Homilía: Solemnidad de Santa Rosa de Lima


Rosa de Lima, Guía de Santidad

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Eco 3,16-24; S. 15; Flp 3,8-14; Mt 13,31-35




Los santos son las personas que han realizado el ideal del Evangelio en los tiempos y en las circunstancias que les tocó vivir. Las razones que han movido a la Iglesia a venerarlos –lo cual ha hecho desde sus comienzos– han sido éstas: una es presentarnos personas, hombres y mujeres como nosotros, que han vivido en esta tierra, que no han sido ángeles ni han tenido cualidades y posibilidades casi sobrehumanas, sino personas cualesquiera, que han ocupado en el mundo y en la Iglesia los puestos más diversos, altos y bajos, sabios e ignorantes, fuertes y enfermizos, de mucha y poca cultura, niños, jóvenes y viejos, entre los cuales podemos encontrar personas como nosotros y aun inferiores en dotes y humanas, que han alcanzado la santidad, es decir las más altas cotas de virtudes y de parecido con Jesucristo. Hablando con rigor teológico, a los santos la Iglesia los canoniza –y esto es lo que significa la palabra “canonizar” – haciéndoles norma y regla de aplicación del Evangelio en el mundo que vivieron. Son ejemplo y estímulo para todos nosotros: Si ellos llegaron, también nosotros lo podemos.

En segundo lugar la Iglesia nos los propone también como intercesores. Estando ya en la presencia del Señor, a los que fueron sus “buenos” servidores Dios los escucha con especial complacencia y tiene a gala mostrar el mérito, que tuvieron en su vida mortal, otorgando gracias y favores a los fieles que piden su mediación. Pienso que esta razón tiene menos importancia que la anterior, pero está en unión con ella. Al concedernos hasta milagros por medio de los santos, Dios muestra que realizaron el ideal del Evangelio, nos anima a ello y demuestra a todo el que quiera honestamente mirar los hechos que Él ha estado y está presente en el mundo de una manera particularmente activa por medio de los santos.

Voy a seguir los textos de la lectura de la liturgia de la misa para aplicarlos de alguna manera al itinerario de Santa Rosa y nos estimulen a nosotros a mantener y aun forzar nuestra marcha hacia santidad. En el caso de Santa Rosa tuvo comienzo muy temprano. Se verificó palpablemente en ella la predilección de Jesús por los niños. A los cinco años de edad, hace el voto de virginidad perpetua, entregándose a Jesús libre, consciente y responsablemente. Ya a esa edad tuvo la inmensa gracia del encuentro vivo con Jesús. “El Señor es el lote de mi heredad. Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. Padres y madres, educadores de los pequeños, tengan en cuenta el caso de Santa Rosa. Son muchos los niños, hijos de familias cristianas que son objeto de gracias importantes; porque los niños son los predilectos del Señor. De modo análogo al caso de la Virgen María que fue liberada del pecado ya en su concepción y además fue entonces llena de la gracia de Dios, también vuestros hijos en el bautismo no sólo han sido liberados del pecado, sino que además han recibido la vida de Jesús resucitado –es decir la gracia santificante– y tal vez la sigan recibiendo luego con abundancia. Es un error que los padres cristianos retrasen la formación en la piedad y en la fe hasta los ocho o diez años. Deben estar atentos a lo que ocurre en sus hijos en el orden de la fe.

El camino de la santidad no puede ser otro que el camino de la cruz. Por no comprenderlo son pocos los que la alcanzan. Simplemente se entretienen con rezos, obras piadosas y ayudas caritativas; pero no hacen de la cruz su profesión; y sin la cruz no hay santidad. Si en algo hay que imitar a Cristo, hay que hacerlo lo primero en la cruz. Santa Rosa lo comprendió perfectamente. Era físicamente hermosa, pero incluso llegó a afearse el rostro en una ocasión en que lo oyó y las mortificaciones para incurrir en soberbia fueron a veces crueles; como cuando su mamá le colocó como adorno una especie de corona, cuyas púas se apretó tanto en la cabeza para que le dolieran que luego no se pudieron quitar sino con gran dolor.

Se propuso seguir como modelo a Santa Catalina de Siena; los ejemplos de los santos son muy buenos para la santidad. Pero sobre todo el Espíritu le fue enseñando el camino. Así comprendió pronto la necesidad de la humildad. Y se dio cuenta de que la obediencia es el primer ejercicio de la humildad: obediencia a sus padres y obediencia a la Iglesia, representada en sus confesores.

“Cuanto más grande seas –hemos escuchado en la lectura del Eclesiástico– más debes humillarte y ante Dios hallarás gracia. Pues grande es el poderío del Señor y por los humildes es glorificado. Más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya. Que a muchos descaminó su presunción; una falsa ilusión extravió sus pensamientos”.

Y como “el Señor a los humildes da su gracia”, Santa Rosa fue agraciada con una oración extraordinaria y grandes favores divinos. La oración y el ejercicio de la caridad son lugares comunes en todos los santos. La oración es el encuentro íntimo con Jesús, es la experiencia de su amor, es el alimento de la caridad. En la oración se experimenta el amor de Dios y se le responde con amor. En la oración la fe se ejercita y aguza para ver en el prójimo a Dios. En la oración se cambian los valores y se apropian los de Dios. Gracias a la oración se puede llegar a realizar, como en Santa Rosa, lo escuchado en la carta a los Filipenses: “Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía –la de la ley– sino con la que viene de la fe”.

Rosa vivió la mayor parte de su tiempo encerrada en su casa. Sin embargo el testimonio de su virtud se conoció por toda Lima. A su muerte los fieles acudieron en masa a venerarla. Dios hizo realidad en ella –y lo sigue haciendo –las parábolas de la mostaza y la levadura y cumple la palabra de Jesús: “Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo”.

Pidamos a Santa Rosa lo que creamos necesitar para servir mejor a Dios y sobre todo la generosidad para seguir sus pasos y adquirir las virtudes que necesitamos en nuestro esfuerzo por la santidad.


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La pureza es un asunto del corazón



P. Adolfo Franco SJ

Comentario del Evangelio del Domingo XXII del Tiempo Ordinario.
Marcos 7, 1-8.14-15.21-23


El Señor destaca la autenticidad: no quedarse en lo exterior, sino ir a lo esencial; y esto especialmente en nuestra relación con Dios.


Jesucristo tiene que enfrentar durante su vida a algunos grupos religiosos de su propio pueblo, porque de una u otra forma deformaban las enseñanzas que Dios había dado a su pueblo por medio de Moisés; y especialmente tuvo que luchar con el grupo de los fariseos. Estos eran los judíos observantes y piadosos, que eran considerados como el modelo del buen judío, eran los observantes fervorosos. Y así terminaban sintiéndose ellos; por eso se creían con derecho a juzgar a los demás, se consideraban superiores a los demás, tenían la pretensión de ser los “maestros” de sus hermanos. Estaban llenos de soberbia y orgullo.

Jesucristo, al predicar, tuvo que poner al descubierto muchas de las actitudes de los fariseos, y mostrar a todos su falta de consecuencia, el tremendo vacío que había en su vida y en sus enseñanzas. Los fariseos a fuerza de insistir en la materialidad objetiva de las normas, habían terminando por hacer una religión exterior, puramente legal, una religión convertida en reglamento, en la que lo que importaba era cumplir escrupulosamente los detalles formales, aunque descuidasen la misericordia y la entrega total del corazón a Dios.

En esta ocasión el enfrentamiento surge porque los fariseos están criticando a los discípulos de Jesús, porque ellos no se lavan las manos con la meticulosidad y prolijidad con que los fariseos determinaban. La pureza que es necesaria tener ante Dios, el Santo, había derivado en una normativa detallista de lavado de manos y pies, de pureza de los vestidos, de purificación continua y extrema de vasos y copas. Los fariseos estimaban que así se agradaba a Dios, cumpliendo esa tradición, que venía de sus antepasados. Para ellos lo importante es que el vestido estuviese limpio, aunque el corazón estuviese sucio.

Jesucristo sale a defender a sus discípulos, y además a hacer aclaraciones sobre el auténtico culto a Dios; y a ellos, conocedores de las Escrituras, les cita las palabras del profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is. 29, 13). Y después de esto hace una explicación de lo que es pureza, de lo que mancha y de lo que no mancha. No está la pureza, en esos lavatorios; la pureza es un asunto del corazón, lo que hace puro o impuro a un hombre no son los alimentos, ni los utensilios, sino lo que hay en el corazón.

Toda esta enseñanza tiene también mucho que decirnos a nosotros. A ver si nuestra religión va a fondo, y no se queda en las prácticas más o menos rutinarias, con las que consideramos que ya hemos cumplido con Dios. Y lo primero que debemos destacar es que esa casta de los “buenos”, los fariseos, la casta de los que se consideran santos, y que por eso piensan que tienen derecho a juzgar a sus hermanos, todavía existe. También entre nosotros hay cristianos cumplidores hasta el máximo de todos los detalles reales o imaginarios (de ceremonias, de genuflexiones, de manteles de altar, de velas), gente que asiste a todas la procesiones y que están todo el santo día gastando rosarios. Y como cumplen tan bien todo eso, se consideran con derecho a juzgar a sus hermanos. Ellos se consideran a sí mismos los únicos fieles, los demás son considerados impuros, malos cristianos.

Y ciertamente una santidad que lleva al sujeto a ser un juez de sus hermanos, no es tal, no está de acuerdo a las enseñanzas más esenciales del Evangelio. La santidad nunca ha llevado a los auténticos santos a considerarse superiores a los demás, sino que se consideraban a sí mismos los más pequeños de todos.

Por otra parte, a veces la prolijidad para cumplir detalles o tradiciones, y otros de tipo exterior de tradiciones religiosas, puede llevarnos a descuidar otros asuntos fundamentales, como dice el Señor: la entrega de nuestra vida. El cumplimiento de los detalles no debe hacernos olvidar lo esencial de la entrega de nuestro corazón a Dios. Podríamos imaginar, quizá exagerando un poco, al sacerdote, que al celebrar la misa, se esté fijando en si los candelabros están bien puestos, en si hace la pausa, tal como dicen las rúbricas, y, distraído en esto, terminase por olvidar que está haciendo presente en el altar el mismo Sacrificio de Jesús, y que está en su presencia real. Podríamos pensar en las personas que cuidan mucho de que el templo a donde asisten esté impecable y reluciente, mientras que ellas mismas están manchadas de maledicencia, de mediocridad y de egoísmo.

El poner tanto énfasis en lo exterior, nos quita fuerzas para darle a Dios lo que El quiere, que es nuestra alma, nuestros sentimientos más íntimos, nuestro corazón.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su generosa colaboración y aprovechamos para felicitarlo por la publicación de su nuevo libro "LA LLAMADA DE DIOS", ver artículo.

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"La llamada de Dios" 2º Edición del libro del P. Adolfo Franco, S.J.


Anunciamos la publicación de la 2º Edición del libro y a su vez manifestar nuestras felicitaciones al P. Adolfo Franco, S.J. por este logro, definitivamente, una segunda edición nos habla de la preferencia de los lectores a este libro. El libro "La llamada de Dios" es una publicación del Centro de Espiritualidad Ignaciana.

Precio de la 2º Edición: S/. 20,00

Lugares de Venta:

Centro de Espiritualidad Ignaciana. Fulgencio Valdez 780, Breña.
Teléfono 433-7337

Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Jr. Cayetano Heredia 815, Jesús María.
Teléfono 463-9079

Librerías Salesianas. Av. Brasil 220, Breña.
Teléfono 423-5225

Librerías Parroquiales: San Pedro, Lima Cercado y Nuestra Señora de Fátima, Miraflores.

Imagen superior: Portada de la 2º Edición.


A continuación la publicación con motivo de la 1º Edición:

Queremos manifestar nuestras sinceras felicitaciones al P. Adolfo Franco, S.J. por su nuevo libro.

El P. Adolfo colabora con el blog con sus reflexiones sobre el Evangelio de los domingos, los podremos encontrar en la Etiqueta "Reflexión".

A continuación transcribimos la Presentación del libro escrita por el P. Javier Uriarte, S.J. que nos permitirá tener una visión global de lo que el P. Adolfo nos trata de compartir en este trabajo y que deseamos lo podamos leer para provecho de nuestra vida espiritual.



Presentación

P. Javier Uriarte, S.J.



Los libros de espiritualidad son variables según las culturas y, según las épocas, pero de una manera u otra se trata de aspirar la vida para inspirar la vida.

Este libro que presentamos no es sólo un libro más sobre la oración, pues si la oración pretende la comunicación con Dios este libro habla mucho más de la comunión con Dios. Como ya expresa en sus primeras líneas se trata de vivir el cauce del espíritu para llegar a la inmensidad de Dios. Esta integración la realiza Adolfo Franco poniendo en diálogo las metáforas más conocidas del Evangelio: la casa, el templo, el tesoro, las redes, la barca… con los temas que hablan de la hondura de nuestras existencias: amor, felicidad, alegría, presencia, asombro, claridad, libertad, dignidad.

En este contrapunto se va tejiendo un entramado que nos va arropando en una calidad y calidez de vida. Es verdad que los temas más existenciales a veces aparecen en los estantes de libros de autoayuda que encontramos en los supermercados y en las librerías, intentan tratar temas existenciales para nuestra vida cotidiana, entrecruzan metáforas con temas existenciales. Pero hay una profunda diferencia con los libros de espiritualidad: los libros de autoayuda, como algunas facetas de la postmodernidad, están marcados con una intención consciente o inconscientemente más de egocentrismo; los libros de honda espiritualidad como éste nos llevan a una invitación y a un contenido orientados hacia el excentricismo, no es tanto “sentirnos bien” sino crecer en comunión con el Otro y con los otros, es en el encuentro de la comunión creciente donde nos encontramos con nosotros mismos. Este libro: LA LLAMADA DE DIOS nos habla de una dimensión de relacionalidad.

En el mundo actual como nos presenta el documento de la Conferencia Episcopal de Aparecida, descubrimos una ansia de sentido, una búsqueda de respuestas que no es fácil de internalizar. La mayoría de medios de información y el Internet nos presentan nuevas imágenes, mucha información en tiempo real, en vivo y en directo en que lejos de llenar el vacío de nuestra conciencia y la inquietud de nuestras búsquedas nos distrae, y la tendencia es alimentar esas búsquedas con más información. Esta búsqueda de sentido no se refiere a los múltiples sentidos parciales que cada uno pueda encontrar en las acciones cotidianas que realiza sino en el sentido que da unidad a todo lo que existe. De una manera magistral y tremendamente inspiradora encontramos en este libro una opción de sentido iluminada por la experiencia espiritual de la consolación.

El libro que Adolfo Franco nos ofrece a partir de su espiritualidad personal, forjada en los altos cargos de responsabilidad que ha tenido en la Compañía, además de una dimensión de sentido, nos invita a respirar hondo a través de una dimensión de profundidad, pasar de un mundo de sensaciones al sentir y gustar internamente de Ignacio. Ante un mundo que vive de novedades y superficialidades, donde el éxito y el cuidar la imagen se convierten en objetos de culto, esta dimensión de profundidad no nos da tanto respuestas, sino sencillamente otra manera de mirar. Llegar a una integración entre nuestra mirada interior y nuestra mirada exterior que en el fondo, en lo más profundo de nosotros mismos, nos vayamos apropiándonos de la mirada de Dios.

Espero que disfruten con las resonancias que puede producir este libro tan hondo y a la vez con un horizonte tan amplio.
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Invitamos a visitar los artículos del P. Adolfo Franco, S.J. en la etiqueta REFLEXIONES de nuestro blog.



También invitamos a visitar la Página Web del Centro de Espiritualidad Ignaciana para poder informarnos de otros libros y publicaciones que realizan periódicamente:
http://www.espiritualidadignaciana.pe/


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El trabajo en el matrimonio


2º Parte - Problemas en la pareja: El trabajo

P. Vicente Gallo, S.J.


Otro problema y fuente de conflictos que en la vida matrimonial se pueden dar hoy día con facilidad es el tema del trabajo: del uno, del otro, o de los dos. Quizás porque se tiene, sí, pero se considera un trabajo poco digno, pensando que uno estaba preparado para más; aunque se busque, no hay otro. Será, acaso, porque quien tiene ese trabajo no se esfuerza mucho por buscarse otro mejor, porque es un conformista, o piensa que con su mal carácter nadie le va a dar nada y puede estar contento con lo que tiene. Sea por lo que fuere, puede ocurrir que escuche el reproche: «mira a fulano, que es más vivo y ha encontrado un trabajo mejor». Sin querer herir, sino decir la cosa como es, ha causado en el otro una herida añadida a su complejo.

Podrá ser el caso de que uno ha tenido un incidente desagradable en su lugar de trabajo, y teme con razón que le puedan despedir. Sencillamente porque van a hacer una reducción de personal, y teme que le toque a él. Pero ¿Se atreverá a decírselo a su pareja? ¿Cómo será la reacción de su pareja al saberlo? ¿Qué trabajo podría encontrar después? Mientras tanto, esa persona tiene obvios sentimientos de temor, de tristeza, de frustración.

La situación podrá ser que, por lo que fuere, uno se quedó sin trabajo. Y con ello, los problemas subsiguientes de que, al faltar el trabajo, faltará el sueldo y los ingresos económicos en la casa; generándose la penuria, y las angustias de no poder cubrir los gastos de los hijos en el Colegio, ni pagar deudas contraídas, ni alcanzar acaso para comer cada día. Pero no serán solamente los problemas económicos que se crean al faltar el trabajo; será también el aburrimiento y el mal humor de quien no tiene en qué ocupar los días, el sentirse relegado a ser ocioso y a no poder ser útil en una edad todavía con fuerzas para rendir, con la humillación de considerarse «un mantenido» mientras con su trabajo debería mantener él a la familia.

Todo ello aun en el caso de que la pérdida del trabajo no haya sido por una injusticia que le hicieron, y que su pareja, igual que los hijos y los demás familiares, no le comprendan en su situación penosa, echándole en cara «su ociosidad» o que es «un inútil». Peor todavía si, buscando afanosamente un nuevo trabajo, no lo encuentra, y le reprochan que no lo busca debidamente para encontrarlo como lo encuentran otros.

Estoy hablando refiriéndome al esposo; pero puede aplicarse igualmente a la mujer. Los sentimientos negativos, atentatorios contra la relación de pareja, abundarán en los dos cuando llega este problema. Encarase uno al otro y ofenderse en una pelea, es casi inevitable; con el consiguiente poner más veneno en la relación, hasta llegar a las ofensas, a las heridas mutuas, y hacer imposible la convivencia. Decidir conversar sobre el por qué sucedió todo eso, sobre lo angustioso de la situación, y sobre la dificultad real de encontrar un nuevo trabajo donde no lo hay, como frecuentemente se hace, podrá servir en el mejor de los casos para aceptar los problemas, pero no para vivir en solidaridad e intimidad haciéndoles frente ambos a la par.

Una vez más, concluimos que solamente vale dialogar sobre aquellos sentimientos que embargan al uno y al otro, abriendo cada uno su corazón para acogerse de veras y vivir más unidos cuando más lo necesitan, al venir la adversidad. Para siquiera tenerse mucho amor y gozar la intimidad, la verdadera unidad en su vida de pareja. Aunque los problemas acaso no se arreglen, el amor de pareja en peligro sí se arregla con ese diálogo. Vale mucho aprender esta manera de arreglar los problemas con el amor y nunca con las heridas y el enfrentamiento.

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Agradecemos al P. Vicente por todos sus aportes a este blog. El P. Vicente reside en la Parroquia San Pedro de Lima.

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¿Quiénes somos?


¿De dónde venimos? ¿Para qué hemos sido creados? ¿Y a dónde nos dirigimos?


P. Antonio González Callizo, S.J.


“Las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena, de una vida libre, una vida digna del hombre”
Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes


Nuestra vida cobra sentido cuando sabemos:

¿De dónde venimos?
¿Qué somos?
¿Para qué estamos en este mundo?
¿Y a dónde nos dirigimos?
Nuestra fe nos enseña que Dios es amor, que nos crea por amor, y que nos crea para el amor; amar a Dios y al prójimo es la suprema vocación de todo ser humano.

Amar es querer el bien de la persona amada, de la persona amada por sí misma, querer el bien de la persona amada, es querer su mismo ser, querer su bien es querer que la otra persona viva en la plenitud de su ser.

Por eso, el más puro acto de amor que podemos concebir es el acto creativo de Dios, que hace que cada uno de nosotros sea, -exista-. El Papa Juan Pablo II, en la instrucción sobre la familia, la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio”, nos dice: “Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza, llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor”. “Dios es amor, y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándolo a su imagen y conservándolo continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y, consiguientemente, la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano”.

“En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por el espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca “también el cuerpo humano, y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual”.

“La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de su ser, “ser imagen de Dios”.

Decía que estamos en el mundo para amar, amar a Dios; y amar a Dios es: hacer su voluntad. Amar a Dios como Dios sobre todas las cosas, amar a los demás como imagen y semejanza de Dios, amar a las cosas como reflejo del amor y perfecciones divinas y, lo que la gente muchas veces olvida, amarme a mí mismo como Dios me ama, con el amor ordenado con que Dios me ama. Y como somos cristianos: amar como Cristo amó, amar con un corazón casto, con un corazón pobre, es decir libre de la esclavitud de los bienes, y con un corazón obediente.

Nos dice la Biblia: “Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios”. Encontramos dos versiones de la creación del ser humano en el libro del Génesis, que voy a resumir. En el capítulo primero del Génesis Dios dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” y “creó Dios al hombre a imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó”. Le mandó dominar la tierra someterla y se la entregó diciendo: “creced y multiplicaos, llenad la tierra”. Al final, el autor sagrado nos dice: “¡y vio Dios que era muy bueno!”. En el capítulo segundo del Génesis, nos dice: “no está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle alguien como él, que lo ayude”. Y Dios modela las bestias, las aves, las presenta al hombre para que les ponga nombre, y Adán puso nombre, como acto de señorío sobre todos los seres, pero no encontraba a ninguno cono él que le ayudase.

Dios indujo un letargo en el hombre y el hombre se durmió, y Dios le sacó una costilla, (la palabra costilla significa “vida” en la lengua de los sumerios) y le cerro el sitio con carne. El Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer; y se la presentó al hombre, el hombre dijo: “esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”; confesaba Adán que la mujer no era inferior a él, confesaba Adán la igualdad, dentro de la diversidad, entre hombre y mujer.

Y añade el autor sagrado: “Su nombre será mujer (hembra), porque ha salido del hombre. Por eso, un hombre abandona a su padre, a su madre y se junta a su mujer y se hace una sola carne”.

Veamos ahora en qué somos imagen y semejanza de Dios

Somos imagen y semejanza de Dios, porque somos personas. Y somos personas: porque somos seres racionales; seres sociales, hechos para vivir, con otros y para otros; seres llamados a la fecundidad y al dominio de la creación, como señores vasallos (sometidos al único Señor); seres capaces de libertad de autodeterminación, que es más que la libertad de espontaneidad de los animales.

Toda la Creación ha sido hecha para que un día, sobre este planeta Tierra, comenzara a existir Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, por obra del Espíritu Santo, en las entrañas virginales de María. La clave, el centro, y el fin de toda la historia humana se halla en nuestro Señor y Maestro Jesucristo, nuestro Salvador. Todo ha sido creado por Él, y para Él y todo se mantiene en Él, por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados, Él es la Cabeza del cuerpo de la Iglesia, en el que somos miembros suyos. Él nos ha revelado el amor que Dios nos tiene, nos ha enseñado a amar, nos ha hecho capaces de amar, con el amor de Dios infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Dios nos eligió, en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya a ser sus hijos para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya: es decir, para alabanza de su Gloria. Estamos en la tierra para conocer a Dios, amarlo y servirle y vivir eternamente felices junto a Él.

Todas las cosas, todas las personas, nos las ha puesto Dios para que nos ayuden a alcanzar la máxima perfección que Dios quiere de nosotros.

Por tanto, hemos de valernos de ellas o apartarnos de ellas, tanto cuanto nos ayuden para el fin. Hemos visto que somos señores de la creación, somos señores no esclavos de nada, ni de nadie. Todo es nuestro, nosotros de Cristo y Cristo de Dios.

Para vivir en la libertad de los hijos de Dios, hemos sido liberados. Tenemos necesidad de colaborar con Dios para alcanzar la libertad del corazón. En la vida, nuestro primer impulso obedece a lo que llamamos nuestras “necesidades”; es decir, lo que me gusta, y es agradable para mí. Pero frente a esas necesidades, ese impulso primario, tenemos el mundo de los “valores” lo que es bueno en sí. En un segundo momento, comparamos nuestro impulso primario (lo que me agrada, lo que me gusta) con lo que es bueno en sí, (con un valor). Usando nuestra libertad, podemos y debemos someter nuestras necesidades y gustos al mundo de los valores.

Si las necesidades coinciden con los valores, decimos “sí”; si no coinciden con los valores, decidimos “no”. En esa decisión, entre la necesidad y el valor, vamos creando en nosotros “actitudes”, disposiciones personales que van cristalizando nuestra manera de ser y de actuar.

Existen también en nosotros, lo que llamamos: afecciones desordenadas; es decir, deseos o repugnancias deliberados y habituales de algo que no es lo que más conduce al fin para el que he sido creado. No tenemos que asustarnos. Tendremos siempre deseos o repugnancias irracionales, instintivos conscientes o inconscientes. No está en nuestra mano no sentir tales deseos o repugnancias, que corresponden al mundo de nuestros sentimientos, de nuestros afectos y emociones espontáneas, no directamente voluntarios. Repito: no asustarnos cuando los experimentamos: pero hemos de estar firmemente decididos, y hemos de pedir siempre esta gracia, a no admitir deliberadamente deseos o repugnancias, cuando no nos consta y mientras no nos conste, que es lo que más conduce y por qué es lo que más nos conduce a nuestro último fin, que es en todo amar y servir a Dios nuestro Señor. Santa Teresa de Jesús nos dice: “Sólo Dios basta”, Dan Juan de la Cruz, nos invita “a dejarlo todo para ganar el todo”. Y esta renuncia es indispensable para seguir a Cristo.

Ha dicho Jesús “el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14, 33). Y San pablo, en la primera carta a los Corintios, nos invita “a usar de este mundo como si verdaderamente no se usara de él”. En la carta a los Gálatas, en el capítulo quinto, nos dice: “Los que son de Cristo han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos”. En la misma carta a los Gálatas, en el capítulo quinto nos dice: “Hermanos: estáis llamados a la libertad, no a una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de los otros por el amor, porque toda la Ley se centra en esa frase: “amarás al prójimo, como a ti mismo”.

“Donde reina el Espíritu, hay libertad” dice San Pablo en su segunda carta a los Corintios, capítulo tercero. La libertad, es un don, es una gracia y es una tarea, un deber, que Jesús nos encomienda. Participamos de la libertad de Cristo: la libertad de darnos a nosotros mismos. La expresión perfecta de la libertad es la comunión en el verdadero amor, que es hacer míos los deseos de la persona amada. Cada persona humana se encuentra en una alternativa: elegir una aparente libertad de afirmación personal o colectiva contra Dios o contra los demás o elegir una verdadera libertad de donación de sí mismo a Dios y a los demás; en otras palabras, la alternativa de permanecer cautivos de la esclavitud de la carne o vivir ya desde ahora la vida eterna.

Todos tenemos experiencia de nuestra lucha interna, por esta libertad. Dramáticamente lo expresa San Pablo. En el capítulo séptimo en la carta a los Romanos, dice: “realmente no comprendo mi proceder, porque no hago lo que quiero; sino lo que aborrezco eso hago. El bien que quiero hacer no lo hago; cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la Ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo, un principio diferente, que guerrea contra la Ley que aprueba mi corazón y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo”. Clama San Pablo: “¿Quién me librará?” Responde: “Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias”.

En el capítulo 8 de San Juan, leemos: “Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Quien comete pecado es esclavo del pecado; si el hijo os hace libres; seréis realmente libres, os he hablado de la verdad que escuché a Dios”. Y Jesús también, en el discurso de la cena, capítulo 14 de San Juan, nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

La verdad es Dios, en oposición a los ídolos, la verdad es la fidelidad de Dios, la fidelidad de las personas para con Dios; la verdad es también la doctrina santa de salvación, la verdad es el modo santo de vida. Cristo es la verdad. El nos hace libres, porque es Persona Divina; nos hace libres por la acción de esta Persona Divina en nosotros. El ideal es llegar a lo que dijo el Papa Juan Pablo II: “Hago lo que quiero y hago lo que debo”. Cuando hago mi voluntad y mi voluntad coincide con la voluntad de Dios, hago lo que quiero y hago lo que debo.

Esta tarea es posible, supuesta nuestra unión vital con Cristo. Estamos unidos a Cristo, somos sarmientos de una vid, somos miembros de su Cuerpo Místico. También habita en nosotros ese misterio de Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo; somos templos de la Santísima Trinidad, una fuente de amor perenne en lo más profundo de nuestro ser.

Cristo es el modelo, de nuestra verdadera libertad, por su total sumisión de amor a la voluntad del Padre. “Es mi manjar hacer la Voluntad del Padre”.

Así en las diversas circunstancias de la vida, prósperas y adversas (salud, enfermedad, riqueza, pobreza, honra, deshonra), debemos estar dispuestos siempre a desear y elegir lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados, que es: “en todo amar y servir a Dios Nuestro Señor, en sí mismo y en los demás”.

He dicho: desear y elegir lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados. Primero hay que desear. Si yo deseo realmente algo, lo elegiré cuando se presente la ocasión. Desear y elegir lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados, que es en todo amar y servir a Dios Nuestro Señor en sí mismo y en los demás.

Podemos encontrar un cierto sentido de la vida, una cierta felicidad en las cosas creadas, cuando amamos y somos amados, cuando buscamos y hallamos la verdad, cuando nos entregamos al servicio de los demás, cuando podemos realizar un trabajo creativo, cuando contemplamos la naturaleza, el arte. Todo ello, en armonía con la Ley de Dios, puede hacernos felices y ser una búsqueda implícita de Dios. Hay gozos buenos y legítimos en sí mismos, que Dios ha unido a la sana actividad del ser humano; pero sólo en Cristo, podemos encontrar la felicidad; perfecta felicidad que no defrauda y el sentido pleno de la vida, incluso en medio de los sufrimientos inevitables.

Concluyamos estas palabras, pidiendo a Dios la gracia:

Señor, concédeme la gracia de que todo mi querer y todo mi actuar, en mi interior y con los demás, esté totalmente ordenado al servicio y alabanza de tu Divina Majestad; que busque sólo mi santificación, la salvación de todas las personas, en lo cual consiste tu Mayor Gloria. Así sea.
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Agradecemos al P. Antonio González Callizo, S.J. por su colaboración. El P. Antonio es Director Nacional del Apostolado de la Oración (AO) y reside en la Parroquia San Pedro de Lima.
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Santa Rosa de Lima




"Rosa de Santa María"
Patrona de América, Perú y las Filipinas
Fiesta: 30 de agosto

Nació en Lima (Perú) el año 1586; cuando vivía en su casa, se dedicó ya a una vida de piedad y de virtud, y, cuando vistió el hábito de la tercera Orden de santo Domingo, hizo grandes progresos en el camino de la penitencia y de la contemplación mística. Murió el día 24 de agosto del año 1617.
Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, nació de ascendencia española en la capital del Perú en 1586. Sus humildes padres son Gaspar de Flores y María de Oliva.
Aunque la niña fue bautizada con el nombre de Isabel, se la llamaba comúnmente Rosa y ése fue el único nombre que le impuso en la Confirmación el arzobispo de Lima, Santo Toribio. Rosa tomó a Santa Catalina de Siena por modelo, a pesar de la oposición y las burlas de sus padres y amigos. En cierta ocasión, su madre le coronó con una guirnalda de flores para lucirla ante algunas visitas y Rosa se clavó una de las horquillas de la guirnalda en la cabeza, con la intención de hacer penitencia por aquella vanidad, de suerte que tuvo después bastante dificultad en quitársela. Como las gentes alababan frecuentemente su belleza, Rosa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie.

Una dama le hizo un día ciertos cumplimientos acerca de la suavidad de la piel de sus manos y de la finura de sus dedos; inmediatamente la santa se talló las manos con barro, a consecuencia de lo cual no pudo vestirse por sí misma en un mes. Estas y otras austeridades aún más sorprendentes la prepararon a la lucha contra los peligros exteriores y contra sus propios sentidos. Pero Rosa sabía muy bien que todo ello sería inútil si no desterraba de su corazón todo amor propio, cuya fuente es el orgullo, pues esa pasión es capaz de esconderse aun en la oración y el ayuno. Así pues, se dedicó a atacar el amor propio mediante la humildad, la obediencia y la abnegación de la voluntad propia.

Aunque era capaz de oponerse a sus padres por una causa justa, jamás los desobedeció ni se apartó de la más escrupulosa obediencia y paciencia en las dificultades y contradicciones.
Rosa tuvo que sufrir enormemente por parte de quienes no la comprendían.

El padre de Rosa fracasó en la explotación de una mina, y la familia se vio en circunstancias económicas difíciles. Rosa trabajaba el día entero en el huerto, cosía una parte de la noche y en esa forma ayudaba al sostenimiento de la familia. La santa estaba contenta con su suerte y jamás hubiese intentado cambiarla, si sus padres no hubiesen querido inducirla a casarse. Rosa luchó contra ellos diez años e hizo voto de virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor.

Al cabo de esos años, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, imitando así a Santa Catalina de Siena. A partir de entonces, se recluyó prácticamente en una cabaña que había construido en el huerto. Llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, cuyo interior era lleno de puntas sirviendo así como una corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de El, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo del sentimiento que embargaba su alma. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión unía su corazón a la Fuente del Amor.

Extraordinarias pruebas y gracias

Dios concedió a su sierva gracias extraordinarias, pero también permitió que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, en tanto que su alma se veía sumida en la más profunda desolación espiritual.

El demonio la molestaba con violentas tentaciones. El único consejo que supieron darle aquellos a quienes consultó fue que comiese y durmiese más. Más tarde, una comisión de sacerdotes y médicos examinó a la santa y dictaminó que sus experiencias eran realmente sobrenaturales.

Rosa pasó los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: "Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor".

Dios la llamó a Sí el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. El capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro.

El Papa Clemente X la canonizó en 1671.

Aunque no todos pueden imitar algunas de sus prácticas ascéticas, ciertamente nos reta a todos a entregarnos con más pasión al amado, Jesucristo. Es esa pasión de amor la que nos debe mover a vivir nuestra santidad abrazando nuestra vocación con todo el corazón, ya sea en el mundo, en el desierto o en el claustro.
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Tomado de:
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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Septiembre

APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
SEPTIEMBRE



Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.


Por las intenciones del Papa:

Intención General:
Para que la Palabra de Dios sea más aceptada y vivida como fuente de libertad y alegría.


Intención Misional:
Para que los cristianos en Laos, Camboya y Myanmar, que con frecuencia encuentran grandes dificultades, no se desanimen al anunciar el Evangelio a sus hermanos, confiando en la fuerza del Espíritu Santo.




Por las intenciones de la Conferencia Episcopal Peruana

Para que promovamos un laicado maduro, que asuma la responsabilidad de anunciar y hacer visible el Reino de Dios.



La Palabra de Dios fuente de libertad y alegría

... “La Iglesia no vive de si misma, sino del Evangelio; y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino. Es una consideración que todo cristiano debe hacerse a si mismo: sólo quien se pone primero a la escucha de la Palabra, puede convertirse después en su heraldo. En efecto, el cristiano no debe enseñar su propia sabiduría, sino la sabiduría de Dios, que a menudo se presenta como escándalo a los ojos del mundo”.

... “La Iglesia sabe bien que Cristo vive en las Sagradas Escrituras. Por eso ha tributado siempre a las divinas Escrituras una veneración semejante a la que se reserva al Cuerpo mismo del Señor”. (Benedicto XVI, en el XL Aniversario de la Constitución Conciliar “Dei Verbum” (La Palabra de Dios) 16.09.2005. Extracto).

Laos, Camboya y Myanmar

Sus comunidades católicas son de las más pequeñas en Asia. En Laos hay 35,000 católicos para seis millones de habitantes. En Camboya son 21,000 católicos, la mayoría de origen vietnamita, en una población de 12 millones. En Birmania (Myanmar) son 600,000 católicos para una población de 42 millones. El 80% de la cual es budista.

“Queridos hermanos, ejercéis vuestro ministerio al servicio de la Iglesia en condiciones a menudo difíciles y en situaciones muy diversas. Estad seguros de mi apoyo fraterno y el de la Iglesia universal en vuestro servicio al pueblo de Dios”. (Benedicto XVI, Discurso a la Conferencia Episcopal de Laos y Camboya en vista “ad limina” (a la sede de Pedro), 6.09.2007. Extractos).

Aparecida - Misión Continental

“Tenemos un alto porcentaje de católicos sin conciencia de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable”. (286)


Eucaristía

Misa por la evangelización de los pueblos (Misal romano)

Palabra de Dios

Isaías 2,1-5. Todos los pueblos subirán al monte del Señor.
Salmo 66. Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.
Hechos 1,3-8. Serán mis testigos por toda la tierra.
Marcos 16,15-30. Vayan al mundo entero y prediquen el Evangelio.

Reflexionemos

¿Aprecio, leo y medito regularmente la Palabra de Dios?
¿Conozco y practico la llamada “lectio divina”: lectura orante de la Palabra de Dios?


P. Antonio Gonzalez Callizo S.J.

Director Nacional del Apostolado de la Oración (AO)

Parroquia San Pedro



Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos.

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.



¡ADVENIAT REGNUM TUUM!

¡Venga a nosotros tu reino!

Apostolado de la Oración

Azángaro 451, Lima



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Cursos de Formación en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima


Presentamos las Actividades programadas en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima

Segundo Semestre

Av. Armendáriz 350 Miraflores - cerca de Larcomar. Teléfono 446-3119.







Grupos de Reflexión sobre la Fe Cristiana - Teología I

Para personas de 25 a 45 años.

Contenido: Elementos teórico-teológicos, lecturas y compartir vivencial de la experiencia de la fe.

Fecha: Los martes a partir del 18 de Agosto. Hora: 8:00 a 10:00 pm.
Lugar: Salón Parroquial de la Iglesia Nuestra Señora de Fátima.
Expositor: P. Carlos Cardó, S.J.
Inscripción Gratuita
Nota: Los participantes podrán seguir, a partir del semestre siguiente, el curso continuado de teología para laicos que se dicta los miércoles a lo largo del año, del 8:00 a 10:00 p.m.
Inscripción Gratuita.




Mensajes centrales de los Evangelios Sinópticos.

En el mensaje de los Sinópticos, reflexión sobre los temas centrales que, aunque dispersos, forman un conjunto.


Fecha: Los martes, desde el 25 de agosto hasta el 29 de Setiembre.
Hora: 7:30 a 9:00 p.m.
Lugar: Salón Parroquial de la Iglesia Nuestra Señora de Fátima.
Responsable: P. Adolfo Franco, S.J.
Inscripción Gratuita






Curso Bíblico: El Evangelio de San Marcos.

El Evangelio más antiguo, escrito para preparar a los paganos para el bautismo, contiene lo esencial de la fe cristiana: presenta a un Dios que viene a nuestro encuentro y nos invita a entrar en los secretos de su reino a través de Jesús, su Hijo predilecto.

Fechas: Los lunes, desde el 07 de septiembre hasta el 30 de noviembre.
Hora: 7:30 a 9:00 PM.
Lugar: Salón Parroquial.
Expositor: P. Antonio Hernández, S.J.
Requisito: Traer la Biblia o el Nuevo Testamento.
Inscripción Gratuita.




Forma tu Fe.


Curso de catequesis para adultos que quieren fundamentar mejor su fe y experiencia cristiana.

Sesiones: Los lunes, desde el 28 de septiembre al 26 de octubre.
Hora: 4:30 a 6:00 PM
Lugar Salón Parroquial.
Inscripción Gratuita.




¿Qué es la Bioética?

La bioética es una disciplina que se ocupa de los dilemas de la práctica médica, los aspectos sociales de la salud y los problemas ambientales. En este curso, veremos los fundamentos de la reflexión bioética, el valor de la vida humana, aborto, eutanasia y dilemas éticos al final de la vida, investigación en células madre y comités de ética de la investigación.

Fechas: Todos los martes de noviembre.
Hora: 7:30 a 9:00PM
Lugar: Salón Parroquial.
Expositor: P. Edwin Vásquez Ghersi, S.J.
Inscripción Gratuita.



Discípulos llamados y enviados por Jesús hoy.

El curso pone de relieve la importancia del tema central de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Aparecida (Brasil) en mayo del 2007. Nuestro encuentro de discípulos con Jesús maestro, que nos envía a la misión de evangelizar. Este encuentro se realiza por medio de la fe en la presencia de Jesús en la Palabra, la Eucaristía, la Iglesia y los Pobres.

Fechas: Todos los jueves del mes de octubre.
Hora: 7:30 a 9:00Pm
Lugar: Salón Parroquial.
Exposición: P. Ricardo Antoncich, S.J.
Inscripción Gratuita.


Ejercicios Espirituales de San Ignacio en retiro de 5 días.

La Comunidad de Vida Cristiana (CVX) de nuestra parroquia invita a las personas que deseen participar en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.

Fechas: del 02 al 06 de noviembre.
Dirige la experiencia: P. Adolfo Franco, S.J.
Lugar: Casa de Retiro Santa Rosa de Lima.
Costo: S/. 250,00 (incluye alojamiento y comidas).
Requisito: Inscripción y pago con antelación.


Retiro Espiritual de Adviento.
Preparemos en oración la venida del Señor.

Fecha: Sábado 28 de noviembre.
Hora: 10:00AM a 5:00PM
Lugar: Salón Parroquial. (Traer refrigerio)
Ingreso Libre.
Dirige la experiencia: P. Carlos Cardó, S.J.
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Fuente: Boletín de Inscripciones de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima "Actividades - Fátima 2009, Segundo Semestre.
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Homilía: Domingo 21º TO (B) - Palabras de vida eterna


Lecturas: Jos 24,1-2.15-18; S.23; Ef 5,21-32; Jn 6,61-70
P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


Tal vez les extrañe; pero yo encuentro aplicable este evangelio a no pocas verdades de nuestra fe. Aquellas gentes, al menos no pocos de ellos, habían escuchado al Señor el día anterior hasta el cansancio, porque nadie en Israel hablaba como aquel hombre (Jn 6,46); les había dado de comer con cinco panes y dos peces; por eso habían pretendido proclamarlo rey (Jn 6,15). Ahora, al escuchar que les va a dar el pan del cielo que será su cuerpo (Jn 6,53-58), muchos rompen la baraja. En el texto del evangelio se indica que, a consecuencia de las palabras de Jesús, “muchos discípulos” le abandonaron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”

Ciertamente no se trata de los Doce discípulos, sino de muchos considerados como tales, que seguían con interés y aun avidez sus enseñanzas. Se ve por el comentario del final del evangelio de hoy: “Desde entonces muchos discípulos suyos se retiraron y ya no andaban con él”. Esos muchos no son de los Doce, pues ellos seguirán todavía con el Maestro; incluso Judas todavía –estamos a un año de la pasión– aunque sí manifiesta el texto inmediatamente que Judas ya está gravemente herido por la decepción y Jesús lo conoce.

Aquellos “seguidores” de Jesús no pudieron creer algo tan maravilloso como la promesa de la Eucaristía. La verdad es que superaba, y con mucho, sus expectativas. Les hacía falta fe, mucha más fe. Jesús alude inmediatamente a ello remitiéndoles a su poder como Dios. Lo hace de forma no del todo clara, pero lo hace: "¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne de nada sirve... Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Para creer en esta gran promesa. Para creer, maravillarse y agradecer ésta y otras magníficas realidades que nos manifiesta Dios y nos ha dado y dará, necesitamos que Dios nos las manifieste y que con la fe las conozcamos. Y es necesaria la acción gratuita de Dios, la gracia. Ya hemos hablado otras veces de la necesidad de la gracia de Dios para la fe y, por tanto, para conocer el mensaje, el valor, la grandeza, la maravilla de los dones de Jesús, de todo eso que llamamos nuestra fe. Nos referimos con este lenguaje al conjunto de realidades que a la Iglesia vienen de Jesús y ella propone a los hombres, a los fieles, a nosotros en primer lugar, para que, creyendo, las disfrutemos y nos hagamos dueños –digamos– o sea que entremos en posesión de ellas. A ese conjunto llamamos “la fe de la Iglesia”. Su posesión por cada uno la hacemos por la fe, nuestra fe de cada uno, el acto de fe con que las creemos, las vivimos y hasta, a veces al menos, las sentimos.

Este acto de creer nuestro, esta fe nuestra, aceptando como verdad la palabra de la Iglesia, la palabra de Jesús, la palabra revelada, es totalmente necesario y es condición para disfrutar de esos bienes que la fe revela, captar su grandeza y su importancia, admirarlos en su belleza y subyugarnos por ser muestras del amor infinito de Dios.

Es lo que dice Jesús: “El Espíritu es quien da vida; la carne de nada sirve". “El justo vive de la fe” (Ro 1,17). El que entra en esta iglesia como en un museo o un antiguo templo inca o griego, no entiende nada. Los cristianos no hemos construido iglesias para hacer arte sino para acercarnos y comunicarnos con Dios. El arte de nuestras iglesias es para que nos ayude a despertar la fe, dar a entender que este lugar es especial, que aquí está Dios presente y obra como sólo puede obrar Dios. La carne no sirve de nada. Es el Espíritu, es la fe, eso es lo que da vida.

Tener fe es reaccionar como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. El Concilio enseña que cada bautizado está consagrado a Dios. Por el bautismo, habiendo muerto y resucitado con Cristo, participamos de su vida de resucitado. Por ello nuestros actos, si obramos con esa vida, es decir motivados por la fe, son actos que Cristo obra en nosotros y desde nosotros, son actos de Cristo, actos sagrados, y, por eso, nuestra vida está consagrada con Cristo a Dios. Así toda acción humana, sazonada con la fe, adquiere el sabor, el brillo, la calidad de una obra de Dios. A esto llama el Concilio sacerdocio común, distinguiéndolo del sacerdocio llamado ministerial, de los presbíteros (v. L.G. 10 y otros). Todos somos sacerdotes, porque obrando desde la fe ofrecemos a Dios el mundo que tocamos y lo santificamos. Es el sentido que tiene la gota de agua que el sacerdote echa al vino y se convertirá en la sangre de Cristo.

Vivamos de la fe en primer lugar en la misa, la lectura de la Biblia, la oración, los diversos sacramentos, los actos de caridad y servicio; pero también en todo lo demás, en la vida entera: el trabajo, el estudio, las relaciones sociales, las actividades de descanso, en todo. Porque cualquier cosa que un cristiano toca con fe la santifica y –dice el Concilio– que la consagra.

Así por ejemplo, cuando te confiesas, toma conciencia de aquello que te está impidiendo asemejarte más a Cristo, amarle más, verle más en los demás, perdonar sus defectos y fallos, vivir tu mismo en plenitud y alegría tu fe y pídele perdón a Él porque todavía no le testimonias con fuerza suficiente y aumenta tu esperanza de que va ayudar a mejorar.

Cuando vienes a misa procura concentrarte en la presencia de Dios en cuanto entras en el templo; escucha la palabra como de Dios; únete a un pueblo consciente de sus pecados haciéndote consciente tú de los tuyos, necesitado de Dios para muchas cosas; cuando cantas, oras, te unes a la oración que todos hacen por el sacerdote que preside, te arrodillas, inclinas o paras, te sobrecoges al oír las palabras de la consagración, comulgas y haces de tu cuerpo un sagrario vivo, la fe es lo fundamental.

Y mucho ayudan para vivir la fe en la vida los esfuerzos que tenemos que hacer para aguantar las molestias normales o fuertes de la vida: una palabra desagradable, una ayuda que se me pide, una palabra molesta que me la trago, una sonrisa cálida que expresa mi afecto y buena voluntad… A veces, por enfermedad u otras contingencias, el sufrimiento se hace muy duro. Al creyente esas circunstancias le llaman a vivir más intensamente la fe.

Entonces, viviendo del Espíritu, brotan del corazón las palabras de San Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”, que nos amas infinitamente y nos preparas el premio del ciento por uno.
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Sólo Tú tienes palabras de vida eterna



P. Adolfo Franco, S.J.

Comentario del Evangelio del Domingo XXI del Tiempo Ordinario
Juan 6, 60-69

La fe, y especialmente la fe en la eucaristía, es un desafío: hay quienes se marchan y quienes se afianzan con más firmeza.


Cuando Jesucristo termina de proponer el discurso eucarístico, que ocupa una gran parte del capítulo sexto del Evangelio de San Juan, muchos de los oyentes piensan que toda esta enseñanza es inaceptable. Jesús ha manifestado a sus oyentes que El es el pan bajado del cielo, que hay que comer su cuerpo y beber su sangre, y que el que coma de este pan vivirá para siempre. Frente a estas afirmaciones tan deslumbrantes, una buena parte de los oyentes se marcha, porque todo les parece inaudito, inaceptable.

Jesús, que se ha querido manifestar en la intimidad, que ha anunciado “el gran regalo de la Eucaristía”, como la participación de los hombres en la salvación que El nos trae, sufre un tremendo fracaso. Por haber manifestado este misterio maravilloso, ve que los hombres se sienten defraudados, y se le van yendo uno tras otro. Parece que “la gran maravilla” no interesa a nadie y muchos la consideran un disparate. Y cuando todo el grupo ha disminuido hasta la mínima expresión y quedan solos los apóstoles, con tristeza, la tristeza de un Hombre que da todo y nadie lo quiere, les hace a los apóstoles una pregunta salida desde su dolor ¿ustedes también se van a marchar? Esta pregunta revela lo que siente su corazón, es como si dijera ¿estoy de más en este mundo? ¿a nadie le interesa mi amor?

Y Pedro, en nombre de los apóstoles, responde con el corazón: Señor ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna. San Pedro ha quedado sobrecogido ante el tono con que el Maestro les ha preguntado si también ellos le van a dejar. Parecería que el Maestro los necesita, y Pedro le da la respuesta adecuada: No podemos ni siquiera pensar en irnos, porque no tendríamos ya ningún lugar, fuera de Ti. Como quien dice: sin ti no hay para nosotros ni lugar a donde ir, ni vida que valga la pena. El Señor se ha convertido de verdad en la razón de ser de los apóstoles.

Es una escena del Evangelio en que podemos sentirnos retratados. A veces la fe nos plantea dificultades, y no sólo teóricas; sino a veces dificultades nacidas de los problemas reales que nos suceden. La fe nos desafía tantas veces en las circunstancias difíciles de nuestra vida. Y podríamos sentir la tentación de claudicar; sentiríamos la tentación de decirle a Jesús: si las cosas son así, yo me voy. Y también con respecto a las exigencias morales del evangelio, podemos sentirnos cuestionados; podríamos pensar: si hay que comportarse así, para ser cristianos, yo me marcho. Y de hecho hay personas que por las exigencias morales del Evangelio, se van y abandonan a Jesús; y Cristo las ve marchar con pena; también ahora El siente que le dejen.

A todos nosotros, a cada uno en momentos muy particulares, nos hace Jesús la pregunta ¿también tú quieres marcharte? Y también nosotros deberíamos responder como San Pedro ¿y a quién iría? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Sólo Tú le das sentido a mi vida. Sin Ti no sabría a donde ir.

Así se pone de relieve una pregunta acuciante, ¿nos decidimos por Dios o no? Es la pregunta central del ser humano; y todos nos enfrentamos alguna vez con esta pregunta, que espera una decisión fundamental.

Pero hay que tener en cuenta lo que encierra la pregunta, y lo que encierra la respuesta: decidirse por Dios libremente es aceptar su señorío, su bondad, sus planes, su proyecto sobre nosotros: es ser dócil a Dios, y buscar a Dios como El es (una búsqueda que en realidad nunca acaba), y no hacernos un Dios a nuestra medida, creado por nuestra comodidad a nuestra conveniencia. Y esto pasa a algunas personas: dicen creer en Dios, pero no en el Dios QUE ES, sino en el que ellos se fabrican: Dios blando, informe, que no exige nada, o por el contrario Dios déspota, vengativo, o policía, o lejano de nuestra vida.

Creer, aceptar a Dios es aceptar a Jesucristo. No el Jesucristo recortado, que no tiene exigencias, un Jesucristo tan dulcificado y tan sin desafíos, que termina también siendo un mutilado en su figura y en su doctrina. No se puede creer seriamente, aceptando sólo una parte del Evangelio. Porque, entre otras cosas, aceptar sólo una parte, es considerarse juez de la doctrina de Dios (dictaminar lo que es aceptable y lo que no lo es); termina uno considerándose superior a Dios mismo. Hay algunas doctrinas de Jesucristo que resultan difíciles; pero no podemos hacer recortes en el Evangelio que terminan deformando la figura de Cristo mismo.

Aceptar a Dios y a Jesucristo, supone también aceptar plenamente la Iglesia que fundó el mismo Jesucristo, y en la que El depositó su doctrina, su gracia y su salvación. Es verdad que la Iglesia está conformada por hombres. Es verdad que este hecho hace algunas veces más difícil creer en la Iglesia. Pero la Iglesia es el único espacio donde de veras podemos encontrar a Jesucristo. No podemos decir que aceptamos a Dios, si no aceptamos a Jesucristo, y no podemos decir que aceptamos a Cristo, si no aceptamos a la Iglesia.

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Agradecemos al P. Franco, S.J. por su colaboración.

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¡Felicidades P. Roberto!



"Dame Señor lo que me pides
y pídeme lo que quieras"
San Agustín



Es un motivo más de gozo para la CVX y la Pastoral Juvenil de San Pedro este tercer regalo que Dios nos hace en este Año Sacerdotal, anteriormente fue la Consagración Solemne como Carmelita Descalza de Sor Mariam del Corazón de Jesús OCD y la Ordenación Sacerdotal de César Garrido; ahora se suma la Ordenación de nuestro amigo Roberto Carrasco OMI, celebrada el sábado 22 de agosto Fiesta de María Reina, en la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, en Comas, ceremonia celebrada con Imposición de Manos de Mons. Lino Panizza Richero, OFM Cap., Obispo de la Diócesis de Carabayllo y concelebrada por Mons. Alberto Campos Hernández, OFM Obispo Vicario Apostólico de San José del Amazonas, además de varios sacerdotes entre ellos los padres César Garrido y, Guillermo Villalobos S.J. y Miguel Girón S.J. de San Pedro.

Roberto consagró su vida al Inmaculado Corazón de María un 8 de diciembre de 1985 y dedicó su tiempo a la vivencia parroquial, donde experimentó sus primeras experiencias vocacionales, en especial antes de recibir el sacramento de la Confirmación el 23 de junio de 1991, quince días antes que su madre muriera.

A partir de ahí fueron años de búsqueda de la voluntad de Dios. Su padre espiritual, un sacerdote jesuita, le invitó a trabajar como sacristán en nuestra Parroquia San Pedro de Lima. Allí integró la segunda Comunidad de Vida Cristiana (CVX) y participó en la Pastoral Juvenil, dedicándose a la Catequesis de Confirmación de Jóvenes.

Estos años en que estuvo participando fueron intensos, dedicados al apostolado parroquial y de especial discernimiento vocacional que le ayudaron a ir eligiendo y madurando su elección de estado de vida.

Posteriormente en 1999 decide ingresar a los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. En Guatemala vivió la experiencia del Noviciado, para luego profesar sus primeros votos el año 2002.

Estudió la Filosofía y parte de la Teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Y terminó sus estudios teológicos en la Universidad Católica Boliviana en la ciudad de Cochabamba. Volvió al Perú a vivir su tiempo de regencia en la selva central por Aucayacu.

Durante casi cuatro años vivió en la selva del Valle del Alto Huallaga donde experimentó la misión como profesor y luego como Director de Radio Amistad, una emisora de los Oblatos. Su entrega y amor a los pobres lo llevó a trabajar con las comunidades más lejanas de la zona.


El año 2008 profesó los votos solemnes y después de ordenado diácono, recibió la obediencia para la nueva misión asumida por la congregación en Santa Clotilde – Río Napo – Loreto, allí viene trabajando en la Parroquia, donde el Obispo le encargó la coordinación de la pastoral indígena del Vicariato San José del Amazonas.

En el día de su ordenación se vivió una ceremonia emotiva donde acudió toda la comunidad local de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz. Asimismo vinieron amistades que fue haciendo en el recorrer de su formación, amigos de Bolivia y de las comunidades de la selva, como también de religiosas que laboran en esa zona. También los que compartimos con él su apostolado en San Pedro, en especial miembros de su Comunidad de CVX, tuvimos la gracia de poder acompañarlo en esta ceremonia.

El domingo 23 de agosto a las 8:00 AM celebraría su primera misa en la Parroquia Nuestra Señora de la Paz y a las 6:00 PM lo haría en San Pedro regresando como sacerdote a la parroquia donde vivió tiempos de especial discernimiento vocacional.

Queremos dar gracias a Dios por este nuevo regalo que hace a toda su Iglesia, un tercer regalo para nosotros en San Pedro en este año, y pedir la intercesión del Santo Cura de Ars, para que el Señor le conceda a Roberto la fidelidad a su Ministerio y que a su vez éste sea el camino a su santidad que Dios le invita a seguir, como a todos los sacerdotes y religiosos.

También queremos dar gracias a Dios por nuestros amigos ordenados anteriormente: Pbro. Leandro Arteaga Vicario Parroquial de Chancay y el P. Ricardo González, Misionero de San Pablo, que también participaron en San Pedro.

Asimismo pedir por la perseverancia de nuestro amigo Eddy Fernández S.J. que actualmente estudia Teología en Chile y que también fue miembro de la CVX de San Pedro.

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Fotos de la Ordenación Sacerdotal, realizada en la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, 22 de agosto del 2009, Fiesta de María Reina.

4º Foto: P. César Garrido imponiendo las manos a Roberto.

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Misa en San Pedro

El domingo 23 de agosto a las 6:00PM el P. Roberto realizó su primera misa en San Pedro, concelebrada con los padres Miguel Girón S.J. y Guillermo Villalobos S.J. quien acompañó a la CVX donde Roberto participó.

Fue su regreso luego de su formación y preparación para el sacerdocio, esta vez como sacerdote. En su homilía compartió su testimonio agradeciendo a los padres jesuitas que conoció y le guiaron espiritualmente durante ese tiempo de especial discernimiento, agradeció a Dios por lo que significó su paso por San Pedro durante su discernimiento, recordó a su comunidad de CVX, sus compañeros de catequesis, los padres jesuitas que lo guiaron, a los hermanos y en especial recordó al hemano Miguelito Senosiain.

Al momento del saludo posterior a la misa, compartió con las amistades que hizo durante su participación en San Pedro, desde amigos catequistas hasta miembros de la CVX, en especial los de su comunidad.

Pidamos a Dios por este nuevo sacerdote, para que con su gracia sea fiel a su ministerio y pueda evangelizar a quienes el Señor le ha encomendado en la misión del Vicariato San José del Amazonas y que ese camino de entrega por amor a Dios le lleve a la santidad.

¡Muchas felicidades P. Roberto y que Dios te siga bendiciendo!






P. Roberto con el P. Miguel Girón S.J.


P. Roberto y miembros de su CVX. De izq. a der.: Manuel, Martha, Clara, Roberto, Mónica y Rolando.

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El viaje a las Reducciones Jesuíticas del Brasil, Argentina y Paraguay



P. Miguel Girón, S.J.




El P. Miguel nos comparte su experiencia vivida en el viaje que realizó en 1990 a las ruinas de Reducciones Jesuíticas del Brasil, Argentina y Paraguay. Deseamos que el ejemplo de los misioneros jesuitas que hicieron esta obra para la mayor gloria de Dios, nos haga reflexionar, en este Año Sacerdotal, qué tan lejos puede llegar nuestra entrega a Dios en el servicio de la evangelización.


A las 8 de la noche del viernes 18 de mayo de 1990 iniciamos este viaje a las Reducciones (*) jesuíticas del Brasil, Argentina y Paraguay asesorados por el jesuita P. Herbert Wetzel, gran conocedor de las Misiones. Todos íbamos con el deseo de poder contemplar en su propio escenario esta obra misionera grandiosa de la Compañía de Jesús en los siglos XVII y XVIII.
Nueve horas transcurrieron hasta llegar a San Borja, ciudad brasileña, situada en el límite con Argentina, que fue fundada por el P. Francisco García del Prado en 1690, hoy con 45,000 habitantes, uno de los pueblos de las Reducciones que llegó a tener 4,000 indios. Aquí no han quedado vestigios de esa época.
Las Religiosas del Verbo Divino nos acogieron generosamente, y nos dieron un reconfortante desayuno a la salida del sol de aquella mañana fría. Atravesamos en balsa el río Uruguay de 1 Km de ancho para entrar en territorio argentino por Santo Tomé, que llegó a ser también una floreciente reducción. Muy buena carretera a través de la inmensa llanura argentina en un recorrido de 150 Km hasta llegar a Posadas (150,000 habitantes), capital de la provincia de Misiones, zona extensa en la que los jesuitas fundaron hasta 48 pueblos, de los cuales permanecieron sólo 30 por causa de los ataques de los “bandeirantes y mamelucos”, que destruían los pueblos y se llevaban a los indios para venderlos como esclavos en Sao Paulo y en Río de Janeiro. Sólo en cuatro años destruyeron 9 reducciones y vendieron como esclavos a 60,000 indios.
Por entonces el P. Ruíz de Montoya, peruano, organizó una expedición hacia el sur por el río Paraná con 900 canoas y 12,000 indios que salieron huyendo para poderse librar de los cazadores de esclavos.
Hay que tener en cuenta que los indios en las reducciones no podían usar armas de fuego por real decreto de España. El P. Ruiz de Montoya viajó a España y se entrevistó con el rey y consiguió el permiso para que los indios usasen las armas de fuego en defensa propia contra los usurpadores y así se terminó con la caza de esclavos.
Se establecieron por fin los indios en territorio argentino y fundaron varios pueblos, entre ellos SAN IGNACIO MINI, cuyas ruinas visitamos. Dista sólo 30 Km de Posadas.
Es algo impresionante ver la obra que realizaron estos hombres con medios tan sencillos. La iglesia cuyas paredes de piedra permanecen todavía, tienen 61 m de largo por 24 m de ancho. Junto a la iglesia está el cementerio y alrededor de la gran plaza, las casas de los indios, construidas con enormes piedras talladas. Al fondo del templo celebramos la Eucaristía y nuestras oraciones y cantos resonaron en una forma nueva en el silencio de aquel atardecer lleno de paz. Todavía estas ruinas seculares, que fueron testigos de la vida de varias generaciones de indios, hablan al corazón.
El mérito de los jesuitas está en haber logrado que estos miles de indios dispersos durante siglos, que vivían de la caza y de la pesca, formaran pueblos de 4 y 5 mil habitantes que tenían los bienes en común.
Los jesuitas eran los administradores, los formadores, padres y maestros de los pueblos. No eran los dueños de las riquezas que poseían las reducciones.
Viendo los inventarios que se conservan del momento de la expulsión de los jesuitas por Carlos III impresionan las riquezas de estos pueblos. Por ejemplo SAN COSME, para 3346 habitantes, tenían 25 mil cabezas de ganado vacuno; 2945 caballos salvajes; 638 caballos domados, 1792 vacas y 8 mil ovejas; varias plantaciones de caña de azúcar, algodón y plantas medicinales que exportaban. El pueblo de SAN IGNACIO tenía para 4356 habitantes: 33 mil cabezas de ganado vacuno, 7 mil ovejas, 1409 caballos, 3500 arrobas de algodón, etc.
Durante 150 años (1608 a 1768), trabajaron en las reducciones 1500 sacerdotes y hermanos jesuitas, de los cuales 550 eran españoles, 309 argentinos, 159 italianos, 112 sajones, 83 paraguayos, 52 portugueses, 41 franceses, 8 irlandeses, 22 bolivianos, 20 peruanos, 92 chilenos y algunos de otros países.
De todos estos misioneros 26 fueron martirizados y más de 500 mil indios fueron evangelizados.
En los 150 años que permanecieron los jesuitas en estas tierras progresó extraordinariamente la agricultura, la artesanía, la música, la escultura y la arquitectura. Había fundiciones de hierro y bronce, fabricaban campanas, imprimían libros y hacían observaciones de los astros en diversos observatorios de las misiones.
Toda esta obra de evangelización, de civilización y de cultura se destruyó cuando en 1768 Carlos III firmó el decreto de expulsión de los jesuitas de España y de todas sus colonias. Muchos misioneros murieron por los malos tratos en las prisiones y en los barcos camino del destierro. Al puerto de Santa María, junto a Cádiz, fueron llegando, procedentes de las colonias españolas los barcos con 2,267 misioneros sobrevivientes. Y con este decreto de expulsión, fruto de la debilidad y cobardía de un rey, se derrumbó para siempre una de las obras más grandiosas realizada por los jesuitas a favor de los indios del Brasil, Argentina y Paraguay en los siglos XVII y XVIII.
Años más tarde, ante la ausencia de los jesuitas, gran parte de estos pueblos fueron sometidos al pillaje e incendiados y muchos de los indios se dispersaron internándose en la selva.
Después de tres días intensos viajando de pueblo en pueblo por esta extensa zona viendo museos y ruinas de las misiones regresé a San Leopoldo con el alma llena de asombro y de gratitud al Señor ante esta obra gigante. Yo mismo me preguntaba sin entender este terrible fracaso: ¿es posible todo esto? Y recordé en un instante el 3er. Punto que pone San Ignacio en la meditación del Nacimiento de Jesús: “Caminar y trabajar para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos de hambre y de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en la cruz”, -y se disiparon mis dudas a la luz del misterio de la Cruz de Jesucristo que anuncia la Resurrección-.
Abrí un folleto que tenía en mi mesa sobre la canonización de los tres mártires de las reducciones y leí en él estas palabras del Papa Juan Pablo II y del Padre General que venían a reafirmar que el misterio de a Cruz, para lo que no creen, es el mayor escándalo y necedad, pero para los que tienen fe, es fuerza y sabiduría de Dios.
El 16 de mayo de 1988 Juan Pablo II canonizó solemnemente en la ciudad de la Asunción a los tres Mártires jesuitas: Roque González, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo que fueron martirizados en las reducciones el año 1628. Ante 500 mil personas reunidas en la Eucaristía dijo el Papa textualmente: “Por amor a Dios y a los hombres derramaron su sangre y gastaron su vida para anunciar el mensaje de Jesucristo en la fuerza liberadora del Evangelio. De la mano de los PP. Roque, Alonso y Juan, nacieron diez pueblos cristianos y millones de indígenas abandonaron el culto a sus dioses paganos.
La inquebrantable fe de estos misioneros, alimentada de una profunda vida de oración, los hizo pioneros del evangelio en las tierras de Río de la Plata. Su celo por las almas les llevó a servir a los más pobres y el amor a Jesucristo y a los indígenas les llevó a afrontar todos los peligros y a abrir nuevos caminos para anunciar el Evangelio”.
El P. General en su carta a la Compañía (22.IV.88) dice que: “el P. Roque González pertenece a la primera generación que en América Latina formó parte de la Compañía y trabajó por la promoción humana y cristiana de los indígenas. Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, forman parte de aquella multitud de jóvenes jesuitas que desde el siglo XVII, movidos por un auténtico espíritu misionero, respondieron con ánimo heroico a la invitación de Cristo y abandonándolo todo se dedicaron por entero a anunciar la Buena Nueva en aquellas tierras lejanas con el sacrificio de la propia vida”.
Estos mártires, auténticos cristianos, quisieron y consiguieron participar de la vida de Cristo resucitado viviendo radicalmente la fe y llevando su Bautismo hasta la santidad. Fueron los pioneros de una de las obras religiosas y sociales de mayor alcance y clarividencia de la historia de la Compañía de Jesús en las misiones”.
Que en este año ignaciano estimule y renueve nuestro espíritu, la vida y la obra de millares de Jesuitas que con fe inquebrantable y celo apostólico dieron su vida por Jesucristo en estas tierras de misión.

San Leopoldo, Brasil


31/05/1990


(*) Reducciones: Método de evangelización integral que valorizando las cualidades y derechos de los indios, insertándose en su cultura originaria, les abría nuevos horizontes comunitarios y les conducía por el camino de la fe a una plenitud de vida cristiana, personal y comunitaria (P. Kolvenbach, S.J.)



Juan Pablo II a los Jesuitas

“A los sentimiento de sincera alegría por vuestra presencia, se añade el obligado sentimiento de Reconocimiento y gratitud, que – siguiendo la huella de mis Predecesores – deseo expresar a toda la Compañía de Jesús y a cada uno de sus miembros, por la contribución histórica de apostolado, servicio y fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al Papa, prestada desde hace siglos, con una generosidad incansable y una entrega ejemplar en todos los campos del apostolado, en los ministerios y en las misiones. Es un reconocimiento, que hoy, en nombre de toda la Iglesia, os expreso a vosotros, dignos herederos de tales Religiosos, que desde hace cuatro siglos y medio han hecho de la mayor gloria de Dios su lema y su ideal”.
27 de Febrero, 1982.

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Agradecemos al P. Miguel Girón S.J. por su colaboración.

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