Llamados a una vida de comunión - V Simposio "Familia el mayor tesoro de la humanidad"


V SIMPOSIO

“FAMILIA EL MAYOR TESORO DE LA HUMANIDAD”

Callao, 03 de diciembre del 2009.




TEMA: EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS: Vocación al amor.



P. Crisóforo Domínguez Pedral
Secretario Ejecutivo
Departamento de Comunión Eclesial y Diálogo
CELAM



Cuando a Jesús le preguntaron acerca del divorcio, como leemos en Mateo 19:4-5: “¿puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?”, inmediatamente se refirió al origen de la base del matrimonio. Dijo, "¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo los hizo varón y mujer, y que dijo: "Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer; y los dos serán una sola carne?". ¿De dónde citó esto? ¡Del Génesis! En realidad, citó capítulos 1 y 2 de Génesis en el mismo versículo.

La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gén. 1,26-27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" “¡Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado…””Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero..” (Ap. 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor" (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cfr. Ef. 5,31-32).


El matrimonio en el orden de la creación

Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano por ser persona capaz de amar y ser amado. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gén. 1,27), que es Amor (cfr. 1 Jn. 4, 8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (cfr. Gén. 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. "Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla'" (Gén. 1,28).

“Dios es amor y vive en sí mismo un misterio personal de amor. Creándola a su imagen…... Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión” (FC 11). Por lo tanto el fundamento del matrimonio y de la familia es el amor conyugal. La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando este es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor (1Jn. 4,8), “el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef. 3, 15).

Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias del amor conyugal:

-Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es simple efusión del instinto y del sentimiento, sino principalmente es un acto de la voluntad libre, con pleno conocimiento, pleno consentimiento y plena libertad.
-Es un amor único, es decir, entre un solo hombre y una sola mujer, a semejanza del amor filial, del hijo a su madre es único.
-Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas.
-Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el compromiso del vínculo matrimonial.
-Es, por fin, un amor fecundo que no se agota en la comunión entre los esposos, sino que está destinado a prolongarse en los hijos suscitando nuevas vidas. “El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres” (GS n.509).


La alianza matrimonial

"La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del matrimonio... un vínculo sagrado... no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio" (GS 48,1).

La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. Creados el hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios los destinó para la relación y comunión de personas.

La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo". La mujer, "carne de su carne", su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una "auxilio", representando así a Dios que es nuestro "auxilio" (cfr. Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (cfr. Gén. 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan del Creador: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6; Gén.2, 24).

El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cfr. GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).

"La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados" (CIC, can. 1055,1).


El matrimonio bajo la esclavitud del pecado

Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal.

Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos, “la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (cfr. Gén. 3,12); su atractivo mutuo, don propio del creador “Esta vez sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (cf Gn 2,22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia “…con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y el te dominará” (cfr. Gén. 3,16b); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cfr. Gén. 1,28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cfr. Gén. 3,16-19).

Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado “Yahveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió” (cfr. Gén. 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó "al comienzo".


El matrimonio bajo la pedagogía de la antigua Ley

En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, "los dolores del parto" (Gén. 3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" (Gén. 3,19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí.

La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque ella lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de "la dureza del corazón" de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cfr. Mt 19,8; Dt. 24,1).

Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cfr. Os 1-3; Is. 54.62; Jer. 2-3. 31; Ez 16,62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor "fuerte como la muerte" que "las grandes aguas no pueden anegar" (Ct 8,6-7).

De esta manera los profetas dan nuevos pasos en el proceso de la revelación. Recuerdan sin cesar que el amor de Dios por los hombres es la razón última de su comportamiento. Pero lo inédito hasta ese momento es usar el matrimonio como signo imagen de la Alianza entre Dios y el pueblo. Dios es presentado como esposo y el pueblo como esposa. Dios es el esposo fiel que nunca falla y el pueblo es la esposa siempre amada, aunque casi siempre es infiel y a veces llega a ser una verdadera prostituta. Tan fuerte es la vinculación de la Alianza con el matrimonio, que se emplea la misma palabra, berith, para designar a ambos. El matrimonio ganará extraordinariamente con este descubrimiento. No será ya algo sin importancia, sino un verdadero misterio religioso. La mujer, poco a poco, dejará de ser vista como una cosa que se compra y se tira cuando deja de interesar al hombre, pues es amada por Dios entrañablemente. La alianza entre hombre y mujer debe reflejar el amor de Dios a su pueblo.


El matrimonio en el Señor

La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado la nueva y eterna alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por él (cf. GS 22), preparando así "las bodas del cordero" (Ap 19,7.9).

En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.
En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf Mt 19,8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: "lo que Dios unió, que no lo separe el hombre" (Mt 19,6).

Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable (cf Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán "comprender" (cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26), y añadiendo enseguida: "`Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne'. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5,31-32).

Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la de la Iglesia


Conclusión:

Los textos bíblicos ofrecen tres importantes indicaciones. El ser humano es una persona, de igual manera el hombre y la mujer. Están en relación recíproca.

En segundo lugar, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad o la feminidad, está llamado a existir en la comunión y en el don recíproco. Por esto el matrimonio es la primera y fundamental dimensión de esta vocación.

En tercer lugar, si bien trastornadas y obscurecidas por el pecado, estas disposiciones originarias del Creador no podrán ser nunca anuladas.

La antropología bíblica por tanto sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos.

Génesis 2:24,25 “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”.
Este pasaje que nos muestra el inicio de todas las cosas en la Biblia, nos muestra cómo fue el diseño de Dios incluyendo al ser humano, y lo que Dios estableció como correcto en la relación de un hombre y una mujer.

Que una vez casados, lleguen a ser una sola carne, uniéndose a través de una relación sexual, y que no se avergüencen de esa desnudez.

El matrimonio para cumplir su fin de la procreación y educación de la prole Dios y Jesucristo le dio el carácter de Alianza y Sacramento con la unidad e indisolubilidad.


...

Agradecemos a Roberto Tarazona por compartir esta ponencia.

...

La Virgen María en la Cuaresma






En el plan salvífico de Dios (ver Lc 2,34-35) están asociados Cristo crucificado y la Virgen dolorosa. Como Cristo es el "hombre de dolores" (Is 53,3), por medio del cual se ha complacido Dios en "reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col 1,20), así María es la "mujer del dolor", que Dios ha querido asociar a su Hijo, como madre y partícipe de su Pasión. Desde los días de la infancia de Cristo, toda la vida de la Virgen, participando del rechazo de que era objeto su Hijo, transcurrió bajo el signo de la espada (ver Lc 2,35).


Por ello la Cuaresma es también tiempo oportuno para crecer en nuestro amor filial a Aquella que al pie de la Cruz nos entregó a su Hijo, y se entregó Ella misma con Él, por nuestra salvación. Este amor filial lo podemos expresar durante la Cuaresma impulsando ciertas devociones marianas propias de este tiempo: "Los siete dolores de Santa María Virgen"; la devoción a "Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores" (cuya memoria litúrgico se puede celebrar el viernes de la V semana de Cuaresma); y el rezo del Santo Rosario, especialmente los misterios de dolor.


También podemos impulsar el culto de la Virgen María a través de la colección de Misas de la Bienaventurada Virgen María, cuyos formularios de Cuaresma pueden ser usados el día sábado.



...


Fuente: Aciprensa


...


La Cuaresma y la Piedad Popular




La Cuaresma es tiempo propicio para una interacción fecunda entre liturgia y piedad popular. Entre las devociones de piedad popular más frecuentes durante la Cuaresma, que podemos alentar están:



La Veneración a Cristo Crucificado.


En el Triduo pascual, el Viernes Santo, dedicado a celebrar la Pasión del Señor, es el día por excelencia para la "Adoración de la santa Cruz". Sin embargo, la piedad popular desea anticipar la veneración cultual de la Cruz. De hecho, a lo largo de todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una antiquísima tradición cristiana es el día conmemorativo de la Pasión de Cristo, los fieles dirigen con gusto su piedad hacia el misterio de la Cruz.


Contemplando al Salvador crucificado captan más fácilmente el significado del dolor inmenso e injusto que Jesús, el Santo, el Inocente, padeció por la salvación del hombre, y comprenden también el valor de su amor solidario y la eficacia de su sacrificio redentor.


En las manifestaciones de devoción a Cristo crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la procesión y la bendición con la cruz, se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios de piedad que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.


No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios.



La Lectura de la Pasión del Señor.


Durante el tiempo de Cuaresma, el amor a Cristo crucificado deberá llevar a la comunidad cristiana a preferir el miércoles y el viernes, sobre todo, para la lectura de la Pasión del Señor.
Esta lectura, de gran sentido doctrinal, atrae la atención de los fieles tanto por el contenido como por la estructura narrativa, y suscita en ellos sentimientos de auténtica piedad: arrepentimiento de las culpas cometidas, porque los fieles perciben que la Muerte de Cristo ha sucedido para remisión de los pecados de todo el género humano y también de los propios; compasión y solidaridad con el Inocente injustamente perseguido; gratitud por el amor infinito que Jesús, el Hermano primogénito, ha demostrado en su Pasión para con todos los hombres, sus hermanos; decisión de seguir los ejemplos de mansedumbre, paciencia, misericordia, perdón de las ofensas y abandono confiado en las manos del Padre, que Jesús dio de modo abundante y eficaz durante su Pasión.



El Vía Crucis.


Entre los ejercicios de piedad con los que los fieles veneran la Pasión del Señor, hay pocos que sean tan estimados como el Vía Crucis. A través de este ejercicio de piedad los fieles recorren, participando con su afecto, el último tramo del camino recorrido por Jesús durante su vida terrena: del Monte de los Olivos, donde en el "huerto llamado Getsemani" (Mc 14,32) el Señor fue "presa de la angustia" (Lc 22,44), hasta el Monte Calvario, donde fue crucificado entre dos malhechores (ver Lc 23,33), al jardín donde fue sepultado en un sepulcro nuevo, excavado en la roca (ver Jn 19,40-42).


Un testimonio del amor del pueblo cristiano por este ejercicio de piedad son los innumerables Vía Crucis erigidos en las iglesias, en los santuarios, en los claustros e incluso al aire libre, en el campo, o en la subida a una colina, a la cual las diversas estaciones le confieren una fisonomía sugestiva. En el ejercicio de piedad del Vía Crucis confluyen también diversas expresiones características de la espiritualidad cristiana: la comprensión de la vida como camino o peregrinación; como paso, a través del misterio de la Cruz, del exilio terreno a la patria celeste; el deseo de conformarse profundamente con la Pasión de Cristo; las exigencias del seguimiento de Cristo, según la cual el discípulo debe caminar detrás del Maestro, llevando cada día su propia cruz (ver Lc 9,23) Por tanto debemos motivar su rezo los miércoles y/o viernes de cuaresma.



...


Fuente: Aciprensa


...

Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Marzo


APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
MARZO




Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.



Por las Intenciones del Papa:


Intención General:
Para que la economía mundial se desarrolle según criterios de justicia y equidad, teniendo en cuenta las exigencias reales de los pueblos, especialmente de los más pobres.



Intención Misional:
Para que las Iglesias en África sean signo e instrumento de reconciliación y de justicia en todas las regiones del Continente Africano.





Por las intenciones de la Conferencia Episcopal Peruana:

Para que, valoremos y respetemos a nuestrospueblos aborígenes y afrodescendientes.




La economía mundial con justicia y equidad

“...Hay países que siguen estando gravemente marginados de los flujos comerciales... la dependencia de las exportaciones de materias primas sigue siendo un factor de riesgo... una finanza restringida al corto o cortísimo plazo llega a ser peligrosa para todos...

...La lucha contra la pobreza requiere una cooperación tanto en el plano económico como en el jurídico que permita... poner en práctica soluciones coordinadas para afrontar dichos problemas, estableciendo un marco jurídico eficaz para la economía. Exige también incentivos para crear instituciones eficientes y participativas, así como ayudas para luchar contra la criminalidad y promover una cultura de la legalidad...” (Benedicto XVI. Mensaje Jornada Mundial de la Paz. 1.1.2009. Extracto).

Las Iglesias de África signo de reconciliación y justicia

“... La Iglesia tiene el deber de defender a los débiles y hacerse portavoz de los que no tienen voz. Por tanto, quisiera alentar a las personas se esfuercen por suscitar la esperanza mediante un compromiso decidido en favor de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables.Entre estos derechos se encuentra el bien fundamental de la paz y de una vida segura. La promoción de la paz, de la justicia y de la reconciliación es una expresión de la fe cristiana en el amor que Dios tiene a cada ser humano. La Iglesia debe seguir anunciando la paz de Cristo, fomentando, juntamente con todas las personas de buena voluntad, la justicia y la reconciliación...”. (Benedicto XVI. Discurso a la Conferencia Episcopal de la República Centro Africana. 1.6.2007. Extractos).

La Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos se ha celebrado en Roma bajo el lema: “La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz. Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo”

Aparecida - Misión Continental

“... el objetivo de la economía es la formación de la riqueza y su incremento progresivo, en términos no sólo cuantitativos, sino cualitativos: todo lo cual es moralmente correcto si está orientado al desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad en la que vive y trabaja... (cfr. 69)


Eucaristía

Misa por progreso de los pueblos. (Misal romano)

Palabra de Dios

Isaías 58, 1-12. El verdadero ayuno es instaurar la justicia.
Lucas 6,20-23. Bienaventuranzas.
Mateo 6, 19-24. No se puede servir a Dios y al dinero.

Reflexionemos

Sobre los efectos de la crisis económica mundial en nuestro país y en nuestra comunidad. ¿Me invita a un modo de vivir más evangélico, más solidario?

P. Antonio Gonzalez Callizo S.J.
Director Nacional del Apostolado de la Oración (AO)
Parroquia San Pedro


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!

Apostolado de la Oración
Azángaro 451, Lima

...

También visítenos en:
http://www.jesuitasperu.org/Apostolado parroquial

...


Homilía: Domingo 2º de Cuaresma (C)







Lecturas: Gn 15,5-12.17-18; Flp 3,17-4,1; Lc 9,28-36

Cristo habita en mí

P. José R. Martínez Galdeano, S.J.


Recordemos que en Cuaresma la Iglesia nos llama a todos a mejorar a fondo la calidad de nuestra vida cristiana. Este esfuerzo no ha de limitarse a la conducta moral. Debe llegar a las fuentes mismas de la vida cristiana. Sabemos que esta fuente es Jesucristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. Todo sarmiento que no está unido a mí no dará fruto”.

Como verdad no hay que dudar de que todos lo sabemos muy bien. Incluso podemos afirmar que la Iglesia lo vive así y de alguna manera también nosotros. A lo largo del año litúrgico el plato fuerte de reflexión cristiana es el texto del evangelio y la figura y palabras de Jesús y la vida de piedad tiene como culmen la Eucaristía, sacrificio, sacramento, presencia y alimento del mismo Jesús resucitado.

Lo dicho es verdad; pero no hay que olvidar lo que recordamos el domingo pasado: que el Demonio está siempre husmeando para aprovechar cualquier descuido nuestro y engañarnos por el mal camino. Diríamos que los virus del error y de la mentira flotan en el aire espiritual que respiramos, tan materialista, y circulan siempre por las venas y arterias de la Iglesia con peligro de causar graves enfermedades. Entre nosotros hay todavía engañados que, para decirlo con brevedad, creen que la Iglesia como fin fundamental no tiene el de promover la fe en Jesucristo, sino el de hacer una sociedad más justa y acabar con la pobreza del mundo. Y digo “todavía” porque la Iglesia lleva años explicando las cosas.

Claro que la acción de la Iglesia y la vida según el Evangelio traen como consecuencia resultados favorables para vida social, mejora de las costumbres, sentido del deber, honradez y predisposición para ayudar al prójimo y colaborar comunitariamente. Pero no la fundó para ello Jesucristo. La misión que Jesús le confió fue la de dar a conocer a todos los hombres que Él, el Hijo de Dios, se había hecho hombre, había muerto por sus pecados, había resucitado, les había conseguido y traído su perdón, y les quería comunicar las riquezas de su vida, haciéndolos verdaderos hijos de Dios, en este mundo y durante toda la eternidad.

Peste de la cultura de hoy es la de ideologización. Es una enfermedad muy dañina. Basta lograr una idea de por dónde van las cosas políticas y sociales, explicarse cómo va y por dónde va a ir el mundo y así prever el futuro como quien se adapta a las olas o al clima con más o menos ropa. Cristianismo reducido a código moral o mera explicación del universo. Ni una cosa ni otra.

El Cristianismo, el Reino de Dios es Cristo mismo. Se trata de una relación personal con Cristo, de alcanzar a Cristo.

Hoy se nos presenta el hecho y misterio de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Escogió a los especialmente predilectos, se les manifiesta en la oración, les abre el futuro de la Pasión y el futuro de la gloria. Los teólogos piensan que Jesús se manifestó en el Tabor para fortalecer su fe y prepararles para superar la prueba de la Pasión. De hecho San Pedro y San Juan hablan de este gran momento: “Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1Jn 1,3). “Les hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad” (2Pe 1,16).

Todo el Antiguo Testamento (Moisés y Elías) habla de Cristo y se realiza y apunta a Cristo. Es el hijo de la mujer que aplastará la cabeza de Satán, el descendiente de Abraham con infinidad de hermanos, el nuevo Moisés y el nuevo David, el mayor de los profetas, todo apunta a Cristo, todo culmina en Cristo, todo se realiza en Cristo. Toda la revelación y la historia hay que interpretarlas desde esta perspectiva.

La Iglesia solo tiene como sentido y fin darnos a Cristo. Los sacramentos valen algo porque nos comunican la gracia de Cristo, el perdón de Cristo, la fuerza de Cristo, la vida de Cristo, a Cristo mismo.

En la carta a los Filipenses un poco antes de lo que hemos escuchado en la segunda lectura podemos leer: “Pero lo que eran para mi grandes ventajas –se refiere a su origen judío y a su prestigio por el fervor con que seguía la ley de Moisés, antes de su conversión– lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, para conocerle a él, el poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a él en su muerte tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto, pero continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo hermanos no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que está por detrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (3,7-16).

Acentuemos, pues, durante esta cuaresma el deseo de encontrarnos con Cristo mismo. Él mismo está en la Eucaristía, presidiendo y ofreciendo el sacrificio por nuestros pecados. Él nos habla en la Escritura y en la palabra de la Iglesia. El mismo espera nuestro saludo y visita en el Santísimo Sacramento. El nos perdona en el sacramento de la penitencia, nos da su Espíritu, nos inspira y ayuda con su gracia para perdonar, para hacer una obra buena, una limosna, una oración.

Pidamos especialmente para que esa unidad con Cristo sea en nuestra vida algo normal. “Cristo vive en mí”, como podía decir San Pablo.

...

Sobre la Virgen María y su culto




Respuestas a los hermanos separados.



P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.






Los hermanos separados insisten en que es errónea la importancia que los católicos damos a la Virgen María. Arguyen que María tuvo otros hijos y no fue virgen. ¿Qué responder?

1.- María es la Madre de Dios, porque es madre de Jesús y Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre en y de María por obra del Espíritu Santo. La devoción de los católicos a María se funda en esta su dignidad de Madre de Dios antes que en su virginidad.

2.- Si María hubiera tenido otros hijos, seguiría siendo Madre de Dios y digna de ser honrada como tal. Por eso no tiene fuerza el argumento de que María haya tenido otros hijos, para rechazar el culto católico hacia ella, porque en todo caso es Madre de Dios. Ninguna mujer es despreciable por ser madre de varios hijos.

3.- Que María fue virgen y concibió virginalmente a Jesús en su seno, lo revela la Biblia clara y repetidamente (Mt 1,18-23; Lc 1,35-38). Esta verdad va ligada a la divinidad de Jesús; porque la persona concebida en el seno de María era el Hijo de Dios desde el primer instante de su presencia en este mundo; Jesús no tiene más padre natural que Dios (Catecismo de la Iglesia Católica -CIC 503).

4.- La profundización en este misterio de la concepción virginal de Jesús y en otros datos de la Sagrada Escritura ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo, lejos de disminuir, consagró la integridad virginal de su Madre. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la siempre virgen" (CIC 499).

5.- A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (Mc 3,31-55; 1Co 9,5; Ga 1,19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José hermanos de Jesús (Mt 13,55) son los hijos de una Maria discípula de Cristo (Mt 27,56) que se designa de manera significativa como la otra Maria (Mt 28,1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (Gn 13,8; 14,16; 29,15)" [CIC 500].

6.- Además, si María hubiera tenido otros hijos, no se ve con que lógica pudiera decir Jesús desde la cruz: "ahí tienes a tu hijo", señalando a Juan, para que no quedase sola. Lo menos que se puede deducir de aquí es que parece suponer que María sólo tuvo un hijo en la tierra: Jesús. Por fin de otra María, esposa o madre de Cleofás, se dice que es "hermana de su madre", es decir de María. Si hermano o hermana significasen hijo o hija de los mismos padres, tendríamos que en la familia de la Madre de Dios había dos hermanas con el mismo nombre, lo que es insólito en la Biblia y fuera de la Biblia. Luego esa "hermana" de su madre era simplemente pariente.

7.- Por lo demás el Nuevo Testamento no habla jamás de otros hijos de María.

8.- Esta virginidad perpetua de María está en relación con su maternidad espiritual, que se extiende a todos los hombres, a los que su Hijo vino a salvar y a cuyo nacimiento y educación en Cristo colabora con amor de madre, constituida así en tipo y modelo de la Iglesia.

8.1.- Porque la concepción de la vida cristiana de cada uno en el bautismo, que nos hace hijos de Dios, es virginal (CIC 506); porque la virginidad de Maria es signo de su fe y de su entrega total a la voluntad de Dios;

8.2- Porque, siendo a la vez Virgen y Madre, "es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos par el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda integra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (CIC 507)

9.- Nosotros no "adoramos" a la Virgen María. Adorar significa dirigirse a Dios en cuanto tal, como al Ser supremo, infinito, eterno, creador de todo, dador de toda gracia, juez supremo y único fin ultimo de toda vida humana. A la Virgen María, como a los demás santos, la veneramos y damos culto para que nos lleve a Jesús; porque ella nos acerca a su Hijo y puede interceder por nosotros. Y ello es cierto, como lo demuestra día a día la historia de la Iglesia.









...

Anunciando la resurrección






P. Adolfo Franco, S.J.


Reflexión del Evangelio del 2º Domingo de Cuaresma


Lucas, 9. 28b-36




El Evangelio de este domingo nos trae la narración de la transfiguración de Jesús. Y lo que podemos pensar en un primer momento es si estará bien escogido este hecho luminoso de la vida de Cristo, para este tiempo de penitencia que es la Cuaresma, un tiempo en que la Iglesia suprime el canto del Gloria, y queda en reserva hasta la noche de Pascua, un tiempo en que el color litúrgico es el morado, muy diferente del blanco resplandeciente de la Transfiguración. ¿Es pues la Transfiguración un hecho que vaya bien con la Cuaresma?

Por otra parte al hacer una lectura de esta narración, tal como la cuenta San Lucas, también sorprende el tema de la conversación entre Jesús transfigurado y Moisés y Elías, acompañantes de este momento; porque en ese momento glorioso (podríamos decir que es el más glorioso de su vida terrena) están hablando del sufrimiento: "hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén". Parecería que esta conversación no encaja en el momento en que asoma con brillo inusitado la gloria de Jesús.

Todo esto nos lleva a pensar en todo el sentido del misterio pascual. La muerte de Jesús no es destrucción; aunque suponga sufrimiento, es salvación y gloria. Es el paso a la resurrección. La unión de estos dos polos tan presentes en la vida humana, nos crea una tensión difícil. Tendemos a buscar una gloria sin cruz; esto no es posible en la vida sobre la tierra. Y cuando consideramos la cruz aislada, y se nos olvida su sentido victorioso, perdemos su carácter cristiano, y termina resultándonos más una fosa, que una puerta de entrada a la gloria.

Y es inevitable enfrentarnos con esa polaridad, ese encuentro de dos realidades aparentemente contrapuestas: muerte y resurrección, cuaresma y transfiguración. En nuestra vida, el supremo momento del paso a la eternidad, a nuestra propia transfiguración, está rodeado de tristeza, de dolor, de agonía. Y llegamos a ese último extremo en un estado de disolución, cuando en realidad estamos en la víspera del triunfo más grande al que podremos nunca llegar, al estado de vitalidad más fecunda, a la situación de más energía que nunca habíamos tenido, ni en la plenitud de la juventud. Y resulta paradójico recibir de Jesús el abrazo glorioso de nuestra victoria, con los ojos hundidos y tristes del que se despide de la vida.

Pero no es sólo en el momento de la muerte donde experimentamos esa doble tensión entre vida y muerte, entre gloria y penitencia. Toda nuestra existencia está recorrida por esa doble situación. No podemos escapar a la polaridad. Y por eso es bueno saber que el dolor está recorrido con una brisa de realización. Y no podemos eliminar ni un polo ni el otro. La enfermedad tiene un sentido constructivo: no es simplemente una amenaza; no podemos reducir la enfermedad a una débil situación orgánica, sino que tenemos que ver en ella (en el contexto cristiano y religioso), un momento de creación de la fuerza más honda que tenemos. Y esto no quiere decir que no intentemos reaccionar para eliminar la enfermedad, en la medida de lo posible; ni tampoco quiero decir que el aspecto biológico y médico de la enfermedad, no sean una realidad; pero no son toda la realidad. Es necesario saber que el sentido de todo esto lo percibimos, cuando tenemos claras las coordenadas entre las que discurre nuestra vida, y que nos ayudan a percibir la esencia, lo fundamental, o sea profundizar en la realidad de lo que nos ocurre.

El ser humano no es un ser hecho para el placer. Y por desgracia hay mucho de esto en nuestra cultura, en nuestras propias formas de pensar. Claro que el dolor, en sus diversas formas (angustia, fracaso, enfermedad, sufrimientos) nos parece amenaza, destrucción. Pero no es así de simple la vida humana. Detrás del dolor puede haber de verdad una resurrección. Y es verdad que muchas personas han despertado de una pesadilla de vida corrompida, mediante el dolor.



...



Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.


...

Mi vida de sacerdote pudo mejorar



P. Vicente Gallo, S.J.


A mis hermanos sacerdotes 3º Parte




III

En más de cincuenta años que llevo en mi Vida Consagrada al Señor, creo que siempre traté de ser buen Religioso, como buen Sacerdote y empeñoso trabajador en todo lo que fuese apostolado. Después de treinta y cinco años siendo así, decidí probar lo que era el Encuentro Matrimonial para mí como consagrado a la Iglesia con mis Votos. Puedo afirmar que fui uno de tantos en quedar gratamente sorprendido. En el Fin de Semana, y después cada vez más, descubrí estas cosas importantes que, o no las sabía, o las había dejado pasar desapercibidas. Y mi vida de Sacerdote o de Consagrado, pudo cambiar, pudo mejorar como no lo había ni sospechado.

Eso de amar “como Cristo ama a su Iglesia”, y aprender que en ello debería centrarse mi relación con aquellos al servicio de los cuáles trabajaba, cambió no sólo mi visión de las cosas, sino también la felicidad de mi vida en mis trabajos. Por mi inveterada actitud equivocada, por la fuerza del mal que habita en mí como en San Pablo, por mi ineptitud mayor que la de ese Apóstol, y por el medio ambiente en el que tengo que vivir y que contagia, por todo ello, quienes me conocen podrán decir que no se me nota mucho el cambio; yo mismo siento pena al reconocerlo con dolor. A nadie le extrañe que me atreva a decirlo.

Pero sí puedo decir también que, por mi nueva visión de las cosas desde mi Fin de Semana del Encuentro Matrimonial Mundial, me encuentro más feliz en mi relación con mis hermanos de Comunidad queriendo que sea de veras la de amarlos como Cristo los ama. Y con aquellos con quienes trabajo en nombre de Cristo, por ejemplo en mi relación con los Alumnos y todo el personal del Colegio cuando estuve trabajando con ellos muchos años; ahora, con los que confieso, ya que esta es mi dedicación actual, servicio permanente de confesionario a los que me vienen, que ahí son “mis gentes”, mi Iglesia.

Tratar de que mi relación con ellos sea de intimidad, amándolos como Cristo ama a su Iglesia, que son esos con los que trabajo, me ha dado sentirme feliz en lo que es mi vocación, mi vida y mi labor pastoral; más feliz que como nunca supe serlo, y pienso con certeza que con mayor eficacia también. Me gozo mucho, de veras, en poder afirmarlo. Ha sido un regalo del Señor.

Por eso me atrevo desde aquí a invitar a todos los Sacerdotes y Religiosos o Religiosas para que se decidan a enrolarse en el Encuentro Matrimonial Mundial viviendo su Fin de Semana. Porque, entre otras cosas, las parejas que lo viven necesitan de quienes después los cultiven para llevar adelante lo que en su Fin de Semana “encontraron”. Si no hay “un pastor” que los guíe y les mantenga en ese fuego sagrado de lo que “encontraron” en un breve Fin de Semana por muy lindo que sea, es difícil que puedan perseverar en ello.

También para que, comprendiendo lo importante que es la experiencia de ese Fin de Semana, vean la urgencia de llevar a muchas parejas a vivirlo para que igualmente puedan “encontrarse” ellos y “encontrar” su matrimonio feliz. Pero sobre todo, para que los mismos Religiosos y Sacerdotes, viviéndolo, encuentren agradecidos lo que no sospechaban que les faltaba conocer para vivir más felices y fecundamente su vida consagrada al Señor.

Para los Sacerdotes en Parroquias ciertamente es difícil irse un sábado y domingo a vivir un Fin de Semana de estos. Tendrían que dejar en esa ocasión su trabajo parroquial que en estos dos días es más insoslayable. No cabe duda que es una dificultad seria. Sin embargo pienso que no es una razón suficiente. Por enfermedad, por un viaje que se hizo, o por asistir a un Curso que les interesa mucho, no son raras las ocasiones en las que hubo que dejar el trabajo parroquial aun en esos días precisamente y así se debió aclararlo a los fieles, que lo comprenden y lo aceptan.

El vivir ese Fin de Semana del Encuentro Matrimonial Mundial, que aquí les planteo, es una vez en la vida. Pero es que, además, el vivir ese Fin de Semana del Encuentro Matrimonial, les aseguro que ha de ser de un fruto tan importante para su mismo trabajo parroquial, que bien merece un esfuerzo el hacerlo, aun teniendo que prevenir a sus fieles de que en ese fin de semana estarán ausentes de la Parroquia. Todos se verán ampliamente recompensados: el mismo sacerdote, y más todavía los matrimonios y familias de la Parroquia. Se lo puedo asegurar por la experiencia de los sacerdotes que lo hemos hecho.


...


Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.


...

Jubileo de las 40 Horas


Sobre el Jubileo de las 40 Horas

Tiempos difíciles


En el siglo XVI, esta devoción comenzó a adquirir mucha importancia en las iglesias de Milán y de Roma. Eran los tiempos de la Reforma Protestante y de las invasiones de los turcos. Además, como sucede hoy en día, eran también tiempos de relajación de costumbres, producto de la época renacentista.

Fueron muchos los santos sacerdotes que contribuyeron al afianzamiento y extensión de esta devoción, muy en especial, San Carlos Borromeo, quien le dió su actual configuración: Exposición solemne del Santísimo Sacramento, para que los fieles, en el curso de tres días, puedan adorar al Seños sacramentado con la oración y la penitencia.

En 1592, el Papa Clemente VIII, mediante la Encíclica Graves et diuturnae, después de un claro y valiente, pero humilde diagnóstico de la alarmante situación de la Iglesia en esos tiempos, ordena que se establezca públicamente en Roma "La piadosa y saludable oración de las Cuarenta Horas" en las basílicas y en todas las iglesias para que "día y noche, en todos los lugares y a lo largo de todo el año se alce al Señor, sin interrupcción alguna, el incienso de la oración".




...

Fuente: "Jubileo de las 40 Horas, Año 2010". Arzobispado de Lima.

...

Para enterarnos más sobre el Jubileo, visitemos nuestras publicaciones:
Raíces bíblicas y de la Tradición.
Extensión de la devoción.

La devoción en nuestra patria.

...




Homilía: Domingo 1º de Cuaresma (C)







Lecturas: Dt 26,4-10; Ro 10,8-13; Lc 4,1-13

Llevado del Espíritu al desierto

P. José R. Martínez Galdeano, S.J.



Este tiempo de la cuaresma, que hemos comenzado, sólo tiene sentido para nosotros los cristianos. En él nos preparamos para vivir la gran fiesta, el gran misterio de Jesús, que nos esforzamos por incorporar a nuestra existencia lo más a fondo posible. Resucitamos un día con Cristo en el bautismo y desde entonces intentamos que esa unión con Cristo resucitado sea lo más vigorosa para que así se prolongue eternamente. Porque mientras tanto nadie está seguro. Estamos en prueba hasta la hora de la muerte.

La experiencia nos dice que a veces caemos en pecado. Otras veces desde el exterior nuestro y también en nuestro propio interior surgen impulsos y movimientos que nos hacen el pecado apetecible y atractivo. Sencillamente, somos tentados hacia el mal.

El evangelio de hoy habla de tentaciones, que Cristo padece, y de Satán, príncipe de los demonios. La existencia real de Satán y del resto de los demonios está ampliamente atestiguada en la Sagrada Escritura tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Es una verdad de fe, que pertenece al tesoro de la Revelación. El Demonio existe, es un ser real y actúa por separarnos de Dios para que obremos el mal y nos condenemos. No hay que engañarse sobre ello.

Llevado por el Espíritu Santo, retirado en el desierto para orar y ayunar, hasta el mismo Cristo es tentado. No nos engañemos. Nunca en este mundo estaremos libres del todo de ser tentados, por más que nos esforcemos llevando una vida santa. Pero tampoco hay que angustiarse. La tentación no es que Dios nos haya abandonado, ni que Dios esté lejos, ni que vayamos mal en la vida cristiana. Cristo era llevado del Espíritu y fue tentado.

No nos extrañe que nosotros seamos tentados. San Pedro nos lo advierte con claridad: “Su adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1Pe 5,8).

A nosotros el Demonio nos suele tentar con el apoyo de la concupiscencia y de la presión social, que muchas veces es contraria a lo que nos aconseja el Evangelio, es decir con la ayuda de la “carne” y del “mundo”, que con el Demonio integran el trío de los enemigos de la salvación de que habla el catecismo. Pero a Cristo no podía tentarle por la concupiscencia, es decir por el desorden del corazón, del que parten los malos pensamientos, adulterios, mentiras, odios...(Mc 7,21). La persona del Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana en su persona divina, no podía menos de ejercer sobre ella un dominio total; por eso no podía haber en la naturaleza humana de Jesús nada de deseo de pecado, ni componendas, contubernios, pactos ni transacciones entre Dios y el Diablo. Jesús sólo podía ser tentado, como lo fue, por el mundo, en que vivía, y por el Diablo.

El Demonio tienta a Cristo por la vía del engaño, proponiendo una forma de realizar su misión mesiánica por un camino humanamente razonable, distinto del camino de las bienaventuranzas y sin la exigencia del sacrificio de la cruz, queridos por el Padre. Le sugiere el camino de una vida tranquila con las necesidades corporales bien satisfechas (lo que representa la primera tentación), con el éxito social de milagros espectaculares (segunda tentación) y por el poder que dan la riqueza y la autoridad política (tercera tentación). Jesús no cae. Jesús salvará al hombre por el camino del siervo: “Tomó la condición del esclavo y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,7-8).

Nuestro camino de salvación no es distinto. Lo reflexionamos la semana pasada. Exige esfuerzo, exige violencia contra sí mismo, exige renuncia a cosas que nos gustan, exige penitencia y sacrificio, exige enfrentar modos de pensar y obrar socialmente “correctos”.

Por eso el ideal de vida cristiana no hay que ponerlo en una vida sin luchas ni dificultades. “La vida del hombre sobre la tierra es una guerra” (Jb 7,1). Más de una vez he aludido a las metáforas o comparaciones deportivas que San Pablo emplea. Podemos adoptar esta forma de expresión, pero en todo caso debemos esforzarnos por ser más pacientes, más caritativos, hacer mejor nuestra oración, dominar mejor nuestras pasiones… sufrir con más tranquilidad nuestras enfermedades, nuestros fracasos, esperar nuestra muerte con más tranquilidad y lucidez. Y además lo bueno que hacemos debemos luchar para hacerlo cada vez mejor. Siempre con esfuerzo, siempre en lucha, nunca bajando la guardia.

La Cuaresma es un tiempo de gracia, de perdón y misericordia en Dios y de conversión en nosotros. Pero el esfuerzo espiritual no puede ser suscitado ni mantenerse sin la ayuda de Dios, sin la gracia. Y el medio normal para obtener la gracia es la oración. Todo esfuerzo de conversión necesita de la oración. Cada uno se pregunte: ¿Doy a la oración el tiempo que doy a las cosas importantes? Actividad normal del cristiano es la de orar. Orar es hablar con Dios y Dios ha hablado y sigue hablando en la Escritura, que es palabra viva de Dios, que la sigue pronunciando. “La tierra está totalmente desolada porque no hay nadie que medite en su corazón (Jer 12,11). Una buena práctica cuaresmal sería orar cada día una página de la Biblia y dejarme interpelar.

La coherencia con la oración me exigirá probablemente cambiar en algo y todo cambio de conducta requiere sacrificio, renuncia y esfuerzo.

Normalmente hay en todos alguna situación o algún defecto o la falta de una virtud que es causa de pecados frecuentes y faltas en mis relaciones familiares, laborales o sociales, o en mi relación con Dios o con la Iglesia. Son como cuellos de botella que impiden al Espíritu de Dios llenar y apoderarse plenamente de nuestro espíritu. Sobre tal punto hagan un esfuerzo especial y pidan al Señor la gracia de superarlo.

Tentaciones corrientes hoy son la falta de reflexión sobre lo fundamental, sobre el sentido de la vida, sobre la verdad del hombre y de Dios, de la Iglesia y del bien moral.

Que esta cuaresma sea una ocasión de afirmarnos en nuestro caminar cristiano cargando nuestra cruz.
...


Acceda a otras Homilías AQUÍ.



Rosario sobre la Cuaresma






Indicaciones: Seleccionar los coros y los cantos antes del inicio del rosario.


Todos: Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos libranos Señor, Dios nuestro.


Se inicia con la oraciones tradicionales.


Cuaresma es un tiempo de especial gracia, es tiempo favorable para convertirnos. Nosotros como Iglesia nos preparamos para vivir y celebrar el Misterio de la Reconciliación, cada vez con un corazón más convertido. Este es el sentido: convertir nuestro corazón al Señor.


Meditemos en este rosario en algunos medios que la Iglesia nos propone para poder prepararnos adecuadamente para la celebración de los misterios centrales de nuestra fe.



PRIMERA MEDITACIÓN: La iniciativa siempre es de Dios


Hay dos medios que nos propone la Iglesia para este tiempo litúrgico de la Cuaresma, que nos manifiestan claramente que la iniciativa parte de Dios-Amor. Por un lado, se nos propone tener una escucha atenta y reverente a la Palabra de Dios. Debemos tener durante esta Cuaresma un constante contacto con la Palabra Divina. Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos invita a prepararnos nutriéndonos de su propia Palabra. Esta lectura de la Palabra de Dios, nos lleva a una oración más intensa, y éste es el segundo medio. Debemos nutrirnos de la oración durante esta Cuaresma, para no sucumbir y salir fortalecidos ante las tentaciones de Satanás. Esta oración debe mostrar nuestra reconciliación con Dios que nos invita al amor.
Padre nuestro...



SEGUNDA MEDITACIÓN: Cooperar con la gracia de Dios


Otro de los medios que se nos propone durante la Cuaresma es acudir a los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía. Es necesario acudir a la misericordia del Señor. Para convertirnos debemos dejar todo pecado. Pero solos no podemos. Confiemos en el perdón que nos ofrece el Señor. No hay pecado que Él no pueda perdonarnos. Y acudamos también al encuentro con el Hijo de Santa María, realmente presente en la Eucaristís. Él mismo se ofrece por nosotros y se entrega en el altar de la reconciliación.
Padre nuestro...



TERCERA MEDITACIÓN: El ayuno y la abstinencia


Dos medios que nos ayudan a ir preparando mejor nuestro corazón. Debemos tomar conciencia de la bendición que nos da el Señor. Muchos no se percatan de la importancia de esto. Cuántos de nosotros sabemos del ayuno y abstinencia de todos los viernes de Cuaresma, como preparación. ¿Y cuántos de nosotros realmente lo vivimos?
Muy importante es también la mortificación y la renuncia en algunas circunstancias ordinarias de nuestra vida, ocasiones para acercarnos a la luz del Señor y conformarnos con Él, purificando nuestros corazones.
En esta meditación vamos a cantar el primer Ave María.
Padre nuestro...



CUARTA MEDITACION: Llamado a la conversión


El Señor nos invita a convertirnos a Él. Debemos llegar hasta el fondo de nosotros mismos, pues se trata de morir a todo lo que es muerte para resucitar a una vida nueva en el Señor.
Confiemos en la misericordia de Dios. Escuchemos lo que Él mismo nos dice en la Escritura: (hacer una pausa)
«Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne»
Padre nuestro...



QUINTA MEDITACION: En compañía de María


Y todo este camino que hemos emprendido, lo hacemos en la compañía tierna y amorosa de nuestra Santa Madre. Ella es guía segura en nuestro peregrinar hacia la plena configuración con su Hijo, el Señor Jesús. Es Ella quien con su intercesión nos ayuda a cambiar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne.
Acojámonos a su intercesión y confiémosle nuestros esfuerzos para vivir intensamente este tiempo de conversión.
Padre nuestro...


Convirtamos nuestro corazón, trabajemos por nuestra propia reconciliación personal, siempre guiados de la mano amorosa de nuestra Madre.



Terminemos nuestra oración cantando LA SALVE.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


...


Fuente: ACIPRENSA


...

Viviendo la Cuaresma






Durante este tiempo especial de purificación, contamos con una serie de medios concretos que la Iglesia nos propone y que nos ayudan a vivir la dinámica cuaresmal.


Ante todo, la vida de oración, condición indispensable para el encuentro con Dios. En la oración, si el creyente ingresa en el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia divina penetre su corazón y, a semejanza de Santa María, se abre la oración del Espíritu cooperando a ella con su respuesta libre y generosa (ver Lc 1,38).


Asimismo, también debemos intensificar la escucha y la meditación atenta a la Palabra de Dios, la asistencia frecuente al Sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía, lo mismo la práctica del ayuno, según las posibilidades de cada uno.


La mortificación y la renuncia en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, también constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias, sino más bien, de saber ofrecer aquellas circunstancias cotidianas que nos son molestas, de aceptar con humildad, gozo y alegría, los distintos contratiempos que se nos presentan a diario. De la misma manera, el saber renunciar a ciertas cosas legítimas nos ayuda a vivir el desapego y desprendimiento.


De entre las distintas prácticas cuaresmales que nos propone la Iglesia, Ia vivencia de Ia caridad ocupa un lugar especial. Así nos lo recuerda San León Magno: "Estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante al ejercicio de Ia caridad; si deseamos Ilegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialisimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en si a las demás y cubre multitud de pecados".


Esta vivencia de la caridad debemos vivirla de manera especial con aquél a quien tenemos más cerca, en el ambiente concreto en el que nos movemos. Así, vamos construyendo en el otro "el bien más precioso y efectivo, que es el de Ia coherencia con la propia vocación cristiana" (Juan Pablo II).



Cómo vivir la Cuaresma


1. Arrepintiéndome de mis pecados y confesándome.


Pensar en qué he ofendido a Dios, Nuestro Señor, si me duele haberlo ofendido, si realmente estoy arrepentido. Éste es un muy buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Revisa los mandamientos de Dios y de la Iglesia para poder hacer una buena confesión. Ayúdate de un libro para estructurar tu confesión. Busca el tiempo para llevarla a cabo.



2. Luchando por cambiar.


Analiza tu conducta para conocer en qué estás fallando. Hazte propósitos para cumplir día con día y revisa en la noche si lo lograste. Recuerda no ponerte demasiados porque te va a ser muy difícil cumplirlos todos. Hay que subir las escaleras de un escalón en un escalón, no se puede subir toda de un brinco. Conoce cuál es tu defecto dominante y haz un plan para luchar contra éste. Tu plan debe ser realista, práctico y concreto para poderlo cumplir.



3. Haciendo sacrificios.


La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa "hacer sagrado". Entonces, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuestan trabajo. Por ejemplo, ser amable con el vecino que no te simpatiza o ayudar a otro en su trabajo. A cada uno de nosotros hay algo que nos cuesta trabajo hacer en la vida de todos los días. Si esto se lo ofrecemos a Dios por amor, estamos haciendo sacrificio.



4. Haciendo oración.


Aprovecha estos días para orar, para platicar con Dios, para decirle que lo quieres y que quieres estar con Él. Te puedes ayudar de un buen libro de meditación para Cuaresma. Puedes leer en la Biblia pasajes relacionados con la Cuaresma.



...


Fuente ACIPRENSA


...

Etimología Cuaresmal




Para conocer los términos propios de la Cuaresma.





INCIENSO
El incienso de "incendere", "encender", es una de las resina que produce un agradable aroma al arder. Esta palabra latina da origen también al termino "incensario" (el instrumento metálico para incensar), mientras que la raíz griega "tus", que también significa incienso, explica la palabra "turíbulo" (incensario) y "turiferario" (el que lo lleva).
El incienso se da sobre todo en el Oriente, y ya desde muy antiguo en Egipto, antes que llegaran los israelitas se usaba en ceremonias religiosas, por su fácil simbolismo de perfume y fiesta, de signo de honor y respeto o de sacrificio a los dioses. Ya antes en torno al Arca de la Alianza, pero sobre todo el templo de Jerusalén era clásico el rito del incienso (Ex.30). La reina de Sabá trajo entre otros regalos gran cantidad de aromas a Salomón (1R.10).
Los cristianos sobre el siglo IV introdujeron el incienso en el lenguaje simbólico de sus celebraciones, cuando se consideró superado el peligro anterior de confusión con los ritos idolátricos del culto romano.
Actualmente se inciensa en la misa, cuando se quiere resaltar la festividad del día, el altar, las imágenes de la Cruz o de la Virgen, el libro del evangelio, las ofrendas sobre el altar, los ministros y el pueblo cristiano en el ofertorio, el Santísimo después de la consagración o en la celebraciones de culto eucarístico. Con ello se quiere significar a veces un gesto de honor (al Santísimo, al cuerpo del difunto en las exequias), o un símbolo de ofrenda sacrificial (en el ofertorio, tanto el pan y el vino como las personas).


AYUNO
Llamamos "ayuno" (latín "ieunium") a la privación voluntaria de comida durante algún tiempo por motivo religioso, como acto de culto ante Dios.
En la Biblia el ayuno puede ser señal de penitencia, expiación de los pecados, oración intensa o voluntad firme de conseguir algo. Otras veces, como en los cuarenta días de Moisés en el monte o de Elías en el desierto o de Jesús antes de empezar su misión, subraya la preparación intensa para un acontecimiento importante.
El ayuno Eucarístico tiene una tradición milenaria; como preparación a este sacramento, el feligrés se abstiene antes de otros alimentos.
Es en Cuaresma, desde el siglo IV, cuando más sentido ha tenido siempre para los cristianos el ayuno como privación voluntaria de la que existen en otras culturas y religiosas por motivos religiosos. El ayuno junto con las oración y la caridad, ha sido desde muy antiguo una "practica cuaresmal" como signo de la conversión interior a los valores fundamentales del evangelio de Cristo.
Actualmente nos abstenemos de carne todos los viernes de Cuaresma que no coincidan con alguna solemnidad; hacemos abstinencia y además ayuno (una sola comida al día) el miércoles de ceniza y el Viernes Santo.


CENIZA
(del latín cinis, ceniza) Material proveniente de la combustión de algo por el fuego. Simboliza la muerte, la fragilidad de la vida y también la humildad y la penitencia. Las que se imponen el Miércoles de Ceniza se preparan quemando palmas y olivos benditos el Domingo de Ramos del año anterior..
El simbolismo de la ceniza es el siguiente:a) Condición débil y caduca del hombre, que camina hacia la muerte;b) Situación pecadora del hombre;c) Oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda;d) Resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo.


CONVERSIÓN
Convertirse es reconciliarse con Dios, apartarse del mal, para establecer la amistad con el Creador. Supone e incluye dejar el arrepentimiento y la Confesión de todos y cada uno de nuestros pecados. Una vez en gracia (sin conciencia de pecado mortal), hemos de proponernos cambiar desde dentro (en actitudes) todo aquello que no agrada a Dios

LIMOSNA
La palabra griega «eleemosyne» proviene de «éleos», que quiere decir compasión y misericordia; inicialmente indicaba la actitud del hombre misericordioso y, luego, todas las obras de caridad hacia los necesitados. Esta palabra transformada ha quedado en casi todas las lenguas europeas:En francés: «aumone»; en español: «limosna»; en portugués: «esmola»; en alemán: «Almosen»; en inglés: «Alms».
Miércoles de Ceniza: Miércoles anterior al primer domingo de Cuaresma. Este día, con la imposición de las cenizas, comienzan las prácticas penitenciales del tiempo que prepara a la Pascua.


ABSTINENCIA
(del latín abstinentia, acción de privarse o abstenerse de algo) Gesto penitencial. Actualmente se pide que los fieles con uso de razón y que no tengan algún impedimento se abstengan de comer carne, realicen algún tipo de privación voluntaria o hagan una obra caritativa los días viernes, que son llamados días penitenciales
Sólo el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo son días de ayuno y abstinencia.

VÍA CRUCIS
(en latín: El camino de la cruz) Ejercicio piadoso que consiste en meditar el camino de la cruz por medio de lecturas bíblicas y oraciones. Esta meditación se divide en 14 o 15 momentos o estaciones. San Leopoldo de Porto Mauricio dio origen a esta devoción en el siglo XIV en el Coliseo de Roma, pensando en los cristianos que se veían imposibilitados de peregrinar a Tierra Santa para visitar los santos lugares de la pasión y muerte de Jesucristo. Tiene un carácter penitencial y suele rezarse los días viernes, sobre todo en Cuaresma. En muchos templos están expuestos cuadros o bajorrelieves con ilustraciones que ayudan a los fieles a realizar este ejercicio.


ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR
Solemnidad que se celebra el 25 de marzo, nueve meses antes del día de Navidad. Se recuerda el anuncio del ángel a María y la Encarnación del Verbo de Dios. Es una fiesta de carácter cristológico y, al mismo tiempo, mariano.



...

Fuente ACIPRENSA

...

El Tiempo de Cuaresma






1. Un tiempo con características propias.


La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua. Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las "armas de la penitencia cristiana": la oración, el ayuno y la limosna (ver Mt 6,1-6.16-18).
De manera semejante como el antiguo pueblo de Israel marchó durante cuarenta años por el desierto para ingresar a la tierra prometida, la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, se prepara durante cuarenta días para celebrar la Pascua del Señor. Si bien es un tiempo penitencial, no es un tiempo triste y depresivo. Se trata de un tiempo especial de purificación y de renovación de la vida cristiana para poder participar con mayor plenitud y gozo del misterio pascual del Señor.
La Cuaresma es un tiempo privilegiado para intensificar el camino de la propia conversión. Este camino supone cooperar con la gracia, para dar muerte al hombre viejo que actúa en nosotros. Se trata de romper con el pecado que habita en nuestros corazones, alejarnos de todo aquello que nos aparta del Plan de Dios, y por consiguiente, de nuestra felicidad y realización personal.
La Cuaresma es uno de los cuatro tiempos fuertes del año litúrgico y ello debe verse reflejado con intensidad en cada uno de los detalles de su celebración. Cuanto más se acentúen sus particularidades, más fructuosamente podremos vivir toda su riqueza espiritual.
Por tanto habrá que esforzarse, entre otras cosas:
- Por que se capte que en este tiempo son distintos tanto el enfoque de las lecturas bíblicas (en la santa misa prácticamente no hay lectura continua), como el de los textos eucológicos (propios y determinados casi siempre de modo obligatorio para cada una de las celebraciones).
- Por que los cantos, sean totalmente distintos de los habituales y reflejen la espiritualidad penitencial, propia de este tiempo.
- Por lograr una ambientación sobria y austera que refleje el carácter de penitencia de la Cuaresma.


2. Sentido de la Cuaresma.


Lo primero que debemos decir al respecto es que la finalidad de la Cuaresma es ser un tiempo de preparación a la Pascua. Por ello se suele definir a la Cuaresma, "como camino hacia la Pascua". La Cuaresma no es por tanto un tiempo cerrado en sí mismo, o un tiempo "fuerte" o importante en sí mismo.
Es más bien un tiempo de preparación, y un tiempo "fuerte", en cuanto prepara para un tiempo "más fuerte" aún, que es la Pascua. El tiempo de Cuaresma como preparación a la Pascua se basa en dos pilares: por una parte, la contemplación de la Pascua de Jesús; y por otra parte, la participación personal en la Pascua del Señor a través de la penitencia y de la celebración o preparación de los sacramentos pascuales -bautismo, confirmación, reconciliación, eucaristía-, con los que incorporamos nuestra vida a la Pascua del Señor Jesús.
Incorporarnos al "misterio pascual" de Cristo supone participar en el misterio de su muerte y resurrección. No olvidemos que el Bautismo nos configura con la muerte y resurrección del Señor. La Cuaresma busca que esa dinámica bautismal (muerte para la vida) sea vivida más profundamente. Se trata entonces de morir a nuestro pecado para resucitar con Cristo a la verdadera vida: "Yo les aseguro que si el grano de trigo.muere dará mucho fruto" (Jn 20,24).
A estos dos aspectos hay que añadir finalmente otro matiz más eclesial: la Cuaresma es tiempo apropiado para cuidar la catequesis y oración de los niños y jóvenes que se preparan a la confirmación y a la primera comunión; y para que toda la Iglesia ore por la conversión de los pecadores.



3. Estructuras del tiempo de Cuaresma.


Para poder vivir adecuadamente la Cuaresma es necesario clarificar los diversos planos o estructuras en que se mueve este tiempo.
En primer lugar, hay que distinguir la "Cuaresma dominical", con su dinamismo propio e independiente, de la "Cuaresma de las ferias".


a. La "Cuaresma dominical".
En ella se distinguen diversos bloques de lecturas. Además el conjunto de los cinco primeros domingos, que forman como una unidad, se contraponen al último domingo -Domingo de Ramos en la Pasión del Señor-, que forma más bien un todo con las ferias de la Semana Santa, e incluso con el Triduo Pascual.


b. La "Cuaresma ferial".
Cabe también señalar en ella dos bloques distintos:
- El de las Ferias de las cuatro primeras semanas, centradas sobre todo en la conversión y la penitencia.
- Y el de las dos últimas semanas, en el que, a dichos temas, se sobrepone, la contemplación de la Pasión del Señor, la cual se hará aún más intensa en la Semana Santa.
Al organizar, pues, las celebraciones feriales, hay que distinguir estas dos etapas, subrayando en la primera los aspectos de conversión (las oraciones, los prefacios, las preces y los cantos de la misa ayudarán a ello).
Y, a partir del lunes de la V Semana, cambiando un poco el matiz, es decir, centrando más la atención en la cruz y en la muerte del Señor (sobre todo las oraciones de la misa y el prefacio I de la Pasión del Señor, toman este nuevo matiz).
En el fondo, hay aquí una visión teológicamente muy interesante: la conversión personal, que consiste en el paso del pecado a la gracia (santidad), se incorpora con un "crescendo" cada vez más intenso, a la Pascua del Señor: es sólo en la persona del Señor Jesús, nuestra cabeza, donde la Iglesia, su cuerpo místico, pasa de la muerte a la vida.
Digamos finalmente que sería muy bueno subrayar con mayor intensidad las ferias de la última semana de Cuaresma -la Semana Santa- en las que la contemplación de la cruz del Señor se hace casi exclusivamente (Prefacio II de la Pasión del Señor). Para ello, sería muy conveniente que, en esta última semana se pusieran algunos signos extraordinarios que recalcaran la importancia de estos últimos días. Si bien las rúbricas señalan algunos de estos signos, como por ejemplo el hecho que estos días no se permite ninguna celebración ajena (ni aunque se trate de solemnidades); a estos signos habría que sumar algunos de más fácil comprensión para los fieles, para evidenciar así el carácter de suma importancia que tienen estos días: por ejemplo el canto de la aclamación del evangelio; la bendición solemne diaria al final de la misa (bendiciones solemnes, formulario "Pasión del Señor"); uso de vestiduras moradas más vistosas, etc.



4. El lugar de la celebración.


Se debe buscar la mayor austeridad posible, tanto para el altar, el presbiterio, y los demás lugares y elementos celebrativos. Únicamente se debe conservar lo que sea necesario para que el lugar resulte acogedor y ordenado. La austeridad de los elementos con que se presenta en estos días la iglesia (el templo), contrapuesta a la manera festiva con que se celebrará la Pascua y el tiempo pascual, ayudará a captar el sentido de "paso" (pascua = paso) que tienen las celebraciones de este ciclo.
Durante la Cuaresma hay que suprimir, pues, las flores (las que pueden ser sustituidas por plantas ornamentales), las alfombras no necesarias, la música instrumental, a no ser que sea del todo imprescindible para un buen canto. Una práctica que en algunas iglesias podría ser expresiva es la de recubrir el altar, fuera de la celebración eucarística, con un paño de tela morada.
Finalmente hay que recordar, que la misma austeridad en flores y adornos debe también aplicarse al lugar de la reserva eucarística y a la bendición con el Santísimo, pues debe haber una gran coherencia entre el culto que se da al Santísimo y la celebración de la misa.La misma coherencia debe manifestarse entre la liturgia y las expresiones de la piedad popular. Así, pues, tampoco caben elementos festivos, durante los días cuaresmales y de Semana Santa, ni en el altar de la reserva ni en la exposición del Santísimo.



5. Solemnidades, fiestas y memorias durante la Cuaresma.


Otro punto que debe cuidarse es el de las maneras de celebrar las fiestas del Santoral durante la Cuaresma. El factor fundamental consiste en procurar que la Cuaresma no quede oscurecida por celebraciones ajenas a la misma. Precisamente para lograr este fin, el Calendario romano ha procurado alejar de este tiempo las celebraciones de los santos.
De hecho durante todo el largo período cuaresmal, sólo se celebran un máximo de cuatro festividades (además de alguna solemnidad o fiesta de los calendarios particulares): San Cirilo y San Metodio (14 de febrero); la Cátedra de San Pedro (22 de febrero); San José, casto esposo de la Virgen María (19 de marzo) y la Anunciación del Señor (25 de marzo). En todo caso en la manera de celebrar estas fiestas no deberá darse la impresión de que se "interrumpe la Cuaresma", sino más bien habrá que inscribir estas fiestas en la espiritualidad y la dinámica de este tiempo litúrgico.
Con respecto a la memoria de los santos, hay que recordar que durante la Cuaresma todas ellas son libres y si se celebran, se debe hacer con ornamentos morados, y del modo como indican las normas litúrgicas.


...


Fuente ACIPRENSA


...

Cuaresma






P. Adolfo Franco, S.J.


Reflexión del Evangelio del Domingo I de Cuaresma


Lucas 4, 1-13




La Cuaresma que comenzamos con el miércoles de ceniza, no la podemos reducir a un tiempo de sacrificio y mortificación. Esto, entendido en un sentido cristiano, también queda incluido en la Cuaresma; pero no es sólo eso. Además la Cuaresma es un tiempo en que se medita sobre la lucha dentro de nosotros mismos entre el mal y el bien: la realidad del pecado, el arduo esfuerzo constante en el corazón del hombre para superar la tentación; todo esto está presente de muchas maneras en las lecturas y en las oraciones de la Cuaresma; este aspecto de la tentación, de la lucha contra el pecado, son también un elemento de la espiritualidad de la Cuaresma.

Pero la Cuaresma no se reduce tampoco a eso; sería poco. Hay una dimensión de la Cuaresma que no siempre ha sido suficiente resaltada: la Cuaresma como preparación o como camino. Lo mismo que el Adviento es un camino hacia la Navidad, una preparación para el hecho del Nacimiento de Jesús en nuestro mundo, así también la Cuaresma es un tiempo de preparación, un camino hacia la Pascua. Pocas veces es considerada así la Cuaresma, como un camino hacia el misterio de la Salvación, la muerte y resurrección de Cristo. Antiguamente, cuando la mayoría de los cristianos se bautizaban como adultos, la Cuaresma era su camino de preparación para el Bautismo que se recibía en la noche de Pascua. Así la Cuaresma era para ellos una preparación para su “resurrección”.

El Evangelio de hoy nos pone delante el hecho de la tentación de Jesús en el desierto. Una realidad que, si no fuera porque está escrita en los Evangelios, no podríamos ni pensarla. Jesús, el Hijo de Dios, tentado en el desierto.

En esta escena están sintéticamente presentados y resumidos diversos momentos de la tentación que Jesús sufrió durante toda su vida: la tentación esencial y radical para Jesucristo es la propuesta de que escoja un camino de triunfo, una salvación espectacular, que sea un Mesías poderoso, que se aparte del camino señalado por su Padre.

La tentación es presentada en tres formas: la primera forma le sugiere que con su poder convierta alguna piedra en pan, para satisfacer su hambre de cuarenta días. Jesús la rechaza y responde con fuerza al tentador diciéndole: "No sólo de pan vive el hombre”. La segunda forma de la tentación se refiere al poder, al poder humano: que el Mesías fuese un dominador, y que lograse nuestra salvación por el ejercicio del poder humano, por la dominación: “te daré todos los reinos de la tierra”. Y la tercera tentación fue de orgullo: el Mesías bajando desde lo más alto del templo, como espectáculo soberbio. Jesús reacciona con firmeza en cada caso. El que había nacido en un establo, no iba a tomar ese camino de vanidad.

Ahí quedan resumidas todas las tentaciones que sufrimos también nosotros, y que nos pueden encaminar al mal: está la tentación del placer. Y cuántas personas son arrastradas al pecado por el afán del placer. El placer que buscamos de todas maneras, arriesgando dignidad, salud, esfuerzos, y la vida misma; gran parte de los esfuerzos humanos han sido dedicados a buscar nuevas formas de placer, algunas incluso destructivas. El poder también puede ser una tremenda tentación y a veces más fuerte que el placer: buscamos dominar a otros, ser poderosos contra el prójimo. Cuántas veces del afán desmesurado del poder brotan como de una fuente enfrentamientos discriminaciones, guerras, atentados a la dignidad de los demás. El poder que se busca por muchos caminos, por la riqueza, por la cultura, por el orgullo de raza; y todo esto conduce a los hombres a que se enfrenten, y a que se destruyan. Y por último la tentación de la vanidad y del orgullo: el creerse superiores, el envanecerse por la figura, por los títulos, por el lujo; todo esto que hace que el hombre ponga más atención a las cosas superficiales, que a las esenciales.

En este camino de la Cuaresma hacia la Pascua, este evangelio nos pide que nos liberemos de las ataduras del placer, del poder y de la vanidad, para que podamos caminar libres, acompañando a Jesús que se encamina a nuestra salvación.



...


Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.


...

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2010



Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2010


« La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo » (cf. Rm 3,21-22)



Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).


Justicia: “dare cuique suum”
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).


¿De dónde viene la injusticia?
El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?


Justicia y Sedaqad
En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?


Cristo, justicia de Dios


El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).


¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.


Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.


Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.


Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.



Vaticano, 30 de octubre de 2009


...

Tomado de:


...