a Jesús personalmente en tu propio corazón y vida, simplemente pidiéndole que entre y te llene de su amor, como se lo pedirías a un esposo o a un amante y serás desposado por Jesús (Jn 1, 12; Apoc 3, 20; Rom 7, 4; Efes 5, 22-23).
5.- Confesar, abiertamente, que Jesús es tu amante (Rom 10, 9-10; Is 54, 5) Déjale entonces que entierre sus semillas dentro de tí, las semillas de su palabra para que tú puedas darle a él muchos niños de amor para su grande y amorosa familia de siempre crecientes y para siempre felices Niños de Dios (Jn 15, 4-5; Mt 13, 23). 3



Referencias:


1 "Las sectas hoy y aquí" J. Rodriguez. Edit. Tibidabo. Barcelona, 1993. Pgas, 126 y s.s.
2 "La Familia del Amor", (Niños de Dios). Julián García Hernando, en "Pluralismo Religioso". Tomo II. Ediciones Atenas, Madrid , 1993. Pags, 383 y s.s.
3 Cfr. "Mi carta de amor para tí", en "Noticias de la Nueva Nación". Oct. 1977.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.



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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Junio


APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
JUNIO





Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.



Por las Intenciones del Papa:


Intención General:

Para que todas las instituciones nacionales y transnacionales se comprometan a garantizar el respeto de la vida humana, desde la concepción hasta su fin natural.


Intención Misional:

Para que las Iglesias de Asia, que constituyen “una pequeña grey” entre poblaciones no cristianas, sepan comunicar el Evangelio y testimoniar con gozo su adhesión a Cristo.



Por las intenciones de la Conferencia Episcopal Peruana:





Por los religiosos y religiosas, para que vivan con fidelidad los conceptos evangélicos y den vigoroso testimonio de amor a Dios, de adhesión al magisterio de la Iglesia y a los planes pastorales diocesanos.





Respeto a la vida humana


“¿Cómo no preocuparse también de los continuos atentados a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural? Tales atentados afectan incluso a regiones donde la cultura del respeto de la vida es tradicional... Se extienden también amenazas contra la estructura natural de la familia, fundada en la unión de un hombre y una mujer, así como los intentos de relativizarla, dando el mismo estatuto a otras formas de unión radicalmente diferentes. Todo esto ofende a la familia y contribuye a desestabilizarla... Otras formas de agresión a la vida se comete a veces al amparo de la investigación científica... no sometida más que a las leyes que se da a sí misma y sin más límite que sus propias posibilidades. Es el caso del intento de legitimar la clonación humana con fines terapéuticos...” (Benedicto XVI al Cuerpo Diplomático, 8.1.2007. Extracto)



Testimoniar con gozo de adhesión a Cristo


“Intuición espiritual innata” y a su “sabiduría moral”, hay gran vitalidad religiosa y capacidad de renovación... es particularmente fértil para que el diálogo interreligioso arraigue y crezca. Los asiáticos siguen demostrando una apertura natural al enriquecimiento recíproco de los pueblos, en la pluralidad de religiones y culturas... Al dar testimonio de las verdades morales que tienen en común con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, los grupos religiosos ejercen una influencia positiva sobre la cultura en su sentido más amplio...”. (Benedicto XVI, Al nuevo embajador de la Rep. de China ante la Santa Sede, 8.11.2008. Extractos).



Aparecida - Misión Continental


“Los discípulos y misioneros de Cristo deben iluminar con la luz del Evangelio todos los ámbitos de la vida social (n.501.)”.



Eucaristía


Misa por la paz y la justicia. (Misal Romano)

Palabra de Dios


Génesis 1, 1-2;4. Relato de la creación.

Lucas 4, 16.21. Misión profética de Jesús.

Marcos 10, 13-16. Dejen que los niños vengan a mí.


Reflexionemos


¿Qué amenazas conozco contra la vida: de los pobres, de los no nacidos... ?

¿Qué podemos hacer en defensa de la vida?

¿Conozco la doctrina de la Iglesia en defensa de la vida?



P. Antonio Gonzalez Callizo S.J.
Director Nacional del Apostolado de la Oración (AO)

Parroquia San Pedro



Invitación


A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00PM en el claustro de la parroquia, todos los domingos.
Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.



También visítenos en:





¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!


Apostolado de la Oración


Azángaro 451, Lima


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DÍA DE LA MADRE



En este día muy especial, presentamos nuestros saludos.

Jubileo de las 40 Horas

Sobre el Jubileo de las 40 Horas

La devoción en nuestra Patria

Esta devoción eucarística fue recibida con entusiasmo en muchas diócesis americanas, muy especialmente en nuestra Arquidiócesis, en la que arraigó tan profundamente, que el Papa Pío VII, en el Breve del 14 de Mayo de 1816, concedió la Indulgencia Plenaria a los fieles de Lima que practicaran este Ejercicio eucarístico.

Siguiendo la dovoción su curso, en 1899, el Arzobispo de Lima, Mons. Manuel Tovar, estableció que este Ejercicio se realizara en forma de Jubileo Circular, para lo cual se organizaron turnos que se irían sucediendo de parroquia en parroquia. Esta nueva forma, además de ayudar a que una mayor cantidad de fieles se beneficie de la devoción y de la Indulgencia Plenaria, instauró la adoración perpetua del Santísimo Sacramento en nuestra Arquidiócesis. Esta costumbre fue corroborada por el XVIIIº Sínodo de Lima, en 1959 en la Constitución Nº 410 y en el Apéndice XI.



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Fuente: "Jubileo de las 40 Horas, Año 2010". Arzobispado de Lima.

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Para enterarnos más sobre el Jubileo, visitemos las anteriores publicaciones:
Raíces bíblicas y de la Tradición.
Tiempos difíciles.
Extensión de la devoción.

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Homilía: Domingo 6º de Pascua (C) 09 de Mayo


Lecturas: Hch 15,1-2.22-29; S.66;Ap 21,10-14.22-23; Jn 14,23-29

“Me voy y volveré a ustedes”
P. José R. Martínez Galdeano, S.J.

El evangelio de hoy, lo mismo que el del domingo pasado, pertenece a la larga conversación que Jesús tuvo con sus discípulos acabando la Última Cena. Están muy tristes y muy confusos, porque Jesús les ha dado a entender que les deja, que uno de ellos le ha traicionado y que va a morir. El Maestro trata de fortalecerles para la prueba, que se avecina, de su pasión y muerte. Aunque no puedan comprenderlo todo, les quiere animar con la promesa de los maravillosos frutos de su muerte.

Lo primero es que no los va a abandonar. Si guardan su palabra, esa palabra que tanto maravillaba a la gente y cuyo sentido pedían se les explicase, si la guardan, tendrá la virtud de hacerle presente. Cuando resuene en su corazón, cuando la recuerden para cumplirla, esa palabra le hará presente. Y no solo a ellos; todo aquel que escuche esa palabra y la ponga en práctica va a sentir que se transformar interiormente. Recordemos las garantías de la Biblia sobre su eficacia: “Mi palabra no volverá a mí vacía sin que haya cumplido aquello para que la envié”. Es “como espada de doble filo; escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Is 55,11; Hb 4,12). Acogiendo la palabra de Dios en cualquiera de sus formas (escuchada en directo de los pastores, leída en la Biblia y en los libros piadosos, meditada y comentada en grupo, etc.), muchas veces la misma experiencia de cada uno garantiza la presencia secreta de Cristo, consolando, iluminando, moviendo al arrepentimiento, fortaleciendo para el bien, haciendo sentir su perdón y su amor y animando para perdonar y amar.

Esa palabra, aunque ellos la habían oído siempre de los labios humanos de Jesús, del hombre Jesús, tenía su origen en Dios, en el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tras la resurrección esa palabra va a hacer presente en los corazones a la misma Trinidad, al Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ese Espíritu entonces nos va abriendo su sentido y nos la va recordando en el momento oportuno.
“El justo vive de la fe” (Ro 3,11), hermanos. No nos hace falta ver y oír con nuestros sentidos. Basta la fe. Por la fe llegamos al conocimiento de esta realidad. La Trinidad santa de Dios está presente en nuestra alma, cuando escucha la Palabra y quiere cumplirla: “haremos morada en él” –dice el texto de hoy–.

Teniendo su morada, comunica su vida y, al participar la criatura de la vida divina (la llamada gracia santificante), adquiere la capacidad de ver a Dios por la fe. De este modo podemos conocer a Dios cada vez mejor, podemos entender más a fondo lo que en la Escritura y en la doctrina de la Iglesia se nos dice de Dios y de sus cualidades o atributos, empezando por su misericordia y bondad, y podemos conocerlo y conocer los beneficios que recibimos de Él. Es muy difícil de expresarlo, pero es una realidad que se vive por la fe.

De forma parecida por la comunicación divina de la esperanza sobrenatural experimentamos en el fondo del alma algo de la atracción y la grandeza del amor de Dios con una cierta seguridad y confianza, que sabemos produce Dios en nosotros. Esto hace que el alma se lance imparable hacia Dios plena de gozo y confianza. Es como una ola que empuja maravillosa hacia la playa inmensa y anhelada del amor de Dios, que espera a su hijo con los brazos abiertos. Es sobre todo la experiencia del amor de un Padre, que ha llamado desde siempre, que con palabras, con silencios, de mil formas se le siente creador, amor siempre secretamente añorado, que crea y levanta a realidades plenificadoras.

Escuchemos a Santa Teresa en un momento así cuando canta enamorada:

Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;
véante mis ojos, muérame yo luego.

Vea quien quisiere rosas y jazmines,
que si yo te viere, veré mil jardines,
flor de serafines; Jesús Nazareno,
véante mis ojos, muérame yo luego.

Dulce Jesús mío, aquí estáis presente,
las tinieblas huyen, Luz resplandeciente,
oh, Sol refulgente, Jesús Nazareno,
veante mis ojos, muérame yo luego.

Gloria, gloria al Padre, gloria, gloria al Hijo,
gloria para siempre igual al Espíritu.
Gloria de la tierra suba hasta los cielos.
Véante mis ojos, muérame yo luego. Amén

La oración entonces la tenemos muy fácil. Creer no es aquí más que tomar conciencia de esas realidades. Dios está cerca, está dentro de mí. Y está feliz de que yo le ame. Cuando tengas un momento así déjate llevar manifestando tu alegría, dando gracias, pidiendo lo que creas necesitar para ti y otras personas, repitiendo sus palabras conmovedoras, invocando y agradeciendo su perdón, expresando tu confianza, amando y dejándote ser amado, intercediendo y ofreciendo por la Iglesia y la conversión de todos los hombres.

“Que no tiemble su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: Me voy y vuelvo a su lado”. Se está refiriendo Jesús a su pasión y muerte y también a su resurrección y tiempo posterior. “Se lo he dicho ahora, antes de que suceda (antes de la pasión), para que, cuando suceda, sigan creyendo”.

Jesús es el camino, la verdad y la vida. Y nadie va al Padre sino por él (Jn 14,6 ). Y como él ha ido por la cruz, el que quiera seguirle por la cruz tendrá que hacerlo (Lc 9,23). En ese caminar contamos con su presencia y también con la fuerza del Espíritu. El Espíritu actúa desde los sacramentos, el Espíritu obra también desde nuestro interior. “Les conviene que yo me vaya. Porque si no me voy, no les vendrá el Espíritu; pero si me voy, se lo enviaré. Y el Espíritu nos guía a la verdad plena, nos dice con certeza lo que nos espera y nos sigue comunicando lo que Cristo ha recibido del Padre (Jn 16,7.13s).

Como hemos pedido en la oración primera: “que los misterios, que estamos recordando, transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras”.
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“Vendremos a él y haremos morada en él”



P. Adolfo Franco, S.J.


Reflexión del Evangelio del VI Domingo de Pascua


Juan 14, 23-29




En estos pocos versículos de la última conversación larga de Jesús con sus apóstoles en la Ultima Cena, El les anuncia y nos anuncia una serie de verdades, y nos hace una serie de promesas de una enorme importancia.

Primero dice que al que lo ame El lo amará, lo amará el Padre, y “vendremos a él y haremos morada en él”. Está aquí afirmada una realidad increíble de la presencia de Dios en el corazón del ser humano. Dios hace su morada en el corazón del hombre que ama a Jesús, del que es amigo de Jesús. El estar en gracia tiene como resultado que Dios viva en nosotros. La relación de Dios con el hombre y con el mundo, es algo fundamental de la doctrina de Cristo. Dios convertido en vida de mi vida. Dios está presente en todo y en todos, en todos los seres y en todas sus acciones; pero es El y no se confunde con todos los demás seres; con su presencia y su participación no suplanta al ser humano, ni a ningún otro ser de la naturaleza.

Pero esta presencia de Dios en el hombre, por la gracia, es de otro nivel fundamentalmente superior. Esta presencia de Dios confiere al hombre una dignidad inimaginable, y una responsabilidad grande para consigo mismo y para con los demás.

Continuando con las palabras de Jesús, nos encontramos con esta afirmación: que el Espíritu Santo vendrá a enseñarnos todo; o sea que nos hará entender adecuadamente y en profundidad todo lo que Jesús nos ha enseñado. Esto era muy necesario: las enseñanzas de Jesús no siempre fueron entendidas por los mismos apóstoles, y a veces incluso fueron mal entendidas. El Espíritu Santo fue el que les ayudó a ellos desde Pentecostés a entender correctamente todo, y ha seguido presente en la enseñanza de la Iglesia, para que las palabras de Jesús permanezcan y sean acogidas y entendidas. Es también el Espíritu Santo el que nos enseña en particular cuando en una lectura individual, sentimos un mensaje especial que brota de la lectura de la Palabra de Dios, y que repentinamente nos ilumina: es la acción docente del Espíritu Santo.

Pero Jesús dice más, continúa: les doy la paz, pero no una paz como la que da el mundo. Jesucristo está hablando de los frutos de la Redención: la presencia de Dios, la iluminación del Espíritu Santo, y ahora habla de la Paz, y dice que es diferente de la paz que da el mundo. ¿Qué es esa paz? ¿Y por qué tan diferente? Podemos examinar un poco algunas situaciones de paz humanas, para quizá entender este gran don de la Paz de Cristo: hay personas que alguna vez necesitan un tranquilizante, o inclusive una cura de sueño: la persona queda sedada, tranquila: pero no se trata de paz interior, sino de paz farmacológica. Hay algunos que buscan la paz en el aturdimiento, en la evasión, en la borrachera, es paz (¿) alienada. Otra experiencia de paz puramente mundana, es la paz que resulta de la carencia de problemas: cuando todo se nos resuelve en forma favorable: los acontecimientos, las circunstancias externas dejan de ser amenazantes, entonces decimos que estamos en paz; seguimos con una paz humana, solamente humana, que en el fondo no brota de nosotros sino que es la consecuencia de las circunstancias exteriores, es paz circunstancial y poco estable. También hay otra paz exterior, que inclusive muchas veces es un disfraz, y tiene poca consistencia: la paz diplomática, que consiste en una ausencia de hostilidades: es el simple silencio de las armas, y a veces a eso se le llama paz, cuando en realidad es hostilidad camuflada de paz.

La paz que Cristo nos promete es totalmente diferente: es paz que brota de nuestro interior: una paz que se cimienta en nuestra fe en Dios, en nuestra esperanza de salvación, y en nuestro amor por el que nos sabemos amados por Dios; es una paz diferente; esos convencimientos interiores producen en nuestro corazón un estado de ánimo sereno. Es Dios cuidándonos, es el autor de la Paz dándonos quietud y eliminando nuestros miedos. Esa paz es Dios mismo, el príncipe de la Paz.

Estas tres cosas nos promete Jesús, y que son frutos de nuestra salvación: Dios convertido en nuestro huésped, intimidad de nuestro corazón. La verdad certificada por el mismo Espíritu Santo que nos enseña todo sin oscuridades ni dudas. Y finalmente esa paz interior que es un atisbo y anuncio de la eterna felicidad.




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Agradecemos al P. Adolfo Franco S.J. por su colaboración.

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Cuáqueros o Sociedad Religiosa de los Amigos





Las Sectas en
Latinoamérica


27º Parte


P. Ignacio Garro, S.J.


Profesor del Seminario Arquidiocesano de Arequipa, ex profesor del Seminario de Trujillo.





El nombre de Cuáquero, (del inglés "Quaker"), según unos autores proviene del apodo que las gentes del S. XVI dieron a un grupo de hombres que "temblaban" al oir en los tribunales el nombre de Dios, según otros es debido a los "temblores" y "desmayos" que experimentaban los fieles en las funciones relgiosas. Su fundador, George Fox (1624-1691), dijo a uno de los jueces que le perseguían: "Tiembla, oh juez, ante la palabra de Dios" ("Quake at the Word of God"). Eran conocidos por los "tembladores" o los "que temblaban".

La secta de los cuáqueros comienza en Inglaterra en el S. XVI y forma un eslabón bien definido en la gran cadena de reacciones que hubo contra la Iglesia Anglicana. Iglesia oficial en las Islas Británicas. En aquel entonces sectas del más variado matiz pululaban por todas las partes: anabaptistas, familistas, hermanos del libre espíritu, bohemistas, mennonitas etc, todas ellas rechazaban el ritualismo frío del anglicanismo, y abogaban por una religión del espíritu verdadera y "libre de toda traba". Unos acometían contra el anglicanismo por no ser lo suficiente protestante, otros se rebelaban contra los puritanos por no haber llevado la reforma "hasta sus últimas consecuencias", el punto capital era la Biblia y la interpretación de la Biblia. Thomas Edwards, en 1646 enumeraba hasta 199 grupos heréticos de esta clase. Por extraño que parezca, en el protestantismo el recurso constante a la autoridad de la Biblia como último recurso para todo, y que había sido uno de los triunfos de la reforma en contra de la Iglesia Católica, se convertía para los mismos protestantes en motivo de verdadero disgusto:

"El dogma de la infalibilidad bíblica, señaló el fracaso rotundo de la misma Reforma protestante. Esta, surgida, dice que para restablecer el cristianismo como religión del espíritu, terminó por hacerse esclava de la letra de las Escrituras como guía para llevarnos a Dios y a Cristo. Una vez más en la historia, aquella Iglesia que lo había arriegado todo por su seguridad, quedaba de nuevo arrastrada hacia su perdición".
121


Entre los muchos grupos de espirituales estaban los "buscadores" que confiaban que el cielo les enviase al hombre "revestido de gloria y de espíritu" capaz de probar a todos las señales que le acreditasen como "el gran reformador de los nuevos tiempos". Esto apreció en la persona de George Fox (1624-1691) nacido en Laicestershire, Inglaterra. Fox, durante los años de su juventud se había dedicado principalmente a los oficios de tejedor de telas, y a zapatero. Dotado de fuerzas físicas extraordinarias, y muy dado a la introspección, Fox, sentía en toda su magnitud el problema de la religión, la necesidad de llegarnos hacia Dios, de entablar un íntimo contacto con El y de hacer de esta "experiencia sentida" la base de nuestra vida relgiosa. A los 19 años G. Fox pasó por una fuerte crisis de depresión causada en parte por la vida poco edificante del clero puritano, en parte tambien por las crueldades de la guerra civil inglesa (1645-1660). Esta tristeza quedaba agravada en él por el pesimismo de la teología calvinistas en que había crecido. En 1643 se sintió llamado a abandonar los lazos de la familia para dedicarse a recorrer a pie el país en busca de la verdad. La búsqueda duró 3 años pero terminó con el hallazgo de la luz. Fox, escribía en su diario:


"Cuando vinieron a desfallecer todas las esperanzas puestas en los hombres hasta el punto de no contar ya con ayuda externa alguna, sentí dentro de mí una voz que me decía: "Hay uno solo que puede hablar a tu espíritu, y ese es Cristo". A aquellas palabras, mi corazón saltó de alegría". 122.


Confortado por la "iluminación divina", Fox creyó solucionado uno de los problemas que más atormatenba su alma. El "contacto directo con Dios" era ya una realidad en su vida. Y este contacto con Dios se había conseguido sin necesidad de leer la Biblia, ni recurrir a los libros sagrados ni a la liturgia, como lo proclamaban los anglicanos y los puritanos. Y declaró públicamente:


"Declaro a todos los hombres que no llegué al conocimiento de la Vida Eterna ni por medio de la lectura de la Sagrada Escritura, ni oyendo a algún hombre hablarme en nombre de Dios. Al contrario, vine a conocer las Escrituras y la Paz Eterna por inspiración del Espíritu de Jesucristo".


Aquella experiencia religiosa profunda le bastó para separarse de la iglesia anglicana. En 1648 salió a predicar a los mercados, en los campos y hasta en los pórticos de las iglesias protestantes. Su tema era la conversión profunda a Dios y vivir la vida en Cristo. Poco a poco fueron adhiriéndose a su doctrina gentes y más gentes, tuvo muchas calumnias y persecuciones.


Al igual que otras sectas protestantes, el cuaquerismo brotó en Inglaterra, pero echó sus raíces y se desarrolló fuertemente en las nuevas tierras recién descubiertas: Estados Unidos. Y es allí donde su obra y sus ideales alcanzaron mayor popularidad. Se puede decir que el cuáquero lleva consigo todo lo que puede gustar al americano medio: un gran amor a la libertad individual, y la buena fama de haber sufrido por haberla defendido; poco apego a los dogmas y un gran sentido de fraternidad y la beneficiencia hacia los más necesitados.


A la muerte de G. Fox había en todo el mundo unos 60.000 cuáqueros. En la actualidad serán unos 300.000. Su expansión ha sido débil comparada con otras sectas protestantes. Unos lo atribuyen a su excesiva severidad, a la expulsión de sus miembros, y a las continuas divisiones que sufrieron. La primera de ellas fue en 1827 por Elías Hicks, que acusaba a sus correligionarios de haberse vuelto a la ortodoxia protestante. Fundó su propia iglesia llamada "La Sociedad Religiosa de los Amigos". A los pocos decenios ocurrió una segunda ruptura en protesta contra el predicador inglés J. Gurney, que vino a introducir entre los cuáqueros el ministerio pastoral, una mayor afección a las Sagradas Escrituras y la adopción de un Credo Universal y la prática del Bautismo. Muchos norteamericanos se rebelaron contra aquella "imposición" y dirigidos por John Wilbur fundaron el grupo de los "Amigos Conservadores", en 1861 surgieron los "Amigos primitivos", en 1887 los "Amigos de Iowa" y en 1904 los "Amigos de Virginia". Se dice que los cuáqueros han llevado el radicalismo protestante a sus últimas consecuencias.


Referencias

121 Knox, Op. Cit. Pag. 32
122 George Fox. "Journal", Pag. 11.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.


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Matrimonios: Hacia el Tercer Milenio, 2º Parte





P. Vicente Gallo, S.J.


Ir de la mano de Cristo


Nuestra tarea cristiana ha de comenzar haciendo memoria del pasado, para “pedir perdón” de ello debidamente y “convertirnos”. Cada uno debe hacerlo examinando la propia vida, para implorar la misericordia que tenemos ya ganada por Cristo. También las parejas, unidas por el matrimonio como Sacramento, examinando su pasada vida de relación, en el amor que se prometieron ante Dios al casarse. Y la Iglesia entera como Esposa de Cristo.

Toda la Iglesia debe ser “santa” y tiene siempre necesidad de purificación, viendo las infidelidades que ensombrecen su rostro de Esposa de Cristo. Pero deberá purificarse en cada uno de sus miembros, cada bautizado y cada pareja unida por Dios en una sola carne por el Matrimonio. Esa purificación del pasado reforzará nuestros pasos hacia el futuro, haciéndonos estar atentos a nuestra adhesión a la “Buena Noticia”, en la que creímos y en la que nos mantenemos, pues, de lo contrario, nuestra fe sería vana e inoperante en nuestra vidas: no nos salvaríamos por ella (1Cor 15, 2).


Este “pedir perdón”, como Juan Pablo II lo hizo en el Año Santo, aunque veamos malo nuestro pasado, no nos quita el ánimo para emprender nuestra tarea al enfrentar un nuevo milenio; es una necesaria “conversión”, que nos reafirma en la decisión de ser cada día más fieles en nuestra pertenencia a Cristo, como miembros de su Cuerpo de los que él tiene que valerse para seguir haciendo verdadera su obra de la Salvación del mundo. En la Iglesia de Cristo, las personas, las Instituciones que la forman, y particularmente los matrimonios, deben ser “testigos de la fe” de aquellos que nos precedieron en ella: como lo fueron por los Apóstoles que nos la transmitieron (la Iglesia de Cristo debe ser así, Apostólica), y lo continuaron los Santos que a lo largo de los dos milenios han brillado preclaramente, acompañándoles el Señor con los milagros (Mc 16, 20).


Mirando los ejemplos del pasado, hallamos una herencia que no se debe perder. Sería un pecado de ingratitud el no vernos urgidos en el propósito de imitarlos. Al verlos a ellos, sabemos lo que se puede, aun siendo hombres de naturaleza pecadora. Es el testimonio que precisamente debemos dar nosotros desde nuestra fe: que “Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores” (1Tm 1, 15). Lo que hemos recibido, como historia, de quienes nos precedieron en la Iglesia de Cristo, es lo que debemos transmitir, igualmente luminoso, a quienes vengan detrás a lo largo del nuevo milenio que comenzamos ahora con ilusión y temor.


Ese Año Santo que hemos vivido no es para que se quede en un recuerdo de lo que fue; ha de ser un verdadero reto para ir por el camino que aquellos actos nos abrieron y la ruta que nos marcaron en nuestro ir de la mano de Cristo un milenio más. Aquella afluencia tan multitudinaria, no sólo yendo a Roma, sino acudiendo en cada Diócesis a los Templos señalados para ganar la Indulgencia; la petición del perdón por los méritos de Jesucristo en la Iglesia que nos precedió; los actos especiales que en toda la Iglesia y en cada Diócesis se tuvieron para reavivar la fe. Fueron la expresión renovada y renovadora de “la Iglesia peregrina” hacia la Casa del Padre. Fueron signo de la historia humana llena de alegrías, de ansias y de dolores, reemprendiendo el camino de la esperanza.


¿Quién podrá medir las maravillas de la gracia que se dieron en los corazones de los creyentes? Nunca se nos borre de la memoria aquella cita en Tor Vergata: cientos de miles de jóvenes, con sus problemas y fragilidades, inmersos en la sociedad contemporánea, pero reunidos con el Papa ya anciano, buscando en Cristo su plenitud, marcando el camino de la Cruz: como “centinelas del amanecer” (Is 21, 11-12). No olvidemos aquellos niños, ancianos, enfermos, minusválidos, deportistas y artistas, profesores universitarios, políticos y periodistas acudiendo a reunirse con el Papa para, junto con él, ir buscando cómo servir a la paz.


Especialmente significativos fueron aquellos millares de trabajadores en el encuentro del 1 de mayo. El Jubileo de las Familias. El de los presos de la cárcel “Regina Coeli” de Roma. El gran Congreso Eucarístico Internacional, en Roma también. Los encuentro ecuménicos del Papa con el Primado Anglicano, con el Patriarca de Constantinopla, y con dirigentes de otras Religiones. La peregrinación del Papa a los lugares que fueron la cuna de nuestra fe; la intentada y no permitida a Ur de los Caldeos, la sí lograda al Sianí, a Belén, a Nazaret, a Jerusalén, y su oración ante el Muro de las Lamentaciones. La intervención del Papa en la ONU frente al problema de la deuda internacional de los Países pobres. Sobre todo, la pública petición de perdón en nombre de la Iglesia por sus errores del pasado.


Olvidar todos aquellos acontecimientos sería caer en la falta de la memoria necesaria para construir un futuro desde las bases que quedan puestas. No sería pecado del Papa que tuvo que presidir a la Iglesia en la celebración de ese comenzar un nuevo milenio. Sería, una vez más, tener nosotros el atrevimiento de acusar con frecuencia a la Iglesia por sus errores o sus deficiencias, olvidando que esa Iglesia a la que acusamos somos nosotros, de manera especial las familias cristianas.



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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.


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