San Alonso Rodríguez S.J.

(1531 – 1617)

Fiesta: 31 de octubre


A los ojos de Dios poco o nada significa la oscuridad o el brillo de la ocupación exterior; lo que El aprecia es el amor, la generosidad y la perfección con que cada uno cumple sus deberes. Esta es la gran lección que nos da el Santo Jesuita, que celebramos el 31 de octubre.

Alonso Rodríguez nació en Segovia el 25 de julio de 1531 y fue, entre once hermanos, el tercer hijo de Diego Rodríguez y María Gómez de Alvarado. Su madre le infundió desde pequeño una gran devoción a la Virgen. Absorto ante una imagen de María, se le oyó exclamar un día: “¡Oh, Señora, si supieseis cuánto os quiero! En verdad, que no podéis Vos amarme más a mí.”

“Te engañas, hijo,- oyó que le contestaba Ella suavemente- mucho más te quiero yo a ti, que tú a mí.”

El primer contacto con los Padres de la Compañía de Jesús lo tuvo Alonso a los diez años, en una Misión que dieron en Segovia. Su padre los hospedó en una casa de campo y encargó al niño que los atendiese. El no se separó un momento de los Misioneros que le enseñaron la Doctrina Cristiana y el modo de rezar el Santo Rosario.

En 1544 pasó a la Universidad de Alcalá con su hermano Diego, pero, al terminar el primer curso, murió su padre y tuvo que volverse a Segovia para llevar adelante el negocio, que era lana y paños. No había nacido para comerciante. Instado por la madre se casó el 1557 con María Suárez y Dios le bendijo muy pronto con un niño y una niña.

Hasta aquí todas habían sido líneas torcidas con las cuales Dios iba preparando la recta de su vida. Los negocios le fueron mal; la niña murió muy pronto y la esposa al año. Alonso tenía 32, y un solo lazo le unía aún al mundo: el pequeñuelo de tres años. Preocupado por su porvenir, en un arranque de noble generosidad, renovó la oblación de Blanca de Castilla. “Dios mío, si más tarde os ha de ofender gravemente, llevadlo ahora al cielo.” Un mes más tarde, la Divina Providencia en sus inescrutables designios, segaba la vida del niño y con él el último lazo que ataba al padre a la tierra.
Alonso creyó en su humildad que todas las pruebas eran castigo de sus pecados. El horror al pecado fue en él una especie de obsesión; prefería padecer todas las penas del infierno, antes de ofender a Dios. Hizo una confesión general de toda su vida, empezó a ayunar los viernes y los sábados, a usar la disciplina y el cilicio y a hacer largas horas de oración. El mercader de paños se había transformado en mercader evangélico de la margarita preciosa. “Estaba yo absorbido en los negocios, cuando Dios me mandó algunos trabajos, por medio de los cuales vine en conocimiento de mi mala vida pasada y de la miseria del mundo.”
Pensó en seguida en la vida religiosa. Pasaron seis años hasta que se resolvió entrar en la Compañía de Jesús. No tenía apenas estudios y llegaba ya casi a los cuarenta años de edad. Por eso su admisión tropezaba con serias dificultades. Tenía también poca salud, empeorada con las penitencias. El Provincial de Castilla se negó a admitirlo. Le aconsejaron entonces que acudiera al de Aragón y se trasladó a Valencia para ello. Tobo que esperar todavía casi dos años, ejerciendo el cargo de Preceptor en dos familias distintas. Las dificultades para su admisión casi aumentaban. Por fin, el P. Antonio Cordeses, Provincial, cortó por lo sano, diciendo que no quería privar a la Orden de un Santo.
Alonso empezó su Noviciado el 31 de enero de 1571 como Hermano coadjutor, para servir en los oficios humildes de casa. A los seis meses lo enviaron a Mallorca, al Colegio de Monte Sión, que debía ser el campo donde derramase el perfume de sus escondidas virtudes, durante cuarenta y seis años de vida religiosa. Hizo sus primeros votos el 5 de abril de 1573, y los últimos en 1585. No tuvo más que un cargo hasta que murió en 1617, el portero del Colegio. Para los que conozcan el movimiento de un Colegio jesuita, algo dice de su trabajo; pero siempre se trata de una historia escondida y nada lucida y variada. ¿Cuántas veces abriría la puerta? Dios sólo lo sabe. Alonso se contentaba con que Dios le abriera al final de su vida una vez la puerta del cielo.
Aquel abrir y cerrar la puerta monótono y trabajoso para un viejo no era una acción mecánica, sin alma y vida; era algo vivo, informado por una luz, por un amor: “Acostumbraba esa persona, escribe el Santo refiriéndose a sí mismo, acudir a abrir la puerta como al mismo Jesucristo en persona, dándole muestras de gran alegría, así como cuando se recibe a alguno que viene de muy lejos, con señales de mucho gozo y regocijo. Y Nuestros Señor se aparecía entonces, cuando menos lo pensaba, y lo veía venir a su encuentro en compañía de innumerables ángeles y de María Santísima.”
Esta mirada sobrenatural que nace de la fe y del amor, es la que da vida y mérito a las obras más pequeñas. Sin ella las más grandes y gloriosas a los ojos de los hombres, no valen nada delante de Dios.
San Alonso, aún en las acciones más comunes y pequeñas, estaba en Dios, amándole. Un día en la bendición de la mesa, se sintió transformado. Dios se le comunicó y le reveló que todos aquellos jesuitas, compañeros suyos en la mesa, lo serían también otro día en el convite de la gloria.

-¿Cuánto cree mi Hermano que podrá distraerse en todo el día?
-Paréceme que todas mis distracciones juntas no excederán de algún Credo.

Estaba siempre con el Rosario en la mano, la llave del cielo, Jamás descuidó la puerta del Colegio, pero le interesaba más la del cielo. De tanto pasar las cuentas del Rosario, las escaleras del cielo, tenía hechos callos en los dedos.
El oficio de portero lleva a veces también la obligación de acompañar a los que salen. Ya anciano recibió un día la orden de acompañar al P. Barrasá, hasta el castillo de Bellver. El camino era una cuesta de tres kilómetro y el calor sofocante. El Padre iba delante rezando el Breviario; el Hermano detrás con su Rosario. De repente se le apareció la Virgen, acompañada de muchos coros de ángeles y santos; muy sonriente lo anima y, sacando un blanquísimo lienzo, le enjuga el copioso sudor que corría por su rostro. Así correspondía la Virgen a la devoción de su siervo.
Siete años enteros padeció muy fuertes trabajos para defender la virtud angélica. El demonio no ahorraba medio para combatirlo. Imaginaciones, fantasmas, golpes, con amenaza de que no le dejaría dormir ni descansar nunca. “Hasta el día del Juicio, contestó Alonso, estoy dispuesto a sufrir por Jesucristo.”
Desde los primero meses de 1617 no pudo abandonar el lecho. Era su última purificación, para pasar limpio al abrazo del cielo. El 30 de octubre abrió los ojos, miró el Santo Crucifijo y se durmió con la palabra de Jesús en los labios. Su vida escondida ha dejado huella más profunda que la de muchos grandes sabios. Y es que lo que da valor al hombre no es ni el talento ni la riqueza, sino las obras buenas.
Tomado de Santos y Beatos de la Compañia de Jesús. P. Juan Leal S.J. 1950.

Conferencia


LAICOS: Formación para su apostolado

TEMA:

La Historia de la Iglesia en los primeros siglos

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.


Martes 28 de octubre de 7:00 a 8:00 PM
Parroquia San Pedro de Lima
Esquina de Jr. Azángaro y Jr. Ucayali a espalda de la antigua Biblioteca Nacional.
Donación S/.2,00

Homilías: Domingo 30 T.O. (A)

Lecturas:; Ex 22,21-27; S. 17; 1Ts 1,5-10; Mt 22,23-40

“Con todo el corazón, con toda el alma”
Homilía por el P. José R. Martínez Galdeano, S.J.


Como les indiqué el domingo pasado, estas discusiones tienen lugar en los últimos días de la vida mortal de Jesús, entre el Domingo de Ramos y el Miércoles Santo. Se discutía mucho entre los doctores de la ley cuál era el mandamiento principal de la ley. Contaban hasta 613 preceptos y había muchas opiniones y discusiones al respecto. Para Jesús fue una pregunta fácil. No dudó ni un segundo. Lo tenía muy claro: “Amar a Dios”. Nada existiría, nada tendría razón para existir si Dios no lo hubiera querido. Por su inmensa bondad lo ha hecho todo para bien del hombre y ningún hombre llega a ser perfecto sin llegar a Él. Y no se llega a Dios si no se le ama. El amor de Dios es así no sólo importante, sino necesario y lo más fundamental. Si no se alcanza a Dios, no puede haber realización ni felicidad humana. Por eso Jesús recalca que no es cualquier amor sino “con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”.

Pero la respuesta no es completa. Por eso Jesús añade otro mandato, el que llama segundo, del que dice que es semejante y vuelve todavía a añadir que entre los dos sostienen la Ley y los profetas. La Ley y los profetas para el judío incluyen toda la revelación de Dios.

Sin duda que todos están de acuerdo con las palabras de Jesús tan repetidas y oídas muchas veces. Pero las expresiones verbales, las mejores, se gastan con su monótona repetición y acaban perdiendo su significado, dejan de inquietarnos la conciencia y esto no siempre es bueno, por ejemplo en este caso. Temo que le haya pasado también a esta palabra de Jesús de tanto repetirla sin compromiso personal y, por tanto, sin vivirla con verdad. Porque no basta con estar de acuerdo sino que además hay que vivirla de modo operativo.

En la explicación de la Carta a los Romanos ya expliqué cómo nuestro arrepentimiento de los pecados no tiene su primer origen en nosotros sino en Dios. Vuelvo a repetirlo: Así como un enfermo no puede curarse con sus fuerzas y conocimientos, sino que necesita del médico y las medicinas, el pecador no puede arrepentirse de sus pecados y convertirse si previamente Dios misericordioso no se vuelve a él y le llama a la conversión. Esta vuelta de Dios hacia el pecador es gratuita, no se merece nunca, sino que Dios la da por puro amor sin obligación ninguna. De forma que toda relación de Dios con el hombre no tiene otra causa original que la misericordia y el amor gratuito de Dios a cada persona. Para cumplir este doble precepto hace falta mucha gracia de Dios y pedirla todos los días.

La obligación es clarísima y continuamente repetida en la Biblia: “Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, sólo el Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden grabadas en tu corazón estas palabras que yo te mando hoy. Se las repetirás a tus hijos, se las dirás tanto si estás en casa como si vas de viaje, cuando te acuestes y cuando te levantes; las atarás a tu mano como una señal, como un recordatorio ante tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas. Cuida de no olvidarte del Señor” (Dt 6,4-9.12). “¿Qué te pide tu Dios sino que le ames con todo tu corazón y con toda tu alma?” (Dt 10,12). Son expresiones del Antiguo Testamento, que podrían multiplicarse casi hasta el infinito. Sin embargo el hombre del Antiguo Testamento no era capaz de acoger la manifestación completa de ese amor de Dios. Porque “tanto amó Dios a los hombres que les dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Jesús es el gran sacramento, la gran manifestación y entrega del amor del Padre a los hombres. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Y al ser incorporados por el bautismo y los demás sacramentos a Cristo, ese amor del Padre se derrama sobre nosotros, cuerpo de Cristo, y nos hace objeto predilecto de su amor y de sus dones gracia: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Ro 5,5). “Él nos amó primero” (1Jn 4,19) y, como amor con amor se paga, el amor de Dios no puede menos de ser la primera obligación moral nuestra. El primer lamento del Señor en sus revelaciones a Santa Margarita María y a Santa Faustina ha sido la falta de amor de tantos cristianos al Amor de Dios, manifestado en Jesús.

Pero a aquel fariseo, escriba experto en la ley y con un fondo de buena voluntad como lo indica Marcos, quiso Jesús completarle la respuesta, que a la verdad no era suficiente para alcanzar la Vida: “El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. San Juan lo explica bien: “En esto hemos conocido lo que es amor, en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1Jn 16). “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4,7-9). “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1Jn 4,20-21).

Los textos de la Escritura podrían multiplicarse hasta la saciedad. “¡Ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios. Esto es lo que había que practicar, aunque sin omitir aquello” (Lc 11,42)

“Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. Para demostrarlo bastaría con recorrer la Escritura. La primera lectura de hoy es un ejemplo: no maltratarás al forastero, no explotarás a viudas ni a huérfanos, no prestarás con usura; son formas de faltar al amor al prójimo, que “si grita a mí, yo lo escucharé” –dice el Señor.

Pero el amor es una actividad vital y por eso hay que cuidarlo y practicarlo cada vez mejor, porque de otra forma disminuye y aun se pierde. El sacramento de la reconciliación es magnífico medio para ello. El examen puede resumirse en las preguntas: ¿He amado a Dios? ¿He amado al prójimo, a todo prójimo? ¿Con todo el corazón, toda el alma, todo mi ser? ¿No he podido más? ¿He hecho, deseado, pensado, hablado como creo que es bueno que hagan, deseen, piensen, hablen de mí?

“Con todo el corazón, con toda el alma”. La oración, la Eucaristía son otras magníficas ocasiones: ¿Le doy gracias? ¿Me doy cuenta del amor de Dios a mí, de los bienes que me da de continuo, del amor con que me los da? ¿Acojo sus dones con acción de gracias? Éste es el sentido que tiene la bendición de la mesa en familia. ¿Oro cada día para pedir no sólo cosas, sino para agradecer, pedir ayuda para cumplir su voluntad, cargar con su cruz con ánimo y fe, superar mis defectos, soportar con paciencia los de los demás, confiar en su providencia? ¿Y pido la gracia para amar al prójimo como a mí mismo? El prójimo es la familia: mi esposo, mi esposa, mis hijos, mis padres, mis hermanos. El prójimo son mis vecinos, mis compañeros de clase y trabajo, cualquier persona con la que encuentro. Es la imagen de Jesús. ¿La veo?

No es fácil ser cristiano a fondo. Hay que pedirlo constantemente a Dios. Cada día con su gracia demos un paso adelante.

San Pablo conoció a Jesús verdaderamente de corazón

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 8 de octubre de 2008


Queridos hermanos y hermanas:

En las últimas catequesis sobre san Pablo hablé de su encuentro con Cristo resucitado, que cambió profundamente su vida, y después, de su relación con los doce Apóstoles llamados por Jesús —particularmente con Santiago, Cefas y Juan— y de su relación con la Iglesia de Jerusalén. Queda ahora la cuestión de qué sabía san Pablo del Jesús terreno, de su vida, de sus enseñanzas, de su pasión. Antes de entrar en esta cuestión, puede ser útil tener presente que el mismo san Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús y, más en general, dos maneras de conocer a una persona.

En la segunda carta a los Corintios escribe: "Así que en adelante ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así" (2 Co 5, 16). Conocer "según la carne", de modo carnal, quiere decir conocer sólo exteriormente, con criterios externos: se puede haber visto a una persona muchas veces, conocer sus rasgos y los diversos detalles de su comportamiento: cómo habla, cómo se mueve, etc. Y sin embargo, aun conociendo a alguien de esta forma, no se le conoce realmente, no se conoce el núcleo de la persona. Sólo con el corazón se conoce verdaderamente a una persona.

De hecho los fariseos y los saduceos conocieron a Jesús en lo exterior, escucharon su enseñanza, muchos detalles de él, pero no lo conocieron en su verdad. Hay una distinción análoga en unas palabras de Jesús. Después de la Transfiguración, pregunta a los Apóstoles: "¿Quién dice la gente que soy yo?" y "¿quién decís vosotros que soy yo?". La gente lo conoce, pero superficialmente; sabe algunas cosas de él, pero no lo ha conocido realmente. En cambio los Doce, gracias a la amistad, que implica también el corazón, al menos habían entendido en lo sustancial y comenzaban a saber quién era Jesús. También hoy existe esta forma distinta de conocer: hay personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles, pero que lo conocen en su verdad: "El corazón habla al corazón". Y san Pablo quiere decir esencialmente que conoce a Jesús así, con el corazón, y que de este modo conoce esencialmente a la persona en su verdad; y después, en un segundo momento, que conoce sus detalles.

Dicho esto, queda aún la cuestión: ¿Qué sabía san Pablo de la vida concreta, de las palabras, de la pasión, de los milagros de Jesús? Parece seguro que nunca se encontró con él durante su vida terrena. A través de los Apóstoles y de la Iglesia naciente, seguramente conoció también detalles de la vida terrena de Jesús. En sus cartas encontramos tres formas de referencia al Jesús prepascual. En primer lugar, hay referencias explícitas y directas. San Pablo habla de la ascendencia davídica de Jesús (cf. Rm 1, 3), conoce la existencia de sus "hermanos" o consanguíneos (1 Co 9, 5; Ga 1, 19), conoce el desarrollo de la última Cena (cf. 1 Co 11, 23), conoce otras palabras de Jesús, por ejemplo sobre la indisolubilidad del matrimonio (cf. 1 Co 7, 10 con Mc 10, 11-12), sobre la necesidad de que quien anuncia el Evangelio sea mantenido por la comunidad, pues el obrero merece su salario (cf. 1 Co 9, 14 con Lc 10, 7); san Pablo conoce las palabras pronunciadas por Jesús en la última Cena (cf. 1 Co 11, 24-25 con Lc 22, 19-20) y conoce también la cruz de Jesús. Estas son referencias directas a palabras y hechos de la vida de Jesús.

En segundo lugar, podemos entrever en algunas frases de las cartas paulinas varias alusiones a la tradición atestiguada en los Evangelios sinópticos. Por ejemplo, las palabras que leemos en la primera carta a los Tesalonicenses, según la cual "el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche" (1 Ts 5, 2), no se explicarían remitiéndonos a las profecías veterotestamentarias, porque la comparación con el ladrón nocturno sólo se encuentra en los evangelios de san Mateo y de san Lucas, por tanto está tomado de la tradición sinóptica.

Así, cuando leemos que Dios "ha escogido más bien lo necio del mundo" (1 Co 1, 27-28), se escucha el eco fiel de la enseñanza de Jesús sobre los sencillos y los pobres (cf. Mt 5, 3; 11, 25; 19, 30). Están también las palabras pronunciadas por Jesús en el júbilo mesiánico: "Te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños" (Mt 11, 25). San Pablo sabe —es su experiencia misionera— que estas palabras son verdaderas, es decir, que son precisamente los sencillos quienes tienen el corazón abierto al conocimiento de Jesús. También la alusión a la obediencia de Jesús "hasta la muerte", que se lee en la carta a los Filipenses (cf. Flp 2, 8) hace referencia a la total disponibilidad del Jesús terreno a cumplir la voluntad de su Padre (cf. Mc 3, 35; Jn 4, 34).

Por tanto, san Pablo conoce la pasión de Jesús, su cruz, el modo como vivió los últimos momentos de su vida. La cruz de Jesús y la tradición sobre este hecho de la cruz está en el centro del kerigma paulino. Otro pilar de la vida de Jesús conocido por san Pablo es el Sermón de la Montaña, del que cita algunos elementos casi literalmente, cuando escribe a los Romanos: "Amaos unos a otros. (...) Bendecid a los que os persiguen. (...) Vivid en paz con todos. (...) Venced al mal con el bien". Así pues, en sus cartas hay un reflejo fiel del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7).

Por último, en las cartas de san Pablo es posible hallar un tercer modo de presencia de las palabras de Jesús: es cuando realiza una forma de transposición de la tradición prepascual a la situación después de la Pascua. Un caso típico es el tema del reino de Dios, que está seguramente en el centro de la predicación del Jesús histórico (cf. Mt 3, 2; Mc 1, 15; Lc 4, 43). En san Pablo se encuentra una trasposición de este tema, pues tras la resurrección es evidente que Jesús en persona, el Resucitado, es el reino de Dios. Por tanto, el reino llega donde está llegando Jesús. Y así, necesariamente, el tema del reino de Dios, con el que se había anticipado el misterio de Jesús, se transforma en cristología. Sin embargo, las mismas disposiciones exigidas por Jesús para entrar en el reino de Dios valen exactamente para san Pablo a propósito de la justificación por la fe: tanto la entrada en el Reino como la justificación requieren una actitud de gran humildad y disponibilidad, libre de presunciones, para acoger la gracia de Dios.

Por ejemplo, la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18, 9-14) imparte una enseñanza que se encuentra tal cual en san Pablo, cuando insiste en que nadie debe gloriarse en presencia de Dios. También las frases de Jesús sobre los publicanos y las prostitutas, más dispuestos que los fariseos a acoger el Evangelio (cf. Mt 21, 31; Lc 7, 36-50) y sus deseos de compartir la mesa con ellos (cf. Mt 9, 10-13; Lc 15, 1-2) encuentran pleno eco en la doctrina de san Pablo sobre el amor misericordioso de Dios a los pecadores (cf. Rm 5, 8-10; y también Ef 2, 3-5). Así, el tema del reino de Dios se propone de una forma nueva, pero con plena fidelidad a la tradición del Jesús histórico.

Otro ejemplo de transformación fiel del núcleo doctrinal de Jesús se encuentra en los "títulos" referidos a él. Antes de Pascua él mismo se califica como Hijo del hombre; tras la Pascua se hace evidente que el Hijo del hombre es también el Hijo de Dios. Por tanto, el título preferido por san Pablo para calificar a Jesús es Kýrios, "Señor" (cf. Flp 2, 9-11), que indica la divinidad de Jesús. El Señor Jesús, con este título, aparece en la plena luz de la resurrección.

En el Monte de los Olivos, en el momento de la extrema angustia de Jesús (cf. Mc 14, 36), los discípulos, antes de dormirse, habían oído cómo hablaba con el Padre y lo llamaba "Abbá-Padre". Es una palabra muy familiar, equivalente a nuestro "papá", que sólo usan los niños en comunión con su padre. Hasta ese momento era impensable que un judío utilizara dicha palabra para dirigirse a Dios; pero Jesús, siendo verdadero hijo, en esta hora de intimidad habla así y dice: "Abbá, Padre". En las cartas de san Pablo a los Romanos y a los Gálatas, sorprendentemente, esta palabra "Abbá", que expresa la exclusividad de la filiación de Jesús, aparece en labios de los bautizados (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 6), porque han recibido el "Espíritu del Hijo" y ahora llevan en sí mismos ese Espíritu y pueden hablar como Jesús y con Jesús como verdaderos hijos a su Padre; pueden decir "Abbá" porque han llegado a ser hijos en el Hijo.

Por último, quiero aludir a la dimensión salvífica de la muerte de Jesús, como la encontramos en la frase evangélica: "El Hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45; Mt 20, 28). El reflejo fiel de estas palabras de Jesús aparece en la doctrina paulina sobre la muerte de Jesús como rescate (cf. 1 Co 6, 20), como redención (cf. Rm 3, 24), como liberación (cf. Ga 5, 1) y como reconciliación (cf. Rm 5, 10; 2 Co 5, 18-20). Aquí está el centro de la teología paulina, que se basa en estas palabras de Jesús.

En conclusión, san Pablo no pensaba en Jesús en calidad de historiador, como una persona del pasado. Ciertamente, conoce la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no trata todo ello como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Para san Pablo, las palabras y las acciones de Jesús no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él. También nosotros debemos aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que está hoy con nosotros y nos muestra cómo vivir y cómo morir.

Tomado de: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2008/documents/hf_ben-xvi_aud_20081008_sp.html

Celibato de los Sacerdotes. Escritura, tradición, teología - 2º Parte.

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.

Enseñanza de los Apóstoles y tradición de la Iglesia


Los Pontífices romanos ya desde fines del siglo IV se han hecho garantes en nombre de toda la Iglesia de una tradición de obligación de continencia para el clero superior que se remonta a los Apóstoles y han conservado en esta afirmación toda su credibilidad. Así el 385 el Papa Siricio exige al obispo de Tarragona (España) que los clérigos de órdenes mayores guarden la continencia perfecta: “Es por ley indisoluble de estas decisiones que todos nosotros, sacerdotes y diáconos, nos encontramos atados desde el día de nuestra ordenación y obligados a poner nuestro corazón y nuestro cuerpo al servicio de la sobriedad y de la pureza”. Un año después (386) el mismo Papa envía a diversos episcopados las decisiones de un Concilio de 80 obispos en Roma. Insiste sobre la fidelidad a las tradiciones procedentes de los Apóstoles, ya que “no se trata de ordenar nuevos preceptos, sino de hacer observar aquellos que a causa de la apatía y de la indolencia de algunos ha sido descuidado” Entre las cosas “establecidas por una constitución apostólica y por una constitución de Padres” se encuentra también la obligación a la continencia para los clérigos superiores. Hay también otros documentos. En 390 un Concilio en Cartago ordenaba por unanimidad: “Se ha admitido con agrado el hecho que el obispo, el sacerdote y el diácono, guardianes de la pureza, se abstengan de sus esposas, a fin de que aquellos que están al servicio del altar conserven una castidad perfecta”. El Concilio de Cartago basa su determinación en “lo que enseñaron los apóstoles y lo que la antigüedad misma ha ensañado” (la historia confirma que las iglesias de África en ese tiempo guardaban enorme cuidado en la observancia de tradiciones y disposiciones conciliares de la Iglesia antigua (Nicea). En 419 un Concilio general de África (217 obispos, entre ellos San Agustín) promulga nuevamente el canon, que es aprobado por Roma; en él se dice que “esto que enseñaron los Apóstoles y esto que la antigüedad misma ha observado, lo hacemos también nosotros y nos atenemos a eso” (C.4)

Testimonios de otros escritores

Son abundantes los testimonios que confirman la continencia perfecta de clérigos: Epifanio (remite a apóstoles y dice que clérigos que continúan teniendo hijos es contra cánones), Panarion, el AMbrosiaster (366-384). Quaestiones Veteris et Novi Testamenti, que se atribuye a Agustín: “Si está permitido y es bueno casarse ¿por qué no está permitido a los sacerdotes tomar una mujer? Dicho con otras palabras ¿por qué los hombres que han sido ordenados ya no pueden unirse a una esposa? En efecto, existen cosas que no están permitidas a nadie sin excepción alguna, pero hay de otro lado algunas que están permitidas a unos pero no a otros y hay algunas cosas que están permitidas en ciertos momentos pero no en otros. Y es por esto que el sacerdote de Dios debe ser más puro que los otros, en efecto, él pasa por su representante personal, es efectivamente su vicario; de modo que aquello que está permitido a los otros no lo está a él. Debe ser tanto más puro porque santas son las cosas de su ministerio. En efecto, comparadas con la luz de la lámpara, las tinieblas no solo son oscuras, sino también sórdidas, comparadas con el sol, las estrellas son oscuras, y comparado a la luminosidad de Dios, el sol no es sino noche. De la misma manera las cosas que respecto a nosotros son lícitas y puras, se convierten en ilícitas e impuras respecto a la dignidad de Dios; en efecto, por muy buenas que ellas sean, no se avienen a la persona de Dios. Es por esto que los sacerdotes de Dios deben ser más puros que los otros, dado que ocupan el lugar de Cristo”. Lo mismo sostienen San Ambrosio, San Jerónimo y otros.

El celibato en la Iglesia Griega

En cuanto a la Iglesia griega, ningún concilio antes del de Nicea ha autorizado a los obispos y sacerdotes a contraer matrimonio ni a servirse del matrimonio que podrían haber contraído antes de su ordenación. En el concilio de Nicea, C. 3: “El gran Concilio ha prohibido absolutamente a los obispos, a los sacerdotes y a los diáconos, y en pocas palabras a todos los miembros del clero, tener consigo una mujer introducida con él para el servicio, a menos que se trate de una madre, una hermana, una tía o en fin sólo aquella persona que se sustrae a cualquier sospecha”. No se habla de la esposa. Tal vez indica que Nicea sobreentiende la continencia perfecta. Desde luego que los Obispos, citados en primer lugar, han estado siempre sometidos a la ley del celibato-continencia tanto en Oriente como en Occidente. Y así ha sido interpretado el canon por Papas y concilios particulares. Cuando mencionan a la esposa es generalmente para autorizar que viva con el marido ordenado, pero con la condición de que también ella haya hecho el voto de continencia perfecta.
En la Iglesia de Oriente la norma fue la misma que en Occidente hasta el Concilio Trullano o Quinisexto (692), no reconocido por la Sede romana. Este concilio fija de modo definitivo la legislación bizantina: el obispo respetará continencia perfecta, los otros miembros del clero superior, quedan autorizados a vivir con su esposa, sólo obligados a la continencia temporal. Los Obispos no pueden estar casados. Pero sacerdotes y diáconos pueden estar casados cuando se ordenan, pero no pueden casarse después de la ordenación. En rigor se ordenan casados, no se casan sacerdotes. Esta ha sido la norma en la Iglesia Oriental hasta nuestros días.

Continuará

Homilías: Domingo 29 T.O. (A)

Lecturas:; Is 45,1.4-6; S.95; 1Ts 1,1-5; Mt 22,15-21

Al César lo del César, a Dios lo de Dios
Homilía por el P. José R. Martínez Galdeano, S.J.


He explicado dos cartas de San Pablo, las de Romanos y Filipenses, y con ello les he iniciado de algún modo a leer con fruto esta parte de la Biblia, las cartas de los apóstoles. Vuelvo al texto de los evangelios. Lo compararé con el texto de la primera lectura, que suele ser del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento es una preparación para el Nuevo, para la venida de Jesús. Nos habla proféticamente de Cristo, la esperanza culmen de Israel. No hay que leerlo, pues, como una serie de historias o narraciones independientes; de alguna manera van dibujando la figura del Señor.

Isaías llama a Ciro, el rey pagano, “ungido”. Porque Dios le ha dado una gracia, de la que ni él mismo es consciente, y hará todo lo que pueda para que los judíos desterrados en Babilonia puedan volver a Israel. Ciro es un instrumento en las manos misteriosas de Dios, que es el único Señor “y no hay otro”. Ciro es un rey legítimo. No es un enemigo del Reino de Cristo, que no es de este mundo, y aun obrará en su servicio. Y de todos los reinos y reyes sabe hacer Dios instrumentos de su misteriosa voluntad. El mismo Imperio Romano, con tantos puntos negros, facilitó, con la unidad que dio a los países mediterráneos, la propagación de la fe en Cristo, sirvió al Reino de Cristo.

El evangelio de hoy concluye con una palabra que ilumina sobre la relación de la Iglesia con el Estado. Es un tema importante, del que hay poco conocimiento entre los fieles y que el Papa Benedicto XVI está tocando con frecuencia. Voy a resumir lo más fundamental.

1.- La Iglesia tiene conciencia clara de que está fundada por Cristo para anunciar a Jesucristo y poner al alcance de los hombres su doctrina, su perdón, los sacramentos de vida divina y la providencia de su gobierno para que lleguen a la salvación en su mayor plenitud. Sabe también que, para este fin y en este ámbito, ha recibido toda la autoridad de Jesús mismo.

2.- Pero la Iglesia acepta también los poderes del Estado como legítimos y su autoridad como válida y obligatoria en conciencia en el ámbito de su competencia. Enseña incluso que el Estado es una institución buena y necesaria, pues nace de la misma naturaleza humana, en orden al Bien Común, que es el logro de la paz pública y de otros bienes de este mundo, que son necesarios para el debido desarrollo de la persona humana y los ciudadanos no podrían alcanzar de otra forma.

3.- En consecuencia la Iglesia enseña la obligación moral de cooperar debidamente al Bien Común y observar las leyes del Estado.

4.- Aunque no todos, porque no todos han de hacerlo todo, la Iglesia desea que haya fieles comprometidos en las instituciones sociales y políticas y participen activamente en ellas. Esta actividad es propia de los laicos. Respecto de América Latina la V Conferencia de Obispos de América Latina y el Caribe, que se reunió en Aparecida, lamenta el insuficiente número de católicos comprometido en este apostolado y el poco apoyo que tienen de los sacerdotes en cuanto a los medios de formación y gracia que necesitan. Tales cristianos dan un testimonio precioso e inyectan los principios de la verdad y del Evangelio en la vida social y política. Y conviene que haya más católicos, que no oculten su condición ni su inspiración de vida, en los gobiernos, parlamentos, municipios e instituciones sociales y políticas; naturalmente no para robar, sino para lograr que la honradez, el espíritu de servicio, el respeto a la dignidad de la persona, la justicia y la caridad con todos y más con los menos poderosos, vayan siendo el caldo de cultivo de nuestras sociedades y valores. Es bueno para el Perú que muchos católicos consecuentes estén en las estructuras sociales y políticas. De ellos es de esperar que rindan honor a los valores de honestidad, servicio a sus hermanos, justicia y caridad, especialmente con los más indefensos.

5.- Este campo de la actividad social y política es también parte de la vida moral. La Iglesia es consciente de que es parte de su misión la de contribuir a dar luz para que las leyes no violen sino que traduzcan los valores dichos y también afronten con decisión soluciones a su deterioro, que en ocasiones son gravísimos.

6.- Los católicos son también todos ciudadanos y tienen sus derechos como tales. Por tanto el Estado debe garantizarlos, por ejemplo la libertad de opinión, su libertad de asociación para actividades grupales caritativas, cultuales etc., para tener medios de comunicación, para expresar su fe y sus valores públicamente.

7.- El Estado lo forman los ciudadanos. El Bien Común es para todo su conjunto y su contenido y prioridades tienen matices y variantes según la cultura y problemas de cada sociedad. Así, donde la pobreza afecte a más ciudadanos, el Estado debe poner más atención y recursos en solucionar ese problema y atender más a esas personas; donde una fuerte proporción de ciudadanos sean de una religión, el Estado debe contar con este hecho real. El Estado no debe imponer una religión, ni tampoco negar el derecho de expresarla públicamente, ni menos tener como objetivo la asepsia religiosa y la asfixia de toda religión. Lo dicho no es censura de la situación peruana, sino como advertencia ante ciertas corrientes en España y Europa que pretenden erradicar de la vida social toda expresión religiosa.

8.- Es necesario que sean más los católicos que actúen en la vida pública y que actúen como tales católicos. Es necesario en América Latina y en el Perú que la Iglesia dedique una cuota más amplia de sus energías a la formación y sostenimiento espiritual de los católicos que estarían dispuestos o están ya empeñados en la acción social y política.

9.- Los católicos deberían atender más a los valores más fundamentales, como son los morales, en el ejercicio del derecho a voto en las asociaciones sociales y elecciones políticas. Deberían dar más peso en su decisión de voto al respeto a los derechos humanos más fundamentales, como puede ser la vida, la defensa y ayuda a los más pobres, la paz social, una justicia justa (valga la redundancia) para todos, la honradez y calidad moral de los candidatos.

“Pues denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Seamos buenos ciudadanos porque queremos ser buenos cristianos. En las peticiones litúrgicas de la oración de los fieles, la segunda quiere la Iglesia que se haga por las autoridades civiles; hagámoslo conscientes de su importancia. En el Documento de trabajo que están estudiando los Padres del Sínodo, leemos esto: “De la Biblia reciben inspiración y motivación el real empeño a favor de la justicia y de los derechos humanos, la participación en la vida pública, el cuidado del ambiente como casa de todos” (58).

Todos tenemos la obligación moral de orar y ofrecer sacrificios y buenas obras por nuestros gobernantes, de cumplir con nuestros deberes cívicos, de formar nuestra conciencia también en este campo, de votar en conciencia por lo que, habiendo pensado, estimemos mejor para el verdadero bien común. Es un ejercicio más de la responsabilidad y caridad cristianas. Ser buenos hijos de la Iglesia nos hace buenos ciudadanos.

Hno. Miguel Senosiain Azpilcueta S.J.


A nuestro querido hermano Miguelito (así le decíamos en la Parroquia de San Pedro) lo recordamos con mucho cariño, una persona muy generosa, sencilla y amable, dispuesta a ayudar desde la labor donde se encontraba; es decir, manifestando el amor de Dios con su vida de entrega. Fue muy cercana a los que participábamos en la Parroquia y tuvimos la oportunidad de tratarlo. Ya por su avanzada edad, fue trasferido a la Enfermería de Fátima en donde pasó sus últimos años. Partió a la Casa del Padre el 10 de octubre del 2008, a continuación, transcribimos las palabras del P. Jerónimo Olleros SJ.

El Hno. MIGUEL SENOSIAIN AZPILCUETA murió a los 92 años de edad y 59 de jesuita.
Compartía con San Francisco Javier la misma tierra donde nacieron y uno de los apellidos. Pero más que nada su espíritu misionero. En su antigua Provincia de Loyola estuvo en la oficina del “Promotor de Misiones”. Y a los 56 años, sin pensarlo dos veces, llegó al Perú para ayudar donde se le necesitara. Así escribía a cada Provincial, en todas sus cartas. Se le necesitó, primero en La Compañía de Arequipa y luego en la Parroquia de San Pedro de Lima: los dos Templos del Sagrado Corazón que tenemos en la Provincia. Para aprender en ellos, y dar a conocer, lo infinito de su Amor, la fidelidad de sus Promesas y su Presencia a cada paso; no dejó de recordarlo estos años en Fátima con sus proverbiales frases, como salmos personales que dicen mucho de su vida entregada a Dios con toda sencillez. Miguel se despidió ayer muy bonito con una de ellas. Por la tarde le estaban atendiendo un ratito Sixto y los enfermeros y, al final, les recitó de memoria:
“La vida es para buscar a Dios
La muerte es para encontrar a Dios
La eternidad es para gozar a Dios”.

Tal vez fueron sus últimas palabras pero era su pensamiento de toda la vida. Ahora ya, para siempre. Él, que iba contando sus años por decenas (a los setenta, a los ochenta, a los noventa,…), ha entrado a la eternidad de Dios y la comparte, sin necesidad de llevar cuentas. Como es Bondad Infinita, todo le va a resultar definitivo. Y este buen “Duendecillo”, como le llamaban en la enfermería cuando aparecía por los pasillos, puede que también vaya recorriendo las muchas moradas allí preparadas, buscando por los rincones las manzanas o chocolates del Reino, diferentes a los nuestros ciertamente porque el premio que ha recibido es mucho mayor: el de las Bienaventuranzas. Ahora verá que el Apostolado de la Oración, la devoción al Corazón de Jesús, nos van adelantando en esta vida lo que de verdad encontraremos en su Casa. Y Miguelito sabrá que es bien cierto lo que él mismo nos decía:
“El que busca a Dios en todo lo que hace, lo encuentra en todo lo que le acontece”.
(P. Jerónimo Olleros SJ)

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Celibato de los Sacerdotes. Escritura, tradición, teología - 1º Parte.

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.


Casado una sola vez. Ordenación de casados

San Pablo (1 Tim 3,2.12) y en la carta a Tito, dice que sean “esposos de una sola esposa”, es decir, que sólo se haya casado una sola vez; que, si enviudó, no se haya vuelto a casar. Las demás cualidades exigidas por Pablo piden personas serias, equilibradas y de buen juicio, que no estén continuamente arrastradas por el afán sexual, sino que sepan controlarlo como personas maduras. La perfecta libertad del alma no se estimaba adquirida si no se había podido mantener célibe tras la muerte de la primera esposa.

Eunucos por el Reino

Es falso que San Pablo quiera que todo obispo, presbítero y diácono se case. Estaría en contra de lo que defiende como mejor en 1Cor 7,7-8.25-40 y contra la palabra del Señor en Mt 19,11-12: “Hay eunucos que nacieron así, otros que los hicieron los hombres, y otros eunucos se castraron a sí mismos por el Reino de los Cielos. El que pueda captar, que capte”.

¿Cómo se interpretó esta norma de San Pablo en los siglos siguientes? Hasta el siglo IV no tenemos testimonios escritos. Eran tiempos de persecuciones, que duraron hasta el Edicto de Milán (año 313), cuando el emperador Constantino dio la libertad a los cristianos. Aparte que libros suponía un enorme costo y no se copiaban muchos ejemplares, entre las medidas persecutorias empleadas por la autoridad imperial tuvieron particular importancia las quemas y destrucciones de los libros sagrados y documentos eclesiásticos. Por eso han quedado relativamente pocos.

Pero a partir del siglo IV tenemos buena documentación. El documento más antiguo son las cartas del Concilio de Elvira (España) hacia el año 303. En él se establece que: “Un obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios” y que “obispos, presbíteros y diáconos, es decir, a todos los clérigos puestos en ministerio han de abstenerse de sus mujeres y no engendrar hijos; y quienquiera lo hiciere, sea apartado del estado clerical” (C. 27 y 33)


Concilio de Elvira: Desde Diácono no pueden tener vida sexual

Importa notar que el Concilio de Elvira no parece haber introducido una novedad en la vida del clero. Elvira no es el principio de la obligación del celibato. Ya se practicaba y exigía. Desde luego no dice nada de libertad anterior. El silencio de los legisladores en este punto se comprende mejor si repiten y confirman lo que estaba en vigor antes que lo contrario. Nadie en ese tiempo parece haber tachado al Concilio de novedad. De serlo, la pesada obligación de la continencia perfecta a más de uno le habría parecido insoportable y Elvira no hubiera podido introducirse sin protestas y desmentidos. No parece posible introducir como novedad una exigencia semejante, de tan grandes consecuencias para la vida de la Iglesia y del clero, sin motivarla en absoluto y sin que conste la menor oposición en nombre de lo que tendría que haber sido la tradición anterior. No existe tampoco base histórica documentada para argumentar la existencia de disposiciones contrarias tradicionales anteriores y diferentes con respecto al uso del matrimonio por el clero. El Concilio de Elvira parece imponer, más bien, medidas disciplinarias en una cuestión generalmente conocida, pero no siempre respetada. No se prohíbe de repente lo que era permitido, sobre todo previniéndose penas canónicas a los infractores. Si se trata de remediar las infracciones a regla antigua, se comprende que obispos españoles no hayan sentido necesidad de justificar una medida tan severa. Todo da la impresión de que no es cambio violento, sino un testimonio de la fidelidad de la iglesia española a una antigua tradición. Es normal y legítima la ordenación de numerosos hombres casados. Pero a partir del diaconado, están obligados a la continencia perfecta con sus esposas, caso de que estén vivas, y la infracción de esta disciplina, frecuente en sitios lejanos de Roma, se censura como contraria a la tradición apostólica.

El texto de San Pablo, “hombre de una sola mujer”, no significa que pueda seguir usando del matrimonio, sino que la conducta tenida hasta entonces por el candidato, garantiza que en el futuro va a serle posible guardar la obligación de la continencia perfecta en el futuro. Esta será la exégesis de los Pontífices romanos, divulgada ampliamente en las grandes colecciones canónicas occidentales. Lo mismo hacen numerosos escritores patrísticos: Eusebio de Cesarea, San Juan Crisóstomo, el Ambrosiaster, San Ambrosio, San Jerónimo, San Isidro de Sevilla.
(Continuará)

Ciencia y Experiencia, Ciencia y Fe

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.

1.- Fe es creer a otra persona lo que dice.
Algunos dicen que no creen más que lo que ven.
Es falso: también creen en lo que sienten, gustan, oyen...

Pero también creen en lo que ni ven, ni gustan, ni sienten con los sentidos ojos: Se cree por fe que los padres son los padres, lo mismo de los hermanos, lo mismo a la esposa. Se cree por fe lo que enseña el maestro. Se cree por fe lo que me llega por los medios de comunicación. En la vida lo más normal de cualquiera es hacer actos de fe de la mañana a la noche. Sin fe no se vive. El hombre se puede definir como “el ser que cree”.

2.- Si solo valiera la experiencia, todo hombre tendría que aprenderlo todo por propia experiencia. No debería ir a la escuela ni a la universidad para aprender de otros, ni leer nada. Pero así todos seguiríamos salvajes. La cultura y el desarrollo es obra de la fe.

3.- El científico se forma en la universidad creyendo a los profesores, a los libros etc. Los pequeños y parciales experimentos, que hace un estudiante universitario, todos saben que no tienen el rigor ni las garantías necesarias. Son una preparación para experiencias en el futuro, una vez formados.

4.- El científico ya formado y que trabaja experimentando
a. En su vida normal cree como todos;
b. En su trabajo científico lo primero que hace es leer y creer lo que se ha escrito e investigado por otros sobre el tema;
c. En su trabajo personal experimental utiliza medios (microscopios o telescopios, cámaras, aparatos de medida...) que cree ser confiables y están bien hechos.
Luego sin creer no es posible el trabajo científico.

5.- La matemática es ciencia. Nadie se atrevería a negarlo. Además es necesaria para que las demás ciencias (como la física) se desarrollen.
Pero la matemática no es experimental. La matemática es puramente racional. Todo en matemática se prueba por la razón.

6.- Por fin es falso que la ciencia conoce por la sola experiencia todo lo que conoce. Nadie ha visto la fuerza de la gravedad, ni la electricidad o magnetismo. La ciencia trata de conocer lo que está más allá de la experiencia. La ciencia es el conocimiento de lo que en sí mismo no se ve por medio de la razón aplicada a los datos de los sentidos, indagando por causas y fines, más allá de lo que los sentidos manifiestan.


7.- Luego en conclusión:

a) Es falso el dilema “o ciencia o fe”.
b) No se puede vivir, ni siquiera ser Científico, sin fe.




“La Matemática es puramente racional”, para graficar esta afirmación tenemos como ejemplo uno de los trabajos realizados por Arquímedes, gran científico de la antigüedad, acerca de la cuadratura del círculo, que permitió descubrir la relación aproximada entre la circunferencia y su diámetro, relación que se designa hoy día con la letra griega π (pi). Mostramos el gráfico que muestra este trabajo y una de sus fórmulas matemáticas sobre éste. Asimismo compartimos una pequeña reseña sobre este gran científico:




Arquímedes (Siracusa, Sicilia, 287 - 212 a.C.) Matemático y geómetra griego, considerado el más notable científico y matemático de la antigüedad, es recordado por el Principio de Arquímedes y por sus aportes a la cuadratura del círculo, el estudio de la palanca, el tornillo de Arquímedes, la espiral de Arquímedes y otros aportes a la matemática, la ingeniería y la geometría.



Arquímedes, pintura por Domenico Fetti (1620)

El concilio de Jerusalén y la controversia de Antioquía

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 1 de octubre de 2008


Queridos hermanos y hermanas:


El respeto y la veneración que san Pablo cultivó siempre hacia los Doce no disminuyeron cuando él defendía con franqueza la verdad del Evangelio, que no es otro que Jesucristo, el Señor. Hoy queremos detenernos en dos episodios que demuestran la veneración y, al mismo tiempo, la libertad con la que el Apóstol se dirige a Cefas y a los demás Apóstoles: el llamado "Concilio" de Jerusalén y la controversia de Antioquía de Siria, relatados en la carta a los Gálatas (cf. Ga 2, 1-10; 2, 11-14).

Todo concilio y sínodo de la Iglesia es "acontecimiento del Espíritu" y reúne en su realización las solicitudes de todo el pueblo de Dios: lo experimentaron personalmente quienes tuvieron el don de participar en el concilio Vaticano II. Por eso san Lucas, al informarnos sobre el primer Concilio de la Iglesia, que tuvo lugar en Jerusalén, introduce así la carta que los Apóstoles enviaron en esta circunstancia a las comunidades cristianas de la diáspora: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros..." (Hch 15, 28). El Espíritu, que obra en toda la Iglesia, conduce de la mano a los Apóstoles a la hora de tomar nuevos caminos para realizar sus proyectos: Él es el artífice principal de la edificación de la Iglesia.

Y sin embargo, la asamblea de Jerusalén tuvo lugar en un momento de no poca tensión dentro de la comunidad de los orígenes. Se trataba de responder a la pregunta de si era indispensable exigir a los paganos que se estaban convirtiendo a Jesucristo, el Señor, la circuncisión, o si era lícito dejarlos libres de la Ley mosaica, es decir, de la observancia de las normas necesarias para ser hombres justos, obedientes a la Ley, y sobre todo, libres de las normas relativas a las purificaciones rituales, los alimentos puros e impuros y el sábado. A la asamblea de Jerusalén se refiere también san Pablo en la carta a los Gálatas (Ga 2, 1-10): tras catorce años de su encuentro con el Resucitado en Damasco —estamos en la segunda mitad de la década del 40 d.C.—, Pablo parte con Bernabé desde Antioquía de Siria y se hace acompañar de Tito, su fiel colaborador que, aun siendo de origen griego, no había sido obligado a hacerse circuncidar cuando entró en la Iglesia. En esta ocasión, san Pablo expuso a los Doce, definidos como las personas más relevantes, su evangelio de libertad de la Ley (cf. Ga 2, 6). A la luz del encuentro con Cristo resucitado, él había comprendido que en el momento del paso al evangelio de Jesucristo, a los paganos ya no les eran necesarias la circuncisión, las leyes sobre el alimento y sobre el sábado, como muestra de justicia: Cristo es nuestra justicia y "justo" es todo lo que es conforme a él. No son necesarios otros signos para ser justos. En la carta a los Gálatas refiere, con pocas palabras, el desarrollo de la Asamblea: recuerda con entusiasmo que el evangelio de la libertad de la Ley fue aprobado por Santiago, Cefas y Juan, "las columnas", que le ofrecieron a él y a Bernabé la mano derecha en signo de comunión eclesial en Cristo (cf. Ga 2, 9). Si, como hemos notado, para san Lucas el concilio de Jerusalén expresa la acción del Espíritu Santo, para san Pablo representa el reconocimiento decisivo de la libertad compartida entre todos aquellos que participaron en él: libertad de las obligaciones provenientes de la circuncisión y de la Ley; la libertad por la que "Cristo nos ha liberado, para que seamos libres" y no nos dejemos imponer ya el yugo de la esclavitud (cf. Ga 5, 1). Las dos modalidades con que san Pablo y san Lucas describen la asamblea de Jerusalén se unen por la acción liberadora del Espíritu, porque "donde está el Espíritu del Señor hay libertad", como dice en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 3, 17).

Con todo, como aparece con gran claridad en las cartas de san Pablo, la libertad cristiana no se identifica nunca con el libertinaje o con el arbitrio de hacer lo que se quiere; esta se realiza en conformidad con Cristo y por eso, en el auténtico servicio a los hermanos, sobre todo a los más necesitados. Por esta razón, el relato de san Pablo sobre la asamblea se cierra con el recuerdo de la recomendación que le dirigieron los Apóstoles: "Sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero" (Ga 2, 10). Cada concilio nace de la Iglesia y vuelve a la Iglesia: en aquella ocasión vuelve con la atención a los pobres que, de las diversas anotaciones de san Pablo en sus cartas, se trata sobre todo de los de la Iglesia de Jerusalén. En la preocupación por los pobres, atestiguada particularmente en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 8-9) y en la conclusión de la carta a los Romanos (cf. Rm 15), san Pablo demuestra su fidelidad a las decisiones maduradas durante la Asamblea.

Quizás ya no seamos capaces de comprender plenamente el significado que san Pablo y sus comunidades atribuyeron a la colecta para los pobres de Jerusalén. Se trató de una iniciativa totalmente nueva en el ámbito de las actividades religiosas: no fue obligatoria, sino libre y espontánea; tomaron parte todas las Iglesias fundadas por san Pablo en Occidente. La colecta expresaba la deuda de sus comunidades a la Iglesia madre de Palestina, de la que habían recibido el don inefable del Evangelio. Tan grande es el valor que Pablo atribuye a este gesto de participación que raramente la llama simplemente "colecta": para él es más bien "servicio", "bendición", "amor", "gracia", más aún, "liturgia" (2 Co 9). Sorprende, particularmente, este último término, que confiere a la colecta en dinero un valor incluso de culto: por una parte es un gesto litúrgico o "servicio", ofrecido por cada comunidad a Dios, y por otra es acción de amor cumplida a favor del pueblo. Amor a los pobres y liturgia divina van juntas, el amor a los pobres es liturgia. Los dos horizontes están presentes en toda liturgia celebrada y vivida en la Iglesia, que por su naturaleza se opone a la separación entre el culto y la vida, entre la fe y las obras, entre la oración y la caridad para con los hermanos. Así el concilio de Jerusalén nace para dirimir la cuestión sobre cómo comportarse con los paganos que llegaban a la fe, optando por la libertad de la circuncisión y de las observancias impuestas por la Ley, y se resuelve en la solicitud eclesial y pastoral que pone en el centro la fe en Cristo Jesús y el amor a los pobres de Jerusalén y de toda la Iglesia.

El segundo episodio es la conocida controversia de Antioquía, en Siria, que atestigua la libertad interior de que gozaba san Pablo: ¿Cómo comportarse en ocasión de la comunión de mesa entre creyentes de origen judío y los procedentes de los gentiles? Aquí se pone de manifiesto el otro epicentro de la observancia mosaica: la distinción entre alimentos puros e impuros, que dividía profundamente a los hebreos observantes de los paganos. Inicialmente Cefas, Pedro, compartía la mesa con unos y con otros: pero con la llegada de algunos cristianos vinculados a Santiago, "el hermano del Señor" (Ga 1, 19), Pedro había empezado a evitar los contactos en la mesa con los paganos, para no escandalizar a los que continuaban observando las leyes de pureza alimentaria; y la opción era compartida por Bernabé. Tal opción dividía profundamente a los cristianos procedentes de la circuncisión y los cristianos venidos del paganismo. Este comportamiento, que amenazaba realmente la unidad y la libertad de la Iglesia, suscitó las encendidas reacciones de Pablo, que llegó a acusar a Pedro y a los demás de hipocresía: "Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?" (Ga 2, 14). En realidad, las preocupaciones de Pablo, por una parte, y de Pedro y Bernabé, por otro, eran distintas: para los últimos la separación de los paganos representaba una modalidad para tutelar y para no escandalizar a los creyentes provenientes del judaísmo; para Pablo constituía, en cambio, un peligro de malentendido de la salvación universal en Cristo ofrecida tanto a los paganos como a los judíos. Si la justificación se realiza sólo en virtud de la fe en Cristo, de la conformidad con él, sin obra alguna de la Ley, ¿qué sentido tiene observar aún la pureza alimentaria con ocasión de la participación en la mesa? Muy probablemente las perspectivas de Pedro y de Pablo eran distintas: para el primero, no perder a los judíos que se habían adherido al Evangelio; para el segundo, no disminuir el valor salvífico de la muerte de Cristo para todos los creyentes.

Es extraño decirlo, pero al escribir a los cristianos de Roma, algunos años después (hacia la mitad de la década del 50 d.C.), san Pablo mismo se encontrará ante una situación análoga y pedirá a los fuertes que no coman comida impura para no perder o para no escandalizar a los débiles: "Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu hermano tropiece, o se escandalice, o flaquee" (Rm 14, 21). La controversia de Antioquía se reveló así como una lección tanto para san Pedro como para san Pablo. Sólo el diálogo sincero, abierto a la verdad del Evangelio, pudo orientar el camino de la Iglesia: "El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm14,17). Es una lección que debemos aprender también nosotros: con los diversos carismas confiados a san Pedro y a san Pablo, dejémonos todos guiar por el Espíritu, intentando vivir en la libertad que encuentra su orientación en la fe en Cristo y se concreta en el servicio a los hermanos. Es esencial conformarnos cada vez más a Cristo. De esta forma se es realmente libre. Así se expresa en nosotros el núcleo más profundo de la Ley: el amor a Dios y al prójimo. Pidamos al Señor que nos enseñe a compartir sus sentimientos, para aprender de él la verdadera libertad y el amor evangélico que abraza a todo ser humano.
Tomado de:

Homilía del Papa en Inauguración de Sínodo

A continuación transcribimos la Homilía de S.S. Benedicto XVI en la Inauguración del Sínodo.

INAUGURACIÓN DE LA XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica de San Pablo extramurosDomingo 5 de octubre de 2008

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:
La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, así como la página del evangelio según san Mateo, han propuesto a nuestra asamblea litúrgica una sugestiva imagen alegórica de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña, de la que ya hemos oído hablar los domingos precedentes. El pasaje inicial del relato evangélico hace referencia al "cántico de la viña", que encontramos en Isaías. Se trata de un canto ambientado en el contexto otoñal de la vendimia: una pequeña obra maestra de la poesía judía, que debía resultar muy familiar a los oyentes de Jesús y gracias a la cual, como gracias a otras referencias de los profetas (cf. Os 10, 1; Jr 2, 21; Ez 17, 3-10; 19, 10-14; Sal 79, 9-17), se comprendía bien que la viña indicaba a Israel. Dios dedica a su viña, al pueblo que ha elegido, los mismos cuidados que un esposo fiel reserva a su esposa (cf. Ez 16, 1-14; Ef 5, 25-33).

Por tanto, la imagen de la viña, junto con la de las bodas, describe el proyecto divino de la salvación y se presenta como una conmovedora alegoría de la alianza de Dios con su pueblo. En el evangelio, Jesús retoma el cántico de Isaías, pero lo adapta a sus oyentes y a la nueva hora de la historia de la salvación. Más que en la viña pone el acento en los viñadores, a quienes los "servidores" del propietario piden, en su nombre, el fruto del arrendamiento. Pero los servidores son maltratados e incluso asesinados.

¿Cómo no pensar en las vicisitudes del pueblo elegido y en la suerte reservada a los profetas enviados por Dios? Al final, el propietario de la viña hace un último intento: manda a su propio hijo, convencido de que al menos a él lo escucharán. En cambio, sucede lo contrario: los viñadores lo asesinan precisamente porque es el hijo, es decir, el heredero, convencidos de quedarse fácilmente con la viña. Por tanto, se trata de un salto de calidad con respecto a la acusación de violación de la justicia social, como aparece en el cántico de Isaías. Aquí vemos claramente cómo el desprecio de la orden impartida por el propietario se transforma en desprecio de él: no es una simple desobediencia de un precepto divino, es un verdadero rechazo de Dios: aparece el misterio de la cruz.

Lo que denuncia esta página evangélica interpela nuestro modo de pensar y de actuar. No habla sólo de la "hora" de Cristo, del misterio de la cruz en aquel momento, sino de la presencia de la cruz en todos los tiempos. De modo especial, interpela a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar a menudo la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia de esto, Dios, aun sin faltar jamás a su promesa de salvación, ha tenido que recurrir con frecuencia al castigo.

En este contexto resulta espontáneo pensar en el primer anuncio del Evangelio, del que surgieron comunidades cristianas inicialmente florecientes, que después desaparecieron y hoy sólo se las recuerda en los libros de historia. ¿No podría suceder lo mismo en nuestra época? Naciones que en otro tiempo eran ricas en fe y en vocaciones ahora están perdiendo su identidad bajo el influjo deletéreo y destructor de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que "Dios ha muerto", se declara a sí mismo "dios", considerándose el único artífice de su destino, el propietario absoluto del mundo.

Desembarazándose de Dios, y sin esperar de él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que se le antoje y que puede ponerse como la única medida de sí mismo y de su obrar. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara "muerto" a Dios, ¿es verdaderamente más feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y dueños únicos de la creación, ¿pueden construir de verdad una sociedad donde reinen la libertad, la justicia y la paz? ¿No sucede más bien —como lo demuestra ampliamente la crónica diaria— que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y la explotación, la violencia en todas sus manifestaciones? Al final, el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.

Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su suerte a los viñadores infieles, el propietario no renuncia a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por eso Jesús, citando el salmo 117: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (v. 22), asegura que su muerte no será la derrota de Dios. Tras su muerte no permanecerá en la tumba; más aún, precisamente lo que parecerá ser una derrota total marcará el inicio de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte en la cruz seguirá la gloria de la resurrección. Entonces, la viña continuará produciendo uva y el dueño la arrendará "a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo" (Mt 21, 41).

La imagen de la viña, con sus implicaciones morales, doctrinales y espirituales aparecerá de nuevo en el discurso de la última Cena, cuando, al despedirse de los Apóstoles, el Señor dirá: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta; y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto" (Jn 15, 1-2). Por consiguiente, a partir del acontecimiento pascual la historia de la salvación experimentará un viraje decisivo, y sus protagonistas serán los "otros labradores" que, injertados como brotes elegidos en Cristo, verdadera vid, darán frutos abundantes de vida eterna (cf. Oración colecta). Entre estos "labradores" estamos también nosotros, injertados en Cristo, que quiso convertirse él mismo en la "verdadera vid". Pidamos al Señor, que nos da su sangre, que se nos da a sí mismo en la Eucaristía, que nos ayude a "dar fruto" para la vida eterna y para nuestro tiempo.

El mensaje consolador que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final vence Cristo. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta buena nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al Apóstol de los gentiles, el primero en difundir el Evangelio en vastas regiones de Asia menor y Europa. Renovaremos de modo significativo este anuncio durante la XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, que tiene como tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia".

Aquí quiero saludaros con afecto cordial a todos vosotros, venerados padres sinodales, y a quienes participáis en este encuentro como expertos, auditores e invitados especiales. Además, me alegra acoger a los delegados fraternos de las otras Iglesias y comunidades eclesiales. Al secretario general del Sínodo de los obispos y a sus colaboradores les expreso la gratitud de todos nosotros por el arduo trabajo que han realizado durante estos meses, así como nuestros buenos deseos ante las fatigas que les esperan en las próximas semanas.

Cuando Dios habla, siempre pide una respuesta; su acción de salvación requiere la cooperación humana; su amor espera correspondencia. Que no suceda jamás, queridos hermanos y hermanas, lo que relata el texto bíblico apropósito de la viña: "Esperó que diese uvas, pero dio agrazones" (Is 5, 2). Sólo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre; por eso, es importante que tanto los creyentes como las comunidades entren en una intimidad cada vez mayor con ella. La Asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse con la palabra de Dios es para ella la tarea primera y fundamental. En efecto, si el anuncio del Evangelio constituye su razón de ser y su misión, es indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las pobrezas de los hombres que la componen. Sabemos, además, que el anuncio de la Palabra, siguiendo a Cristo, tiene como contenido el reino de Dios (cf. Mc 1, 14-15), pero el reino de Dios es la persona misma de Jesús, que con sus palabras y sus obras ofrece la salvación a los hombres de todas las épocas. Es interesante al respecto la consideración de san Jerónimo: "El que no conoce las Escrituras no conoce la fuerza de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo" (Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24, 17).

En este Año paulino oiremos resonar con particular urgencia el grito del Apóstol de los gentiles: "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16); grito que para todo cristiano se convierte en invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mt 9, 37), repite también hoy el Maestro divino: muchos aún no se han encontrado con él y están a la espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de haber recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo conservan un contacto superficial con la Palabra de Dios; y otros se han alejado de la práctica de la fe y necesitan una nueva evangelización. Además, no faltan personas de actitud correcta que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo pude dar respuestas satisfactorias. En esos casos es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén preparados para responder a quienes les pidan razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin componendas el Evangelio.

Venerados y queridos hermanos, que el Señor nos ayude a interrogarnos juntos, durante las próximas semanas de trabajos sinodales, sobre cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro tiempo. Todos comprobamos cuán necesario es poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida.

Al participar en la celebración eucarística, experimentamos siempre el íntimo vínculo que existe entre el anuncio de la Palabra de Dios y el sacrificio eucarístico: es el mismo Misterio que se ofrece a nuestra contemplación. Por eso "la Iglesia —como puso de relieve el concilio Vaticano II— siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, sobre todo en la sagrada liturgia, y nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (Dei Verbum, 21). El Concilio concluye con razón: "Como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participación asidua del misterio eucarístico, así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoción a la Palabra de Dios, "que dura para siempre"" (ib., 26).

Que el Señor nos conceda acercarnos con fe a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Que nos obtenga este don María santísima, que "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19). Que ella nos enseñe a escuchar las Escrituras y a meditarlas en un proceso interior de maduración, que jamás separe la inteligencia del corazón. Que también nos ayuden los santos, en particular el apóstol san Pablo, a quien durante este año estamos descubriendo cada vez más como intrépido testigo y heraldo de la Palabra de Dios. Amén.
Tomada de:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20081005_apertura-sinodo_sp.html

Ayudemos a nuestros hermanos católicos en la India

Petición de ayuda:

Nuestros hermanos son asesinados en la India. Oremos y hagamos en sus favores. Por ejemplo:
Escribir al Sr. Embajador de la India en el Perú (o del país donde reside). Puede hacerse en estos o parecidos términos:


Excelentísimo Señor Embajador de la India:

Han llegado a mi conocimiento las persecuciones desatadas por fanáticos en ciertas regiones de la India. Se tiene información de que han sido asesinados más de 60 cristianos, incluso un niño de 8 años. Además de los muertos hay más de 18.000 heridos, 178 iglesias destruidas, más de 4.600 casas quemadas y 13 escuelas y centros sociales dañados. Más de 50.000 cristianos han huido de sus pueblos y se han refugiado en campos o en la selva. Se han quemando las casas de los cristianos con cócteles molotov. Y todo ello con la pasividad de la policía, de los gobiernos regionales y del gobierno central. Sabemos que todo ello está en contra de las mejores tradiciones indias y de la misma Constitución del Estado. Es claro, pues, que lo que está sucediendo dice mucho en desprestigio del Estado Indio y de la calidad de sus gobernantes, indiferentes antes violaciones gravísimas de los derechos humanos.

Es por ello que le ruego transmitir a su Gobierno este sentimiento para que por el bien de la India y su Gobierno actúe eficazmente para que acaben estas masacres, que violentan los derechos humanos más fundamentales.

Esperando y agradeciendo que así lo haga

Firma

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Dirección electrónica de Embajada de la India en el Perú:
hoc@indembassy.org.pe

Homilías: Domingo 28 T.O. (A)

Lecturas:; Is 25,6-10; S.22; Flp 4,12-14.19-20; Mt 22,1-14

El Señor es mi pastor, nada me falta
P. José R. Martínez Galdeano, S.J.

Pablo está terminando su carta. Antes del saludo final les da las gracias por la limosna que le han enviado con Epafrodito, con el que va su respuesta. En general Pablo había tenido como norma no pedir a ninguna comunidad ayuda económica para vivir. Vivía de su trabajo como fabricante de tiendas de campaña, que era su oficio, aprendido probablemente de su padre. Lo tenía como punto de honor. Quiere evitar que nadie le pueda tachar de que predica a Jesucristo como un medio de vida. Con los Filipenses hizo una excepción, lo que confirma la gran confianza que con ellos tenía.

Expresa su agradecimiento de manera delicada. La limosna enviada con Epafrodito es prueba del afecto que ellos le tienen, lo que le ha alegrado mucho. Aunque ya lo supiese, el gesto sensible de su amor ha activado también el suyo. Pero no quiere que se sientan obligados a seguirle enviando limosnas. Él confía en Dios que ya le ayudará. Mira hacia atrás en su experiencia apostólica momentos muy variados; el Señor le ayudó siempre. A veces ha sufrido por falta de plata, ha tenido que aguantar el hambre, ha tenido que dormir en cualquier lado. Otras veces ha tenido más de lo que necesitara. “Se lo que es vivir en la pobreza y también lo que es vivir en la abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: a estar satisfecho y a pasar hambre, para la abundancia y para la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta”. El que le conforta, es Dios, es el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Él le ha dado fuerza para superar el aguijón de la carne (“bástate mi gracia” –2Cor 12,9), para aguantar el hambre y la sed, los naufragios, cárceles, azotes y persecuciones. También cada uno podríamos decir tal vez no tanto, pero sí algo de ello. Es necesario y basta tener fe, tener confianza. “Si crees, todo es posible al que cree” (Mt 9,23); “confía, tu fe te ha salvado” (Mc 5,34). Como todos sabemos, la situación económica mundial ha sufrido de repente un cambio a peor. Lo normal es asustarse demasiado y así empeorar más las cosas. Hay que confiar en Dios. Y hay que pedir a Dios, por sí mismos y por los demás, para así saber afrontar la situación. Pidamos saber ser pobres o algo menos ricos: tener poder para superar lo que sea necesario; tener coraje para acortar gastos menos necesarios; no quejarse; no pedir préstamos (tengan en cuenta que las condiciones en Perú son tan onerosas que es normalmente imposible hacerles frente); procurar ayudar a los que más sufren.

La carta continúa: “Sin embargo, ustedes hicieron bien compartiendo mis sufrimientos. Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza atenderá con generosidad todas sus necesidades por medio de Cristo Jesús”. Estas expresiones muestran la hermosa realidad propia de la comunión de los santos, la que es el núcleo y la fuente de la unidad de la Iglesia. Ninguno de nosotros está obligado ni puede hacerlo todo en la Iglesia. Para cada uno Dios tiene un plan personal de vida. Todos tenemos que cargar con nuestra cruz. Pero en la obra de la Iglesia hay misiones diferentes, naturalmente unas más duras que otras, que muchas veces son heroicas (como en las persecuciones en la India que actualmente suscede tenemos un caso). San Pablo dice a los cristianos de Filipos que con su limosna han hecho bien y han compartido con él sus padecimientos. Esa limosna es un signo de que con él comparten su sufrimiento. Esa limosna, realizada a impulso de la gracia, muestra de su caridad, ha dado alegría a Pablo y ha contribuido a darle ánimo. Nosotros podemos también hacer lo mismo. Podemos compartir los sufrimientos de tantos apóstoles y misioneros, enfermos, cristianos perseguidos, como ahora los de algunas regiones de la India, colaborar con el Papa, con nuestro obispo, con nuestros sacerdotes (antes que criticarlos hay que orar y sacrificarse por ellos).

La limosna es también una forma y necesaria de compartir la vida y el sufrimiento de la Iglesia. Los católicos peruanos recibimos desde hace años una gran colaboración de nuestros hermanos de España, Alemania, Italia, Estados Unidos, Canadá y otras naciones. Debemos sentirnos muy agradecidos y orar mucho por ellos. Porque las fuerzas del mal están sembrando allí mucha cizaña. Y nosotros participemos generosamente también con nuestras limosnas, incluso restando de nuestros gastos superfluos y aun de los menos necesarios que los de nuestros hermanos más pobres, en esos esfuerzos del conjunto de nuestra Iglesia. Como hemos escuchado, “Dios con su infinita riqueza atenderá con generosidad todas sus necesidades por medio de Cristo Jesús”. Es decir Cristo Jesús se les hará más presente en su oración y en su vida, tendrán más y mejores luces para las decisiones que tengan que tomar en su familia, trabajo y demás obligaciones, recibirán más fuerza para llevar su cruz y se les hará ligera, tendrán más fácilmente la alegría y la paz de Dios.

Es oportuno a este propósito recordar alguna idea del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Deus caritas est”, “Dios es amor”: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los sacramentos y servicio de la caridad. Para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (25). Es una verdad que el Papa desarrolla con amplitud en la misma encíclica y que nunca debemos olvidar.

“A Dios, nuestro Padre, sea la gloria por siempre. Amén”. El “amén” es de Pablo. Es la expresión de un deseo profundo y religioso, basado en Dios y preñado de confianza absoluta. Dios es nuestro Padre. Así le llamamos en la oración de Jesús, el Padre nuestro; así le invocamos constantemente en las oraciones de la misa (fíjense con cuidado siempre y en cada misa); la fe en su paternidad, la confianza y esperanza en su providencia, la seguridad de su amor y misericordia, que se nos manifiestan en Jesús, deben llegar a estar siempre presentes, impregnar nuestro corazón y crecer de continuo por el Espíritu que se nos ha dado. Crecer en la fe va acompañado del crecer de la vivencia de que Dios es nuestro Padre.

A Él, “a Dios nuestro Padre, sea la gloria por siempre”. “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. El Señor es mi pastor, nada me falta”. Amén, que así sea y cada vez más.

Conferencia


LAICOS: Formación para su apostolado

TEMA:

El Celibato de los Sacerdotes

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.


Martes 14 de octubre de 7:00 a 8:00PM
Parroquia San Pedro de Lima
Esquina de Jr. Azángaro y Jr. Ucayali a espalda de la antigua Biblioteca Nacional.
Donativo S/.2,00

¿Qué es el Sínodo de los Obispos?


El Sínodo de los Obispos fue instituido por Pablo VI con el Motu Proprio Apostolica sollicitudo el 15 de septiembre de 1965. Pablo VI dio la definición de Sínodo de los Obispos en el Angelus del domingo 22 de septiembre de 1974: "Es una institución eclesiástica que nosotros, interrogando los signos de los tiempos y, aún más, acercándonos a la interpretación profunda de los designios divinos y de la constitución de la Iglesia Católica, hemos establecido después del Concilio Vaticano II, para favorecer la unión y la colaboración de los Obispos de todo el mundo con la Santa Sede, a través de un estudio común de las condiciones de la Iglesia y la búsqueda de soluciones correspondientes a las cuestiones relacionadas a su misión. No es un Concilio, no es un Parlamento, sino un Sínodo de naturaleza especial".
Las Asambleas, tanto ordinarias como extraordinarias, realizadas por el Sínodo que han tratado diversos temas, han sido las siguientes:
"Preservación y fortalecimiento de la fe católica, su integridad, su fuerza, su desarrollo, su coherencia doctrinal e histórica"
"La cooperación entre la Santa Sede y las Conferencias Episcopales"
"El sacerdocio ministerial y la justicia en el mundo"
"La evangelización en el mundo moderno"
"El catecismo de nuestro tiempo"
"La situación pastoral en los Países Bajos"
"La familia cristiana"
"Vigésimo aniversario de las conclusiones del Concilio Vaticano II"
"La vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo"
"La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales"
"Somos testigos de Cristo que nos liberó"
"La Iglesia en África y su función evangelizadora de cara al año 2000: ‘Seréis mis testigos’ (He 1, 8)"
"La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo"
"Cristo es nuestra esperanza: renovados en su espíritu, solidarios somos testigos de su amor"
"Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América"
"Jesucristo el Salvador y su misión de amor y de servicio en Asia: ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’ (Jn. 10, 10)"
"Jesucristo y los pueblos de Oceanía: siguiendo su camino, proclamando su verdad y viviendo su vida"
"Jesucristo viviente en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa"
20 - X Asamblea General Ordinaria (30 de septiembre-27 de octubre de 2001)
"El Obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo"
21 - XI Asamblea General Ordinaria (2-23 de octubre de 2005)
"La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia"
Actualmente realizándose:
"La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia"
Próxima a realizarse:
"La Iglesia en Africa al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz. 'Vosotros sois la sal de la tierra ... Vosotros sois la luz del mundo' (Mt 5, 13.14)".
Tomado de:

Oración para el buen éxito del Sínodo




Señor Jesucristo, a quien el Padre nos ha encomendado escuchar como a su Hijo amado: ilumina tu Iglesia, para que nada sea para ella más santo que escuchar tu voz y seguirte. Tú, que eres Sumo Pastor y Señor de nuestras almas, dirige tu mirada a los Pastores de tu Iglesia, que en estos días se reúnen con el Sucesor de Pedro en asamblea sinodal. Te imploramos que los santifiques en la verdad y los confirmes en la fe y el amor.

Señor Jesucristo, envía tu Espíritu de amor y de verdad sobre los Obispos que celebran el Sínodo y sobre quienes les asisten en sus tareas: haz que sean fieles a lo que el Espíritu dice a las Iglesias y, de este modo, inspire sus almas y les enseñe la verdad. A través de su trabajo, que los fieles puedan ser purificados y reforzados en el espíritu para adherir al Evangelio de la salvación que Tú has cumplido y se convirtiertan en oblación viviente al Dios del cielo.

Y María, la santísima Madre de Dios y Madre de la Iglesia asista hoy a los Obispos como un día asistió a los Apóstoles en el Cenáculo e interceda con su materno apoyo, para que honren la comunión fraterna, tengan prosperidad y paz en días serenos y, escrutando con amor los signos de los tiempos, celebren la majestad de Dios, Señor misericordioso de la historia, para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.




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