¡FELIZ AÑO NUEVO!



¡FELIZ AÑO NUEVO!

Que en este nuevo año
Dios derrame bendiciones en sus familias,
corone con el éxito sus proyectos y
nos conceda la gracia de servir
con caridad a los demás
a través de nuestra permanente ofrenda
y mayor esfuerzo.

Son los sinceros deseos del Equipo Editor del Blog Formación Pastoral para laicos.

Homilías: Solemnidad de Santa María Madre de Dios (B)

Lecturas: Nm 6,22-27; S. 66; Ga 4,4-7; Lc 2,16-21

Madre de Jesús y Madre nuestra
P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.



La liturgia de hoy quiere reunir la celebración de la Maternidad divina de María, de la circuncisión de Jesús e imposición de su nombre “Jesús”, y de la conmemoración de la Jornada mundial de la paz, a la que la Iglesia se suma con gusto y en la que el Papa envía un mensaje a toda la humanidad cada año. Dadas las obvias limitaciones, me reduciré a alguna reflexión sobre el misterio de la Maternidad divina de María.

Que María haya concebido virginalmente a Jesús, Hijo de Dios y Dios como el Padre, participando de su misma naturaleza divina, es una verdad contenida en la Escritura clara y cierta. La Iglesia no ha necesitado de grandes teólogos, que los ha tenido y sigue teniendo, ni de muchas especulaciones para llegar a ella. «Llamada en los Evangelios “la Madre de Jesús” –dice el Catecismo n. 495– María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la Madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, Aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios. Desde las primeras formulaciones de la fe la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo» (CIC 495-496).

Fuera de los que niegan la misma divinidad de Cristo, admiten esta verdad de fe el resto de los hermanos separados. Sin embargo no sacan las consecuencias debidas. Porque la obra de salvación de los hombres por Cristo está presente a lo largo de toda la historia humana, que por ello es designada correctamente como “historia de salvación”. Y a esta historia María está íntimamente vinculada de modo necesario. Aparece ya en el Paraíso tras el pecado: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje. Él te aplastará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Ge 3,15).

A partir de este momento María aparece en la historia de la salvación como una estrella orientadora simbolizada en la figura de una serie de mujeres bíblicas como Sara, esposa de Abrahán y madre milagrosa de Isaac, Ana, la madre del profeta Samuel, Débora, Rut, Judit y Ester, y muchas otras. “María sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de El con confianza la salvación y la acogen. Con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación (LG 55)” (CIC 489).

En efecto esta verdad de la maternidad divina de María establece su relación no sólo con Jesús sino también con todos nosotros. La maternidad divina de María tiene su razón de ser y su misión en la naturaleza y misión de Jesús. Jesús no ha venido para otra cosa sino para la salvación de los hombres del pecado y se ha unido a la naturaleza humana para, rescatándonos con su muerte, unirnos a Él como sarmientos a la vid y como cuerpo a su cabeza. Son verdades archirrepetidas en la revelación. “Le pondrás por nombre Jesús porque él va a salvar a su pueblo de sus pecados” –dijo el ángel a José y lo había dicho a María, Mt 1,21; Lc 2,31–.

Para continuar esa su obra salvadora, Jesús iba a fundar su Iglesia, le iba a dar todos sus poderes y la seguridad de que estaría con ella hasta el fin de los tiempos (Mt 16,18; 28,18-20). En el momento supremo, en “su hora”, cuando completaba su obra, teniendo al pie de la cruz a la pecadora arrepentida, al discípulo amado, a su propia Madre, viendo en ellos el embrión de su Iglesia, a la cual haría su esposa querida y dejaría toda su herencia, en ese momento para él tan importante dio al discípulo la suya por Madre y a él se la encomendó. Ese grupito era símbolo de la Iglesia entera y aquel discípulo querido era el símbolo de todo creyente, discípulo de Cristo. La virgen María recibía entonces una nueva misión: la de madre del discípulo, de todo discípulo de Cristo, la misión de Madre de la Iglesia.

La Iglesia lo ha ido conociendo con más y más claridad a medida que ha ido viviendo más a fondo la riqueza de su fe. Por eso señal de que cada uno de nosotros vamos creciendo en la fe y vamos entrando más y más en el misterio de Jesús, es precisamente nuestra devoción a la virgen María. No se trata de que María sustituya a Cristo (lo que sería un disparate) sino de que en el mundo rico de verdades y dones de la fe todos aumenten su fuerza bajo la luz y el afecto de María. La Iglesia fomenta la devoción a la virgen María. Cada fiel debe aumentarla en sí y en otros.

La Iglesia nos lo enseña. En la misa, su acto de culto más importante como sabemos, la comunidad comienza purificando su alma con la contrición. En la primera fórmula de la parte introductoria se invoca la intercesión de los santos y singularmente de la Virgen María. Luego, en la parte sacrifical y de ofrenda del sacrificio de Cristo al Padre, se invoca siempre la intercesión de María junto a la de los santos. La liturgia recuerda también con frecuencia misterios, fiestas, advocaciones de María a lo largo del año.

Los santuarios de María, muchas veces erigidos a petición de la misma virgen María, son a lo largo y ancho de la tierra la prueba de la providencia maternal de María sobre sus hijos. Allí se convierten los pecadores, se curan tantos enfermos aun con milagros, encuentran paz los atribulados. Son fuente de gracia, de esperanza, de perdón para todos.

Lo que pidamos a María, si es bueno, nos será siempre concedido. No importa que no seamos dignos. La madre no actúa con amor porque el hijo lo merezca, sino porque es su hijo y tiene necesidad. Celebremos las fiestas de María con especial devoción. Preparémonos a ellas. Hagámosle obsequios especiales de sacrificios especiales y buenas obras. Alimentemos nuestra devoción y fervor leyendo de ella y sus misterios. En nuestras oraciones, por las intenciones y métodos más varios, que esté siempre presente el recuerdo, la acción de gracias, la petición a la virgen María.

Así como la primera pregunta a hacernos para evaluar nuestro caminar, por ejemplo en el año que ayer terminó, debe ser: ¿Mi amor a Jesucristo crece o bien está estancado o disminuye?, de modo semejante hagámonos las mismas preguntas sobre el amor a María: ¿Crece? ¿disminuye o está estancado?. María, Madre de Jesús, Madre de la Iglesia, ¿lo es para mi? ¿lo que es cada vez más? ¿qué han sido estas navidades en este aspecto?

Los hijos de Dios, los hermanos de Jesús, no somos huérfanos de Madre. María nos ha acogido respondiendo a la voluntad de Jesús, su Hijo y Señor. Acojámosla nosotros, como hizo Juan, entre las gracias más hermosas y grandes que Jesús nos ha dado.

Homilías: Sagrada Familia (B)

Lecturas: Eclo 3,2-6.12-14; S. 127; Col 3,12-21; Lc 2,22-40

Familia nueva
para una Iglesia nueva

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Las fiestas navideñas tienen una entrañable dimensión familiar. Esta fiesta de la Sagrada Familia subraya el hecho de que Jesús durante la mayor parte de su vida formó parte activa de una familia ejemplar. Era una familia normal, pobre en un pueblito pobre, sacudida por los aconteceres sociales y políticos de su tiempo, como cualquier otra. Fue ciertamente una familia profundamente religiosa. Se respiraba en los muros de su humilde morada la presencia de Dios. La Iglesia se ve reflejada en ella y también estimulada a ser en este mundo la familia de los hijos de Dios.

El texto leído pertenece al segundo capítulo del evangelio de San Lucas. Los dos primeros capítulos de San Lucas, que versan sobre la infancia de Jesús, está solidamente documentado que fueron escritos primero en hebreo. Lucas los recogió y pulió algunos detalles lingüísticos (escribe muy bien el griego), pero dejó abundantes huellas del texto primitivo hebreo para no alterar su sabor primitivo. No es hipótesis absurda que su primer origen esté en la Virgen María.

El texto narra muy claramente el hecho y el por qué debieron hacerlo. Eran una familia profundamente religiosa, Dios estaba en ellos y no dudaron ni un momento el cumplir con la Ley en todos sus detalles. A los cuarenta días del nacimiento del primogénito presentaron al niño al Señor. Eran pobres y entregaron el precio del rescate, dos pichones de paloma, señalado para ellos por la Ley.

Lucas no se detiene demasiado en los ritos cultuales sino que narra con más amplitud las reacciones y bendiciones de los ancianos Simeón y Ana. Ambos eran personas de Dios. Lo buscaban. Por eso Dios se comunicaba con ellos y aquel día el Espíritu Santo les sugirió ir al Templo y les iluminó para descubrir en aquel niño al Mesías prometido, al Salvador, a la liberación (propiamente el “rescate”) de Jerusalén. Cree y entenderás. Si vivimos con fe, con más fe, veremos a Dios salvador con más frecuencia. El que busca a Dios ciertamente que lo encuentra.

En aquella familia se cumplía todo lo que prescribía la ley del Señor. Y así “el niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba”.

Así debe en toda familia cristiana, así debería ser en sus familias. Aprovechen la Navidad para infundir y aumentar esta presencia de Jesús, del Emmanuel, del “Dios con nosotros”, en su familia. No sólo en sus personas, también en sus familias.

Todos sabemos que la familia está enferma. Pero más grave es que las fuerzas sociales que están actuando lo hacen para dañarla aun más. Son sobre todo ustedes, los laicos, los que forman las familias, quienes más pueden hacer en este esfuerzo por restaurar la familia como institución social y religiosa. No cedan, no se cansen. Pidan a Dios que les ayude. Procuren que en su casa reine el amor, que se realice la bendición del ángel: “Gloria a Dios en Cielo y en la tierra la paz por la buena voluntad de Dios”. Porque es lo que Dios quiere: que en la familia cristiana reine el amor, el Amor de Dios, porque Dios es amado y Dios llena de amor. Que Dios sea amado, porque cada uno lo ama y vive la felicidad de ese amor; porque ese amor les lleva y sostiene para respetar, para no herir, para ayudar, para vivir juntos el dolor y la alegría.

De la buena salud de la familia dependen muchos y fundamentales bienes para las personas, la sociedad y la Iglesia. El éxito de otras instituciones sociales y eclesiales (como la escuela misma y la parroquia) dependen de la salud de la familia. No bastaría la acción del Estado para solucionar problemas, por ejemplo la criminalidad juvenil, el fracaso escolar o la drogadicción, si la familia no cumple. Caigan en la cuenta, padres, de la importancia de su misión. Sólo ustedes la pueden realizar. Y háganla cada vez mejor. No huyan del problema. Afróntenlo. Es un bien en primer lugar para los mismos padres. Porque la familia viene a ser un desafío, que exige de los padres progreso continuo en las virtudes, en los conocimientos y en el arte de la educación. Es necesario el diálogo sincero y humilde entre los esposos para que, iluminados con la luz de Dios y animados por el amor que la gracia del sacramento del matrimonio alimenta y perfecciona, superen las dificultades que van surgiendo, a veces previsibles pero otras inesperadas. De esta forma la vida familiar con su exigencia hace crecer las virtudes sobrenaturales y la santidad, porque pide oración, ejemplo, sacrificio de tiempo para la escucha y humildad para el diálogo, y otras muchas renuncias que el buen desempeño de la paternidad y maternidad hacen necesarias.

También los hijos pueden y deben aportar mucho a la vida familiar, y deben irse haciendo responsables de ello. A medida que los hijos van creciendo, los padres sabiamente educadores muestran a los hijos lo mucho que pueden contribuir a la felicidad de la familia, de la que ellos participan. Así experimentarán la felicidad del que hace el bien. Con razón se designa a la familia con el término del “hogar”. Como en el fuego cada uno de los elementos que lo producen calienta al otro y es calentado por él y así se mantiene y crece, así en la familia cada uno de sus miembros procura contribuir al bienestar y amor de la familia y, al recibirlo de los demás, crece él mismo en felicidad y capacidad de amar.

Puede ser que alguno se pregunte ¿cómo lograr todo esto? Con la ayuda de Dios todo es posible. La palabra luminosa y fuerte de Dios leída y comentada en familia, la oración común en ciertos momentos, la memoria de la presencia de Dios con motivo de sucesos felices o difíciles, la acción del Espíritu en el corazón de cada uno, irán logrando que la atmósfera familiar sea la que nos sugieren las lecturas de la misa de hoy y tantas otras de la Escritura: “El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros. El que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos y, cuando rece, su oración será escuchada; al que honra a su madre el Señor lo escucha. La ayuda prestada al padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados”.

Padres, hijos que reciben hoy la palabra del Señor. “Que la paz de Cristo reine en sus corazones; que la palabra de Cristo habite entre ustedes en toda su riqueza”. Estas serán familias que hagan una sociedad nueva, un Perú mejor, una Iglesia renovada.

Hacerse compañía

P. Vicente Gallo Rodríguez S.J.

“Después, dijo Yahvé: ‘No es bueno que el hombre esté solo. Haré, pues, un ser semejante a él para que sea su ayuda’. Yahvé formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para que les pusiera nombre. Y cada ser viviente había de llamarse como el hombre le había llamado. Pero no encontró entre ellos un ser semejante a él para que fuese su ayuda.

Entonces Yahvé hizo caer un sueño profundo al hombre, y este se durmió. Y le sacó una de las costillas, tapando el hueco con carne. De la costilla que Yahvé había sacado al hombre, formó una mujer, y se la presentó al hombre. Entonces el hombre exclamó: ‘Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne’. Y la llamó mujer”; había sido sacada del hombre”.
(Génesis 2, 18-23)


Cuando a un encarcelado se le quiere castigar por una falta grave de insubordinación, hay una manera de hacerlo sin mayores torturas: meterlo aislado de todos los demás en una celda de castigo, y dejarlo ahí días o acaso meses sin que pueda comunicarse con nadie. Pienso en Abimael Guzmán apresado y sentenciado, con juicio sumarísimo, a ser recluido en una cárcel de alta seguridad: estando él solo, en una apartada celda, en total aislamiento hasta en el pequeño patio a donde en algunas horas le permitieran salir a pasear y tomar el aire o el sol. Como sucede en tantas “celdas de castigo” que se dan en cualquier parte del mundo.

Estar días y días encerrado en esa soledad, acostado, de pie o paseando, quizás leyendo, pero sin contacto con nadie; y así días y días, cadena perpetua,... es como para volverse loco. Solamente viendo a sus guardianes y viéndolos como enemigos. Cualquiera que se viese en tal situación de castigo, experimentaría lo terrible de semejante soledad. Es duro castigo el estar solo. Vale la pena meditarlo.

Como es triste la soledad de un enfermo en un hospital, a quien nadie viene jamás a visitarlo. Igualmente si está enfermo en su propia casa, pero sin familiares, sin amigos, sin que los vecinos siquiera entren a visitarlo ni atenderlo. Como es muy penosa, también, la soledad de un niño cuyos padres han muerto en un accidente, y él se ha quedado solo en la vida. O el anciano que se quedó viudo, y le ocurre que ni los hijos se interesan por él. Esa soledad se puede dar hasta viviendo en pareja, casados, pero sin verse o sin hablarse semanas y meses.

Desde lo profundo de nuestro ser humano, todos buscamos compañía. Cuando sufrimos, el estar acompañados es ya un importante alivio. Compartir nuestras penas o temores aligera ese peso que nos oprime en nuestro dolor; como si nos aliviase el que nos acompaña y nos escucha. Hasta nuestras alegrías y satisfacciones experimentamos que son más valiosas cuando alguien las comparte acompañándonos.

Y hago una reflexión más. El vivir mismo, sin compañía de nadie, nos parece carecer de sentido y de valor. Aunque sabemos también que, el vivir acompañado de gente alrededor, no quita la soledad tan penosa para el ser humano; seguimos en ella si no hay relación de amor con quienes nos acompañan. Solamente con amor hay verdadera compañía. Como también, sólo haciéndose compañía se goza del amor. Hasta en el Paraíso del Libro del Génesis, aquella pareja hecha para participar de la felicidad divina, tenía que pasearse con Dios (Gén 3, 8).

En la relación con la gente uno puede disfrutar de riquezas o de poder. Sin embargo, sería el hombre más desdichado aquel que, teniendo todo eso, no fuese amado por nadie; y más desdichado todavía aquel que, con poder o con dinero y con salud, igual que sin esas cosas, él mismo no amase a ninguna otra persona. Ser amados y amar son consustanciales a los seres humanos y a su anhelo de ser felices viviendo. Amar y ser amados es lo que más buscamos y queremos encontrar.

Con una profunda visión de la realidad del hombre, la Biblia, en el relato de la creación, nos dice que al hombre le hizo Dios después de todas las demás cosas que creó, queriendo poner en el hombre una imagen y semejanza de El mismo, como Dios, al coronar la creación. Nos pone a Adán en el Paraíso, dueño y señor de todo lo que podría necesitar, porque Dios le había provisto de todo; “pero no encontraba un semejante a él para que fuese su ayuda”.

Dios al verlo, sintió pena; y sentenció: “No es bueno para el hombre estar solo; voy a hacerle una ayuda adecuada”. Creó entonces a la mujer para que viniese a llenar el vacío que tenía el hombre allá en lo profundo de su ser, sintiéndose inconsistente como faltándole una costilla. Se la presentó al hombre en un despertar de su sueño, y él exclamó al ver tal compañera: “Esta sí, que es carne de mi carne y hueso de mis huesos”. Añade la Biblia: “Los dos estaban desnudos, pero no sentían vergüenza”, no tenían de qué sentirla.

Serían felices tales como eran, pero juntos los dos. Encontraban su ser completo estando juntos, y viéndose así, como eran, “no sentían vergüenza”. El desorden al mirarse, y la consiguiente vergüenza al verse uno al otro desnudos, vinieron después, cuando se escondieron avergonzados por haber pecado al querer buscar la felicidad en las cosas en vez de tenerla en ellos.

Dios instituyó así el matrimonio: no para desahogo de sus pasiones, sino para complementarse, y ser felices de esa manera. Sentenciando: “Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. Jesús, más tarde, añadió a esa sentencia divina: “Y lo que Dios ha unido, que nunca lo separe el hombre”, como puede hacerlo de tantos modos con sus torpezas.

Es por ello que el hombre igual que la mujer, en su despertar a ser adultos, se buscan como si un profundo imán los atrajese mutuamente. No para satisfacer su instinto sexual, que podrían hacerlo y lo hacen fácilmente fuera del matrimonio. Sino “para ser su ayuda” el uno unido al otro.
Cuando él o ella van haciéndose mayores y no encontraron ya su pareja, sienten la penosa angustia de quedarse solos. Si enviudan, es frecuente que se busquen otra pareja, sintiendo que lo necesitan en su soledad; aunque el viudo tenga riquezas, honores o poder, pero sin que los hijos siquiera le basten como consuelo. Cuanto más se acercan a la ancianidad, la soledad se les hace más dura y pesada, se ven más necesitados de tener a su lado el complemento que Dios pensó. Así nos lo dice la experiencia más general.

Comunicándose mutuamente con una confianza sin barreras, y así “viéndose al desnudo” el uno al otro, no sentirán vergüenza por verse tan de veras; sino que en ello encontrarán la dicha de ese amor que se demuestran viviendo ambos su relación en una apertura total. Esa confianza y apertura mutua es lo que más adelante veremos como el “diálogo” necesario en el matrimonio, tomando la decisión de amar a quien eligió para ser su pareja.

Diríamos que Dios se jugó mucho al hacer a los hombres “a su propia imagen y semejanza: para hacerlos así, los hizo libres, como lo es El. Siendo libres los dos, es como habrían de decidir o no decidir, decidir una cosa o la contraria, igual en su vida personal que en su vida de relación. Pero si Dios es AMOR, serían “semejantes a Dios” amándose de así, responsablemente, libremente. Y si en el amarse como Dios nos ama es como encontrarían ser felices como Dios, ambos, esposo y esposa, serán cada uno responsables de su amor y su felicidad. Echar la culpa al otro, generalmente es elegir el engaño.

También ocurre entonces que cuando dos esposos se aman con ese amor con el que Dios los ama, son de veras “imagen de Dios”. Es Dios quien se ve en ellos como en un espejo, gozándose al hallarse reflejado en ese amor. Pero, además, todos los que los ven amarse de ese modo encuentran en ellos a Dios; lo encuentran los hijos, y todos los que los miran con esos ojos limpios que aún tienen los niños para ver e interpretar.

Cuando decimos a los niños que Dios es Padre, o que Dios es AMOR, lo entenderán si ven a sus padres amarse de esa manera, particularmente viendo a su padre amar a su madre de ese modo. De lo contrario, es posible que no entiendan bien lo que decimos. Igual que les ocurre a los mayores cuando un sacerdote dice esas cosas a su gente y no encuentran en él ese Amor de Dios del que les hablan. No pueden ni creer ni entender algo tan luminoso.

Quiero decir más del caso del sacerdote. Si no asume con fe e ilusión su celibato al que le llamó el Señor, sabiéndose ser la presencia de Cristo desposado con su Iglesia, con esa parcela de la Iglesia que a él se le ha confiado para amarla “como Cristo ama a su Iglesia”, sentirá una soledad penosa. El celibato le resultará como una carga pesada, acaso hasta insoportable; aunque se vea rodeado de la gente y de su estima, o quizás de sus aplausos. Pero se sentirá tan feliz como Jesucristo que optó por ser célibe para darse plenamente, no a una mujer, sino a todos los que redimía con igual amor; si el sacerdote es fiel en amar a su Iglesia tanto como Cristo la ama. Y si entonces es amado por su gente, sentirá que es Cristo quien es amado en la persona de él. ¡Cuán felices han sido los santos sacerdotes y los consagrados con Votos Religiosos viviendo con toda fidelidad y entrega su consagración!

Uno que había sido Religioso y que le habían hecho Obispo, me decía en una ocasión que lo más duro para él en su nuevo estado de Obispo era haber dejado de vivir en Comunidad Religiosa. Ahora, en su casa se sentía solo, aunque tenía sirvientes. Y en su vida, trabajando mucho, sentía la soledad de que sus sacerdotes le respetaban, sí, pero se le quedaban distantes. En algunos casos, hasta le parecía que le tomaban como un “enemigo”. Añoraba la vida de antes; le parecía que, al haber “subido de nivel”, había sido condenado a sufrir la soledad. Los Obispos también pueden sufrirla, es evidente.

En el mismo matrimonio es muy frecuente seguir viviendo juntos, comiendo en la misma mesa, durmiendo en el mismo lecho; pero sufriendo una soledad angustiosa. Cuando llevan tiempo sin intercambiar una conversación seria, o cuando se hirieron y no se perdonaron aún. También cuando se han resignado a seguir adelante para no dar escándalo; pero haciendo cada uno totalmente su vida propia. Cuando no se tienen verdadero amor de intimidad. Cuando su enamoramiento ha desaparecido, y ya no se tienen ni amor. Es muy penosa soledad en la que están cada uno, viviendo en pareja. Se unieron para toda la vida, y no para vivir así, sino más bien para ser el uno apoyo firme del otro. Así les ocurre también a los sacerdotes si son simplemente no casados, si no son Cristo amando a su Iglesia hasta el extremo en el que Jesús amó a los suyos tales como eran (Jn 13, 1).

La parusía en la predicación de san Pablo

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 12 de noviembre de 2008

Queridos hermanos y hermanas:
El tema de la Resurrección, sobre el que hablamos la semana pasada, abre una nueva perspectiva, la de la espera de la vuelta del Señor y, por ello, nos lleva a reflexionar sobre la relación entre el tiempo presente, tiempo de la Iglesia y del reino de Cristo, y el futuro (éschaton) que nos espera, cuando Cristo entregará el Reino al Padre (cf.1 Co 15, 24). Todo discurso cristiano sobre las realidades últimas, llamado escatología, parte siempre del acontecimiento de la Resurrección: en este acontecimiento las realidades últimas ya han comenzado y, en cierto sentido, ya están presentes.

Probablemente en el año 52 san Pablo escribió la primera de sus cartas, la primera carta a los Tesalonicenses, donde habla de esta vuelta de Jesús, llamada parusía, adviento, nueva, definitiva y manifiesta presencia (cf. 1 Ts 4, 13-18). A los Tesalonicenses, que tienen sus dudas y problemas, el Apóstol escribe así: "Si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús" (1 Ts 4, 14). Y continúa: "Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre con el Señor" (1 Ts 4, 16-17). San Pablo describe la parusía de Cristo con acentos muy vivos y con imágenes simbólicas, pero que transmiten un mensaje sencillo y profundo: al final estaremos siempre con el Señor. Este es, más allá de las imágenes, el mensaje esencial: nuestro futuro es "estar con el Señor"; en cuanto creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado.

En la segunda carta a los Tesalonicenses, san Pablo cambia la perspectiva; habla de acontecimientos negativos, que deberán suceder antes del final y conclusivo. No hay que dejarse engañar —dice— como si el día del Señor fuera verdaderamente inminente, según un cálculo cronológico: "Por lo que respecta a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestros ánimos, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera" (2 Ts 2, 1-3). La continuación de este texto anuncia que antes de la venida del Señor tiene que llegar la apostasía y se revelará un no bien identificado "hombre impío", el "hijo de la perdición" (2 Ts 2, 3), que la tradición llamará después el Anticristo.

Pero la intención de esta carta de san Pablo es ante todo práctica; escribe: "Cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado de que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A esos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan" (2 Ts 3, 10-12). En otras palabras, la espera de la parusía de Jesús no dispensa del trabajo en este mundo; al contrario, crea responsabilidad ante el Juez divino sobre nuestro obrar en este mundo. Precisamente así crece nuestra responsabilidad de trabajar en y para este mundo. Veremos lo mismo el domingo próximo en el pasaje evangélico de los talentos, donde el Señor nos dice que ha confiado talentos a todos y el Juez nos pedirá cuentas de ellos diciendo: ¿Habéis dado fruto? Por tanto la espera de su venida implica responsabilidad con respecto a este mundo.

En la carta a los Filipenses, en otro contexto y con aspectos nuevos, aparece esa misma verdad y el mismo nexo entre parusía —vuelta del Juez-Salvador— y nuestro compromiso en la vida. San Pablo está en la cárcel esperando la sentencia, que puede ser de condena a muerte. En esta situación piensa en su futuro "estar con el Señor", pero piensa también en la comunidad de Filipos, que necesita a su padre, san Pablo, y escribe: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger. Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús, cuando yo vuelva a estar entre vosotros" (Flp 1, 21-26).

San Pablo no tiene miedo a la muerte; al contrario: de hecho, la muerte indica el completo estar con Cristo. Pero san Pablo participa también de los sentimientos de Cristo, el cual no vivió para sí mismo, sino para nosotros. Vivir para los demás se convierte en el programa de su vida y por ello muestra su perfecta disponibilidad a la voluntad de Dios, a lo que Dios decida. Sobre todo, está disponible, también en el futuro, a vivir en esta tierra para los demás, a vivir para Cristo, a vivir para su presencia viva y así para la renovación del mundo. Vemos que este estar con Cristo crea a san Pablo una gran libertad interior: libertad ante la amenaza de la muerte, pero también libertad ante todas las tareas y los sufrimientos de la vida. Está sencillamente disponible para Dios y es realmente libre.

Y ahora, después de haber examinado los diversos aspectos de la espera de la parusía de Cristo, pasamos a preguntarnos: ¿Cuáles son las actitudes fundamentales del cristiano ante las realidades últimas: la muerte, el fin del mundo? La primera actitud es la certeza de que Jesús ha resucitado, está con el Padre y, por eso, está con nosotros para siempre. Y nadie es más fuerte que Cristo, porque está con el Padre, está con nosotros. Por eso estamos seguros y no tenemos miedo. Este era un efecto esencial de la predicación cristiana. El miedo a los espíritus, a los dioses, era muy común en todo el mundo antiguo. También hoy los misioneros, junto con tantos elementos buenos de las religiones naturales, se encuentran con el miedo a los espíritus, a los poderes nefastos que nos amenazan. Cristo vive, ha vencido a la muerte y ha vencido a todos estos poderes. Con esta certeza, con esta libertad, con esta alegría vivimos. Este es el primer aspecto de nuestro vivir con respecto al futuro.

En segundo lugar, la certeza de que Cristo está conmigo, de que en Cristo el mundo futuro ya ha comenzado, también da certeza de la esperanza. El futuro no es una oscuridad en la que nadie se orienta. No es así. Sin Cristo, también hoy el futuro es oscuro para el mundo, hay mucho miedo al futuro. El cristiano sabe que la luz de Cristo es más fuerte y por eso vive en una esperanza que no es vaga, en una esperanza que da certeza y valor para afrontar el futuro.

Por último, la tercera actitud. El Juez que vuelve —es Juez y Salvador a la vez— nos ha confiado la tarea de vivir en este mundo según su modo de vivir. Nos ha entregado sus talentos. Por eso nuestra tercera actitud es: responsabilidad con respecto al mundo, a los hermanos, ante Cristo y, al mismo tiempo, también certeza de su misericordia. Ambas cosas son importantes. No vivimos como si el bien y el mal fueran iguales, porque Dios sólo puede ser misericordioso. Esto sería un engaño. En realidad, vivimos en una gran responsabilidad. Tenemos los talentos, tenemos que trabajar para que este mundo se abra a Cristo, para que se renueve. Pero incluso trabajando y sabiendo en nuestra responsabilidad que Dios es verdadero juez, también estamos seguros de que este juez es bueno, conocemos su rostro, el rostro de Cristo resucitado, de Cristo crucificado por nosotros. Por eso podemos estar seguros de su bondad y seguir adelante con gran valor.

Un dato ulterior de la enseñanza paulina sobre la escatología es el de la universalidad de la llamada a la fe, que reúne a los judíos y a los gentiles, es decir, a los paganos, como signo y anticipación de la realidad futura, por lo que podemos decir que ya estamos sentados en el cielo con Jesucristo, pero para mostrar en los siglos futuros la riqueza de la gracia (cf. Ef 2, 6 s): el después se convierte en un antes para hacer evidente el estado de realización incipiente en que vivimos. Esto hace tolerables los sufrimientos del momento presente, que no son comparables a la gloria futura (cf. Rm 8, 18). Se camina en la fe y no en la visión, y aunque sería preferible salir del destierro del cuerpo y estar con el Señor, lo que cuenta en definitiva, habitando en el cuerpo o saliendo de él, es ser agradables a Dios (cf. 2 Co 5, 7-9).

Finalmente, un último punto que quizás parezca un poco difícil para nosotros. En la conclusión de su primera carta a los Corintios, san Pablo repite y pone también en labios de los Corintios una oración surgida en las primeras comunidades cristianas del área de Palestina: Maranà, thà! que literalmente significa "Señor nuestro, ¡ven!" (1 Co 16, 22). Era la oración de la primera comunidad cristiana; y también el último libro del Nuevo testamento, el Apocalipsis, se concluye con esta oración: "¡Ven, Señor!". ¿Podemos rezar así también nosotros? Me parece que para nosotros hoy, en nuestra vida, en nuestro mundo, es difícil rezar sinceramente para que acabe este mundo, para que venga la nueva Jerusalén, para que venga el juicio último y el Juez, Cristo. Creo que aunque, por muchos motivos, no nos atrevamos a rezar sinceramente así, sin embargo de una forma justa y correcta podemos decir también con los primeros cristianos: "¡Ven, Señor Jesús!".

Ciertamente, no queremos que venga ahora el fin del mundo. Pero, por otra parte, queremos que acabe este mundo injusto. También nosotros queremos que el mundo cambie profundamente, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo esto. Pero ¿cómo podría suceder esto sin la presencia de Cristo? Sin la presencia de Cristo nunca llegará un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera, totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo: ¡Ven, Señor! Ven a tu modo, del modo que tú sabes. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven a los campos de refugiados, en Darfur y en Kivu del norte, en tantos lugares del mundo. Ven donde domina la droga. Ven también entre los ricos que te han olvidado, que viven sólo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu modo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestro corazón, ven y renueva nuestra vida. Ven a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia tuya. En este sentido oramos con san Pablo: Maranà, thà! "¡Ven, Señor Jesús"!, y oramos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve.
Tomado de:

¡FELIZ NAVIDAD!


“Hoy les ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”
Lc. 2,11.

¡Feliz Navidad!

Que en nuestros corazones acojamos
el nacimiento del Niño Jesús, para que nos renueve
con su gracia y como ofrenda a Él contribuyamos a construir
un Perú más creyente, justo y solidario.
Dios los bendiga.

Son los deseos del Equipo Editor de Formación Past
oral para Laicos.

Navidad distinta

Canción Navideña
Invitamos a reflexionar la letra de esta significativa canción.

De Belenes, de campanas y regalos
se compone nuestra pobre Navidad
panderetas y zambombas que no falten
porque así es mucho más fácil no pensar.

Yo quiero una Navidad distinta
en la que el odio y el rencor no tengan sitio
en la que el pobre sea tratado como rico
que en nada influyan los colores de la piel.
Yo quiero una Navidad distinta
donde el amor y la paz lo llenen todo.

Celebrando dos mil años estas fiestas
sin que el mundo reconozca la verdad
mientras se hablen de miserias y de guerras
es que aún no se entendió la Navidad.

De recuerdos, rituales y nostalgias
hemos hecho el fundamento de la fe
pero Cristo es realidad y está presente
desde el día en que nació pobre en Belén.


Árbol de Navidad


Me
agradaría
preparar en estos días
un árbol de Navidad
muy especial
y colgar, en lugar de regalos
los nombres
de todos mis amigos. Los de cerca
y los de más lejos. Los de siempre y los que
tengo ahora.
Los que veo cada día, y los que encuentro de
vez en cuando.
Aquellos a los que siempre recuerdo y a los que a menudo olvido.
A los constantes y a los inconstantes. A los de las horas
alegres y a los de las horas difíciles. A los que sin querer herí
y a los que sin querer me hirieron. Aquellos a quienes conozco
profundamente, y aquellos a quienes sólo conozco por su
apariencia.
A los que me deben algo y a los que les debo mucho. A los amigos humildes
y a los amigos importantes. Por eso los nombro a todos, a todos los amigos que han
pasado por mi vida. A los que reciben este mensaje y a los que no lo recibirán.
Un árbol de raíces profundas, para que sus nombres no se puedan arrancar jamás.
Un árbol que, al florecer el año que viene, nos traiga ilusión, salud, amor y paz.
Un árbol bendecido por Dios, que nos recuerde que Jesús también quiere nacer en mi corazón y en el de aquellos cuyos nombres cuelgan en él.
Y me recuerde que con la gracia de Dios, podré decirle como nuestra Madre María, sí a su proyecto que tiene para mí.
Ojalá que por Navidad, nos podamos reencontrar compartiendo los mejores deseos
de esperanza
dando algo
de felicidad a aquellos
que lo han perdido todo.
¡FELIZ NAVIDAD!
...
Compartido por Enrique Hernández.

Tu regalo para Jesús

Fr. Nelson M.



Hace poco volví a escuchar aquella pregunta que me ha cautivado en cada Diciembre: ¿Y tú, qué le vas a regalar al Niño Jesús? Es una pregunta sencilla, casi infantil, pero con frecuencia las respuestas tienen inesperada profundidad.

Esa pregunta ha sido respondida en clave humorística, haciendo mofa, por ejemplo, de la vida política de nuestros países. El asunto tiene su gracia pero no es lo que más atrae nuestra atención en este momento.

Más interesante es la respuesta en clave afectiva y nostálgica, con un toque de belleza e inocencia, como cuando "El Niño del Tambor" (El Tamborilero) regaló al Niño Dios su destartalado tamborcito, después de asegurar de ese juguete que "su ronco acento es un canto de amor."

En clave práctica y solidaria muchos reflexionan sobre el don de la vida, y lo que implica defender la vida humana, rescatando seres humanos del genocidio abortista, o de las cadenas de la pobreza o el maltrato infantil.

En clave artística y literaria, bien sabemos cómo el Niño del Portal ha sido fuente inagotable de poemas, cuentos, cuadros, esculturas, representaciones teatrales, autos sacramentales, meditaciones en prosa y verso. Muchos de los autores así inspirados han ofrecido o "regalado" sus obras a Cristo.

En clave espiritual y mística, la respuesta es obvia: lo que hay que regalar al Niño es el don de la propia vida; lo que hay que ofrecer es la propia persona, el propio ser.

En clave de evangelización sabemos que el regalo es: corazones convertidos; hombres y mujeres gozosos de celebrar el amor que ha visitado nuestra tierra con la llegada del Recién Nacido.
Otro modo de abordar la pregunta es pensando en objetos específicos, que por su significado o por la manera como nos han ayudado o impedido la recepción del Evangelio. Del mismo modo que hay personas que dejan sus muletas en aquel santuario en que han recobrado la salud, uno podría pensar en dejar a los pies del Niño Dios aquello que ha marcado alguna época de la vida con los trazos indelebles del dolor o la carencia. O también: todo aquello que se ha convertido en símbolo de la victoria del amor cristiano.

Según este criterio, los enemigos reconciliados deberían dejar un "Acta de Perdón" en el Portal de Belén.

Aquella pluma, o lápiz, o bolígrafo con que escribiste tu más hermosa Carta de Amor podría bien reposar junto a Cristo, como tributo a Aquel que nos ha amado sobre toda medida.
Las fotografías de aquel retiro o peregrinación en que te encontraste con el Hijo de Dios y Redentor de los Hombres, deberían ser tu homenaje de gratitud a Aquel que fue causa de tu regocijo.

Muchas parejas felizmente casadas saben que sólo junto a Jesús Niño hay un lugar digno para sus anillos o alianzas matrimoniales. Algo parecido dirán obispos y sacerdotes piadosos en relación con aquellos emblemas o recuerdos de su propia ordenación.

En clave personal, confieso que he llegado a mirar mi servicio en Internet, y en particular mi Casa para tu Fe Católica como el testamento que podré dejar, con humilde y tembloroso amor, a mis hermanos en la fe. Hoy le regalo mi página web a Jesús Niño, y en ella, todo el bien que el ministerio de la predicación pueda hacer para gloria suya y de su Santa Iglesia.
¿Y tú, qué le vas a regalar al Niño Jesús?


amigos@fraynelson.comPd.: La colección completa de estos escritos se halla aquí. En estos y todos nuestros escritos nos acogemos con gusto al parecer y veredicto definitivo de la Santa Iglesia Católica, y, en particular, de la Sede Apostólica.
Compartido por Zoila Ortiz.

Navidad: Paz y Buena Voluntad

Queremos compartir una reflexión transcrita de Eclesalia.net


JOSEP CORNELLÀ y CANALS
GIRONA



ECLESALIA, 23/12/08.- Dicen que hace poco más de dos mil años, en la primera noche de Navidad, unos mensajeros celestiales, cantaban gloria a Dios y deseaban la Paz a los hombres de buena voluntad. No sé si fue cierto, o fue un deseo del evangelista que no encontró mejores metáforas para referir un acontecimiento de supondría un importante cambio en la historia de la humanidad. Pero estas frases forman, todavía hoy, parte de nuestro imaginario. Me gustaría en esta Navidad volver a escuchar estos cánticos y estos deseos. Necesitamos un cambio en la orientación que hemos dado a nuestro mundo. Nos hace falta una esperanza. Y, tal vez, la frase de aquella primera noche de Navidad deba tener hoy un sentido actual.

“La gloria de Dios es que el pobre viva” decía monseñor Romero. Y los pobres son todos aquellos para quienes la vida resulta una carga pesada. Y son todos aquellos que tienen todos los poderes fácticos en contra suya. A nuestro entorno hay pobres, muchos pobres. A nuestro entorno ha aumentado la pobreza. Navidad supone un compromiso hacia esta pobreza espiritual y material de nuestro mundo. Pienso en aquellas personas que ha perdido toda esperanza, que se sienten constreñidas por un mundo cada día más complicado. Y pienso también en aquellas personas que han querido manifestar su voluntad de, pese a que sea políticamente incorrecto, decir aquello que piensan y defenderlo con argumentos. Tienen los poderes en contra. Son pobres.

Y, curiosamente, los mensajeros celestiales desean la paz a los hombres de buena voluntad. La paz es el bien más grande del espíritu: aquel estado de tranquilidad y quietud, no turbado por fatigas ni molestias; aquel estado de ánimo tranquilo, no turbado por la pasión. Se hace necesaria la paz cuando sentimos desorden alrededor nuestro. Y la paz se fundamenta en la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

¿Y la voluntad? La voluntad es una facultad específica del ser humano que es el fundamento de la conducta moral. Tendrá buena voluntad aquella persona que se proponga obrar el bien, complacer y favorecer a los demás.

No deja de ser tajante la simplicidad del mensaje navideño. En unos momentos en que nos gusta tenerlo todo tan estructurado, los mensajeros celestiales no hacen un enunciado de obligaciones y preceptos por conseguir la ansiada paz. Basta con tener esta buena voluntad.

La Navidad de este año, enmarcado por unas crisis económicas y psicológicas (más lacerantes que las primeras) nos invita a mirar más allá de nuestro yo mezquino, y a plantear la trascendencia de ayudar a vivir a aquellas personas que se sienten agobiadas por la vida y a poner la mejor voluntad en cada uno de nuestros actos; avivando aquellas esperanzas que divisamos en tantas personas humanas y que nos permiten aumentar el optimismo.

Tomado de:
http://www.eclesalia.net

Obispos de Perú: "Hoy ha nacido el Salvador"


Mensaje Navideño

Como pastores del pueblo de Dios en el Perú, les anunciamos una vez más la buena noticia de la Navidad de Jesús: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” Is. 9,5. Como se les anunció a los pastores de Belén, pregonamos la luz y la paz de Dios: “Hoy les ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor” Lc. 2,11.

Con la certeza que nos da la fe, este anuncio es motivo de alegría y esperanza; fuente de fortaleza para vencer la cultura de la violencia y de la muerte y para construir la solidaridad, el progreso y la paz entre los hombres y los pueblos.

El Papa Benedicto XVI, quiere comenzar el año nuevo 2009, con un mensaje: “combatir la pobreza, construir la paz”, que alienta y confirma nuestra propuesta como Obispos del Perú al inicio del Adviento.

El Papa aborda la pobreza que aflige al mundo desde la perspectiva de la globalización, que “debería abarcar la dimensión espiritual y moral, en la que todos –personas, pueblos y naciones- se comporten siguiendo los principios de fraternidad y responsabilidad”.

El Papa nos habla de marginación, pobreza relacional, moral y espiritual en las sociedades ricas y desarrolladas donde se encuentran personas desorientadas interiormente, aquejadas por formas diversas de malestar a pesar de su bienestar económico.

El Papa aborda también las implicaciones morales de la pobreza en su relación con el crecimiento demográfico, con las campañas para reducir la natalidad, el exterminio de millones de niños no nacidos en nombre de la lucha contra la pobreza, que en realidad es la eliminación de los seres humanos más pobres.

En esta perspectiva tenemos que mirar la pobreza de los niños, porque cuando la pobreza afecta a una familia, los niños son las víctimas más vulnerables; así, casi la mitad de quienes viven en la pobreza absoluta son niños.

En el Perú tenemos que reconocer todavía los graves problemas que aquejan a los peruanos; sin embargo, en medio de dificultades y contratiempos encontramos señales visibles de esperanza y conductas ejemplares de honestidad y solidaridad que es preciso reconocer y premiar.

Somos testigos de auténticas muestras de solidaridad y amor al prójimo que aparecen en situaciones difíciles y extremas. La tragedia del sismo ocurrido el 15 de agosto del año pasado nos dio esa gran lección. El sufrimiento de los heridos y de las familias que perdieron a sus seres queridos y se quedaron sin hogar, fue una oportunidad para sensibilizarnos con el dolor humano. Despertó en nosotros la solidaridad que los hermanos del sur esperaban.

En este sentido invocamos a seguir construyendo una cultura de servicio y solidaridad en forma permanente.

En esta Navidad, cuando celebramos el nacimiento de Jesús niño, nacido de María, en la humildad y pobreza del pesebre de Belén, nos encontramos todavía ante muchas realidades dolorosas, y entre ellas, una constituida por el momento difícil que atraviesa el Hogar Clínica San Juan de Dios.

El Papa Benedicto XVI nos impulsa a la lucha contra la pobreza, que necesita hombres y mujeres que vivan en profundidad la fraternidad y sean capaces de acompañar a las personas, familias y comunidades en el camino de un auténtico desarrollo humano.

Dios nos ha entregado a su hijo Jesús nacido de la Virgen María –niño como los niños del mundo- que nos invita en esta Navidad a la austeridad y a la generosidad, compartiendo lo que somos y lo que tenemos.

¡FELIZ NAVIDAD Y UN AÑO 2009 LLENO DE PAZ Y PROSPERIDAD!
LOS OBISPOS DEL PERÚ

Tomado de:

http://www.iglesiacatolica.org.pe/msje_navidad2008.htm

Saludo por Navidad del Papa


«Queridos hermanos y hermanas, la Navidad es una oportunidad privilegiada para meditar sobre el sentido y el valor de nuestra existencia. El aproximarse de esta solemnidad nos ayuda a reflexionar, por una parte, sobre el dramatismo de la historia en la que los hombres, heridos por el pecado, están permanentemente buscando la felicidad y un sentido satisfactorio de la vida y la muerte; por otra, nos exhorta a meditar sobre la bondad misericordiosa de Dios, que ha salido al encuentro del hombre para comunicarle directamente la Verdad que salva, y hacerle partícipe de su amistad y de su vida.

Preparémonos, por tanto, a la Navidad con humildad y sencillez, disponiéndonos a recibir el don de la luz, la alegría y la paz que irradian de este misterio. Acojamos la Navidad de Cristo como un acontecimiento capaz de renovar hoy nuestra existencia. Que el encuentro con el Niño Jesús nos haga personas que no piensen solo en sí mismas, sino que se abran a las expectativas y necesidades de los hermanos. De esta forma nos convertiremos también nosotros en testigos de la luz que la Navidad irradia sobre la humanidad del tercer milenio.

Pidamos a María Santísima, tabernáculo del Verbo encarnado, y a san José, silencioso testigo de los acontecimientos de la salvación, que nos comuniquen los sentimientos que ellos tenían mientras esperaban el nacimiento de Jesús, de modo que podamos prepararnos a celebrar santamente la próxima Navidad, en el gozo de la fe y animados por el empeño de una conversión sincera.»

¡Feliz Navidad!

SS Bendicto XVI, miércoles 17/XII/08

Papa Noel devuélvanos a Jesús



A continuación transcribimos una reflexión de Monseñor Hugo Garaycoa H. sobre la Navidad. Actualmente Monseñor Garaycoa, dentro de sus labores, es asesor pastoral de Cáritas del Perú, a quienes dirige esta reflexión que queremos compartirla como nos la han compartido.



… A lo largo de estos últimos años por razones comerciales y por la globalización e influencia de otros países más poderosos nos han agigantado la figura de Papá Noel.

De los regalos a los niños a los regalos a todos y la comunicación nos trae que los niños de zonas más favorecidas tienen juguetes costosos y los de los sectores mucho menos favorecidos sienten que para ellos no hay esperanza, ni regalos.

Al alejar al Niño Dios de nuestra navidad se ha perdido el Amor y la Esperanza que sostenía la Caridad y nos encontramos con la figura de Papá Noel que aparece en las propagandas como: regala esta navidad tal y tal cosa, y crea necesidad, en los mayores y sobre todo en los niños.

En cuántos hogares se vive la ilusión de hacer su pesebre y en la Noche de Navidad, que llamamos Noche Buena, colocar el Niño Jesús y luego compartir sobre todas las cosas, el Amor?.

Pero … los niños dicen: qué me va ha traer Papá Noel, es cierto que los niños hasta los más pequeños hoy unen Navidad a regalos, saben que el Papá Noel es su papá disfrazado o sin disfraz y toda la Navidad se centra en los regalos, ya no cantamos al Niño que nos regala su nacimiento cada año, ya no vivimos la ilusión de en familia: sembrar los triguitos, armar el escenario con sus cerros, los animalitos y finalmente el Misterio y la cunita vacía para poner el niño. Hay un dinamismo de competir, más que el recibir y comer y qué comer; debe ser algo especial y quizá abundante para unos y pobre para otros.

Tenemos que cambiar nuestra manera de pensar con respecto a la Navidad y pasar de dar y recibir a compartir y buscar todo aquello que pueda ayudarnos a compartir y descubrir que por encima de todo debe estar presente el AMOR y querer más que Jesús, que representa el Amor. Que el nacimiento de aquél que se hizo: pequeño para engrandecernos a nosotros, pobre para hacernos ricos, débil para hacernos fuertes, que se despojó de todo para hacernos uno de nosotros y COMPARTIR su vida con nosotros, alguien que nos invita a imitarlo mostrándose como amar mejor a los demás, como vivir en armonía con todos ( ama a tus enemigos ).

El Papá Noel en su ficción de vida qué nos muestra como lección de vida y para la vida?. Hagamos nuestro nacimiento el 24 en la noche, reunámonos en torno a un nacimiento armado en colaboración con los niños y que uno de ellos coloque el niño y todos adorarlo juntos.

Que no se tenga un nacimiento de “ADORNO” sino uno sencillo pero donde los niños puedan tocar y mover las figuras sin temor a romperlos y si se rompen esto es secundario. Que desde el armado participen los niños de la casa.

Les deseo a todos una Feliz Navidad, “No hay Navidad sin Jesús”.

+ Hugo Garaycoa H.

...

Invitamos a visitar el portal de Cáritas del Perú para conocer de cerca su labor de servicio, especialmente dirigido a los más pobres de nuestro país:

Quiero ser como Dios

P. Vicente Gallo Rodríguez S.J.


“Dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que mande sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre las bestias, las fieras salvajes y también los reptiles que se arrastran sobre el suelo’.
Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó.
Dios los bendijo diciéndoles: ‘Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla a ustedes. Manden a los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal viva sobre la tierra’. Creó, pues, Dios así al ser humano a imagen suya. A imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó”.
(Génesis 1, 26-27)


“Quiero ser como Dios”. Este grito, que parece blasfemo y puede serlo si es enfrentarse con el Creador, dicen que fue el primer grito de rebelión, el de Luzbel, el ángel caído que se convirtió en Satanás. Algo parecido quiso decirnos la sabiduría griega con el mito aquel de Prometeo que un día quiso subir hasta lo más alto de la morada de los dioses para robarles sus secretos, entre ellos el fuego, y traerlos a la tierra para los hombres: con esa hazaña, no sólo sería famoso, sino que tendría más poder que el resto de los humanos, sería su rey. Pero descubierto en su audaz golpe, los dioses, irritados, le encadenaron en la cumbre más alta del Cáucaso donde un águila le comería el hígado, que de nuevo le renacería para verse otra vez devorado. Zeus entonces, como regalo para los hombres que tanto soñaban, creó a Pandora trayéndoles un cofre misterioso en sus manos; al abrirle la tapa, se halló que en él estaban encerrados todos los males, quedando en el fondo del cofre la esperanza. Mitos clásicos imperecederos.

Son mitos, qué duda cabe. Pero llenos de sabiduría. En el Libro Sagrado del Génesis bien se puede entender algo parecido con aquel relato del Paraíso. Allí aparece Adán insatisfecho, siendo dueño de todo lo creado. El Libro pone también a Eva como respuesta que da Dios al hombre en su insatisfacción profunda; aunque de ella habría de proceder para los hombres el pecado y todos los consiguientes males, pero siempre quedando la esperanza como telón de fondo. La dimensión prometéica del hombre, y la caja de Pandora, han pasado a ser tópicos de la literatura sobre el misterio del hombre. La Torre de Babel para subir hasta el cielo y la multiplicación de los idiomas como castigo, también del Génesis, es un relato que nos dice algo parecido.

Sin la luz no entendemos ser posible la vida; el traer a la vida lo llamamos “dar a luz”. Pero es que la vida misma es luz; y la muerte es caer en las tinieblas, la tiniebla total. Vivir sin tener felicidad es no encontrar luz en la vida. Vida, felicidad y luz se nos hacen equivalentes; la esperanza, es la luz allá en el horizonte caminando en la oscuridad. Y no hay esperanza alguna de verdadero vivir después de la muerte si no es por obra de Dios, dándonos El una Vida nueva, personal, pero distinta. La que Dios nos ha prometido, en la que creemos y esperamos, la Vida que tiene Jesús resucitado: el vivir mismo de Dios, nuestro anhelo indoblegable a pesar de tantas decepciones y fracasos.

Definitivamente, mientras vivimos queremos ser felices. Pero ocurre que una felicidad mal poseída o muy corta en sus límites podemos considerarla desdicha. Nuestro anhelo de vivir es anhelo de gozar, y cualquier límite que nos amenace, en duración o en calidad, nos hace sentir más desdichados. Siempre queremos vivir mejor, y gozar no sólo más tiempo sino con un gozo mayor. Solamente “ser como Dios” respondería a nuestro anhelo de vivir y de gozar que hay en lo más profundo de nuestro ser.

Dios existe, razonó alguien: porque ha de existir ése que me ame siempre, porque tiene que existir quien dé sentido a mi anhelo profundo de vida y de felicidad. Es cierto que si Dios existe no dependerá de que yo lo afirme, ni deja de existir si yo lo niego. Pero encuentro la más rica y profunda explicación de lo que es este viviente llamado “hombre”, que anhela una felicidad sin límites, en aquella revelación que nos hace la Biblia de que el hombre es “imagen y semejanza de Dios”; que al crearlos hombre y mujer, “a su propia imagen y semejanza de Dios los creó”.

Por eso, no es arrogancia querer vivir y ser felices como Dios, ni es una blasfemia el decirlo. En nuestra fe cristiana, afirmamos que es para ello para lo que Dios se hizo hombre, y que ese es Jesús: el que vino para salvarnos de perecer en nuestro laberinto de ser solamente hombres, trayéndonos del cielo la respuesta de vivir y ser felices para siempre como Dios, si creyendo en El nos entregamos a ser suyos incondicionalmente.

Ese amor que Dios nos tiene es la Buena Noticia que nos ha llegado y en la que creemos. Creyendo en Jesucristo es como digo con fe y esperanza: “Quiero ser como Dios”. Lo siento así en mi íntimo ser porque Dios me ha hecho para ello. Manteniendo su plan divino, nos lo ha prometido, nos lo ha dado a conocer como promesa, y creemos en ella al creer en El. Por eso es que yo, confiado, me entrego a El desde mi fe en el amor que nos ha demostrado enviándonos a su Hijo para que, creyendo en él, no perezcamos sino que tengamos la Vida eterna suya (Jn 3, 16). Es la Buena Noticia que he recibido, en la que he creído y que me salva. La que como sacerdote quiero transmitir al mundo entero. En Jesucristo estamos salvados.

Dios quiso que quedara escrito en sus “Evangelios”. Que no son “unos Libros” sin más. Los escribieron quienes lo conocieron y quisieron dejar por escrito para la posteridad esa “Buena Noticia” que ellos hallaron en Jesús y que debía serlo para toda la posteridad. Sólo con ella tienen salvación el hombre y el mundo. No existen para perecer: en Jesús están salvados.

Esa Buena Noticia que es Jesús como Salvador, fundamentalmente es que Dios nos ama como ama a su Hijo. Y que su voluntad sobre nosotros los hombres es que nos amemos unos a otros como nos ama Dios; como Jesús, Dios hecho hombre, nos enseñó a amar con su propia vida entre los hombres, y con su doctrina que es Palabra de Dios. En Jesús vino al mundo la Palabra de Dios para hablar a todos los que nos encontrábamos perdidos sin su verdad.

Si nos amamos unos a otros como lo aprendemos de Jesús, por medio de los testigos que nos lo transmitieron, haremos ese mundo nuevo que todos tanto anhelamos, y que no logramos hacerlo con más ciencia, con más tecnología, ni con más armas para “poner orden” destruyendo y matando. Solamente con el Amor de Dios en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que Jesús nos envió desde el Padre, para que con la fuerza de él realizásemos su obra salvadora, podremos hacer nuevo y mejor este mundo. Y ese Amor es el que primordialmente se ha de vivir en la relación de pareja de los matrimonios cristianos, como iremos diciendo más adelante.

P. Jesús Herrero SJ recibe las Palmas Magisteriales en el Grado de Amauta

¡Felicitaciones!

Tenemos la alegría de informar que el P. Jesús Herrero S.J. Superior de la Comunidad de San Pedro de nuestra Parroquia, destacado educador y actualmente Coordinador Educativo de los colegios Fe y Alegría, fue condecorado con la Palmas Magisteriales en el Grado de Amauta.
Queremos darle nuestras más sinceras felicitaciones, en especial quienes formamos parte del Equipo de este Blog, que tuvimos la oportunidad de enriquecernos con su experiencia de quien generosamente nos acompañó en las Eucaristías de nuestros Ejercicios Espirituales de este año, justamente en la Casa de Retiro de Fe y Alegría.

Este reconocimiento es fruto de su esforzado trabajo por alcanzar una educación de calidad que llegue a los que menos recursos tienen; le deseamos muchos éxitos más en esta destacada labor y que Dios siga bendiciendo su trabajo.

A continuación transcribimos la noticia publicada en el portal del Ministerio de Educación.



MINISTRO CHANG: EDUCACIÓN EQUITATIVA Y DE CALIDAD DEBE SER EL COMPROMISO DE TODOS

Entregó las Palmas Magisteriales a 27 maestros de distintas regiones del país, entre ellos al coordinador educativo de Fe y Alegría, RP. Jesús Herrero Gómez SJ.

“El compromiso de todo buen educador es hacer que la educación en nuestra patria sea equitativa y de gran calidad”, sostuvo hoy el ministro de Educación, José Antonio Chang Escobedo, durante la ceremonia en la que fueron incorporados 27 nuevos maestros a la Orden de Palmas Magisteriales.

Señaló que sí maestros y padres de familia se comprometen con las políticas del actual gobierno, que busca elevar los niveles de calidad de la educación pública, en los próximos años se lograría la ansiada renovación del magisterio nacional, en beneficio de millones de niños y niñas del Perú.

“Sí bien hoy, las Palmas Magisteriales tienen un nombre propio, estoy seguro que aún falta reconocer a miles de maestros que, en forma anónima, cumplen una labor sacrificada en busca de mejorar la calidad de la educación en nuestra patria”, remarcó el ministro.
Chang, como Canciller de la Orden, dijo que las Palmas Magisteriales expresan el reconocimiento de todos los peruanos al esfuerzo de los maestros que realizan una labor por una educación de calidad. Su buen desempeño no es sólo en las aulas sino en todas las actividades del quehacer humano, dejando huella a las nuevas generaciones, agregó.
En el solemne acto, realizado en el Centro Cultural de la Universidad Ricardo Palma y al cual asistieron familiares y amigos de los distinguidos, se condecoró, con el grado de Educador, a 16 profesores. Otros siete docentes fueron reconocidos con el grado de Maestro, y en el grado de Amauta, el reconocimiento recayó en cuatro personalidades.
A nombre de los condecorados habló el reconocido educador Jesús Herrero Gómez SJ, quien agradeció el honroso reconocimiento que les otorga el Perú, dejando constancia de que ellos son cosecha de los maestros que tuvieron en sus épocas en las aulas y alentando a las nuevas generaciones de maestros a superarse cada día más en beneficio de los alumnos.
Los condecorados en el Grado de Amauta fueron: Otoniel Alvarado Oyarce, Mercedes Emma Adriana Flores Burneo de Saco, Jesús Herrero Gómez y Carlos Augusto Manuel Zevallos Vera.
En el grado de Maestro fueron condecorados: Miguel Ángel Aréstegui Moras, Juan Raúl Borea Odría, Isaías Castillo Sardón, Juan Benigno Ghiggo Cerna, Gerardo Francisco Loli Zamudio, Willy Francisco Olivares Gonzáles y Juan de la Cruz Rea Corzo.
Asimismo, en el Grado de Educador los condecorados fueron: Jorge Armando Bernal Colana, Germán Ignacio Cabrera Reyes, Florencio Canahuire Mendoza, Humberto Adolfo Chávez Bayona, Carlos Augusto Echaiz Rodas, María Yolanda García Soria de Franco, Juan Hidelbrando González Cangahuala, Marcos Esteban Gutiérrez Ballarta, Gregorio Humberto Loayza López, Nery Miguel Ángel Loayza Valcárcel, Edelmira Marcelo Ventura, Norma Janet Melgar de Jiménez, Segundo Alfredo Rodríguez Valera, Haydee Saavedra Ramos, Ladislao Urquizo Torres y Bernardo Vivas Tantalean.
Las Palmas Magisteriales son un reconocimiento y una distinción honorífica que el Estado otorga, desde 1949, bajo el criterio básico de una gran solvencia moral, reconocida socialmente. Toda propuesta a determinada persona o institución debe estar debidamente sustentada, de modo que acredite los méritos profesionales y morales del postulante y justifique esta distinción.
Tomado de

El P. Vicente Gallo S.J. nos presenta su libro dirigido a matrimonios y parejas


Y serán una sola carne
Autor: P. Vicente Gallo S.J.

La relación de pareja, sus problemas y su riqueza espiritual en la vida matrimonial.

Tenemos la alegría de anunciarles la publicación del libro "Y serán una sola carne" del P. Vicente Gallo S.J. residente en nuestra Parroquia de San Pedro de Lima y que ha dedicado muchos años al Movimiento "Encuentro Matrimonial Mundial".

El libro "Y serán una sola carne"
 
Es un buen compendio de la doctrina que, en forma de experiencias vividas por los participantes y miembros del equipo que los guía y anima, se da en los Fines de Semana del Encuentro Matrimonial. Está agrupado, relacionando temas semejantes que se presentan en las diferentes charlas, en capítulos o elementos claves en la vida de una pareja.
Muestra el profundo conocimiento que el autor tiene de este instrumento evangelizador, y refleja muy bien la rica experiencia que ha vivido y asimilado en su trato con tantas parejas y en su participación en muchísimos Fines de Semana.
Este libro puede ser de mucha utilidad para los esposos que deseen plantearse y solucionar juntos las dificultades que se les presentan, y al mismo tiempo para profundizar en la riqueza que a los dos debe aportar su vida de amor compartida y la realidad sacramental que ellos mismos son. Asimismo, podría ser de mucho provecho para las parejas y novios en su preparación al matrimonio.
También los sacerdotes pueden sacar mucho fruto de su lectura. En primer lugar, para su tarea pastoral en la animación de los matrimonios cristianos, o simplemente con la voluntad de superarse ellos mismos. Además, en no pocos casos, les será útil para humanizar y dar un sentido nuevo a su celibato como vocación de amor.

El Autor
El Padre Vicente Gallo Rodríguez S.J., nació en España en el año 1929. Ingresó a la Compañía de Jesús en el año de 1950 y nueve años después se ordenó como Sacerdote. Su labor pastoral se desarrolló en diversas ciudades de España, hasta que en el año 1975 pidió ser enviado al Perú.
A partir de esa fecha y durante los siguientes veinte años ha llevado a cabo un apostolado educativo en el Colegio San José de Arequipa. Desde finales de 1995 radica en Lima, en la histórica Iglesia de San Pedro.
A lo largo de su permanencia en el Perú ha participado activamente en el Movimiento "Encuentro Matrimonial Mundial" integrando el Equipo Coordinador Diocesano de Arequipa, el Equipo Coordinador Diocesano de Lima, el Equipo Coordinador Nacional del Movimiento en el Perú y finalmente el Equipo Coordinador ZonalLatinoamericano - Zona Centro: Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Habiendo sido además miembro del Consejo Latinoamericano del Movimiento.
El mismo P. Vicente nos comparte sus deseos con respecto al libro «Dios quiera que pueda servir a muchos matrimonios con este aporte que ofrezco de lo que yo he aprendido en el Encuentro Matrimonial... Si al menos puede servir algo, y siquiera a alguno, lo que aquí escribo, me sentiré sumamente feliz terminando con este aporte mi servicio a la Iglesia (y al mundo) desde el Encuentro Matrimonial Mundial como Movimiento de la Iglesia a la que siempre me debo... este Movimiento es lo mejor que he encontrado en mi largo trabajo sacerdotal al que me dediqué con ilusión»

Cómo aprovecharlo y compartirlo
Los matrimonios y parejas encontrarán en este libro una verdadera ayuda que no sólo contribuirá con mejorar la relación de pareja y superar sus problemas, sino que permitirá descubrir la riqueza espiritual que Dios nos ofrece en la vida matrimonial. Por este motivo, invitamos a que lo compartan con sus amistades, en especial con los matrimonios, parejas y novios que se preparan para el matrimonio, será para ellos un valioso obsequio que sabrán reconocer y sacar provecho para sus vidas.

Una publicación hecha realidad gracias al apoyo de la Asociación San Estanislao de Kostka
Es una organización laica - impreganda de la espiritualidad de San Ignacio y de la tradición de la Compañía de Jesús- que promueve el desarrollo social, cultural, económico y productivo de los sectores más desfavorecidos de la sociedad a través del incremeto en la cobertura y la mejora de la educación.
La Asociación nace como respuesta a la iniciativa de un grupo de ex alumnos jesuitas del Colegio San José de Arequipa, pertenecientes a la Promoción Kostka 86.
Esta publicación se logró realizar gracias a la Promoción Kostka 86, quienes muestran su eterno agradecimiento al P. Vicente, por sus enseñanzas, por su afecto y sobre todo por haber sido su Maestro.

Dónde adquirirlo
El libro puede ser adquirido en la portería de nuestra Parroquia de San Pedro de Lima, ubicado entre las esquinas del Jr. Azángaro y Jr. Ucayali en el Cercado de Lima, a espaldas del antigüo local de la Biblioteca Nacional de la Av. Abancay.


Asimismo invitamos a visitar las publicaciones del P. Vicente Gallo, S.J. para matrimonios y parejas cristianas:

Preparación para Novios
Vida Matrimonial
Espiritualidad Matrimonial

Artículo sobre la partida del P. Vicente a la Casa del Padre  
"Adios querido P. Vicente Gallo, S.J."
...

Homilías: Domingo 3º de Adviento (B)

Lecturas: Is 61,1-2.10-11; Lc 1; 1Ts 5,16-24; Jn 1,6-8.19-28

Prepararse a recibir
gracia tras gracia

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.


El evangelio de San Juan, igual que los otros, es una proclamación de la divinidad y mesianidad de Jesús a partir de sus hechos y de sus palabras, de modo que el creyente desarrolle su fe y así alcance su unión con Cristo y se salve. El evangelio de Juan, aunque diferente en la selección de los materiales (hechos y palabras), coincide con los sinópticos en su mensaje global: Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre para perdón de nuestros pecados y salvación eterna.

El texto, que hoy ofrece la Iglesia a nuestra reflexión pertenece al comienzo, al primer capítulo. Pero saltando todo lo que se refiere a lo que era Jesús antes de hacerse hombre y al fin para el que vino a este mundo, nos ofrece los primeros pasos de su vida pública: Primero hizo aparición Juan el Bautista, llamando a penitencia y bautizando a los arrepentidos, que se convertían para iniciar una nueva vida. Acudieron muchos. Muchos pensaron que podrían encontrarse ante el Mesías prometido. El fenómeno llamó la atención a las mismas autoridades religiosas. El sanedrín envió una embajada para preguntar a Juan de frente si era o no el Mesías.

El pueblo judío se sentía elegido por Dios, que había bendecido a Abrahán y asegurado una gran descendencia; en el código moral del Deuteronomio se promete a Moisés un profeta semejante a él; a David se le había prometido un descendiente, “cuyo trono permanezca eternamente” (2S 7,16). Unos pensaban en un profeta excepcional antes del Mesías; otros en que sería el mismo Elías, que había sido arrebatado al Cielo y volvería a anunciar al Mesías cercano. Juan podría ser aquel profeta o el mismo Elías o tal vez otro profeta. Ante el fenómeno religioso suscitado por el Bautista los jefes del pueblo no quedan indiferentes. Quieren saber. Envían una embajada, que insiste: ¿Quién eres? Que tenemos que llevar una respuesta.

Juan podía haber respondido que era el profeta, pues Jesús dijo que no había entre los hombres ningún profeta tan grande con Juan (Mt 11,9.11). Podría decir que era Elías, pues Jesús lo diría (ibd. 14; 17,11). Pero contestó dando el más estricto sentido a la pregunta: “No”.

La frase final del evangelio de hoy es interesante: “Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando”. Este interés por precisar el lugar demuestra el empeño que tiene el evangelista por reflejar exactamente lo que sucedió. El evangelio de Juan es de una enorme fidelidad histórica.

Pero entonces ¿quién es el Bautista? Juan se remite a la profecía de Isaías, que leíamos el domingo pasado: “Yo soy la voz del que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor”. Juan lleva ya un tiempo, tal vez varios meses sin duda un buen número de semanas, predicando. Juan ha bautizado ya a Jesucristo y lo ha reconocido, como aparece un poco más adelante en el mismo evangelio, del que el evangelista es testigo presencial pues entonces ya era discípulo de Juan (Jn 1,31-37). El Bautista insiste en la preparación del camino, en hacer penitencia de los pecados, en convertirse, en la limosna, en no abusar del poder social.

Pero ¿por qué no habla más claro? Porque el común de la gente quiere saber para sacar ventaja, no quiere convertirse. Si acepta convertirse, es porque espera una ventaja. “Yo bautizo con agua; pero en medio de ustedes hay uno que no conocen, que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia”. Como ven, en esta frase, que recoge el evangelista, se afirma claramente que la dignidad personal de Jesús supera en mucho a la de Juan Bautista. A la luz del prólogo, que está inmediatamente antes y del resto de este evangelio la correcta interpretación de la expresión se trata de la dignidad divina de la persona de Jesús. Es decir el evangelista manifiesta aquí que Jesús es Dios y que lo es desde el principio de su existencia en la tierra. “Al principio existía el Verbo y el Verbo era Dios. Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,1.14).

El hecho de que tanto este evangelio como el de Marcos (y también Mateo y Lucas) constaten claramente la divinidad de Jesús desde el comienzo, significa dos cosas: 1- Que Jesús era Dios desde el momento primero de su concepción en el seno de María y no que fuera elevado a la dignidad de Dios en un momento posterior (en ese caso no hubiera sido Dios ni en su nacimiento ni en ninguna otra ocasión). 2- Que no se puede comprender quién es Jesús ni participar en los dones maravillosos que nos aporta a los hombres, si no creemos que ese Niño, ese hombre después, es el Hijo natural de Dios (es decir Dios como el Padre, de la misma naturaleza del Padre), como nos propone la fe de la Iglesia y él mismo, “el Hijo único que está en el seno del Padre, nos lo ha contado” (Jn 1,18).

Jesús es más que un profeta, más que Elías, más que Moisés: es Dios, es el Hijo. Y viene para traernos lo propio de Dios: la salvación del pecado y de la muerte. No andemos, hermanos, detrás de las ventajas. No esperemos ni pretendamos un nuevo año ni una navidad materialmente mejores, ni con mejor salud, ni con menos problemas. Esperemos, busquemos, esforcémonos, pidamos a Dios la salida duradera del pecado, la gracia de corregirnos de defectos de carácter que nos apartan de Dios y hacen penosa nuestra relación con los demás (en la familia, el trabajo, la vecindad, el grupo parroquial), la gracia de aumentar nuestra fe de modo que la enfermedad que padecemos, la penuria económica, las críticas y aun maledicencias, cualquier cosa que pudiera entristecernos no lo haga, sino que nos sirva para ofrecer con alegría nuestro dolor por ese Niño, que sufre en su Iglesia, que no tiene casa, pero que es feliz y derrama paz, luz y alegría a los pobres que no buscan ventajas, a los que bastan y buscan “la gracia y la verdad” (Jn 1,14), que fueron, vieron que todo era como les habían anunciado los ángeles, como a nosotros se nos ha anunciado. Hagamos por descubrir al Niño en el pesebre, en brazos de María y José, entre la limpieza de los pañales tejidos con amor, a la luz de Dios, por el camino de la pobreza y austeridad. En la confesión y comunión bien hechas. En el necesitado al que ayudamos. En el enemigo al que perdonamos. En la alegría porque Dios nos ama y hay también hermanos que nos aman. Y glorifiquemos a Dios por todo lo que vemos y oímos, todo conforme a lo que Dios y la Iglesia nos comunican, pues “de su plenitud recibimos una gracia tras otra” (Jn 1,16).

Síntesis de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe a san Juan Diego

En conmemoración de las apariciones de Nuestra Señora
la Virgen de Guadalupe -12 de diciembre- compartimos, a manera de resumen, los acontecimientos que ocurrieron en el cerro del Tepeyac, México.


DICIEMBRE DE 1531
Introducción
Las Apariciones de Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe a Juan Diego, la milagrosa estampación de su Santa Imagen en el humilde ayate de su vidente y su mensaje de amor por nosotros tienen como fin principal anunciar a su amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, a los pueblos que habitaban el "nuevo mundo".

Primera Aparición: Sábado 9 de diciembre en la madrugada.
Juan Diego oye cantos de pájaros. Le llaman por su nombre; sube a la cumbre del cerro del Tepeyac y ve a la Niña que le ordena ir ante el Obispo para pedirle un templo en el llano. "Hijito mío el más amado: yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios..., mucho quiero tengan la bondad de construirme mi templecito...Allí estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas, sus dolores".

Segunda Aparición: Sábado 9 de diciembre aproximadamente a las 5 de la tarde.
Juan Diego vuelve a la cumbre y da cuenta de la incredulidad del Obispo y pide que escoja otro mensajero. Pero la Virgen le confirma en su misión y le ordena insistir al día siguiente. "Hijito mío el más pequeño: es indispensable que sea totalmente por tu intervención que se lleve a cabo mi deseo. Muchísimo te ruego y con rigor te mando, que mañana vayas otra vez a ver al Obispo. Y hazle oír muy claro mi voluntad, para que haga mi templo que le pido".

Tercera Aparición: Domingo 10 de diciembre como a las 3 de la tarde.
Nuevamente en la cumbre, Juan Diego refiere su segunda entrevista con el Obispo. Aún no le cree y le ordena pedir a la Señora alguna señal. La Virgen ordena a Juan Diego que vuelva al cerro al día siguiente para recibir la señal que le dará. "Así está bien, hijito mío, el más amado. Mañana de nuevo vendrás aquí para que lleves al Gran Sacerdote la prueba, la señal que te pide. Con eso enseguida te creerá, y ya para nada desconfiará de ti". Juan Diego, no vuelve por la enfermedad de su tío Juan Bernardino.

Cuarta Aparición: Martes 12 de diciembre muy de madrugada.
Ante la gravedad de su tío, Juan Diego sale a México para buscar un sacerdote. Rodeó el cerro para que la Virgen no lo encontrara. Pero ella sale a su encuentro; lo tranquiliza de la enfermedad de su tío: "Te doy la plena seguridad de que ya sanó": Lo envía a la cumbre por las rosas que serán la señal, A su regreso, la Virgen le dice: "Hijito queridísimo: estas diferentes flores son la prueba, la señal que le llevarás al Obispo. De parte mía le dirás que por favor vea en ella mi deseo, y con eso, ejecute mi voluntad".

Quinta Aparición: Martes 12 de diciembre muy de madrugada.Al mismo tiempo que se aparece a Juan Diego, se aparece a Juan Bernardino, tío del vidente, en su casa le cura de sus enfermedades y le manifiesta su nombre y pide que de ahora en adelante,"a su preciosa imagen precisamente se le llame, se le conozca como la SIEMPRE VIRGEN SANTA MARIA DE GUADALUPE".

La estampación en la Tilma: Martes 12 de diciembre al mediodía.En la casa del Obispo Fray Juan de Zumárraga, Juan Diego muestra las rosas que llevaba en su ayate, señal dada por la Virgen. "Desplegó su tilma, donde llevaba las flores. Y así, al tiempo que se esparcieron las diferentes flores preciosas, en ese mismo instante... apareció de improviso en el humilde ayate la venerada imagen de la siempre Virgen María, Madre de Dios, tal como ahora tenemos la dicha de venerarla en lo que es su hogar predilecto, su templo del Tepeyac".

Oración a la Virgen de Guadalupe

¡Oh Virgen Inmaculada,
Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!
Tú, que desde este lugar manifiestas
tu clemencia y tu compasión
a todos los que solicitan tu amparo;
escucha la oración que con filial confianza te dirigimos,
y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso,
a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores,
te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos,
nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.
Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos;
ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado,
Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino
de una plena fidelidad a Jesucristo a su Iglesia:
No nos sueltes de tu mano amorosa.
Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, te pedimos por todos
los Obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos
de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios
y a las almas.
Contempla esta inmensa mies,
e intercede para que el Señor infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios,
y otorgue abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe y celosos dispensadores de los misterios de Dios.
Concede a nuestros hogares
la gracia de amar y de respetar la vida que comienza
con el mismo amor con el que concebiste en tu seno
la vida del Hijo de Dios.
Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias,
Para que estén muy unidas, y bendice a la educación de nuestros hijos.
Esperanza nuestra, míranos con compasión,
Enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanosa levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestra culpas
y pecados en el sacramento de la Penitencia,
que trae sosiego al alma.
Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos sacramentos,
Que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.
Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia,
Con nuestros corazones libres de mal y de odios,
Podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz,
que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
que con Dios Padre y con el Espíritu Santo,
vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén


México, enero de 1979.


Juan Pablo II


La resurrección de Cristo en la teología de san Pablo

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 5 de noviembre de 2008


Queridos hermanos y hermanas:


"Si no resucitó Cristo, es vacía nuestra predicación, y es vacía también vuestra fe (...) y vosotros estáis todavía en vuestros pecados" (1 Co 15, 14.17). Con estas fuertes palabras de la primera carta a los Corintios, san Pablo da a entender la importancia decisiva que atribuye a la resurrección de Jesús, pues en este acontecimiento está la solución del problema planteado por el drama de la cruz. Por sí sola la cruz no podría explicar la fe cristiana; más aún, sería una tragedia, señal de la absurdidad del ser. El misterio pascual consiste en el hecho de que ese Crucificado "resucitó al tercer día, según las Escrituras" (1 Co 15, 4); así lo atestigua la tradición protocristiana. Aquí está la clave de la cristología paulina: todo gira alrededor de este centro gravitacional. Toda la enseñanza del apóstol san Pablo parte del misterio de Aquel que el Padre resucitó de la muerte y llega siempre a él. La resurrección es un dato fundamental, casi un axioma previo (cf. 1 Co 15, 12), basándose en el cual san Pablo puede formular su anuncio (kerigma) sintético: el que fue crucificado y que así manifestó el inmenso amor de Dios por el hombre, resucitó y está vivo en medio de nosotros.

Es importante notar el vínculo entre el anuncio de la resurrección, tal como san Pablo lo formula, y el que se realizaba en las primeras comunidades cristianas prepaulinas. Aquí se puede ver realmente la importancia de la tradición que precede al Apóstol y que él, con gran respeto y atención, quiere a su vez entregar. El texto sobre la resurrección, contenido en el capítulo 15, versículos 1-11, de la primera carta a los Corintios, pone bien de relieve el nexo entre "recibir" y "transmitir". San Pablo atribuye mucha importancia a la formulación literal de la tradición; al término del pasaje que estamos examinando subraya: "Tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos" (1 Co 15, 11), poniendo así de manifiesto la unidad del kerigma, del anuncio para todos los creyentes y para todos los que anunciarán la resurrección de Cristo.

La tradición a la que se une es la fuente a la que se debe acudir. La originalidad de su cristología no va nunca en detrimento de la fidelidad a la tradición. El kerigma de los Apóstoles preside siempre la re-elaboración personal de san Pablo; cada una de sus argumentaciones parte de la tradición común, en la que se expresa la fe compartida por todas las Iglesias, que son una sola Iglesia. Así san Pablo ofrece un modelo para todos los tiempos sobre cómo hacer teología y cómo predicar. El teólogo, el predicador, no crea nuevas visiones del mundo y de la vida, sino que está al servicio de la verdad transmitida, al servicio del hecho real de Cristo, de la cruz, de la Resurrección. Su deber es ayudarnos a comprender hoy, tras las antiguas palabras, la realidad del "Dios con nosotros"; por tanto, la realidad de la vida verdadera.

Aquí conviene precisar: san Pablo, al anunciar la Resurrección, no se preocupa de presentar una exposición doctrinal orgánica —no quiere escribir una especie de manual de teología—, sino que afronta el tema respondiendo a dudas y preguntas concretas que le hacían los fieles. Así pues, era un discurso ocasional, pero lleno de fe y de teología vivida. En él se encuentra una concentración de lo esencial: hemos sido "justificados", es decir, hemos sido salvados por el Cristo muerto y resucitado por nosotros. Emerge sobre todo el hecho de la Resurrección, sin el cual la vida cristiana sería simplemente absurda. En aquella mañana de Pascua sucedió algo extraordinario, algo nuevo y, al mismo tiempo algo muy concreto, marcado por señales muy precisas, registradas por numerosos testigos.

Para san Pablo, como para los demás autores del Nuevo Testamento, la Resurrección está unida al testimonio de quien hizo una experiencia directa del Resucitado. Se trata de ver y de percibir, no sólo con los ojos o con los sentidos, sino también con una luz interior que impulsa a reconocer lo que los sentidos externos atestiguan como dato objetivo. Por ello, san Pablo, como los cuatro Evangelios, otorga una importancia fundamental al tema de las apariciones, que son condición fundamental para la fe en el Resucitado que dejó la tumba vacía. Estos dos hechos son importantes: la tumba está vacía y Jesús se apareció realmente.

Así se constituye la cadena de la tradición que, a través del testimonio de los Apóstoles y de los primeros discípulos, llegará a las generaciones sucesivas, hasta nosotros. La primera consecuencia, o el primer modo de expresar este testimonio, es predicar la resurrección de Cristo como síntesis del anuncio evangélico y como punto culminante de un itinerario salvífico. Todo esto san Pablo lo hace en diversas ocasiones: se pueden consultar las cartas y los Hechos de los Apóstoles, donde se ve siempre que para él el punto esencial es ser testigo de la Resurrección. Cito sólo un texto: san Pablo, arrestado en Jerusalén, está ante el Sanedrín como acusado. En esta circunstancia, en la que está en juego su muerte o su vida, indica cuál es el sentido y el contenido de toda su predicación: "Por esperar la resurrección de los muertos se me juzga" (Hch 23, 6). Este mismo estribillo lo repite san Pablo continuamente en sus cartas (cf. 1 Ts 1, 9 s; 4, 13-18; 5, 10), en las que apela a su experiencia personal, a su encuentro personal con Cristo resucitado (cf. Ga 1, 15-16; 1 Co 9, 1).

Pero podemos preguntarnos: ¿Cuál es, para san Pablo, el sentido profundo del acontecimiento de la resurrección de Jesús? ¿Qué nos dice a nosotros a dos mil años de distancia? La afirmación "Cristo ha resucitado" ¿es actual también para nosotros? ¿Por qué la Resurrección es un tema tan determinante para él y para nosotros hoy? San Pablo da solemnemente respuesta a esta pregunta al principio de la carta a los Romanos, donde comienza refiriéndose al "Evangelio de Dios... acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 1.3-4).

San Pablo sabe bien, y lo dice muchas veces, que Jesús era Hijo de Dios siempre, desde el momento de su encarnación. La novedad de la Resurrección consiste en el hecho de que Jesús, elevado desde la humildad de su existencia terrena, ha sido constituido Hijo de Dios "con poder". El Jesús humillado hasta la muerte en cruz puede decir ahora a los Once: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). Se ha realizado lo que dice el Salmo 2, versículo 8: "Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra". Por eso, con la Resurrección comienza el anuncio del Evangelio de Cristo a todos los pueblos, comienza el reino de Cristo, este nuevo reino que no conoce otro poder que el de la verdad y del amor.

Por tanto, la Resurrección revela definitivamente cuál es la auténtica identidad y la extraordinaria estatura del Crucificado. Una dignidad incomparable y altísima: Jesús es Dios. Para san Pablo la identidad secreta de Jesús, más que en la encarnación, se revela en el misterio de la Resurrección. Mientras el título de Cristo, es decir, "Mesías", "Ungido", en san Pablo tiende a convertirse en el nombre propio de Jesús, y el de Señor especifica su relación personal con los creyentes, ahora el título de Hijo de Dios ilustra la relación íntima de Jesús con Dios, una relación que se revela plenamente en el acontecimiento pascual. Así pues, se puede decir que Jesús resucitó para ser el Señor de los vivos y de los muertos (cf. Rm 14, 9; 2 Co 5, 15) o, con otras palabras, nuestro Salvador (cf. Rm 4, 25).

Todo esto tiene importantes consecuencias para nuestra vida de fe: estamos llamados a participar hasta lo más profundo de nuestro ser en todo el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. Dice el Apóstol: hemos "muerto con Cristo" y creemos que "viviremos con él, sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él" (Rm 6, 8-9). Esto se traduce en la práctica compartiendo los sufrimientos de Cristo, como preludio a la configuración plena con él mediante la resurrección, a la que miramos con esperanza. Es lo que le sucedió también a san Pablo, cuya experiencia personal está descrita en las cartas con tonos tan apremiantes como realistas: "Y conocerlo a él, el poder de su resurrección y la comunión de sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Flp 3, 10-11; cf. 2 Tm 2, 8-12).

La teología de la cruz no es una teoría; es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días, implica sufrimientos. El cristianismo no es el camino de la comodidad; más bien, es una escalada exigente, pero iluminada por la luz de Cristo y por la gran esperanza que nace de él. San Agustín dice: a los cristianos no se les ahorra el sufrimiento; al contrario, les toca un poco más, porque vivir la fe expresa el valor de afrontar la vida y la historia más en profundidad. Con todo, sólo así, experimentando el sufrimiento, conocemos la vida en su profundidad, en su belleza, en la gran esperanza suscitada por Cristo crucificado y resucitado. El creyente se encuentra situado entre dos polos: por un lado, la Resurrección, que de algún modo está ya presente y operante en nosotros (cf. Col 3, 1-4; Ef 2, 6); por otro, la urgencia de insertarse en el proceso que conduce a todos y todo a la plenitud, descrita en la carta a los Romanos con una imagen audaz: como toda la creación gime y sufre casi dolores del parto, así también nosotros gemimos en espera de la redención de nuestro cuerpo, de nuestra redención y resurrección (cf. Rm 8, 18-23).

En síntesis, podemos decir con san Pablo que el verdadero creyente obtiene la salvación profesando con su boca que Jesús es el Señor y creyendo con el corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos (cf. Rm 10, 9). Es importante ante todo el corazón que cree en Cristo y que por la fe "toca" al Resucitado; pero no basta llevar en el corazón la fe; debemos confesarla y testimoniarla con la boca, con nuestra vida, haciendo así presente la verdad de la cruz y de la resurrección en nuestra historia.

De esta forma el cristiano se inserta en el proceso gracias al cual el primer Adán, terrestre y sujeto a la corrupción y a la muerte, se va transformando en el último Adán, celestial e incorruptible (cf. 1 Co 15, 20-22.42-49). Este proceso se inició con la resurrección de Cristo, en la que, por tanto, se funda la esperanza de que también nosotros podremos entrar un día con Cristo en nuestra verdadera patria que está en el cielo. Sostenidos por esta esperanza proseguimos con valor y con alegría.