Clases de Latín en San Pedro



Se inician las clases de Latín en San Pedro, los horarios establecidos son los únicos en que el P. Miguel Girón, S.J. dispone para esta actividad, por este motivo lamentablemente no se puede abrir las clases en los horarios que algunos lectores solicitaban, a ellos les pedimos su comprensión y agradecemos su interés.

Información

Inicio:
Sábado 9 de Enero del 2010



Horarios: (hora exacta)
Nuevos: 9:30 AM
Antigüos: 10:30 AM

Lugar:
Parroquia San Pedro, Lima
Jr. Azángaro 451, esquina con Jr. Ucayali, Cercado de Lima
Frente a la Cancillería, espaldas de la Biblioteca Nacional de la Av. Abancay

Profesor:
P. Miguel Girón, S.J.

Traer cuaderno y lapicero

Informes:
Recepción de la Parroquia, Teléfono 428-3010
Pueden escribir sus consultas al correo del blog: forpastoral@gmail.com


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Homilía: Solemnidad de Santa María Madre de Dios


Lecturas: Num 6,22-27; S. 66; Ga 4,4-7; Lc 2,16-21
En el principio ya existía, era Dios,
y por su medio se hizo todo

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Es claro que Jesús, Dios y hombre verdadero, es el centro de la historia humana y de la revelación de Dios a los hombres. Toda la Escritura, por eso, se reduce a Cristo y nos habla de Cristo. En consecuencia cuando leemos la Escritura, no se la puede entender sin relacionarla con Cristo. Todo lo que en ella se nos dice tiene relación con Jesús. Sólo se entiende si se descubre correctamente la relación de la palabra con la Palabra. Consciente de esta verdad ha elegido la Iglesia los textos de la misa de hoy con especial cuidado.

El Antiguo Testamento viene a ser el anuncio de un futuro hermoso que llegaría para aquel pueblo privilegiado. Los descendientes de Aarón, el hermano de Moisés, fueron favorecidos con el privilegio de ser los sacerdotes, los mediadores entre los demás israelitas y Dios. Dios les manda por Moisés que bendigan a sus hermanos. La bendición es una invocación al Todopoderoso para que los proteja y les comunique los bienes divinos, se lo manda pedir con una fórmula muy bella: que les proteja, que les mire con amor, que se “ilumine su rostro” de amor al contemplarlos, que les conceda su favor, todo lo que sepa que es bueno para ellos, que su mirada bondadosa vaya siguiéndoles y protegiéndoles y así tengan paz. Cuando ellos lo hagan invocando así al Señor, Él asegurará que los bendecirá, es decir que concederá a sus hermanos lo que pidan.

Semejante promesa tuvo toda su eficacia con el nacimiento de Jesús. Fue anunciado por los ángeles a los pastores. Fue confirmado por los signos que les dieron y que vieron confirmados: “Les ha nacido el Salvador”. A los ocho días todo se confirma y se cierra poniendo a aquel niño el nombre que le corresponde en el pueblo de Israel y en la historia de la humanidad: “Jesús”, que significa “el Señor salva”; porque no ha habido, ni hay, ni habrá otro nombre por el que los hombres puedan ser salvos (v. Hch 4,12).

Porque éste es el destino de Jesús en el mundo, ésta es la misión que realizará rescatar a todos los que estaban bajo el pecado para que fueran hijos de Dios, capaces de invocarle con verdad ¡Abbá! (Padre), porque ya todos pueden llegar a dejar de ser esclavos del pecado y hacerse hijos de Dios y por tanto herederos del Cielo, que, como a tales hijos, les pertenece. Esto en lo que a Jesús toca lo ha realizado ya. Basta que cada hombre ponga de su parte lo que le corresponde: creer con la fe y abrirse a Dios por el arrepentimiento.

Esto lo ha realizado Jesús gracias a la colaboración de María. Para que Jesús pudiera comunicarnos todas esas maravillosas bendiciones, fue necesario que María colaborase con su colaboración y aceptación de ser la Madre de aquel niño. En los designios maravillosos de la Providencia era necesario que el Hijo de Dios formara plenamente parte de la historia humana, fuese un hombre como los demás, heredase de Adán todo lo propio de la condición humana, incluyendo las consecuencias que la desobediencia del pecado, que debía reparar, había acarreado a los hombres. En todo semejante a nosotros menos en el pecado, nacido de mujer, sujeto al dolor y la muerte como el resto de sus hermanos, como un hombre cualquiera.
Por eso María fue necesaria para realizar este plan divino. La existencia de Jesús empezó como la de cualquier miembro de la familia humana en el seno de una mujer. Primogénito de pleno derecho de la humanidad pudo desde el momento de su venida al mundo en el seno de María ofrecerse para redimir el pecado del mundo: No pueden satisfacerte, Padre, los sacrificios de animales ni objetos para compensar el pecado, pero ahora tengo un cuerpo, soy uno más entre los seres humanos, en nombre de todos vengo para hacer tu voluntad, para cumplirla y cumplirla hasta la cruz (S. 40,7-9: Hb 10,5-7).

Esta necesidad de un redentor que fuera simultáneamente Dios y hombre para poder realizar la salvación del pecado exigía su concepción virginal. Por eso cuando tras el pecado de Adán y Eva Dios diseña su revancha en el futuro aparece en el horizonte de la historia, como el norte al que toda ella se dirige, la figura de Jesús y la de María: “Entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo –condenó Dios a la serpiente –pondré una aversión radical e insuperable. Él te aplastará la cabeza” (Gn 3,15).

Y esto explica la solemnidad de hoy. Celebramos la circuncisión de Jesús, el momento en que legalmente todo hijo de Abrahán es incorporado al Pueblo de Dios, recibe su nombre y ocupa un lugar y una misión. A Jesús se le puso este nombre porque significa “el Señor salva” y ha venido a salvar. Y la Iglesia une a este misterio el de la Maternidad divina de María, porque para que Jesús salve tuvo que comenzar por ser concebido virginalmente en el seno de María.

El misterio nos atañe y afecta a todos. Para salvarnos a todos y cada uno el Hijo toma carne en María, el niño acepta la cruz y María, concebida sin pecado, concibe del Espíritu Santo y accede a ser compañera de la cruz del Hijo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”.
En el nacimiento de Jesús –ora la liturgia– Dios ha establecido “el principio y la plenitud de toda religión” (v. col. 31 dic.). Como Jesús se entregó, como María se dio, nosotros nos confiamos a su misericordia infinita, que nos ha hecho sus hijos y también herederos por voluntad de Dios.
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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Enero


APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
ENERO





Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.



Por las Intenciones del Papa:

Intención General:
Para que los jóvenes sepan utilizar los medios modernos de comunicación social para su crecimiento personal y para prepararse mejor para servir a la sociedad.


Intención Misional:
Para que todos los creyentes en Cristo tomen conciencia de que la unidad entre todos los cristianos constituye una condición para hacer más eficaz el anuncio del Evangelio.



Por las intenciones de la Conferencia Episcopal Peruana:



Por la salvaguardia y difusión de la verdad sobre el ser humano, el sentido de la vida y su destino último que es Dios.






Medios modernos de comunicación social

...“El fácil acceso a teléfonos móviles y computadoras, unidos a la dimensión global y a la presencia capilar de internet, han multiplicado los medios para enviar instantáneamente palabras e imágenes a grandes distancias y hasta los lugares más remotos del mundo... La popularidad entre los usuarios responde al deseo fundamental de las personas de entrar en relación unas con otras. Este anhelo de comunicación y amistad... a la luz del mensaje bíblico a de entenderse como reflejo de nuestra participación en el amor comunicativo y unificador de Dios; que quiere hacer de toda la humanidad una sola familia...” (Benedicto XVI. XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. 24.1.2009. Extracto).

Unidad para más eficaz anuncio del Evangelio

“... El compromiso en la búsqueda de la unidad visible de todos los cristianos es esencial para que la luz de Cristo pueda resplandecer sobre todos los hombres... Hay dos elementos que deben orientarnos en nuestro compromiso: el la verdad y el encuentro en el signo de la fraternidad. La conversión del corazón y la santidad de vida, junto con las oraciones públicas y privadas por la unidad de los cristianos, deben considerarse el alma de todo movimiento ecuménico”. (Benedicto XVI, a la Tercera Asamblea Ecuménica Europea, 20.8.2007. Extractos).

Aparecida - Misión Continental

“El ecumenismo no se justifica por una exigencia sociológica, sino evangélica, trinitaria y bautismal”. (cfr. 228)


Eucaristía
Misa por la unidad de los cristianos. (Misal romano)

Palabra de Dios
Eclesiastés 3,1-8. Hay un tiempo para cada cosa.
Mateo 28,16-20. El anuncio de la Buena Noticia.

Reflexionemos
¿Cuáles medios de comunicación social uso más y para qué?
¿Estos medios me han ayudado a estar más al servicio de Cristo y del mundo nuevo que Él hace nacer? ¿Cómo?
En mi opinión ¿qué es lo más positivo y qué es lo más negativo de internet?


P. Antonio Gonzalez Callizo S.J.
Director Nacional del Apostolado de la Oración (AO)
Parroquia San Pedro


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.



¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!

Apostolado de la Oración
Azángaro 451, Lima
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También visítenos en:
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Homilía: Domingo de la Sagrada Familia


Lecturas: Eclco. 3,3-7.14-17; S. 127; Col 3,12-21; Lc 2,41-52

Crecer en sabiduría, virtud y gracia
ante Dios y los hombres
P.José Ramón Martínez Galdeano, S.J.





La Navidad para todos nosotros tiene un fuerte acento familiar, gracias a Dios. En cualquier familia que camina debidamente, el nacimiento de un niño tiene un significado de vitalidad, de esperanza, de confianza en el futuro y en Dios. El niño, cuyo nacimiento celebramos estos días, es de todos –“un niño nos ha nacido”– y ha nacido para salvar a todos los hombres, y por eso toda la familia humana se alegra y debe alegrarse. Si alguna esperanza existe para todos los hombres, es la que aporta el nacimiento de Jesús.

Es por ello normal que en este clima en la Iglesia recordemos el don de la familia. Porque la familia es un don que Dios quiere otorgar a todo hombre que viene a este mundo. No es ningún secreto que la Iglesia es la gran defensora de la familia y lo ha sido siempre. En el concilio Vaticano II la constitución “El gozo y la esperanza”, que estudia las relaciones de la Iglesia con el mundo contemporáneo, de los cuatro temas específicos, que analiza por su especial importancia, el primero es el de la familia: “La dignidad del matrimonio y la familia”.

El concilio, al hablar de la familia, destaca como primera riqueza su dignidad por ser una institución santa, destinada a contribuir al desarrollo del género humano, al progreso personal y al destino eterno de sus miembros. Dios quiere la familia, Dios ve la familia como un valor irrenunciable para el género humano. El Hijo de Dios, para venir al mundo, nació y formó parte de una familia y vivió en ella la mayor parte de su existencia terrena; fundó su Iglesia como una familia, todos hermanos con el mismo origen pues todos son hechos “hijos de Dios” porque lo son, todos hermanos porque a todos les otorgó su propia madre; la instituyó dotándola con un sacramento que santifica y consagra a la familia para el cumplimiento de su misión, que de este modo queda reconocida como santa y santificadora. Sólo el sacerdocio y la familia comienzan en la Iglesia con un sacramento, que –recuerden– es una fuente de gracia instituida nada más que por Cristo y que por ello la asegura sin dudar si el fiel corresponde.

Padres, caigan en la cuenta de esta verdad. Su familia es santa. Cierto, santo de verdad es solo Dios. Por eso en toda familia cristiana debe estar presente y actuante Dios. No estará de más que ustedes los papás y mamás miren hoy si en su familia se ora como familia, si oran los unos por los otros, si se vive a Dios como Padre, a la Virgen María como Madre, si se tienen respeto unos con otros, si la caridad, el perdón, el sacrificio por el prójimo son casi espontáneos.

Santa la familia y por eso también santificadora. Cierto que hay otros lugares muy santificadores; pero me atrevo a decir que éste es el primero y que, de no vivirlo como tal, tampoco las otras instancias santificadoras no se aprovecharán debidamente. El mismo poner al alcance de los miembros de la familia los elementos fundamentales de la siembra y desarrollo de las virtudes necesarias para que la familia cumpla con las exigencias que suscita y las esperanzas que despierta, pide a todos sus miembros esfuerzo, disciplina, espíritu de sacrificio y reflexión, que dinamizan todas sus posibilidades y provocan el crecimiento personal de todos. Porque en una familia no sólo la habitación y muchas cosas materiales son comunes. Son de manera especial los elementos inmateriales los que de manera sutil pero palpable se viven como comunes y eficaces sirviendo a todos sus miembros.

La fe de los padres y de los mayores, su compromiso creyente, su práctica religiosa va consolidando la apertura y la familiaridad con Dios, como con alguien que acompaña en la vida, que unas veces puede corregir con seriedad, pero en quien siempre se encuentra la comprensión y el ánimo tan necesario en la vida. El Dios cercano, exigente pero al mismo tiempo comprensivo, siempre amigo y refugio de los padres, lo será normalmente también para los hijos.

Una familia donde la fe se vive será una familia rica en esperanza. Y así mismo una familia cristiana es una familia donde se vive por todos y todos sienten la fuerza del amor cristiano, del amor que se da, del amor que no se dirige a asegurar la propia felicidad sino la del otro. Cuando los esposos tratan ellos de relacionarse así y lo van proponiendo como tarea a sus hijos, aquella familia se convierte en la casa de Nazaret.

Tengan todos presente que la eficacia de la parroquia, de la catequesis, de la escuela o de la universidad, pasan por la familia. Si la familia marcha, esas instituciones contribuirán con eficacia a la mejora de las personas y de la sociedad; pero si por desgracia por el contrario está fracasando, es muy difícil que los mejores medios den grandes resultados.

Por eso el concilio y la Iglesia constantemente alertan a los sacerdotes a la atención de los matrimonios y familias en su esfuerzo pastoral.

Porque también en este aspecto no basta con conformarse con evitar lo peor, sino que toda familia debe tratar de mejorar continuamente todos sus valores y sus frutos con la ayuda de Dios. Porque debemos creer que no sólo el niño sino que todos en la familia de Nazaret crecían constantemente en sabiduría, en virtudes y en gracia ante Dios, ante los hombres y ante sí mismos.
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La Sagrada Familia




P. Adolfo Franco, S.J.


Reflexión sobre el Evangelio del Domingo de la Sagrada Familia

Lucas, 2, 41-52




La liturgia, como maestra de nuestra fe, en la época de Navidad nos trae varios mensajes importantes. Y por eso hoy nos hace celebrar a la Sagrada Familia. Jesús, como hombre real, necesitó una familia, para desarrollar su ser humano, de la misma forma que nosotros necesitamos de una familia, para crecer, para aprender, para desarrollarnos, alimentarnos, adquirir valores y educación.

La familia es una maravillosa realidad social ideada por Dios para el hombre, para continuar el largo proceso de hacerse plenitud. Un proceso que empieza desde que se establece nuestro código genético en el seno de nuestras madres. Estamos en un seno durante nueve meses, y en el SENO familiar durante muchos años, antes de que salgamos de él ya como adultos de verdad para empezar en plenitud nuestra propia aventura.

Al ser humano la familia le resulta imprescindible, para crecer físicamente: ahí se desarrolla nuestro cuerpo, empezamos a adquirir movimiento y a pronunciar palabras. Ahí crecemos afectivamente: el proceso del desarrollo de nuestro corazón, nuestra emotividad, nuestra sicología. Ahí vamos adquiriendo valores, esas riquezas interiores, que una persona cabal debe poseer, como un maravilloso tesoro. Ahí aprendemos a desarrollar nuestra inteligencia, nuestras habilidades, ahí aprendemos el comportamiento en sociedad.

Pero además de un ámbito de crecimiento y de aprendizaje, la familia es un ámbito de identidad: uno aprende a ser persona, a ser uno mismo, principalmente en la familia; aunque todas las otras relaciones humanas ayudan a establecer el yo personal. Y es que en familia es donde uno puede ser uno mismo, porque es aceptado como es y valorado por lo que es. Naturalmente que es imprescindible, para configurarse uno mismo, el poder tener "los modelos" adecuados. Y estos son principalmente el padre y la madre, los dos juntos, para cada uno de los hijos. Esa es una maravillosa función de la familia, el lograr que la individualidad de un ser se afiance como tal.

Además la familia cumple otras muchas funciones, como ser el sitio del descanso, y de la recuperación de las fuerzas. Es un ámbito donde uno se siente protegido de la fatiga, y de la agresión (a veces es hostilidad, a veces sólo desgaste) que produce el mundo exterior. El trabajo, las ocupaciones del colegio, las relaciones con "otros" en distintos campos, a veces producen impactos, de los cuales uno se recupera en el hogar, en la familia; claro, con la condición de que la familia sea familia.

La familia debe ser un conjunto de personas, entrelazadas por relaciones creadoras de afecto, aprecio, estímulo, comprensión, aceptación, comunicación, sustento. Claro es importante que todos sus miembros asuman activamente el papel, que en estas relaciones les corresponde. Las ausencias a veces son sustituidas por miembros del exterior, que no tienen la misma capacidad de producir esos buenos efectos. Las personas que no encuentran en su propia familia las relaciones creadoras adecuadas, es normal que tiendan a buscar fuera los lazos, de los que en su familia hay carencia. También es cierto, por otra parte, que la familia sana, no debe construirse en base solo a relaciones internas, sino que debe tender puentes hacia el exterior, para enriquecerse ella misma.

Mucha riqueza tiene la familia, la que Dios nos ha dado, y que hoy celebramos. Jesús quiso nacer en una familia y santificar la familia. El tuvo una infancia en familia, donde aprendió, donde creció en sabiduría y gracia; familia en la que fue desarrollando todas sus facultades humanas. Hoy celebramos a María, José y el Niño, como Sagrada Familia. Y celebramos también cada uno a nuestra propia familia, uno de los dones más preciados que Dios nos ha concedido.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco S.J. por su colaboración.
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Benedicto XVI: Mensaje Urbi et Orbi


BENEDICTO XVI

Navidad, martes 25 de diciembre de 2009




Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, y a todos vosotros, hombres y mujeres a quien Dios ama

«Lux fulgebit hodie super nos,
quia natus est nobis Dominus.
Hoy brillará una luz sobre nosotros,
porque nos ha nacido el Señor»
(Misal Romano, Natividad del Señor, Misa de la aurora, Antífona de entrada).

La liturgia de la Misa de la aurora nos ha recordado que la noche ya pasó, el día está avanzado; la luz que proviene de la gruta de Belén resplandece sobre nosotros.

Pero la Biblia y la Liturgia no nos hablan de la luz natural, sino de una luz diferente, especial, de algún modo proyectada y orientada hacia un «nosotros», el mismo «nosotros» por el que el Niño de Belén «ha nacido». Este «nosotros» es la Iglesia, la gran familia universal de los creyentes en Cristo, que han aguardado con esperanza el nuevo nacimiento del Salvador, y hoy celebran en el misterio la perenne actualidad de este acontecimiento.

Al principio, en torno al pesebre de Belén, ese «nosotros» era casi invisible a los ojos de los hombres. Como nos dice el Evangelio de san Lucas, incluía, además de a María y José, a unos pocos sencillos pastores, que llegaron a la gruta avisados por los Ángeles. La luz de la primera Navidad fue como un fuego encendido en la noche. Todo alrededor estaba oscuro, mientras en la gruta resplandecía la luz verdadera «que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9). Y, no obstante, todo sucede con sencillez y en lo escondido, según el estilo con el que Dios actúa en toda la historia de la salvación. Dios quiere ir poniendo focos de luz concretos, para dar luego claridad hasta el horizonte. La Verdad, como el Amor, que ella contiene, se enciende allí donde la luz es acogida, difundiéndose después en círculos concéntricos, casi por contacto, en los corazones y en las mentes de los que, abriéndose libremente a su resplandor, se convierten a su vez en fuentes de luz. Es la historia de la Iglesia que comienza su camino en la gruta pobre de Belén, y a través de los siglos se convierte en Pueblo y fuente de luz para la humanidad. También hoy, por medio de quienes van al encuentro del Niño Jesús, Dios sigue encendiendo fuegos en la noche del mundo, para llamar a los hombres a que reconozcan en Él el «signo» de su presencia salvadora y liberadora, extendiendo el «nosotros» de los creyentes en Cristo a toda la humanidad.

Dondequiera que haya un «nosotros» que acoge el amor de Dios, allí resplandece la luz de Cristo, incluso en las situaciones más difíciles. La Iglesia, como la Virgen María, ofrece al mundo a Jesús, el Hijo que ella misma ha recibido como un don, y que ha venido para liberar al hombre de la esclavitud del pecado. Como María, la Iglesia no tiene miedo, porque aquel Niño es su fuerza. Pero no se lo guarda para sí: lo ofrece a cuantos lo buscan con corazón sincero, a los humildes de la tierra y a los afligidos, a las víctimas de la violencia, a todos los que desean ardientemente el bien de la paz. También hoy, dirigiéndose a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica, pero antes de nada de carácter moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos, la Iglesia repite con los pastores, queriendo compartir y ser fiel al hombre: «Vamos derechos a Belén» (Lc 2,15), allí encontraremos nuestra esperanza.

El «nosotros» de la Iglesia vive donde nació Jesús, en Tierra Santa, para invitar a sus habitantes a que abandonen toda lógica de violencia y venganza, y se comprometan con renovado vigor y generosidad en el camino hacia una convivencia pacífica. El «nosotros» de la Iglesia está presente en los demás Países del Medio Oriente. ¿Cómo no pensar en la borrascosa situación en Irak y en el aquel pequeño rebaño de cristianos que vive en aquella Región. Sufre a veces violencias e injusticias, pero está siempre dispuesto a dar su propia contribución a la edificación de la convivencia civil, opuesta a la lógica del enfrentamiento y del rechazo de quien está al lado. El «nosotros» de la Iglesia está activo en Sri Lanka, en la Península coreana y en Filipinas, como también en otras tierras asiáticas, como fermento de reconciliación y de paz. En el continente africano, no cesa de elevar su voz a Dios para implorar el fin de todo abuso en la República Democrática del Congo; invita a los ciudadanos de Guinea y del Níger al respeto de los derechos de toda persona y al diálogo; pide a los de Madagascar que superen las divisiones internas y se acojan mutuamente; recuerda a todos que están llamados a la esperanza, a pesar de los dramas, las pruebas y las dificultades que los siguen afligiendo. En Europa y en América septentrional, el «nosotros» de la Iglesia impulsa a superar la mentalidad egoísta y tecnicista, a promover el bien común y a respetar a los más débiles, comenzando por los que aún no han nacido. En Honduras, ayuda a retomar el camino institucional; en toda Latinoamérica, el «nosotros» de la Iglesia es factor de identidad, plenitud de verdad y caridad que no puede ser reemplazado por ninguna ideología, un llamamiento al respeto de los derechos inalienables de cada persona y a su desarrollo integral, anuncio de justicia y hermandad, fuente de unidad.

Fiel al mandato de su Fundador, la Iglesia es solidaria con los afectados por las calamidades naturales y por la pobreza, también en las sociedades opulentas. Ante el éxodo de quienes emigran de su tierra y a causa del hambre, la intolerancia o el deterioro ambiental se ven forzados a marchar lejos, la Iglesia es una presencia que llama a la acogida. En una palabra, la Iglesia anuncia por doquier el Evangelio de Cristo, no obstante las persecuciones, las discriminaciones, los ataques y la indiferencia, a veces hostil, que más bien le permiten compartir la suerte de su Maestro y Señor.

Queridos hermanos y hermanas, qué gran don es formar parte de una comunión que es para todos. Es la comunión de la Santísima Trinidad, de cuyo corazón ha descendido al mundo el Enmanuel, Jesús, Dios-con-nosotros. Como los pastores de Belén, contemplemos embargados de maravilla y gratitud este misterio de amor y luz. Feliz Navidad a todos.

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Tomado de:
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Tiempo de Navidad


Texto transcrito desde Aciprensa:


Exposición dogmática

Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad, celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida como Juez.
Desde Navidad sigue la Iglesia paso a paso a Jesucristo en su obra Redentora, para que nuestras almas, aprovechándose de todas sus gracias que de todos los misterios de su vida fluyen, sean, como dice San pablo, “la esposa sin mácula, si arruga, santa e inmaculada”, que podrá presentar a Cristo a su Padre cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo. Este momento, significado por el postrer domingo después de Pentecostés, es el término de todas las fiestas del calendario cristiano.
Al recorrer las páginas que el Misal y el Breviario dedican al tiempo de Navidad, se ve que están especialmente consagradas a los misterios de la infancia de Cristo.
La liturgia celebra la manifestación al pueblo Judío (Natividad, 25 de Diciembre), y al gentil (Epifanía, 6 de Enero) del gran Misterio de la Encarnación, que consiste en la unión en Jesús del Verbo, “engendrado de la substancia del Padre antes que todos los siglos”, con la humanidad, “engendrada de la substancia de su Madre en el mundo”. Y este Misterio se completa mediante la unión de nuestras almas con Cristo, el cual nos engendra a la vida divina. A todos cuantos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios. La afirmación del triple nacimiento del Verbo, que recibe eternamente la naturaleza divina de su Padre, que “eleva a Sí a la humanidad” que le d en el tiempo la Virgen santísima y que se une en el transcurso de los siglos a nuestras almas, constituye la preocupación de la Iglesia en esta época.

Nacimiento eterno del Verbo

Dice San Pablo que “Dios habita en una inaccesible luz” y que precisamente, para darnos a conocer a su Padre baja Jesús a la tierra. “Nadie conoce al Padre si no es Hijo, y aquél a quien pluguiere al Hijo revelarlo”. Así el Verbo hecho carne es la manifestación de Dios al hombre.
A través de las encantadoras facciones de este Niño recién nacido, quiere la Iglesia que columbremos a la Divinidad misma, que por decirlo así, se ha tornado visible y palpable.”Quien me ve, al Padre ve”, decía Jesús. “Por el misterio de la Encarnación del Verbo, añade el Prefacio de Navidad conocemos a Dios bajo una forma visible” – y, para asentar de una vez cómo la contemplación del Verbo es el fundamento de la ascesis de este Tiempo, se echa mano de los pasos más luminosos y profundos que hay en los escritos de los dos Apóstoles S. Juan y S. Pablo, entrambos heraldos por excelencia de la Divinidad de Cristo.
La espléndida liturgia de Navidad nos convida a postrarnos de hinojos con María y San José ante este Dios revestido de la humilde librea de nuestra carne: “Cristo nos ha nacido, venid adorémosle”; “con toda la milicia celestial” nos hace cantar “Gloria a Dios”; y con la sencilla comitiva pastoril nos manda “alabar y glorificar a Dios”; y por fin, nos asocia a la pomposa caravana de los Reyes Magos, para que con ellos nos “hinquemos delante del Niño y le adoremos”

Nacimiento temporal de la humanidad de Jesús

“Cuando haya salido el sol en el cielo, veréis al rey de los reyes, que procede de Padre, como esposo que sale del tálamo nupcial” (Ant. Visp. Nav.). “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”.
Ese Dios a quien adoramos es la divinidad unida a la humana naturaleza en todo lo que aquélla tiene de más amable y de más débil, de modo que no nos deslumbre su luz, y podamos acercarnos a Él sin pavor. El ABC de la vida espiritual consiste precisamente, e conocer los Misterios de la Infancia del Salvador y asimilarse su espíritu. Por eso, durante algunas semanas contemplamos a Cristo en Belén, en Egipto y en Nazaret.
María da al mundo su Hijo, y lo envuelve en pañales, y le recuesta en el pesebre, y José rodea al Niño de sus cuidados paternales. Es su padre, no ya sólo porque como esposo de la Virgen, tiene derechos en el Fruto de su vientre, sino también porque, como dice Bossuet, así como algunos adoptan hijos, así Jesús adoptó un padre”.
Por eso, los tres benditos nombres de Jesús, de María y de José son como otras tanta preciosas perlas engastadas en os textos de la liturgia de Navidad: “María madre de Jesús, se había desposado con José”; “Hallaron a María, a José y al Niño”, “José y María madre de Jesús, “José, toma al Niño y a su Madre” “¡Hijo mío! ¡Tu padre y yo te andábamos buscando!

Nacimiento espiritual del cuerpo místico de Jesús

Pero dice Santo Tomás que, “si el Hijo de Dios se encarnó, no fue tanto por Él cuanto por hacernos dioses mediante su gracia”. A la humanización de Dios debe corresponder la divinización del hombre. “El Cristo total, añade S. Agustín, lo forman Jesucristo y los cristianos. Él es cabeza y otros miembros”. Con Jesús nacemos siempre de un modo más perfecto a la vida sobrenatural, porque el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo.
Que toda nuestra actividad no sea sino el resplandor de esa luz del Verbo, que envuelva a nuestras almas. Esa es la gracia propia del tiempo de Navidad, el cual tiene por fin ampliar la divina paternidad, a fin de que Dios Padre pueda decir, hablando de su Verbo encarnado y de todos nosotros: “Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy” (Int.). Hincadas en tierras las rodillas, digamos con respeto aquellas palabras del Símbolo: “Creo en Jesucristo I) que nació del Padre antes que los siglos todos; Dios de Dios, consubstancial al Padre; 2) que bajó de los cielos y se hizo carne por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre. 3) Creo en la Santa Iglesia, que ha nacido a la vida divina por el mismo Espíritu Santo y por el bautismo.

Exposición histórica

El empadronamiento general que César Augusto mandó hacer por los años de 747-749 de Roma, obligó a José y a María a ir de Nazaret a Belén de Judea. Llegados a aquel lugar la Virgen benditísima dio al mundo a su hijo primogénito. Aludiendo a una tradición del siglo IV que coloca la cuna de Jesús entre dos animales, la liturgia cita dos textos proféticos uno de Isaías: El buey conoció a su amo y el asno el pesebre de su Señor” (I, 3), y aquél de Habacuc: “Señor, te manifestarás en medio de dos animales” (3,2).
En los contornos de Belén, los pastores guardaban sus ganados, hasta que, avisados por el Ángel, corrieron todos presurosos a la gruta. “¿Qué es lo que han visto, dígannos? ¿Quién es el que ha aparecido en la tierra? Y ellos responden: “Hemos visto a un recién nacido y coros de Ángeles que alababan al Señor: ¡Aleluya, aleluya! Ocho días después, el divino Infante fue circuncidado por José, y recibió el nombre de Jesús, según indicación del ángel hecha a José y a María. Cuarenta días después de haber María dado a luz a Jesús se fue con Él al Templo para ofrecer allí el sacrificio prescrito por la Ley. Entonces vaticinó Simeón que Jesús había de salvar a su pueblo, y que una espada de dolor había también de traspasar el corazón de su Madre.
Tras del cortejo pastoril viene el de los magos, los cuales llegan del oriente a Jerusalén guiados por una estrella, Informados por los mismo príncipes de los sacerdotes, caminan hasta Belén, porque allí es donde el Profeta Miqueas predijo había nacer el Mesías. Y, en efecto, allí se encontraron con el Niño y con María su Madre, y postrándose a sus plantas, le adoraron. Al regresar a sus tierras no pasaron por Jerusalén, según en sueños se les había advertido.
Herodes, que les había pedido le dijesen dónde estaba el niño recién nacido, viéndose burlado por los Magos, se encolerizó sobremanera e hizo matar a todos los niños de Belén, creyendo deshacerse por medio de arte tan inhumano del nuevo rey de los judíos en quien se temía un terrible competidor. Un ángel se apareció entonces en sueños a José, y le dio que huyese a Egipto con María y con el Niño; y allí vivieron los tres hasta la muerte de Herodes, porque entonces el ángel del Señor se les volvió a aparecer a José, mandándole regresar a la tierra de Israel. Mas sabiendo José que reinaba en Judea Arquealo en vez de Herodes su padre, como aquel era también perseguidor, temió por la vida del Niño, y así se retiró a Galilea, al pueblecito de Nazaret.
Los Padres de Jesús le perdieron un día en Jerusalén, por las fiestas de Pascua cuando aún sólo tenía doce años; hasta que al cabo de tres días le encontraron entre los Doctores en el Templo. Vuelto a Nazaret crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres; y de allí fue de donde Jesús salió para el Jordán cuando tenía treinta años, con ánimo de hacerse bautizar por S. Juan, y éste, al verlo, declaró a los judíos que Jesús era el Mesías deseado.

Exposición litúrgica

El tiempo de Navidad comienza por la Vigilia de esta fiesta; para el ciclo Temporal, termina en la octava de Epifanía, o sea el 13 de Enero, y para el Santoral en la Purificación de la Virgen Santísima (2 de Febrero).
Se caracteriza por la inmensa dicha que el mundo siente de ver por fin a su Salvador. De ahí que este Tiempo sea de gran regocijo para todo el pueblo”. Con los ángeles, con los pastores, con los Magos sobre todo, primicias de los Gentiles andemos “embargados de un intenso gozo” y cantemos con la Iglesia un alegre “Gloria in excelsis”, ya que sus sacerdotes se revisten de blancos ornamentos, y el órgano recobra su voz melodiosa. Y esta alegría es tanto mayor cuanto que el nacimiento temporal de Jesús es la prenda de nuestro nacimiento al cielo cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo.
Jesús nace en medio de las tinieblas, figura de aquellas otras todavía más densas que oscurecían las almas. “Cuando el mundo entero yacía sepultado en el silencio, y la noche había andado la mitad de su carrera, tu Verbo todopoderoso, señor, bajó de su regio trono”. Por eso y por un privilegio especial se celebra en Navidad una misa a media noche, seguida de otra a la Aurora, y de una tercera ya en pleno día. Y es que, conforme lo hacen notar los SS. Padres, en el momento en que el sol ha llegado a lo más bajo de su carrera y parece renacer, entonces renace también en el mundo el “Sol de Justicia”. “Cristo nos nació cuando los días empiezan a crecer. La Fiesta de la Natividad el 25 de Diciembre, que corresponde a la fecha del 25 de Marzo, coincide con la fiesta que los pueblos paganos celebran en el solsticio de invierno, para honrar el nacimiento del sol. Así cristianizó la Iglesia aquel rito gentil.
La Misa de media noche se celebraba en Roma en la Basílica de Sta. María la Mayor, que representa a Belén, pues en ella se veneran algunos trocitos del pesebre del salvador, que fue reemplazado por una cuna de plata en la gruta misma en que Jesús nació.
Nuestro altar sea el pesebre en que Jesús nace por nosotros muy especialmente en el día de Navidad, pues en este día los textos de la misa sólo se refieren al Misterio del Nacimiento del Salvador. Al volver a nuestras casas, manifestemos nuestro gusto litúrgico guardando las típicas costumbres de los grandes siglos de fe, en que las fiestas litúrgicas tenían resonancia y se prolongaban hasta el seno íntimo del hogar.
En toda casa cristiana debiera haber un pequeño Nacimiento, para rezar en torno de él durante este tiempo las oraciones de la mañana y de la noche. De ese modo, los niños comprenderían que en estos festivos días, tan propios para las alegrías infantiles, deben asociarse a los pastorcitos y los Magos, e ir con ellos a adorar a Jesús, reclinado sobre la paja, honrando allí también a su Madre y a su Padre nutricio, que de rodillas le contemplan.

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S. TOM. Summa III q. 37 a. 3, ad 2.-
S. León, VI Sermón de la Natividad
Or. De la Misa de la Aurora
Sermón de la Natividad
Aquella gruta era ya, a mediados del siglo II visitada por numerosos peregrinos, y la emperatriz Sta. Elena hizo erigir en aquel santo lugar una basílica que quiso fuera muy modesta, pues Jesús nació en la pobreza. Cuidó de dejar visible parte de la roca, y cuando hacia el siglo VIII la cuna de plata desapareció se puso un altar en el lugar en que se creía haber nacido el Señor.

Texto compilado porJosé Gálvez Krüger
Director de Studia Limensia
Para ACI Prensa y la Enciclopedia Católica

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*La imagen superior es del Nacimiento realizado en nuestra Parroquia de San Pedro, Lima.

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¡Feliz Navidad!



No es mero recuerdo. Jesús vive y en la Navidad viene como siempre: perdonando, ayudando, salvando, amando. Nadie está excluido. Para todos es Navidad. Que sea muy feliz, muy llena de Él. Que nos enseñe a ver la verdad, que nos haga capaces de amar sin fronteras.


A todos lo desea José Ramón, S.J.

Director del blog.



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Homilía: Natividad de Jesucristo






Lecturas: Is 52,7-10; S. 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18

Un Niño nos ha nacido (Is 9,6)
P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.




Este texto es el comienzo del evangelio de San Juan. Juan fue hermano del también apóstol Santiago y el más joven de los apóstoles. Vivía en Cafarnaúm con sus padres y hermanos. Su primera aparición en el evangelio es con Juan el Bautista como discípulo suyo. Se ve que era un israelita piadoso y que esperaba y tenía ansias de la venida del Mesías. Cuando apareció Juan Bautista en el desierto, allí al sur de Palestina, fue a escucharle, probablemente se bautizó e incluso se quedó y fue aceptado como discípulo de Juan Bautista. Aparece en compañía de Andrés, el hermano de Simón Pedro. Su primer encuentro personal con Cristo lo tiene en compañía de Andrés. Estando con él y con Juan Bautista pasa Jesús dos días seguidos por delante. El Bautista suelta aquella frase enigmática: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos se levantaron y se pusieron a caminar detrás de Jesús. Jesús les invitó y le siguieron. Ya no se separarán de él. Fue el último de los apóstoles en morir. Los cristianos le llamaban “el viejo”, “el presbítero” como se dice en griego. Al final de sus días escribe su evangelio con la intención de demostrar que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, que lo confesó Él claramente y lo demostró con muchos milagros, que su muerte y resurrección eran necesarias para el perdón de nuestros pecados y que los que creen en Él alcanzan el perdón de sus pecados y participan de su vida siendo hechos hijos de Dios. Es de los cuatro el evangelio más pobre por sus recursos literarios. Sin embargo es el que impacta con más fuerza a las almas que entran en profundidad en el misterio de Jesús. Su autor se considera el privilegiado entre los privilegiados. Estuvo presente en las manifestaciones cumbres de Jesús, se recostó en su pecho en la cena, recibió el testamento al pie de la cruz que le entregaba la Madre.


Empieza el Evangelio de modo solemne. Nos remite al comienzo mismo de la Biblia, de toda la palabra revelada: “En el principio ya existía la Palabra”. La Palabra se refiere a Jesús, es Jesús, del que va a tratar el entero evangelio, y esto sin ninguna duda. Es el anunciado por Juan, es Jesucristo, que se presentó como la Verdad más de una vez y, sobre todo, en la hora de su muerte (v. Jn 14,6; 18,37)


“Dijo Dios... Y así fue” (Gn 1,6). Sólo con su palabra, de la nada Dios lo creó todo.


Y por cierto la teoría evolucionista no es dificultad. Porque el evolucionismo parte de que “algo” evoluciona y que además evoluciona de una manera bien precisa, determinada, constante, compleja y sumamente ordenada, lo cual exige la existencia de un ser distinto superior inteligente, que todo lo dirija, y necesariamente anterior para ponerlo en marcha con esa perfección, regularidad, finalidad e inteligencia. Porque el universo mismo no demuestra signo alguno de poseer en sí mismo capacidad intelectual ni libertad de decisión alguna. Y esto la ciencia lo confirma porque jamás las supone ni cuenta con ellas y la experiencia no le ofrece la menor duda.


Pues bien entonces, “en el principio” de todo, antes de que nada existiera, “ya existía la Palabra”, esa palabra que es Jesús, “y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios”. Afirmación clarísima de que ese Jesús, del que va a tratar el evangelio, tiene naturaleza divina, es Dios.


Así comienza Juan su evangelio y concluirá diciendo que ha escrito “para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (20,31). Desde el principio al fin quiere afianzarnos en esta verdad: que Jesús es el Hijo de Dios que existía desde el principio y se hizo hombre.


Existe desde siempre, es Dios y como tal ha creado todo. “Por medio de la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”.


Pero el hombre con el pecado había perdido unos dones divinos que Dios le regaló desde el principio: la fe para verle en todo y la caridad para amarle y gozarle en todo. Lo perdió con el pecado de Adán y Eva. Pero en Jesús, “en la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres”. Y precisamente para eso se hizo hombre y vino al mundo: para alumbrar a todo hombre y para que todos tengan vida.


Esta es la tragedia de la humanidad: están a oscuras y no quieren recibir la luz, están muertos y se cierran a vivir. Han sido creados por Él, necesitan la luz y la vida, y sin embargo se niegan a recibir la luz y la vida. Esta es la tragedia de tantos hombres de todos los tiempos: “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Vino a su casa y los suyos no lo recibieron”.


“Pero a cuantos lo recibieron los hizo hijos de Dios, por la fe en Él”. Ahí estamos nosotros por la misericordia del Señor. Porque hemos creído y seguimos creyendo, nos ha hecho en el bautismo hijos de Dios, somos iluminados por su luz y recibimos su amor, que nos infunde su Espíritu y nos hace participar de su vida. Porque “éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”.


“Y la Palabra se hizo carne”, hombre como cualquiera de nosotros, padeciendo nuestras limitaciones y nuestros sufrimientos hasta la muerte en cruz, no tuvo cuna sino un pesebre de animales para recostarse, no tuvo casa sino una cueva donde nacer; pero Él “acampó entre nosotros”, permaneció más de treinta años con nosotros curando enfermos, resucitando muertos, enseñando el camino de Dios y la salvación a los ignorantes, fortaleciendo nuestra debilidad, porque hemos podido saber y contemplar “su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.


Porque “a Dios nadie lo ha visto jamás. Pero el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Pues “la gracia y la verdad nos vinieron por medio de Jesucristo y de su plenitud todos hemos recibido y seguiremos recibiendo gracia tras gracia”.



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Navidad



P. Adolfo Franco, S.J.

Reflexión sobre el Evangelio de la Natividad de Jesús

Lucas 2, 1-14


Hoy volvemos a celebrar este misterio de la Navidad, en que se manifiesta en su esplendor el amoroso mensaje que Dios tiene para nosotros. Esa escena de Jesús recién nacido, con la Virgen y San José a sus costados, es la presentación increíble de la salvación que Dios empieza a realizar. En este momento se han echado a andar ya los planes de Dios, y no tienen vuelta atrás, ni pausa. Todo se va a ir desencadenando como un torrente de maravillas, de bondad, de luz. Y es que parecería que Dios estaba impaciente por hacer a andar “la segunda creación”. Y ahora que ya ha llegado la plenitud de los tiempos, en que esa hoja del calendario, esperada por todos los siglos precedentes, finalmente ha aparecido, Dios ha empezado a manifestar la alegría que hay en los cielos, y nos ha enviado a un coro de ángeles a que nos digan: “Gloria a Dios en los cielos y Paz en la tierra a los hombres que Dios ama”. Es el anuncio de Dios a nosotros: que estemos alegres, porque El nos ama, y su señal de amor es este Niño pequeño que es el Salvador.

Ahora desde este primer momento aparece el nuevo estilo de Dios, si es que se puede hablar así; porque en realidad Dios es siempre el mismo. Pero es evidente también que esta manifestación de Dios en un pesebre, recién nacido y necesitado de que lo cuiden, es algo completamente nuevo.

Al mirarlo ahí con los ojitos cerrados, con sus brazos buscando cariño, el asombro de Dios nos llena el corazón de emoción, de lágrimas, de risas. No sabemos lo que nos pasa, de tanta alegría que tenemos, al ver a Jesús recién nacido para nuestra salvación. Y miramos a nuestro alrededor y vemos una cueva completamente desnuda, abandonada; ha estado abandonada, el suelo está sucio: Jesús ha venido a nuestra tierra y ha escogido este rincón. Al fondo respiran fuertemente dos animales que dan un poco de calor a esa cueva tan fría, en la que brilla la luz de Dios y arde la hoguera de su amor.

¿Qué es esto? Hay que preguntárselo. Dios se ha manifestado, pero realmente en forma incomprensible. No es sólo una escena idílica y tierna, que lo es. Es principalmente un mensaje y un mensaje dirigido a nosotros. Y ojalá fuéramos capaces de leer este mensaje y asimilarlo. Es el principio de la historia de Dios en el mundo hecho hombre. Y es en síntesis su presentación. Dios, hecho hombre, el Hijo del Hombre, va a ser así, en los años en que como hombre viva entre nosotros. Esa es la forma que Dios tiene de hablarnos a nosotros.

¿Y qué dice ese mensaje? Hay que pensarlo mucho tiempo, y hay que dejar que desde el silencio de la contemplación de la escena, nos surja en el corazón la respuesta. Este mensaje nos dice, que “tanto ha amado Dios al mundo y a cada uno de nosotros, que nos ha dado a su Hijo”. Este mensaje nos dice por tanto que el amor de Dios es invencible, y que no depende de nosotros, que El toma la iniciativa.

Este mensaje nos dice que nuestros valores están desorientados: que la importancia está en ser inocente y puro como un niño; que todas las riquezas se concentran en la pureza de corazón, en la humildad y en la bondad, y que todo lo demás es completamente superficial. Este mensaje pone al descubierto nuestra desorientación al buscar la felicidad fuera del portal de Belén: hay que buscarla en el gozo del Niño que se nos ha dado, en Jesús, y al que cantan sin cansarse los ángeles, y los hombres debemos acompañar también ese canto sin cansarnos.

Ese mensaje nos dice que Dios está con nosotros, que se ha hecho uno de nosotros y que quiere nacer también dentro de nosotros.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco S.J. por su colaboración.

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El Amor encarnado, nacido en suma pobreza

"No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo:os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre."Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:"Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace."


Lc. 2, 10-14


Contempla a Dios que encarnado es un pobre desvalido y frágil recién nacido, aplica todos tus sentidos, huele el heno, el acre de los animales, la humedad del establo, el viento helado.


El plan de salvación de Dios es un “misterio”: ¿Por qué eligió tomar nuestra naturaleza humana? Este Dios de grande majestad ¿por qué escogió nacer pobre, vivir y morir como lo hizo? Entra en el corazón de María que atesoró y reflexionó sobre estos hechos; pregúntaselo, escucha su respuesta… Repite el nombre de Jesús, una y otra vez en tu corazón, sintiendo su suavidad y fuerza curativa.


Pide la gracia de profundizar más en el misterio del amor de Dios, para que puedas comprender mejor a Jesús y quieras seguirle con un corazón generoso.




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El sueño de María




“Anoche tuve un sueño José, que no entiendo bien”. La verdad es que no lo entiendo, pero creo que se trataba de la celebración de cumpleaños de nuestro Hijo. Si estoy segura que se trataba de eso.


La gente se había estado preparando por varias semanas; habían decorado la casa y todos se compraron ropa nueva. Con anticipación fueron a las tiendas varias veces y compraron regalos muy buenos.


Pero había algo raro, porque los regalos no eran para nuestro Hijo, los envolvieron en papeles lindísimos y les pusieron unas cintas y lazos bellos, y los pusieron bajo un árbol.


Sí, un árbol José, ahí mismo dentro de su casa, ellos también decoraron el árbol, las ramas estaban llenas de bolas de colores y adornos brillantes. Había una figura en la parte más alta del árbol. Parecía un angelito. Estaba precioso. Todos estaban contentos y se reían, estaban muy felices con los regalos que daban y recibían, pero fíjate José, no le dieron ninguno a nuestro Hijo. Yo creo que ni siquiera lo conocían, en ningún momento mencionaron su nombre. ¡No te parece muy raro José, que la gente pase tanto trabajo para celebrar el cumpleaños de alguien que ni siquiera conoce!.


Me parecía que Jesús se habría sentido como un intruso si hubiera ido a la celebración de su cumpleaños.


Todo estaba tan precioso José, y todo el mundo estaba tan feliz, que me daba ganas de llorar.
¡Que tristeza tan grande para Jesús no ser parte de su propia fiesta de cumpleaños!.


Estoy muy contenta de que todo fuera solo un sueño José. ¡Que terrible sería si todo eso fuera realidad!






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Agradecemos a Dora Luz por compartir esta lectura.

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P. Juan Alarco, S.J. (Taiti) en la Casa del Padre


El día domingo 20, el P. Juan Alarco Tosoni SJ (Taiti), partió en paz hacia la Casa del Padre, luego de una penosa enfermedad. Transcribimos las palabras del P. Javier Uriarte, S.J.


Compañía de Jesús - Provincia del Perú
Costa Rica 256, Lima; Apartado 11-0124, Lima 11 - PERU



Lima, 20 de diciembre del 2009

Si la vida de Taiti ha sido muy intensa por su radicalidad, su compromiso social, sus fecundos trabajos pastorales, mucho más elocuente ha sido el talante con que ha llevado su enfermedad. En este proceso existencial, en las conversaciones que tuvimos, me repitió una frase que expresa todo: "Si muero, muero en paz con Dios y conmigo mismo".

Es cierto, creo que en los últimos años, a partir de su trabajo en el Centro de Espiritualidad y del Diploma de Consejería que concluyó estando ya enfermo, había conseguido una integración personal muy propia, con la cual asumió su enfermedad con lucidez, con honda comunión con Dios, buen ánimo, y, en algunos momentos, sentido del humor. En esta crisis expresó una gran categoría espiritual. A Taiti lo gocé de maestrillo en San Ignacio, esta etapa, aparte de una gran amistad, cerró su discernimiento sobre el sacerdocio, y, quizás también, su impulso misionero que le hizo ofrecerse para ir al Chad años después. En esta estancia africana se entregó de lleno con grande ánimo y liberalidad hasta el desgaste de su salud.

En sus destinos siguientes: Urcos, Huamanga, El Agustino, El Centro de Espiritualidad, desarrollo un trabajo pastoral comprometido, efectuado con exigencia y sentido de la responsabilidad, muy perspicaz para el acompañamiento personal, una de sus mejores fortalezas -a lo largo de su enfermedad he podido recoger testimonios de personas de todos los niveles, sobre todo populares, y laicos y laicas, religiosas y religiosos- y también una fecundidad apostólica muy anclada en el principio de realidad del País.

Precisamente en los últimos años ha llenado dos presencias que llevaba muy dentro: una su compromiso con la ONG Madre Coraje donde aportó criterios de manejo, discernimiento y capacidad de análisis; la otra su dedicación al Penal de Mujeres de Chorrillos dando a su pastoral carcelaria una nota muy humana. En todo ello y más expresaba su preocupación por el Perú que le llevaba a buenos análisis y manejos de información muy pertinentes y que le encantaban.

Todos sabemos que Taiti tenía un carácter fuerte y le gustaba polemizar, siempre tendía a ser defensor de los débiles y de las causas perdidas, de esta manera vivía a su estilo el estilo del evangelio. Creo que Taiti ha sido recibido por el Buen Dios pues se presenta con las manos llenas, lo puedo expresar porque he sido testigo del bien que ha hecho a tanta gente, muchas veces de manera silenciosa, expresando su ternura con la expresión "cholita, cholito"; han sido muchas las manifestaciones de agradecimiento y los testimonio de su buen hacer que hemos recibido con motivo de su enfermedad.

Personalmente le agradezco su amistad conmigo y con mi familia, y sobre todo, como mi asistente en el Centro de Espiritualidad, donde me descargó de trabajo y nos acompañó con su opinión, su servicio y su entrega total. Creo que todo lo manifestado expresa la personalidad de Taiti con palabras de la CG 35: "Siguiendo a Jesús, nos sentimos llamados a llevar ayuda directa a la gente que sufre, sino también a restaurar a las personas en su integridad, reincorporándolas a la comunidad y reconciliándolas con Dios" (CG 35: 2.13)

Taiti, ya estás integrado desde la paz con Dios.

Javier Uriarte SJ

Homilía: 4º Domingo de Adviento (C)


P. José R. Martínez Galdeano, S.J.*

Le mantendré eternamente mi favor y mi alianza con él será estable

(S. 89,29)

Lecturas: Miq 5,1-4; S 79,2-3.15-16.18-19; Hb 10,5-10; Lc 1,39-45


Las lecturas del Antiguo Testamento cuya lectura nos ha ofrecido la Iglesia durante este tiempo del Adviento son una selección. En los días entre semana se pueden encontrar otras preciosas, que es bueno que ustedes las conozcan.

La primera lectura de hoy está tomada del profeta Miqueas. Es contemporáneo de Isaías y de Oseas y profetiza a partir de la mitad del siglo 8º a. C. Reprende los pecados de idolatría, injusticia y depravación de su tiempo; pero asegura la promesa de la esperanza mesiánica y de un “resto” que se salvará. En la profecía que escuchamos se alude a Belén, la patria de David, pequeña aldea, como lugar del nacimiento del futuro Mesías, descendiente de David, prometido por el profeta Natán. El origen de este Dominador –hemos escuchado– es “desde antiguo”, “de tiempo inmemorial” es decir eterno. Hasta que llegue, Dios abandonará a su pueblo y espera hasta que “la madre (María) dé a luz y sus hermanos retornen” (por Jesucristo tras su muerte y resurrección). “Con la fuerza del Señor” él los pastoreará y allí será su pastor.

Esta profecía promete a un caserío pequeño, Belén, que será patria del que va a ser enviado para liberar y dar la paz. La predilección por los humildes es una constante en la providencia de Dios.
La carta a los Hebreos parece dirigida a comunidades de judíos convertidos al cristianismo. La religión cristiana estaba mal vista, era perseguida en sitios diversos, no podía tener templos, el culto se tenía en lugares no apropiados, con frecuencia en casas particulares. ¡Qué diferencia con la riqueza del templo de Jerusalén y el esplendor de su culto! El autor de la carta explica a sus lectores que el culto cristiano y su Sumo Sacerdote, Jesús, son más grandiosos. Hemos escuchado una perícopa (fragmento bíblico) que expresa lo esencial de toda ella: Aquellos sacrificios no santificaban ni santifican ni sirven para el perdón de los pecados. Es el sacrificio de Cristo el que nos santifica y nos alcanza el perdón. Y para esto Cristo fue enviado al mundo y se hizo hombre, “tomó la condición de esclavo, siendo Dios” –dice San Pablo (Flp 2,6-8)–. “Cuando Cristo entró en el mundo, dijo (al Padre): Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo (me has hecho hombre). No aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias (no valen). Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Para realizar la obra que el Padre le ha encomendado, librarnos de los pecados, el Verbo se humilló haciéndose hombre y aceptando la suerte de los esclavos, la muerte en la cruz.

Esta misma lección es la del evangelio. María entra en casa de Isabel llenándola de bendiciones. Lo hizo porque creyó y se humilló aceptando del todo la voluntad de Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”.

Como ya lo comentamos, Jesús viene, es enviado, llega a nosotros especialmente en estos días de Navidad. Viene, como en el caso de Isabel y Juan Bautista, por medio de María. ¿Cómo leen los hermanos protestantes el texto de la Biblia? “En cuanto Isabel oyó el saludo de María saltó la criatura en su vientre (Juan Bautista). Se llenó del Espíritu Santo y a voz en grito dijo: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”.

Fue llena Isabel del Espíritu Santo porque reconoció humildemente la dignidad de María muy por encima de la suya. María misma había sido llena de gracia porque con humildad aceptó siempre la voluntad del Señor: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
A la felicitación de Isabel, María respondería con aquel canto exultante himno de la humildad y de los humildes: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… porque ha mirado la humildad de su esclava… porque desbarató a los soberbios, que se creen más que nadie, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los largó vacíos, recordando siempre su misericordia por los siglos de los siglos” (Lc 1,46-55).

Nacerá el Hijo de Dios en un establo, se anunciará a los pastores los primeros, prófugo en Egipto y escondido en Nazaret de la que no ha salido nadie que signifique algo. Jesús estará al alcance de los humildes toda su vida porque es como ellos y así morirá. Con razón dirá: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

Recordémoslo: Es una constante. Desde el principio son los humildes los primeros a los que Jesús se anuncia. Por eso no debemos huir de las oportunidades que nos ofrece la vida para aceptarnos en el último lugar. Puede ser la deficiencia de una cualidad humana, un fracaso, aun la falta de una virtud o la muestra de un defecto moral. Puede ser el verse sometido a una prepotencia ajena, que no me es posible impedir sin faltar a la caridad. Felicítense entonces. Es muy importante el aceptar la propia realidad y situación humillante, esforzándose en no vivirla como una tragedia sino como una especie de gimnasia espiritual que desarrolla la conciencia tranquila de no ser considerado persona importante ni comparativamente de gran valor. Y son la familia y el trabajo los mejores gimnasios de humildad. Ahí por falta de humildad es donde surgen la mayor parte de conflictos, problemas y desavenencias que nos quitan la alegría y dificultan la caridad. Quien alcance ser humilde vivirá con gran paz del corazón; lo que reciba de Dios o de los hombres, lo tendrá como un favor; tendrá asegurada la alegría. Y Dios le llenará de sus gracias, porque “Él desprecia a los soberbios y a los humildes los llena de sus gracias” (St 4,6), “los últimos serán los primeros” (Lc 13,30) y al que se queda en el último lugar lo lleva al primero (Mc 9,35.).


*Director del Blog.

El Señor está cerca




AUDIENCIA GENERAL
DE SS JUAN PABLO II

Miércoles 20 de diciembre de 1978



1. Nuestro encuentro de hoy nos brinda ocasión para la cuarta y última meditación sobre el Adviento. El Señor está cerca, nos lo recuerda cada día la liturgia del Adviento. Esta cercanía del Señor la sentimos todos: tanto nosotros, sacerdotes, rezando cada día las maravillosas “Antífonas mayores” del Adviento, como todos los cristianos que tratan de preparar el corazón y la conciencia para su venida. Sé que en este período los confesionarios de las iglesias de mi patria, Polonia, están asediados (no menos que en Cuaresma). Pienso que ocurra también así en Italia y dondequiera que un profundo espíritu de fe hace sentir la necesidad de abrir el alma al Señor que está para venir. La alegría mayor de esta espera del Adviento es la que viven los niños. Recuerdo que precisamente ellos iban de prisa, muy contentos a las parroquias de mi patria para las Misas de la Aurora (llamadas “Rorate...” por la palabra con que se abre la liturgia: Rorate coeli, gotead, cielos, desde arriba, Is 45, 8). Ellos contaban día tras día los “peldaños” que todavía quedaban en la “escalera celeste” por la que Jesús bajaría a la tierra, para poderlo encontrar en la Noche Buena sobre el pesebre de Belén.


¡El Señor está cerca!

2. Hace ya una semana, hablábamos de este acercarse del Señor. Efectivamente, éste era el tercer tema de las reflexiones del miércoles, elegidas para el Adviento de este año. Hemos meditado sucesivamente, trasladándonos a los orígenes mismos de la humanidad, es decir, al libro del Génesis, las verdades fundamentales del Adviento. Dios que crea (Elohim) y en esta creación se revela simultáneamente a Sí mismo; el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, “refleja” a Dios en el mundo visible creado. Estos son los temas primeros y fundamentales de nuestras meditaciones durante el Adviento. Después, el tercer tema puede resumirse brevemente en la palabra: “gracia”. “Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Dios quiere que el hombre se haga partícipe de su verdad, de su amor, de su misterio, para que pueda participar en la vida del mismo Dios. “El árbol de la vida” simboliza esta realidad ya desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura. Pero en estas mismas páginas nos encontramos también con otro árbol: el libro del Génesis lo llama “el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gén 2, 17). Para que el hombre pueda comer el fruto del árbol de la vida, no debe tocar el fruto del árbol “de la ciencia del bien y del mal”. Esta expresión puede sonar a leyenda arcaica. Pero profundizando más en “la realidad del hombre”, como nos es dado entenderla en su historia terrena -tal como a cada uno nos habla de ella nuestra experiencia humana interior y nuestra conciencia moral-, nos damos cuenta mejor de que no podemos permanecer indiferentes, moviendo los hombros ante estas imágenes bíblicas primitivas. ¡Cuánta carga de verdad existencial contienen acerca del hombre! Verdad que cada uno de nosotros siente como propia.
Ovidio, el antiguo poeta romano, pagano, ¿acaso no ha dicho de manera explícita: “Video meliora proboque, deteriora sequor, Veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor” (Metamorfosis VII, 20)? Sus palabras no distan mucho de las que más tarde escribió San Pablo: “No sé lo que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (cf. Rom 7, 15). El hombre mismo, después del pecado original, está entre “el bien y el mal”.
“La realidad del hombre” —la más profunda “realidad del hombre”—, parece desenvolverse continuamente entre lo que desde el principio ha sido definido como el “árbol de la vida” y “el árbol de la ciencia del bien y del mal”. Por esto, en nuestras meditaciones sobre el Adviento, que miran a las leyes fundamentales, a las realidades esenciales, no se puede excluir otro tema: esto es, el que se expresa con la palabra: pecado.


3. Pecado. El catecismo nos dice, de manera sencilla y fácil de recordar, que es la transgresión del mandamiento de Dios. Indudablemente el pecado es la transgresión de un principio moral, violación de una “norma” —y sobre esto todos están de acuerdo, aún los que no quieren oír hablar de “los mandamientos de Dios”—. También ellos están concordes en admitir que las principales normas morales, los más elementales principios de conducta, sin los cuales no es posible la vida y la convivencia entre los hombres, son precisamente los que nosotros conocemos como “mandamientos de Dios”, (en particular, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo y el octavo). La vida del hombre, la convivencia entre los hombres, se desarrolla en una dimensión ética, y ésta es su característica esencial, y es también la dimensión esencial de la cultura humana.
Querría, sin embargo, que hoy nos centráramos sobre aquel “primer pecado” que —a pesar de cuanto se piensa comúnmente— está descrito con tanta precisión en el libro del Génesis, que demuestra toda la profundidad de la “realidad del hombre” encerrada en él. Este pecado “nace” al mismo tiempo “del exterior”, es decir, de la tentación, y “de dentro”. La tentación se expresa con las siguientes palabras del tentador: “Sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Gén 3, 5). El contenido de la tentación toca lo que el mismo Creador ha plasmado en el hombre -porque, de hecho, ha sido creado a “semejanza de Dios”, que quiere decir “igual que Dios”-. Toca también al anhelo de conocer qué hay en el hombre y el anhelo de dignidad. Sólo que lo uno y lo otro se falsifica de tal manera, que tanto el anhelo de conocer, como el de dignidad —es decir, la semejanza con Dios— en el hecho de la tentación son utilizados para contraponer al hombre con Dios. El tentador coloca al hombre contra Dios, sugiriéndole que Dios es su adversario, que intenta mantener al hombre en estado de “ignorancia”; que pretende “limitarlo” para subyugarlo. El tentador dice: “No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Según la antigua versión: “seréis como Dios”, Gén 3, 4-5).
Es preciso meditar, más de una vez, esta descripción “arcaica“. No sé si aún en la Sagrada Escritura se pueden encontrar otros muchos pasajes en los que se describa la realidad del pecado no sólo en su forma de origen, sino también en su esencia, esto es, donde se presente la realidad del pecado en dimensiones tan plenas y profundas, demostrando cómo el hombre haya utilizado contra Dios, precisamente lo que en él había de Dios, lo que debía servir para acercarlo a Dios.

4. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Para comprender mejor el Adviento. Adviento quiere decir: Dios que viene, porque quiere que “todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Viene porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con él ha establecido el orden de la gracia.
Pero viene “por causa del pecado”, viene “a pesar del pecado”, viene para quitar el pecado.
Por eso no nos extrañamos de que, en la noche de Navidad, no encuentre sitio en las casas de Belén y deba nacer en un establo (en la cueva que servía de refugio a los animales).
Pero lo más importante es el hecho de que Él viene.
El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia, es decir, la voluntad de Dios para salvar al hombre, es más poderosa que el pecado.


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Tomado de:



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El servicio de María






P. Adolfo Franco, S.J.



Comentario del Evangelio del 4º Domingo de Adviento


Lucas 1, 39-45



Estamos en el cuarto domingo de este hermoso tiempo del Adviento. Y la Liturgia nos trae para meditar el pasaje evangélico de la Visita de la Virgen María a su prima Santa Isabel. Y es que la Virgen es el mejor símbolo del Adviento: ella fue la que vivió el primer adviento, y se preparó de verdad al Nacimiento de su Hijo. Ella puede darnos un especial mensaje de Adviento.

El hecho lo conocemos bien: María, ya está empezando su maternidad, y recorre un largo camino para servir a su prima Isabel, una anciana que está encinta y que necesita que le ayuden. Alguien la necesita y María no duda, allí va a estar. Pero en todo esto hay más que una ayuda material, la ayuda que puede proporcionar una buena compañía, una buena enfermera. La ayuda va más allá.

Han empezado los tiempos del Mesías, y hay que realizar la primera obra, poner la primera piedra del edificio de la Salvación. Y es María la que tiene que realizar ese comienzo, portando a Jesús en su seno. El es finalmente el que va a obrar. Y María será su compañía. El mensaje va a empezar, todavía con preparativos, pero al fin lo prometido por Dios va a llegar a la plenitud.

Juan el Bautista, el Precursor (el prólogo de Jesús que es La Palabra), debe ser preparado, debe recibir ya el primer impulso del Espíritu. María, así, llega a casa de su prima y le envía el mensaje de saludo; ese mensaje de saludo lleva ya la fuerza inmensa de Jesús, de quien María es portadora; y por eso el saludo llena del Espíritu Santo a Santa Isabel y sobre todo al niño Juan, que salta de alegría en el seno de su madre. Alegría de Juan, que es santificado en ese momento, y que de alguna forma es ya preparado para comenzar a ser la Voz que clama en el desierto.

Este momento tan íntimo, tan familiar, y en que se encuentran estas dos primas privilegiadas por Dios, es un momento que tiene resonancias que van mucho más allá de las cuatro paredes de la casa donde esta escena tiene lugar. Se ha realizado ya el primer paso, del comienzo de la salvación. Ese Espíritu Santo, que ha actuado en María en el momento de la concepción de Jesús, se empieza a volcar en el mundo, y primero llena el corazón y la vida de Juan Bautista y de su madre Santa Isabel.

Este es uno de los frutos extraordinarios de la salvación que Jesús va a instaurar: el Espíritu Santo empieza a actuar en las personas ejecutoras del plan de Dios. El mismo Espíritu Santo que bajará sobre el Mesías en su bautismo, es el que santifica en esta escena a Juan el Bautista. Y que después se seguirá derramando en abundancia.

Pero además de todo esto, que es lo central de esta visita de María a su prima Isabel, hay que notar lo que ésta le dice a María: “Bienaventurada tú, la que has creído”. Es la primera que forma ese grupo privilegiado de los que Jesús llamará “los bienaventurados”, que son los portadores de salvación para el mundo. María, además de ser “la llena de gracia”, como le dice el ángel, es “LA que ha creído”, como le dice ahora Isabel. Solamente una persona llena de gracia y de fe, podría estar asociada de la manera que lo estuvo María a la obra de la Salvación.

¿Y cómo es la fe de María? A veces se entiende la fe de forma un tanto restringida, como la respuesta de nuestra mente a la enseñanza del Señor; pero la fe cristiana va más allá. María es “la que ha creído” porque ha dejado que Dios entre en su vida y la tome totalmente a su servicio. La fe es la entrega de una persona que le da a Dios todo lo que él es, para que el Señor disponga a su manera. María le da enteramente su vida a Dios, por eso es “la que ha creído” y le da su vida sin condiciones: aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. En eso consiste la fe de María, en la entrega total de su existencia a Dios, para que El la utilice en la realización de sus planes. Y para eso ha tenido que renunciar a sus puntos de vista, cuando dice “¿cómo será esto pues no conozco varón?’” María tenía sus propios planes; y ahora todo lo pone en manos de Dios, para que El haga y deshaga. Es la aceptación de que Dios tome su vida entera y se apodere. Esa es la fe de María, la de quien le permite a Dios la invasión total, sin límites y sin condiciones. Lo que Ella expresa cuando dice: “aquí está la esclava del Señor”. Por eso es la “BIENAVENTURADA, porque ha creído".



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Agradecemos al P. Adolfo Franco SJ por su colaboración


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¡Felicidades P. Marvin Quispe S.J.!







Compartimos la nota del P. Rómulo Franco, S.J.






La ordenación de Marvin Quispe Ochoa (Huanta 1974) el sábado 12 en la Iglesia de San Pedro en Lima, presidida por Mons. Pedro Barreto, fue una gran alegría para los jesuitas peruanos. Desde que fue ordenado diácono al terminar sus estudios de Teología en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Marvin realiza sus labores pastorales en el Colegio de la Inmaculada. Asistieron sus papás y hermanos, junto a numerosos sacerdotes, Hermanos y estudiantes jesuitas. El templo se fue llenando poco a poco de amigos y amigas de Marvin y de la Compañía, notándose una presencia significativa de alumnos y exalumnos suyos en el Colegio de la Inmaculada. Se sentía el aprecio y la admiración que Marvin ha hecho crecer en nosotros todos estos años. Al final de la ceremonia, Marvin leyó unas palabras, a modo de diálogo con sus padres y hermanos presentes en primera fina, recordando sus años en Huanta y Huamanga, que nos llegaron hondo al corazón:




GRACIAS
P. Marvin Quispe, S.J.

Te acuerdas querido hermano cuando fuimos niños y corríamos por la chacra entre los maizales y aquellos árboles que nos regalaban su sombra mientras reíamos y jugábamos. Era sábado y nos acompañaba el olor de aquella mañana que sabía a esperanza. Te acuerdas querida hermana cuando acompañábamos a nuestro padre en las labores de la chacra mientras nuestros piececitos sentían el frío del agua cuando en nuestra inocencia queríamos detener su avance en el riego. Era una mañana y estaban allí el agua, el olor a tierra mojada, el verde del sembrío joven y el canto de confianza que desbordaba nuestro corazón…

Se acuerdan queridos padres cuando salíamos de casa aquellas mañanas hacia la plaza de nuestra querida Huanta para escuchar misa y presentar a Dios nuestras vidas y sus trabajos como profesores. Por aquellas callecitas pequeñas el saludo de sus alumnos revelaba cercanía, respeto y cariño. Estábamos allí en aquella iglesia donde nos enseñaron a rezar, a pedir, a reconocer el amor de Dios en nuestras vidas pidiendo por sus alumnos que eran perseguidos en los años de violencia. Estábamos allí con miedo, con cierta angustia pero se podía oler y sentir aquella fe de nuestro pueblo… podíamos sentir la vida.

Se acuerdan aquella mañana cuando salimos rumbo a Huamanga dejando atrás muchas cosas. Tuvimos que salir temprano lo hicimos porque la violencia fue más fuerte que nuestros sueños y golpeó nuestra esperanza. Junto a las pocas cosas que llevamos iba con nosotros no solo miedo y angustia sino también la esperanza… era una mañana y nos despedían muy tristes aquel río, aquellos cerros, aquellas caminitos por donde nunca más volveríamos a caminar.

Hoy es sábado y estamos aquí, es sábado y es de mañana y no estamos solos. Estamos aquí y con nosotros el olor a vida, el verde de la joven siembra, nuestra fe labrada en un hogar ayacuchano, nuestros miedos y angustias. Estamos aquí querida familia, ustedes, mis compañeros jesuitas, amigos y compañeros de camino. Estamos aquí para agradecer, para reconocer que Dios ha estado grande con nosotros, para reconocer su presencia en nuestras vidas. Para sentir y gustar de su amor y misericordia.

Gracias por estar conmigo este tiempo. Gracias queridos padres por la vida que me dieron, gracias queridos hermanos por estar conmigo en todo este tiempo, gracias quiero dar a mis compañeros jesuitas por ayudarme a educar el corazón…no me alcanzará el tiempo para nombrar a todos. Gracias en especial a aquellos que me dieron la oportunidad de abrir mi corazón y ver cómo Dios va actuando en mi vida.



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Les envío tambien el link para que puedan ver la ceremonia en el video que ha filmado y editado el Hno. Víctor Atausupa SJ:
http://www.youtube.com/watch?v=8L-862r_QIU



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Agradecemos al P. Rómulo Franco S.J. por compartir esta nota.



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Adventistas del 7º Día - 1º Parte: Origen, historia y organización





Las Sectas en

Latinoamérica

14º Parte


P. Ignacio Garro, S.J.

Profesor del Seminario Arquidiocesano de Arequipa, ex profesor del Seminario de Trujillo.






Fundador Miller


1.- ORIGEN


Primero vamos a aclarar el término "Adventista". Viene del inglés "advent", que significa, llegada, venida, y ésta del latín: "advenire", que significa, lo que ha de venir, lo que vendrá al final. Adventista: el que espera la segunda venida de Cristo. Por eso el adventismo está muy ligado a lo que en la teología católica llamamos la "Escatología". "Escatología", es un nombre formado por dos palabras griegas: " ta esjata ", que significa: la cosas últimas. "Logos" = ciencia. Escatología = la ciencia que estudia las cosas que han de ocurrir al final de los tiempos. Son verdades relacionadas con el fin del mundo, la muerte del hombre, el juicio particular, el cielo, el infierno, el purgatorio, la resurrección de los muertos, la Segunda Venida de Cristo para juzgar a vivos y muertos. Ligado a la escatología va ligado el llamado "Milenarismo", éste es, en general, la teoría de aquéllos que creen en un reino temporal glorioso y triunfante de Cristo sobre la tierra, que durará mil años y será un reino que precederá a la Segunda venida triunfal de Cristo. Los milenaristas dicen que ocurrirán grandes acontecimientos antes del reino triunfal de Cristo y se realizará en las siguientes etapas:

1.- Aparecerá en el mundo el anticristo que engañando a muchos hombres, incluso a los buenos, parecerá triunfar por algún tiempo y causará una grandísima tribulación a la Iglesia de Dios.
2.- Al fin de este período, Cristo se mostrará triunfante sobre las nubes del cielo y resucitarán los electos que, transfigurados en otros seres, saldrán a recibir al Salvador.
3.- Cristo descenderá a la tierra y destruirá al anticristo.
4.- El Señor implantará en la tierra su reino de mil años, como verdadero rey de los justos, y atará a Satanás para que no pueda tentarlos.
5.- Sin embargo, al terminarse el período, el demonio volverá a una guerra sin cuartel contra Dios y sus santos.
6.- Pero sus intentos serán vanos ya que vendrá fuego del cielo y el maligno y sus huestes quedarán destruidos por el elemento devorador.
7.- A estos hechos seguirán la resurrección de los malvados de los sepulcros y el juicio final universal.
8.- Finalmente vendrá el establecimiento de los "cielos nuevos y la nueva tierra", y el comienzo del Reino eterno de Dios.

Con lo dicho queda también explicado lo que el "adventismo" es: "La creencia en la inminente segunda venida de Cristo, pero con la particularidad de que en ella ocupe el milenarismo su primer lugar".79




2.- HISTORIA


A lo largo de la historia son numerosos los grupos que han sentido muy próxima la Segunda Venida de Cristo a la tierra. Desde el grito de la primitiva Iglesia cristiana con la exclamación "Maranatha", es decir: "¡Ven! Señor, Jesús". A lo largo de la historia del cristianismo, ha habido siempre grupos marginales que han vivido esta expectativa escatológica muy vivamente. Y en algunos casos con especial y extraña urgencia. Estos grupos dieron fuerza a la corriente adventista que surge con especial fuerza a mediados del S. XIX en Estados Unidos.

Veamos algunas particularidades del adventismo norteamericano, que es donde se funda la secta de la iglesia del Séptimo Día. Los historiadores y teólogos se han preguntado a sí mismos la razón de ser de este milenarismo en la historia de la Iglesia. La razones podrían ser las siguientes:

1.- Las calamidades humanas, como guerras y sufrimientos continuos de los pueblos inducen a los hombres a pensar en el fin inminente del mundo.

2.- Más convincente es la razón de la reacción contra la teología liberal prevalente en muchas iglesias separadas protestantes. El deismo, el racionalismo y naturalismo habían hecho grandes destrozos en las principales iglesias protestantes de Estados Unidos. Una de las consecuencias de todo esto se notaba en el olvido casi total en su predicación de las verdades eternas que han de acaecer en la otra vida, o en la vida del más allá. Los teólogos protestantes se contentaban con buscar remedios humanos para aliviar los males de cada día en la sociedad. Por otro lado, la interpretación racionalista de estos teólogos protestantes del mensaje de Cristo acerca del más allá produjo una reacción extrema y contraria en el adventismo: un literalismo a ultranza en la interpretación de los textos sagrados absolutizando el tema acerca de la escatología, interpretada desde un punto de vista deformado y unilateral, a saber el milenarismo y la Segunda Venida de Cristo, colocándola como el tema principal del Evangelio, y motivo principal de su predicación y doctrina: el adventismo.

3.- El adventismo se distingue por una teología del dogma cristiano muy pobre, basada en la interpretación literalista, unido a un puritanismo de costumbres abrazado por sus seguidores para estar siempre bien dispuestos para la Segunda Venida. Esta ignorancia teológica de los fundadores de estas sectas les lleva a negar las verdades tradicionales admitidas por todas las iglesias, incluso las de la Reforma protestante, para sustituirlas por otras de su propia invención y sin fundamento teológico serio.

a.- El Fundador: William Miller (1782-1849) era un sencillo campesino de Pittsfield, Estado de Pensilvania, Estados Unidos, domiciliado en Low Hampton, Estado de Nueva York, que después de licenciarse en el ejército, volvió tranquilo al cultivo de sus tierras. A los 30 años tuvo una gran conversión religiosa, se dedicó de lleno al estudio de la Sagrada Biblia y tuvo especial interés en estudiar el Libro de Daniel y el Apocalipsis. Con la lectura de estos libros pensó que había descubierto la clave para descifrar las dificultades que otros expertos bíblicos no había conseguido hallar.

b.- Primer anuncio de la Segunda Venida del Señor: En concreto creyó haber descubierto el tiempo exacto en que Cristo iba a realizar su Segunda Venida, iba a ser el año 1843. No había duda sobre la veracidad de su hallazgo, y decía: "De aqui a 25 años, decía a sus oyentes en 1818, todas las cosas de este mundo tendrán su fin. Su soberbia, su poder, su pompa y vanidad, su malicia y opresión se reducirán a la nada, estableciendo en todas las partes de la tierra, el ansiado reino del Mesías". 80

A partir de 1831, W. Miller se convenció de que tenía que hacer partícipe de sus ideas a todos los hombres y comenzó a predicar los sermones de "La Segunda Venida del Señor". El éxito inicial fue extraordinario. Comenzó a publicar una revista llamada "Señales de los Tiempos", que tuvo un gran éxito. Todo esto le dió una enorme popularidad y su obra se expandió rápidamente por grandes ciudades como Boston y Nueva York. Paralelamente iba creciendo la expectativa acerca de la fecha prefijada: la Segunda Venida del Señor iba a ser el día 21 de marzo de 1843. Las multitudes fervorosas acompañaron al profeta a la afueras de la ciudad. Pero... el Señor no vino. La desilusión de W. Miller y su seguidores fue terrible. Unos rompieron inmediatamete con la organización adventista. Otros se retiraron con la decepción y desolación en el alma. Sin embargo, era necesario evitar un fracaso total, y los seguidores "incondicionales" persuadieron a W. Miller sobre le conveniencia de confesar que "había habido un error de cálculo" y seguir firmes en la fe de que la Segunda Venida era inminente. W. Miller se convenció y declaró: "Confieso, mi equivocación y mi desengaño. Sin embargo, sigo creyendo que el día del Señor está cerca. Os exhorto, pues, hermanos a continuar vigilantes y a no permitir que su venida os coja desprevenidos". 81


c.- Segunda predicción de la Venida del Señor: Aquella sinceridad de W. Miller expresada en su escrito conmovió y atrajo a muchos de sus seguidores que le habían abandonado. Hizo un gran esfuerzo en el estudio de la Escrituras, revisó los cálculos primeros y al fín determinó "el día" para antes del otoño de 1844 y Miller escribía a su amigo Himes que "esperaba de un día a otro ver a su Salvador descender del cielo". Acontecimiento para el cual "se había lavado los vestidos en la sangre del Cordero".

En los meses de verano de aquel año de 1844, la gente parecia nuevamente esperanzada. "La preparación de la Segunda Venida del Señor se hizo con todo esmero. Los adventistas publicaron la última edición de sus revistas respartiéndolas gratuitamente entre sus adeptos. Los campesinos dejaron de sembrar sus campos, los comerciantes arreglaron sus cuentas, despidieron a sus empleados y repartieron sus bienes, disponiéndose así a escuchar "el grito de media noche" con la voz: "¡Mirad que se acerca el Esposo; salgamos a recibirle con fervor!".82

Pero... también, aquel 22 de octubre de 1844 transcurrió sin ninguna novedad. Ante este segundo fracaso los pobres seguidores no supieron qué hacer. Su situación era precaria y caótica. Religiosamente aquella aventura había costado a muchos seguidores la expulsión de sus sectas, a las que anteriormente pertenecían. Bajo el punto de vista económico lo habían perdido todo. Miller fracasó estrepitosamente por segunda vez, mantuvo una actitud aparentemente equívoca, confesando su error por segunda vez, pero simultáneamente quería confortar a sus seguidores con nuevas promesas. Miller se enfrentó a la dificultad principal, y por ahora insalvable, de poder afirmar con exactitud la venida real de Cristo al mundo. Esta dificultad seguirá hasta el fin de los tiempos porque como dice el mismo Jesús en, Mt 24, 36:


"Mas de aquel día y hora (se refiere al día y hora de su segunda venida) nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre".


d.- Elena White, la restauradora: La restauradora del movimiento adventista es la joven Ellen Gould Harmon, 1827-1915. En 1846 se casó con el pastor adventista J. White, y de su marido tomó el apellido que le hizo famosa. Entre ambos organizaron el disperso y confuso grupo adventista. Siguiendo siempre las indicaciones de sus "visiones reveladas" o por las inspiraciones de las Sagradas Escrituras, editaron revistas, folletos de propaganda y pusieron en marcha un grupo de predicadores. Funda la revista "The Advent Review and Sabbath Herald", (1846) y organiza en 1860 la Iglesia Adventista, que desde 1863 se constituye en la "Iglesia Adventista del Séptimo Día". Escribió libros de piedad y de teología adventista como: "El conflicto de los siglos". "La gran controversia". "Historia de los Apóstoles", etc. A los predicadores los enviaron de modo que ellos mismos subvinieran a sus necesidades materiales; más adelante los enviaban sólo a aquellos sitios dispuestos a pagar su predicación; y por último decidieron que todos sus seguidores debían pagar el diezmo que manda la Biblia. Así, la organización crecía y una de las particularidades que tenía fue la observancia del día sábado en lugar del día domingo cristiano. Según una de sus revelaciones que tuvo, dice, que la práctica del domingo la había introducido el anticristo, que era el papado de Roma. En 1881 murió su esposo el pastor J. White, la viuda sólo vivió, en adelante para la obra adventista, que ya para aquél entonces se había extendido mucho. Escribió un libro "El deseado de las gentes". Trabajó tres años en Europa en favor de su obra, y después nueve años en Australia. Para entonces la iglesia adventista tenía ya sus propias editoriales de libros, escuelas, hospitales, centros de entrenamiento misionero, etc. Los libros de la fundadora debieron dar mucho dinero pues se tradujeron a varios idiomas y las tiradas de ejemplares eran muy considerables. Durante años los adventistas leyeron con más ahínco los libros de la señora White que la Biblia. Según decía ella, sus libros "era una luz menor que conducen a la luz mayor".

Para comprender la Bibla, había que leer primero a la señora White, pero esto era realmente muy peligroso. Los adventistas posteriores a ella así lo comprendieron y dijeron que los escritos de la señora White estaban sometidos a la Biblia y que nunca habían considerado los escritos de su fundadora por encima de la Biblia. Elena White murió a la edad de 95 años en Santa Elena, en 1915, en el Estado de California.


3.- ORGANIZACIÓN


Dentro del marco de las sectas protestantes, el adventismo, ocupa un lugar especial. Por una parte, rechaza totalmente la idea del Episcopado como sucesión legítima de los Apóstoles, y de esta manera se asemeja a la concepción congregacionista y presbiteriana de la autoridad. Los cargos apostólicos de sus ministros se reducen a gobernar la grey que les corresponde, darles buen ejemplo y conseguir que cumplan con sus deberes, dando gran importancia a la guarda del sábado y el pago a la secta del diezmo. Por otra parte, la concatenación de organismos inferiores entre sí y, sobre todo, la estrecha dependencia de estos de una autoridad central, dan a toda la secta una rigidez que no es común entre las iglesias de la Reforma protestante. El orden de Jerarquía es el siguiente:

a.- Conferencia, o Asamblea. General: Constituye el organismo dirigente y supremo del adventismo. Su autoridad se extiende a todas las filiales. Consta de un Presidente y una Junta Directiva elegida cada cuatro años. De aquí dimanan las consignas que serán seguidas sin réplica hasta los más apartados territorios.

b.- Divisiones: con este nombre se designa entre los adventistas aquellas porciones en las que han dividido el mundo con miras a su administración. Lo dividen en doce porciones: Norteamérica, Australia, Europa Central, China, Extremo Oriente, Interamérica, Europa del Norte, Sudamérica, Sudáfrica, Sudoeste Asiático, Europa del Sur y Territorios desligados.

c.- Uniones: con esta denominación se agrupan una o varias naciones según la importancia que les den.

d.- Misiones separadas: Países donde sólo han comenzado su primeras actividades apostólicas y está en fase de formación.


Las iglesias locales de un país o de una región constituyen diversas conferencias, allí donde al adventismo está en período de crecimiento inicial, el nombre se cambia por el de "misión". Las asambleas locales se llaman "iglesias". La junta de la iglesia local comprende al pastor, a los ancianos, o diáconos, al tesorero, al maestro de la escuela sabática, al instructor de misioneros voluntarios y a dos miembros de la iglesia, elegidos en su conferencia anual.

Se ha dicho con frecuencia que las iglesias adventistas tienen el régimen sectario más eficiente de todo el protestantismo. Este hecho no se debe a la presencia de pastores de alta calidad intelectual o pastoral; pero sí están persuadidos por la trascendencia del mensaje que predican. Por otra parte, la masa de gente más sencilla con la que trabajan es más maleable al mensaje evangélico simplificado que ellos presentan. Los adventistas forman grupos muy compactos de creyentes, que están muy unidos por estrechos vínculos de solidaridad. Entre los adventistas se oye hablar muy poco de democracia y de régimen de libertad dentro de la secta. Al aspirante a adventista le advierten de sus obligaciones a que se ha de someter antes de aceptar como adepto, a saber: asistencia al culto los días sábados, asistencia a las escuelas sabáticas, no beber nada de licor, no asistir a espectáculos mundanos, pago del diezmo, etc. Las autoridades velan para que todo esto se cumpla y que las consignas se cumplan con gran fidelidad. En materias de doctrina y de dogmas se tienen que tener a lo que se les ha enseñado sin aceptar ninguna otra doctrina por buena y correcta que sea. A los culpables de alguna falta seria se les castiga duramente con sanciones diversas. 83


Referencias:


79 P. Damboriena, Op. Cit. Pag. 810.
80 "Le mouvement Adventiste" Gerber, Edit. Danmarie, le Lys. 1950. Pag. 53.
81 "Christian Desviations" de Davies. Pag. 54.
82 "The Small Sects in America" . R. Clark, Pags: 36-37.
83 P. Damboriena, SJ. Op. Cit. Pags: 826 - 827.



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Continuará


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Agradecemos al P. Ignacio Garro SJ por su colaboración.


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